Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece. La serie y sus personajes son propiedad de Akira Toriyama.


Casualidad


VII

Peligroso


—A esta edad ya estaría en la vicepresidencia ayudando a mi papá, pero claro, a unos bárbaros se les ocurrió atacar mi planeta y destruirlo. No sé cuántos sobrevivimos porque nos acarrearon como ganado para vender, pero afortunadamente me salvaron y pude iniciar una nueva vida aquí...

Mientras Bulma hablaba, caminaba delante de Vegeta colina arriba. El sendero era algo angosto y hacia abajo sólo había árboles y piedras. Una caída desde esa altura acabaría con la vida de cualquiera. Bulma llevaba en sus manos una pequeña pantalla digital que le indicaba la ruta de la casa a la cual entregar el pedido. El hombre iba detrás, con un pesado y grueso televisor de 60 pulgadas sobre el hombro. La nave estaba encapsulada en el bolsillo de la joven, ya que no había espacio suficiente en la cima para aterrizar sin destruir casas y siembras.

Bulma odiaba caminar, no era buena haciendo ejercicio, pero al menos al estar alejados de la ciudad y en encontrarse en altura, el aire no estaba tan contaminado. Eso era agradable, pero su humor empeoró a medida que su historia continuaba:

—No había Tierra donde regresar, ni motivos para buscar a los humanos que quedaron, así que mi vida se resumió a reparar aparatos electrónicos de extraterrestres, cuando podría estar construyendo naves espaciales y estudiando la tecnología de cientos de planetas para expandir mis conocimientos, pero no, estamos aquí entregando un televisor a una anciana con cara de perro.

—¿Podría yo ser un humano? —preguntó Vegeta.

Sin dejar de caminar, Bulma giró un poco para mirarlo y responderle.

—No lo creo. Cargas un televisor de setenta kilos sobre el hombro sin problema y ni siquiera has sudado pese a que llevamos casi una hora caminando en subida. —Sacó una botella con agua desde su mochila para beber. Sin hablar la extendió hacia el hombre para ofrecerle.

—No tengo sed. Tengo hambre —respondió Vegeta.

—No me extraña. Después de entregar el pedido buscaremos un lugar para almorzar. Me has ahorrado mucho tiempo, podemos tomarnos un descanso.

Este era la quinta entrega del día. Habían despertado muy temprano para aprovechar el día, ya que las entregas eran en distintas partes alejadas entre ellas, incluso algunas eran fuera del planeta, pero esas las dejarían para el último.

—¿Si no estuviera, como entregarías todo esto?

—Con un cargador antigravitacional, pero es todo un dilema moverlo en estos lugares. Tú eres más eficiente —dijo con una sonrisa.

Se hicieron hacia el rincón para dejar pasar a una pareja de ancianos que bajaba con lo que parecía ser un buey de seis patas y cuatro cuernos imponentes. El animal era corpulento y avanzaba a paso sosegado al tener que cargar tantas cajas llenas de verduras y frutas. Bulma debió pegar la espalda a la montaña para que la bestia no la tocara y se asombró por la facilidad que Argon levantaba el televisor por sobre su cabeza con una mano para permitir el paso de las personas. Luego continuaron de forma normal.

Media hora después ya estaban en la cima, podía sentirse el viento fresco y limpio golpear sus rostros.

—No entiendo para qué tienen un televisor que ocupa la mitad de sus tiendas —exclamó la chica al mismo tiempo que hacía sonar una campana en la entrada del entoldado.

La cima no era tan grande y todo el espacio estaba ocupado con al menos doscientas tiendas de todos los tamaños que albergaba a familias de diferentes razas. Los espacios libres eran empleados para el cultivo de vegetales y criadero de animales, aprovechando el buen clima y la escasez de contaminación.

Vegeta vio salir a una anciana que efectivamente tenía rostro de perro, incluso sus manos lucían similares a las patas de unos cuadrupedos que vio hace un par de días por las calles, pero ésta se mantenía erguida en sus patas traseras. Las escuchó hablar en un idioma que no entendió y pronto la vieja, feliz de tener su televisor de regreso, le pagó el dinero acordado. Dos jóvenes, también con apariencia canina, salieron de la tienda y con gran dificultad levantaron unos cuantos centímetros del suelo el televisor para entrarlo.

—Listo, ya podemos ir a almorzar. Tenemos que aprovechar este lugar. Milk compra aquí los ingredientes de sus platos, y ya que no podremos ir allá por un tiempo… —dijo en tono de reproche, a lo que Vegeta no se dio por aludido.

Minutos después estaban dentro de una tienda, sentados junto a una mesa esperando a que trajeran el pedido. Debido a la frescura de los alimentos, el lugar siempre era visitado por turistas y compradores interesados en comer algo sano y limpio, pero en esta época del año abundaban más los comerciantes que visitantes con tiempo libre, por lo que el local estaba casi vacío.

—Quiero regresar al lugar donde me encontraste —dijo Vegeta.

—¿Crees que aún podamos encontrar algo que te ayude a recordar?

—No lo sé, pero la vez que fuimos no me encontraba bien, estaba demasiado débil.

—Tus heridas continúan sin cerrar y te da fiebre de noche. Aunque puedas levantar un televisor de setenta kilos, continuas débil.

—Si no hago nada continuaré amnésico —dijo molesto.

Bulma se cruzó de brazos y lo miró, justo cuando traían la comida para ambos.

—Cuando tenga mi computadora lista podré buscar información en los datos de la policía. Si hay alguien buscándote deben haber ido con ellos.

—¿Y por qué no vamos con ellos ahora?

—Porque la mayoría de la policía de este planeta es corrupta y violenta. Ni de broma quiero acercarme a ellos.. Además, no tengo mis papeles limpios. Aguarda unos días y podré usar mi computadora. —Y efectivamente lo haría, pero no tan apresurada. Primero necesitaba tenerlo a su lado hasta rastrear el dinero y asegurarse que su vida no corriera peligro; luego, lo ayudaría a recordar quién era.

Comenzaron a comer. No era tan exquisito como lo que cocinaba Milk, pero era agradable al paladar. Minutos después, regresaron dos meseros junto con una tercera mujer. Los jóvenes dejaron en la mesa dos bandejas con lo que parecían tragos tropicales, los mismos que bebían los padres de Bulma cuando salían de vacaciones a playas paradisíacas.

Bulma se apresuró en hablar en otro idioma para decirle a la mujer que ella no había pedido ordenado las bebidas, pero le costaba encontrar las palabras adecuadas, y además, uno de los meseros le puso un hermoso collar de flores alrededor del cuello. El otro mesero intentó hacer lo mismo con Vegeta, pero se detuvo al ver la cara de pocos amigos que le puso.

Vegeta entendía menos lo que sucedía y dejó de comer para ver a Bulma conversar con la mujer. Vio sus mejillas sonrojarse e hacer gestos con las manos de forma negativa.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó con el ceño fruncido.

Antes que Bulma respondiera, las personas se alejaron de la mesa y volvieron a sus deberes.

—No entendí todo, pero tenemos bebidas gratis —dijo mirando las cuatro copas gigantes que dejaron al centro de la mesa—. Pensaron que eramos recien casados y estábamos de luna de miel, por eso obsequiaron las flores y el alcohol.

Vegeta tomó una de las copas y bebió directo de ésta. Bulma hizo lo mismo, pero usó la bombilla para probarlo. No mencionó el resto de la conversación, donde la mujer le mencionó la hermosa pareja que hacían y los preciosos hijos que tendrían.

—¿Luna de miel? ¿Qué es eso?

—Luego de que una pareja se casa se van de vacaciones a pasear y tener sexo. —Dio un sorbo grande a su bebida. Era muy dulce y casi no se sentía el ardor del alcohol hasta después de haber tragado.

—Pueden realizar esas actividades sin casarse ¿Para qué el ritual de unión?

—Porque la algunas personas son románticas y estúpidas. —Le quitó la pajilla para beber directo de la gran copa.

Cuatro copas regaladas y otras dos más compradas después, se marcharon para continuar con las entregas.

Afortunadamente para Bulma, encontraron una explanada donde poder desencapsular la nave. Debió hacerlo con cuidado para no dañar las viviendas y plantación de verduras que tenía al lado, pero era una experta pilota y el viento de los propulsores sólo derribaron un tendedero con ropa y asustó algunos pollos azules que picoteaban el suelo en busca de granos y gusanos.

Entregaron un motojet de niño, cuatro filtros de aire, un pequeño robot de limpieza antes de abandonar el planeta por los últimos dos encargos.

El siguiente destino no era en un planeta, sino una roca flotante y gigante de 10 de kilómetros que cortaron y nivelaron para tener una gasolinera en medio del espacio. Tenía capacidad para miles de naves, camiones aéreos, tiendas de comida. Los que pasaban por ahí podían encontrar comida, combustible, hospedaje a una módica suma y tambíen lo que necesitasen para reparar sus naves.

Por supuesto no hubo problema alguno para encontrar estacionamiento. Lo hicieron a pocos metros del taller mecánico donde entregarían el penúltimo pedido del día antes de volver a casa. Antes de entrar, Bulma desencapsuló el monstruoso motor de camión sólo para que Vegeta lo cargara y así llamar la atención. Estaba segura que si llevaba un hombre fuerte e intimidante le pagarían enseguida y no intentarían estafar como tantas otras veces le sucedió por el sólo hecho de ser mujer.

Vegeta siguió a Bulma con el motor de camión sobre el hombro hasta el interior del taller, dentro, unos diez hombres pertenecientes a diferentes razas trabajaban con máquinas pesadas. Todos tenía en común los músculos exagerados y los overoles azul manchados de aceite de motor.

Vegeta dejó el motor sin problema junto una pequeña grúa. No tardó llamar la atención de los trabajadores, ya que no cualquiera podía cargar sobre el hombro un motor de ciento cincuenta kilos. Se cruzó de brazos y aguardó mientras Bulma ingresaba a la oficina del dueño del taller. El pequeño cubículo que pretendía ser una oficina tenía ventanas sin vidrio, por lo que se podía ver y escuchar perfectamente bien. La vio conversar con el tipo, un gordo asqueroso y grasiento que fumaba un puro mal oliente, y entonces decidió prestar atención a otro lado, de lo contrario vomitaría a causa de la peste.

—Tardaste mucho —exclamó el tipo, preocupado de sus papeles, todos sucios por el aceite que sudaba su piel.

—Dije que tardaría un poco más. No era algo fácil, y lo sabías —respondió Bulma con la misma actitud poco amistosa. Debía ponerse firme con los que trataban pasarse de listos, especialmente al ver a una mujer sola trabajando en el mundo de los hombres—. Aquí puedes ver lo que gasté y el detalle de los productos. Al final está el total. —Extendió la pantalla digital para que verificará los datos, pero la gordo ni siquiera hizo el intento de mirar.

—Sé que eres buena, por eso te llamé, pero no pagaré más de trescientos. Tardaste más de lo acordado y ya perdí el comprador. Es tu culpa.

—¡Sabes bien que no tardé mucho tiempo! ¡Cualquier otro se hubiera necesitado el doble de tiempo o más! ¡Así que más te vale pagarme lo que es justo! —En realidad había tardado mucho menos, pero por culpa de la llegada de su visitante inesperado, dejó todo tirado y se atrasó en las entregas.

Vegeta regresó su atención a la oficina cuando escuchó gritar a Bulma. No se movió, pero no le quitó la vista de encima.

—Trescientos cincuenta y nada más! —Lanzó el dinero en la mesa. Bulma puso cara de asco al verlo envuelto de baba verdosa—. ¡Ahora vete de aquí!

—¡Perfecto! ¡Me voy, pero me llevo el motor! ¡En esta misma roca inmunda encontraré un comprador que me de el doble por él!

—¡No lo vas a mover de aquí! —gritó molesto y se puso de pie para intimidarla con su tamaño.

—¡Mírame hacerlo!

Se dio la media vuelta para marcharse, pero el tipo se estiró por sobre el escritorio para atrapar su muñeca. Bulma casi no alcanzó a gritar de susto y dolor cuando ejercieron presión y Vegeta ya había entrado al pequeño cuarto para tirar al tipo al suelo con un sólo y simple golpe de puño en medio de la cara.

Inmediatamente llegaron los trabajadores del taller, quienes al ver a Vegeta caminar a paso rápido hacia la oficina, supieron que habría problemas.

—¡No dejen que se vayan! —gritó el obeso que continuaba en el suelo con las manos en la nariz, intentando detener la hemorragia, pero era imposible.

Sólo había una angosta salida de la oficina y ahora el paso era bloqueado por gigantes musculosos. Sin pensarlo, Bulma se puso detrás de Argon, asustada de lo que pudiese ocurrir.

—No pelees con ellos, por favor —gimió contra sus espalda. Ya se había dado cuenta lo fuerte que era, pero estaba segura que no podría con tantos gorilas, de lo contrario lo habría alentado para darles una paliza.

—¿Cuánto te debe? —preguntó Vegeta a Bulma mientras inspeccionaba los posibles rivales.

—Ochocientos —respondió temerosa.

Vegeta miró a grupo de hombres y luego al que estaba en el suelo y su instinto mandó. Con suma facilidad recogió al gordo y lo regresó al suelo con otro golpe de puño.

Bulma se tapó la cara al ver tanta sangre y un par de dientes que salieron volando. Era una escena asquerosa.

—¿Dónde está el dinero? —preguntó autoritario y con voz ronca. No esperó respuesta y se giró un poco para mirar a los empleados que obviamente tratarían ayudar a su jefe—. ¡Si se acercan le rompo el cuello! —amenazó con una sonrisa de lado y ojos desquiciados.

Los tipos desistieron de entrar y se quedaron en su lugar, con las manos en alto, demostrando que no tenían intenciones de pelear. Bulma se arrinconó contra la pared, más asustada de Argon que de los otros.

Vegeta regresó con el gordo. Lo pateó en el abdomen para luego volver a repetir la pregunta y pese a que obtuvo respuesta lo golpeó una vez más. No supo qué sucedió en su interior, pero por alguna razón le gustó, le agradó demasiado golpear al hombre. Sintió que algo de él se activaba gracias a la violencia y la sangre que ahora empapaba su puño derecho.

El tipo gritó nuevamente la ubicación del dinero y casi lloró al ver la cara de su verdugo. Cerró los ojos aterrado cuando vio otro golpe venir, pero nada sucedió.

—¡Es suficiente, Argon! —gritó Bulma y corrió a su lado para impedir que cometiera un asesinato. Puso una mano en su hombro, asustada, esperando a verlo tranquilizarse. Se relajó un poco al verlo volver a la normalidad.

—Ve por tu dinero —le dijo con voz calmada, como si no hubiera casi matado un hombre a golpes.

Bulma corrió y abrió el último cajón del escritorio. Había mucho efectivo, más de lo que le adeudaban.

—Sácalo todo —ordenó Vegeta.

Bulma dudó un segundo, pero luego reaccionó y aceptó la propuesta. Después de todo la habían hecho pasar un mal rato gratuito y necesitaba el efectivo.

—Y no se les ocurra buscarme, o ya sabrán con quién se meteran —exclamó llena de valor cuando pasó por la abertura que le hicieron los hombros cuando le abrieron camino. Vegeta la siguió dos pasos atrás.

Más tarde la joven olvidaría cómo fue que llegó a la nave y cuando se alejaron de la estación de servicio. Era demasiado el susto y la adrenalina que sintió en ese momento.

—Nos vamos a casa —dijo sin mirarlo. No quería ver la sangre en su mano.

—Falta una entrega —comentó Vegeta, tranquilo. Curioso miraba su mano derecha bañada en sangre. Era agradable.

—No importa, quiero ir a casa. Quiero ducharme y tú debes cambiar las vendas. —Fueron las únicas excusas que encontró—. Se te soltaron y así nunca sanarás…

Vegeta se movió un poco en su asiento de copiloto para poder mirarla. No entendía porqué estaba tan agitada y en cambio, él completamente relajado. ¿Estaría él actuando mal? Sentía que no.

—No puedes golpear así a la gente —dijo exaltada, pero pronto se corrigió, ya que lo necesitaba de guardaespaldas—. Bueno, sí, puedes golpear cuando es necesario, pero no en ese extremo. Si ves que el tipo ya está indefenso en el suelo no es necesario seguir agrediendo.

—¿Por qué no? —preguntó con tono de protesta.

—¡Dios! —exclamó mirando hacia arriba y apretando el volante con ambas manos—. No puedo creer que deba explicarte esto. —Se dirigió a él—. Porque simplemente está mal, no puedes ir matando gente por muy asquerosa, desagradable y cebosa que sea. Está mal, punto.

Vegeta se cruzó de brazos y fijó la atención hacia el frente. No podía estar mal algo que se sintió tan bien. Estaba seguro que se debía a algo importante de su vida y ella lo quería reprimir.

Bulma se concentró en pilotear. Las manos le tiritaban ligeramente y debió relajar un poco el agarre del volante para calmarse. Aún estaba asustada, no era una persona que estuviera acostumbrada a la violencia. Ya la había vivido cuando atacaron su planeta y era algo que le ponía los nervios de punta, especialmente la sangre.

—¿No vas a lavarte las manos? —preguntó molesta.

—¿Qué dices? —La miró sin entender.

—¡Qué vayas a lavarte las manos! ¡Vas a dejar todo lleno de sangre!

Luego de una mueca de disgusto, el hombre se levantó y fue al cuarto de atrás para limpiarse.

Bulma se concentró en conducir a toda velocidad para llegar a casa. Quería ducharse, concentrarse en el trabajo y olvidarse que acababa de robar y casi fue cómplice de un crimen. ¡Vaya compañero de trabajo y guardaespaldas se había conseguido! Al final del día le traería más problemas que ayuda.


Salió del baño, duchada y vestida. Era más cómodo vestirse en el baño que pasearse desnuda por su habitación con su compañero de cuarto rondando por los alrededores. No se secó el pelo, hacía calor y necesitaba estar despierta toda la noche para trabajar, le haría bien sentirse fresca.

Se sentó en el sofá y aprovechó el momento de soledad para cerrar los ojos e intentar relajarse un momento para ir a trabajar, pero no pudo, el dolor en la muñeca molestaba demasiado. Ese tipo asqueroso le había hecho daño, pero con la exaltación del momento no se dio cuenta, hasta ahora que las revoluciones había bajado y el dolor incrementado.

—Estupido viejo asqueroso —reclamó mientras se miraba la muñeca. Los dedos del hombre habían quedado marcados en su piel con tonos rojizos y morados.

—No es nada —comentó Vegeta cuando entró al cuarto y la vio examinando su muñeca.

Bulma lo miró y frunció el ceño.

—Qué sabes tú. Me duele. No estoy acostumbrada a estas cosas.

Sin preguntarle se sentó a su lado y tomó su mano para revisarla. Pasó un par de dedos por sus huesos, delineandolos, concentrado. Bulma aprovechó el momento para mirar su rostro.

—Te dije que no era nada. Sólo te apretó, no tienes nada grave. Sólo debes aplicar hielo para que no se hinche más.

—¿Y cómo estás tan seguro? ¿Y qué se supone que haces?

No le respondió enseguida, ya que mentalmente también se hizo esa pregunta.

—No sé, dímelo tú. —La miró a los ojos, serio.

—No lo sé —respondió nerviosa. Con esos ojos penetrantes sentía que sospechaba de ella, que ya había recordado algo y la estaba poniendo a prueba—. Había muchas cosas que no conocía de ti. Pero asumo que si tienes tan buen cuerpo es porque lo trabajas y también sabes algo de anatomía. No me extrañaría que cuando no trabajabas para mí te dedicabas a agredir gente por dinero.

—Eso suena interesante —comentó con una sonrisa, aún con la mano de la chica en la suya.

Bulma levantó una ceja ante su respuesta y de pronto sintió unas ganas insoportables de besarlo, sentarse en sus piernas y aprovechar ese sofá para comerle la boca, quitarle la ropa y dejarse llevar, pero en lugar de eso, quitó su mano y se puso de pie.

—Voy a trabajar. Mañana continuaremos con las entregas. No olvides cambiarte las vendas y tomar los remedios. En la cocina hay comida, no la comas todas, es para un par de días. —No esperó respuesta, se dio la media vuelta y marchó a la terraza para trabajar

De haberse quedado un poco más en la habitación lo hubiera besado y terminado de perder el control. Le gustaba, se sentía atraída hacia ese hombre del que no conocía nada, salvo lo que había inventado para engañarlo. Y por esa misma razón no podía ser tan tonta e irracional. Era violento, al punto de no alterarse un poco después de agredir brutalmente a un hombre y lo peor de todo es que lo había disfrutado, pudo verlo en su rostro. No podía involucrarse con un hombre que disfrutaba de la sangre y la inducía al robo. Sería un error demasiado grande, además, eventualmente recuperaría la memoria y sería todo más complicado de explicar.

Para intentar despejarse se dedicó a trabajar y adelantar trabajo. Acompañó la faena con cigarros y una botella de vino que terminó por subirsele a la cabeza. En más de una oportunidad buscó en su mini computador imágenes de asesinos y ladrones buscados por la policía, pero nunca apareció su rostro, ni siquiera nadie parecido y eso la tranquilizó un poco. Su computador principal aún no estaba listo, pero en cuanto funcionara investigaría a profundidad si es que encontraba algo de Argon. Como su nombre real, por ejemplo.

Apagó el último cigarro y tomó su copa de vino. No quiso ver la hora, pero sabía que era tarde, era hora de ir a dormir. Bajó al segundo piso y entró a su habitación en penumbras. No pudo ver nada, pero supo enseguida que el sofá estaba desocupado, esperando por ella. Qué poco atento y caballeroso. Por mucho menos había terminado con un par de novios.

A oscuras avanzó y chocó en más de una ocasión con los muebles y pared. Estaba un poco ebria y necesitaba prender la lámpara del velador para buscar el pijama. Acercó la mano hasta el interruptor, mientras terminaba de beber el vino y cuando se hizo la luz y pudo ver la cama ocupada por su huésped, dejó escapar un grito al mismo tiempo que la copa cayó al suelo.

—¡¿Qué carajo?! —exclamó.

En ese mismo momento, Vegeta que dormía y levitaba unos treinta centímetros sobre la cama, despertó y cayó como un bulto a los pies de Bulma. La joven se hizo hacia atrás y encendió la luz para poder mirar mejor.

—¡¿Por qué demonios gritas?! —preguntó de mal humor, sentado en el suelo. Le dolía la cabeza y no sabía si era desde antes de despertar o por culpa de Bulma.

—¡Estabas… estabas! —La conmoción pasó a enojo cuando notó que estaba desnudo— ¡¿Podrías por favor usar ropa?! —Tomó su cobertor del sofá y se lo arrojó de mala manera.

Vegeta ignoró el cobertor y se puso de pie.

—¡¿Por qué gritaste?! ¡¿Qué pasó?!

—¡No sé! ¡Entré y te vi acostado, pero no tocabas la cama! —Se tomó un segundo para procesar lo que creyó haber visto.

—¿No tocaba la cama? —repitió sin entender, pero pronto distinguió el olor del vino en su boca y el cigarro en todo su cuerpo—. Estás ebria.

—¡Solamente bebí un par de copas! —mintió.

—Y dices que estaba volando.

—¡No dije eso! —exclamó molesta—. Dije que estabas levitando sobre la cama, entonces grité y caiste al suelo.

Vegeta se cruzó de brazos y la miró a los ojos. Tenía las mejillas rojas, su hablar no era del todo claro y olía como si hubiese bebido más de dos copas de vino, al menos así lo percibía.

—Estás ebria, ve a dormir. —Apagó la luz del velador, volvió a la cama y pese al calor se tapó hasta la cintura para no escuchar más gritos.

Bulma se sentó en el sofá y lo observó. Frotó sus ojos con fuerza, tenía mucho sueño y la visión borrosa por culpa del alcohol. Definitivamente había sido un engaño de su cerebro agotado y ebrio.

Decidió apagar la luz y ponerse a dormir. Ni siquiera recordó en reclamarle la cama.


Continuará


Y casi después de un año estoy aquí. Ando mala para notas de autor, así que no las aburriré con las razones de mi ausencia. Simplemente agradeceré a la que aún recuerda este fic y a quien se tome el tiempo de dejar rw.

Dev.

4/07/2018