Capítulo 7-Yo nunca me habría enamorado de ti...
A la mañana siguiente, Lana hizo la cama en la que había dormido sola con esmero y bajó a la planta baja. En la cocina, encontró a una joven trabajando en la encimera, de espaldas a la puerta, con un colador con fresas. Llevaba el pelo teñido de negro, muy corto en un lado y largo hasta la mandíbula y escalado en el otro. Tres pequeños símbolos japoneses tatuados en su nuca desaparecían por debajo de una camiseta gris sin mangas y unos imperdibles de gran tamaño sujetaban un largo descosido en la pernera de sus vaqueros. Parecía una roquera punk de los años noventa y Lana no entendió qué hacía allí, en la cocina de Jennifer.
—Este… Buenos días. —Su saludo fue ignorado. Lana no estaba acostumbrada a que no le hicieran caso y volvió a intentarlo—. Soy Lana parrilla.
—¡Como si no lo supiera! —La joven siguió sin darse la vuelta—. Ésta es la bebida especial proteínica de Jenni para el desayuno. Tú tendrás que prepararte lo que quieras tú misma.
La batidora se puso en marcha.
Lana esperó hasta que el motor se apagó.
—¿Y tú eres…?
—El ama de llaves. Chaz.
—¿Que es el diminutivo de…?
—Chaz.
Lana captó el mensaje. Chaz la odiaba y no quería hablar con ella. Sólo a Jennifer se le ocurriría tener un ama de llaves que pareciera salida de una película de Tim Burton. La morena empezó a abrir armarios en busca de una taza. Cuando la encontró, se dirigió a la cafetera.
Chaz se volvió hacia ella.
—Éste es el café especial de Jenni . Es sólo para ella. —Tenía cejas espesas y oscuras, y en una llevaba un piercing. Sus facciones eran pequeñas, afiladas y hostiles—. El café normal está en ese armario.
—Estoy segura de que a JENNI no le importará que beba una taza del suyo.
Lana cogió la jarra de la cafetera último modelo.
—Sólo he hecho la cantidad suficiente para ella.
—Pues a partir de ahora será mejor que hagas un poco más.
Lana no hizo caso de los dardos envenenados de los que era blanco, cogió una manzana de una fuente mexicana de Talavera y se la llevó, junto con el café, al porche trasero.
Se bebió la mitad del delicioso café, y comprobó si tenía mensajes en el móvil. Fred había vuelto a telefonearle, en esta ocasión desde Tailandia.
«Lana, ¿te has vuelto loca? Devuélveme la llamada en cuanto oigas este mensaje.»
Ella borró el mensaje y, a continuación, telefoneó a su publicista y a su abogado. Sus evasivas acerca de lo que había ocurrido durante el fin de semana los estaban volviendo locos, pero ella no pensaba contarle la verdad a nadie, ni siquiera a las personas en que teóricamente debía confiar. Utilizó con ellos el mismo argumento que el día anterior con su asistente personal, cuando le indicó que recogiera sus cosas:
«No puedo creer que precisamente tú no supieras que Jen y yo estábamos saliendo. Hicimos lo posible por mantenerlo en secreto, pero tú sueles leer en mí como en un libro abierto.»
Al final reunió el coraje necesario para telefonear a Sasha. Le preguntó acerca del incendio, pero ella cambió de tema.
—Me estoy ocupando de él. Ahora explícame qué está pasando de verdad, no la chorrada que me contó Beverly acerca de que tú y Miss Sexy se pusieron nostálgicas viendo una reposición de once upon a time. Porque eso no se lo cree nadie.
—Ésa es mi explicación y todos nos ajustaremos a ella, ¿de acuerdo?
—Pero…
—Por favor.
Al final, Sasha cedió.
—De momento no insistiré, pero la próxima vez que vaya a Los Ángeles tendremos una larga charla. Por desgracia, tengo que quedarme en Chicago durante un tiempo.
Lana siempre esperaba con ilusión las visitas de Sasha, pero en esta ocasión se sintió más que feliz de posponer lo que sabía que constituiría un tenso interrogatorio.
No se molestó en telefonear a su agente. Su madre se encargaría de Logan. Intentar conseguir el cariño de su madre era como esforzarse en una rueda de hámster. No importaba lo deprisa que corriera: nunca se acercaba al objetivo. Algún día dejaría de intentarlo. En cuanto a lo de contarle la verdad… por el momento, no. Nunca.
Jen salió al porche bebiendo los restos de algo rosa, espeso y espumoso. Mientras Lana se fijaba en la forma en que su camiseta marcaba unas curvas bastante pronunciadas que a ella no le resultaban nada familiares, Jennifer tenia buen cuerpo, pero eso que tenia enfrente era algo muy diferente, decidió que prefería su anterior aspecto delgado de heroinómana. Al menos aquello lo entendía. Vio cómo un trozo de fresa desaparecía en la boca de la rubia. Ella también quería un batido rosa y espumoso para desayunar. Claro que también quería muchas cosas que no podía tener: un matrimonio fantástico, hijos, una relación saludable con su madre, y una carrera que mejorara con el tiempo. Pero en aquel momento se conformaría con un buen plan para hacer creer al público que se había enamorado otra vez.
—Las vacaciones han tocado a su fin, Emma. —Ella se levantó de la silla—. El fin de semana ha terminado y la prensa exige respuestas. Como mínimo, hemos de planificar los próximos días. Lo primero que tenemos que hacer es…
—No hagas enfadar a Chaz.
Jennifer se limpió una burbuja de espuma rosa de la comisura de los labios.
—¿Yo? Esa chica es una máquina de encabronamientos parlante.
—También es la mejor ama de llaves que he tenido nunca.
—Por su aspecto, parece que tenga dieciocho años. ¿Quién tiene un ama de llaves tan joven?
—Tiene veinte años. Y yo tengo un ama de llaves tan joven. Déjala tranquila.
—Si voy a vivir aquí, va a resultar un poco difícil.
—Te lo dejaré bien claro: si tengo que elegir entre tú y Chaz, ella gana de lejos.
Jennifer y su vaso vacío desaparecieron en el interior de la casa.
Se acostaban juntas seguro. Eso explicaría la hostilidad de Chaz. No parecía su tipo, pero ¿qué sabía ella sobre los gustos actuales de Jennifer? Nada en absoluto, y tenía la intención de que siguiera de esa manera.
Aaron Wiggins, su asistente personal, llegó media hora más tarde. Lana mantuvo la puerta abierta para que pudiera entrar con su maleta más grande y algunos conjuntos colgados en perchas.
—Ahí fuera hay una auténtica zona de guerra —declaró Aaron con el entusiasmo de un chico de veintiséis años que sigue obsesionado con los videojuegos—. Los paparazzi, una cadena de noticias… Y creo que he visto a aquella tipa de la cadena E!
—Estupendo —ironizó Lana.
Aaron era su asistente personal desde que el anterior se pasara al campo de Fred y Jade. Aaron era casi tan ancho como alto, debía de pesar ciento treinta kilos y apenas alcanzaba el metro ochenta. Su pelo áspero y castaño enmarcaba una cara gordinflona adornada con unas gafas enormes y estrafalarias, una nariz larga y una boca pequeña y dulce.
—Mañana por la mañana empaquetaré el resto de tu ropa —explicó—. ¿Dónde quieres que deje todo esto?
—Arriba. El armario de Jennifer está lleno, así que he convertido el dormitorio contiguo en mi vestidor.
Cuando llegaron al final de las escaleras, Aaron resollaba y su bolso negro se había deslizado hasta el ángulo de su codo. Lana deseaba que se cuidara más, pero él no hacía caso de sus indirectas. Cuando pasaron por el dormitorio de Jen, Aaron echó un vistazo al interior y se detuvo.
—Precioso. —Se refería al equipo de sonido, no a la decoración—. ¿Te importa si dejo tu ropa en tu vestidor y vengo a darle una ojeada? —preguntó.
Sabiendo cuánto le gustaban los aparatos, Lana no pudo negarse. Aaron dejó la ropa y la maleta en la habitación contigua y regresó a examinar el equipo electrónico.
—¡Increíble!
—¿Quieres celebrar una fiesta, guapo? —preguntó una voz divertida desde la puerta.
Aaron reaccionó soltando un extraño soplido.
—Soy Aaron, el asistente personal de Lana.
Jennifer arqueó una de sus cejas perfectas mientras miraba a Lana. Los asistentes personales solían ser mujeres jóvenes y guapas u hombres gays muy bien vestidos. Aaron no encajaba en ninguna de esas categorías. Lana estuvo a punto de no contratarlo a pesar de que su padre se lo había recomendado. Sin embargo, durante la entrevista, la alarma contra incendios de su casa se disparó y Aaron arregló el problema con tanta facilidad que ella decidió concederle una oportunidad. Aaron resultó ser alegre, listo, muy bien organizado y no tener manías acerca de las tareas que ella le encargaba. Además, su autoestima era tan baja como su habilidad para el arte dramático y nunca le pedía favores, como que consiguiera que lo admitieran en un club o un restaurante de moda, cosas que su anterior asistente daba por sentadas.
Muchos chicos como Aaron se habían mudado a Los Ángeles desde sus ciudades del Medio Oeste soñando con realizar efectos especiales en Hollywood, pero enseguida descubrían que conseguir un trabajo en ese campo no era una tarea tan fácil. Ahora Aaron trabajaba de asistente personal para Lana y se encargaba de su página Web. En su tiempo libre, jugaba a los videojuegos y engullía comida basura.
Aaron estrechó la mano de Jen y señaló el equipo de sonido, alojado en el interior de un mueble toscamente labrado cuyas puertas parecían proceder de una misión española.
—He leído cosas sobre equipos como ése. ¿Desde cuándo lo tienes?
—Lo compré el año pasado. ¿Quieres probarlo?
Mientras Aaron escudriñaba el equipo, Lana examinó la habitación vacía que había en un recodo del pasillo, donde había decidido instalar su estudio. Al final, Aaron se reunió con ella y juntos decidieron qué muebles necesitaría para guardar sus cosas. Después de hacer planes para dejar su casa de alquiler y redactar un borrador de carta para sus fans de la Web, twitter, y sitio oficial, Lana le dijo que cancelara las reuniones y citas a las que pensaba asistir antes de tomarse los seis meses de vacaciones.
Había pensado viajar por Europa, evitando las grandes ciudades y conduciendo por las zonas rurales. Se había imaginado visitando pueblos, paseando por viejos caminos y quizás, sólo quizás, encontrándose a sí misma. Pero su viaje de autodescubrimiento había tomado un desvío mucho más peligroso.
—Ahora entiendo por qué te tomas seis meses de descanso —comentó Aaron—. Buen plan. Al no tener nada en tu agenda, podrás disfrutar de una larga luna de miel.
¡Sí, una luna de miel estupenda!
Para su luna de miel, ella y Fred habían alquilado una casa de campo en la Toscana que daba a un olivar. Después de unos días, Fred se puso nervioso queriéndose ir de inmediato, pero a ella le encantó aquel lugar.
Lana apenas había pensado en su ex marido en toda la mañana, lo que constituía todo un récord. Cuando Aaron se disponía a irse, Chaz pasó por el vestíbulo y Lana los presentó.
—Éste es Aaron Wiggins, mi asistente personal. Aaron, Chaz es el ama de llaves de Jenni.
Chaz deslizó sus ojos pintados con raya negra del cabello áspero de Aaron a los tensos ojales de su camisa de cuadros y de allí a su abultada barriga y sus deportivas negras. Torció el gesto y dijo:
—Mantente alejado del refrigerador, ¿si? Está fuera de tu jurisdicción.
Aaron enrojeció y Lana sintió deseos de abofetear a la chica. ¿Quién demonios se creía ella para andar insultándola y de paso a su personal?
«Si tengo que elegir entre tú y Chaz, ella gana de lejos.»
La imagen de Jennifer defendiéndola le vino a la mente y sin saber le invadió una ira incontenible.
—Mientras Aaron trabaje para mí —declaró entonces—, tendrá libre acceso a todas las zonas de la casa. Confío en que le harás sentirse cómodo.
—Les deseo suerte —repuso Chaz y se alejó altiva con la regadera que llevaba en la mano.
—¿Qué le pasa? —preguntó Aaron.
—Le cuesta un poco adaptarse a la idea de que Mi esposa está casada conmigo. No le hagas caso.
Era un buen consejo, pero a Lana le costó imaginarse al bueno de Aaron aguantando frente aquella ama de llaves de veinte años y lengua viperina.
Cuando Aaron se marchó, Lana salió al jardín en busca de Jen. Tenían que hacer planes y ella ya le había dado demasiadas largas. Lana siguió el sonido de agua borboteante hasta una piscina pequeña de contorno irregular situada en un rincón recogido detrás de un roble y unos arbustos. En un extremo de la piscina, el agua de una cascada de un metro de altura caía sobre unas piedras negras y brillantes otorgando al rincón un aire de recogimiento.
Lsiguió caminando y, al final, encontró a Jen encerrada en su despacho. Estaba otra vez hablando por teléfono. Cuando ella sacudió la manecilla de la puerta, ella le dio la espalda. Lana intentó escuchar la conversación a través del cristal, pero no lo logró. Ella colgó y se puso a teclear en el ordenador. Lana no conseguía imaginar qué hacía la rubia con un ordenador. Y, ahora que lo pensaba, ¿qué hacía fuera de la cama antes de las cuatro de la tarde?
—¡Déjame entrar!
—¡No puedo! —gritó Jen sin dejar de teclear—. Estoy ocupada buscando formas de gastarme tu dinero.
En vez de enfadarse, Lana se puso a cantar in the ghettoy a tamborilear en los cristales, hasta que Jen no pudo aguantarlo más y se levantó para abrirle la puerta.
—Será mejor que no me entretengas mucho, las prostitutas que he contratado llegarán en cinco minutos.
—Gracias por decírmelo. —Entró en el despacho y señaló el ordenador con un gesto de la cabeza—. Mientras tú babeabas contemplando imágenes de animadoras desnudas yo he estado trabajando en nuestra reaparición en el mundo. Quizá quieras tomar notas. —Se sentó en el cómodo sofá marrón, debajo de Marlon Brando, y cruzó las piernas—. Tú tienes una página Web, ¿no? He escrito una carta en nombre de las dos para nuestros fans.
Cuando Jennifer apoyó los codos en el escritorio, Lana perdió el hilo. Emma tenía un escritorio, pero Jennifer no. Emma también tenía un buen corazón, una capacidad para proteger a sus seres queridos y una firme moralidad.
Volvió a la realidad.
—Aaron nos ha reservado mesa para cenar mañana en Mr. Chow. Será un auténtico zoo, pero creo que es la manera más rápida de que…
—¿Una carta a nuestros fans y una cena en Mr. Chow? Eso sí que es pensar. ¿Y qué más se te ha ocurrido?
—Una comida en el Chateau el miércoles y una cena en Il Sole el jueves. Dentro de dos semanas hay un importante acto benéfico para ayudar a los enfermos de Alzheimer. Después se celebrará un baile para recaudar fondos para obras benéficas. Comemos, sonreímos y posamos.
—Nada de bailes. Ni uno.
—Siento oír eso. ¿Te lo ha prohibido el médico?
La sonrisa de Jen se curvó como la cola de una serpiente por encima de sus brillantes dientes blancos.
—Me lo pasaré de miedo gastándome los cincuenta mil dólares que me pagarás cada mes por aguantarte.
Era una desvergonzada. Lana la contempló apoyar los pies en el borde del escritorio.
—¿Eso es todo? —preguntó la rubia—. ¿Ése es tu plan para aparecer en primera plana? ¿Que salgamos a comer?
—Supongo que podríamos seguir tu ejemplo y hacer que nos detuvieran por conducir borrachas, pero sería muy poco delicado, ¿no te parece?
—Muy graciosa. — Jen bajó los pies al suelo—. Celebraremos una fiesta.
Lana casi se estaba divirtiendo, pero al oír su propuesta la miró con recelo.
—¿Qué clase de fiesta?
—Una cara y multitudinaria para celebrar que nos hemos casado, ¿qué demonios creías? Dentro de seis semanas. Dos meses, quizá. Lo suficiente para enviar las invitaciones y crear expectación, pero no tanto como para que el público pierda el interés por nuestra bonita historia de amor. ¿Por qué me miras así?
—¿Se te ha ocurrido a ti solita?
—Estando borracha suelo ser bastante creativa.
—Tú odias todo lo que sea formal. En los últimos años Solías presentarte ebria en las fiestas de la cadena. —Y con un aire de chica tan mala y peligrosa que todas las invitadas a las fiestas te deseaban.
—Prometo ponerme un poco mas recatada. Tú haz que tu chico encuentre a un buen organizador de fiestas. El tema es obvio.
Lana descruzó las piernas.
—¿Qué quieres decir con que es obvio? A mí no me lo parece.
—Eso te pasa porque no bebes lo suficiente para pensar creativamente.
—Ilumíname.
—once upon a time, desde luego. ¿Qué si no?
Lana se levantó del sofá.
—¿El tema será once upon a time? ¿Estás loca?
—Pediremos a la gente que vaya disfrazada. Ya sea de los charming o de los mills, o de cualquier persona de cuento bobo. Arriba y abajo.
—Estás bromeando.
—Le pediremos al pastelero que ponga una pareja de esas estúpidas muñequitas de Regina y Emma encima del pastel.
—¿Unas muñequitas?
—Y le diremos a la florista que utilice aquellas flores azules como-se-llamen que le enviabas a emma en secreto. Y también una reproducción en miniatura de la mansión mills en caramelo como regalito sorpresa para los invitados. Ese tipo de porquería.
—¿Te has vuelto loca?
—Hay que darle a la gente lo que quiere, Lana. Es la primera regla de los negocios. Me sorprende que una ricachona como tú no lo sepa.
Ella lo miró fijamente y la rubia le sonrió con una expresión inocente que no encajaba con su cara de ángel caído. Y entonces ella lo entendió todo.
—¡Oh, Dios mío, hablabas en serio cuando comentaste lo del espectáculo de reencuentro de once upon a time!
Jennifer sonrió ampliamente.
—Creo que deberíamos poner el escudo de armas de los Mills en los menús. Y el lema de nosotras COMO ERA? En ti encontre mi final feliz?
—¡Es verdad que quieres que se celebre un espectáculo de reencuentro! — Lana se dejó caer en el sofá—. No fue sólo el dinero lo que te llevó a aceptar este matrimonio.
—Yo no estaría tan segura.
—Además del dinero, quieres un espectáculo de reencuentro.
La silla del escritorio crujió mientras Jen se reclinaba.
—Nuestra fiesta será más divertida que la cursi recepción que diste cuando te casaste con el Perdedor. ¡Por favor, dime que no es verdad que te fuiste de la iglesia en un carruaje tirado por seis caballos blancos!
Lo del carruaje había sido idea de Fred, y ella se sintió como una princesa. Pero ahora su príncipe se había escapado con la bruja malvada (que no era ella) y Lana se había casado por accidente con el lobo malo.
—No pienso celebrar un espectáculo de reencuentro de once upon a time— declaró—. Me he pasado todos estos años intentando escapar de la sombra de Regina y no pienso recaer en lo mismo.
—Si de verdad hubieras querido escapar de la sombra de la alcaldesa, no habrías rodado todas esas lamentables tragedias románticas.
—No hay nada malo en los dramas.
—Pero sí que lo hay en las comedias románticas malas. Y no se puede decir que las tuyas fueran Pretty Womanni Jerry Maguire, cariño.
—Yo odiaba Pretty Woman.
—Pues la audiencia no. Por otro lado, el público sí que odió Gente guapay Verano en la ciudad. Y no he oído nada bueno acerca del proyecto que acabas de terminar.
—Es tu carrera la que está en el retrete, no la mía. —Lo que sólo era parcialmente cierto, pues Concurso de baileno se emitiría hasta el invierno siguiente— . No conseguirás arrastrarme al fango contigo.
Sonó el teléfono del escritorio. Jen miró la pantalla y contestó.
—¿Sí?… De acuerdo… —Colgó y rodeó el escritorio con la copa en la mano—. Era Chaz. Arréglate el maquillaje. Ha llegado la hora de lucirse ante la prensa.
—¿Desde cuándo te preocupa lucirte ante alguien que no sea una mujer tonta?
—Desde que me he convertido en la respetable esposa de "Yo no romplo un plato parrilla". Nos vemos en la puerta principal dentro de quince minutos. No olvides aplicarte el pintalabios que no mancha.
—No te preocupes, lo recordaré. —Se levantó del sofá y pasó junto a Ella—. ¡Ah, y todo aquel rollo que me soltaste acerca de la carta del poder! Todo un ejemplo de autoengaño…
Lana hizo un gesto despectivo con la mano y se dirigió hacia la casa.
Cuando terminó de retocarse el maquillaje, ahuecarse el pelo con los dedos y ponerse un vestido verde menta de encaje de Marc Jacobs, percibió un aroma a algo recién horneado que subía por las escaleras. El estómago le crujió. No recordaba la última vez que había tenido tanta hambre. Jennifer la estaba esperando en el vestíbulo con Chaz, quien la miraba como si fuese la virgen María.
Lana se puso al lado de su esposa y ella le rodeó los hombros.
—Chaz, asegúrate de que Lana tiene todo lo que necesita.
La chica respondió con una amabilidad que podía convencer a Jen, pero que Lana no se tragó ni por un instante.
—Sea lo que sea lo que necesites, sólo tienes que pedírmelo, Lana.
—Gracias. De hecho, hoy apenas he comido nada y no me importaría…
—Luego, cariño. Ahora tenemos trabajo. —Jennifer la besó en la frente y se volvió para coger una de las dos bandejas llenas de galletas caseras que Chaz sostenía—. Chaz ha cocinado estas galletas para nuestros amigos de la prensa. —Le entregó la bandeja a Lana y cogió la otra—. Se las ofreceremos y posaremos para las fotos.
Lo que más les gustaba a los de la prensa era la comida gratis. La idea era fantástica y Lana deseó que se le hubiera ocurrido a ella. la rubia abrió la puerta y la dejó pasar primero.
—Hasta que coloquen la verja, he contratado un servicio de seguridad —dijo—. Estoy segura de que no te importará pagar tu parte de la factura.
—¿Y cuál es mi parte?
—Toda. Es lo justo, ¿no crees?, ya que yo te proporciono un techo.
—Si al menos incluyeras algo de comida debajo de ese techo…
—¿No puedes pensar en otra cosa que no sea comer?
—En este momento no. Tengo hambre.
Lana cogió una galleta de su bandeja y le dio un buen mordisco. Todavía estaba caliente… y deliciosa.
—No hay tiempo para esto. —Jennifer le quitó el resto de galleta y se lo metió en la boca—. ¡Maldicion, qué buenas están! Chaz cocina cada día mejor.
La morena vio cómo la galleta le bajaba por el gaznate. Durante un año, todo el mundo la había presionado para que comiera, y ahora que tenía hambre, aquella ingrata rubia iba y le quitaba la comida. Eso le provocó aún más hambre.
—¡Pues yo no tengo modo de saberlo!
El final del camino que conducía a la casa apareció a la vista, y también los fornidos guardas de seguridad que había allí apostados. Varias docenas de paparazziy algunos miembros de la prensa legítima se agolpaban ruidosamente en la calle. Lana los saludó alegremente con la mano. Jennifer la abrazo y, con los dedos entrelazados y las galletas, se dirigieron hacia allí.
Los paparazziempezaron a «soltarles manguerazos», un término desagradable que describía la agresiva toma de fotografías a los famosos.
—¡Si juegan limpio, posaremos para ustedes! —gritó Jen—. Pero si alguien se acerca demasiado a Mi esposa , nos largaremos. Lo digo en serio. Que nadie se acerque a ella, la podrían lastimar.
Lana se emocionó, pero se acordó de que Jennifer estaba representando el papel de esposa protectora y enseguida regresó al mundo de la cordura.
—¡Nosotros siempre jugamos limpio, Jen! —gritó una reportera por encima del barullo.
A continuación empezaron a dispararles preguntas incluso antes de que Jen pasara las bandejas a los guardias de seguridad para que repartieran las galletas.
¿Cuándo se habían enamorado? ¿Dónde? ¿Por qué ahora, después de tantos años? ¿Qué había sido de su mutuo resentimiento? ¿era verdad que la rubia sentía envidia y celos hacia lana por su relación con Fred? ¿Qué pueden decir acerca de esos rumores de "celos profesionales"? Una pregunta seguía a la otra.
—Lana, ¿te has casado por despecho a Fred?
—Todo el mundo dice que estás anoréxica. ¿Es cierto?
Ambas eran auténticas profesionales manejando a la prensa y sólo contestaron las preguntas que quisieron.
—¡La gente opina que todo esto es un ardid publicitario! —exclamó Mel Duffy.
—Uno finge una cita por publicidad —replicó Jennifer—, pero no se casa. De todas maneras, la gente puede opinar lo que quiera.
—Lana, se rumorea que estás embarazada. ¿tendrán la custodia compartida? ¿Fue decisión de ambas? ¿Quién es el padre?
—¿De verdad? —El comentario le dolió, pero se hizo la graciosa y se dio unos golpecitos en la barriga—. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
—Lana no está embarazada —explicó Jennifer —. Cuando decidamos dar ese pasó, lo comunicaremos. Pero por este momento no esta en nuestros planes.
—¿Van a viajar a algún lugar de luna de miel? —preguntó un reportero con acento británico.
Jennifer acarició la espalda de su esposa.
—Cuando llegue el momento.
—¿Han decidido adónde iran?
—A Australia —contestó La rubia.
—A Africa —contestó La morena.
Se miraron y Lana se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.
—Jen y yo queremos utilizar toda esta locura de medios para llamar la atención sobre la difícil situación de la gente en pobreza extrema.
Estaba muy informada acerca de Africa , sabía que en aquel continente había pobreza y, además, estaban en una situación más critica que Tailandia y Filipinas, que era donde Fred y Jade estaban realizando sus buenas obras.
—Como ven, todavía lo estamos decidiendo —comentó Jennifer.
Y sin más abrazó a Lana y le dio el apasionado beso que la prensa estaba esperando. Ella realizó todos los movimientos de respuesta adecuados, pero estaba cansada, hambrienta y atrapada en los brazos de su enemiga más ancestral.
Al final se separaron y Jen se dirigió a los reporteros mientras miraba a Lana con el ardor de una amante enamorada con locura.
—Estamos encantadas de que se queden por aquí, pero les aseguro que esta noche no iremos a ninguna parte.
Lana intentó ruborizarse, pero era pedir demasiado. ¿Algún día conseguiría saber qué había pasado en aquella habitación de hotel en Las Vegas? No había visto ninguna prueba de que hubieran hecho el amor, pero las dos estaban desnudas, lo que, en su opinión, era una prueba bastante fiable.
Cuando se volvieron para regresar a la casa, Jennifer deslizó la mano hasta el trasero de Lana a beneficio de los mirones.
—Precioso —declaró la rubia con una sonrisa. En cuanto vio que no habia moros en la costa, lana quito su mano con brusquedad.
-hasta luego- corto despectivamente la morena. Comenzando a caminar hacia el interior con paso rápido.
Eran las mismas palabras que le había dicho aquella noche en el yate, la misma mirada que la hacía sentir como una cucaracha…. El dolor que Jennifer había intentado atenuar con tanto ahínco salió a la superficie.
—Nunca te he perdonado lo que sucedió en aquel yate. Y nunca te lo perdonaré.
Lana se quedo estatica y un escalofrio recorrió todo su cuerpo, se giro para encontrarse con la rubia.
—Había bebido. Sé que no actué exactamente como la mejor de las amantes, yo a veces pierdo el control cuando bebo en grandes cantidades y…
—Lo que hiciste estuvo a un paso de ser una violación.
La morena frunció el ceño y se quedo callada durante unos segundos.
—Qué ridiculez dices. Yo nunca he forzado a una persona, y desde luego no te forcé a ti.
—No me forzaste físicamente, pero…
—Estabas enamorada de mí. Me di cuenta en el primer momento, Todo el mundo lo sabía. Y te lanzaste a mis brazos desde el principio.
—No me diste ni un beso ni una caricia esa noche—contestó la rubia mirándola fijamente con una expresión de reproche y dolor, apretando los dientes por la rabia que sentia—. Me quitaste el vestido, te acomodaste entre mis piernas y te serviste tú misma.
—Lo único que tenías que hacer era decirme que no.
Contesto lana tratando de justificarse a si misma. Era cierto, nunca había besado a Jennifer esa noche.
—Y después te marchaste. Nada más acabar.
—debes saber que tuve mucho miedo de las consecuencias, yo tenia mucha curiosidad des hacia tiempo, tu estabas ahí, interesada en mi, y cuando ocurrió lo del yate y te vi debajo de mi….supe que no eras lo que queria… Yo nunca me habría enamorado de ti, Jennifer. Eras Amable conmigo y atenta, pero no dejabas de ser esa mujer altanera y malcriada en tu forma de vivir, tu forma de ser era la de alguien que no quería que formara parte de mi vida, Había hecho todo lo posible para que lo comprendieras, pero tú no quisiste entenderlo. Al menos, aquel día te quedó claro…
—¡No te atrevas a insinuar que me hiciste un favor! Tú querías saciar tu curiosidad y yo estaba a mano. Te aprovechaste de una tonta que creía que eras romántica y divertida cuando, en realidad en el fondo , no eres más que una Imbecil egoísta y cobarde. Tú y yo somos enemigas. Lo éramos entonces y seguimos siéndolo.
—Por mí, bien.
Mientras Lana se alejaba hecha una furia, Jennifer se dijo que le había dicho exactamente lo que necesitaba decirle. Pero nada podía cambiar el pasado, y ella no se sentía mejor. Se llevo la mano a la boca y con rabia se apretó los labios. ¿Qué habia sido ese impulso? Un acto de debilidad. Y ella no podía permitírselos. No con Lana.
Continuara…..
