Cualquiera que mirara por la ventana esa calurosa mañana, pensaría que sus habitantes estaban dementes.

En la planta baja, un par de adultos corrían apresuradamente de un lado a otro, gritando indicaciones a su hija, quien, en la planta alta, se limitaba a guardar silencio.

Kiyoko miró a su lado, y trató de rememorar el nombre de la persona que allí yacía. Imposible. Se levantó con parsimonia, retrasando el momento de despertar a su acompañante.

Tomó una ducha y volvió a su habitación. Se sorprendió al ver a la chica despierta, ya vestida y con ganas de marcharse. Kiyoko, en total silencio, salió del cuarto, seguida de cerca por la otra joven.

La planta baja estaba vacía, como de costumbre.

Kiyoko buscó las llaves y abrió la puerta. Cuando el sol le dio directo en el rostro, notó que era momento de volver a la realidad: lunes, escuela.

Dejó que la muchacha se marcha, no sin antes recordarle que su nombre es Minami.

Kiyoko captó la indirecta enseguida.

Cerró la puerta y se dirigió a la cocina. El desayuno se encontraba sobre la mesa, junto a una nota de su madre.

¿Pensaba que dejando una nota lo arreglaba todo? Que equivocada estaba...


A Kiyoko le gustaba ser la mánager del equipo de voleibol de Karasuno. Eran ruidosos, y animados, y se divertía viéndolos. Sentía como su día se llenaba de color cada vez que los observaba.

Y, también, porque podía ver todos los días a la chica que le gustaba.

Porque sí, a Kiyoko le gustaban las chicas, y mucho.

Todo había empezado con una partida en el «juego de la botella», cuando tenía trece. Esa noche sacó una conclusión: los labios suaves, la curva de los pechos y la humedad entre las piernas era lo suyo. Y le gustaba, tanto como para querer repetir el juego numerosas veces, con otras personas alrededor, o sola, con otra chica frente a ella.

A las chicas les parecía gracioso. Manosearse entre ellas. A Kiyoko le excitaba, le agradaba ese contacto. Lo anhelaba.

Y, a pesar de que no lo ocultaba, ningún chico parecía darse cuenta. Otra cosa que no les agradaba de ellos: siempre ensimismados en su mundo; tan distraídos.

No es que no le gustaran los chicos. Le gustaba ser su amiga. Y hasta ahí.

Tal vez, no andaba de la mano con ninguna chica, pero eso tenía una explicación: a Kiyoko le gustaban todas las chicas, no una. Pálidas, morenas, ojos grandes, rasgados, labios delgados, anchos; cualquiera estaba bien, siempre y cuando quisieran estar con ella.

Y, el llevar de la mano a una chica distinta cada día, le había costado el título de «puta», en la escuela media.

¿Es qué una chica no podía disfrutar de su vida sexual libremente, sea heterosexual o no?

Nadie parecía saberlo en Karasuno, y eso estaba bien.

Por más que ahora pensara en ello con frialdad, cuando era menor no era tan apática al tema.

Recordaba las noches que se las pasaba llorando, ahogando sollozos en la almohada, tratando de controlar sus jadeos; no era para nada agradable.

Pero, últimamente, alguien había llamado su atención.

Era extraño, pues si a Kiyoko le gustaba alguien, no dudaba en decírselo y preguntarle si quería ir a su casa en la noche.

Con Yachi, se sentía vergonzosa y torpe. Las piernas le temblaban y cuando iba a hablar, la lengua se le trababa al principio. Era frustrante.

Kiyoko no era estúpida, podía darse cuenta de que Hitoka le gustaba en serio. En serio. Era algo nuevo. Las piernas temblorosas, el corazón acelerado, y el estómago revuelto.

Era nuevo sentirlo sin estar en una cama, desnuda.

Y era agradable. Yachi era agradable, lo que sentía por ella era agradable.

Pero era extraño. Minami, la chica de la noche anterior, no era mala. Estaba bien dotada, y tenía un talento en las manos que pocas veces había visto; pero no quería verla otra vez. Se sentía... Malo. Hacerlo con una chica pensando en otra.

Desde su punto de vista moral, estaba mal.

Esa mañana, cuando se había levantado, sí se sintió un poco puta.

Y no debía de sentirse así, porque eso era lo que todos sus compañeros de escuela media querían: hacerla sentir mal.

No. No. No.

No tenía que sentirse así.

Eres bella, eres fuerte. No importa lo que los demás digan, no importa lo que los demás digan.

Ese era su lema, su principal creencia. No debía olvidarla.

Suspiró, viendo como Hitoka le arrojaba otro balón a Kageyama.

No se atrevía a hablar con ella sobre sus sentimientos. Podía conformarse con su amistad, al menos por ahora. No quería arruinar lo que tenían, que era poco, pero era algo.

Su vista periférica captó un movimiento. Tanaka y Nishinoya se acercaban. Se preparó para ignorarlos, pero no fue necesario, porque Ennoshita los tomó del saco y los jaló otra vez a la cancha. Le hizo un gesto silencioso de agradecimiento a Chikara, que gesticuló un «de nada» con los labios.

Estaba tan ensimismada viendo la escena, que no notó cuando Yachi se posición a su lado, mirándola con intensidad.

—¿Ocurre algo, Hitoka-chan? —cuestionó, después del característico enredo vocal, tratando de aparentar tranquilidad.

—Uh... Me preguntaba si podría ayudarme en Inglés, Kiyoko-san... —titubeó la menor— ¡Entendería si no es posible! —agregó, malinterpretando su silencio.

—Claro que te ayudaré, Hitoka-chan —contestó Kiyoko, después de unos segundos—. ¿Te parece vernos el sábado por la tarde?

Las. Dos. Solas.

—Perfecto. En mi casa —dijo. La observó ir a los vestidores, e instantes después, volver. Le extendió un papelito blanco—. Es mi dirección.

La mayor estaba en las nubes; pero por fuera, su cara de póquer se negaba a marcharse. Asintió, esbozando una minúscula sonrisa.

No podía esperar al sábado.


Kiyoko se acomodó la falda, se miró la camiseta y se acarició la coleta antes de tocar la puerta. Porque tenía que verse presentable. Porque quería que Hitoka pensara que ella era linda.

Ah, las cosas que provoca el amor.

Tocó la puerta y aguardó. Instantes después, una mujer muy arreglada le abrió.

—¡Hitoka, tu amiga ha venido! —gritó ella, apartándose el celular del oído— Ven, pasa linda. No, Rei, no te lo digo a ti.

Se alejó, dejándola sola en el vestíbulo. Hitoka se asomó desde la sala, y le hizo señas de que se descalzara y se acercara.

Kiyoko la obedeció. Observó la sala, encantada con lo que veía. Quien había arreglado ese ambiente tenía buen gusto. Sus ojos, después de dar varias vueltas, coincidieron con los de Yachi.

La menor le dedicó una sonrisa y la tomó de la muñeca: tiró de ella y la condujo a otra habitación.

Sencilla, pero bonita. Como la propia Hitoka.

Yachi no perdió el tiempo y acercó una silla hacia su escritorio, a un lado de la que generalmente usaba. Tomó asiento, y con la mirada le indicó que tomara asiento.

Yachi decidió que era suficiente después de dos horas y media de estudio. Kiyoko no se interpuso; ya estaba harta de hablar de verbos irregulares y pasado continuado. La dueña de casa fue a la cocina, en busca de algo para engullir.

Apenas Hitoka salió, Kiyoko se levantó y examinó el cuarto minuciosamente. Localizó, en una esquina, diversidad de portarretratos colgados en la pared. Se acercó, y visualizó en ellos a una niña rubia de coletas, que crecía a medida que Kiyoko pasaba los ojos por los diferentes marcos.

Yachi de bebé, en la escuela, abrazando a otra niña, de falda, en la piscina, con su madre y con...

—Eh, veo que encontraste la «zona de la vergüenza» —comentó una voz a sus espaldas. Oyó la risa de Yachi—. Mi madre se empeñó en colgarlas.

— ¿Es tu padre? —cuestionó Kiyoko, con timidez, señalando una de la fotografías.

—Sí —corroboró—. Fue antes del divorcio.

— ¿Lo ves a menudo? —preguntó en un susurro.

—No. Se mudó a España hace unos años. No lo he visto desde entonces.

Kiyoko la observó. Por fuera, Hitoka sólo parecía un poco un poco nostálgica, pero Kiyoko podía saber cuando alguien ocultaba algo: ella prácticamente había inventado la palabra «ocultar».

Se acercó y envolvió sus brazos alrededor de la rubia. Sin segundas intenciones. Limpio. Tratando de ser de ayuda, de consolarla. Ninguna dijo nada, y Kiyoko agradeció el silencio que se instauró.

Y entonces, sollozos.

¿Cuánto tiempo habría esperado Yachi para poder desahogarse al fin?

Se limitó a abrazarla, aguardando hasta que sus lágrimas cesaran. El rostro de Yachi se pegaba a su pecho; y por más que Kiyoko la deseara, la situación no la hacía querer tocarse.

Era un contacto tan puro: sólo dos amigas que se abrazan, tan simple como sumar dos más dos.

No supo con exactitud cuánto tiempo estuvieron en esa situación, pero pareció demasiado escaso cuando Yachi se apartó de ella. Se levantó la camiseta y se secó la cara con ella.

Disimuladamente, Kiyoko bajó la mirada. El vientre de Hitoka se le antojó todo lo apetecible que ella no le había resultado en ese último rato.

Su manó pareció tomar vida propia: se acercó a su estómago y trazó una línea en diagonal, causando que Hitoka se descubriera la cara y observara hacia abajo.

Kiyoko giró los ojos y contempló a Yachi estrujar su camiseta con las manos.

— ¿Qué haces, Kiyoko...?

Pero no pudo acabar, porque, al oír su voz, Kiyoko sintió el impulso de colocar una mano en su cabello y acercarse: un roce de labios; corto y nada lujurioso. Sólo tratando de mostrar sus sentimientos.

Cuando se apartó de ella, contempló su rostro sonrojado.

Dio un peso hacia atrás y dejo caer sus manos a los lados de su cuerpo. Se dio la vuelta, dispuesta a irse.

—Kiyoko-san —llamó una vocecita insegura. Se dio la vuelta—. Quédate.

Sus ojos se abrieron. Porque sabía leer entre líneas:

Quédate y bésame.

Casi corriendo, volvió a su posición anterior. Llevó sus manos a las mejillas de la otra muchacha y la besó.

Un beso de fuego. Salvaje, húmedo, caliente. Calor. Kiyoko sentía tanto calor, que estaba segura que iba a incendiarse. Le gustaba ese calor que Yachi emanaba: lo había notado antes, mientras se abrazaban; y volvía a hacerlo ahora. Era como si un aura la rodeara, haciéndola más cálida, tanto en personalidad, como literalmente.

Acarició su cuello, delineó su silueta, rodeó su cintura y coló sus manos bajo la ropa. La temperatura de su espalda era la misma que la de su cara, dedujo Kiyoko. Y sus pensamientos no podían ser más incoherentes en ese momento...

Las manos de Yachi se posaron sobre sus hombros, temblorosas e inseguras. Kiyoko la apretó más contra sí, tratando de quitarle la tensión a su menudo cuerpo. Con el brusco movimiento, las manos de Yachi se deslizaron hacia abajo, y reposaron sobre sus pechos.

Se separaron, buscando oxígeno. Hitoka jadeaba, porque no estaba acostumbrada a ser besada con esa intensidad, (o a ser besada, simplemente). Kiyoko iba a apartarse, porque no quería aterrar a la menor, porque no quería que se asustara de ella.

Pero sus planes cambiaron, porque segundos después, Yachi tironeaba de su camiseta hacia arriba.

—Hitoka-chan, no tienes que...

—Lo sé. Pero quiero hacerlo.

Bien, Kiyoko no iba a dejar pasar la oportunidad.

Se quitó ella misma la camiseta, exhibiendo su sostén blanco y sencillo. La mirada de Yachi se posaba sobre su pecho, mientras se mordisqueaba los labios, nerviosa.

Kiyoko se dio la vuelta y se apartó el cabello oscuro de la espalda, dejando al descubierto el broche del sostén. Sintió las manos de Yachi delinear círculos en su espalda, tratando de infundirse calma a sí misma, pero estaba tan ansiosa, que al poco rato desprendió el broche.

La prenda cayó, y el poco autocontrol que a Kiyoko le quedaba, se fue con ella. Se dio la vuelta, y clavó sus uñas sobre los brazos de Yachi. Chupó su cuello, tratando de dejar marcas. Se separó, y trató de quitarle la camiseta. Finalmente, Yachi le dio un pequeño empujón y fue ella quien se deshizo de su propia ropa, quedando desnuda de las caderas al cuello.

Oh. Por. Dios.

Kiyoko había visto varios pares de pechos en su vida, pero los de Yachi...

No eran de un tamaño exagerado, pero a ella le parecieron perfectos. Los pezones rosados se marcaban perfectamente, y varias línea más claras que su piel, los rodeaban.

Entonces, ella pareció recordar la existencia de las pequeñas marcas, porque llevó ambos brazos a su tórax y se cubrió con ellos.

—Uh... Yo. Tuve un crecimiento acelerado, ¿sabías? —titubeó, insegura. Con miedo a ser rechazada— Esas líneas salen cuando...

—Lo sé —interrumpió ella. Se bajo la falda, quedando sólo con sus bragas puestas—. Tengo de esas en las piernas. No debes de avergonzarte, ¿sí?

Yachi asintió, y un poco más relajada, dejó su cuerpo al descubierto.

Dio un leve empujón, e hizo que Hitoka se sentara en el borde su cama, con las piernas abiertas. Ella se arrodilló entre éstas, dejando su rostro a la altura del pecho de Yachi. Exhaló...

Y atacó cual cazador.

Acercó su boca al pecho izquierdo, chupando el pezón. Succionó y tiró suavemente hacía atrás. Su otra mano, mientras tanto, dibujaba patrones en la cara interna del muslo derecho de Yachi. La oía respirar agitadamente, y cuando mordió su pecho, escuchó el ah que pronunció con una muda satisfacción.

Se apoyó, entonces, en su otro pecho, y jugueteó con él, tratando de distraerla.

Tiró de ella, y la ayudó a pararse. Soltó sus pechos y clavó sus ojos en ella, mientras su mano derecha se posaba entre sus piernas, en ese lugar que exudaba aún más calor que la propia Yachi, y apretó.

Gemido. Un gemido con todas las letras, digno de una película pornográfica. Causado por ella.

Deslizó sus dedos sobre la tela, contemplando las muecas que hacía Hitoka.

—Quítame la ropa —dijo en un momento, cuando pudo recuperar lo suficiente el aliento para hablar. Y no tuvo idea de lo erótico que esas palabras sonaron en cuanto salieron boca.

Kiyoko obedeció. Le arrancó la ropa que le quedaba; y la acostó sobre la cama, porque sabía que su inexperto cuerpo no aguantaría tanto tiempo de pie.

—No metas tus dedos dentro —murmuró, tímida de nuevo—. No me gusta ahí.

Ella asintió, porque entendía que podía ser molesto al principio. Y hasta doler. Así que acataría la orden y la cumpliría al pie de la letra.

Hizo que abriera las piernas, dejando a la vista todo lo que la hacía una chica. Llevó una mano allí, y con su índice trazó una línea, comprobando lo húmeda que estaba.

Sus dedos buscaron el clítoris de la otra muchacha, pero sus manos temblaban tanto que no podía encontrarlo. Finalmente, Yachi llevó sus dedos a su intimidad y se tocó allí, enseñándole a Kiyoko el lugar en el que se ubicaba.

Antes de que retirara la mano, Kiyoko la tomó, y tiró de ella otra vez hacia el lugar en el que estaba. Extendió su índice y la hizo tocarse en ese punto. Hitoka captó lo que quería que hiciera.

Cerró los ojos y se dejó llevar, pensando que su mano no era su mano, sino la de la chica frente a ella. Primero, sólo apretó, pero luego comenzó a frotarlo, marcando un ritmo. Un ruido se escurrió por su boca, haciéndole ver a Kiyoko que estaba a punto de venirse.

Con un brusco movimiento, quitó la mano de Yachi y posó las suya propia, aumentando la intensidad de sus movimientos. Sintió el palpitar de su clítoris en su mano, y se dio cuenta de que su corazón latía tan rápido como esa zona. Sentía su propia entrepierna muy húmeda, y sabía perfectamente que podía correrse sólo con ver a Yachi, sin necesidad del tacto.

Sus dedos estaban calientes, muy calientes. Y Hitoka estaba empapada. Y había comenzado a gemir. Mucho. La observó levantar las caderas un par de veces, haciendo que sus dedos resbalaran más sobre su flor.

Calor. Calor por todas partes.

Y luego, algo, un líquido, transparente y espeso, bañó toda su mano. Yachi dejó caer las caderas, exhausta. Kiyoko retiró su mano, y Yachi juntó las piernas, que estaban hechas un par de gelatinas.

Kiyoko metió la misma mano que utilizó para tocar a Yachi entre sus bragas, e introdujo dos dedos en su entrada. Los sacó y metió un par de veces, y enseguida se corrió, con la ropa interior puesta.

Se dejó caer a un lado de Yachi, porque también estaba exhausta.

La miró unos momentos y suspiró. Estaba a punto de hablar, aclarar todo lo que había ocurrido, pero...

— ¡Hitoka! ¡Ya volví! —gritó la mujer, desde el otro lado de la puerta. Kiyoko ni siquiera sabía que no estaba en la casa. Pero era obvio: cualquiera hubiera podido oír sus gemidos— ¿Sigue tu amiga por aquí?

Se miraron a los ojos e hicieron un acuerdo mutuo.

Primero, vestirse; luego, hablar de sus sentimientos.

Y Kiyoko esperaba, en serio esperaba, ser correspondida. Porque lo que habían hecho no podía quedarse sólo en eso. Tenía que haber más.

Por favor, que la haya.


Sí lo hay.


Dedicado a Maii, que me venía pidiendo yuri desde el primer capítulo, a Emiliano (le gustan las tortas :v), a todas las chicas a las que han llamado putas, y en especial, a las que no les importa.

Aquí estoy, otra vez. Um... Bien, sólo fue una excusa para escribir lemon entre chicas. Básicamente, todo el fanfic es una excusa para escribir sobre sexo, así que...

Bien, he tocado un tema que... Es complicado (creo yo) porque todos tienen opiniones diversas, pero espero haberlo tratado bien. ¿A qué no se esperaban mi visión de Kiyoko?

Ya dije anteriormente que no soy fanática de Yachi, así que siento si la menosprecié un poco, y me centré sólo en Kiyoko, ella es mi senpai más hermosa ?)

Sobre la siguiente pareja: será del Aoba Johsai, sólo eso.

¡Ah! Casi me olvidaba: inspirado en una de las frases de Obsessions, de Marina and the Diamonds: ...love affair is looking vulnerable in my bed...

¿Se merece un review? ¿o está horrible? (no he leído casi nada de chicaxchica, así que es todo sacado de mi imaginación. Puede que haya sido un asco) (Dame consejo)

Lena.

PD: Hay un 50 cosas sobre mí en mi perfil. Si quieren verlo, no sé...