CAPÍTULO 07
—¿Te duele?
Estábamos apoyadas contra una pared cubierta por un elaborado mosaico de azulejos blancos y azules, esperando a que uno de los cubículos quedara libre. «¿Que si me duele verla con Michael? ¿O si tengo tantas ganas de mear que me duele?» Ella me miraba esperando una respuesta, y yo no tenía ni idea de adonde quería ir a parar.
—La cara —añadió, señalándome la frente con dos dedos, como si me estuviera indicando la salida de emergencia más cercana—. La tienes toda roja menos en el medio.
Oh Dios, por un maravilloso momento me había olvidado de mi cara. Me incliné hacia el espejo buscando la confirmación a mi desgracia. La frente, la nariz, la barbilla y las mejillas se estaban metamorfoseando hacia un color burdeos intenso, mientras que la zona de alrededor de los ojos era del beige pálido habitual, excepto en las partes donde Mark había pintado una gruesa raya negra con el perfilador. Me acerqué aún más al espejo, tocándome con cuidado la mejilla con un dedo. La tenía caliente. Y yo parecía un negativo de un mapache.
—Hum, pasa tú primero —le dije, señalando el cubículo que acababa de quedar vacío. Aunque apenas podía aguantarme las ganas de hacer pipí, si la dejaba entrar a ella, antes se iría, y entonces tal vez tuviese un momento de tranquilidad, en soledad conmigo misma, antes de verme obligada a regresar al más absoluto caos.
Pero cuando acabé, la chica seguía donde la había dejado, esperándome. Y como nunca se me han dado demasiado bien los silencios incómodos, pregunté:
—¿Y cuánto tiempo hace que tienes base en Nueva York? —Accioné el dispensador de jabón varias veces y dejé que las manos se me llenasen del espeso líquido rosa, mientras conscientemente evitaba mirar mi reflejo.
—Ah, no. Mi base está en Dallas, pero mañana tengo una audición en Manhattan, así que he venido en ese vuelo. Aunque por lo visto no voy a llegar a tiempo —respondió, sonriendo y encogiéndose de hombros como si no tuviese importancia.
Claro, ahora que había conocido a míster Perfecto, ya no tendría que preocuparse de detalles insignificantes, como pagar las facturas o ser famosa.
—¿Qué tipo de audición? —pregunté, examinándola a través del espejo, mientras ella se mordía las cutículas. Era alta, delgada, rubia, tenía los ojos azules, la nariz delicada y unos dientes perfectos; parecía salida de un reality de la tele. Tema esa especie de aspecto agradable y homogéneo en el que se especializan en ese tipo de programas. Me resultaba familiar, aunque bien podía ser por esa especie de uniformidad, o tal vez por saludar a cientos de desconocidos cada día durante los últimos seis años hacía que todo el mundo me resultara familiar.
—Pues iba a presentarme para un papel en «Ley y orden» —contestó—. Es la segunda vez que me llaman. ¿«Ley y orden»? ¡Me encanta esa serie!
—¿En cuál? —pregunté, mientras cogía tres piezas de papel del dispensador y me secaba las manos.
—«Acción criminal». —Se encogió de hombros.
«Vaya, justo la que menos me gusta. Me lo imaginaba.»
—¿Así que eres actriz? —inquirí, preguntándome interiormente qué edad tendría. Y preguntándome también interiormente cuánto tiempo llevaría Michael tratando de conseguir algo mejor que yo. Preguntándome asimismo interiormente si Michael le habría hablado de mí.
—Bueno, sí, he hecho algunos anuncios, campañas para prensa, alguna representación fuera del circuito de Broadway. Pero seguramente te sueno del vídeo de seguridad —respondió, desenroscando el tapón de su brillo con sabor a frutas y aplicándoselo en los labios.
La miré mientras lo guardaba de nuevo en el bolso y se pasaba los dedos por el pelo, rubio y brillante, la luz fluorescente del lavabo reflejándose en él como en uno de esos anuncios de Pantene, y me dije «¿Es la chica del vídeo de seguridad? ¿El mismo vídeo que llevo ignorando toda mi carrera? ¿El vídeo durante el cual algunos pasajeros dicen cosas como "Tío, mira qué buena está" y luego añaden algún comentario grosero cuando la chica enseña cómo se debe inflar manualmente el chaleco salvavidas?».
¿Ella es esa chica?
¿Y ahora Michael salía con ella?
—Esto, odio decírtelo, pero te está saliendo una ampolla en el labio inferior —dijo, señalando mi boca con dos dedos y mirándome con un cierto aire compasivo.
Pero yo no estaba dispuesta a comprobar en el espejo si era cierto o no. Ya era suficientemente malo estar quemada por el sol, hinchada y además sola, con un pelo peor de lo habitual, mientras Michael salía con el sueño erótico de las demostraciones de seguridad. No necesitaba añadir un labio lleno de ampollas al conjunto.
—Por cierto, soy Jessica. ¿Cómo me has dicho que te llamas? —preguntó, saliendo delante de mí.
La seguí, observando su perfecta talla treinta y seis, sus fantásticas sandalias de cuña, su precioso vestido Juicy Couture y su brillante melena, y me sentí como una ama de casa gorda y fea en comparación con ella. Así que, sintiéndolo mucho, prefería 5o formar parte de ninguna historia que Michael pueda contarle algún día acerca de su ex novia psicópata.
—Me llamo Nicole —mentí, siguiéndola de vuelta a la mesa.
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En cuanto Michael nos vio aparecer, dio un salto de su silla, retiró la de Jessicay permaneció de pie hasta que las dos estuvimos sentadas.
«Madre mía. —Puse los ojos en blanco—. Recuerdo cuando hacía eso conmigo en nuestros primeros meses juntos. No le durará mucho», pensé, mientras él pasaba un brazo alrededor de los hombros de Jessica, delgados aunque tonificados, morenos sin llegar a estar quemados.
—Estaba a punto de mandar una expedición de búsqueda —dijo, mirándome primero a mí y luego a ella, y sonriendo nervioso.
Humor de pilotos. Puse los ojos en blanco otra vez y disimulé un bostezo.
—Nicole y yo estábamos hablando —respondió la chica inclinándose hacia Michael y acariciándole el antebrazo con los mismos dos dedos que utilizaba para señalar quemaduras, ampollas, mascarillas de oxígeno y salidas de emergencia.
—¿Nicole? ¿Quién es Nicole? —preguntó Michael, evidentemente confundido y mirando primero a Jessica y luego a y viceversa.
Mierda. Supongo que no lo había meditado lo suficiente, y ahora Jessica me miraba con una extraña expresión en el rostro. Pero justo cuando se disponía a levantar sus dos dedos para señalarme, llegó el camarero para anotar el pedido de la cena.
Estábamos justo acabando los postres cuando Richard regresó del servicio y dijo:
—El huracán ha tocado tierra al oeste de Los Cayos.
—¿Y eso es malo? —preguntó Jack.
—Lo último que he oído es que ha bajado a la categoría uno, pero aun así puede hacer mucho daño —respondió el otro. Luego tomó su copa de vino y apuró el resto del contenido.
—Genial, ahora me siento culpable. Llevo desde ayer, cuando me asignaron este vuelo, deseando que haya una tormenta —comentó Jennifer sacudiendo la cabeza—. Dios, espero que nadie resulte herido.
Todos estuvieron de acuerdo con ella, y expresaron sus buenos sentimientos hacia las buenas gentes de Florida. Sólo Mark y yo nos limitamos a mirarnos y encogernos de hombros. No es que fuésemos unos insensibles. Éramos más bien como el resto de auxiliares de vuelo, siempre deseando ventiscas, tornados, nieblas, lluvias o cualquier otro tipo de desastre natural que pudiese suponer la cancelación del viaje. Y cuando el día era perfectamente soleado, entonces rogábamos para que el avión funcionase mal o se le rompiese alguna pieza (siempre en el suelo, nunca en pleno vuelo). Lo que quiero decir es que, básicamente, éramos un grupo de viajeros profesionales que nunca querían viajar a ninguna parte a menos que fuese ocupando un asiento de pasajero y en dirección a a) casa, o b) unas merecidas vacaciones. En esas ocasiones, exigíamos que todo funcionase correctamente y que el vuelo saliese y llegase a su hora.
—Hablando de huracanes, ¿qué le dice el huracán a la palmera? —preguntó Michael mirando alrededor de la mesa con las comisuras de los labios ligeramente levantadas, listo para contar el final de un chiste que sólo él conocía.
«Allá vamos. —Me encogí en mi silla, muerta de la vergüenza—. Un par de copas de vino y se cree Seinfield.» Sacudí la cabeza y esperé la respuesta, que sin duda sería digna de las afirmaciones más sombrías de la política sobre acoso sexual de Atlas. «Esto es lo que mis amigos debían de sentir cada vez que comíamos o salíamos a tomar una copa con ellos. ¿Por qué no pude ver entonces lo que ahora me resulta tan evidente?»
—¡Me rindo! ¿Qué le dice? —gritó Jessica, cogiéndole una mano y mordiéndole los nudillos.
Michael se detuvo y miró alrededor de la mesa, asegurándose de que tenía la atención de todos los presentes.
—¡Sujétate los cocos, que te voy a soplar la flauta ! —dijo finalmente, explotando de risa.
Vale, no sólo no tuvo gracia, sino que además el acento caribeño con que lo dijo acabó de rematarlo. Pero ¿creéis que eso evitó que todos se riesen? Ni de coña. Y eso porque:
A. El resto de los pilotos creyeron realmente que era gracioso.
B. Acababan de repartir las nóminas, y todos querían la suya firmada.
Vale, pues yo tenía mi propia Visa Atlas, además de suficiente ron en las venas como para mirarlo a los ojos y decir:
—No lo pillo.
Todos se volvieron hacia mí y me miraron fijamente. Algunos rieron, la mayoría sintieron curiosidad, pero tanto Michael como Mark parecían nerviosos.
—No es más que un chiste malo. —Michael se encogió de hombros, bajó la mirada hasta la mesa y recorrió el perfil de su copa de vino con los dedos. Parecía más y más incómodo por momentos.
«Yo te enseñaré lo que es la incomodidad», pensé, entornando los ojos y obcecada por mi sed de venganza. Es decir, si él era tan valiente como para contar un chiste de mamadas en mi presencia, tal vez yo debiera contar otro chiste sobre mamadas que sucedió ante mis ojos. Y no tenía la menor duda de que el mío lo recordarían durante mucho tiempo.
—Quiero decir que, bueno, ¿qué es en realidad soplar una flauta, eh, Michael? —Me recosté sobre el respaldo de la silla y crucé los brazos por encima del pecho. «¡Ja! ¡A ver cómo te libras de ésta, míster piloto-de-aviación, acompañante-de-animadoras-juveniles, entendido-en-vinos-compulsivo y cuentachistes!»
Mark deslizó su mano izquierda por debajo de la mesa y me apretó la pierna hasta que me sentí como si me hubiesen hecho un torniquete en ella. Y aunque yo seguía mirando a Michael esperando pacientemente una respuesta, la incomodidad y la vergüenza ajena que se desprendía del resto de los asistentes era palpable.
Eché un vistazo en dirección a Jessica, que me miraba como dolida, luego hacia Mark, que me rogaba en silencio que me detuviera, y por fin hacia Jennifer, que sacudía ligeramente la cabeza. Cuando volví a centrarme en Michael, no sólo estaba perdiendo fuelle, sino que además empezaba a sentirme un poco avergonzado, insegura y triste.
Quiero decir que, al fin y al cabo, ¿qué demonios estaba haciendo? Todos intentábamos disfrutar de una agradable cena en Puerto Rico, y con un único comentario yo había convertido la velada en mi vendetta particular.
Vale, pillé a Michael con un hombre y eso me rompió el corazón. De todas formas, ¿en serio quería casarme con él? Porque los retortijones de estómago, siempre presentes, y las náuseas que acompañaban toda posibilidad matrimonial en mi cabeza me decían más bien lo contrario.
Era como si, tal vez de una forma algo peculiar, Michael me hubiese hecho un favor, me hubiese obligado a abandonar mi mundo, acomodado y complaciente, para enfrentarme al resto de mi vida. Porque, aunque odiara admitirlo, si él no me hubiese empujado a un callejón sin salida, aún estaría sentada a la orilla del mar, metiendo uno o dos dedos y convenciéndome a mí misma de que, bueno, el agua tampoco parecía algo tan refrescante.
Además, ¿no había estado junto a Mark cuando, cinco años atrás, había confesado su homosexualidad a su familia? ¿No le había dado todo mi apoyo cuando, durante un largo año y medio, se negaron a responder a sus llamadas? ¿Y no había sido testigo de primera mano del dolor que todo ello le había causado a mi amigo? ¿Cómo podía ser ahora tan machista? ¿Tan vengativa?
Sí, Michael me había hecho daño engañándome y diciéndome que era demasiado vieja para que se casara conmigo, pero el caso era que yo lo estaba superando, mientras que él estaba obligado a demostrar su masculinidad puesta en entredicho saliendo con animadoras, fundiéndose la Visa y comportándose como un universitario alterado de treinta y ocho años.
Era como si yo hubiese esquivado una bala. Pero ahora tenía que encontrar la manera de arreglarlo. Quiero decir que todos me estaban mirando, Mark me estaba cortando la circulación de la pierna inexorablemente y Michael acariciaba su copa sin apartar los ojos de ella. Y puesto que aquella situación era culpa mía, supe que era yo quien debía resolverla. Y rápido.
—Y ¿sabéis por qué las mujeres fingen los orgasmos? —pregunté, mirando directamente a Michael y deseando con todas mis fuerzas que me devolviese la mirada y se diese cuenta de que no iba hacia donde él seguramente imaginaba. Que no iba a descubrir su secreto. Que yo no era tan vil como él creía.
Y cuando finalmente levantó la cabeza, sus ojos azules se posaron en los míos.
—Sí, porque los hombres fingen los preliminares —respondió sonriendo al robarme el final del chiste.
