Siento tardar más de lo acostumbrado, y que encima sea un capítulo un poco más corto, pero es que ahora mismo estoy centrada en otro proyecto para el que tengo un plazo. De todas formas, intentaré seguir con regularidad.
Muchas gracias a aquellos que me han dejado reviews. Me han animado mucho n.n
7. El rostro del espejo
Harry aterrizó sobre el suelo de la cocina, la elegancia brillando por su ausencia. Maldijo en voz baja. De todos los medios de transporte posibles –aparición, escobas, coche, autobús, taxi, ¡andando!- ¿por qué siempre tenían que elegir ese?
Se levantó con esfuerzo, y se encontró cara a cara con una nerviosa Hermione. Ella apartó la vista en cuanto él clavó sus ojos en los de ella. Ninguno de sus antiguos amigos había sido capaz de sostenerle la mirada mucho tiempo.
A los pocos segundos apareció Ron, más alto de lo que recordaba. Su pelo era igual de rojo, pero un poco más largo. Ya no parecía el adolescente desgarbado que había visto por última vez; era un hombre joven, atlético y de rasgos firmes, seguro de sí mismo. Supuso que sus padres debían estar orgullosos de él.
También Hermione había cambiado. Se había puesto gafas, aunque le quedaban muy bien. Se notaba que ahora cuidaba mucho más su aspecto: lo notaba en su manos, bien cuidadas, que antes solían estar manchadas de tinta; en sus pulseras y pendientes, que nunca antes había llevado; y en su ropa, elegante sin quedar fuera de lugar. Ya no tenía el pelo encrespado; le caía suelto sobre los hombros, como una cascada castaña.
-Supongo que tienes hambre, Harry –comentó Hermione, pasándose la mano por el pelo con incomodidad.
Él asintió inexpresivamente, y por algún motivo eso pareció ponerla más nerviosa. Tenía mucha hambre, pero era algo a lo que estaba acostumbrado. No iba a pasar nada por unas horas más.
-Preferiría darme una ducha antes –dijo con suavidad.
Antes hubiese bromeado con ellos, pero ahora no se fiaba de decir nada si no era para contestar una pregunta directa, y siempre en tono educado. Era como hablar con dos completos desconocidos. Desconocidos que además tenían poder sobre él.
-Como quieras –contestó ella, y tuvo la sensación de que estaba aliviada por la sugerencia-. El baño está al final del pasillo. Espera un momento; te daré una toalla limpia y ropa de Ron.
Él volvió a asentir. La verdad es que estaba impaciente por ducharse. Ya no recordaba lo que se sentía al estar limpio.
Mientras Hermione desaparecía en una habitación contigua, él se dedico a explorar el piso. Era pequeño, pero acogedor. Su habitación –supuso que era su habitación. Tenía un sofá-cama y carecía de objetos personales-, estaba en frente de la de sus compañeros. La cama de matrimonio no dejaba lugar a dudas.
Eso último le dejaba una sensación incómoda. Siempre había sabido que los dos iban a acabar juntos, y antes habría corrido a felicitarlos. Ahora en cambio sentía que estaba invadiendo un espacio privado, un santuario sólo para ellos dos.
Además, las palabras de Selene seguían surgiendo en su mente. Ellos, como todos los demás, le habían abandonado… y aun así se habían prestado para acogerlo en su casa. No lo entendía, pero prefería darles el beneficio de la duda.
Ahora que estaba fuera de Azkaban, olvidar era mucho más sencillo.
Hermione llegó con lo prometido antes de desvanecerse en dirección en la cocina. Sabía que iba a tener una charla con Ron sobre él, pero le daba igual. Cerró la puerta del baño y cerró el pestillo. El murmullo de las voces se ahogó.
Lo primero que hizo fue inclinarse sobre el lavabo y beber. El agua limpia se enturbiaba al entrar en contacto con sus manos, pero seguía siendo el agua más fresca que había tomado en mucho tiempo. Selene no le había vuelto a traer nada desde el primer día, y se había llevado los libros en la última visita.
Miró su rostro en el espejo. Pensándolo fríamente, no era tan extraño que tanto Ron como Hermione parecieran tan nerviosos a su alrededor. Tenía toda la pinta de un cadáver sacado de la tumba. Vaciló un momento antes de desvestirse y tirar las ropas raídas al suelo. Miró con desagrado su cuerpo desnudo. A primera vista, no había ninguna diferencia. Se metió en la ducha con cuidado y abrió el grifo.
El agua se escapó negra por el desagüe durante los primeros minutos. Después, aunque se aclaró, siguió teniendo un desagradable tono marrón. Se frotó todo el cuerpo, descubriendo cicatrices que no sabía que tenía, sobre todo en los brazos; sospechó que se las había hecho él mismo. Hizo lo que pudo por desenredarse el pelo, pasándose los dedos como un peine, pero era un caso perdido. Aun así, intentó lavarlo lo mejor que pudo.
Al final salió de la ducha, goteando, y se enfrentó de nuevo al espejo. Ahora no parecía un cadáver desenterrado, sino un ahogado. Supuso que era una mejora.
En un cajón encontró un peine, tijeras y una cuchilla de afeitar. Su mano vaciló sobre el peine antes de aferrar las tijeras. Los mechones empezaron a caer.
Lo dejó un poco más largo de lo que lo había tenido, sobre todo por delante, lo suficiente como para cubrir la cicatriz que tantos problemas le había causado. Después de eso, el peine pasó con relativa facilidad. También cortó la barba, antes de comenzar con la cuchilla.
El resultado no fue tan malo. Por tercera vez, el espejo le devolvía una cara que no era la suya, pero que era también distinta a las anteriores. Un rostro muy delgado, con mejillas hundidas y ojos apagados, pero que podía mostrar sin avergonzarse. Una cara distinta a la del joven Harry que había entrado en Azkaban, pero que guardaba cierta semejanza.
¿Se parecería a James Potter? No recordaba su cara, ni la de su madre. Se preguntó si alguien habría guardado las fotos, o si se habrían desecho de ellas junto con todas sus cosas. ¿Qué habría sido de su varita? ¿Y de Hegwid? ¿Seguiría viva su lechuza blanca? ¿Podría recuperar sus estudios, aunque no le dejaran volver a Hogwarts?
Todas las preguntas, condensadas en una sola que le daba miedo plantearse.
¿Qué iba a hacer ahora?
Miró la pared del baño, en dirección a la cocina. Las respuestas estaban allí. Sólo necesitaba valor para salir a buscarlas.
Suspiró. No había prisa. Primero tenía que ducharse de nuevo, vestirse, limpiar el caos que había sembrado en el baño; y después podría comer, y quizás dormir un poco…
Antes se había considerada una persona valiente. Antes había pensado y actuado de forma distinta. Antes era otra persona distinta. Pero todo cambiaba, y no había forma de volver atrás. Quizá era hora de dejar de pensar en cómo había sido, y centrarse en cómo era ahora.
Y todas las cosas que habían cambiado, ser valiente o no era de lo que menos preocupaba.
Media hora más tarde se encontraba en la mesa de la cocina, compartiendo el almuerzo con dos silenciosos anfitriones. No habían dejado de mirarlo desde que había entrado en la cocina, excepto cuando él levantaba la vista del plato, para luego buscar los ojos del otro y examinar de nuevo a Harry.
Se preguntó por qué su nuevo aspecto les resultaba aún más perturbador que recién salido de Azkaban. Comprendía la sorpresa inicial por el cambio, pero esperaba que después se relajasen. No tenía sentido.
Tras unos minutos de silencio quedó claro que, si quería llegar a alguna parte, tenía que hablar él.
-Así que… -empezó torpemente-. ¿Qué habéis estado haciendo este tiempo?
Ambos intercambiaron otra mirada antes de sonreírle nerviosamente.
-No mucho. Nada… interesante –dijo Ron. Un silencio incómodo llenó la estancia, roto por el tictac del reloj. Él carraspeó antes de empezar a hablar-. Yo estoy estudiando para ser auror. Estoy en mi segundo año, ¿sabes? Me falta uno más para acabar el curso. Aunque creo que ya lo sabes, porque tú también querías ser… esto… en fin –tragó con esfuerzo y continuó-. Y Hermione ya trabaja. Podía elegir el trabajo que quisiera, por que tenía notas perfectas, ya te lo imaginas, pero ella…
-No es para tanto –dijo Hermione, cortando el barboteo de Ron-. Ahora trabajo en el Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas. Pretendía mejorar la situación de los elfos domésticos, pero no es tan fácil como esperaba.
Harry asintió.
-Seguro que lo consigues –contestó, sintiendo que tenía que decir algo.
-Lo intentaré –asintió ella-. Aun así, hay muchas más reformas que hacer. No te imaginarías las condiciones en las que tienen a los pobres Abraxans. Ya sabes, es un tipo de caballo volador. Ahora estoy trabajando en el borrador de una nueva ley que lo regule. Creo que es más fácil empezar por ahí, un proyecto sencillo y más fácil de cumplir que cambiar la mentalidad de la gente y de los mismos elfos domésticos. Son los mismos elfos domésticos los que me están dando más problemas. Se escandalizan ante el mero hecho de recibir sueldo. Además –se interrumpió de repente y enrojeció-. Te estoy aburriendo. Lo siento.
-No. Es muy interesante –mintió Harry, llevándose a la boca otro trozo de ternera.
Dejó los cubiertos sobre el plato. Sobraba más de medio filete, pero no se sentía capaz de comer nada más. Curioso: había pensado que devoraría todo lo que le echaran casi sin masticarlo.
-¿No te gusta? –preguntó Hermione preocupada.
-No, es lo mejor que he comido en años –no exageraba, pero no iba a entrar en detalles-. Pero no tengo hambre.
-Come más, tío. Normal que estés tan delgado –un pobre intento de bromear por parte de Ron, pero lo agradecía de todas formas.
-No te preocupes –dijo Harry-. Además, siempre he sido delgado.
-Ya, pero ahora –Hermione se aclaró la garganta y cambió de tema-. Bueno, deberíamos ir a comprar. Sobre todo ropa para ti. Nos es por nada, pero la de Ron te queda grande.
Harry asintió, mirando distraído la ancha camiseta. Era casi como volver a llevar lo que le sobraba a Dursley. Había algo especialmente desagradable en esa idea, que hacía que la rabia se acumulara dentro de él.
-Lo agradecería mucho –admitió-. Pero no quiero ser una molestia.
-No lo eres –dijo Hermione con impaciencia-. Ya te lo he dicho.
-Además, Dumbledore nos ha dado dinero para todo eso –añadió Ron-. No es problema.
-Dumbledore –repitió Harry frunciendo el ceño.
Al parecer, el viejo lo tenía todo organizado. Seguramente había sido idea suya que se quedara con Ron y Hermione, para tenerlo controlado. No tenerlo con personas desconocidas, en la que no confiase…
-Sí, Dumbledore –confirmó Hermione, ajena a sus pensamientos-. Se ha estado preocupando mucho por ti. Quería verte inmediatamente, pero lo convencimos de que te dejara descansar un día antes de eso. Estoy segura de que ha tenido mucho que ver en la orden de liberación.
-Sabía que no podía dejarte tirado –añadió Ron-. Siempre fuiste su alumno favorito.
Alumno favorito, y una mierda. Las cosas serían muy diferentes de no haber una profecía de por medio…
-¿Y por qué ha tardado tanto tiempo, entonces? –preguntó fríamente-. Si no me equivoco, no hizo mucho por mí en el juicio.
Hermione tragó saliva y miró a Ron.
-Seguro que hizo todo lo que pudo –dijo él vacilante-. Pero no es dios, él también tiene sus limitaciones.
-Sólo digo que un poco… raro… que se moleste tanto por mí ahora. Tres años enteros sin hacer nada, y de repente…
-¿Cómo sabes que han sido tres años? –preguntó Hermione de repente-. ¿Has llevado la cuenta de los días?
-Me lo dijo uno de los guardias –contestó Harry encogiéndose de hombros. Iba a tener que vigilar más los deslices de lengua.
Por suerte, Hermione no pareció pensar mucho más en ello.
-Ah. Bueno, en cualquier caso estás siendo muy duro con él. Ya verás que cuando hables mañana con él, todo se aclara. Bueno –añadió levantándose con el plato vacío-. Yo hoy tengo que ir a trabajar por la tarde, pero Ron tiene el día libre. Podéis ir juntos al centro, tener charlas de hombre a hombre, esas cosas. Pasadlo bien.
Harry y Ron se miraron. Fue casi como en los viejos tiempos, y durante un momento pareció que nada había cambiado. Se sintió bien.
-Además, necesitas gafas nuevas, ¿no?
Él parpadeó. Hacía tanto tiempo que se había acostumbrado a verlo todo borroso que no recordaba que debería llevarlas.
-La verdad –continuó ella, llevándose también el plato de Ron y de Harry- es bueno que no hayas comido mucho. Así podrás comer más en la fiesta de esta noche.
Harry se atragantó.
-¿Qué fiesta?
-La que vamos a hacer para celebrar que estás libre –contestó Hermione como si fuese obvio-. Van a venir casi todos los de la Órden. La señora Weasley, Fred y George, el profesor Moody, Neville, Luna, Ginny –miró nerviosamente a Harry antes de apresurarse a seguir-, ¡y el profesor Lupin también! Viene con Tonks. ¿Te he dicho que se han casado?
-No –contestó Harry lacónicamente.
¿Cómo había dicho Selene? ¿Qué su padre se revolvería en su tumba?
Hermone se puso a fregar los platos, sin dejar de hablar. Parecía mucho más relajada.
-Te tenemos que enseñar las fotos. ¡Tonks estaba guapísima! Aunque estaba muy nerviosa: no paraba de cambiarse el color del pelo.
-También se puso más tetas –murmuró Ron sonriendo. Hermione le tiró un trapo húmedo a la cara.
-Todos se alegrarán mucho de verte, Harry –añadió, si dejar de dirigir miradas fulminantes a su novio.
-Sin duda –contestó Harry. No estuvo seguro de que ella captase la ironía.
Mientras Hermione terminaba con los platos, Ron recogió el mantel y limpió las migajas. Ambos le dijeron a Harry que se quedase sentado, que para algo era el invitado ese día, pero él se levantó incómodo. Metió las manos en los bolsillos del vaquero demasiado grande para él, sin saber qué hacer.
Hermione miró el reloj.
-Debo ir preparándome. Entonces, ¿vais a ir?
Ron se encogió de hombros.
-Sí. ¿Por qué no?
-Si no te importa, prefiero ir a tiendas muggles –dijo Harry. Era algo que llevaba pensando un rato, si atreverse a decirlo-. No… estoy preparado para ir al Mundo Mágico. Todavía no.
-Pero… -su amigo le miró un momento. Fuera lo que fuera que iba a decir, lo convirtió en una sonrisa amable-. Como quieras. También hay buenas tiendas por el Londres muggle.
-Gracias –contestó Harry educadamente, sin perderse la cálida mirada que Hermione le dedicaba a Ron.
Esa misma sonrisa se tensó cuando se volvió hacia él hasta desaparecer por completo. Aun así, algunos restos de calidez persistían en sus pupilas.
-Me alegro de que estés aquí, Harry –dijo ella con suavidad-. De verdad.
-Lo sé –le aseguró en voz baja.
Esta vez, ni siquiera él supo distinguir si la ironía impregnaba aquellas palabras.
