La señora Watanabe preparaba la mesa del comedor, Nagisa había insistido tanto en ayudarla que al final había desistido y le había dejado llevar los cuencos y palillos. El rubio estaba dispuesto a volver a la cocina cuando Rei le cogió de la muñeca.
- Siéntate, estás agobiando a la señora Watanabe - no había acritud en su tono, y Nagisa obedeció.
Se sentó junto a él, sus manos rozándose. El rubio notó el respigo de su compañero, no, su novio. Se sonrió con malicia. Alargó su meñique y lo entrelazó con el del otro. Otro respigo. Rei vocalizó su nombre sin decir palabra, pese a ello el aludido notó su advertencia y su pudor. Se llevó un índice a los labios y les dio unos toquecitos: reclamaba un beso.
Rei volvió el rostro violentamente, ese no era el lugar ni el momento. Rin estaba sentado frente a ellos, y aunque seguía hojeando la revista, no estaba dispuesto a permitir que los viese. Nagisa llevo su mano al muslo de Rei. Éste ahogó un chillido. No se atrevería ¿O si? Agarró aquella mano intrusa y la retuvo contra el suelo. Sintió otra subiendo por el interior de la manga de su yukata, trazando juguetonamente su bíceps y tríceps. Apretó los labios, tratando de ignorar ese roce.
- Bésalo o tendré que hacerlo yo - oyó decir a Rin, que ni había levantado la vista de la revista.
- ¿Q-qué? - trató aparentar normalidad. Rin le miró serio, imposible engañarlo.
- No va a parar hasta que lo hagas y preferiría no ver cómo te desnuda.
El rostro de Rei se tiñó de rojo, volvió la vista a un lado, allí donde Nagisa le ponía ojitos tiernos. No es que no quisiera, en realidad se moría de ganas, pero no delante de Rin y la anciana. De un impulso se lanzó sobre la mesa y le robó la revista a Rin, arrancándole una queja. Se cubrió el rostro con ella y le dio un beso rápido a Nagisa.
- ¿Que estáis haciendo? - oyó una voz a su espalda.
Makoto entraba en ese momento en el comedor seguido de la señora Watanabe. Rin meneaba la cabeza y Nagisa había roto a reír.
- Eres adorable, Rei - le abrazó por los hombros y le besó en la mejilla.
Rei seguía conmocionado, se cubría el rostro con la revista, incapaz de encarar a ninguno de los presentes.
- ¿Dónde está Haru? - preguntó Rin, suspicaz.
Makoto dio un respigo, miró a su al rededor y se dio cuenta que no estaba por allí.
- No lo sé, pensé que estaría con vosotros.
Se sentó presidiendo la mesa. Sentía los ojos de Rin sobre él, tratando de leer sus pensamientos. Le dirigió una sonrisa forzada.
- Habrá ido al lavabo.
Se sentía escrutado, juzgado, como si todos los allí presentes supieran de lo que había pasado en esa habitación y lo que se había dicho, particularmente Rin.
La anciana les instó a comer pese a que ellos habrían preferido esperar a Haru. Diez, quince minutos, media hora. Ni rastro de él. Rin echaba vistazos constantes a la puerta esperando verlo aparecer, Rei tamborileaba los dedos sobre la mesa, cerca de los palillos que había alineado perfectamente tras comer; Nagisa parecía inquieto, lanzando miradas fugaces a un viejo reloj que colgaba de la pared. Makoto miraba fijamente sus pulgares, haciendo girar uno por encima del otro rápidamente.
- ¿Qué es lo que ha pasado? - interrogó Rin de pronto, en un tono seco.
- ¿Eh?
- No me toques los cojones, Makoto. Eres el único al que no le importa que Haru no este aquí. Y ni siquiera puedes mirarme a los ojos.
Makoto apretó los labios y apoyó ambas manos sobre la mesa, tratando de ordenar sus pensamientos o quizá reunir el valor para darles voz.
- Antes discutimos.
Oyó la exclamación de Nagisa antes de sentir la mano de Rin cerrarse sobre el cuello de su camisa y tirar de él para obligarlo a encararle.
- ¿Qué le has dicho? - la voz de Rin sonaba como un susurro gutural, peligroso.
Makoto trató de contenerse, pero dejó escapar la tensión de las ultimas horas y escupió las palabras.
- ¡Lo que necesitaba saber! ¡Que no siempre vamos a estar allí para complacer sus caprichos!
- ¿Ah, sí? Te ha llevado mucho rato decirle sólo eso ¿o es que tú también te sentías caprichoso? - Makoto captó el mensaje implícito en sus palabras y, aunque le hubiera gustado responder, no podía defenderse. Era verdad que Haru había sido claro con el desde el principio, pero no podía decir lo mismo de sí mismo.
Sintió como el agarre sobre su camisa se aflojaba, alzó la vista y se encontró con Rin levantándose de su sitio.
- No vuelvas a hablar por mí, yo no soy como tú.
El pelirrojo cruzó el comedor como un huracán. Se abrió un silencio tenso en la sala. Nagisa buscó los ojos de Rei, pero éstos miraban a Makoto con preocupación.
- ¿Makoto? - llamó suavemente.
Este se echo hacia atrás, con los brazos sobre el rostro, como si le doliera la cabeza.
- Estoy bien.
La señora Watanabe se llevó algunos platos sucios y un par de bandejas con restos de comida.
- ¡Qué emocionante es ser adolescente!
Rin salió del hostal por la puerta que conducía a los baños exteriores. Echó un vistazo rápido: ni rastro de Haru. Ahogó un gruñido ¿Dónde demonios se había metido? Hacía frío, mucho para vestir únicamente un yukata, esperaba que el muy idiota se hubiese puesto una chaqueta al menos. Subió la cremallera de su sudadera hasta el tope y se echó la capucha por encima, aislándose malamente del gélido viento.
Oyó un chillido agudo cerca suyo. Miró a su al rededor buscado su origen, a unos metros un macaco le observaba, alerta.
- ¡Hostia, un mono! - exclamó para sí mismo.
El animal parecía escudriñarlo con interés. Luego le dio la espalda, profiriendo otro chillido hacia el bosque. Otro macaco salió de la espesura, uniéndose al anterior y juntos emprendieron camino por un sendero trasero algo accidentado. Rin decidió seguirlos, sin una razón concreta, pero algo le decía que Haru estaba allí a donde se dirigían aquellos monos.
Saltó la valla de madera que cerraba el recinto de los baños y se mantuvo a una distancia prudencial esperando no espantar a sus improvisados guías. El animal que le había chillado se volvía a mirar frecuentemente, curioso, aunque no parecía tener miedo. Sin duda ya estaban acostumbrados a la presencia de seres humanos en su territorio.
Rin podía oír a otros monos en la espesura del bosque, chillándose unos a otros, quizá alertando a los demás de la presencia de un intruso o un invitado.
Echó un vistazo al suelo, las hojas caídas cubrían el camino y el viento las movía constantemente de lugar, haciendo imposible descubrir huellas de pisadas. Sólo esperaba que su corazonada no fuese errada y no se encontrase al anochecer en mitad de las montañas de Nagano rodeado de monos.
Más de una vez tuvo que auparse por encima de algún muro de piedra. Tenía las manos y las rodillas manchadas de tierra húmeda ¿De verdad Haru habría seguido este camino? Una bola de fuego le subió desde la boca del estomago hasta la garganta, incendiando su pecho. Por una parte estaba enfadado con Haru por marcarse semejante escapada dramática, por otra, y en mayor medida, con Makoto por haberla provocado. Le daban ganas de arrearle un puñetazo. Le había puesto las cosas de cara, había instado a Haru a aclarar las cosas con él, y el muy imbécil...
Gruñó para sí, furioso e impotente. Recibió un chillido por respuesta. El macaco le miraba desde la distancia, parecía juzgarle.
- ¿Qué pasa, monomierda? - preguntó, molesto.
Otro chillido, esta vez más grave; el macaco parecía responderle con la misma mala gana.
- Que te calles - torció el gesto, sintiéndose ridículo por discutir, si podría llamársele así, con un mono.
Rin observó su alrededor, el sendero se había ensanchado notablemente y parecía colarse más luz a través de los arboles. Diría que estaban cerca de un claro, y, efectivamente, unos minutos más de caminata, los arboles dejaron paso a una pequeña cascada que nutría un estanque circunvalado por rocas. Volutas de vapor se elevaban desde su superficie, era un baño termal natural. Fijándose bien vio allí un grupo de media docena de macacos, a los que se unieron aquellos dos que le habían guiado. Sus rostros estaban rojos, colorados de tanto rato metidos en aquella cálida agua.
- ¡Haru! - llamó, sin saber muy bien si recibiría respuesta.
Bajó con cuidado por la resbaladiza roca de la cascada, sólo escuchaba el rumor del agua y los gemiditos y chillidos ahogados de los macacos que disfrutaban de su baño, ni rastro de una voz humana. Empezaba a preocuparse y la frustración se apoderaba de él.
- ¡Haru, me cago en...!
No terminó la frase, un resbalón le acalló. Reacciono rápido y evitó por los pelos un costalazo contra las rocas.
- ¿Rin?
Se volvió en dirección a la voz. Esperaba encontrarlo en el agua, pero Haru se sentaba al borde, sólo los pies sumergidos y un macaco acomodado a su lado.
- ¿Qué coño haces? - preguntó el pelirrojo, enfadado pese al alivio de encontrarle allí
Haru le miró de soslayo con una expresión indescifrable, sin responder.
- Oye, a mi no te me pongas tonto - advirtió, acercándose al moreno.
- ¿Por qué estas aquí? - preguntó Haru de mala gana.
- ¿A ti te parece normal desaparecer sin decir nada? -increpó Rin - Tienes a todos preocupados.
- No hacía falta.
Haru se levantó, el macaco que reposaba a su vera soltó un chillido de indignación. Cogió una pequeña toalla que había doblado al lado de sus sandalias, dispuesto a secarse los pies.
- ¿Que coño te pasa, Haru? ¿Te entra una perreta solo por una tontería que te ha dicho Makoto?
Haru trató de disimular la tensión de su mandíbula. Se levantó para calzarse, con movimientos lentos.
- No eran tonterías, me ha puesto en perspectiva.
- ¿En qué perspectiva?
Haru resopló, cansado, no quería discutir ahora con Rin.
- Se acabó - zanjó.
- ¿El qué? - el pelirrojo abrió los ojos, adivinando a que se refería, pero incapaz de creerlo.
- Todo.
Haru pasó a su lado, erguido y estoico. Rin apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos, los dientes apretados hasta doler. Extendió una mano para apresar la muñeca de Haru, fuerte, tan fuerte que el moreno reprimió un gemido.
- ¡Y una mierda! - gruñó Rin, una mirada hostil clavada en los ojos azules que le devolvían indiferencia.
- Suéltame. - Haru trató de recuperar su muñeca, pero la mano de Rin era como un cepo.
Rin tiro de él, echó su mano libre tras la nuca de Haru trayendo su rostro a escasos centímetros del suyo.
- ¿Es que tengo que hacerte daño para que te intereses en mi? - preguntó amargamente, recordando su actitud durante los primeros meses tras su vuelta de Australia.
Tiró del pelo oscuro, obligándole a inclinar la cabeza. Se acercó mas, sus ojos carmesíes perdidos en algún punto indeterminado de su rostro. Haru so sabía si esperar un beso o un cabezazo, pero ninguno llegó.
- No es eso - cedió el moreno, entendiendo que Rin estaba malinterpretando sus razones.
- ¿Y qué es?
Esta vez sí mordió su labio inferior, no con ternura como había hecho antes, si no con rabia: le castigaba. Haru trató de volver el rostro, de mantenerse firme en su decisión de liberar a Rin y Makoto. Para él no había grises, era blanco o negro, todo o nada. Sin embargo, Rin le tenía bien sujeto, a penas podía maniobrar, sólo tenia una mano libre, con la que trato de empujarle, pero no se movió ni un milímetro. Rin era a penas un par de centímetros más alto que él, y pese a ello su figura parecía mucho más corpulenta, podía notar el firme pecho bajo su mano, duro.
- Respóndeme. - apremió el pelirrojo, bajando hasta su cuello, hincando los dientes en su trapecio.
Haru ahogó un gemido de dolor, cerró la mano que había apoyado en su pecho, arrugando la sudadera.
- Para. - trato de darle un tono imperativo a sus palabras, pero había sonado a súplica.
- Te dije que no te dejaría, ¿es que no me tomas en serio?
Soltó la muñeca de Haru y subió la mano hasta su codo, por debajo del yukata.
- ¿Cómo puedes estar tan seguro? - espetó finalmente, todo lo histérico que su fría personalidad le permitía, sobresaltando a Rin - ¿Y si... te enamoras de otra persona, o te vuelves a ir? ¿Y si te cansas o yo ya no soy suficiente...?
Se detuvo de golpe, clavando la mirada en un par de monos que se estaban desparasitando tranquilamente, ajenos a la discusión.
- Eso es una chorrada Haru, te acabo de decir que no voy a dejarte.
- Quizá no ahora, pero en el futuro...
- Al futuro que le den por culo, ahora es cuando importa - Rin se separó un poco, suavizando el agarre sobre el codo y nuca de Haru - Mira, me he pasado los últimos cinco años de mi vida agobiándome por el futuro, frustrándome por anticiparme, sin disfrutar del presente y eso no es bueno. Lo que importa es este momento, aquí y ahora. Y aquí y ahora sé que te quiero y que antes me cortaría una pierna que dejarte. ¿No es eso suficiente? ¿Vas a sacrificar esto por algo que podría o no pasar?
Rin soltó finalmente a Haru, esperando una respuesta de su mente, no de su cuerpo.
- No es tan fácil – admitió el moreno - Makoto, él no entiende nada de esto. Quiere que me decida.
- Makoto es imbécil.
- ¡Rin!
- Si te quiere, y tú le quieres no sé que puto problema tiene.
- Tú – musitó Haru, consciente de que el verdadero problema no era Rin si no sus propios sentimientos hacia él.
Rin se encogió de hombros.
- Mira, a mi entender es tan fácil como que puede tenerte o no puede no tenerte. Si aún queriéndote prefiere lo segundo, es su problema.
- ¿Y a ti no te importa que yo quiera a otro?
- No es que quiera que me cuentes cada vez que te lo montas con él, y prefiero no pensar demasiado en ello o... bueno... - hizo un ademán, espantando una idea macabra – Pero si él es lo que necesitas para ser quien eres, no tengo alternativa.
Haru retrocedió un par de pasos, hasta dar con la pared de roca de la cascada, húmeda por la condensación. Apoyó la cabeza, mirando hacia el cielo plomizo sobre ellos. Exhaló, le dolía la cabeza. Había sido un día muy intenso y sólo tenía ganas de olvidarse de todo, de sí mismo para empezar. Se sentía perdido y confuso, y odiaba sentirse así. Clavó la mirada en los macacos de la laguna, parecían tan relajados y tranquilos, tan ajenos a estos estúpidos problemas emocionales. Ahora mismo le gustaría unirse a ellos y perderse en el monte.
Se abrazó inconscientemente cuando una brisa gélida recorrió el claro. Rin pasó a su lado, con un semblante inexpresivo, ausente, sin siquiera mirarle.
- Vamos, te vas a congelar aquí fuera.
Haru se dejó guiar sin oponer resistencia, unos pasos por detrás de Rin. Sabía que le había hecho daño a dudando de él, y hubiera preferido que le gritase y se enfadase en lugar de aquella serenidad tan inusual en él. Se preguntaba si al final lo único que había conseguido era alejar a las personas que más quería. Suspiró, encontrando un extraño sentimiento de sosiego en aquel pensamiento, la fría tranquilidad de quien acepta la derrota.
No se dio cuenta de que se había detenido hasta que oyó la voz de Rin llamándole, y tampoco se dio cuenta de que había empezado a llover hasta que lo vio abriendo su sudadera y extendiéndola para acogerle.
- Ven, te vas a calar.
Haru apretó los labios, reprimiendo una mueca. Quiso correr hasta él pero sus piernas no reaccionaban, se negaban a obedecer las órdenes de su cerebro. Tenia miedo, un miedo horrible a no sentir el calor de Rin, ni su electricidad, que entre ellos sólo quedase una fría deferencia. ¿Por qué seguía dudando de él cuando le había dicho y repetido que le quería? Se lo había demostrado, nunca había habido un atisbo de duda en su resolución.
Oyó los pasos de Rin acercándose con largas zancadas, sintió su sudadera caer por su cabeza y hombros. Alzó la vista, encontrando los ojos carmesíes mirándole con preocupación, una sutil sonrisa curvando sus labios. Se sintió estúpido, no había razón para dudar de él. Entendía ahora lo que Rin le había dicho antes: lo importante era el presente y lo que tenia ahora, y aquí y ahora le tenia a él, y de alguna forma sabia que incluso si Rin volvía a marcharse alguna vez, le seguiría teniendo. Rodeó su cuello con ambos brazos y apoyó la frente en la suya.
- Lo siento - dijo en un susurro.
- Claro que lo sientes - replicó el pelirrojo, Haru no pudo ver su sonrisa pero sabía que sonreía - No has dicho más que tonterías.
- Cállate - espetó, perdiendo la paciencia.
Se lanzó a por un beso, uno de verdad esta vez, sin segundas intenciones ni rencores. Deslizó las manos desde el cuello hasta la espalda de Rin, trazando círculos sobre sus omóplatos y bajando hasta su cintura.
El pelirrojo rompió el beso pero no se alejó, apoyó su mejilla sobre la de Haru.
- Como no pares de hacer eso vamos a tener un problema - dijo con voz ronca y un ligero matiz mezcla de apuro y socarronería.
Haru reprimió una risita.
- Pervertido... - reprendió, con una mueca cómica.
- ¿Me lo dices precisamente tú? Sé lo que hiciste antes, Nanase - hizo especial hincapié en su apellido, regañándole como un profesor.
Haru abrió mucho los ojos y todo su rostro se volvió rojo como el de los macacos que habían dejado en los baños termales. Iba a replicar, pero se quedó sin palabras.
La carcajada de Rin le aseguró que no había sido un reproche, aún así el tema le parecía demasiado personal e intimo como para hablar de él, ni siquiera en tono jocoso. Frunció el ceño, esperando a que Rin dejase de reírse a su costa.
- No te enfades - dijo finalmente, instándole a continuar el camino de vuelta - En realidad estoy celoso - le guiñó el ojo.
Haru volvió a sentir esa corriente eléctrica en la nuca, y al final esbozó una sonrisa.
- Te compensaré.
