ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)
TITULO: DESEO SALVAJE
TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE
AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER
AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI
PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO
SIN FINES DE LUCRO
Capitulo 7Los animales de cualquier especie perciben quiénes son más débiles que ellos. Lo perciben, y atacan. Una Tigresa nunca baja la guardia. Sabe que el peligro acecha tras todos los arbustos, en cada sombra y a la vuelta de cualquier esquina.
Temblando de nervios, entré al despacho de Itachi. ¿Por qué estaba nerviosa? El hombre era… un hombre. No era Dios ni un superhéroe. A no ser que se dedicara a rescatar niños de edificios ardiendo y yo no lo supiera. Pero dada su actitud Triple C, era improbable. Si me lo imaginaba ordenando a esos niños que saltaran por la ventana, con o sin colchoneta.
En cualquier caso, él no controlaba mi destino.
Estaba de pie junto a la barra. Impertérrito.
—Siéntate —ordenó, señalando una silla.
Incluso sus movimientos eran rígidos. Me estiré la falda y me senté. Él cambió el peso de un pie a otro, con rigidez, se sirvió una bebida y vació el vaso de un trago, con más rigidez aún. Sirvió dos más.
—¿Te apetece algo? —preguntó. Sí, con rigidez.
—No gracias —la más mínima cantidad de alcohol se me subía a la cabeza. Seguramente por mi «delicada estructura ósea », diría mi madre. O mi «terrible disfunción alimentaria», diría mi padrastro.
—Entonces me beberé la tuya —se tragó ambas bebidas, dejó los vasos en la barra y agachó la cabeza. Siguió así, en silencio e inmóvil, largo rato.
—La próxima vez, por favor dile a tu asistente que me esperas —dije, para suavizar la tensión.
Utilicé un tono profesional, no de censura.
—Se lo dije —contestó él confuso. Pero aún rígido.
Estreché los ojos. ¡Esa bruja! Me había mentido al decir que no estaba en su preciosa lista. Debería haberle permitido que Neji la despidiera.
—No pretendía gritarte —dijo Itachi, relajándose por fin. Suspiró y dejó caer los hombros—. Perdona.
La disculpa sonó un poco forzada, pero me dio igual. Me sorprendía que hubiera hecho el esfuerzo. La mayoría de los hombres, discípulos del mal que eran, no lo habrían hecho.
—Disculpa aceptada.
Él giró sobre los talones, fue a su escritorio y se sentó en una esquina, mirándome a los ojos. Me revolví en la silla. Su rostro era curiosamente inexpresivo, como si ocultara una emoción que no deseaba que viera. ¿Ira? ¿Desinterés? ¿Irritación?
—¿Qué te parece Neji? —preguntó—. El hombre con quien flirteabas ante la puerta de mi despacho.
Ni ira, ni interés, ni irritación. Estaba lívido de celos. Celos. Por mí. Sus ojos destellaban de celos, como zafiros. Moví la cabeza con asombro, sintiéndome mareada. No, no mareada, me regañé.
Estaba enfadada. Muy enfadada. Me obligué a fruncir el ceño y crucé piernas y brazos.
—No estaba flirteando —intenté sonar ofendida—. Y, para que lo sepas, parece muy agradable.
—¿Agradable? —gruñó él—. ¿Qué significa eso?
—Exactamente lo que he dicho. Agradable.
—¿Agradable sin más, o agradable como para tener una cita con él?
—¿Qué importa eso?
—Contesta a la maldita pregunta.
—Ya lo he hecho —«no te rías, no te rías. Estás enfadada, ¿recuerdas?»—. He dicho que era agradable y eso es exactamente lo que quería decir.
Itachi agarró el borde del escritorio con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos.
—¿Qué tipo de agradable? Te aviso que a ese hombre le gustan las mujeres, y a montones.
—Entonces se llevará mejor contigo que conmigo —las comisuras de mis traicioneros labios temblaron con una sonrisa. La situación requería furia. El no tenía derecho a cuestionar mis intenciones respecto a otro hombre. Itachi y yo nos habíamos besado una vez. Eso no le concedía la exclusiva sobre mí.
—Nunca ha tenido una relación duradera.
—Bien por él —hice una pausa, saboreando mis siguientes palabras—. Me ha gustado.
—¿Te ha gustado? —lo dijo con tanta fuerza que casi me eché hacia atrás.
—Sí. Fue amable. Y agradable.
Durante un momento me pareció que los ojos de Itachi despedían luz roja y que le salía humo por la nariz. Después se pasó una mano por el rostro.
—Estás haciendo esto a propósito, ¿verdad?
—Escucha —dije, para cambiar el rumbo de la conversación antes de ponerme a bailar sobre su escritorio. Desnuda—. No estoy interesada en salir con él. En serio. Tampoco me interesa salir contigo, ¿recuerdas?
—¿Por qué? —dejó caer los brazos a los costados.
—Ya hablamos de eso ayer. No eres mi tipo, ¿vale? —Dios, era una mentirosa. Últimamente mentía a todo el mundo. A mis primas, a Itachi, a mí misma.
—Soy un hombre honesto, honorable y no busco un simple polvo. Cuando te beso, te enciendes. ¿Qué parte de eso no es tu tipo?
«Contesta, Sakura», cacarearon mis hormonas.
—Hay una cualidad que no has mencionado, que te elimina del concurso.
—¿Y cuál es? —cruzó los brazos sobre el pecho y la chaqueta se tensó sobre sus bíceps.
—Tienes pene —dije, removiéndome en la silla.
Sólo decir esa palabra ante él me ponía a cien.
—¿Pene? Nena, eso es algo que deberías agradecer.
Típica respuesta masculina.
—¿Ésa es tu manera de deshacerte de mí? —pregunto, rascándose la barbilla con dos dedos.
—No intento deshacerme de ti para irme con Neji, si es lo que insinúas. Si me sintiera atraída por él, podría haberle pedido que saliera conmigo hace meses, en la recepción de boda de su hermana —aunque no recordaba haberlo visto—. Tú también asististe a esa fiesta, por cierto.
Su expresión pasó de irritada a cautelosa.
—No te preocupes si no recuerdas haberme visto allí —«bastardo»—. Estabas ocupado ayudando a tu… —«putita»—, acompañante a volver a meter el relleno en su sujetador.
Él se atragantó al oír eso.
—Te recuerdo —dijo, cuando dejó de toser.
—No hace falta que simules. No me importa que no lo hagas —insistí yo, sorprendida.
—¡Ja! Aprende a mentir mejor. Se te da fatal. Te recuerdo, ¿vale?
—Demuéstralo —lo reté yo, mirándolo fijamente.
—Muy bien —su expresión se oscureció—. Tenías los ojos más tristes que he visto nunca y ojeras. No hacías más que mirar la puerta, como si estuvieras deseando escapar. Llevabas un vestido verde claro que caía justo por debajo de las rodillas y el pelo recogido como hoy. Pasaste más de una hora comprobando que los niños se divertían y te aseguraste de que todas las mujeres tuvieran pareja de baile. Todas menos tu.
Me quedé boquiabierta y posiblemente mi corazón se saltó un latido. Sí se acordaba. Era surrealista, casi más de lo que podía asimilar. Y tan maravilloso que me costó recuperar el aliento.
—Casi me acerqué a ti ese día —dijo con suavidad.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Querías hablarme de… la fiesta de tu madre?
—Por favor —cruzó las piernas por los tobillos, pero el brillo de sus ojos era todo menos sereno—. Quería hablar contigo para oír tu voz. Incluso di un paso hacia ti, pero me viste y huiste.
—No huí —protesté yo.
—Sí lo hiciste —soltó una risa profunda y sonora—. He rememorado la escena mil veces.
Esas palabras me sonaron familiares. Ya me las había dicho antes, cuando me besó… también había imaginado mis labios mil veces. Tragué saliva.
La conversación estaba alterando mi equilibrio. Si hubiera estado de pie, me habría derrumbado en el suelo.
Si no tenía cuidado, le ofrecería a ese hombre mi vida, corazón y alma en bandeja de plata, con servicio de habitaciones veinticuatro horas, siete días a la semana. Él y sus confesiones eran un peligro.
—¿Tenías miedo de mi? —preguntó—. ¿Por eso saliste corriendo?
—Ya te he dicho que no huí.
—Lo que tú digas —canturreó él, dejando claro que no creía una palabra.
Di una patada en el suelo, utilizando la frustración y la ira para distanciarme. «Sasuke el Bastardo también fue dulce al principio, decía todas las cosas correctas. No olvides eso».
—¿Quieres ahora esa bebida? —Itachi esbozó una sonrisa lenta y prepotente.
—Es obvio que sufres un grave problema cerebral, porque tu memoria no funciona. No huí de ti.
—Sakura Haruno, con miedo de mí. Entonces. Y ahora —pensativo, se dio un golpecito en la barbilla con el dedo—. Me pregunto por qué. ¿Atracción intensa? ¿Deseo incontrolable?
Si él supiera cuánta razón tenía. Claro que había huido de él esa noche. Lo admito. Al verlo caminar hacia mí, todo lo que había creído muerto gracias a Sasuke el Bastardo, volvió a la vida de repente. Atracción, sí. Deseo, sin duda. Con más intensidad que nunca en mi vida. Se me había secado la boca y mis piernas habían empezado a temblar.
Había huido. Tan rápido como pude.
Entonces no había sido capaz de manejarlo. Diablos, a duras penas conseguía hacerlo ahora. Pero no quería que me considerara una cobarde, así que nunca, nunca admitiría que había escapado. Quería que me viera como una mujer fuerte que afrontaba los retos.
Algún día, esa descripción tal vez sería verdad.
—Bueno, ¿por qué querías verme hoy? —«bien hecho. Vuelve al tema profesional».
Él alzó la barbilla, aceptando el abrupto cambio de tema. Se dio media vuelta y agarro un pequeño objeto cuadrado. Me lo dio.
—Toma. Esto es tuyo.
—¿Qué es? —lo miré, confusa.
—Un PDA de última tecnología. Podré llamarte y enviarte correos electrónicos. Además, me he tomado la libertad de programar nuestras citas, y esto te enviara recordatorios periódicos —sus ojos brillaron—. No volverás a olvidar una reunión.
—Qué… amable de tu parte —sin echarle otro vistazo, guardé el estúpido objeto en mi maletín, donde seguramente pasaría varios meses—. ¿Es eso lo único que tenemos que tratar hoy?
—No —Itachi rebuscó en su mesa y alzo una hoja solitaria. Me pregunté si podría mirar de reojo algunas de sus solicitudes porno. No sabía bien por qué quería verlas… , bueno sí, para incinerarlas con la mirada. Me incliné hacia un lado… casi podía ver…
—Esto —dijo él, volviéndose y mostrándome la hoja—, es una lista de posibles locales para la fiesta.
Me enderecé rápidamente e intenté parecer inocente. No había podido ver ni una foto, maldición.
Él sonrió y se pasó la mano por la mandíbula.
No pude evitar ver que estaba perfectamente afeitado.
—Sé cuánto te gustan las listas —dijo.
—Gracias —acepté la hoja y recordé que yo también tenía una para él. Con la mano libre, revolví en el maletín y la saqué—. Ésta es mi lista de locales, tal y como prometí. Puede que algunas de nuestras opciones coincidan —eché un vistazo a la suya y dejé escapar un gemido de asombro.
—¿Una cabaña en Colorado? —lo miré con los ojos como platos—. ¿Un complejo hotelero en Maine? ¿Una casa en Connecticut? Pero yo sólo trabajo en la zona de Dallas.
—Mi madre solo cumplirá los sesenta una vez, y quiero celebrarlo bien —dijo él con aire inocente.
—Seguro que podemos encontrar un sitio aquí. ¿Qué me dices de tu casa? ¿O la de Mikoto? —pregunté con cierta desesperación.
—Consideraré lo de mi casa si los sitios que sugiero no sirven. Tenemos que comprobarlo cuanto antes.
—Bien, de acuerdo. Haré unas cuantas llamadas, buscaré en Internet, y…
—No, yo creo en el toque personal. Los visitaremos. Empezando por la cabaña en Colorado.
—¿Y cómo piensas que vayamos hasta allí? —«no digas que volaremos. No digas que volaremos».
—Te llevaré volando, por supuesto.
—Por supuesto —mis dedos aferraron el brazo de la silla. Me puse pálida—. ¿Y en qué piensas que volemos? —«no digas en avión. No digas en avión».
—En un Cessna Turbo 210 —contesto él con orgullo—. Es el Ferrari de los aviones pequeños.
—Qué… encantador —tuve que tragarme la bilis.
Revulsión. Pánico. Horror. Me asaltaron las tres cosas. Odiaba los aviones con pasión. Desde siempre.
—¿Hay algún problema, Sakura? —preguntó él, captando mi alarma.
Un grito de miedo se atravesó en mi garganta, pero de alguna manera conseguí silenciarlo.
—¿No puedes conformarte con alguno de los hoteles que he sugerido? —dije con voz débil, temblorosa.
—No pongas esa cara de miedo —me apretó el hombro con una mano fuerte, cálida y cargada de ternura—. Hace años que tengo licencia de piloto. Te llevaré y traeré de vuelta con toda seguridad.
—¿Por qué no visitas la cabaña solo? Puedes sacar fotos, y quizá medir las dimensiones. Revisaré tus notas y te haré saber si funcionaria.
No añadí que tendría que estar muerta para dar el visto bueno a cualquiera de los lugares que había en su lista. Solo aprobaría un local en Dallas.
—No —fue detrás del escritorio y se sentó, sus ojos mostraban un brillo satisfecho. Parecía tan tranquilo y relajado como un hombre que acabara de hacer el amor vigorosamente. Destrozar y mi seguridad debía resultarle orgásmico—. Tienes que venir conmigo, cariño. ¿Y si me olvidara de algo?
—Te haré una lista de lo que tienes que hacer —me enderecé esperanzada—. Así no olvidarás nada.
—No hace falta una lista. No cuando te tengo a ti.
—Entiendo.
—No, no lo entiendes, pero no voy a explicártelo ahora.
—¿Estás dispuesto a arriesgar mi vida sólo para que vea una estúpida cabaña?
—Sí. Saldremos el sábado. A las seis en punto. Espero que estés preparada.
—¿Cuánto tiempo estaremos fuera? —pregunté. Los Triples C deberían pudrirse en el infierno.
—Una noche —sonrió, y su sonrisa rezumó sensualidad—. Dos si insistes.
Una noche.
Con Itachi.
En una cabaña.
Me estremecí. Si sobrevivía al accidente de avión que estaba por llegar, no sería capaz de resistirme a él. Intentaría besarme, a juzgar por el brillo travieso de sus ojos; yo le ofrecería mis labios sobre una cama de seda, a juzgar por lo que ya empezaba a sentir entre las piernas; luego nos arrancaríamos la ropa y nos haríamos todo tipo de cosas guarras el uno al otro. Seguro que era capaz de llevar unas cadenas para atarme a la pared y poner en práctica sus extraños juegos sexuales.
¿Qué mujer podía negarse a eso?
—¿Por qué sigues estando pálida? ¿Vas a vomitar?
Inspiré profundamente y solté el aire despacio. Necesitaba encontrar mi centro de calma, mi prado de felicidad. No, necesitaba a mi Tigresa interior. ¿Dónde diablos estaba? La situación podría resolverse con unos arañazos, rugidos y gritos. ¿Estaría echándose la siesta, la muy zorra?
—Necesitaré mi propia habitación en la cabaña.
—Por supuesto —se frotó la mandíbula—. Pero eso no es lo que te tiene preocupada. Nunca te he visto tan pálida. Además de tener miedo de lo que te hago sentir, ¿no tendrás miedo de volar?
—No tengo miedo de nada —mi cuerpo se tensó.
—Vale, tienes miedo de volar —encogió los hombros—, ¿Por qué?
—No tengo miedo —insistí—. Pero volar es para pájaros, ángeles y drogadictos.
—Nunca permitiría que te ocurriera nada. Si pensara que es peligroso, no dejaría que pusieras un pie en un avión. Son más seguros que los coches, cielo.
—Preferiría conducir.
—No. Voy a demostrarte lo seguros que son los aviones.
«Imbécil».
—Antes de que lo olvide, aquí tienes los nombres y direcciones de los invitados, como pediste —me entregó un montón de papeles.
«Cincuenta a doscientos invitados» se habían convertido en trescientos setenta y cinco.
—¿Realmente quieres llevar a tantas personas a otro estado? —alcé la lista como si fuera una prueba de la defensa—. Necesitas replantearte el viaje.
—No, no lo necesito, y sí, trasladaré a esas personas a otro estado, si quiero —dijo, silenciando mi protesta—. No quiero oír más al respecto. Te recogeré a las seis y estarás preparada como una niña buena. Ya he programado el vuelo en tu agenda electrónica.
Rabiosa, guardé la estúpida lista en mi maletín.
—Mi tarifa se incrementa cada vez que subo a un avión. ¿Había olvidado mencionarlo?
—Sí —sus labios se curvaron con una sonrisa torcida—. Pero no es problema.
—¿Hay algo que sea un problema para ti? —gruñó.
—De hecho, sí. No cumplir mis órdenes es un problema grave.
Típico de un Triple C.
Moví la cabeza exasperada y saqué un libro del maletín. Tenía que cambiar de tema antes de vomitar.
—He traído un libro de ejemplos de invitaciones para que las mires —mientras hablaba, lo abrí y pasé páginas y páginas de invitaciones—. Como ves, hay muchos colores y tipografías y diseños.
—¿No puedes elegirla tú? No sé nada de tipografías, colores ni diseños, si no son de propulsores o motores.
Me gustó mucho, maldición, que ese fantástico y completo hombre admitiera su falta de conocimientos respecto a un tema. Mi ex, que ojalá descubriera que los gusanos habían invadido su cuerpo y se lo estaban comiendo vivo, me había dicho una vez que Dios hizo a los hombres tan perfectos porque quería compensar las carencias de las mujeres.
Sasuke el Bastardo había dicho eso el día después de que la sentencia de divorcio fuera oficial, y yo me había arrodillado y dado gracias al cielo por haber escapado de ese infierno en vida. Estoy segura de que mi padre biológico debió decirle algo similar a mi madre. Muchas veces. Mientras la engañaba con otras.
—¿Y si elijo mal, Itachi? Mikoto es tu madre. No la conozco y no conozco sus gustos.
—Confío en ti —alzó las manos, con las palmas hacia fuera—. Me encantará lo que elijas, lo juro.
—Pero, ¿y a Mikoto? Quiero decir…
—Sakura —dijo él con voz suplicante.
—De acuerdo —suspiré.
—De acuerdo ¿en qué? —arqueó una ceja y volvió a sonreír—. Deja que oiga las palabras.
—De acuerdo. Lo haré yo —solté otro suspiro. Rendirme no implicaba que hubiera retomado mi actitud de felpudo. Simplemente estaba haciendo algo agradable para mi sexy cliente—. Tenemos que confirmar el tema. El joyero es lo primero de la lista.
—¿Qué mas hay en la lista?
—Algo elegante. Algo nostálgico.
—Nostálgico —se frotó la nuca y suspiró—. ¿Como qué?
—¿Y si recapturásemos su juventud con un ambiente de mediados del siglo XIX?
—Sería fantástico, si no fuera porque su juventud fue unos cien años después.
—Pues podría hacer algo romántico, como Las mil y una noches, con velos y lámparas mágicas. O un tema de la selva, con tambores y huellas de animales.
—Me gusta lo de Las mil y una noches.
—¿Pero le gustará a tu madre?
—Le encantará. Eso es. Tiene mi aprobación.
Mi corazón dio un saltito. Ya imaginaba la escena en mi mente: colores brillantes, una cama de almohadones de satén, con Itachi tirado encima comiendo uvas de mi mano, y la sensación de que algo mágico esperaba en cada esquina.
—¿Tendrán que vestirse los invitados? —preguntó él, con un brillo malévolo en los ojos.
—¿Te refieres a ropa de gala? —lo miré intentando averiguar que pensaba—. ¿O a disfrazarse?
—Disfrazarse.
—¿Quieres que lo hagan? —me mordí el labio.
—Depende. ¿Te vestirías de bailarina de la danza del vientre?
—No —apreté los labios para no sonreír. Debí haber adivinado que sus pensamientos eran lascivos.
—Entonces no —suspiró él—. Sin disfraces.
Lo miré. Tal vez me había precipitado. Podía verlo vestido de jeque, rey del desierto. Yo sería su chica del harén, claro, y él me ordenaría… «Epa. No pienses en eso. Aquí no». Me aclaré la garganta.
—Cuando te decidas por un lugar, imprimiré una invitación de muestra para que la apruebes.
—Suena bien —estiró las piernas ante sí, llevándolas hasta las mías. Tan cerca que podía sentir su calor—. Ahora dime qué catering has elegido.
—Catering Cenicienta —sonreí lentamente, tenía una idea—. Sólo trabajan en Dallas —dije—. No tienen sucursales y no podrán ocuparse de otra zona. Especialmente fuera del estado.
Él se tapó la boca con la mano. Supuse que para ocultar su sonrisa.
—Eres tenaz, tengo que concederte eso. Pero no me preocuparé de perder a la empresa de catering hasta que llegue el momento.
—Puede que no encontremos otra disponible para cuando te decidas. Y no pienso poner unas cuantas pizzas en el horno y conformarme con eso.
—De nuevo, nos preocuparemos de eso cuando llegue el momento, si llega.
—Cuanto más tardes en elegir el local, más difícil será contratar a otra empresa de catering y reservar el local —insistí, porque mi vida estaba en juego.
—Por eso viajaremos el sábado.
¡Maldito fuera! Tenía respuesta para todo.
—Quiero que quede claro que no estoy de acuerdo con ese plan de acción.
—Tomo nota —dijo él, tras la mano. Sí, sin duda ocultaba una sonrisa—. Ya hemos hablado bastante de la fiesta de cumpleaños por hoy —echó un vistazo al reloj de la pared. Dejó caer la mano y vi como su sonrisa se esfumaba—. Por desgracia es demasiado tarde para salir a comer.
—Pues come aquí.
—No tengo tiempo —me miró con el ceño fruncido—. Tengo una reunión en diez minutos.
—Eso no es culpa mía —me tensé al percibir el tono de reproche de su voz.
—Sí que lo es —gruñó él—, pero te perdono.
—Vaya, gracias, Itachi —solté una risa seca—. No habría conseguido sobrevivir el resto del día sin saber que me perdonabas por algo que no es culpa mía.
Él pareció recuperar el buen humor, por razones sólo comprensibles para él.
—Me encanta una mujer con espíritu. ¿Qué llevas puesto debajo de esa chaqueta?.
—¿Perdona? —el brusco cambio de tema me desconcertó. Busqué las solapas de la chaqueta con los dedos y las cerré más.
—¿Qué llevas debajo de esa chaqueta? —repitió él.
—Nada —contesté, removiéndome en la silla.
—Hum —sus ojos brillaron como zafiros—. Muy interesante. E inesperado. Pero debo admitir que me gusta. Hay algo muy sexy en una mujer lo bastante atrevida para ir desnuda bajo la ropa.
—Quería decir que no llevaba nada que a ti pudiera interesarte —dije, excitándome por momentos.
—Interesante interpretación.
Si no cambiaba el rumbo de la conversación, acabaría ofreciéndome a enseñarle lo que llevaba bajo la chaqueta. La parte más atrevida de mí, que había desconocido hasta que él entró en mi vida, me animaba a responder a sus palabras.
—Esta reunión debe ser estrictamente profesional.
—Como si no pudiéramos ser profesionales desnudos —comento él.
Fruncí los labios de pura frustración. El vio el movimiento y el brillo burlón de sus ojos se convirtió en una llama ardiente.
—Te juro que me pongo duro cada vez que mueves los labios.
Observé, transfigurada, cómo su mirada recorría mi cuerpo con descaro, deteniéndose un momento en mis pantorrillas desnudas. Sabía lo que llegaría a continuación. Odiaba y anhelaba lo que iba a llegar.
—Ven aquí —susurró, seductor.
«¡Sé fuerte!», grito mi Tigresa interior. «¿Dónde te habías metido?», le contesté yo. Todo en Itachi, desde su expresión a cómo inclinaba el cuerpo, listo para el ataque, garantizaba que iba a besarme hasta quitarme el sentido. De nuevo.
Aunque tal vez me odiaría por ello más tarde, no podía permitirlo. Nuestro primer, devastador y exquisito beso había sido el último. Él era demasiado sexy, demasiado potente y quería demasiado de mí.
—No puedo —dije, intentando grabar la importancia de esas palabras en mi cuerpo hambriento de sexo—. Además, no tienes tiempo. La reunión, ¿recuerdas?
—Sí puedes —dijo él con un murmullo ronco que me sedujo—. Y siempre tendré tiempo para esto.
«Yo también», pensé, entornando las pestañas.
«¿Qué estás haciendo?», rugió mi Tigresa interior. «Piensa en las consecuencias de tus acciones. Los Triple C son problemas. Puros problemas».
«Me da igual. Beso Itachi. Por favor».
—Si no vienes, iré yo —Itachi chasqueó la lengua y se levantó. Pero antes de acercarse a mí, fue a la puerta y echó el cerrojo.
Tragué saliva. Mi mente y mi cuerpo seguían en guerra y no sabía qué hacer. Bueno, sabía lo que debería hacer. Sacar mi trasero del despacho y alejarme de Itachi.
—Te he dado tiempo de sobra para huir —dijo él, acercándose—. Sin embargo, sigues aquí.
«Salta por la ventana», grito mi Tigresa. «No estás preparada para enfrentarte a un Tigre tan poderoso».
«Pensaba que una auténtica Tigresa nunca rechazaba una pelea».
«¿Es que no sabes nada? Cuando están en celo, evita a los machos. ¡Corre!».
Si estar con él no fuera tan agradable. Si no tuviera las manos tan cálidas, tan callosas. ¿Trabajaría él mismo en los aviones? Imaginármelo vestido de mecánico, con grasa en los brazos y el rostro… Dios.
—¿Cuáles son las flores favoritas de tu madre? —pregunté, en un último y desesperado intento de impedir lo que iba a ocurrir. No tenía fuerza de voluntad para echar a correr. Las palabras eran mi única esperanza—. Puede que ponga pétalos en el suelo y las mesas. Perfumarían el ambiente.
—Utiliza orquídeas —su voz era un susurro ronco, grave y seductor—. Por fin he descubierto a qué hueles. A orquídeas y fresillas.
Me sentía drogada. Seducida. «Bésame» suplicaron mis ojos, aunque les ordené que no lo hicieran.
—Cada vez que estoy cerca de ti, me ahogo en tu perfume —masculló él—. Ya te lo había dicho, ¿no?
«Lámeme».
Mierda.
—¿Te he dicho lo sexy que son tus labios? No puedo dejar de mirarlos. Los quiero en mi cuerpo.
«Muérdeme».
Al diablo con todo.
El rozó mi mejilla con la nariz. Mordisqueó suavemente. «Oh, sí. Justo… así».
Suspiré, derritiéndome. La lujuria me quemó, ardiente y salvaje. Mi cuerpo ganó la batalla a mi mente. Quería que Itachi volviera a besarme.
Sabía cómo me afectaba y protegería mis sentimientos. Sí. Podía dejar que me besara otra vez.
Así me lo sacaría del sistema y saldría de allí siendo una mujer más fuerte, una Tigresa, mejor preparada para resistirme a él. ¿Correcto? Sí, correcto.
En el fondo, había esperado ese momento desde que entré al despacho, sin tener en cuenta las consecuencias. Él me atraía y tentaba.
—Aún no has huido —dijo él con voz suave.
Sus manos subieron por mis brazos y bajaron por mi espalda, hasta asentarse en mi cintura. Me dejé caer contra él, pecho contra pecho.
Su aliento me acarició la mejilla hasta que por fin su boca se posó en la mía. Sacó la lengua, lamiendo, probando, tentándome con mordisquitos y caricias, pero no era bastante. Necesitaba pasión pura y dura.
Le mordí el labio inferior; subí las manos por su espalda hasta agarrar su cabeza y obligarlo a bajarla más. Él comprendió y ladeó la boca sobre la mía, penetrándola con la lengua, con tanta fuerza como yo deseaba. Ronroneé y lo besé con anhelo. Mi lengua batalló con la suya, retirándose y volviendo una y otra vez. Su sabor a café me intoxicaba.
El ataque de Itachi continuó hasta que me sentí mareada por falta de aire. Mis pezones eran pequeños bultos duros y el corazón me martilleaba en el pecho, errático e innegablemente acelerado.
Apartó la boca de la mía. Gruñí mi decepción. Aún no había acabado con él. Ese era el último beso que iba a permitir entre nosotros y, por Dios, iba a durar mucho, mucho rato. Apreté las manos en su cuerpo, aferrándolo, inmovilizándolo.
—¿Ves? —jadeó él—. Somos buenos juntos —entre cada palabra, besó mi mejilla, mi mandíbula y mi cuello—. Muy buenos.
—No —tuve que negar sus palabras. Por principios—. Somos un asco juntos.
—Que mentirosilla eres —rió él. Me dio otro beso devastador—. Te deseo, Sakura.
Sus palabras me marearon aún más que sus besos.
—Olvidemos al resto del mundo y vayamos a mi casa. Solos tú y yo.
—¿Y tu reunión?
—La cancelaré.
—Yo… —mi mente estaba envuelta en tal niebla de seducción que no podía contestar.
Con movimientos rígidos, Itachi me apartó y vi en la profundidad de sus ojos un sentimiento que no pude descifrar. Esperó. Simplemente esperó. No haría más, no volvería a tocarme hasta que no capitulara.
Abrí la boca pero no pude decir nada. ¿Por qué no podía decir sí? ¿Por qué no podía decir no?
Él siguió mirándome. Sabía exactamente qué conseguía con su silencio. Me daba tiempo a imaginar las cosas que podríamos estar haciéndonos el uno al otro. Desnudarnos. Acariciarnos, saborearnos. Estremecernos con un orgasmo paradisíaco. O dos.
Un escalofrío recorrió mi columna y tuve que luchar contra el deseo de agarrar su barbilla y volver a atraerlo para otro beso. «Será mejor que te vayas ahora… ya estas demasiado cerca del abismo».
—Necesito ir a casa —susurré por fin—. A mi casa. Sola.
—Señor Uchiha, Donovan está aquí —se oyó por el intercomunicador. Itachi fue a la mesa y pulso un botón.
—Necesito unos minutos más —soltó el botón—. Me deseas. Veo el deseo en tus ojos.
—¿Y?
—¿Y? —repitió él, incrédulo. Volvió a acercarse—. ¿Y quieres rechazar eso? ¿Simular que no hay nada entre nosotros? No lo permitiré —con un movimiento rápido volvió a capturarme entre sus brazos.
Desabrocharle la camisa fue un error, pero lo hice. Necesitaba tocarlo. Deslicé las manos bajo la tela. Tenía la piel cálida y vello suave y esponjoso en el pecho. Era todo músculo, y su tacto daba la impresión de terciopelo vertido sobre acero.
Con un tirón brusco, Itachi me quitó la chaqueta y la dejó caer al suelo. Entonces vio mi sujetador de satén verde.
Se oyó un ronroneo primitivo y masculino en el fondo de su garganta. Miró el sujetador. Me miró a mí. Miró el sujetador. Sus ojos eran como llamas.
—Verde. Sí, me deseas —apartó el satén y expuso a la vista mis pezones. jadeó—. Tienes los pezones más perfectos que he visto nunca. Rosados y maduros como bayas.
—Deja de decir esas cosas —me lamí los labios.
—¿Por qué? ¿Porque te excitan? —con una risita, me besó, agarró uno de mis pechos y frotó el pezón entre los dedos. Con el primer roce experto de la palma de su mano, gemí. No podía creer que estuviéramos haciendo eso en su despacho, donde cualquiera podría oírnos desde fuera.
Me arqueó hacia atrás y su ardiente lengua jugó con mi pezón. Una de sus manos acarició mi cadera.
—No pienses en nada excepto en cómo te hago sentir —murmuró contra mi piel. Yo no habría podido.
Succionó mi pezón y lo introdujo en su boca.
Mi cuerpo se contrajo y estuve a punto de tener un orgasmo en ese instante. Deslicé las manos entre su pelo y lo agarré con fuerza: no-te-moverás-de-ahí.
—Itachi, yo…
Succionó con más fuerza.
Gemí y arqueé la espalda aún más, quería, necesitaba… el zumbido del teléfono permitió que un pensamiento solitario irrumpiera en mi mente: «Esto es más que un beso, Sakura. Estás a punto de lanzarte a una aventura sexual. Con un cliente».
—¿Señor Uchiha? —dijo Karin.
Mi sangre pasó de estar en ebullición a fría como el hielo en segundos. ¿Cómo podía haber permitido que ocurriera? El supuesto último beso se había convertido en mucho más. Me aparté de él, jadeando.
—Ejes, tengo que parar.
—¿Señor Uchiha? —zumbó el teléfono.
Las finas arruguitas que rodeaban los ojos y boca de Itachi estaban tensas, pero se tensaron aún más. Supe que deseaba agarrarme, volver a envolverme en su abrazo. Pero debió leer mi negativa en la postura rígida de mi cuerpo.
—Te dejaré por ahora. pero no hemos acabado, Sakura —echaba fuego por los ojos mientras dio un paso amenazador hacia mi—. Lo cierto —ronroneó peligroso—, es que no hemos hecho más que empezar.
Temblorosa, me alejé de Itachi y me recoloqué la ropa. Recogí la chaqueta del suelo y me la puse.
—Hemos disfrutado del principio y del final el mismo día. Simplemente… no puedo estar contigo —dije. Era casi una súplica para que entendiera.
—No puedes —su expresión perdió el ardor, de hecho, se volvió glacial—. ¿O no lo harás?
—¿Señor Uchiha? —insistió el teléfono. El volvió a la mesa y pulsó una tecla.
—He dicho que necesito un maldito minuto. Ya le diré cuando puede dejarlo entrar —ladró—. ¿Y bien? —me dijo a mí.
Quería oírme decir que mis labios anhelaban los suyos, que me sentía perdida e insegura sin sus brazos. Era la verdad, pero no podía decirlo. Si supiera lo cerca que estaba de rendirme, se lanzaría sobre mí.
—No lo haré —contesté, sin mirarlo. Silencio.
—No te entiendo —dijo él, exasperado y colérico—. No entiendo cómo puedes arder en mis brazos y luego volverte tan fría.
Esa vez, giré en redondo y señalé su pecho.
—Eso es. No me entiendes porque no me conoces. No sabes nada de mi vida. Ni de mi pasado. No tendré una relación contigo, Itachi.
Sus rasgos se suavizaron cuando la luz del sol que entraba por la ventana lo iluminó creando un halo a su alrededor.
—Sé que eres fuerte y sincera y que luchas por lo que quieres. Lucha por mí.
Estuve a punto de capitular. Diablos, cambiaba más de opinión que de ropa interior. Esas palabras… , esa suplica… , nunca había oído nada tan bonito. Nadie me había llamado «fuerte» en mi vida.
—No puedo —susurré; decirlo me costó un mundo.
—¿Por qué no? —alzó las manos en el aire—. Ayúdame a entenderlo, para que pueda ayudarte a aceptar lo que hay entre nosotros.
Hacía que sonara muy fácil. Muy tentador. «Soluciona tus problemas y podremos estar juntos». Cerré los ojos y sufrí el asalto de mis horribles miedos. Los hombres engañaban, mentían y perdían interés en su mujer. Llamadas telefónicas a media noche, «viajes de negocios».
—Cuéntameloo —dijo con voz suave.
Si le hablaba de la infidelidad de Sasuke el Bastardo, admitiría mi estupidez. Mi debilidad. ¿Cuántas veces había perdonado a Sasuke? ¿Cuántas veces había dejado que me tratase como a una basura? Itachi acababa de decir que me consideraba fuerte y capaz, una luchadora. No quería que cambiara de opinión. No quería que me viese como un felpudo.
—No hay nada que contar —respondí, mirándome las manos—. Sencillamente, no estoy interesada.
—¿Es esto un juego? —me dijo, con el ceño fruncido—. ¿Estás haciéndote la difícil, volviéndome loco para que sólo piense en ti? Si es así, ha funcionado. Lo admito, siempre estás en mi mente. Sueño contigo, te deseo constantemente.
Deseé taparme las orejas. Huir. Quedarme.
—No me digas esas cosas —moví la cabeza.
—¿Por qué no? Es verdad.
—No estoy disponible para ti —dije, desesperada por creer cualquier cosa menos sus palabras. Capitular no era una opción. No con él. Porque me afectaba mucho más que Sasuke y eso lo hacía aún más peligroso—. Estás reaccionando al reto.
Nada más.
—Te equivocas. Quiero casarme contigo. Y eso no tiene nada que ver con que seas un reto.
Me dio un vuelco el estómago y creo que, durante un segundo, perdí la visión. Se me cerró la garganta.
—¿Quieres casarte conmigo? —conseguí gemir.
—Sí.
—Sólo me conoces hace unas semanas, ¿quieres casarte conmigo? —subí la voz—. Ni siquiera hemos tenido una cita, ¿y quieres casarte conmigo?
—Sí —dijo con serenidad—. Llevo soñando contigo seis meses, Sakura. Después de la recepción de Hanabi Hyuga te llamé para pedirte que salieras conmigo. Nunca devolviste mis llamadas. Admito que, en un momento de desesperación, le pedí a mi madre que te encargara la planificación de su fiesta. Fue lo único que se me ocurrió para que entraras en mi vida.
Santo Dios. Me tapé el rostro con las manos. Sentía un zumbido en los oídos y espasmos en el estómago. Tenía la sensación de haber entrado en un mundo irreal y enfermizo.
—¿Me… me quieres? —pregunté, incapaz de mirarlo. Siguió una larga y pesada pausa.
—Sí, así es.
—Esto es una locura, Itachi. Tienes que darte cuenta de hasta qué punto.
Él cruzó los brazos sobre el pecho y ladeó la cabeza, estudiándome, midiendo cuánto revelar.
—Esta empresa iba muy bien cuando la dirigía mi padre, pero dupliqué los beneficios siguiendo mis instintos. Nunca me han fallado y ahora mismo sé, sé, que eres la mujer para mí.
—Estás desesperado por casarte. Cualquier mujer serviría.
—¿Eso crees? —se pasó la lengua por los dientes—. ¿JY por qué no he elegido a una de las candidatas?
Parpadeé. Había sabido que me deseaba, su forma de besarme lo probaba sin duda. Diablos, su aún patente erección también. El día anterior, en mi casa, había sospechado que buscaba un compromiso. Pero oírlo… Era una insensatez. ¿Amor?
—Itachi…
—No digas que no —me cortó—. Di que lo pensarás.
¿Pensarlo? No sería capaz de pensar en otra cosa durante el resto de mi vida. Tomaría la decisión equivocada y nunca dejaría de preguntarme qué habría ocurrido si hubiera elegido la otra opción.
—Te quiero en mi vida, Sakura, y estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para convencerte de ello.
Su dulzura, su voluntad de luchar por mi golpeó mi resolución con más fuerza que nada. Pero… «¡No!», gritó mi mente. «Es peligroso. Sufrirás. Es un hombre. Te engañará». Tenía que combatirlo, seguir resistiéndome, y sólo había una manera. No podía pensar en él como Itachi Uchiha, el hombre de mis sueños. Tenía que pensar en él como hombre sin más, un infiel y mentiroso bastardo.
—No. Quiero. Casarme. Nunca —grité—. Nunca, nunca, nunca —di una patada en el suelo—. ¡Nunca!
—No lo dices en serio —movió la cabeza.
—Ya lo creo que sí. No me casaría aunque los alienígenas invadieran el planeta y la única salvación fuera casarme con su líder. ¿Está claro?
—Exageras, intentas alejarme de ti por la razón que sea. Aún veo el miedo en tus ojos.
—¿Qué hace falta para que entiendas que la única manera de llevarme al altar será fría y en un ataúd?
—¿Estás diciéndome que no te interesa el amor? —preguntó él tras mirarme en silencio un momento—. ¿Ni un vestido blanco, un anillo de diamantes y una iglesia llena de familia y amigos emocionados?
Asentí con determinación. No tenía ninguna duda.
—Correcto —eso ya lo había hecho y casi me había matado en consecuencia.
—No te importará que me ría en tu cara, ¿verdad? Conozco a las mujeres, sé que sueñan con una boda espectacular, con un marido que las adore y con tener sus hijos —abrió los brazos hacia mí—. Aquí estoy, dispuesto a darte esas cosas. ¿Vas a decirme que no?
—Correcto —afirmé de nuevo, inflexible.
—Increíble —movió la cabeza exasperado.
—Esto ha sido muy interesante —dije, alisándome la falda—. Ahora te diré lo que pienso yo. Te prometo por todo lo sagrado que no busco una alianza. De hecho, ni siquiera deseo ser dama de honor.
—No te creo —movió la cabeza otra vez.
¿Cómo podía explicarlo para que lo entendiera?
—No quiero un hombre. Punto. Nada de hombres. Me enferman. Hombres malos. Puaj, puaj.
—Espera —él abrió los ojos de par en par—. ¿No te gustan los hombres?
—No —por fin lo había entendido.
—¿Por qué diablos no me lo dijiste antes?
—Trabajamos juntos, para empezar. No tenemos por qué hablar de asuntos personales.
—No me había dado cuenta —moviendo la cabeza, se dejó caer en la silla—. Lo siento.
—Sí, bueno, ahora sabes la verdad.
—¿Siempre te has sentido así?
—No —repuse, optando por la verdad—. Sólo durante los últimos seis meses.
—No había ningún indicio. Quiero decir… —se pasó una mano por el pelo y me miró acusador—. Me besaste. Dos veces. Pensé que te gustaba. Son las rubias, ¿verdad?, las gemelas de las fotos que hay en tu mesita de café. Debería haberío adivinado. ¿Pero cómo podía saberlo?
—¿De qué diablos estás hablando? —parecía que se hubiera transportado a otro planeta.
—Prefieres las mujeres a los hombres —dijo—. No es nada de lo que haya que avergonzarse, simplemente no me di cuenta. Parecía gustarte… Oh, mierda.
«Ahhhhh». Era demasiado.
Apoyé las manos en las caderas. Creía que salía con dos mujeres, gemelas, por demás. ¿A qué venía esa fijación de los hombres con las gemelas?
—No soy lesbiana, Itachi. Que una mujer no esté interesada, no implica que sea homosexual.
Un silencio tenso y prolongado llenó el espacio.
—Entonces, ¿no eres… ? —los rasgos de Itachi se relajaron gradualmente.
—No.
—Maldición —clamó, tensándose otra vez—. Has dicho que no querías saber nada de los hombres, que te ponían enferma. Otra vez dijiste que odiabas todo lo que tuviera un pene. ¿Qué otra cosa iba a pensar?
—Tal vez que no estoy interesada en una relación, como he dicho. O que quiero vivir sola, sin la interferencia de un hombre. O que sencillamente no quiero romances. Y menos con un Triple C.
—¿Qué diablos es un Triple C? —inquirió.
—Corporativo. Controlador. Y Completamente Inapropiado para mí —antes había sido «Comando en toda regla», pero la frase era mía y podía cambiarla como me viniera en gana.
Él alzó las cejas casi hasta la línea del cabello.
—Admito ser corporativo. ¿Pero controlador? ¿Inapropiado para ti? No lo creo. Soy un VSP.
—Explícate, por favor —crucé los brazos y volví la vista al techo, con resignación.
—Voluntarioso. Sexy. Y Perfecto para ti.
Por no hablar de egocéntrico.
—¿Ah, eres así?
—Sí, así soy —cruzó los brazos sobre el pecho, imitando mi postura desafiante.
—Esto no es un juego, Itachi. Te aseguro que no busco un hombre. Ningún hombre. Ni siquiera un VSP. No hay más que decir.
—Pues resulta que yo sé que eso es mentira —sus labios se curvaron y sus ojos chispearon rojizos. Me escrutó como si tuviera rayos X en los ojos.
Incómoda, pasé el peso de un pie a otro.
—No dejas de decir que sabes cuándo miento —odié que me temblara la voz—. Y es imposible.
—Tu lista. La había olvidado, pero ahora…
—¿Qué lista?
—¿Te suenan las palabras «Qué buscar en Don Intocable»? Si intentas evitar a Don Intocable, eso implica que buscas a Don Perfecto.
Sentí un chispazo de ira, pero duró poco. Me eché a reír. Era muy divertido. Muy dulce. Miré su mandíbula perfectamente afeitada y me reí aún más.
—Te afeitaste —dije. Me doblé de risa—. Ahora lo entiendo. Número cinco. Don Intocable no se afeita bien y rasca.
—¿Qué tiene eso de gracioso? —Itachi estrechó los ojos y se puso rígido.
—Nada, si la lista fuera mía.
—Claro que es tuya. Estaba en tu casa.
—No. Perdona —volví a reír—. Es de mis primas, Hinata y Ino. Las gemelas rubias de la foto.
Pasaron cuatro minutos en silencio absoluto.
Excepto el sonido de mi risa rebotando en las paredes. El hombre había hecho el ridículo y me sentía con derecho a divertirme a su costa.
—¿Estás segura de que no es tu lista?
—Lo juro.
—Pero yo no soy como ese Don Intocable.
—No es mi lista —dije, sonriente.
—No puedo creer que esté pasando esto —gruñó—. ¿Segura al cien por cien de que no es tuya?
—Sí.
—Pero te encantan las listas.
—Por eso apunte yo. Para las gemelas.
—Fantástico. Tenía la posibilidad de ganarme a la dueña de la lista. Ahora, bueno… Mierda.
De repente me quedé inmóvil, perdiendo el buen humor. ¿Y si… ? No. No quería ni plantearme la idea. Pero mi mente se negaba a borrarla. Tragué saliva.
—Si tanto te fascina esa lista —dije, midiendo mis palabras—, podría interesarte saber que Hinata, una de las gemelas, envió una solicitud. Es inteligente, bella y busca el amor —rígida, esperé su respuesta.
—Suena genial —su tono de voz no reveló lo que pensaba en realidad. Ni tampoco su expresión inescrutable—. Pondré la suya arriba del montón.
No quise analizar por qué sentí que mi corazón se contraía dolorosamente.
ITA VA MUY RÁPIDO JAJAJA YA SE QUIERE CASAR CON ELLA, MEJOR CÁSATE CONMIGO OH NO YO YA ESTOY CASADA :( UNA LASTIMA JEJEJE, SAKU NO SE QUEDA ATRÁS BIEN QUE SE DERRITE EN LOS BRAZOS DE EL AUNQUE SE HAGA LA DURA JAJAJA QUIEN NO LO HARÍA UFF ESTA COMO QUIERE.
CHICAS EL FIC DE CALAMITOSA SAKURA YA ESTA EN SUS ÚLTIMOS CAPÍTULOS LES COMENTABA AHÍ QUE VOY HACER UN NEJI-SAKU Y QUISIERA QUE SI ME DABAN IDEAS DE HISTORIAS QUE HAYAN LEÍDO USTEDES Y QUISIERAN QUE FUERAN ADAPTADAS CON ESTOS PERSONAJES, COMO QUIERA EN EL ULTIMO CAPITULO DE CALAMITOSA SAKURA LES DEJARE YO UN LISTADO DE ALGUNAS DE LAS HISTORIAS QUE ME GUSTARÍA ADAPTAR CON ESOS PERSONAJES ESO SERIA MAÑANA, PLIS ESPERO SUS COMENTARIOS, GRACIAS
Ofi Rodriguez
