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Alice casi enloqueció al saber que en una semana Bella y Edward se casaban, que nada de fiesta ni gala, sin ningún invitado y ni pensar en vestidos o trajes.

Rosalie entornó los ojos, pero los felicitó. Emmett gritó entre risas un "¡POR FIN!" que se oyó en todas las casas vecinas. Esme estaba loca de alegría por ellos, y no dudó en felicitarlos una y otra vez. Jasper, más discreto, también los felicitó de corazón, y otro tanto hizo Carlisle.

Mandy estuvo más que feliz, y más cuando le pidieron si podría llevar los anillos. Ése era un honor que hacía que la chiquita se sintiera tan importante como si fuese ella la novia.

Para cuando llegó el gran día, resultó que Alice, esa imparable fuerza de la moda, no había podido ser contenida del todo. Bella llevaba un vestido elegante de color marfil, mientras que Edward vestía un traje oscuro que lo hacía lucir mayor. Mandy estaba radiante en un vestido rosado con cintas, encajes y volados. Alice la había peinado y hasta maquillado ligeramente, y todos se aseguraron de alabar qué bonita que estaba.

Durante la ceremonia, que fue breve y sencilla siguiendo las exigencias de Bella, Mandy se quedó junto a Alice todo el tiempo, fascinada por esa chica de cabello oscuro apenas más alta que ella. Alice también estaba encantada con Mandy, la pequeña humana se dejaba peinar y vestir no sólo sin quejas, sino con gusto.

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La luna de miel de Bella y Edward fue breve, Bella tenía estudios que seguir, y también habían comenzado con los trámites para obtener la custodia de Mandy, de modo que no podían permanecer lejos mucho tiempo.

Tal como Edward había temido pero no admitido, el caso no fue simple. Mandy tenía una enfermedad seria que exigía dedicación constante, y desde luego el Estado no pensaba otorgar su custodia sin más. El que Bella sufriera la misma enfermedad era tanto una ventaja como una desventaja, ya que cabía argumentar que Bella estaría demasiado ocupada consigo misma como para preocuparse también por la niña.

Desde luego, los Cullen pusieron a los mejores abogados del Estado de Washington a trabajar en el caso. Pero los plazos judiciales no eran los de la paciencia humana, ni de la vampírica. Pese a que los abogados habían advertido que podría llevar un año obtener los permisos, ni Edward ni Bella querían esperar tanto, y tampoco Mandy.

La niña había estado loca de alegría, entre risas y lágrimas, cuando Bella le preguntó si quería ir a vivir con ellos. Mandy había hecho buenas migas con Edward, y pronto estaba llamándolos "mamá" y "papá", pese a que legalmente aún se estaba evaluando si Bella y Edward eran económica, psicológica y afectivamente estables como para tomar la responsabilidad de quedarse con Mandy. Mientras tanto, tenían permitido llevarla a pasear y un par de veces hasta pudo quedarse a dormir en la enorme casa que Bella y Edward habitaban desde su boda.

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Bella obtuvo por fin su título. Con todos los inconvenientes de su enfermedad y las muchas pequeñas y no tan pequeñas recaídas que había sufrido a lo largo de los siete meses que hacía que se le había diagnosticado el SIDA, la obtención del certificado como Licenciada en Literatura Inglesa le había tomado más tiempo del previsto, pero lo había logrado y estaba terriblemente orgullosa.

En verdad, Bella era feliz. Toda su vida era una especie de nube de felicidad que ni el SIDA ni nada podía empañar. Edward estaba a su lado, los dos estaban completamente enamorados. Las cosas volvían a ser tan maravillosas como en aquellos lejanos día en Forks, sólo que mejor aún, con el justo equilibrio del loco amor adolescente que la había llevado a decirle a Edward que no le importaba si él era un vampiro, y el amor maduro que la había llevado a enamorarse de nuevo, hasta la última célula del cuerpo, del maravilloso hombre que era Edward.

Despertar junto a él por las mañanas era la cosa más increíble que podía existir, oírlo moverse con suaves pasos por la casa era música para los oídos de Bella. Él había abierto un consultorio médico privado cerca de la casa que ambos compartían, y gracias a su eficiencia y trato cortés pronto se creó un renombre. Algunas clínicas y hospitales quisieron contratarlo, pero Edward se negó amablemente. Los esclavizantes horarios de ese tipo de sitios era lo que más lo mantenía alejado. Bella podía necesitarlo en cualquier momento, y sería mucho más fácil cerrar un consultorio que salir de su puesto de trabajo a cualquier hora. El que la paga fuese mayor no le importaba, ¡como si el dinero fuese un incentivo!

El que Edward llegase un poco después que ella a casa y ella saliese a recibirlo con un beso se le antojaba a Bella una situación tan ridículamente hogareña que no podía evitar sonreír. Sólo le faltaban el peinado batido y el delantal para parecer un ama de casa de los años cincuenta. Ahí estaba ella, alérgica de alergia absoluta al matrimonio, casada y feliz, sonriendo como idiota cada vez que pensaba en lo afortunada que era de tener a Edward a su lado.

Había sido difícil confiar en él de nuevo. Al principio, Bella había estado esperando que cada vez que Edward abría la boca fuese para despedirse de nuevo, y esta vez sí para siempre. Sus intenciones de casarse con ella no la habían convencido para nada. Solía tener una recurrente pesadilla, en la que ella aparecía vestida de novia, corriendo por el bosque húmedo de Forks, enredándose con la cola del vestido y el velo, tropezando tras la figura de un Edward cada vez más alejado, que se iba sin mirar atrás, sordo a los gritos y llamadas de Bella.

Solo en los días que pasaron separados Bella pudo por fin ordenar sus prioridades, sincerarse consigo misma y tomar decisiones. Pero aún dudaba. Edward otra vez se había ido…

Pero regresó. Dijo que volvería, y volvió. El que estuviese de regreso en su casa, con las manos llenas de masa por preparar una pizza que nunca comería, sólo por complacerla a ella, fue lo que impulsó a Bella a tomar la decisión final y darle a él ese "sí, quiero" que acabó conduciendo a la más completa felicidad de ambos.

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Bella tenía su título; pese a todos los contratiempos, lo había logrado. Aún se sentía reventar de orgullo cada vez que pensaba en eso. Había conseguido un trabajo por sus propios méritos, sin deberle favores a nadie y gracias a sus estudios y esfuerzo.

Los abogados eran prudentemente optimistas respecto a Mandy, la psicóloga infantil había determinado que Mandy estaba feliz de ser acogida con ellos; sus dibujos solían mostrarla tomada de la mano con Edward y Bella, todos ellos con grandes sonrisas.

Estaban preparándose para celebrar el décimo cumpleaños de Mandy, que esperaba la fecha con gran ansiedad. Alice le había prometido globos, una gran torta de chocolate con relleno de crema de chocolate, cobertura de chocolate y adornada con confites de chocolate, además los regalos.

Pero no pudo ser.

La noche antes del día del cumpleaños, Mandy tuvo unos picos de fiebre que no cedieron con ningún medicamento. Dado que últimamente se vestía y desvestía sola, ya que estaba suficientemente fuerte, no fue hasta que las enfermeras le quitaron la ropa de calle para ponerle el camisón del hospital que Rosalie descubrió los muchos moretones que cubrían el pequeño cuerpo.

Por favor, por favor, que me esté equivocando y no sea lo que me estoy temiendo que es, rogó Rosalie durante horas, mientras los análisis de urgencia tenían lugar.

Cerca de la madrugada llegó el diagnóstico. Por desgracia, Rosalie no se había equivocado. Mandy tenía leucemia.

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La fiesta de cumpleaños tuvo lugar de todos modos, aunque la alegría fue casi artificial. Nadie estaba verdaderamente feliz, era la preocupación la que iba ganando la partida. Mandy misma estaba cansada y adolorida, y ni siquiera los nuevos vestidos, la media docena de rompecabezas, las muñecas, los libros ni la pecera con media docena de exóticos y carísimos peces caribeños consiguieron entusiasmarla de verdad.

Bella y Edward estaban angustiados. Por suerte la leucemia no estaba muy avanzada, pero aún así suponía una complicación importante para la salud de Mandy, que tenía terminantemente prohibido salir del hospital por las próximas dos semanas como mínimo.

Bella, que acababa de conseguir el trabajo de sus sueños como revisora de manuscritos en una editorial, renunció para pasar más tiempo junto a Mandy. Ella y Edward se turnaban para no dejarla sola más de lo estrictamente necesario.

Las cosas se complicaron más. Bella se preocupó tanto por Mandy que se descuidó a sí misma, y acabó otra vez en el hospital, ésta vez con una neumonía bacteriana. Edward casi se volvió loco por esos días, la tensión lo hubiese hecho enfermar de ser humano.

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Poco a poco, las cosas regresaron a su cauce. Mandy se recuperó antes que Bella, aunque seguía en tratamiento ambulatorio. Pronto fue necesario realizarle a Mandy quimioterapias, que la deban exhausta y de mal humor. Ya no era la niña alegre y feliz de antes, ahora sólo estaba enojada y triste la mayor parte del tiempo.

Era una suerte que Edward no necesitara dormir, porque de otro modo no hubiese podido cuidar a Bella y a Mandy a la vez. Por suerte Bella estaba mejor cuando Mandy empeoró, y pudo estar con ella en los peores momentos, aunque Edward y Rosalie coincidieron que Bella no podía acercarse a Mandy después de las sesiones de rayos. El cuerpito de la niña absorbía la radiación, pero liberaba después parte de ella, de modo que sería peligroso que Bella se acercara, ya que podía afectarla también. Edward, al ser un vampiro, no corría peligro.

En el período de descanso tras las sesiones de rayos, Bella sí pudo estar cerca de Mandy, y fue el reencuentro de una madre con su hija, verdaderamente. La chica había perdido todo el cabello, ante lo cual Edward se apresuró a comprarle, con ayuda de Alice, una decena de pelucas distintas. Ahora Mandy podía elegir cada día si quería ser rubia, morena, pelirroja, castaña, con rulos, con cabello lacio…

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El tratamiento seguía, aunque Mandy no mejoraba visiblemente. Bella se repetía que la niña a la que consideraba su hija pasaría primero por una etapa en que estaría muy mal, antes de mejorar y finalmente curarse, pero había momentos en que hasta ella perdía la fe. Edward se mantenía igual de tercamente optimista, aún cuando hasta Carlisle y Rosalie intentaron cautamente prepararlo para recibir malas noticias.

Mandy estaba más y más débil y desganada. No le quedaban energías ni para quejarse o llorar. Tampoco solía hablar, aunque sí hacía muchos dibujos, habitualmente llenos de vida y color. Llevaba encerrada en el hospital varios meses, de modo que su temática favorita eran los parques y jardines, repletos de vida y sol.

A Bella se le rompía el corazón cada vez que veía cuánto anhelaba Mandy un poco de aire fresco, pero los médicos eran inflexibles y hasta Edward tuvo que darles razón: que Mandy saliese en ese momento era una pésima idea.

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Aprovechando el tiempo que podían pasar juntos, Bella, Mandy y Edward hicieron dibujos juntos. Bella dibujó a Mandy, Edward y a sí misma paseando bajo la lluvia, bailando con paraguas en la mano.

Edward, con unos detalles y una maestría envidiables, los dibujó a los tres en el parque. Mandy estaba sonriendo en su dibujo, mientras Bella empujaba la hamaca/el columpio en que Mandy estaba sentada, y el Edward del dibujo, un poco más lejos, aparecía sacando una foto.

Mandy dibujó a Edward, a Bella y sí misma en el jardín de la casa de Bella y Edward, todos ellos sonrientes y rodeados de flores y mariposas, muchas mariposas.

Los tres se prometieron que en cuanto fuese posible, harían que los dibujos se convirtiesen en realidad.

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Cuando por la noche Rosalie vio los dibujos, fue tristeza extrema lo que apareció en sus facciones.

-Son hermosos –sonrió con esfuerzo, acariciando su suavidad las sonrisas de los personajes del dibujo de Mandy-. Mandy es una niña tan dulce…

Bella sonrió también, hasta que vio la expresión aterrada del rostro de Edward. Él se apresuró a componer su facciones, pero no fue lo suficientemente rápido como para que ella no lo notase.

-¿Qué sucede? –preguntó Bella lenta y claramente, mirando de uno a otro de los vampiros con atención-. ¿Qué es lo que pasa?

-Los dibujos… -suspiró Rosalie-. No es infalible, pero… Mandy lleva bastante tiempo dibujando mariposas. Hice un poco de investigación al respecto.

-Mandy dibujó mariposas hoy otra vez –murmuró Edward, abrazando a Bella con un poco más de fuerza de lo normal-. Es habitual que… niños con enfermedades terminales… dibujen mariposas… -la voz de Edward se quebró, no pudo seguir hablando.

-Dibujan mariposas cuando… ellos notan que no les queda mucho tiempo –susurró Rosalie, el dolor dibujándose en cada una de sus bellas facciones-. Mandy… está cada vez peor. Bella, no voy a mentirte, hay pocas posibilidades de que tu hija sobreviva. Lo siento.

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Fue para Bella un balde de agua helada saber que Mandy estaba probablemente en la fase terminal de la enfermedad. Los médicos más optimistas le daban otros dos meses de vida, los más pesimistas no le auguraban más de dos o tres semanas.

Ella y Edward lo intentaron todo, pese a las trabas burocráticas que se les interponían dado que legalmente no tenían ningún derecho sobre Mandy. Consiguieron trasladarla a otro hospital, el mejor en cuestiones de oncología infantil del país. No se separaron de su lado en ningún momento. La apoyaron, le dieron ánimos, se aseguraron que supiera todo el tiempo cuánto la amaban y lo felices que estaban ser considerados, aunque sólo fuese por ella y un puñado de otras personas, sus padres.

-No lo soporto más –lloró Bella en el hombro de Edward una de las noches en que Mandy otra vez tenía accesos de fiebre y sangrado de encías-. ¿Por qué ella? ¿Por qué Mandy? ¿No bastaba con el SIDA? ¿Todo tenía que pasarle? ¿Por qué…?

-Quisiera poder responderte, pero yo me pregunto exactamente lo mismo –musitó Edward, sonando agotado.

Bella se apartó de él para observarlo con atención. Edward tenía la ropa completamente arrugada, estaba despeinado, con profundas ojeras y los ojos negros de sed.

-¿Hace cuánto que no sales a cazar? –le preguntó en voz baja, sabiendo que él la escucharía.

-No sé. ¿A quién puede importarle cazar, cuando mi hija está tan grave? –respondió él en un susurro.

-Edward, por favor, ve a cazar aunque sea un par de perros, estás sufriendo –susurró Bella.

-Puaj. Perros –Edward hizo una mueca de asco, que consiguió arrancarle una risita a Bella.

-Bueno, otra cosa. No sé qué tipo de fauna hay por aquí, pero seguro que habrá algo, ratas o zarigüeyas… mapaches, zorrinos…

-Se me hace agua la boca –murmuró Edward, frunciendo la nariz-. Bella, hay pocas cosas menos apetitosas que los pequeños mamíferos. Una rata es casi el equivalente al brócoli que las madres se obstinan en darles a los niños humanos.

-¿Tu madre te obligaba a comer brócoli, acaso? –quiso saber Bella.

-Claro que sí. Y aceite de hígado de bacalao, también tuve que tomar. Era horrible –Edward se estremeció de asco-. Es una suerte que haya pasado de moda; no tienes idea de lo afortunada que eres al haber nacido en este siglo.

-En serio, Edward. Sal a cazar algo, tiene que haber algún animal comestible.

-No quiero dejarlas solas –susurró él.

-Y yo no quiero que sufras –repuso Bella-. Ve.

-Hagamos un trato –propuso Edward-. Yo salgo a cazar, y cuando regrese, es tu turno de ir a comer algo, bañarte y dormir un rato. ¿De acuerdo?

-De acuerdo –suspiró Bella.

Tras despedirse con un beso, Edward salió con rapidez. Aunque no había querido admitirlo, hacía tres semanas de la última vez que había ingerido una gota de sangre, y si bien ignorar la sed nunca había sido tan fácil, seguía sin ser agradable.

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Edward regresó tres horas más tarde, como un aspecto mucho más saludable que antes. Bella, con un suspiro, se levantó de la silla junto a la cama donde Mandy, pálida y delgada, yacía dormida.

-Llámame si hay cualquier novedad –le pidió a Edward al salir, mientras él tomaba el lugar de Bella junto a la cama de la pequeña.

-Por supuesto. Come algo y descansa, por favor –le pidió Edward a ella.

Bella regresó al hotel en el que se alojaban, comió algo de fruta y se tumbó solo un momento a descansar los pies antes de ir a ducharse, pero se quedó profundamente dormida ahí mismo, sin siquiera sacarse los zapatos. Ella también estaba agotada.

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Bella despertó horas más tarde. Aún estaba oscuro, debían ser las horas de la madrugada. Alguien le sacudía el hombro con suavidad mientras la llamaba.

-Bella… Bella, amor, despierta. Bella, es importante, despierta…

-Estoy despierta –murmuró Bella, la voz pastosa y los ojos turbios. Parpadeó con rapidez varias veces antes de sentarse en la cama-. ¿Edward?

-Soy yo –respondió él, encendiendo el velador que estaba junto a la cama.

-¿Cómo es que estás aquí? –preguntó Bella, confundida-. ¿Mandy…?

Sólo entonces Bella reparó el rostro de Edward. Sus ojos brillaban de lágrimas que no podía derramar, y la expresión de su cara era de tristeza intensa. A Bella le tomó menos de un segundo comprender qué había pasado, aunque eso no significó que lo asumiera con la misma facilidad.

-¡NO! –gritó Bella, intentando saltar fuera de la cama-. ¡NO…!

Edward la sujetó con gentileza, pero sin permitirle huir.

-Por favor cálmate. Podemos ir a verla, antes de que… la lleven –dijo en un susurro-. Acaba de… ocurrir. Vine a buscarte en cuanto me dieron la noticia –explicó, apresurándose a calzar los zapatos en los pies de Bella.

-¿No estabas… junto a ella? –musitó ella, sintiendo las lágrimas fluir sin control por su rostro.

-Me pidieron que saliera cuando se descompensó –explicó Edward, ayudando a Bella a ponerse de pie-. No creí que fuese tan grave…

-¿…sufrió? –preguntó Bella, sin poder dejar de llorar. Su cuerpo se sentía frío y como ajeno a ella.

-No. Estaba dormida… tenía sueños agradables, sobre un prado repleto de mariposas, y nosotros tres entre medio… -dijo Edward en voz mecánica, pasando velozmente un cepillo por el cabello de Bella-. No alcanzó a darse cuenta de nada.

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Todo el resto de lo que pasó, el llegar al hospital y encontrarse a Mandy ya desconectada de todos los aparatos y a punto de ser llevada a la empresa de pompas fúnebres, fue una especie de horrible pesadilla. Un médico intentó impedirles que entraran a la habitación, pero bastó una mirada furiosa de Edward para que el hombre se alejara tartamudeando.

Mandy estaba igual. Parecía dormida. Su carita, delgada y pálida, transmitía una sensación de paz. En verdad no tenía aspecto de haber sufrido.

Verla, tocarla, comprobar que no despertaba y que no respiraba, fue lo más terrible para Bella. Había conseguido mantenerse de una pieza hasta ese momento, pero se derrumbó ante la imagen de Mandy, inmóvil en esa impersonal cama blanca.

Unas enfermeras intentaron apartarla, sólo para ser echadas sin contemplaciones por parte de Edward.

-¡Denle a la pobre mujer un momento para despedirse de su hija! –les gruñó, colérico-. ¡No me importan las reglas del hospital, ella necesita decirle adiós a Mandy y lo hará!

-¡El doctor dijo…!

-El doctor puede decir lo que quiera, usted no va a apartar a Bella de al lado de Mandy por la fuerza –siseó Edward. Dentro de la habitación, Bella lloraba quedamente abrazada al cuerpito de la niña-. Bella se apartará cuando esté lista, y me importa poco lo que ni los reglamentos ni el médico digan.

-¡Tendremos problemas! –se quejó una de las enfermeras, una mujer alta, delgada y como estirada.

-Mi esposa y yo tenemos problemas. Perdimos a nuestra hija. ¡Ésos son problemas! –les ladró Edward, furioso, antes de cerrarles la puerta en las narices y trabarla del lado de adentro.

Una vez que dejó de enfrentarse a las humanas, la furia desapreció de Edward. Se sentó junto a Bella y le acarició con suavidad la espalda, dejándola llorar por largo rato y sollozando él también.

No hablaron. No había palabras para describir el terrible dolor que la pérdida les producía.

Tomo un largo rato, pero por fin Bella se rehizo lo suficiente como para dejar ir a Mandy. Edward desbloqueó la puerta, a cuyo otro lado ya se había congregado cantidad de médicos, enfermeras, visitantes y hasta pacientes. Alguno intentó hacerles reproches, pero ante la expresión de mortal tristeza de la pareja, ninguno de ellos pudo hacer más que murmurar.

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El funeral y el entierro pasaron ante Bella como si se tratase de una experiencia extrasensorial. Era como si estuviese fuera de su cuerpo, era otra persona la que estaba sentada junto al ataúd blanco recibiendo condolencias, otra persona quien acompañaba al cortejo hasta el cementerio y definitivamente era otra persona quien veía descender el ataúd bajo tierra.

Edward estuvo a su lado en todo momento, sollozando la mayor parte del tiempo. Mientras que Bella había caído en un estado semi catatónico, él no podía dejar de llorar, aunque no tuviese lágrimas que lo ayudasen a mitigar el dolor.

El resto de la familia los apoyó en medida de lo posible. La mayor parte del tiempo los Cullen se limitaron a estar ahí, sin decir no hacer mucho, sabiendo que casi cualquier cosa que pudiesen decir no ayudaría demasiado, y con la esperanza que su presencia ayudase aunque sea un poco. Ellos también habían conocido y amado a Mandy, y la pérdida les dolía, aunque desde luego no tanto como a quienes habían soñado con convertirse en los padres de la chica. Jasper les transmitió toda la calma y tranquilidad posible, pero aún así no era suficiente. Nada era suficiente.

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El vigésimo cuarto cumpleaños de Bella fue dos semanas después del fallecimiento de Mandy, y ni siquiera Alice se atrevió a nada remotamente similar a una fiesta. Bella recibió un enorme ramo de flores de parte de Edward, un susurrado "feliz cumpleaños, mi amor", y eso fue todo.

Bella estaba completamente desinflada. No tenía fuerzas para nada. Edward se había convertido en su sombra, asegurándose de que comiera, recibiera sus medicinas y se bañara y cambiara de ropa regularmente. Bella no tenía interés por nada, no le importaba buscar otro trabajo, no le interesaba hablar con nadie y ni siquiera le preocupaba atender el teléfono cuando sonaba, aunque ella estuviese justo al lado.

Edward intentó llevarla al psicólogo de nuevo, y Bella aceptó con el mismo desinterés con que hubiese ido a ver una película china sin subtítulos ni doblajes. Admitiendo la derrota, Edward canceló el tratamiento a la tercera sesión, cuando Bella otra vez se pasó la hora que duraba la entrevista sentada, inexpresiva y sin decir una palabra.

Las noches de Bella eran agitadas y repletas de pesadillas, hacía tiempo que no descansaba bien. Edward hacía lo imposible por calmarla y confortarla, pero tampoco podía hacer más que sentirse impotente cuando Bella, entre sueños y lágrimas, llamaba a Mandy una y otra vez.

Tal como Edward temía, pronto la salud de Bella se vio resentida. Él fue quien detectó el sarcoma de Kaposi en la piel de Bella; ella acabó otra vez en el hospital. Poco después contrajo una hepatitis, parte de una epidemia que se estaba dando en toda la ciudad, y otra vez acabó en la estación de terapia intensiva.

Más grave que eso era que Bella había perdido por completo el interés por vivir. Subsistir o fallecer había dejado de importarle la noche en que Mandy había muerto, y nada de lo que nadie le hubiese dicho o hecho hasta el momento había logrado que a ella le volviese a importar seguir con vida.

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-No sé qué más puedo hacer por ella –suspiró Edward, completamente derrotado y con los hombros hundidos-. Se está dejando morir. Se consume ante mis ojos. Es como una vela al viento… es tan frágil… da la impresión que cualquier pequeño soplo de aire puede acabar con ella…

-Sufrió una grave pérdida hace muy poco –dijo Carlisle en voz baja-. El período natural de duelo es de unos dos años. Hace apenas dos meses que perdieron a Mandy. Bella necesita tiempo para elaborar el duelo. Ambos lo necesitan.

Los dos vampiros estaban en el despacho de Carlisle en el hospital. Bella seguía internada, aunque estaba en una habitación común en ese momento. La hepatitis había remitido, gracias a los intensos cuidados más que a la voluntad de Bella.

-Pero si Bella no pone nada de sí, ni siquiera yo podré mantenerla con vida durante los siguientes dos años –musitó Edward, angustiado-. Su salud es cada vez más frágil. Cada nueva infección es peor. Cada virus oportunista es más grave que el anterior…

-¿Lo hablaste con ella?

-Hablarlo con ella tiene la misma utilidad que discutir de gramática comparada con el sofá. Obtengo la misma cantidad y calidad de respuestas –se lamentó Edward amargamente.

-No sé qué decirte –suspiró Carlisle-. Sólo que no bajes los brazos, que estamos aquí para ayudarles. Serán tiempos duros y difíciles, pero no necesitas sobrellevarlos solo. Podemos turnarnos para cuidar a Bella, podrás tomarte un respiro y salir a cazar de vez en cuando, ella no tendrá que quedarse sola…

-Gracias, de verdad. Pero… no quiero separarme de ella.

-Lo sé, y lo comprendo. Sin embargo, quiero que recuerdes que estamos para ayudarles. Sé que también sufres, Edward… déjanos ayudarles –dijo Carlisle con tal sinceridad en la voz y los pensamientos que Edward no pudo evitar un nuevo ataque de llanto.

Perder primero a Mandy, y ahora toda la preocupación por Bella, en verdad le estaba haciendo pasar un infierno. No había lástima en los pensamientos de su padre, sólo compasión y comprensión. Carlisle también había amado a Mandy y sentía su pérdida, aunque ni por lejos tanto como Edward o Bella.

Edward lloró con amargura durante varios minutos. Había acumulado dolor y angustia durante semanas, teniendo que ser fuerte por él mismo y por Bella. Estaba a punto de colapsar.

Carlisle lo dejó descargarse, y le prometió mentalmente no comentarlo. A las personas fuertes no les gusta tener testigos de sus momentos de debilidad.

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