"Réquiem de una Banshea"
Por: Galdor Ciryatan
CAPÍTULO 7.- Cambios de residencia
— ¿Me reasignarás allá, con esa chica? ¿Tan importante la consideras? — preguntó Billy. En verdad la idea de empacar y viajar al otro lado del país no le molestaba; tenía una bonita casa en Wisconsin aunque no la usaba y estaba habituado a moverse siempre de lugar. Lo que le causaba extrañeza era el hecho de que Kyle no estaría ahí… Tantos meses viajando donde él, residiendo juntos, moviéndose con él… Y no es que pensara que su trabajo como su guardaespaldas fuese eterno, pero uno solía ver venir cosas así. La sorpresa acababa de atraparlo, situación extraña.
— Tanto así como para ir yo mismo— le respondió Kyle.
Parecía que la señora Sorpresa deseaba un pedazo de Billy Coen…y lo estaba consiguiendo.
— Con ella empezó esta guerra— prosiguió el hombre de traje y corbata— y nos ayudará a acabarla.
— No entiendo en qué podría ayudar. Sólo lo empeorará todo.
— Te equivocas.
Y una vez más, Kyle se dispuso a explicar sin rodeos.
.-.-.-. Delphi, sótano 8 .-.-.-.
— No te asomes— pidió el rubio— que te van a ver.
— Espera… Lo conozco, recuerdo su rostro.
Con paciencia Leon se puso de pie y se asomó también por la ventanilla de la puerta. Afuera, dos hombres hablaban en el pasillo sin percatarse de que eran observados.
— Sólo es un laboratorista— le respondió Kennedy.
— Pero yo lo recuerdo— recalcó la albina.
"Recuerdas mucho" pensó él y al mismo tiempo se preguntó qué tan cruel sería el martirio de tener una memoria como la de ella… Poder recordar nombres y lugares con exactitud, pocas veces olvidar algo, tener presente cada detalle de determinados sucesos, ser incapaz de deshacer pensamientos o rostros, verse acosado por memorias pasadas… Qué tan agobiante sería.
— Siéntate— le pidió Kennedy para alejarla de la ventanilla y ella obedeció; lo sintió como una orden y su inconsciente la obligaba a no discutirle la cuestión, además, ya había reconocido a cuatro personas con las que casi no tuvo relación en Delphi y eso no la animaba mucho.
— ¿Dónde está Steve…Claire, Mark… German…Chris, Taylor?
Esos eran los rostros que deseaba ver…
reconocer
¡Inclusive los de Taylor o German! Aunque la hubieran torturado con agujas y preguntas necias.
— Aquí sólo hay hombres de bata blanca— replicó decepcionada y, dado que nunca había llevado buena relación con ninguno de estos (por su fácil acceso a jeringas y drogas), también mareada.
— No es hora para que estén aquí. Sólo debe haber personal en tercer turno.
La explicación no evitó que la albina soltara un suspiro melancólico y lleno de decepción, pero logró que se apartara de la ventanilla y fuera a sentarse en el piso, junto al sillón donde Leon se encontraba.
— Y al parecer, nos está yendo bien— convino la Garou con gesto ausente. A decir verdad, le sorprendió bastante la respuesta de la cabeza de Delphi, por más escueta que fuere; incluso la sorpresa llegó a emparejar a la dicha y, finalmente, rebasarla. ¿Quién lo hubiera imaginado? ¡Que les iban a tender la mano, que les estaban preparando una habitación en los sótanos, que quedaron de protegerla de Acteck sin pedir nada a cambio, que no le reprocharían por nada del ayer, que sería libre tanto como ella decidiera, que gozaría de todos los beneficios sin tener que pagar, que la ayudarían!... ¡Qué ilusa!
Si albergara la misma desconfianza de antaño hacia los humano o tuviera a Samara cerca para reprocharle, se hubiera cuestionado seriamente la facilidad al obtener aquel favor, sin embargo, ahora sólo podía pensar en la habitación limpia que estarían preparándole, en comer algo y en Kennedy.
Samara y la bebé, guerra, grifos, hadas y anfisbenas, soldados de Gaia o hechiceras crueles… Todo era empujado un escalón abajo en la jerarquía de lo Importante. Incluso la bebé, aquella criatura sin nombre que no fue consultada en el hecho de venir al mundo, pasaba a un término más bajo.
La mestiza quería darse el lujo de un poco de egoísmo, quería una cama que fuese diferente al duro suelo, dejar caer en su estómago una cosa distinta a agua de charco y tener una compañía que no fuese la fantasmagórica seriedad de Samara o los incongruentes balbuceos del bebé. Si obtenía eso, en esa noche, y no se preocupaba por el resto del mundo y su rotar, nada pasaría, nada se detendría. Al fin y al cabo el mundo no solía preocuparse por ella, no le daba un respiro en sus constante girar y no se detenía para permitirle a ella ponerse de pie.
"Ojo por ojo…".
Esa noche Ilúvënis no se preocuparía por el mundo…aunque una parte de él la llorara.
.-. POV .-.
(N. de A: Otro POV 'anónimo').
Supuse que había tocado fondo o estaba por hacerlo… Si Ebre podía llegar a su destino yo podía apoyar mis patas cansadas en el fondo de la desolación y saber que mientras ella estaba construyendo algo grande y sólido…yo lo había perdido todo. Me di cuenta mientras olisqueaba los basureros de la ciudad, repletos de basura humana; y tiempo atrás, desde el momento en que comencé a seguirla para protegerla…
Y si no lo había querido reconocer hasta entonces era porque mi ego no lo permitía. Era un mecanismo de defensa, llámese como sea, que me daba la convicción de que podía seguir adelante y seguir siendo yo mismo sin dejar mis pedazos en el camino. Y hasta entonces había funcionado.
Sin embargo, mi ego parecía estar desinflándose al punto de convertirse en una vaga y despreciable autoestima que dejaba escurrir todo el narcisismo hasta las alcantarillas y se quedaba sólo con la flaca e inestable seguridad.
¿La razón? Incomprensible.
En medio de mi hambre y preocupación no vislumbraba ni el rabo de aquella respuesta.
Continué hurgando la basura y buscando ratas, rogando por que Ebre se encontrara bien en aquel edificio de Delphi. Ya que no tenía oportunidad de entrar, me restaba aguardar afuera.
Un chillido descuidado y una rata pequeña me reveló su ubicación. Me lancé hacia una pila de periódico amontonado en el rincón del callejón y abatí al animal de una mordida.
Me resultaba tan curioso… Cazaba como un lupus en la ciudad. De hecho, los últimos meses había vivido más como un lupus y menos como homínido. Me estaba convirtiendo en un Lobo-Hombre; casi me sentía un Garra Roja y, a la vez, al estar en la ciudad, como un Roehuesos… Pero predominando sobre ambas percepciones como el manto estrellado de la noche sobre el halo de la ciudad, estaba la verdad, la seguridad de que en realidad no me sentía de ninguna tribu…porque no lo era. Ni Garra Roja, ni Roehuesos, ni Fianna, ni Wendigo… Ni nada.
Mi pueblo había sido masacrado y yo no había podido estar ahí para defenderlo. Todo por una orden. Todo por Ebre; sólo porque me fue encomendado…
Desde entonces dejé de tener un hogar y me moví con ella, me hice su sombra, con el más grande de mis pesares, porque jamás nunca aspiré a ser el pedazo de oscuridad de alguien. Sin embargo, hasta que mi encomienda no acabara, no podía yo abandonar. Tendría que hacer cada noche hogar en un callejón, en un rincón frío, tendría que convertir el camino y la oscuridad en mi casa y, sobre todo, residir en el más estricto anonimato.
Con todo, aún me quedaba un poco de orgullo porque nadie me había visto en aquel penoso estado y si en el bosque cae un árbol y no hay nadie ahí para escucharlo, no produce ruido. A mí nadie me había visto, nadie había oído el sonido de este tronco al derrumbarse… Hasta que llegó ella a llenar la oscuridad con su insulsa presencia.
Samara… Esa hada maldita perteneciente a una familia que nos traicionó a mi pueblo, a mi padre y a mí.
— ¿No sientes que te muerdes a ti mismo? — osó preguntar con burla y, luego, una risa contenida flotó en el viento.
Devolví la rata medio engullir y de mis fauces ensangrentadas mis colmillos asomaron. ¡Cómo no la vi venir antes! ¡Cómo no imaginé que la Banshea me encararía tarde o temprano!
— ¡Rata inmunda! ¡Nos estuviste siguiendo a escondidas todo este tiempo! — reclamó Samara. Su voz que bien dominaba en tono y expresividad volvió a flotar por doquier en la oscuridad…porque ella estaba en la oscuridad y yo no podía más que gruñir y estar en guardia… No. También podía reír, burlarme del hecho de que no era ella la rastreadora, la cazadora, la sigilosa, y de que no era yo al que habían seguido sin percatarse. Habría exteriorizado la burla pero los lobos no forman palabras con su lengua y labios.
— ¿Quién habría de pensar— continuó la Banshea— que tanta cobardía se anidaba en ti? ¿Por qué no has muerto con tu pueblo, noble y terco Ahroun, que ahora yace en cenizas?
Algo hizo clic en mí… Un brote de furia.
Samara no era del conocimiento de mi encomienda. No había manera de que supiera qué me condujo en mi actuar los últimos meses…mas eso no aminoraba la ira que me producía su hablar.
— Deberían tus restos estar sepultados en la nieve, Garou, y has de dejarnos en paz porque mi camino y el de Ilúvënis no te conciernen.
Aquella mujer no hablaba con verdad, ni por accidente acertaba, pero mi mejor opción ante el arrebato de furia que crecía era morder la oscuridad y atacar la sombra donde ella se ocultaba… ¿Quién debía ser la rata escurridiza si ahora ella no daba la cara? Por supuesto Samara tenía hondas razones para no exponerse ante mí: La bebé. Yo tenía mi motivación para no tocarle un solo cabello a esa criatura, pero era cuestión que Samara ignoraba...al igual que todo lo demás. Ella no sabía nada.
— Vete ya, Garou, huye como huiste de la destrucción de tu aldea o me comeré tu alma y tu pesar.
Su asfixiante presencia y su apabullante voz se disolvieron en el aire y en la noche, mas la rabia en mi pecho continuó ahí. Ella se marchó y la ira deseó salir en ese momento a perseguirla. Tenerla dentro me volvía loco.
.-. Fin del POV .-.
Un alma acongojada deseó hacerse pedazos en aquel momento, pero el hijo de Gaia que la sustentaba se limitó a destrozar el callejón…y su propio cuerpo.
La rabia es un sentimiento y un instinto que como muchas otras cosas puede voltearse contra uno mismo y, para un soldado de Gaia como aquel Garou, la rabia contra la Banshea era mayor de la que hubiese podido contener. Y ya que soportarla no era opción, sería imperdonable que lo hiciera.
Mientras su pecho se quemaba con la rabia y su cabeza se desconectaba del dolor, el lupus lanzó una mordida fiera al aire. A ésa le siguieron otras más; todas cazaban la nada e iban acompañadas de espasmos en el cuerpo del lobo y baba espesa salpicada en la callejuela. En su mente aquellas dentelladas iban contra la Banshea e infringían un daño que, en la realidad, sólo sufría su propio cuerpo. Se lanzó contra uno de los muros, desesperado por atacar algo con más solidez que el aire y, en su arrebato ciego y febril, consiguió volver a partirse en labio. Pero no lo tomó en consideración; ya no captaba el dolor con tanta furia inundando su sistema… Debía deshacerse de ella.
El lupino molió sus huesos contra la pared, picó sus encías con el metal de los cubos de basura, hirió su propia lengua con las dentelladas rabiosas, desgarró sus músculos entre cada ataque ciego, despellejó su piel contra el pavimento…y liberó su pecho de aquella presión que lo anegaba.
.-.-.-. Delphi .-.-.-.
Le parecía absurdo lo mucho que pueden llegar a extrañarse nimias comodidades (almohada suave, ducha tibia, ropa limpia, comida sabrosa…¡techo!) y lo mucho que puede uno acostumbrarse a ellas. Ilúvënis no se quejaba de estar rodeada de esas pequeñeces, y si había que enfrentar a Acteck o presentar a Samara…eso ya sería mañana. De momento la habitación era su mundo y la puerta el escarpado borde por donde el océano se precipitaba a la nada. Y no le molestaba en absoluto porque la única población de ese mundo eran ella y Leon. Le habría podido parecer ridículo, más que cursi, el pensar de aquella manera en otro tiempo. Con la nieve de Rusia hasta las rodillas, los escombros de su pueblo a sus pies, la cara vuelta hacia un horizonte oscuro…¿cómo imaginarse recostada en una cama limpia, sólo a la luz del televisor, con compañía humana y creerse la visión?
Pero pasaba que, casualmente, aquello ya no eran imaginaciones suyas ni visiones de ningún tipo. Era real, tanto que podía percibir el vago olor del rubio a su lado, oler las sobras de la cena en el comedor, contemplar las sombras esconderse y los colores del cuarto cambiar ante las imágenes de la TV, recargar la cabeza en la almohada y saber que era más que un montón de agujas de pino, sentir sus pies descalzos sobre el cobertor, escuchar la respiración de Leon… Podía hacer todo aquello y lo estaba haciendo.
"Lo he logrado" pensó de súbito ante un dramáticamente revelador anuncio de café que pasaban en la tele "La mayor parte esta hecha. Lo demás…casi vendrá por inercia".
Y en parte tenía razón. Su obstáculo a bordear habían sido sus conflictos internos y sus problemas con el nada despreciable destino. ¿Qué más seguía? ¡Una guerra! ¡Una guerra humana, mundana, efímera!
Por un segundo le dieron ganas de echar a reír —sentía esa guerra casi en el bolsillo— pero se abstuvo a riesgo de parecer desquiciada. En lugar de ello se limitó a sonreír y mirar a Leon. La TV no captaba tanto su atención como Kennedy. Cuando él notó que ella no veía más el televisor se ofreció a apagarlo, pues como buen ejemplar macho de la raza humana se había posesionado del control remoto con anterioridad.
— Apágala— concedió ella y se dispuso a meterse bajo los cobertores no sin antes plantarle un beso breve en la mejilla, uno que despertó más deseo del que hubiera podido satisfacer.
Presto, Kennedy apagó la tele y también se internó en las mantas buscando quizás una continuación de ese beso escueto. Después de todo, se quedaría allí el mismo tiempo que Ilúvënis; por su casa no se preocupaba, un agente de Delphi la vigilaba por si Acteck regresaba. Por ende, tenía más que toda la noche para intentar conseguir un beso decente y tal vez tratar de compensar las noches de aquellos meses fríos que pasó solo.
Leon buscó el cuerpo de la albina y su tibieza en medio de aquel austero cuarto oscuro, tanteando a ciegas con sus manos bajo los cobertores que no estaban dispuestos a darle el tipo de calor que él pedía, y encontró una cintura fina que no rehuyó del contacto de su mano. Con la palma siguió la silueta de la mestiza tendida de lado, dándole la espalda, y reparó satisfactoriamente en que algunas de esas curvas se habían acentuado en los últimos meses perdidos. Se pegó a su cuerpo y la abrazó exigiendo atención, le besó el hombro con un dulce roce de sus labios, hundió el rostro en el hueco de su cuello aspirando hondo su aroma y le murmuró algo al oído… Todo para no recibir gesto alguno a cambio.
Ilúvënis se había quedado dormida casi al instante.
.-. Ilúvënis' POV .-.
Con muchas cosas en la cabeza a la hora de acostarse viene el insomnio, mas yo no me vi afectada por ello. Esa noche no había nada fuera de las paredes del lugar que mereciera un centavo, con lo que abandoné la vigilia al tocar apenas la almohada. Hubiera pensado que no sería tan fácil sumirme en la inconsciencia…y lo hubiera deseado también, porque tuve un sueño como un trago de lejía luego de una cucharada de miel, me provocó harto goce y remordimiento, siendo que no siempre la primera impresión es la que se queda.
En el sueño camino por un largo pasillo. El suelo, las paredes y el techo son de madera vieja y oscura. A mi izquierda hay ventanas sin cortinas cada tantos metros; afuera, cae nieve que golpea los cristales con suavidad y se adhiere en los recovecos en los que puede acurrucarse. Me doy cuenta de que voy descalza y, con todo, no tengo frío. Más bien hay humedad en el aire y casi alcanzo a apreciar un deje salado en el ambiente.
El mar… Tanto lo amo que he llegado a soñar con él. Tal vez no lo veo, pero, lo siento en la piel y lo huelo. La nieve, aún así, no amedrenta la imagen de un azul profundo y arena blanca. Metería los pies en agua salada y aspiraría su aroma aunque me quemara la piel y los pulmones.
Si pudiera ver el mar… Hace tanto que no estoy ahí.
Sigo caminando por el pasillo. Ahora las ventanas están cada vez más alejadas unas de otras y la nieve parece arreciar; quizás se ha convertido en granizo, lo escucho botar contra los vidrios… Es el único sonido. Aquel pasillo es tan raquítico en ruido como en decoración: No hay nada, sólo madera monótona y muda, que con todo y sus apreciables años nos produce rechinido alguno.
Caigo en cuenta otra vez de que camino descalza, como un déjà vu, pero ello no me detiene. Continúo andando por un pasillo que cada vez se oscurece más y en donde el olor salado y la sensación a humedad aumentan.
Pierdo las nociones de tiempo y espacio luego de otro trecho recorrido. No sé si he caminado un minuto o diez, si a las ventanas las separan cinco o veinte metros. No sé dónde estoy pero creo que a donde voy es el mar, su olor y la sensación que me provocan me guían en un pasillo donde no hay puertas para elegir ni lugares para perderse.
A mi izquierda la última ventana y la nevada es ya una nube blanca de granizo que golpea con fuerza y no deja ver a través del cristal. Me tiene sin cuidado. Adelante parece estar ya el final del pasillo…o quizás oscuridad inmensa.
Me arriesgaré.
Mientras camino el último tramo lóbrego escucho atrás la granizada deformar su sonido hasta un rugido aplacado y al frente veo una puerta barnizada de sombra. Al acercarme lo suficiente noto que hay un cuadro colgado en ella. Unos pasos más y quizás pueda distinguir lo que está en el cuadro… Un paisaje… Un paisaje de una isla.
A muchos probablemente les hubiera parecido un cuadro deprimente —piedras grises, cielo legañoso, mar oscuro— pero a mí me arranca una sonrisa como no imaginarían. Porque es mi isla, por eso sonrío, el lugar donde Osmund me llevó a vivir.
Mi hogar.
Un impulso incontrolable de abrir la puerta me asalta. ¿Qué hay al otro lado? Intuyo con el corazón que no hallaré nieve y frío, sino el mar…y algo más que eso. Al llevar mi mano hasta la perilla… ¡Wow, no hay perilla! El pomo no está o quizás nunca estuvo. Sin embargo, no se me acaba el mundo. Estoy segura de que vale la pena echar la puerta abajo por lo que hay del otro lado… En cuanto pienso eso la puerta parece temer y una de sus bisagras rechina. Y si rechina es que se ha movido. La puerta podrá no tener pomo pero con empujarla basta para que se abra.
Salgo de la oscuridad y lo que veo ahí me mata de felicidad: Es la isla, ésa que en realidad ya no existe porque fue primero arrasada con explosivos y luego engullida por el mar… Bah, ¿acaso importa? Es mi sueño, al fin y al cabo, y si los tres reyes magos y el ratón de los dientes quieren aparecer, ¡pues bienvenidos!
Sin mirar atrás e ignorando el pasillo troto para bajar una escalera de metal que parecía estar esperándome. Los últimos peldaños los bajo saltando de dos en dos. Si trajera zapatos podría decir que amo el ruido del metal cuando mis suelas lo golpean… Dios, amo inclusivo el olor del oxido en el pasamanos, la sensación en mis plantas cuando piso casquillos y me encamino al mar, el cielo mortecino y el sol moribundo… Amo todo en esta isla y el mar que la rodea.
Por cierto, me voy a buscar el mar. Y sé que si miro sobre mi hombro no hallaré ningún pasillo de madera o coco de nieve alguno.
Desde un lugar elevado un cuervo grazna para darme la bienvenida a casa. Es el único en hacerlo. Ahí no hay nadie más que pueda decirme "¡Regresaste! ¡Qué bien!". No es menester en realidad. Los infectados con Las Plagas no solían ser muy corteses y nunca fueron mi compañía preferida. Me conformo con todo lo que me rodea en silencio sobre el apagado murmullo del océano y bajo el opaco y triste cielo.
Las cosas siguen iguales, me doy cuenta mientras recorro el lugar rumbo a la orilla más cercana de la isla. Los edificios están donde siempre estuvieron, los arcos de piedra y las rocas no se han inmutado, los caminos y pasillos son los mismos e intrincados, las barricadas están en su lugar exacto, las puertas que debían permanecer cerradas los están, las cuevas continúan en su lugar…
Todo es como solía ser.
Oh, y ahí está ya…
Al llegar a la orilla y darme cuenta de que no podré meter los pies en el agua no me ataca el menor atisbos de frustración, al contrario, reconocer el borde escarpado y alto me anega de alegría. Me conformo con sentarme en la orilla, los pies colgando, y sentir la brisa del mar llegar hasta allí…
Mi sueño pudo haber terminado a ese punto, cosa que me habría hecho muy feliz, pero continuó mejorando. Toda la secuencia aumentó condenadamente en sucesos agradables; y no es que me quejara de ello, pero eso logró aumentar el contraste y acentuar el amargo final…que vino después, mucho después.
Esa noche también soñé con Osmund…
Permanezco en el borde y creo que nada puede separarme de ahí. El océano es inmenso, ¡infinito ante mi vista!, y el tiempo parece eterno, la iluminación no cambia, no llega el día ni la noche, aquella atmósfera opaca y tristona se mantiene.
De pronto escucho pasos a mis espaldas, sin embargo, no me puedo girar. Permanezco embelesada con el mar y de un momento a otro una mano me revuelve el cabello. Alguien se sienta a mi lado. Sé que es Osmund, no necesito voltear para comprobarlo (aunque quiero hacerlo), su solo gesto me ha dicho que es él, su mano áspera ha dado fe de ello y su voz… Su voz me llama por mi nombre y me hace una pregunta.
— Ilúvënis, ¿los sistemas de seguridad están todos activados?
Qué casual, qué trivial. Es algo tan rutinario… Lo era. Me lo pregunta porque se supone que es mi trabajo, la seguridad de la isla, y antes de darme cuenta estoy respondiendo.
— Sí, Lord Saddler. —No digo más. Si tuviera plena conciencia de que eso es un sueño, de que en realidad no estoy ahí, gastaría toda mi saliva en desahogarme, en disculparme. Le diría lo feliz que estoy por ver de nuevo mi hogar, por verlo a él y tener el mar frente a mí, le confesaría la alegría que me provoca todo aquello y sonreiría de una manera tal que ni él podría evitar sentirse contagiado, le pediría disculpas por no haberlo defendido y por no haber luchado por mi hogar… Mas no lo hago, sólo lo miro —por fin lo miro— y no hay sorpresa al descubrir que es él. Es su rostro, sus ojos, sus facciones… Osmund Saddler, como no hay otro.
.-. Fin del POV .-.
.-.-.-.
Kyle se dejó caer en el sofá, se aflojó la corbata y desabrochó el primer botón de su camisa. Le dolía el cuello, a decir verdad, y estaba un poco irritado.
La Delphi de esa ciudad había insistido en asignarle protección adicional (un par de agentes) y el hecho de que Kyle fuese el jefe y hubiese negado el ofrecimiento pareció no importar. Tuvo a esas dos moscas revoloteando sobre él todo el largo trayecto del avión a Delphi, hasta que cerró una puerta sobre sus narices y dijo que quería descansar del viaje.
Y ahí estaba, por fin, tendido en el sofá de un lugar que debería adoptar como casa mientras permanecía en la ciudad…
— ¿Quieres un café? — Oh, claro, y también estaba Billy.
— No.
A Kyle le gustaba Billy: Era callado, no lo presionaba y no lo trataba como su niñero, simplemente lo dejaba ser y él hacía su trabajo. Khalil no tenía que quitárselo de encima nunca, no daba excusas para que lo dejara solo y su bolsillo no solía palpitar de dolor cuando le firmaba el cheque de cada mes. A veces pensaba que podría llegar a quererlo más que a su propio hermano.
Qué va.
— Pues voy a bajar por uno— anunció Billy—. ¿A qué hora veremos a esa chica?
"Ilúvënis… Se llama Ilúvënis" le corrigió mentalmente el otro, pero se limitó a decir:
— Aún no es momento.
El guardaespaldas lo miró en silencio un instante, pensando en preguntar más. Al final se decidió a asentir y salir por su café.
Kyle se quedó tendido en el sofá un rato más. No le invadía ningún deseo particular de levantarse e ir a su habitación —porque aquello podía estar dentro de un edificio de Delphi, pero, era tan grande como para pasar por una casa— así que la inercia de quedarse ahí lo dominó (siquiera de momento). Sus maletas y su maletín aún estaban en el piso del recibidor y la sola idea de levantarlos lo arraigó un poco más al sofá.
Kyle pensaba… Preveía tiempos todavía más difíciles, menos horas de sueño y más imprevistos en su agenda… Y no le gustaba. Más le valía sacar todo el provecho posible de aquella situación y hacer que las cosas valieran la pena.
Se quitó la corbata y la arrojó a algún lugar de la sala que no supo definir, entretanto, una sonrisa que parecía incapaz de reprimir se delineó en sus labios.
Sí, vendrían días más duros, pero al parecer la balanza se había inclinado un ápice a su favor…
"John Deere… Ilúvënis".
…y con eso le bastaba para ganar.
La sonrisa permaneció inmutable en su boca mientras él se pasaba una mano por su espeso cabello color chocolate. Para cuando Billy volviera aquel gesto de dicha se habría borrado y Kyle habría sido arrastrado en…
.-. Ilúvënis' POV .-.
…el sueño, en esta parte, parece más prolongado incluso que mi caminata por el largo pasillo. Soy yo de cara al mar con Osmund a mi lado, nada más, y no me molestaría que todo se quedara así. Sin embargo, después de que el tiempo se termina de alargar, caigo en la cuenta de que el cielo se ha aclarado, el risco en el que me siento es menos alto, el mar está más tranquilo y ya no puedo sentir la presencia de Lord Saddler sentado a mi izquierda. Con todo, al voltear de nuevo y no encontrarlo, no me alarmo; la calma de aún sentirme en casa suaviza todo lo negativo que pudiera suceder.
Encaro el océano otro momento de tiempo indescifrable y, por no dejar, volteo a mi derecha. No sé de dónde he sacado la idea de que quizás Osmund pudiera estar ahí, a mi derecha, y no a la izquierda (que es donde lo dejé por última vez). Pero no lo encuentro a él —y no lo volveré a ver en este sueño— sino a Leon.
La palabra "hogar" palpita en mis sienes y en mi pecho, imposible callarla, es un rugido más poderoso que el del mar.
Leon me sonríe con un gesto que conmovería Dioses y alegraría Bansheas… ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Si soy una de ésas! Me río, encantada por Kennedy y por mi propia falta de elocuencia. Después, ya no siento tanto apremio en mirar al océano.
"Mi hogar está en otra parte".
Ante aquella poco reveladora conclusión no hay en mí deseo de suspiros melodramáticos, lágrimas de nostalgia o conflictos existenciales. Todo parece tan claro. Osmund ya no está y, no se trata de suplirlo pero, Leon se encuentra ahí. ¿Para qué tanto embrollo? Allí, en las anárquicas tierras de Morfeo, donde el azúcar significa pena y el vino es fortuna, donde el pichón puede encararse con el aguilucho y ganar, donde volar sin alas se antoja tan posible, donde la sangre puede derramarse infinitamente y el ver la vida puede conmover hasta las lágrimas, donde caer en el abismo sin fondo nos encoge el estómago de terror… Allí redescubro y me digo algo que ya sabía antes: Que sólo tengo a Leon y que debo aferrarme a él.
¿Pero por qué lo recuerdo ahora?... Porque hay una complicación…
La babé.
Ella está en los brazos de Leon, maravillada por tratar de alcanzar con sus manitas uno de sus mechones rubio-cenizos. Ambos se sonríen… Como un amor a primera vista, como grandes amigos…
"Basta ya…".
…como almas destinadas que se encuentran, como un…
"¡Calla!".
…un padre con su…
"¡Basta! ¡¡Basta!!".
Veo en los ojos de la niña y no encuentro más que los de Leon. Eso me mata, porque empiezo a pensar que cuando crezca ella podría tener la nariz de él, sus orejas, su tono de piel, su temperamento… Y me entran también unas ganas tremendas de cargarla como pocas veces hago. Creo que se parece tanto a él o que en el futuro así será.
Entonces la mirada de Samara, más acusadora que nunca, atraviesa mi alma y hace más reprochables todos mi pensamientos. Es peor que una daga fría en el pecho y más aguda. La siento en todas partes y soy incapaz de ocultarme de esa omnipresencia. Ni la tierra al tragarme podría alejarme de esa sensación de ser observada con recelo.
La bebé alcanza el cabello de Leon y tira de él, entonces, Kennedy le besa la frente. Eso hace a mi mundo desmoronarse y llevarme entre los escombros.
Ya no es sólo la mirada de una Samara inexistente lo que me reprocha, mi pecho revienta de pena. Sin embargo, los pensamientos siguen ahí, flotando sin que nadie haga nada y llenándome de más culpabilidad. Creo que podría querer a la bebé tanto como quiero a Leon, o al menos tanto como él la quiere a ella… Y ahí hay más leña para que la pira arda…hasta que logro despertar.
.-. Fin del POV .-.
Se preguntaba cómo fue capaz de concebir aquellos pensamientos tan aberrantes, cosas que jamás nunca habría imaginado sin reprimir en su sano juicio.
Se pasó los dedos por el cabello y un escalofrío la recorrió. Ahí estaba oscuro y si ponía un poco de imaginación podía ver a Samara en cualquier sombra, mirada gélida y bebé en brazos. Se acurrucó junto a Leon y trató de volver a dormir, pero la sensación de culpa y el delirio de persecución continuaron allí. Además, ¿qué pasaría si volvía a soñar lo mismo? ¿Cómo lo toleraría?
Irritada por no ver volver ese sueño pesado que la había hecho dormir apenas al tocar la almohada, Ilúvënis resolvió transformarse en lobo para pasar la noche. No era el mejor método contra el insomnio pero al menos así todo se distorsionaría un poco (los olores, las imágenes, las percepciones, las prioridades) y podría olvidar la pesadilla; allende, en su forma Garou no solía soñar. Envuelta en una capa de pelo y con colmillos asomando de sus encías estaría a salvo.
Sin armar gran escándalo y haciéndose hasta la orilla de la cama (para separarse de Leon) la mestiza se quitó la ropa viendo que no tenía mucho caso desgarrarla.
Luego un poco de dolor.
A pesar del tiempo, la experiencia y los golpes de la vida, ese dolor inherente a la transformación —su transformación en particular— se negaba a marcharse del todo. Antes pensaba que se debía a la renuncia que ella mostraba a pasar a ese estado, a la bestia que nacía en ella desgarrando su carne o a la presión ejercida por su padre para obligarla…pero ahora que esas cosas se habían marchitado, el dolor continuaba ahí como un recordatorio de todo lo que fue y que ya no era.
Ese resquicio que como un cadáver no sería comido por el polvo, sino que se fosilizaría y seguiría allí siempre, manó de su interior, de un lugar tan profundo en su cuerpo que pensaría que venía de lejos…
"La aldea, el hogar que Alex no me dio".
…y aguantó el quejido que de su boca deseó salir. Sus huesos se torturaron con la transformación, su piel y músculos se contrajeron o estiraron en espasmos agudos, sus uñas se engrosaron haciendo caso omiso de la carme que las flanqueaba y el pelo espeso y blanco comenzó a brotar por todo su cuerpo. Ya no era ella, así como el aroma de Leon ya no era un tenua olor y las sombras en el cuarto ya no eran la silueta de Samara; Ilúvënis podría desconocerse a sí misma —con patas toscas de gruesos dedos, una nariz húmeda en la punta de un hocico y cola larga y peluda— pero decidió sólo desconocer su sueño y las sensaciones que éste trajo. A una bestia no le quitaba el sueño la culpabilidad, y ella era eso aquella noche: más un qué que un quién.
Se tumbó de lado en la cama, lo más cerca posible del borde, y el colchón hundido bajo su peso protestó con un rechinido. Leon no despertó ante ello e Ilúvënis se dispuso a dormir.
.-.
Kennedy despertó a eso de las 6:30 —tarde para su hora normal— y al no encontrar el calor de la mestiza junto a él procuró buscarla… Encontró una bola de pelo, cosa que no era común en sus despertares cotidianos, y sobra decir que la sorpresa asaltó su rostro y su mente. Se apartó de aquella masa de músculo afelpada que le daba la espalda, tanto que incluso estuvo a punto de caer de la cama, y le llamó por uno de sus nombres, ése al que ella más respondía.
— Ilúvënis. — Su voz sonó grave y un tanto insegura. La sorpresa continuaba allí, tomándolo por rehén y flotando en el aire con obstinación.
No hubo respuesta. La Garou sólo respiraba de forma regular, inflando su pecho, y permanecía tendida sin más movimiento.
Leon prendió la lámpara de noche; bajó de la cama y luego la rodeó. Por un momento permaneció de pie mirando a la mestiza… Hacía mucho que no veía nada igual (ni en un zoológico). Cuando se cansó de contemplarla dormir y hubo memorizado su expresión pacífica, que tan bravía podía llegar a mostrarse, se inclinó sobre ella y volvió a llamarla mientras hundía su mano en el espeso pelaje de su cuello. No le daba miedo tocarla, ni por todo lo imponente que se veía, porque ella nunca lo había dañado en ese estado ni en ningún otro.
— Ilú, despierta.
Lo único que pasaba era un poco de extrañeza. ¿Por qué se había transformado?
Repentinamente ella apretó los párpados y en una mueca soñolienta abrió el hocico para bostezar. Una lengua rosada y decenas de dientes blancos quedaron al descubierto… Eran como para arrancarle la mano a alguien, pero Leon no apartó la suya de Ilúvënis, al contrario, la paseó por su cuello ascendiendo hasta su oreja y se aferró a ésta con curiosidad. Ilúvënis abrió los ojos y lo miró sosegadamente; quería decirle "Buenos días" y excusarse por haber dormido así, mas no podía hablar, tuvo que darse a entender con la mirada. Y lo hacía de maravilla, ya que Ilúvënis podía tener un cuerpo completamente distinto pero conservaba sus ojos; el mismo color celeste, la misma pureza, el mismo tono brillante… Y hablar a través de ellos no podía ser más fácil si era Leon el que escuchaba.
Kennedy le sonrió al verla despertar y de inmediato preguntó por qué se había acostado con un joven y despertado con una Garou, sin embargo, la expresión de la mestiza le reprochó al instante. No debía hacer preguntas a alguien que no podía contestar, y esperar una respuesta.
— Oh, lo siento. Es verdad, no puedes…— Dejó la frase incompleta y se señaló la garganta.
Las bestias no hablan.
Ilúvënis lo miró con compasión y se medio incorporó para alcanzar a darle una lengüetada en el rostro. No solían aflorarle los gestos cánidos (tampoco movía la cola ni se hacía pipí en la alfombra) pero aquello fue algo que hizo sin pensar. Por su parte Leon pensó que no era mejor que un beso de buenos días, aunque al menos era algo, y a pesar de que no quería ser grosero el ademán de limpiarse la cara de inmediato fue incontrolable. Se frotó el rostro con el dorso de la mano y, para cuando miró, Ilúvënis ya estaba transformándose.
— No mires— pidió la albina con un tono gutural a mitad del cambio. Él obedeció sin chistar. Presenciar aquello podía zafarle un par de tornillos a cualquiera.
En un instante más escuchó la voz normal de la mestiza.
— No quiero volverte loco.
Cuando Kennedy volteó por fin y la vio desnuda sobre la cama con las piernas recogidas, tuvo que contradecirla.
"Es tarde" pensó "Ya me has vuelto loco".
— No sé cómo pasó— se disculpó ella—. Debí transformarme dormida.
Era una vil mentira y Leon no la creyó porque, de ser verdad, su ropa estaría desgarrada y no tirada en el piso; no obstante, le importó poco. Subió a la cama desoyendo sus explicaciones y no se decepcionó al ver que ella lo recibió con los brazos abiertos. Reclamó de sus labios pálidos ese beso que anoche le fue negado y, por esa madrugada, recibió aún más.
Ilúvënis no le hizo rogar por algo que creía le pertenecía por derecho. Correspondió al beso pensando en cada uno de los días que los separaron, dejó que la tocara por cada noche que no estuvieron juntos, lo quiso más por todos los días que él la esperó y lo amó por haber vencido el olvido en su alma y corazón.
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CONTINUARÁ…
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Galdor C.
