Holita. Supongo que no os acordaréis ni de mí, ni de mi fic. De todos modos llevo un tiempo dándole vueltas al tema de retomar la cuenta en esta web para, por lo menos, concluir con los fics que empecé. Al final me he decidido y he escrito este capítulo; corto, como todo lo que hago xD
Tenéis derecho a dejar de leerme, a tirarme calabazas o, bueno, lo que se os pase por la cabeza.
Capítulo 7: Culpa
Podría afirmar con toda la veracidad del mundo que sí; definitivamente la lujuria hacía daño. Ahora mismo tenía a Carlisle, mi marido, a punto de entrar en mi cuarto y vislumbrar la persona tan horrible que tiene como mujer. Yo, una chica que debería de estar más que agradecida por estar a su lado, por su amor y por su cariño, me había acostado con su hijo; un niño de diecisiete años. Definitivamente, no podía comprender cómo fui capaz de hacer lo que hice.
Edward, sobresaltado y alarmado, se colocó los calzoncillos y escondió la ropa debajo de la cama. Yo, por mi parte, no hice absolutamente nada; me quedé tumbada y arropada por las sábanas. Carlisle, instantes después, entró en la habitación y me sonrió con ternura.
—¿Qué haces tumbada en la cama?
Iba a responder con sinceridad, con la clara idea de que conociera el tipo de persona tan horrenda en la que me había convertido, pero no pude; Edward se adelantó:
—Está enferma. Me ha dicho que le duele la cabeza.
Carlisle me contempló, y en su rostro se formó una mueca de preocupación. Se acercó a mí y posó sus labios sobre mi frente.
—No parece que tengas fiebre, pero, aún así, ahora mismo voy a la farmacia a comprar ibuprofeno. No me gustaría que cogieras algo grave, cariño.
No dije nada; me limité a mirar la colcha naranja chillón con la que me cubría. Acababa de permitir que Edward mintiera para salvarme el culo o, mejor dicho, salvarnos el culo. Ahora además de una mujer horrible, me había vuelto una mentirosa. Necesitaba descansar y meditar sobre lo acaecido, antes de hacer algo de lo que arrepentirme.
Carlisle salió del cuarto y Edward se quedó frente a mí, vislumbrándome con aquellos ojos madreselva. Su mirada era capaz de engullirme como un agujero negro y hacer que desapareciera cualquier tipo de pensamiento coherente que poblara mi mente. Y eso él lo sabía muy bien. Por ello fue que se aprovechó y, con el poder de sus orbes sobre mí, se inclinó hacia la cama con la intención de besarme. Alejar mi rostro del suyo fue, posiblemente, la cosa más complicada que pude haber hecho en mi vida.
—Vete —articulé secamente.
No le sorprendió mi reacción. Sus pupilas me escrutaron de arriba abajo con un deje burlón en el fondo; sabía perfectamente que yo no tenía tanto autocontrol, que caería bajo sus encantos tarde o temprano.
—Te quiero —dijo solamente.
—Mientes. No quieres a nadie: ni a tu padre, ni a Esme, ni a mí. Por eso estás haciendo esto; porque no te importan sus sentimientos.
Sonrió con socarronería, antes de espetar:
—Por esa misma regla si yo no les quiero tú tampoco. —Me mantuve callada durante unos escasos segundos que, seguramente, para él se hicieron horas.
—Lo sé —susurré finalmente.
El dolor de su gesto me conmovió a sobremanera, no obstante, no iba a ceder. Al menos por ahora.
—Te quiero —repuso—, y me duele que me niegues que sea cierto. No he estado más seguro de algo en mi vida. Te necesito a mi lado como al aire; como al oxígeno; como a la vida.
Una diminuta lágrima se escapó de mi ojo izquierdo; él estaba sufriendo, yo estaba sufriendo. ¿Hacia dónde narices nos llevaba esta absurda situación?
—Soy tu madrasta. —Intenté sonar firme.
—Y yo tu hijo —articuló, antes de intentar de nuevo besarme.
No estoy segura de si os va a gustar mi nuevo estilo de escribir porque, como veis, he cambiado bastante. Si os parece bien que continúe dejadme un review con vuestra opinión, sino, bueh, podéis tirarme tomates.
En fin, me despido ya, que creo que me estoy enrrollando demasiado. Un beso (L
