La historia es una adaptación del libro The Wall of Winnipeg and Me de Mariana Zapata y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Si tienes la oportunidad te recomiendo que leas el libro original.
―Oh, mierda.
Vi el Range Rover negro en el estacionamiento en el instante en que el taxi se detuvo frente al complejo por la entrada de visitantes. No había manera de ignorarlo. Lo había llevado a que le cambiaran el aceite y lo lavaran algunas veces en el pasado. No era necesariamente el mejor auto en el estacionamiento, algunos de mis vecinos tenían Escalades y Mercedes —que no estaba segura de cómo se costeaban—, pero reconocí el número de la matrícula de Emmett.
Sin embargo, todavía me tomó por sorpresa verlo allí.
No había dejado exactamente mi apartamento con una sonrisa en su rostro hace unos días. Después de claramente decirle que no quería volver a trabajar para él, me miró como si estuviera hablando en otro idioma y preguntó:
―¿Es una broma?
Allí iba la arrogancia.
Había respondido de la única manera que valía:
―No.
Se había puesto de pie, había mirado al techo durante un momento y se había ido. Y eso fue todo.
Lo último que esperaba era que el volviese. Por otra parte, tal vez no debería haber estado sorprendida. Había aprendido que era una persona que, una vez que ponía su mente en algo, nada le disuadía de su objetivo. Era de las personas que solo escuchaban lo que querían oír. Eso no me dejó exactamente con una sensación cálida y difusa. Supongo que una gran parte de mí, solo quería y esperaba cortar limpiamente con él, sobre todo después de que hiciera su falta de lealtad tan evidente.
El hecho de que de alguna manera había conseguido mi dirección y había salido de su camino para llegar a mi apartamento, cuando ni siquiera había sido capaz de poner un solo esfuerzo para preguntarme qué tal me iba, me frustraba más de lo que probablemente debería. Era demasiado poco y demasiado tarde. Todo lo que había querido de él en el pasado fue al menos un poco de lealtad, si no amistad, y ni siquiera había sido capaz de darme eso.
―¿Está todo bien, señora?
―Todo está bien, gracias ―mentí, agarrando el mango―. Pensé que había perdido las llaves, pero las encontré. ¿Cuánto te debo?
Pagué, salí del auto y me apresuré a través de la puerta.
Caminé hacia mi apartamento con una mano envuelta alrededor de mi espray de pimienta y la otra en mis llaves y brazalete, muy consciente de que había bebido demasiado vino para tratar con esto ahora.
Mi visitante se hallaba en el mismo lugar de la escalera en que lo había encontrado días atrás.
La mirada de Emmett aterrizó casi de inmediato en mí, cerniéndose sobre el dobladillo del vestido que había llevado para cenar mientras se ponía de pie. Vestido con pantalones cortos de entrenamiento que le llegaban hasta las rodillas y una camiseta, estaba bastante segura de que había salido de la práctica y vino directamente. Si mis fechas estaban en lo cierto, el equipo se encontraba a mitad de la pretemporada, más centrado en los novatos que en veteranos como Emmett.
―Tenemos que hablar ―indicó inmediatamente, sus ojos bajando hacia mi pecho y cayendo sobre la baja depresión del vestido de algodón con tirantes, justo entre mis pechos.
Eh.
Le di un vistazo de lado mientras me acercaba a mi puerta, ignorando la expresión curiosa que mostraba. No era como si no me hubiera puesto vestidos alrededor de él antes, pero ninguno de ellos había estado por encima de la rodilla y todos habían cubierto "Las Chicas". ¿El que llevaba ahora? No tanto. Pero había sido el vestido para mi encuentro con un hombre por primera vez en casi dos años, en una cita a ciegas con alguien que había conocido en un sitio web de emparejamiento con el que había contactado un par de semanas atrás. Mientras que habíamos congeniado bastante bien en los mensajes que habíamos intercambiado, no nos habíamos caído bien en persona. Paranoica acerca de conocer a un extraño que podría escribir mí matrícula, había tomado un taxi hacia el restaurante italiano en el que íbamos a cenar.
―Dame unos minutos ―dijo en un tono un poco menos confiado y agresivo, con los ojos todavía inmersos en mi vestido.
La tentación de decir "Oh, ¿finalmente quieres hablar después de dos años?" estaba en la punta de mi lengua, pero me contuve y levanté las cejas hacia él antes de deslizar la llave en la cerradura.
Un músculo en su mejilla se contrajo y soltó entre dientes:
―Por favor.
El infierno estaba a punto de congelarse. ¿Había dicho por favor?
Antes de que pudiera pensarlo más, unas voces inesperadas se escucharon procedentes de uno de los apartamentos encima del mío, maldita sea. La gran estructura de Emmett era un poco demasiado llamativa, sobre todo teniendo en cuenta que era una celebridad en Dallas. Hace solo unos días, había visto un puñado de camisetas de los Three Hundreds alrededor del complejo con MCCARTY cosido en la parte posterior. La última cosa que necesitaba era que alguien lo viese, cuando me había asegurado durante años de no dejar que nadie descubriese que era mi jefe.
―Adelante ―murmuré, haciéndole un rápido gesto para que entrara antes de que alguien lo viera.
No necesitó que se lo dijera dos veces. Emmett se apresuró a entrar con suficiente tiempo para que cerrase y bloquease la puerta justo cuando tres hombres bajaron las escaleras. Caminé alrededor de él y me dirigí a la cocina supervisando mi sala de estar, frustrada por haberlo invitado.
―Te ves diferente. ―Su comentario hizo mis pasos vacilantes por un momento.
―Me he puesto vestidos delante de ti antes ―espeté un poco más amarga de lo que hubiera querido.
―No uno como ése. —Fue su rápida y casi descarada réplica, que salió lo suficientemente agresiva para que frunciese el ceño―. No estaba hablando de tu camisa.
¿Mi camisa?
―Pareces diferente.
Inhalé y rodeé la mesa de la cocina.
―Mi cabello es de un color diferente y he perdido peso. Eso es todo.
Tomando asiento ante mi mesa pequeña, la mirada de Emmett pasó por la parte de mi cuerpo que podía ver, mi rostro, mi cuello, mi pecho y mis brazos desnudos. Buen señor, me cohibió. Repasándome de nuevo con esos ojos oscuros, sus espesas cejas se alzaron mientras hacía un sonido aleatorio, como un "hmm". Como la mayoría de las cosas con Emmett, otro pensamiento inmediatamente olvidado. El siguiente comentario que salió de su boca lo confirmó.
―Quiero que trabajes para mí de nuevo.
No pude contener mi gemido cuando me di la vuelta hacia el refrigerador.
―Lo digo en serio —continuó como si dudara de él.
Me tomé mi tiempo para abrir el refrigerador y me incliné para sacar la jarra de agua. Era terca. Aceptaba mi defecto con honestidad. ¿Pero Emmett? Por el amor de Dios. Me vencía por goleada; era terco y obstinado a un nivel completamente nuevo. Se suponía que debía haber olvidado mi existencia solo después de un par de días.
Mirando hacia abajo mientras cerraba la puerta del refrigerador, inhalé un calmado aliento y lo solté. Lo conocía y la forma en que estaba actuando realmente no debería ser una sorpresa. Era como mimar a un niño toda su vida y luego intentar ponerte firme cuando ya era demasiado tarde. Le dejé salirse con la suya demasiado en el transcurso del tiempo que nos habíamos conocido y tenía que tratar con ello ahora.
―Quise decir lo que dije también. No quiero y no voy a volver.
El silencio pasó segundo a segundo, fuerte y sin fin, con las cosas que pensé que podríamos habernos dicho el uno al otro pero que no hicimos.
La silla en la que Emmett estaba sentado crujió bajo su peso. No quería mirarlo.
―No alteras mis nervios ―dijo, casi como si hubiera curado el cáncer.
No podía mirarlo. Ni siquiera podía mirarlo. No alteras mis nervios. Tuve que dejar la jarra sobre el mostrador y sujetar el borde afilado de la encimera con la mano libre. ¿Cómo esperaba que respondiera? ¿Quería que le agradeciera por tan amable cumplido?
Conté. Uno, dos, tres, cuatro, así no soltaría algo con frustración. Seleccionando y escogiendo mis palabras cuidadosamente, levanté la cabeza y saqué un vaso del armario.
―Informa a tu próximo empleado que no se requiere que hable ―dije mientras vertía agua en mi vaso.
―Nunca te dije eso ―respondió con su voz áspera y baja.
―No tenías que hacerlo. ―Las acciones hablaban más que las palabras, después de todo.
Dejó escapar un sonido de exasperación y siguió diciendo algo que me detuvo en mitad de volver a meter la jarra en el refrigerador.
―Eres una buena empleada.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco.
De todas las cosas que podría haber dicho...
Podría haberlo abofeteado en ese momento. Realmente podría haberlo hecho.
―Hay un montón de buenos empleados en el mundo. Pagas lo suficientemente bien como para que alguien no sea incompetente en sus funciones. ―Puse el agua en el refrigerador y cerré la puerta―. No sé por qué estás aquí. Por qué estás insistiendo en que deseas que vuelva cuando no quiero ser tu ayudante nunca más, Emmett. No puedo ser más clara.
Ahí. Lo dije, y era doloroso y tranquilizador al mismo tiempo.
―¿Recuerdas cuando empecé a trabajar para ti? ¿Recuerdas que te daba los buenos días y te preguntaba cómo estabas?
No respondió.
Perfecto.
―¿Y recuerdas cuántas veces te pregunté si había algo mal, o traté de bromear contigo solo para que tú me ignorases? ―Lamí mis labios y me detuve donde estaba, con un hombro en el refrigerador, para verlo en la mesa de la cocina―. No creo que nadie pueda irritarte a menos que le dejes. Y de todos modos, he dicho que nada de esto importa. No quiero trabajar para ti.
El grandote se inclinó hacia delante en su asiento, con sus fosas nasales ensanchadas.
―Importa porque quiero que vuelvas.
―Ni siquiera importaba que estuviese allí para empezar. ―Una irritación repentina por lo que intentaba hacer, hizo que los nervios de mi columna vertebral se volvieran fuego. No vas a golpear tu cabeza contra la nevera. No vas golpear tu cabeza contra la nevera―. Ni siquiera me conoces…
―Te conozco ―me interrumpió.
Una exasperación sin límites se apoderó de mi pecho.
―No me conoces. Nunca has tratado de conocerme, así que no me vengas con eso ―le espeté e inmediatamente me sentí culpable por alguna razón estúpida―. Te dije que renunciaba y no te importó una mierda. No sé por qué te importa ahora, pero eso da igual. Esta relación de trabajo entre tú y yo está acabada, y eso era todo lo que teníamos para empezar. Encuentra a otra persona, porque no voy a volver a trabajar para ti. Ese es el final de la historia.
Emmett no parpadeó, no inhaló o exhaló; ni siquiera se inmutó. Su mirada estaba fija en mí al igual que sus pupilas eran láseres capaces de manipulación emocional. Por el momento más largo de tiempo, no hubo ni un solo sonido en mi pequeño apartamento. Luego, bruscamente, en un tono que era totalmente Emmett, como si no hubiera escuchado una sola palabra que salía de mi boca, dijo:
―No quiero a alguien nuevo. Te quiero a ti.
De repente, deseé haber grabado su réplica, así podría venderla en Internet para los cientos de chicas que llenaban su bandeja de entrada cada semana con ofertas de citas, mamadas, compañía y sexo.
Pero estaba demasiado ocupada sintiéndome cada vez más y más molesta para hacerlo.
¿De dónde diablos sacaba la sangre fría para decirme eso?
―Tal vez, y solo quiero que pienses en ello para el futuro, debas considerar que otros factores son importantes en la retención de empleados. Ya sabes, como hacer que las personas se sientan apreciadas, dándoles una razón para permanecer fieles a ti. No se trata solo de un cheque de pago ―contesté lo más suave que pude, aunque sabía muy bien que no merecía exactamente ser manejado con guantes de seda―. Encontrarás a alguien. Simplemente no voy a ser yo.
Sus ojos marrones se agudizaron y dejaron una sensación de inquietud en la boca de mi estómago.
―Te pagaré más.
―Escúchame. Esto no se trata de dinero, por el amor de Dios.
Alrededor de un millar de diferentes pensamientos parecían pasar por su cabeza en ese instante mientras una de sus mejillas se contrajo en lo que parecía ser la mitad de una mueca.
No tenía ni idea de lo que estaba pensando, y suspiré. ¿Cómo llegamos a este punto? Hace seis semanas, no podía conseguir que me dijera "Hola". Ahora, estaba en mi apartamento, sentado a mi mesa de comedor usada, pidiéndome que trabajara para él de nuevo después de irme.
Era como un episodio de La Dimensión Desconocida.
Echó la barbilla hacia atrás en un gesto decidido con el que estaba demasiado familiarizada.
―Mi visado vence el próximo año ―dijo entre dientes.
Y... Cerré mi boca.
Hace unos meses, recordé abrir su correo y ver algo acerca de su visado en una carta de aspecto oficial. Una carta que pensé que podría haber llegado de nuevo justo antes de marcharme, cuando le había dicho que necesitaba comprobar las cosas que había dejado sobre su escritorio.
No entendía cómo un visado podría ser utilizado como una excusa para ser un idiota.
―Bueno. ¿Ya enviaste la documentación para renovarlo? ―Apenas habían salido las palabras de mi boca, cuando me pregunte qué demonios estaba haciendo. Esto no era mi asunto. Él había hecho que no fuera mi asunto.
Pero todavía no me lo esperaba cuando dijo:
―No
No lo entendía.
―¿Por qué no? ―¡Maldita sea! ¿Por qué demonios le haces preguntas?, me regañé.
―Es un visado de trabajo. ―Sus palabras eran lentas, como si yo fuera una disminuida mental o algo así.
Todavía no entendía cuál era el problema.
―Depende de que juegue para los Three Hundreds.
Parpadeé, pensando tal vez que había recibido demasiados golpes en el cráneo en su carrera.
―No entiendo cuál es el problema.
Antes de que pudiera preguntarle por qué estaba preocupado por su visado, cuando cualquier equipo con el que firmase le ayudaría a conseguir uno nuevo, se aclaró la garganta.
―No quiero volver a Canadá. Me gusta aquí.
Este era el mismo nativo de Winnipeg que solo había vuelto una vez a su tierra natal en todo el tiempo que habíamos trabajado juntos. Había crecido en El Paso, pero no iba a "casa" mucho tampoco porque nada realmente se sentía como en casa ya. No
había tenido un lugar que me hiciera sentir segura o ser querida o cálida, o cualquiera de los sentimientos que pensé que podría estar asociado con lo que debe sentirse como "casa".
Miré hacia la pared junto a su cabeza, a la espera de la próxima revelación para ayudar a darle sentido a lo que estaba diciendo.
—Todavía no entiendo cuál es el problema aquí.
Con un profundo suspiro, apoyó su barbilla sobre su mano y finalmente explicó:
—Si no estoy en un equipo, no puedo quedarme aquí.
¿Por qué no estaría jugando? ¿Su pie lo molestaba? Quería preguntar, pero no lo hice.
—Bien… ¿no hay algún otro tipo de visado que puedas solicitar?
—No quiero conseguir otro visado.
Solté un suspiro y cerré la puerta del refrigerador, mis dedos instantáneamente subieron a mis gafas.
—Bien. Habla con un abogado de inmigración. Estoy segura de que uno de ellos puede ayudarte a conseguir tu residencia permanente. —Mordí el interior de mi mejilla por un segundo antes de añadir—: Tienes dinero para resolverlo, y eso es muchísimo mejor que lo que la mayoría de la gente tiene. —Entonces, una idea apareció en mi cabeza y, antes de que me pensara dos veces sugerirla, o desaconsejarme no decir nada ya que no me sentía particularmente amigable, solté—: O simplemente encuentra una ciudadana estadounidense que se case contigo.
Su mirada se había desplazado al techo en algún punto, pero en ese momento, la movió para escudriñarme. Esos marcados rasgos estaban serenos, y ni siquiera remotamente cerca de un ceño fruncido.
—Encuentra a alguien que te guste, sal por un tiempo o algo, y luego le pides que se case contigo. Siempre puedes divorciarte después. —Hice una pausa y pensé en una prima lejana de Angela—. También hay gente allí afuera que lo haría si le pagas lo suficiente, pero eso es complicado porque estoy bastante segura de que es un delito intentar conseguir arreglar tus papeles casándote con alguien por esa razón. Es algo en que pensar.
Parpadeé, notando que su expresión había pasado de escudriñadora a contemplativa. Pensativa. Demasiado pensativa. Esta rara sensación se subió por mi cuello. Raro, raro, raro, diciéndome que había algo raro, diciéndome que probablemente debería salir de su línea de visión. Di un paso atrás y lo miré.
—¿Qué?
Nada en este mundo podría haberme preparado para lo que salió de su boca después.
—Cásate conmigo.
—¿Qué? —Eso salió de mi boca tan sorprendida y groseramente como imaginé que lo hizo, estaba segura.
Estaba drogado. Se encontraba realmente drogado hasta la mierda.
—Cásate conmigo —repitió, como si no lo hubiera escuchado la primera vez.
Me apoyé contra la encimera, debatiéndome entre estar débil por la sorpresa o estupefacta por cuán ridícula era su declaración, y me resolví por solo mirar en blanco en general hacia su rostro como granito.
—Tomas drogas, ¿verdad?
—No. —Las usualmente tensas esquinas de la boca de Emmett se relajaron una fracción, la tensión en su cuerpo disminuyó solo una pequeña cantidad, pero fue lo suficiente para que lo notara—. Puedes ayudarme a conseguir mi residencia.
¿Qué demonios le pasaba? Tal vez tenía daño cerebral, después de todo. Había visto a alguno de los tipos con lo que se enfrentó, ¿cómo podría haber salido sin daño alguno después de tantos años?
—¿Por qué haría eso? —Me quedé boquiabierta—. ¿Por qué siquiera querría hacer eso?
Esa fuerte mandíbula pareció apretarse.
—No quiero trabajar para ti, mucho menos casarme contigo para ayudarte a arreglar tus papeles. —Una idea resonó en mi cerebro, y casi alcé mis manos con alegría por la brillantez detrás de ella—. Cásate con alguien que pueda ser tu asistente también. Tiene mucho sentido.
Él había comenzado a asentir cuando traje la idea de la asistente, pero la emoción en sus ojos era un poco inquietante. Parecía demasiado determinado, demasiado en paz con cualquier mierda loca que estaba pasando por su cabezota.
—Es perfecto —agregó—. Tú puedes hacerlo.
Me ahogué. Tan desesperadamente como quería decir algo, para discutir con él o solo decirle que había perdido la cabeza, nada logró salir de mi boca. Estaba atónita.
Jodidamente atónita.
Emmett consumía crack.
—¿Estás loco? ¿Dejaste caer tu barra de pesas sobre tu cuello en el banquillo?
—Lo has dicho; es un plan perfecto.
¿Qué había hecho?
—No es perfecto. No es nada cercano a perfecto —parloteé—. Ya no trabajo para ti, y aunque lo hiciera, no lo haría. —¿En serio? ¿Pensaba que lo haría? No sabía que fuera nada menos que práctico, y esto simplemente era indignante.
Pero no hacía caso. Podía decirlo. Tenía su expresión de pensar.
—Isabella, tienes que hacerlo.
¿No entendía que no éramos amigos? ¿Que me había tratado de forma opuesta a la que tratarías a alguien que te importa?
—No. No tengo que hacerlo y no lo voy a hacer. —Si encontraba a la persona correcta, no me opondría a casarme algún día en el futuro. No pensaba en casarme a menudo, pero cuando lo hacía, me gustaba la idea. Los padres de Angela habían sido el ejemplo perfecto de una grandiosa relación; por supuesto, quería algo como eso en el futuro, si era posible. Siendo realista, sabía que estaría bien sola.
Y no iba a tachar a los niños de mi lista de cosas que me gustarían si no tuviera a la persona correcta en mi vida. Apenas sabía lo que quería en una pareja, pero más que nada, sabía lo que no quería.
Y Emmett, incluso en sus mejores días, no era esa persona. O nada cercano a ello. Seguro, era apuesto, cualquiera con ojos podría ver eso. Solo su cuerpo tenía a las mujeres de todas las edades girando en sus asientos para conseguir una buena mirada, porque Emmett exudaba virilidad, ¿y a qué mujer no le gustaba un hombre que lucía como si bebiera testosterona a galones? Él era un gran trago de agua fría, o eso me habían dicho. De acuerdo, y tenía dinero, pero eso no era un requisito estricto para un futuro novio o esposo. Podía ganar mi propio dinero.
Eso era lo que pensaba.
Excepto por los primeros tres meses de mi trabajo, nunca pensé que sintiera algo
por "El Muro de Winnipeg". Me atraía físicamente, claro. Pero para mí, y por todo lo que le había visto pasar a mi madre, saltando de una relación a otra toda mi vida, eso no era suficiente. Mi último novio no había sido el tipo más guapo del planeta, pero era divertido y agradable, y nos gustaban las mismas cosas. Nos llevábamos bien. La única razón por la que nos separamos fue porque le habían ofrecido un trabajo en Seattle y no había estado convencida de sentirme lo suficientemente enamorada de él como para mudarme al otro lado del país, aún más alejada de las pocas personas en mi vida que me importaban. Ya lo había hecho una vez yendo a la escuela en Tennessee.
Emmett no coincidía con ninguno de los requisitos que cumplía mi ex. No era divertido o agradable, no nos gustaban las mismas cosas y, basados en las últimas dos semanas de nuestra relación de trabajo, no nos llevábamos bien.
¿Y por qué demonios estaba siquiera pensando las razones del porqué esto era una mala idea? Era un terrible punto en blanco. Uno que no iba a cruzar. De ninguna manera, no hay cómo.
Emmett, por otra parte, no estaba prestando atención. No tenía que decirme ni una palabra para que supiera que ignoraba todo lo que salía de mi boca.
—Emmett, escúchame. —Por segunda vez en tu vida, añadí en mi cabeza—. Estoy segura de que Aro puede encontrarte a alguien. Solo pregunta.
Ese comentario le hizo prestar atención. Sus gruesas y oscuras cejas se alzaron.
—No voy a decirle a Aro.
Empujé mis gafas, aunque estaban en su lugar.
—¿Tú lo harías? —preguntó.
Sí, hice una mueca. No confiaría en Aro ni para poner algo en el correo por mí.
—¿Qué tal Marcus?
No respondió.
Ah. Touché.
—¿Jasper?
Emmett simplemente negó.
—¿Tus amigos?
—Ya les habría dicho si quisiera que ellos supieran —explicó con un tono cuidadoso que le dio demasiado sentido.
Con ese comentario, algunas de las cosas repentinamente tuvieron sentido. Claro que había sido serio sobre volver de su lesión. Pero por encima de eso, su humor extra terrible por el miedo a ser deportado si se iba de la organización se añadió a eso. Además, lidiar con su manager y agente, que no se veían totalmente a bordo con lo que sea que Emmett quería una vez que su contrato llegara a su fin, solo empeoró las cosas. Pero había una cosa que realmente no cuadraba una vez que pensé en ella, y era la razón por la que no quería volver a Canadá o por qué no quería quedarse en Dallas.
—¿Por qué estás diciéndome esto? —pregunté vacilantemente.
Esos iris marrones se fijaron en mí, líneas arrugaron su amplia frente.
Antes de que pudiera desaconsejármelo, fruncí el ceño en respuesta.
—En realidad nunca me has dicho nada antes. —Parpadeé—. Jamás. Pero ahora renuncio, y repentinamente pasas por mi apartamento, pidiéndome que vuelva a trabajar para ti cuando no te había importado ni una mierda que lo dejara, y quieres que me case contigo para lograr arreglar tus papeles. Estás diciéndome cosas sobre las que no quieres decirle a nadie más y… es raro, hombre. No sé qué demonios esperas que te diga.
—Estoy diciéndotelo porque… —Abrió su boca y la cerró rápidamente. La abrió una vez más antes de cerrarla de nuevo, los músculos en sus mejillas se movieron, como si en serio no supiera por qué estaba haciéndolo. Demonios, no lo entendía. Finalmente, Emmett encogió esos enormes y redondeados hombros y se aseguró de que nuestras miradas se encontraran—. Me gustas tanto como me gusta cualquiera.
Maldición.
Maldita sea.
Angela me había dicho que no tenía agallas. En realidad, estoy bastante segura de sus palabras exactas habían sido: "Eres una incauta, Isa".
Me gustas tanto como me gusta cualquiera no debería haber sido un cumplido. En realidad no debería serlo. No era así de tonta. Pero…
Una risa áspera escapó inesperadamente de mí y luego me reía disimuladamente, levantando mis ojos hacia el cielo escarchado.
Viniendo de alguien como Emmett, supongo que eso fue el mayor cumplido que podría conseguir jamás.
Me gustas tanto como me gusta cualquiera. Caramba.
—¿Qué es tan gracioso? —inquirió Emmett, con su boca fruncida.
Puse una mano sobre mis ojos y me incliné hacia adelante sobre la encimera de la cocina, riendo un poco mientras frotaba el hueso de mi frente con resignación.
—Hay una enorme diferencia entre no irritarte como el demonio y nosotros siendo amigos, Emmett. Has hecho eso perfectamente claro, ¿no lo crees?
Su parpadeo fue inocente, tan sincero, que no tenía ni idea de qué hacer con eso.
—No me molestas.
No me molestas.
Comencé a carcajearme —realmente a carcajearme— y estaba bastante segura de que sonó como si estuviera llorando cuando en realidad estaba riendo.
—Eres la mujer más calmada que he conocido jamás.
Calmada. Estaba matándome.
A esto era a lo que había llegado mi vida. Tomando el medio idiota cumplido de un hombre que solo se preocupaba por una cosa: él mismo. Un hombre al que había tratado de convertir en mi amigo una y otra vez sin éxito.
Para su crédito, esperó un poco antes de decir con cuidado, muy calmadamente y casi con gentileza:
—Esto no es divertido.
Tuve que agacharme detrás de los gabinetes de la cocina porque mi estómago estaba apretándose con fuerza.
—Me estás pidiendo, oh, demonios, me duele el estómago, realizar un delito, y tu razonamiento para que lo haga es porque "te gusto tanto como te gusta cualquiera", porque "no molesto", y porque soy "calmada". —Mantuve mis manos arriba para hacer comillas en el aire sobre la parte superior de los gabinetes—. Mierda. No creí que tuvieras sentido del humor, pero lo tienes.
El mejor jugador defensivo en la Organización Nacional de Fútbol no vaciló con la apertura que le di.
—¿Entonces lo harás?
Ni siquiera podía estar molesta por su persistencia después de eso. Todavía me reía sobre mis grandiosos atributos como una posible esposa falsa.
—No, pero esto ha sido lo más destacado desde que te conozco. En serio. Desearía que hubieras sido así conmigo desde el comienzo. Trabajar para ti habría sido muchísimo más divertido, e incluso podría haber pensado en volver por un poco más de tiempo.
Sin embargo, no era suficiente. Trabajar para él permanentemente no era parte del plan, especialmente no después de todo lo que pasó, y todo lo que me pedía ahora. Casarme con él.
Había perdido la maldita cabeza.
El plan después de volverme completamente autónoma en mi trabajo de diseñadora gráfica era pagar la terrorífica cantidad del préstamo estudiantil que todavía tenía, comprar mi propia casa, comprar un auto nuevo y el resto… todo podría caer en su lugar a su propio tiempo. Viajar, encontrar a alguien que me gustara lo suficiente para estar con él en una relación, tal vez tener niños si quería uno, y continuar mi independencia financiera.
Y para hacer dinero, necesitaba trabajar, así que me obligué a ponerme de pie y encogerme de hombros hacia mi antiguo jefe.
—Mira, encontrarás a alguien si solo lo intentas un poco. Eres atractivo, tienes dinero y eres un tipo decente la mayoría del tiempo. —Me aseguré de fijarlo con una mirada que hizo énfasis en "la mayoría del tiempo"—. Si encuentras a alguien que te agrade, siquiera un poco, estoy segura de que podrías hacerlo funcionar. Te daría el número de unas de mis amigas, pero te volverían loco después de diez minutos, y no estoy lo suficientemente enojada contigo como para darte alguno de los de mis hermanas.
Mordí el interior de mi mejilla, sin saber qué más decir, completamente consciente de que probablemente nunca entendería qué lo había llevado a este tiempo y momento conmigo.
¿Y qué le llevó a hacerlo?
Sus ojos recorrieron mi rostro mientras su frente se arrugaba y negó.
—Necesito tu ayuda.
—No, no lo haces. —Me encogí de hombros nuevamente y le ofrecí una sonrisa reacia, una amable porque era muy consciente de que no estaba acostumbrado a que alguien le dijera que no—. Resolverás todo por tu cuenta. No me necesitas.
Les dejo dos nuevos capítulos y este fin de semana seguramente les subiré otro más.
Cuéntenme que les parece la historia hasta ahora.
Gracias por leer
xoxo
