Capítulo 7

Todo aquello era absolutamente nuevo para ella. Eran tan solo las siete de la mañana y ya se encontraban en dirección a Arabasta, surcando el mar a bordo de un enorme buque de la Marina. Se encontraba tranquilamente en el camarote que le habían asignado mientras observaba por la ventana. Ahí estaba, el mar, su principal enemigo. Si el barco se hundía, tendría serios problemas. Pero eso no era realmente lo que le mantenía preocupada.

Desde que había visto el cartel de se busca de su hermano, no dejaba de imaginarse cómo sería su captura, su encarcelamiento y, mucho peor, su muerte. Era a ojos de todo el mundo un corsario despiadado, que seguramente se habría cargado a más de un centenar de personas. Ella sabía cómo era Anker, una persona obsesiva con sus objetivos. Sin embargo, no era perverso, ni malvado, ni mucho menos un pirata despiadado. Su hermano tenía bondad, era compasivo y con una lógica aplastante. Pero ahora ya no podía salir de aquel mundo que le juzgaría de por vida.

Salió a tomar el aire, no quería permanecer en el camarote durante todo el viaje. Cuando salió, tan solo había unos cuantos soldados en la borda, observando el mar. No conocía a ninguno, simplemente se limitaba a cumplir las órdenes que Aokiji le había dado. Iría al Reino de la Arena, realizaría algunas pruebas significantes para determinar el motivo principal por el caos y la poca lluvia que había y volvería al Cuartel.

En otro lugar del Nuevo Mundo, se encontraba un hombre tomando un par de copas en aquel pequeño bar. Observaba detalladamente las recompensas que salían en el periódico de la semana, sorprendiéndose cada vez más con los novatos que estaba resurgiendo de la nada. Tomó un sorbo más de su jarra de cerveza, para después dejarla con fuerza sobre la barra y agarrar el periódico con ambas manos. Abrió los ojos de par en par, visualizando atentamente aquel rostro de ojos verdes y pecas repartidas.

— ¿Qué sucede?— preguntó aquella mujer de cabellos negros—. Tú no sueles sorprenderte con facilidad.

Escuchó rumores hacía ya bastante tiempo de un joven pirata que le buscaba sin descanso. En ese entonces, comprendió que era algo completamente normal. Un novato quería adquirir experiencia, pero ¿qué mejor manera de tenerla llegando hasta alguien tan legendario como él?

Sin embargo, desconocía por completo la identidad de aquel chico. Hasta ese momento, cuando recordó a un pequeño niño juguetón recorriendo la planta baja de su antigua casa. Rememoró aquellas risas infinitas mientras su mujer gritaba sin consuelo desde la cocina porque le dolía la cabeza. Esos habían sido, hasta entonces, los momentos más dulces que guardaba en su memoria y que, a pesar de los años, jamás olvidaría.

Ahora, ese pequeño niño había cambiado radicalmente. Era un pirata. Además, uno de los gordos, ya que ofrecían una enorme cifra de berries por su cabeza. Algo que él odiaba completamente, pues no quería un destino así de cruel para alguien como él.

— Es mi hijo.

Desembarcaban en el puerto de la ciudad mientras muchos civiles observaban sorprendidos a los Marines. Ella cargaba con una pequeña maleta, con las cosas necesarias para realizar la investigación, un poco de dinero y de ropa. Se unió a un grupo de soldados para llegar hasta el lugar asignado para descansar, pero por el camino se detuvo por un instante a observar las paradas ambulantes que llenaban las calles de Arabasta.

Sonrió al verse reflejada en una antigüedad de ese reino. Había perlas, diamantes y todo tipo de joyas preciosas. Intentaron venderle todo tipo de tonterías, pero ella negaba continuamente con la cabeza, pensando que estaba allí por razones de trabajo y no de compras. Aunque lo último era más de su agrado.

— Oi, Daenys— escuchó a uno de los soldados que la acompañaban; se llamaba Thor, un chico inocente, pero de gran corazón—. Tenemos que continuar, hay que ir hasta Rainbase, donde se encuentra ese tal Crocodrile— al escuchar tal nombre, arqueó una de sus finas cejas.

— Ese tipo es un Shichibukai… ¿Por qué se encarga de manejar los asuntos de las realeza?— Thor se encogió de hombros sin saber la respuesta—. Pensaba que había una monarquía aquí, sería lo correcto hablar de las lluvias con ellos y no con ese pirata.

— Ya, pero las órdenes son las órdenes y Crocodrile es quien ejerce el poder aquí.

Resopló por lo bajini mientras seguía a Thor por el camino.

Había llegado desde un lugar muy lejano y estaba realmente cansado. Sin embargo, lo que siempre le había importado más que el cansancio era el hambre. Así que, el primer lugar que visitó nada más llegar a Arabasta fue un bar donde cocinaban todo tipo de manjares a su gusto. Aunque fuera pirata, tenía el gusto exquisito.

Se adentró en aquel lugar y pidió múltiples platos, dejando con la boca abierta al cocinero. Sin embargo, el descanso le duró poco, ya que Smocker llevaba persiguiéndole durante un periodo corto. Tuvo que defenderse, abandonando aquel lugar en el que lo estaban tratando tan bien. Escapó como pudo, siempre con una sonrisa en el rostro, burlándose de la suerte y escondiéndose durante unos minutos en un callejón que daba paso a la calle principal.

Agarró con fuerza el arnés de su mochila, mantuvo sujeto su sombrero naranja, mientras observaba con detenimiento los soldados de la Marina que pasaban sin parar por la calle principal. Respiró aliviado, quedando totalmente desapercibido. Cuando vio el camino despejado, se decidió a salir. Sin embargo, cuando lo hizo, se detuvo en seco. Más marines estaban pasando por la calle de las tiendas ambulantes.

— Joder…—dijo el de cabellos negros mientras volvía a esconderse.

Y, sin embargo, dentro de su corazón había algo que le decía que no se escondiera, que debía salir y hacerles frentes. Pero no quería llamar la atención, ni mucho menos que todo el Cuartel General de la Marina llegase allí, solo por él.

Asimismo, se mantuvo callado y escondido durante un par de segundos más, visualizando lo que tenía delante de sus narices. Una joven de largo cabello marrón y enormes ojos verdes caminaba junto a un soldado. Sostuvo su mirada, pero era muy malo para reconocer a gente, mucho más a larga distancia. Sin embargo, a ella la reconoció casi al instante y sin saber por qué.

Llevaba una falda blanca ajustada, con unas botas de color tierra y una blusa del mismo color. Arriba, llevaba una bata de científica blanca, junto a un par de broches y el símbolo de la Marina que logró identificar a duras penas. Sonrió perplejo. Era la única vez en su vida que se alegraba de ver a un Marine en una situación como aquella. Pero era obvio. No era un soldado común, se trataba de Daenys, cuyo objetivo se había cumplido, y al parecer con creces.

— No me digas … —amplió su sonrisa al ver como Daenys se detenía en una de las tiendas ambulantes mientras hablaba con el soldado—. Al final lo has logrado.

Acercarse no era la mejor opción. No podía llegar allí, como si nada, y saludarla. Aunque lo deseaba con todo su corazón. Sin embargo, recordó su último día en la Villa Foosha y como ella no se acercó ni tan si quiera a despedirse. Era una espina que llevaba clavada en su alma desde entonces, pero que con el paso del tiempo dejó de doler. Al menos un poco.

Le llamó la atención ver cómo continuaba igual de charlatana y con carácter, pero lo que más le cautivó fue ver su agradable sonrisa. No obstante, desvió su mirada hacia otro lugar, donde alguien, desde las sombras, vigilaba cada acción de Daenys. Se quedó con la cara de aquel tipo, y se percató de que al iniciar ella la marcha hacia su destino, ese individuo le seguía.

Se aseguraría de que no le sucediera nada.

Miraba con detenimiento aquel pañuelo que se tenía que poner en la cabeza. Era de un color blanco, a juego con las prendas que llevaba puestas. Sin embargo, odiaba tener que ponerse aquello, no era de su gusto, ni tan siquiera estaba de acuerdo en llevar algo así.

— Tienes que ponértelo… ¿Quieres que te llamen la atención? Mejor pasar desapercibida. No creo que te den muchas pistas si vas con esos broches de la Marina— explicaba Thor mientras se calzaba.

— Pero es totalmente absurdo. Entiendo que por tradición y por gusto muchas mujeres lleven esto puesto, pero ¿por qué si no quiero tengo que llevarlo puesto? Jamás me han exigido algo así, en ninguna parte— se quejaba la de ojos verdes mientras se miraba al espejo y se ponía encima el pañuelo—.Pero bueno. Lo respeto— se giró hacia él—. Vamos.

Se dirigieron hasta la sala principal del casino, donde Crocodrile les esperaba con un puro en la boca. Sonrió al ver como entraba todo aquel escuadrón científico. Les recibió con los brazos abiertos mientras carcajeaba.

— Bienvenidos a Arabasta. Supongo que nadie os habrá dado la bienvenida— se acercó hacia ellos—. Es un placer recibirles. ¿A qué se debe su visita?

Muchos de los científicos que se encontraban allí no abrieron la boca. Eran de avanzada edad y conocían de antemano cómo era Crocodrile. Eran simples ayudantes de Daenys en aquella investigación, así que dio dos pasos hacia adelante para hacerle frente a aquel Shichibukai.

— Buenos días, Ser Crocodrile. Mi nombre es Daenys Garden y soy la encargada de esta investigación. Como bien sabe, Arabasta está pasando por una crisis climatológica, la cual impide que llueva con fluidez y normalidad— sacó de su maletín unas hojas—. Tengo aquí los registros de lluvias y me indican que hace meses que no llueve en muchos lugares de alrededor. Necesitamos ver al Rey para que nos dé el permiso e iniciar la investigación lo antes posible.

— Encantado de conocerla, señorita Daenys— le tendió la mano—. Sé que sus motivos son totalmente con buena intención. Pero me temo que el Rey no puede atenderla, está un poco ocupado— Daenys le miró intensamente, había algo en él que no le transmitía confianza; se concentró obviando las palabras que sonaban a su alrededor e intentó saber qué rondaba por su mente; sin embargo, aquello no dio fruto, ya que su mente estaba completamente en blanco—. ¿Sabe?

— Oh, sí. Perdone— escuchó ahora con detenimiento—. Tenemos una orden del Cuartel General que nos permite y nos exige hablar con el rey. Es el jefe de este estado y necesito hablar con él.

Crocodrile la miró desafiante, pero ella sostuvo su mirada y se mantuvo firme en su decisión.

— Intentaré conseguirle una cita con el rey… señorita…¿Garden?— asintió la de ojos verdes—. Si ese es su nombre …

Tragó con dificultad mientras aquel enorme señor desapareció de sus vistas. Era totalmente contundente y causaba temor con tan solo verlo. Se giró para ver a su equipo, muerto del miedo, pero todos asintieron por la gran labor que había desempeñado.

— Por el momento, visitaremos algunas zonas del Oeste de la ciudad.

Todos la siguieron hasta la calle, donde una gran parte de la población se manifestaba delante del casino. No entendía realmente por qué, pero sí sabía que cuando la gente se organizaba para realizar alguna de esas cosas, era por algo. No eran casualidades.

Se perdió entre la multitud, mientras sus compañeros continuaron caminando hacia donde ella había indicado. Estaba en el epicentro de la manifestación, cada vez la gente se pegaba más, gritaba más, pitaba más ante las puertas de aquella instalación. Sintió como su cabeza empezaba a revolucionarse, ya que recibía una y otra vez pensamientos de quien sabe. Intuyó, por las ideas que le llegaban a la cabeza, eran porque escaseaban de agua y todo por ello por culpa de Crocodrile. Miró a su alrededor, había un centenar de personas, pero poco a poco lograba salir de aquel circulo sin fin.

Qué agobio, pensó, sin saber que lo que se le iba a venir encima era mucho peor que estar rodeada de miles de personas gritando. Respiró profundamente, cuando alguien se le acercó por detrás, poniéndole un trapo sobre la boca y haciendo que su vista se nublara cada vez más, además de perder el equilibrio y desvanecerse.