VII. Pero no esperaba menos de ti.
«La astucia puede tener vestidos, pero a la verdad le gusta ir desnuda.»
Thomas Fuller.
Enero de 2025.
El Consejo había sido convocado.
En aquella ocasión, debido a lo privado y repentino del asunto, se usaba una pequeña sala anexa a donde por lo general, se hacían las reuniones en pleno en el Gard. Algunas sillas estaban debidamente marcadas en sus respaldos para quienes debían ocuparlas; por lo que se podía observar, había entre las marcas una runa de Poder Angelical, una luna creciente, un libro abierto, una hoja de árbol y una estrella.
Cierta omisión fue resuelta por un hombre alto y delgado, de rostro ovalado, cabello negro entrecano y ojos rasgados, cuyo iris gris era, ciertamente, inusual en alguien con su fisonomía. En cuanto él entró y notó la mencionada omisión, sujetó la silla a la izquierda de la que le correspondía, sin marcar, y con un cuchillo, grabó la runa Alianza en el respaldo.
Lo anterior fue visto por los demás presentes, de pie al fondo de la sala, ya que aquel individuo fue el último en entrar y se trataba del Cónsul.
—Ya tendré unas palabras con quien organizó esto —se oyó que masculló el Cónsul, antes de inhalar hondo, exhalar lentamente y enseguida, mirar a los presentes—. Buenos días. Por favor, tomen asiento. Vamos a comenzar.
Tras un breve titubeo, todos aceptaron el ofrecimiento. Hubo otra pausa silenciosa antes que el Cónsul los recorriera con la mirada desde su asiento, la silla con la runa de Poder Angelical colocada en una de las cabeceras, antes de mirar al otro extremo de la mesa de reuniones.
—Muy bien, prescindamos de protocolos elaborados, los cuales dejaremos para la convocatoria final. Tu mensaje de fuego ha dejado claro que es de vital importancia lo que nos traes, Sigmund Sedgewick.
En la otra cabecera de la mesa, se sentaba un hombre alto de cara redonda, cuyo cabello castaño se veía escaso, salpicado de canas y bien peinado hacia atrás. Lo único visible de su vestimenta era una capa de viaje cerrada con el broche que simbolizaba a los Centuriones.
—Según algunos de mis chicos… —comenzó Sigmund Sedgewick, haciendo gala de una voz grave y autoritaria.
Un ligero carraspeo hizo que un par de representantes subterráneos contuvieran una risita, pero a Sigmund le dibujó una arruga en la frente.
—Según algunos de mis camaradas… —se corrigió el hombre muy a su pesar, fulminando con la mirada a alguien sentado a su izquierda—, me han expuesto una investigación que debería someterse a su juicio, antes de formular una acusación formal.
—Una investigación que lleva años en curso, por lo que sé —añadió el Cónsul, muy serio.
—Sí, Kyoushirou. Llevamos años indagando, pero hasta fechas recientes se hallaron ciertas piezas del rompecabezas, las cuales indican que es algo más grave de lo que esperábamos.
El Cónsul frunció el ceño sutilmente, gesto que fue detectado por unos cuantos y que no auguraba nada bueno para el destinatario.
—Sigmund, según los informes que recibí de tu parte durante el tiempo que ha durado esta investigación, no había nada de qué preocuparse. ¿Ahora vienes y dices que te retractas?
—No, vengo a decir lo que nos hacía falta para…
—¿Para qué? ¿Para que nuestros chicos dejaran de desaparecer? ¿O para que al fin pudiéramos darles una explicación decente a nuestros aliados con Visión?
La voz que se había alzado, femenina y enérgica, pertenecía a la representante de los licántropos, que miraba con cierta fiereza a Sigmund Sedgewick, como si fuera a lanzársele encima en cualquier momento.
—Para poder emprender acción de acuerdo a la Ley y a los Acuerdos, representante Roberts —respondió Sigmund con frialdad.
—¿En serio? ¿O más bien esperaron a que estuvieran involucrados los cazadores de sombras para ponerse a trabajar?
Esta vez había hablado la representante de los vampiros, con un tono malicioso que no compartía su rostro, de expresión pétrea.
—Eso no tiene nada qué ver, representante Chen.
—Sigmund, al grano —exigió el Cónsul—. ¿Qué te detuvo de sugerir la acusación antes?
—No se habían confirmado ciertas participaciones.
"Además, los acusados nefilim han escapado".
Lo último retumbó en las mentes de los demás gracias a las facultades de un Hermano Silencioso, sentado a la mitad del lado derecho de la mesa, desde la perspectiva del Cónsul.
—¿Han escapado? —espetó la representante Roberts, cuyos ojos parecían emitir un brillo salvaje de indignación.
—Explíquese, Hermano Sidrach.
El nombrado dio una cabezada a modo de asentimiento, poniéndose de pie.
"Desde el pasado mes de diciembre, se nos solicitó custodiar en la Ciudad de Hueso a los cazadores de sombras Antoine y Simone Verlac, del Enclave de París. Hace una semana, uno de nuestros colegas fue hallado muerto en el área de celdas y al realizar la inspección correspondiente, los prisioneros no fueron encontrados."
—¿No se les impusieron runas de rastreo?
La duda la formuló una mujer de pelo oscuro muy largo recogido en una coleta alta. Poseía un rostro agraciado, aunque no la favorecía la barbilla, ligeramente puntiaguda, ni una cicatriz en la parte inferior de la mejilla derecha, que lucía como el rasguño de una única y afilada garra.
—No, June —respondió Sigmund, en apariencia intimidado—. Los registros dicen que, al ser detenidos, solo se les pusieron runas de Aseguramiento y de Sueño, en lo que eran trasladados a su Instituto y de allí, a la Ciudad Silenciosa.
—Tengo entendido que se les atrapó en las Catacumbas de París.
—Es correcto.
—Uno de los involucrados en ese arresto fue tu hijo, ¿no es así, Alec?
La mujer, June, miró a quien tenía directamente enfrente, un hombre de cabello negro y ojos azules, quien asintió con gesto serio.
—¿Recuerdas que tu hijo hiciera algún comentario sobre ese arresto que te llamara la atención? Lo que sea.
—Solo que los Verlac intentaron escapar de las Catacumbas cegando a los vampiros residentes con una luz mágica muy potente y… Y también que, antes del arresto, una vampira intentó cerrarles el paso, a él y a sus compañeros.
—Sé lo de la vampira —intervino la representante Chen, haciendo una mueca de disgusto—. Mi igual en París, Claude Sangbleu, la ha juzgado y sentenciado. Por lo que sé, envió un informe al Escolamántico. Tengo una copia.
—Es cierto y ya confirmamos lo descrito allí. El líder parisino fue especialmente meticuloso.
La representante Chen se mostró satisfecha, mas no contenta, pues por un segundo, hizo un mohín de fastidio.
—¿El informe de ese líder vampiro ayudó para la acusación, Sigmund? —inquirió June.
—Sí, fue muy esclarecedor. Por cierto, Alec, ¿tu hijo no te dijo que fue a arrestar a los Verlac con un hada?
De inmediato, la atención de todos se centró en el hombre de ojos azules quien, tras un instante de reflexión, asintió.
—¿Por qué no lo mencionaste hace un momento?
—No me pareció relevante y sé que el dato está en los informes de mi hijo y su parabatai.
—La ayuda de un hada no es lo importante aquí —apuntó June, ceñuda.
—Lo es, porque si se sabe, el resto de las hadas empezarán a especular sobre la Paz Fría.
—¿Eso sería tan malo? —Apuntó el representante de los brujos, con cierto aire burlón—. En los Undécimos quedó asentado que se pondrían bajo la protección de los Acuerdos a las hadas que solicitaran amnistía. Un servicio a los cazadores de sombras bien vale una amnistía, ¿no?
—La chica hada no la solicitó —hizo notar Sigmund, ceñudo—. Solo hablas porque se trata de una amiga del hijo de Alec, Bane.
—De nuestro hijo, sí —Magnus Bane, representante de los brujos, fue inusitadamente serio al enfatizar el «nuestro» en su oración, antes de añadir—. Sin embargo, hablaría por esa chica, aunque no supiera quién es. Nada la obligaba a trabajar con cazadores de sombras y aun así, lo hizo. Si alguno de los suyos, hijos del Ángel, solicita la amnistía en su nombre, se la concederían.
—¿Quién haría…?
—Ah, ¿se refieren al hada Perenelle Fordbleu? —June, de una carpeta que tenía delante de ella, sacó algunos folios—. La amnistía está solicitada y concedida.
—¿Quién solicitó eso?
—Me sorprende que preguntes, Sigmund, si la solicitud está firmada por tus tres camaradas aquí presentes.
El aludido mostró su estupefacción por dos segundos, antes de mirar a derecha e izquierda.
—Centurión Arya Starkweather, ya que hace un momento estabas tan deseosa por hablar, te ordeno que te expliques.
Una mujer joven y menuda, cuyo pelo castaño se aclaraba a rubio conforme descendía de su cabeza a las puntas, asintió y se puso de pie con presteza.
—No hay un gran misterio en eso. Como ya sabrán, acudimos en diciembre pasado a París para otra misión, pero terminamos apoyando en el arresto de los Verlac. Consideramos que la captura habría sido imposible sin la valiosa ayuda de Perenelle Fordbleu, así que mis compañeros y yo solicitamos la amnistía, como signo de agradecimiento y buena voluntad. Créanme, es mucho mejor tener de nuestro lado a un hada como ella: tiene modo de estar bien informada de todo lo que pasa en el Mundo de las Sombras de París, sabe pelear y ha sido entrenada en magia por una Gran Bruja. Además, es agradable de carácter e inteligente. Por lo tanto, es una aliada útil.
—Oírlo decir de esa manera, suena un poco…
—Lo sé, Alec. Pero créame, el grueso de la Clave querrá saber primero en qué nos beneficia la concesión de la amnistía y luego, cómo es el hada en cuestión.
—La chica hada logró impresionarme a mí, y eso es mucho decir —comentó un hombre de rasgos orientales y semblante severo, sentado delante de Arya Starkweather.
—No presumas, Xiaolang.
—No es presunción, Arya, es la verdad.
—Dejando de lado posible presunción o no, quien no esté de acuerdo con la amnistía, puede preguntarnos lo que necesite saber. El desempeño de la joven hada en el arresto de los Verlac fue impecable, no íbamos a dejarlo sin recompensar.
El Centurión que dijo eso, un rubio fornido y de semblante impasible, logró regresar algo de compostura a la reunión, aunque algunos ya se estaban cuestionando la razón de la misma.
—¿Sospechaban que se iba a realizar esta acusación?
La pregunta de June no causó sobresaltos ni cambios de expresión en los Centuriones jóvenes presentes hasta que, tras inhalar profundamente, el rubio se puso de pie.
—No, June, no esperábamos que la acusación fuera así. Nuestra solicitud fue un acuerdo espontáneo, pues como ya hemos dejado claro, creímos que Perenelle Fordbleu la merecía.
—¿Con permiso de quién hicieron algo así? —Inquirió Sigmund, bajando el volumen de su voz hasta emitir un sonido ronco y agresivo.
—¡Oh, debíamos pedir permiso! No lo sabíamos, nada de eso aparece en los documentos que consultamos antes de firmar la solicitud.
El sarcasmo de Arya Starkwerather era descaradamente evidente, por lo cual causó muchos ceños fruncidos y una risita de la representante Chen.
—Esta chica me gusta —aseguró la vampira.
—¿Necesitan que se envíe a alguien a recapturar a los Verlac? —Quiso saber Sigmund.
"Los Hermanos nos estamos haciendo cargo, dadas las circunstancias. De requerir apoyo, se lo haremos saber, Sigmund Sedgewick."
—Entonces, si no les importa, describiré lo que he traído. Así sabrán en qué se basa el Escolamántico para formular una acusación contra las hadas residentes en el mundo mundano.
Ninguno de los otros presentes dio muestra de querer postergar lo inevitable, así que se prepararon a escuchar algo que seguramente no les iba a gustar.
Lo curioso es que, si se observaba bien, los tres Centuriones jóvenes no parecían de acuerdo con la dichosa acusación.
Esa chica hada, Perenelle Fordbleu, debía haberles causado una muy buena impresión.
