Capítulo 7: La historia de una niña perdida.

Candy, como buena adolescente, era capaz de viajar sólo con lo puesto y algo de comida; la señora Collins, al ver que no pensaba cambiar de opinión, fue la que le preparó una maleta pequeña adecuada, ya que Candy estaba demasiado emocionada ante la idea de reconciliar a Susana con su padre:

-¡Será magnífico! ¡Sé que él sólo espera que ella se acerque, y viceversa! Yo seré el nexo que los ayude a confesar su cariño. Susana arreglará sus problemas de imagen paterna y será la mujer adecuada para Terry.

-¿Y tú? – preguntó la señora Collins. Candy se abatió.

-Yo... – dijo después de una pausa -, no tengo nada más que hacer entre esos dos. Supongo que volveré al hogar de Pony a hacer mi vida. Usted es bienvenida, si lo desea – ofreció sonriendo.

-Gracias, querida, pero no me gustan los niños pequeños. Susana acabó con mi paciencia – respondió la señora Collins, devolviéndole la sonrisa -. Ahora, sírvete una sopa antes de partir. No es bueno viajar con el estómago vacío.

-Tiene la obsesión de las sopas, como la señorita Pony – comentó la chica, mientras se sentaba obedientemente.

-Nos crió así la abuela, por eso nos acostumbramos – dijo la señora Collins.

Media hora después la señora Collins acompañó a Candy a tomar el expreso de la noche, rumbo a Chicago. La estación estaba casi vacía.

-Volveré el lunes en la noche – dijo la chica, dándole la mano a la señora Collins, que esta vez la estrechó con aprecio.

-Te extrañaremos, Candy White. Si ves a mi prima, dale saludos y dile que escriba más seguido.

-Lo haré.

El viaje se le hizo corto a Candy, que se entretuvo pensando en cómo abordar al doctor Marlowe. Gracias a su nueva amiga, la "ex carcelera", sabía que trabajaba como director de un pequeño hospital religioso, el hospital donde había nacido su hija y muerto la señorita Parker. No sería fácil que aceptara hablar con ella.

-Puedo decirle que vengo de parte de Susana, pero eso no es tan cierto. Puedo usarlo como último recurso. Quizás podría ofrecer mis servicios de enfermera... aunque no creo que me dejen ver al director por algo así. Fingirme enferma queda fuera de discusión. No van a molestar al director por eso. Quizás simplemente debería ser sincera y hablarle con la verdad: "Soy Candice White, y vengo a hablarle de su hija. Usted ha sido un mal padre". Sí, eso sería bueno, y sería darle su merecido, pero a la gente no le gusta que le hablen con la verdad. Primero debo convencerlo de que debe ser un buen padre... Uf, es cansador. No sé cómo hablar con un padre. Jamás he tenido uno.

El tren se acercaba rápidamente a Chicago, y Candy pensó súbitamente en la señorita Parker. No sabía su nombre de pila, ignoraba casi todos los detalles sobre ella, pero sentía que compartían cierta afinidad...

-Ella también perdió a su amor – pensaba Candy -, ella le cedió a la madre de Susana el amor del doctor, pensando que hacía lo correcto, pero se equivocó. Me pregunto si yo también me equivoqué en apartarme del camino y dejar que Susana se quede con Terry... ¡No, no puedo pensar eso! No son situaciones comparables. La madre de Susana obtuvo a su marido con engaños. Susana, en cambio, necesita a Terry. Realmente lo necesita. Lo sé. Necesito creer en eso, o tal vez estoy cometiendo un error. A veces pienso que lo mejor es escaparnos y vivir en el oeste, como vaqueros... ¡Qué divertido sería! Terry tiene madera de forajido. Pero no. ¿Qué pensaría la hermana María, la señorita Pony, la misma Susana? Ella sobre todo... moriría de pena. No podría aguantar algo así. Prometí ayudar a Susana, y a eso voy.

Mientras pensaba en esto se quedó dormida y no despertó hasta llegar a Chicago. Tomó algo de desayuno en la estación y arrendó un coche para ir al hospital de monjas Santa Cecilia, donde trabajaba el padre de Susana.

No sabía bien cómo lograría entrar; pero no tuvo problema. El director del hospital siempre daba entrevistas con las personas que lo necesitaran. Tuvo que esperar unos minutos a que terminara de atender a una viejecita enconrvada que salió dándole gracias al cielo por la existencia del doctor Marlowe, y entonces la secretaria la llamó. Candy sintió que el miedo la paralizaba por primera vez en su vida. Por un momento, pensó que no tenía derecho a estar ahí, metiéndose en asuntos que no eran de su incumbencia. Pero su naturaleza amable pudo más, y entró.

El doctor Marlowe era tal como se lo habían descrito: rubio, de ojos verdes gemelos de los suyos, amable y muy simpático. Candy confió en él apenas lo vio. Y decidió contarle todo sin rodeos.

-Doctor Marlowe, permítame presentarme – dejó el maletín en el suelo y le dio la mano. Era cálida pero suave. Ella se sintió muy cómoda con él -. Soy Candy White, amiga de la señora Collins y vengo de Nueva York a hablarle de Susana.

-¡Mi hija Susana! ¿Qué pasa con ella? – él se veía preocupado. Candy, en ese momento, se dio cuenta de que no se había equivocado. Él quería a su hija, y sólo necesitaba un empujoncito para reencontrarse con ella.

La pecosa le sonrió, y le contó todo – casi todo – de lo que había pasado entre Susana y Terry: el matrimonio obligado, sin amor, la separación... por supuesto que no contó el favor que Susana le había pedido, y terminó diciendo que seguramente esos problemas venían de la mala imagen paterna que Susana había formado en su niñez. Y que eso le impedía realizarse como esposa de una manera correcta.

-Ah, así que leíste a ese médico austriaco – le dijo el doctor Marlowe, sonriendo con ternura -. Pues, jovencita, te agradezco inmensamente tu información. Hace años que no sé de Susana, no tenía idea de su matrimonio, ella jamás se comunica conmigo. Eso me duele, es verdad, pero... yo tengo un deber acá.

-Lo sé, su otra hija.

-¿Así que la señora Collins te contó eso? – el médico fijó sus ojos verdes en el rostro de la simpática y dulce jovencita, que lo miraba con valentía y una sincera expresión de compasión. Ojalá que así fuese Susana, pensó por un segundo.

-Me contó toda la historia.

-Tiene que confiar mucho en ti para que te haya contado eso. Ella es una tumba cuando se trata de guardar secretos, a menos que juzgue que es mejor hablar las cosas. Y tú, jovencita, ¿cómo conociste a Susana? ¿Son amigas? ¿Qué más me puedes contar de ella?

-No soy su amiga, señor – se sinceró Candy -, pero ella es una buena chica, necesita la guía y el amor de su padre. Por favor, viaje a Nueva York lo más pronto posible y reconcíliese con ella.

-Lo haré, lo haré. Pero es que...

-¿Qué?

-A veces siento que un minuto pasado fuera de esta ciudad puede significar perder a mi hija para siempre. No lo sé...

-Señor, Susana lo necesita.

-Tienes razón, pequeña Candy. Viajaré este viernes. Necesito preparar a las personas que me reemplazarán, avisarles a los detectives de mi paradero, pagarles a los investigadores...

-¿Investigadores?

-Tengo un equipo que recorre el país y la ciudad. Mi hija puede estar en cualquier lugar, pero algo me dice que la puedo hallar en Chicago, aunque casi veinte años de búsqueda no han dado fruto.

-Es una lástima, señor.

-Gracias por tus palabras. Bueno, dulce Candy, ¿acompañarías a este viejo a comer algo?

-Por supuesto, señor. Pero debemos ser breves, porque deseo volver hoy mismo a Nueva York.

-¡Hoy mismo! Parece que alguien te espera allá.

Candy enrojeció.

-Ah, así que es un chico – bromeó el doctor -. Mi hija tiene más o menos tu edad. Tal vez también está enamorada. O quizás, ya está casada.

-O tiene un hijo.

-Mayor razón para encontrarla pronto. Conocer a mi nieto. Imagínate, un hombre solitario como yo de repente se encuentra con una gran familia... pero basta de soñar. Vamos a comer algo. Conozco un encantador restaurante chino acá cerca.

El doctor le ofreció el brazo y salieron de la oficina.

-¿Dónde está ahora la señorita Parker? – preguntó Candy de improviso. El doctor la miró largo rato a los ojos antes de contestar.

-¿Quieres saberlo por curiosidad, o porque de verdad te interesa?

-Encontré muy triste su historia de amor – repuso la pecosa, sin añadir lo que pensaba: "Y nuestras historias de amor se parecen. Yo también perdí al amor de mi vida por culpa de una que no lo hizo feliz".

-Ella está enterrada en el cementerio parroquial, atrás del hospital. Si lo deseas, iremos a verla.

No se demoraron en llegar al lugar. Era un pequeño cementerio lleno de flores y con pocas estatuas. El doctor se arrodilló frente a una cruz. Candy miró el nombre: Clementine Parker. Había muerto a los veintisiete años.

-Clementine – empezó el doctor -, tendré que irme pronto. Lo siento. Sé que prometí no dejar más la ciudad hasta hallar a nuestra Anne, pero mi otra hija Susana, me necesita...

-¿Cómo se llama su hija? – chilló Candy, sorprendida. ¿"Annie" dijo él? ¿Había escuchado bien?

-Anne – respondió el doctor -. O por lo menos, debería llamarse Anne. Es el nombre que Clementine deseaba para ella.

-Pero... ¿usted no sabe dónde está, y sabe el nombre de la niña? ¿Cómo puede ser eso?

-Déjame contarte mientras comemos – propuso el médico. Se despidió de Clementine colocando una mano en la cruz por unos segundos, y fue con Candy al restaurante.

Rato después, mientras almorzaban, el doctor le contó a Candy lo que había pasado:

-Cuando llegué a ver a la agonizante Clementine, Anne había nacido hace menos de dos horas. Pero la hermana de Clementine, Mary, se llevó a mi hija cuando me vio llegar.

-¿Pero por qué?

-Seguramente porque Clementine le había contado que soy un desgraciado que dejó embarazadas a dos mujeres. No quería a alguien así cerca de su sobrina. Cuando Clementine murió, yo no pude encontrar a la niña.

-Pero seguramente Mary dejó una dirección...

-Nada; ni siquiera asistió al funeral de su hermana. Según me contó una enfermera, la última instrucción que Clementine le dio antes de que yo llegara fue que nunca dejara que Anne conociera a su padre. Por eso no quiso ir a despedir el cuerpo de su hermana, para no verme... yo le habría obligado a entregarme a mi hija.

-Pero no será difícil encontrarla si tiene su nombre: Mary Parker...

-Es que Mary es monja, suponemos que tiene a la niña en algún convento. Y es tremendamente difícil entrar a preguntar a un lugar así, ya te imaginarás. Las monjas son famosas por su desconfianza hacia los extraños.

-No siempre – dijo Candy, pensando en la hermana María... Mary... Oh, rayos.

-¿Qué pasa? Te quedaste callada de pronto – dijo el doctor.

-¿Qué? – Candy pestañeó – No, no es nada, sólo que pensaba en algo... ¿buscó en todos los hogares de huérfanos?

-No creo que Anne estuviera en un hogar de huérfanos. Mary trabajó en uno en Nueva York, y le pareció horrible. Decía que era un lugar sin alma. Además, seguramente quiso mantener junto a ella a Anne. Debe estar en un convento, o en un hogar de niñas dependiente de un convento. Pero en un hogar de huérfanos tradicional, no creo que esté.

-¿Pero preguntó?

-Sí. Fue lo primero que hice. Recorrí todo Chicago preguntando, y nada...

-¿Y los alrededores?

-También. Hasta fui a un hogar pequeñísimo, el hogar de Pony, y le pregunté a esa amable señorita, la dueña, que es prima de la señora Collins. Y nada, no había llegado un bebé con las características de mi hija en ese tiempo.

-¿Pero usted fue a preguntar apenas la niña nació?

-Una o dos semanas después. ¿Por qué, sabes algo?

-¡Nada! – se apresuró a responder Candy. Quizás había descubierto algo, quizás no. Pero no podía ilusionar inútilmente al señor Marlowe. Además... tal vez no fuera conveniente, ni para él ni para Anne ¿o Annie?.

Después hablaron sobre Susana por un rato, y luego comenzaron a charlar de temas médicos... Candy y el doctor se contaban de casos tristes, especiales o graciosos que habían vivido. Y resultó que tenían mucho en común.

-¡Ay, dulce Candy – dijo el doctor secándose una lágrima -, me recuerdas a mí cuando era joven! No sabes cuántos errores cometí mientras estudiaba medicina. A tal punto que los otros doctores decían que primero florecería un árbol seco antes de que yo dejara de tener accidentes.

-¿Y floreció el árbol?

-No, pero aprendí concentrarme, y aquí me tienes...

Charlaron un poco más, y el doctor fue a dejar a Candy a la estación. Una vez en el tren, la pecosa se sorprendió que en ningún momento deseó ir a ver a la gente del hogar de Pony, ni a Annie, Albert o Charlie. ¡Es que la había pasado tan bien con el doctor!

-Es muy posible que él sea el padre de Annie – pensó Candy, emocionada -, las fechas coinciden, a nosotras nos encontraron cuando teníamos dos o tres meses, por eso la señorita Pony dijo que no había bebés en ese lugar... además, el nombre de la hija del doctor es Anne, igual que mi amiga. Lo que me desconcierta es lo de la monja Mary. ¿Será la hermana María? No, no lo creo. Pero les escribiré, contándoles el caso del doctor, y pidiéndoles que se contacten con él. ¡Quizás encontré a la familia de Annie! Sería maravilloso... – con cierta envidia, pensó que su amiga Annie sería muy afortunada si resultara ser hija del doctor. A ella le gustaría tener un padre así.

Agotada por el viaje, aunque sin aceptarlo, no se dio ni cuanta cuando se quedó dormida y llegó a Nueva York. Somnolienta aún, bajó del tren y encontró a su "hombre prohibido"

-¡Vaya, señorita pecas! Ya era hora de que volviera.

Continuará...

Nota de la autora: ¡Gracias, chiquillas, por los comentarios! Algunas tal vez me pillaron... el doctor Marlowe es padre de alguien, pero de quién??? Annie o Candy??? Guajajajjajaja!!! Ando melodramática, la musa anda exagerada, pueden reírse si quieren, pero les juro que escribo emocionada... Me entretengo demasiado escribiendo estas locuras. Espero que continúen leyendo con paciencia. Muchas gracias por leer!!!!!