MARK Y CANDY, UN AMOR MAS ALLA DEL TIEMPO

EL MEDICO Y LA ACTRIZ

7º PARTE

1

La voz de Bryan Anderson Langeron, profunda y grave fue desgranando cada uno de los momentos más decisivos y cruciales de su vida. Los Legan, acostumbrados a que los sucesos más extraordinarios e inverosímiles se colaran en sus vidas, desde que Mark, en compañía de Candy llegaran a la mansión, buscando refugio después de que el joven salvara a su esposa de ser asesinada por aquella partida de matones y forajidos, ya no se sorprendían de nada, o muy poco. Helen contempló el atractivo rostro del padre de Mark, que había comenzado su exposición en mitad del salón ante los asombrados ojos de sus interlocutores, entre los que se hallaba la muchacha cuya foto contemplara en el hogar de Pony, abrazada a su propio hijo y rodeados de dos niños que le observaban con interés no exento de un cierto miedo.

Mark en compañía de su esposa y de sus hijos escuchó a su padre, mientras los recuerdos volvían a su mente con fuerza, y haciendo que algunas lágrimas se vertieran por la comisura de sus ojos. Bryan observó como el niño de cabellos negros sin duda alguna heredados de su hijo Mark, y con los profundos y arrebatadores ojos de su bella madre le miraba con expresión reflexiva y atenta. El médico se sobrecogió. Nunca antes había visto en un niño semejante inteligencia, exceptuando si acaso su propio hijo. Sobrecogido, recordó el momento en que Mark a la edad de diez años, la que debía tener ese niño, su nieto, más o menos le preguntó:

-Papá, ¿ es que acaso no volveremos a ver a mamá nunca más ?

Bryan aquel día estrechó a su hijo contra su pecho y lloró amargamente junto a él. Intentó ser fuerte por el muchacho, pero no pudo. Su esposa Anna había sido atropellada por un conductor ebrio hacía ya más de seis meses. La madre de Mark había sido tan hermosa, una criatura tan etérea y grácil como la muchacha que le miraba, férreamente abrazada a su hijo.

Poco después Bryan Anderson confió a Mark, al cuidado de un hermano de su difunta esposa. Pocos días después partiría hacia el lejano Oriente, movilizado para una guerra que se libraba en las antípodas del mundo. Cuando confió a su hijo a Jonás Langeron Rimer, le prometió en el porche de su nueva casa:

-Sólo será por unas pocas semanas, hijo mío –le había prometido su padre cuando unos meses después de aquel momento de intimidad en el que Mark, interpeló a Bryan sobre su madre, fue requerido por el ejército.

Pero las semanas se convirtieron en meses, y los meses en años. Cuando al domicilio de los Langeron llegó la notificación oficial de que Bryan Anderson había caído en combate, el joven Mark, sin lágrimas para llorarle, notó como una sorda ira crecía en su corazón. No le estaba reprochando a su padre el haberle dejado allí durante tantos años, si no que su rencor se cimentaba en el hecho de que había incumplido la promesa que le hiciera poco antes de partir hacia Oriente Medio. A partir de aquel día, los ojos negros de Mark, que habían sido alegres y luminosos se oscurecieron totalmente, adquiriendo un permanente estado de tristeza, que solo el amor de Candy había logrado despejar en parte. La mirada de Mark se había empezado a ensombrecer desde el aciago momento que Anna Anderson Langeron rodó sobre el capó de un coche gris conducido por un conductor borracho, en un día de lluvia. Aquella tristeza gris y húmeda como el día en que su madre, de ojos del color de la miel y cabellos castaños perdió la vida sobre el asfalto, ante los aterrorizados ojos del muchacho que en ese momento cruzaba por un paso de peatones asido a la mano de Anna. En el fatídico momento del atropello, la mujer le sonrió dulcemente, consciente de que no tendría posibilidad alguna de salvarse cuando el coche fuera de control y devorando el espacio que les separaba de ambos se acercaba velozmente, sin control. Dio un empellón a su hijo y le susurró poco antes de separarse de él:

-Hijo mío, sé igual de fuerte y bueno que hasta ahora. Te quiero mi tesoro, y dile a papá que…también le quiero.

Alejó a Mark de sí. El niño gritó despavorido mientras era impulsado hacia atrás justo en el momento en que una mancha gris pasaba velozmente ante su rostro. Lo último que vio fue como el vehículo golpeaba mortalmente a Anna que se desplomó con una última sonrisa dedicada a su hijo. Poco antes de que yaciera a sus pies sin vida y fueran separados por el enloquecido vehículo, cuyo conductor intuyó en el último momento lo que ocurría, aunque ya fuera tarde para ponerle remedio, el pequeño Mark, se fijó en que el iris de los ojos de su madre brillaba intensamente, como si la luz solar ardiera en su interior.

Mark frunció el ceño. Supuso que sería un esfuerzo estéril y un derroche de emociones innecesario odiarle, aunque necesitaría tiempo para asimilarlo.

2

Mark había intentado achacar la culpa del brutal fallecimiento de su madre, a su propio padre, pero repasando aquellos trágicos hechos de su vida, comprendió que no solo sería injusto culpar a su dolorido y desconsolado progenitor tan pronto como recibió la funesta noticia, porque Bryan estaba en esos momentos atendiendo a una niña que había sufrido un accidente doméstico y casualmente, él se hallaba cerca de allí para ayudarla Aunque Bryan hubiera estado con su familia, las lesiones de su esposa eran tan trágicas y particularmente graves, que nada podría haber hecho para salvarla, aunque lo hubiera intentado todo para evitar el fatal desenlace. La niña se salvó y Mark, obvió su rencor y perdonó a su padre por algo de lo que no habían tenido responsabilidad ninguno de los dos. Pero el niño, necesitaba hacerlo, tenía que hacer algo así, para poder seguir adelante. Si en los siguientes y crueles meses que siguieron, Bryan aguantó fue por Mark, porque de lo contrario, los remordimientos que le hacían creer que él había sido el causante de lo que le había ocurrido a Anna habrían terminado por hacer que se quitara la vida.

Bryan se sentía un poco ridículo y fuera de lugar narrando su existencia a personas que no existían ya o que de hacerlo, si acaso las más jóvenes de aquella estancia serían prácticamente centenarias en su tiempo, Cuando traspasó el umbral de las eras, debido a las enigmáticas y arcaicas máquinas que había hallado por casualidad, en una cueva perdida en la inmensidad del árido e inmisericorde desierto, y una vez se hubo cerciorado a costa de someter a su cordura a dura prueba, de que había viajado en el tiempo, lo último que esperaba era que una de las responsables del hospicio, que tan amable y desinteresadamente le había acogido le confesara, quizás por una especie de súbita compasión, que su hijo Mark, estaba allí también, y a una distancia bastante cercana de allí. A punto estuvo de volverse loco, pero su formación como médico, de la que se derivaba un fuerte pragmatismo, o cualidad de ser práctico y objetivo le ahorró ese temor que cual espada de Damocles planeaba sobre su cabeza. Analizó fríamente la situación. Quizás la bondadosa señora de cabellos grises recogidos en un moño le hubiera tomado por un loco, lo cual no era para menos, y más que nada temiendo por la seguridad de los niños, en parte y en parte quizás en un piadoso acto de compasión, le había entregado una señas falsas, sobre todo con la intención de alejarle de allí. Quizás la señora Pony le había seguido con la intención de aplacar su ira, en cuanto descubriera que todo había sido un burdo engaño. Pero no. La mansión estaba allí, por lo menos, los Legan por tanto eran reales. Demasiadas casualidades. Aun conservaba la secreta esperanza de que todo fuera una piadosa mentira, pero cuando divisó a su hijo, cuando se apercibió de mi presencia con el portátil bajo el brazo derecho y la tapa del mismo mostrando el logo de la manzana mordisqueada, cuando detrás de mí un robot de dos metros de altura se agitaba levemente y finalmente, tras la confesión de su hijo a los allí congregados tuvo que recurrir a su sentido práctico, para que su cordura no emigrara definitivamente de él. El robot se le había acercado respetuosamente y le había ofrecido una taza de té, que aceptó con gesto confundido. Entonces un hombre de cabellos entrecanos, rostro afable y una pipa que humeaba entre sus labios sonrientes le invitó a contarnos su historia, como si aquella no fuera la primera vez que recibía viajeros del tiempo…y así era.

Poco después de que mostrara a su hijo, la prueba acerca de su identidad que le demandaba, este le identificó delante de los señores de la mansión, sus hijos, a la sazón sus nietos, y la hermosa muchacha que intentaba insuflar ánimos a su abatido esposo.

Como no tenía nada que perder en cuanto a él mismo se refería, pero temeroso de que ese algo pudiera incluir la estima de su hijo, que era lo que más le atemorizaba los hechos, escogiendo cuidadosamente las palabras. Cuando terminó de hablar, una sensación de incomodidad flotaba en el ambiente. Los Legan habían escuchado al hombre, completamente seguros de que cuanto afirmaba era verdad, teniendo en cuenta los precedentes vividos y pasados con el hijo de aquel médico que intentaba más que congraciarse con ellos, hacerlo con Mark que le observaba ceñudo, ante los ojos de esmeralda de Candy, que temerosa por su reacción, algo había intuido.

"No seas muy duro con él, cariño" –le había rogado ella, intentando que el joven pudiera estallar fuera de sí.

-Eso es todo señores –dijo Bryan dirigiéndose a los padres adoptivos de Candy- no espero que me crean, pero les he contado la verdad, hasta donde yo por lo menos, he logrado averiguar de la razón que me ha depositado en estos años iniciales del siglo XX.

Finalmente, Maikel se separó de su madre, zafándose ágilmente de los intentos de Candy por retenerle a su lado. No es que temiera que aquel hombre de ojos idénticos a los de Mark, y facciones decididas pudiera infligir daño a su hijo. En ese caso, Bryan Anderson, aun tratándose del padre de su esposo, habría sufrido las iras de este, aunque Candy estaba al quite para disuadirle y defender también a sus retoños, porque sabía que Mark, jamás haría algo que la desagradara o pusiera en peligro la vida de los suyos y que lo último que haría sería herir a su propio padre, a menos que no tuviera alternativa posible. No, esa no era la razón. El verdadero motivo era porque no quería que el niño importunara innecesariamente al cansado viajero. Pero Maikel no sentía miedo o temor ante la imponente estatura del médico. Le observó con sus profundos ojos verdes y le preguntó con desparpajo no exento de una exquisita educación:

-¿ Es usted mi abuelo, señor ?

Mark, que aun dudaba de si perdonar o no a su padre, enterrando el pasado, aunque fuera en sentido figurado, porque hablar de tales conceptos entre viajeros del tiempo es algo muy relativo y vago, se quedó mirando sorprendido primero a su hijo, y luego conmovido.

Bryan sonrió y posó una mejilla en el hombro derecho del niño, cuyas reservas iniciales parecían haberse evaporado, para acto seguido, desplazar la mano hacia su mejilla del mismo lado y acariciarle con suavidad la piel:

-Sí, muchacho, y lamento…haber irrumpido de esta forma en vuestras vidas. Ya sé que un abuelo responsable visita a sus nietos y a su querido hijo –declaró mirando a Mark, cuya resistencia empezaba a ceder finalmente, resquebrajándose la fachada de dureza que cubría sus verdaderos sentimientos- asiduamente y de forma más convencional, o por lo menos, no desaparece durante tantos años –declaró con una inflexión de tristeza tan evidente en su voz, que Candy se apenó por él, pero sobre todo, por Mark, que experimentó una fuerte congoja en su alma -pero, pero, no tuve control sobre lo que me sucedió…como supongo que tú, -querido hijo, tampoco cuando fuiste traído a esta época.

Hizo una pausa y lanzó un breve suspiro mientras se aflojaba el cuello almidonado de su levita, que había comprado en la cercana ciudad y dijo sonriendo levemente:

-Reconozco que…no es normal, que somos una familia muy original, -bromeó para ponerse de nuevo, casi inmediatamente, muy serio -pero querido hijo, si aun estás dispuesto a perdonarme, por favor, aunque suene a ironía cruel, recobremos el tiempo perdido. Yo…

En ese instante, Marianne se soltó de la mano de Mark. La niña corrió hacia el hombre y se echó en sus brazos, rodeándole el cuello con fuerza.

-Abuelo, abuelo –prorrumpió la niña en lágrimas., porque aunque había crecido queriendo a sus abuelos adoptivos, siempre había deseado conocer a aquel hombre, desde que contemplara la misma foto que Candy mirase asombrada, y que se había deslizado del bolsillo de Mark, cuanto este se quedara dormido entre los enormes rimeros de papeles y asuntos pendientes, generados por el ingente volumen de negocios, de las industrias de los Andrew. Como una cadena cuyos eslabones al ir pasando, arrastran el uno al siguiente, y así en rápida sucesión, Maikel estrechó la mano de Bryan, mientras su hermana gemía agitándose, envuelta por el brazo izquierdo del médico. Pero la escena más conmovedora estaba a punto de producirse. Mark se irguió y mirando a su padre con sus ojos oscuros, que eran el reflejo de los de Bryan musitó mientras las lágrimas corrían por sus mejillas:

-Padre.

Finalmente, Mark se aproximó velozmente a su padre y ambos hombres se fundieron en un emotivo y largo abrazo. El cuadro familiar era tan dramático, que Helen Legan no pudo reprimir su llanto compadecida de su yerno, mientras Ernest intentaba consolarla con palabras cariñosas y palmeándole la espada. Finalmente Candy se unió a su marido y sus hijos, dando un beso en las mejillas a su suegro.

2

Annie estaba sentada ante el piano tocando una melodía cuyos acordes se extendían por todos los rincones del imponente salón. Su hijo Alan la escuchaba embelesado reclinado en un canapé, tapizado en cuero, mientras Sarah Brighten, que por ironías del destino, había pasado de ser su madre adoptiva a su verdadera madre tenía una carta entre las manos, que arrugaba con dedos nerviosos y crispados. En ella, la caligrafía apretada y concisa de una tal María Monteffiori le proponía un arriesgado y estrafalario proyecto de viajar a Italia y estudiar en su escuela, las más recientes y punteras técnicas en enfermería quirúrgica, que según se comentaba era de las mejores del mundo, llegando incluso a superar las existentes en buena parte de los Estados Unidos. Sarah se mesó los cabellos rubios que se escapaban rebeldes de su sombrero ornado de flores y meneó la cabeza resoplando. Se preguntaba como su hija, de carácter dulce y obediente se había tornado tan rebelde y caprichosa. Aun le duraba el susto que le entró en el cuerpo cuando se topó en su jardín, mientras leía tranquilamente una novela romántica, junto al porche de la mansión familiar, con un gigante metálico de dos metros de altura, que invadió su intimidad, escrutándola con aquellos dos puntos de luz rojos que tanto la impresionaron, y no solo eso. La irrupción de Mermadon le había costado la destrucción de su valioso sombrero y un desgarrón en la falda de su caro y exclusivo vestido importado directamente de París. Por si fuera poco, en cuanto se enteró que aquel armatoste andante, con dos ojos rojos semejantes a ascuas ardientes era invención de su yerno, la rabia que le invadió fue quasi infinita, pero Sarah tuvo que ceder nuevamente ante la firme y férrea imposición de su hija, que se negó en redondo a que Mermadón fuera entregado a algún chatarrero o denunciado ante las autoridades para que procedieran a su desguace. La distinguida dama, ignoraba que no era tan sencillo como ella opinaba "desguazar" a un robot de dos metros de altura y tonelada y media de peso, que aunque había sido programado para evitar cuidadosamente todo tipo de violencia, la podía llegar a ejercer, bajo ciertas condiciones muy especiales. Por otra parte, ni toda la Policía del estado habría siquiera podido encontrar a Mermadon o arrastrarle consigo, dada su facultad de volverse invisible a voluntad, así como la fuerza que imbuía las poderosas extremidades del robot. Como también ignoraba que Haltoran, un apasionado de la literatura de ciencia ficción, le había programado con las tres famosas directrices de programación robótica, de Isaac Asimov. Finalmente, Sarah se había calmado, gracias a la fiesta que a modo de desagravio les habían ofrecido los Legan y a que, Ernest Legan, más comprensivo y tolerante con Mermadón decidió quedarse con él, de modo que el robot pasó a formar parte del variado repertorio de "curiosos huéspedes" como nos llamaba despectivamente la madre de Annie a mí, a Mark y a Carlos. Aun pese a los años transcurridos, Sarah sentía cierta inquina hacia Haltoran que no permitía bajo ningún concepto, que su suegra hablase mal de Mark, de mí, de Carlos o tan siquiera de Mermadón en su presencia.

"Haltoran, ese advenedizo aventurero" –pensaba entristecida mientras observaba a su nieto Alan llevar el compás de la melodía de su madre, moviendo la cabeza y batiendo palmas alegremente de vez en cuando- "¿ por qué tuvo que fijarse en mi niña ? ¿ por qué la alejó de Archie, ese joven tan amable y distinguido ?

Pero la mayor ofensa que podía haber cometido Haltoran contra ella, no era ya, el imprevisto encuentro de la dama con el robot del siglo XXI, o que se hubiera desposado con su hermosa hija, o se la hubiera llevado al frente europeo, aun en contra de su voluntad, si no que la hubiera dejado embarazada. Pero Haltoran solía zanjar la discusión ignorándola e interrumpiendo la visita que realizaban a sus suegros, procurando siempre que Annie no sospechara de las malas relaciones que suegra y yerno sostenían en dura pugna.

A diferencia que Mark y Candy, los Hasdeneis vivían en un pequeño palacete que Haltoran había comprado no muy lejos de la mansión de los Brightten. Su trabajo en la empresa de patentes de Ernest Legan, al que le seguía uniendo una buena y sincera amistad, no le había hecho tan rico como Mark, que había heredado una fortuna incalculable de la noche a la mañana, pero le permitía vivir desahogadamente, como para mantener sin dificultades económicas a su esposa y a su hijo.

Pero aquella noticia que Annie pretendía irse a Italia a estudiar aquella carrera, la desagradaba completamente. Naturalmente, Haltoran no se había opuesto, aunque acompañaría a su mujer y, su puesto de trabajo no corría peligro, dado que Ernest se lo garantizaría por el tiempo suficiente hasta que retornaran.

Sarah Brighten refunfuñó mientras observaba a su hija de reojo que continuaba deslizando sus ágiles dedos sobre las teclas blancas y negras del gran piano de cola instalado en mitad del regio salón. Desde luego, la idea de ir a Italia a malgastar su tiempo y puede que su vida en cursar unos estudios que se le antojaban estériles y nada apropiados para una señorita como ella, miembro de la más selecta alta sociedad no partía de Haltoran, desde luego que no, si no de esa Candy, esa mocosa advenediza y debutante, -para Sarah Brighten Candy sería siempre una debutante- que había introducido esas estrafalarias ideas de sufragismos y liberación femenina en la mente de su adorada retoña. Sarah era incapaz de ver a su hija como una mujer adulta, casada y con un hijo capaz de tomar sus propias decisiones en la vida, sino como su niña adorable y frágil que necesitaba de su constante y amorosa protección. Para colmo, Candy en su deformada opinión era una oportunista que había provocado que Albert Andrew, un caballero generoso y desprendido que la había protegido e intentado convertir en una dama, le había seducido y llevado a tal estado de desesperación que el magnate había terminado por caer en la más absoluta y abyecta de las decadencias que le habían conducido a la cárcel. Todo con el objeto de arrebatarle su fortuna y que ella y su marido, un aventurero buscavidas y arribista, del que se contaban extrañas historias nunca confirmadas plenamente, le arrebataran su inmensa fortuna, manipulando la mente de la influenciable y muy anciana tía abuela Elroy. Sin embargo, siempre se había cuidado muy mucho de expresar estas ideas ante Annie, para no perder el cariño de su hija, aunque aun a veces, cuando tenía un encontronazo con su yerno, que no se amilanaba fácilmente, dejaba caer las corrosivas ideas, basadas en chismes y cotilleos sin fundamento. Aunque el objetivo de Sarah, con estas provocaciones eran conseguir que Haltoran se dejara llevar por la cólera, con el simple objeto de mortificarle, el joven se dominaba perfectamente y solía argumentar como razones para no llevar su ira más allá lo siguiente:

-Señora, si no la echo ahora mismo por esa ventana es por dos razones fundamentales –le dijo un día Haltoran respirando agitadamente y contrayendo los puños, gestos que hizo que la dama diera un respingo temerosa de que su yerno pudiera cumplir su amenaza, y arrepentida de haber tensado demasiado la cuerda de la paciencia de Haltoran:

-La primera razón –exclamó esgrimiendo un dedo- es porque todos esos comadreos que me ha contado, no tienen fundamento alguno. Candy y Mark son mis amigos y su honestidad y honorabilidad están fuera de toda duda.

-La segunda –dijo Haltoran alzando otro dedo ante la sorprendida y escandalizada dama- es que por respeto a su hija, mi esposa a la sazón, y su nieto, que es nuestro hijo –replicó enfáticamente haciendo que ahora la mortificada y ofendida fuera ella- me impiden cometer una locura. Así, que mi querida suegra, no tiente más su suerte.

Y tras decir esto, se giró inmediatamente alejándose por el largo pasillo que conducía a su habitación. Una de las razones, si no la principal por la que Haltoran y su esposa se habían mudado a otro sitio, era que la convivencia con su suegra se estaba tornando insoportable. Haltoran lo sentía por el padre de Annie, persona cabal y amable donde las hubiera, pero el ex soldado estaba harto de reproches y de que le mirasen por encima del hombro.

3

Cuando Annie dejó de tocar, dando por finalizada la melodía, su madre sacó el tema a colación de nuevo, procurando hacerlo esta vez con mucho tacto, pero antes tocó una campanilla de plata que reposaba sobre la imponente mesa de mármol que estaba frente a ella. Miró con desagrado los sistemas de telefonía sin hilos que Haltoran había diseñado para comunicar mensajes urgentes entre ella y la servidumbre, no importara el lugar o estancia de la imponente mansión en que se encontrara. Pero los aparatos de color oscuro, semejantes a pequeños móviles estaban acumulando polvo y nunca habían sido utilizados. Sarah Brightten los consideraba "inventos sin sentido y tontas pérdidas de tiempo" según sus amargas y despectivas palabras, por lo que agitó la pequeña campanilla. Casi al instante, una muchacha morena de ojos claros se personó en el salón. Llevaba los cabellos recogidos en una trenza que le bajaba por el hombro izquierdo. Era bonita y el almidonado uniforme de criada, blanco e impoluto realzaba su figura, lo cual a Haltoran se le antojaba algo increíble. Siempre había considerado que aquellas ropas arcaicas e incómodas no solo eran feas y no hacían justicia a la belleza de la muchacha que tuviera que probarse ese disfraz, como lo consideraba Haltoran, si no que incluso la degradaban.

-No eres quien para darme lecciones –le dijo un día Sarah en una de sus casi continuas y eternas discusiones, que Haltoran trataba de evitar a toda costa, más que nada por Annie- cuando te paseas con ese uniforme andrajoso todo el día.

-Ni usted tampoco señora –le dijo porque Haltoran no soportaba que faltara al respeto a un símbolo de su país, aunque ya no fuera a volver a él, probablemente jamás.

Pero no quiso elevar el tono del litigio y girándose sobre sus talones se alejó ignorándola por completo.

Estaba en estas elucubraciones, cuando la voz de Sally, la joven sirvienta que había llamado hacía un instante le preguntó tímidamente haciendo una reverencia que provocó que su cofia se agitara levemente sobre sus cabellos:

-¿ Llamaba la señora ?

-Sí, Sally, por favor, llévese un momento al señorito Alan a la cocina para darle de merendar.

-Mamá, no es necesario –dijo Annie tomando a su hijo en brazos- yo me ocuparé.

-No hija –insistió la dama- debo de hablar contigo a solas…y no es conveniente que lo que voy a decirte, lo escuche Alan.

-Pero abuela –protestó el niño- yo quiero quedarme con mamá.

-No discutas jovencito –dijo tajante la atildada aristócrata- lo que tengo que discutir con tu madre no es apto para niños, así que obedece.

A diferencia de su padre, y aunque no era de temperamento sumiso o acobardado, Annie le había inculcado, al igual que Haltoran un profundo y hondo respeto hacia sus mayores, por lo que el pequeño, bajando la cabeza, un poco contrariado asintió:

-De acuerdo abuela, lo que tú mandes.

La señora Brighten adoraba a su nieto, aunque su trato con Haltoran fuera cada vez más tirante y hosco y le ofreció la mejilla. Annie depositó al niño en el suelo y este acudió junto a la mujer a la que besó con delicadeza.

-Eso es buen chico –le elogió Sarah al tiempo que Sally le ofrecía la mano, que el niño aceptó gustosamente. De todas las criadas que se ocupaban de cuidarle, Sally era su preferida. Cuando Annie no podía hacerse cargo personalmente de su hijo, o era requerida por sus continuos compromisos sociales que la estaban empezando a cansar y a no permitir llevar el ritmo de vida que tanto ella como su marido anhelaban sobre todo por el bienestar de Alan, el niño era puesto bajo el cuidado de alguna de las numerosas nanas que velaban solícitamente por él.

-Ve con Sally –le dijo Annie acercando sus labios a la frente y a las mejillas de Alan, mientras le abrazaba- luego me reuniré contigo, ángel mío, palabra.

-¿ Me contarás esa historia tan bonita de cuando papá te rescató de los malos ? –preguntó el niño esperanzado de que su madre accediera asintiendo con una leve inclinación de cabeza, en referencia a cuando Haltoran la salvara de las garras de Norden cuando este la secuestró y la mantuvo cautiva en su castillo de Escocia.

Annie sonrió, porque a ella también le gustaba la versión un tanto edulcorada y convenientemente adaptada de cuanto sucedió en aquel lejano momento, que aunque para ella formaba parte de su pasado, paradójicamente, había tenido lugar en un ignoto y remoto futuro.

-Por supuesto cariño –se reafirmó Annie en su promesa, para alegría de su hijo que vociferó alegremente, provocando una seca tosecilla, de reconvención por parte de su abuela, que le miró con severidad.

-Lo siento abuela…no se volverá a repetir –dijo apenado.

Cuando el niño hubo abandonado el salón en dirección a la cocina, enlazando la mano de Sally con la suya pequeña y menuda, Annie contempló con disgusto a su madre y dijo exhalando un suspiro:

-Madre, no sé porque tienes que ser tan severa con él. Sólo tiene siete años.

-Por eso mismo precisamente hija mía –dijo Sarah cruzando las manos sobre el regazo del repujado corpiño de su vestido- ahora está en la edad apropiada para corregirle ciertas actitudes negativas –dijo con un deje de incomodidad en su voz- debe ser una persona educada y obediente.

Annie meneó la cabeza. Estaba un poco harta de las convenciones sociales que aun seguían imperantes en aquella casa, por lo menos para su madre. El mundo había cambiado tras una reciente y cruel guerra que gracias a Haltoran, Mark y yo habíamos logrado acortar reduciendo sensiblemente su crueldad, pero para Sarah Brighten continuaba girando exactamente igual que antes de la misma.

-Madre, Alan es un niño muy bueno, pero sigue siendo un niño y como tal debe expresarse. No es un adulto aburrido y sometido a estos ridículos convencionalismos sociales que ya están pasados de moda –dijo en tono desafiante, pero procurando no perder las formas.

Sabía que aquellas palabras encenderían inmediatamente la chispa de una violenta reacción en su madre, pero la mención de su hijo hizo que algo se removiera en su interior, por lo que optó por no quedarse callada como otras veces o fingir que con su mutismo, estaba plenamente de acuerdo con sus posturas.

-¿ Cómo te atreves Annie ? –exclamó Sarah visiblemente enojada y crispando sus manos- no te consentiré que me hables en ese tono, aunque seas una mujer infaustamente casada con ese patán de pelo rojo y tengas un hijo de él.

Al escuchar aquello, Annie no aguantó más y estalló con una furia y una rebeldía que hasta a ella misma la sorprendieron, asustándola ligeramente por el cariz que aquella conversación estaba tomando:

-No madre, yo tampoco te consiento que hables mal de mi Haltoran y de nuestro hijo, no, hasta aquí podríamos llegar.

Sarah observó a la hermosa muchacha con los ojos negros encendidos de ira y sus cabellos ligeramente removidos sobre los hombros torneados y cubiertos por las elaboradas mangas de un elegante vestido verde de seda con un gran lazo detrás.

-Llegaremos hasta donde haga falta –replicó su madre elevando más su tono de voz- ahora me sales con esas de que te vas a Italia -vociferó habiendo perdido ya los estribos del todo, mientras esgrimía la carta dirigida a la muchacha, en la que la tal María Monteffiori le notificaba su conformidad en que Annie estudiara medicina quirúrgica en su escuela, situada en el lejano país mediterráneo.

Annie la observó con la decepción reflejada en sus hermosas pupilas azules, porque a la ya larga lista de injustos menosprecios de aquel día, tenía que sumarle el que su propia madre espiara su correspondencia privada.

-No tenías derecho –dijo la muchacha al borde de las lágrimas- yo…yo te lo iba a decir, pero no tenías porqué husmear en mis cartas.

-Tengo todo el derecho que crea necesario y me irrogaré cuantas prerrogativas me sean necesarias –exclamó Sarah clavando sus ojos en los de la muchacha y dirigiéndola una gélida mirada- que para algo sigo siendo tu madre y por lo tanto, como tal, ejerceré mi autoridad.

Dejó de hablar y se dirigió con paso presuroso hacia una escribanía de madera oriental de la que extrajo papel, un tintero y una larga pluma blanca de ave. Despreciaba igualmente los bolígrafos que Haltoran había creado para ella, al igual que hiciera con el sistema de telefonía y sentándose ante el mueble dijo con estudiada y enfática altivez:

-Voy a escribir a esa señora para que no te reserve una plaza que no vas a ocupar, porque te quedas aquí Annie Brighten. Mientras sea tu madre, que lo soy –miró a su atemorizada hija que conocía muy bien que palabras vendrían a continuación- puedo obligarte a hacer lo que esté en mi mano, por tu propio bien.

Annie se daba perfecta cuenta de que su madre tenía razón. Aunque fuera una mujer casada seguía bajo la tutela de sus padres, que podían obligarla legalmente a renunciar a sus sueños y deseos de forjarse un destino más allá de ser una mera figura decorativa de alta sociedad como lo había sido y seguía siendo su madre y la madre de esta antes que ella, por lo que algunos viejos sirvientes le habían referido, procurando que la irascible Sarah Brighten no se enterase de que se lo habían contado. Bajo ciertos aspectos legales si se consideraba que la decisión que tomara una hija aunque fuera mayor de edad o estuviera casada, podía perjudicarla según que puntos de vista, o alegaciones de la familia, esta podía vetar lo que esa muchacha hubiera decidido al respecto. El único que podía recovar semejante y a todas luces injusta imposición familiar, en caso de desacuerdo, era un juez, y si este fallaba a favor de sus progenitores o familiares más próximos, no habría nada más que añadir al respecto. El mundo estaba cambiando a marchas forzadas, pero las reformas aun no habían llegado con la suficiente rapidez al estado de Michigan, que seguía manteniendo aquellas leyes tan anacrónicas que regulaban, las relaciones entre padres e hijos. En cambio, de un varón en la mitad situación planteada, no se decía absolutamente nada, y no se había legislado al respecto. Si el Juez fallaba una sentencia favorable a los Brighten, ni siquiera Haltoran tendría la suficiente influencia o poder para permitir que su esposa viajase hasta Italia para estudiar medicina.

Sin embargo, esta vez, Annie no estaba dispuesta ni por asomo a dar su brazo a torcer, y menos cuando contaba con el beneplácito de Haltoran y de su padre. Con un sorpresivo y repentino ademán enérgico, arrebató bruscamente a su madre, el papel que tenía entre sus manos y la pluma de ave, que estaba empezando a trazar los estilizados trazos de su caligrafía, que cobraba vida sobre la superficie del papel satinado. Sarah Brighten súbitamente ofendida por la rebelión de su hija se irguió bruscamente, alzando la mano con intención de abofetearla. Sus ojos relampaguearon pero Annie se negó a moverse o a apartar la desafiante mirada que sostenía la de la dama.

-¿ Cómo te atreves ? –preguntó más sorprendida que iracunda.

Annie no respondió. Sus ojos azules siguieron la trayectoria de la mano de su madre que por un instante se había detenido en el aire, pero que pronto cobró velocidad, cuando en ese momento, la mano del señor Brighten frenó de improviso la de su esposa, impidiendo que llegara siquiera a rozar la mejilla de la muchacha.

Cuando la mujer observó a su marido, que había entrado de improviso pero tan sigilosamente, que madre e hija ni se habían enterado de su llega, dijo con voz sorda, temblando levemente de ira:

-Suéltame querido, suéltame me ha faltado al respeto. Se quiere…

-Sí ya lo sé Sarah, y es por eso por lo que tenemos que hablar –dijo su esposo con una inflexión de voz tan tajante que la mujer no tuvo más remedio que bajar el volumen de la suya.

-Pero querido, ¿ te vas a poner de parte de sus locas aspiraciones ? –intentó protestar sin éxito, pero la mirada de su marido no dejaba lugar a dudas.

-No me discutas querida –le ordenó tajante el hombre, pero sin violencia- ven, tenemos que hablar –insistió por segunda vez.

Sarah lanzó un suspiro de resignada contrariedad. Bajó la cabeza y caminó detrás de su marido, musitando débilmente:

-De acuerdo querido, pero sigo pensando que este no es el camino más adecuado.

El padre de Annie se acercó a su hija y tomándola por los hombros, mientras Sarah aguardaba a su marido junto a la puerta, conteniendo a duras penas su ira, le dijo:

-No te preocupes hija. Yo la convenceré. Tienes que perdonarla. Últimamente está muy nerviosa. La idea de separarse de ti, la pone muy alterada.

Annie asintió mientras la puerta de la cocina se abría y hacían su aparición Rally acompañada por su hijo Alan que saludó efusivamente a su abuelo.

Cuando el niño se agarró a las faldas de su madre, reclamando su atención, Annie asintió y dijo a su padre:

-Lo entiendo papá, pero no seas demasiado duro con ella.

-No temas, deja este asunto en mis manos.

El caballero se rascó el mentón y tras despedirse de su hija, se reunió con su esposa. Ambos desaparecieron tras las imponentes puertas de madera lacada, que conducían a su gabinete de trabajo.

Alan miró a sus abuelos y el niño captó inmediatamente la cara de preocupación que ambos tenían. Annie le cogió en brazos y su hijo le preguntó, visiblemente preocupado:

-Mamá, ¿ que les pasa a los abuelos ? parecían enfadados.

-Nada cariño –mintió Annie besándole en las mejillas y apretándole contra sí, mientras contenía las lágrimas que pugnaban por emerger de sus pupilas para no angustiar más de por sí al pequeño –no es nada. No te preocupes.

Sally preguntó a su señora si le permitía retirarse, y Annie asintió distraídamente, permitiendo que su doncella abandonara la estancia.

4

Bryan Anderson había pasado de estar inmerso en una guerra en un rincón perdido del planeta, a vivir una paz total en otro tiempo y otra era que no era la suya. Si aquello era difícil de asumir, más aun el haber encontrado a su hijo allí, casado y con dos maravillosos retoños que escucharon asombrados, las "aventuras" de su abuelo. Marianne tomó aquellas historias como producto de la portentosa y desbordada imaginación del hombre, pero Maikel, más reflexivo y analítico que su hermana, sabía que aquel hombre estaba refiriendo la verdad. La prodigiosa inteligencia que ambos hermanos habían heredado de su padre, potenciada por el misterioso poder del iridium había despertado mucho antes en Maikel que en su hermana, permitiéndole atar muchos cabos e intuir verdades que Marianne aun no había descubierto, pero que sin duda terminaría por vislumbrar tarde o temprano. Cuando los ánimos estuvieron más calmados, y tras la aparente reconciliación entre Mark y su padre, si es alguna vez llegó a producirse una ruptura entre ambos, Helen, se temió que aquel hombre terminaría alojándose en la mansión, por lo que su paciencia terminaría por estallar, dado que su cupo estaba empezando a menguar considerablemente. Si bastante le había costado aceptar la irrupción de tres viajeros del tiempo, y un robot de investigación que le había propinado un susto que no olvidaría nunca, solo le faltaba un médico militar procedente de finales del siglo XX. La cuestión era delicada y tenía su importancia. Era el padre de Mark, al que no veía desde hacía mucho y tampoco quería echarle con cajas destempladas, ganándose la animadversión de su hija adoptiva. Sus temores parecieron plenamente confirmados, cuando Ernest departía con el hombre de forma afable y distendida. La amplia cultura y los vastos conocimientos de Bryan en multitud de áreas, estaba allanando el camino para que su marido se planteara acogerle de forma permanente en la mansión familiar. Cuando a Ernest se le metía algo entre ceja y ceja, no había forma humana de que desistiera y se echara atrás en sus decisiones. Entonces ocurrió un hecho inesperado que cambió muchos acontecimientos en aquella de por si ya enrevesada y complicada historia.

5

Arthur Brandon, el marido de Eleonor Baker se había enamorado de una jovencita aspirante a actriz, veinte años menor que él. Aunque su mujer seguía siendo muy hermosa y extremadamente deseable, el hombre le había enviado una amarga y larga misiva en la que le explicaba las razones de su prolongada ausencia, que sin duda se tornaría definitiva. Arthur había partido a Nueva York con la idea de resolver unos asuntos financieros y de paso intentar retomar su actividad como empresario teatral de la que se había desvinculado hacía muchos años. No es que hubiera mostrado un repentino cambio en su comportamiento de la noche a la mañana, no es que se hubiera mostrado violento o desagradable con su bella esposa, pero la apacible vida en la mansión le aburría y Arthur sentía que aun tenía mucho por vivir, y nuevas experiencias que sumar al bagaje de su existencia. No había sido una decisión premeditada ni tan siquiera tomada de forma repentina. Simplemente surgió cuando tuvo un pequeño encontronazo con una joven de cabellos castaños y ojos color miel en la puerta giratoria del vestíbulo del hotel donde ambos casualmente se alojaban, y donde también casualmente se encontraron. Empezaron a hablar, se cayeron en gracia, rieron juntos, y Arthur invitó a la joven a pasear descubriendo que tenían más en común de lo que parecía. La estancia de una semana en la Gran Manzana se prolongó por espacio de varios días más y Tahúr al principio, justificó su tardanza con excusas vanales y pueriles que la sagacidad de Eleonor rechazaba, aunque su amor por Arthur le hacía descartar sus temores. Finalmente, la amistad entre el maduro caballero y la joven se tornó en algo más profundo y hondo y terminó por fructificar en una pasión que arrastró a ambos más allá de todo lo previsible, una vez que todos los frenos morales y las últimas reticencias fueron vencidas y se perdieron, entre el revoltijo que las ropas de ambos amantes, formaron en el suelo enmoquetado de la habitación de Arthur al caer con un ruido sordo sobre la misma. Cuando un mensajero especialmente contratado para transmitir la aciaga misiva se personó en la mansión de los Brandon, Eleonor la recogió sin sospechar la terrible y cruda realidad que muy pronto averiguaría encerrada entre las líneas de la apresurada caligrafía de su marido en la que le describía con contrición y con un asomo de leve culpa, el repentino romance que mantenía con una muchacha que podía ser su hija y que ya no tenía sentido, continuar ocultando por más tiempo. Eleonor leyó apresuradamente los renglones, mientras sus ojos azules saltaban de uno a otro, incrédulos y perlándose gradualmente de lágrimas. Cuando llegó a la última frase que rezaba:

"No espero que me perdones. Sé que he cometido un despreciable y execrable acto, pero estoy dispuesto a asumir mi parte de culpa y el subsiguiente riesgo, porque el precio a pagar para mí, bien lo vale. Alice es tan encantadora, tan ingenuamente arrebatadora que no he podido sustraerme a sus encantos. Te ruego que lo entiendas y que no me juzgues muy duramente, pero lo nuestro Eleonor, no podía perdurar. Nuestro matrimonio estaba condenado al fracaso. Mi abogado se pondrá en contacto con el tuyo para iniciar los trámites de divorcio. Alice y yo nos queremos y lo último que desearíamos es perjudicarte y causarte más daño. Mantener esta situación terminaría por aumentar el dolor que de por si te causará nuestra decisión, y es por lo que, cuanto antes conozcas la verdad, y antes la asumas y nos divorciemos menores serán las heridas que este triste trance dejará en todos nosotros.

Afectuosamente tuyo:

Arthur Brandon."

Después de que aquellas demoledoras y contundentes frases desfilaran ante sus ojos, Eleonor notó que todo le daba vueltas. Se desplomó mientras la oscuridad la envolvía y la carta se deslizaba de sus dedos flácidos y exánimes. Más que el estrépito que una taza de té que arrastró en su desmayo, produjo al romperse cuando se estrelló contra el linóleo del suelo, fue su grito desgarrador que atrajo la atención de la doncella, que despavorida, intentó reanimarla y que al verse impotente para conseguirlo, salió a buscar ayuda prorrumpiendo en alaridos en dirección hacia la mansión de los Legan apenas distante unos cien metros, de la de los Brandon.

6

Cuando Bryan Anderson se encontró por vez primera cara a cara con Eleonor, creyó que sus sentidos le estaban jugando una mala pasada. Era la mujer más hermosa que jamás hubiera visto hasta entonces, con excepción hecha, si acaso de su esposa Anna, que había fallecido víctima de un desafortunado y trágico accidente.

La bella mujer seguía desmayada en el suelo, con los ojos entornados y sus bellas formas realzadas por el delgado camisón, sobre el cual Eleonor llevaba una bata de seda con adornos recamados de flores, en una cenefa que orlaba sus amplias mangas, y la parte baja de la lujosa prenda. Candy corrió hacia ella y la abrazó, llorando mientras Bryan le tomaba el pulso ante la mirada preocupada de Mark y de la doncella que tampoco podía dejar de gemir. Finalmente la fiel sirvienta se refugió en los brazos de la señora Legan, que se prestó gustosa a calmar a la desconsolada muchacha a la que palmeaba la espalda y susurraba amables palabras de consuelo y afecto. Mark la contempló de soslayo, asombrado, pero sin decir nada, porque Helen Legan jamás se había dignado siquiera a mirar a los ojos a un criado y mucho menos, tener el más ínfimo contacto físico con cualquiera de ellos, hasta que se obró la increíble transformación no solo en ella, sino en sus hasta entonces envidiosos y mezquinos hijos. Bryan extrajo un estetoscopio de su bolsillo, que había traído apresuradamente consigo, tan pronto como la llorosa Agnes les comunicó la infausta noticia y auscultó el pecho de la dama, aguzando el oído y esbozando una expresión grave. Candy, algo avergonzada por haberse dejado llevar por sus impulsos, empezó a asistir a Bryan, en cuanto el médico le fue dando instrucciones. Finalmente, retiró el estetoscopio de sus oídos y de la piel de Eleonor y declaró ante la incipiente alegría de Candy y todos los demás:

-En principio no parece tener nada serio, aunque ha sufrido una fuerte conmoción de tipo nervioso. Será mejor que la traslademos a su habitación.

Bryan la cargó entre sus brazos, antes de que Mark se ofreciera para hacerlo o tan siquiera ayudarle. Su padre la levantó sin esfuerzo como si Eleonor fuera una pluma. Candy se sorprendió por la fortaleza del hombre, pero sobre todo del infinito cuidado con el que trasladó a su madre en volandas, guiado por la entristecida y preocupada Agnes hasta su alcoba.

La muchacha abrazó a Mark que la consoló lo mejor que supo, besándola en la frente y en las mejillas y susurrándole palabras de afecto:

-Mi padre es un médico estupendo Candy –dijo Mark con un deje de duda en su voz, planteándose aun si aquel hombre no sería un impostor hábilmente disfrazado, o un fantasma que venía a importunarle y dudando de si cuanto le había narrado Bryan era cierto, pero sin duda, no cabía otra posibilidad, teniendo en cuenta los antecedentes de su propia e increible historia.

Helen se unió a su hija adoptiva y a Mark, y juntos caminaron silenciosamente detrás de Bryan, que observó azorado, el bello y aristocrático porte del rostro de la mujer, que sostenía entre sus brazos, experimentando una sensación entre extraña y placentera. Aquella bella dama le envolvía en una embriagadora y dulce atracción de la que le era muy difícil sustraerse.

Cuando llegaron a la habitación, Candy ayudada por Helen y Agnes acomodaron a Eleonor en su amplia y mullida cama de dosel, tras apartar las mantas, y abrigándola lo mejor posible. Eleonor gimió levemente durante su traslado y cuando entre las tres mujeres la introdujeron en su lecho, cubriéndola con la ropa de cama, convenientemente. Bryan recordó que había olvidado su maletín en el salón donde Eleonor se había desmayado y se ausentó tras musitar unas breves palabras en las que dirigiéndose a Candy le dijo:

-Candy, ¿ es ese tu nombre no ?

La muchacha asintió rápida y nerviosamente. Bryan añadió:

-Tómale el pulso y la temperatura, y si observas algunas alteración, me lo haces saber inmediatamente, aunque su estado no parece revestir gravedad.

Bryan se adentró en la lujosa estancia y divisó su maletín del que había sacado con prisas el estetoscopio que ahora llevaba en la mano derecha, entre un canapé de tapicería de raso rojo y una mesita de cristal de bohemia, con un valioso juego de té de plata encima, junto al retrato de un hombre de aire distinguido, pelo entrecano y bigote de idéntico color. Cuando se fijó por casualidad en la foto pudo observar una dedicatoria situada en el ángulo inferior derecho que decía:

"A mi querida esposa Eleonor, firmado Arthur Brandon".

Bryan dio un respingo y suspiró desilusionado. De modo que aquella hermosa dama estaba ya comprometida. Sin embargo, a parte de su maletín también distinguió un trozo de papel satinado que estaba caído en un rincón, sobre la moqueta, a unos escasos centímetros de sus instrumentos de trabajo. Lo tomó entre sus dedos, pensando que sería alguna nota o carta sin importancia. No la habría prestado mayor atención, de no ser porque sus escrutadoras y sagaces pupilas captaron al pie de la misiva, una firma que revelaba un nombre, que había leído en una dedicatoria al pie de uno de los retratos enmarcados, que adornaban la pequeña mesita ornamental situada en el centro del salón. La desdobló, lanzando nerviosas miradas por si alguien le descubría, aunque la única conocedora del secreto de la carta, por el momento se hallaba inconsciente y privada de sentido. Nadie más parecía haberse percatado de la desafortunada carta abandonada sobre la alfombra. La leyó con rapidez, enterándose al momento del motivo por el cual la atractiva dama había perdido el conocimiento. Bryan resopló alzando las cejas y se guardó la carta en el bolsillo derecho de su levita. Recogió su maletín de cuero negro apresuradamente, y se reunió lo antes posible, con su hijo y el resto de personas que le aguardaban impacientes y preocupadas por la salud de Eleonor.

7

Eleonor dormía plácidamente, levantando levemente a ratos, las mantas y las sábanas que la cubrían al ritmo de su pausada respiración. Candy y Helen la velaban sentadas a la cabecera de su cama, mientras Bryan hacía las últimas comprobaciones, en lo referente a su salud. El médico le acababa de administrar un sedante de efectos leves pero inmediatos, y al momento de inyectárselo, Eleonor estaba sumida en un sueño profundo.

-Dormirá hasta mañana –dijo Bryan guardando su instrumental dentro del ajado maletín que estuvo a punto de perder, en las arenas del desierto y asintiendo con satisfacción –Candy, puedes estar tranquila. Tu…-miró a Helen y se lo pensó mejor, y en vez de pronunciar la palabra madre añadió – Eleonor despertará mañana, plenamente recuperada. Puedes confiar en ello.

Bryan posó sus mano ancha y firme en el hombro derecho de la muchacha, que contempló perpleja los expresivos ojos negros de Bryan, idénticos a los de su esposo. Lo que más le chocó fue la seguridad y aplomo que transmitía en cada una de sus palabras. Debía de ser un buen hombre, casi tanto o más que su hijo, a la sazón su esposo.

La muchacha estuvo tentada de preguntarle por algunos aspectos del pasado de Mark, que aun desconocía y que este se había negado a contarle o quizás hubiese decidido prudentemente, obviarlos. Aparte de su inconmensurable poder, Candy presentía que un secreto más oscuro y recóndito dormía entre los entresijos de su alma. Iba a interrogarle por los pormenores del asunto, cuando Agnes que estaba junto a su señora sin separarse de ella ni un momento, rogó a Candy que se acercara para verificar si tenía fiebre. Bryan le hizo un gesto con la cabeza, pidiéndole que se reuniera con su madre y repuso, mientras dirigía la vista hacia un templete de mármol, que despertaba en Candy tantos recuerdos, y que se alzaba en la propiedad de los Andrew, perfectamente visible desde la mansión de Eleonor:

-Ve con ella. Te necesita Candy. Yo, por ahora poco más puedo hacer, pero si me necesitas, no dudes en llamarme. Permaneceré aquí para velar por Eleonor, si tú me concedes tu permiso.

Candy contempló al doctor sorprendida. ¿ Permiso ? ¿ qué pretendía decir Bryan con aquellas extrañas palabras ?

El hombre lanzó un breve suspiro y cubrió su mentón ligeramente barbudo con la mano izquierda, meneando brevemente la cabeza. No tenía sentido ocultarle la verdad, pero tampoco estaba en su derecho, a revelársela porque quizás, Eleonor optara por no hacerlo de momento.

-¿ Qué quiere decir Bryan ? es la casa de mi madre. Yo no…

-Por eso precisamente –dijo el médico buscando las palabras más adecuadas para no despertar las sospechas de la hermosa joven, cuya belleza había fascinado por unos instantes a Bryan- tu padre …por lo que parece está ausente –dijo mirando hacia los costados sin razón aparente.

-Sí, está realizando un viaje de negocios por Nueva York y los alrededores –explicó Candy ligeramente sorprendida y sonriendo levemente ante la confusión de Bryan –pero no es mi padre. Se casó con ella, pero nada más.

Bryan cada vez comprendía menos. Deseaba hablar con la muchacha para empezar a aclarar todo aquel embrollo cuanto antes, pero la voz apremiante de Agnes y de Helen la reclamaron, por segunda vez insistentemente.

-Ahora no puedo hablar con usted –dijo Candy mirando de hito en hito hacia la puerta de la alcoba de su madre y el doctor que enfundado en la para él, anacrónica levita de principios de siglo hubiera deseado mantener aquella conversación con la chica por espacio de unos minutos más.

-Luego me reuniré con usted. Me encantaría charlar de tantas cosas. Mark es un hombre extraordinario, y si me pongo a hablar de él ahora mismo, puede que no termine hasta mañana –explicó Candy riendo quedamente, y de forma tan encantadora que su risa se contagió espontáneamente al médico. La muchacha observó a su marido e inclinando la cabeza dijo, más bien recitó poéticamente:

-Estoy tan enamorada de él… Su hijo…es…es tan bueno, dulce y gentil que no concebiría mi vida sin estar a su lado –dijo Candy notando como una punzada de amor y orgullo recorría todo su cuerpo.

-De todas maneras, tiene mi permiso para quedarse en la mansión de mi madre, para cuidarla mejor, si a eso se refería. Advertiré al servicio para que no se figuren nada raro si le encuentran aquí.

-Muchas gracias Candy. En serio, te lo agradecería.

En esos instantes, Mark había abandonado la habitación de Eleonor con intención de conversar con su padre. Por el camino, se cruzó con su esposa, que mientras él retornaba de hacer compañía a su hermosa suegra, Candy regresaba junto a ella, con intención de velar su convalecencia. Pese al dramatismo de la situación en que se habían visto envueltos, no consiguieron evitar fundirse en un apasionado beso, orlado por ardientes palabras de amor y de ánimo mutuas. Finalmente, se separaron manteniendo sus manos unidas por unos instantes, para a continuación dirigirse a sus respectivos destinos. Bryan asintió complacido de que su hijo hubiera encontrado la felicidad que les fue arrebatada tan trágicamente por aquel atropello que segó la vida de Anna, su querida esposa.

8

Padre e hijo permanecieron acodados en la balaustrada de mármol contemplando los fértiles y esmeradamente cuidados jardines desde la espléndida y magnífica terraza, que se abría ante los mismos. Sentían una imperiosa necesidad de hablar, de contarse tantas cosas y al mismo tiempo, temían el revelarlas y ponerlas en conocimiento, el uno del otro. Finalmente Mark, incapaz de seguir soportando por más tiempo el largo silencio que mediaba entre ellos, dijo contemplando la luna cuya luz rielaba sobre el lago artificial, en cuyas aguas se mecían un par de botes de remos, con un casco de madera policromada en forma de cisne:

-Son tantos hechos, tantas cosas que contarte, papá.

-Lo sé hijo y si vas a empezar a reprocharme algo, estás en tu derecho. Pensaste que había muerto en Iraq, pero te juro que lo me ocurrió es toda la verdad, aunque te aseguro que si hubiera tenido algún modo de ponerme en contacto contigo…no de esta forma, por supuesto, lo habría hecho.

Mark no deseaba discutir. Aunque su padre estaba en lo cierto, y había sentido un sordo rencor por la promesa incumplida que le hizo, cuando era poco más que un adolescente, de que retornaría del frente sano y salvo, en el momento en que le dejó al cuidado de su cuñado Jonás, tampoco sería justo echarle en cara algo que le pilló totalmente desprevenido y que escapaba a su control. Por otra parte, había recobrado a su padre y el hecho de que ambos fueran viajeros del tiempo, en cierta forma limaba las asperezas que años de separación habían formado entre ellos.

-No voy a recriminarte nada, papá. Las circunstancias que nos han hecho coincidir aquí nos desbordaron completamente, tanto a ti como a mí, pero en mi caso…-se interrumpió descubriéndose la muñeca y mostrándosela a su padre, que se fijó con curiosidad no exenta de cierta aversión, como las venas de sus muñecas, desprendían una claridad dorada similar a la que emitía una luciérnaga, aunque ligeramente más intensa que la del insecto.

-¿ Qué es eso hijo ? –preguntó Bryan, mirándole confundido, aunque empezaba a intuir la tremenda realidad que se escondía tras aquel fulgor dorado.

-Es iridium papá –dijo Mark sin emoción alguna en su voz- es la sustancia…que me permite viajar en el tiempo, o volar, entre otras facultades.

Bryan le observó asustado y retrocedió unos pasos. Se había prometido controlarse y asumir la verdad, fuera la que fuera, y por dura que resultase, pero aquello sobrepasaba sus más locos e insensatos temores.

¿ Había escuchado las expresiones "viaje en el tiempo" y "volar" o había entendido mal acaso ?

Como su padre no reaccionara, Mark, también se separó unos pasos de su lado y asegurándose de que Candy o cualquiera de sus acompañantes, no pudieran verle, más que nada para no angustiarles más de lo que ya lo estaban, sobre todo a la criada de Eleonor, que desconocía completamente el secreto de Mark y era cuestión, de que así continuara siendo, extendió la mano y dijo:

-Prométeme que no te asustarás y que no vas a reaccionar histéricamente. Contestaré a todas tus preguntas, una vez que hayas contemplado, lo que tengo previsto mostrarte.

Bryan cada vez más intrigado y sorprendido, intentó acercarse a su hijo, para examinar nuevamente sus venas, pero Mark se lo impidió pidiéndole que se mantuviera quieto:

-No te acerques papá. Mi poder podría dañarte sin querer.

Entonces Mark se concentró y grandes llamaradas rojas y amarillas envolvieron en décimas de segundo su piel sin quemarla o dañársela, desde las falanges de sus dedos, hasta los pliegues de los codos. Bryan se retiró espantado, pero solo fue por un momento. El instinto de proteger a su hijo era más fuerte y se abalanzó hacia delante, tras quitarse la chaqueta de su incómoda levita con intención de apagar las llamaradas que, en apariencia amenazaban con incinerar a Mark completamente, pero antes de que el hombre llegara a estar siquiera a la altura del joven, esgrimiendo la tela del mejor paño inglés, volteándola sobre su cabeza presurosamente, para echársela a Mark sobre los brazos, este de improviso rebajó las emanaciones de iridium hasta que las llamas, al dejar de ser alimentadas, bruscamente por la acción del iridium, que se inflamaba en contacto con el aire, se apagaron gradualmente. Entonces Mark, permitió a su padre que le examinara los antebrazos, que estudió incapaz de articular palabra. No tenían ninguna quemadura, ni lesiones de ningún tipo, ni siquiera le había brotado la más mínima ampolla, ni tan solo un leve rojez o hinchazón.

-Es…increíble hijo –tartamudeó Bryan que por más vueltas que le dio o estudió perplejo las extremidades de Mark, no halló ninguna explicación lógica a aquello –no tienes ni la más ínfima laceración ni quemadura.

Mark sonrió tristemente. Entonces se escuchó una agitada conversación femenina. Alzó la cabeza y dirigió la mirada hacia la habitación de Eleonor, pero nada parecía indicar algún indicio, de que aquello hubiera tenido relación con la imprevista demostración de Mark. Aparentemente, todo seguía en calma.

-Bien, papá, voy a contarte como me convertí en lo que soy, y de que modo conocí a Candy. Es una larga historia.

Bryan sonrió esbozando un rictus sardónico. Aun estaba bajo los efectos del pánico nervioso que le había provocado el contemplar a su hijo rodeado por el fragor de las llamas. Bryan logró contener su incipiente crisis de ansiedad, aunque a duras penas. Por un momento había estado en un tris de perder la cordura, como cuando la bondadosa señora de los lentes redondos y los cabellos grises, recogidos en un moño, le hizo partícipe de una pavorosa verdad, y ahora era testigo de otra, al presenciar cómo Mark ardía como una tea, envuelto en llamas, que él mismo emitía a voluntad, como si fuera una especie de soplete con forma humana.

-Tenemos tiempo hijo. Me temo que Eleonor tardará es despertar, aun está algo débil y si vamos a quedarnos aquí a esperar a tu esposa y a la señora Legan, serán unas cuantas horas, así que pongámonos cómodos –repuso el hombre algo más calmado y embutiéndose de nuevo la chaqueta, porque estaba empezando a refrescar a medida que la noche avanzaba.

-Tiempo…-dijo Mark mirándole fijamente- eso es algo de lo que puedo disponer a voluntad –declaró sin asomo alguno de ironía en su voz.

Calló por un instante y se sentó en una mecedora que estaba dispuesta bajo el porche. Sus ojos negros se encontraron con los de su padre. Era como contemplar su propio reflejo, en un bruñido y gran espejo.

-Por cierto papá, me temo que me estás ocultando algo que sabes acerca del motivo del desmayo de Eleonor y que por alguna razón no quieres decirme.

-Tienes demasiada imaginación hijo –declaró Bryan despreocupadamente, pero solo era una fachada. Mark sabía perfectamente que, su padre estaba intentando evitar desesperadamente, que la verdad plasmada en la carta, saliera a la luz, pero como Bryan conocía de sobra a Mark, dedujo que era un despropósito tratar de mantener al joven, ignorante y al margen de la cruda y dura verdad, que quizás no debería haber averiguado nunca, ya que aquel en apariencia insignificante y poco adecuado gesto de leer correspondencia ajena y privada cambiaría tanto su vida como la de Eleonor con resultados insospechados, aunque en ese momento no era capaz de saberlo, ni siquiera Mark.

-Está bien hijo –admitió el médico con gesto de cansancio.- Te diré lo que sé, pero primero relátame esa larga historia con algo de ese tiempo del que dices disponer a voluntad.

Asintió y sellado aquella especie de pacto entre ambos hombres, Mark empezó a hablar contando algo que jamás Bryan habría siquiera concebido nunca. A medida que iba desgranando lentamente los sucesos más trágicos e importantes de su vida, desde que la codicia de un puñado de inconscientes abrió la caja de Pandora, convirtiéndole en lo que era, hasta el dulce momento en que meciéndose sobre el mayor árbol que hubiera contemplado nunca hasta la fecha, sus ojos negros e intensos se, encontraron por vez primera con las arrebatadoras esmeraldas de las pupilas de Candy ,o pasando por Tunguska. La Primera Guerra Mundial, las maquinaciones del Imperio Negro, todo fue transmitido desde los labios de Mark, hasta los oídos de su padre que atónito, no daba crédito a lo que estaba escuchando.

-¿ Alterasteis, el curso de la Primera Guerra Mundial…por…por causa de ese Imperio Negro o como se llame ? –preguntó con voz ligeramente chillona. Mark le hizo entonces imperativos gestos, agitando sus manos, de que bajara la voz, porque podrían captar sus palabras desde la habitación contigua.

-Sí, pero no como te piensas. Acortamos la guerra en un año, mejorando la tecnología de los carros de combate para que los aliados pudieran vencer antes a la Triple Entente.

Su hijo le explicó que todo el mérito fue del tan mentado Haltoran, que estaba deseando conocer, dado que Mark le había mencionado ya varias veces y que había contado con la ayuda de aquel voluminoso robot que le había ofrecido con aquella voz tan atildada y meliflua una taza de te, que bebió habiendo estado a punto de atragantarse, por que no hacía más que ir de sorpresa en sorpresa. Cuando le preguntó a su hijo que papel había jugado en toda aquella enrevesada historia, este afirmó:

-Convencí al presidente para que nos prestara todo su apoyo, pero la verdad, fue él mismo quien dio con nosotros debido a un cúmulo de circunstancias favorables que se fueron sumando una a otra. Si te confieso la verdad, papá, no sabíamos ni como emprender esta misión…por llamarla de alguna manera –recalcó abriendo los brazos en un significativo ademán –aunque el mérito fue de un sobrino del presidente, que con su insistencia dio origen a todo, tras una laboriosa investigación, que le convenció finalmente de entrar en contacto conmigo. Cuando el presidente dio con nosotros, prácticamente lo sabía todo acerca nuestro, de mi maestro, de Haltoran, de Carlos…y por supuesto de mí. El sobrino de Wilson nos puso en bandeja de plata, lo que no sabíamos ni como abordar remotamente.

Bryan estuvo a punto de marearse y desplomarse al suelo, pero Mark le sostuvo rápidamente y le ayudó a acomodarse en su mecedora, de la que se había levantado porque no podía continuar sentado ni mantenerse inmóvil, escuchando cuanto Mark le refería.

Se acordó repentinamente del periódico abandonado en el asiento trasero del taxi y del artículo referente a la Gran Guerra, así como de la fecha citada en el rotativo, de finalización del conflicto: Septiembre de 1917.

Cuando le narró su encuentro con el presidente Wilson en el templete que había distinguido en la distancia, Bryan pensó que su hijo, o quizás él estaban desvariando presas de algún delirio que les había afectado a ambos, pero bastó que tomara nuevamente conciencia de donde se hallaba y en que situación estaba, a la vez que Mark le mostrara la medalla de honor del Congreso que el estadista les otorgó en secreto, una vez finalizada la guerra en los jardines de Lakewood a todos nosotros, incluida Candy, para que no tuviera más alternativa, que admitir que cuanto le había referido era cierto. Rigurosamente cierto.

-¿ El presidente Woodrow Wilson ? ¿ el de los catorce puntos de paz ? –preguntó mientras arqueaba las cejas y trataba de imaginarse a su hijo condecorado como héroe de guerra, por un estadista de otro tiempo.

-El mismo –admitió Mark con sencillez.

9

El relato de Mark finalizó cuando le habló a su padre de mí, de Haltoran al que aun no conocía, de Carlos y de Mermadon, el robot producto de la inventiva de Haltoran. En esos instantes, cuando Bryan iba a hacerle partícipe del dramático y candente secreto, motivo del desvanecimiento de Eleonor, Candy acudió en busca de ambos interrumpiendo para alivio de Bryan, la embarazosa conversación. La muchacha, jadeante y nerviosa se plantó ante la terraza y les reclamó insistentemente desde el suelo, haciendo bocina con las manos. Mark dio un ágil salto y se posó con la agilidad de un gato y la seguridad de un equilibrista ante su esposa, con la que intercambió unas breves palabras, seguidas de un sonoro beso. Acto seguido, el joven levantó a Candy sin esfuerzo volteándola en el aire, riendo al unísono con ella.

-Papá, papá –gritó Mark desbordante de alegría desde abajo- Eleonor se encuentra mejor y pregunta por ti. Quiere vernos a todos ahora mismo, en especial a ti. Desea conocer a su salvador.

Pero Bryan estaba sumido en sus propias cavilaciones y por un instante no escuchó la voz de Mark y de Candy que le llamaban constantemente. El médico se asomó al pretil de la balaustrada y realizó un rápido cálculo mental, mirando hacia abajo y asomando poco más que su nariz y la mitad superior de su rostro, sobre la horizontal de la artísticamente trabajada y barroca barandilla. Debían estar a una altura de diez metros, pero Mark había salvado la caída sin ningún esfuerzo, como si fuera el minúsculo peldaño de una pequeña escalera, medido en centímetros en vez de en metros.

"Debe ser ese iridium. No solo le ha dotado de formidables poderes, si no que sus reflejos, su fuerza, sus sentidos han aumentado en proporción exponencial. Es increíble".

Finalmente, ante la persistencia de su hijo, y de la muchacha que se suponía que debía empezar a considerar como su nuera, bajó las escaleras precipitadamente para reunirse con ambos y dirigirse hacia la alcoba de Eleonor que les aguardaba despierta, de buen humor e impaciente por conocerle.

10

El encuentro entre Eleonor y Bryan fue algo que este último no olvidaría nunca, por más años que viviese. La antigua diva del teatro, estaba envuelta en una bata de seda, ricamente adornada, con ese elegante gusto que solo podía darse, en una época ya pasada que no volvería para cuantos desde el siglo XXI habían admirado nostálgicos, alguna vez, un momento histórico, de lujo y glamour, en el que ya el mero hecho de vestirse de etiqueta para cenar, hacía que la más fértil imaginación se desbordarse fantaseando con historias, y hechos que Bryan tenía el privilegio más absoluto de estar experimentando en primera persona.

La ex actriz tomó las manos del médico entre las suyas, blancas y pulcramente cuidadas sonriendo afablemente al percatarse del leve rubor que inundaba las mejillas de Bryan. Eleonor rió discretamente, entrecerrando los ojos verdes, tan hermosos y cautivadores como los de su hija. Y al igual que los de Candy, prendaran a Mark aquella lejana mañana del mes de Mayo, los de Eleonor hechizaron definitivamente a Bryan que no era capaz de apartar sus pupilas oscuras de las de la mujer, tan intensas y semejantes a esmeraldas. Por un momento, Mark se vio así mismo, observando a Candy desde la rama del gran árbol que coronaba la cima de la colina adyacente al hogar de Pony. Se vio enamorándose de ella, lo mismo que Candy de él, en un instante eterno y fugaz, el más feliz y trágico de sus vidas a un tiempo.

"No, no puede ser…Me temo que papá…se está…" –pensó Mark azorado, al entrever la magnitud del descubrimiento que había realizado casi sin darse cuenta. No dijo nada, pero Candy notó el leve estremecimiento que sacudió a Mark, y que su esposo le transmitió involuntariamente a través de su piel, cuando sus dedos se movieron nerviosos e inquietos, en torno a la cintura de su mujer. Candy le miró brevemente y le preguntó en voz baja:

-Cariño, ¿ te ocurre algo ?

-No es nada mi amor –dijo besándola en la frente, mientras la mantenía estrechamente abrazada, enlazando sus manos desde detrás, en el talle de la muchacha.

-Es usted un auténtico caballero –decía Eleonor con voz clara y cristalina.

Bryan que no era muy ducho en los modales y convenciones sociales de la época, sonrió con cara de circunstancias, abrumado por la belleza de Eleonor, mientras pasaba su brazo derecho por detrás de la nuca. Helen realizó un gesto de desagrado ante la conducta del hombre, que no se percató de la expresión ceñuda de la madre adoptiva de Candy, al que debió juzgar tan patán e inepto como cuando yo, sin pretenderlo metía la pata estrepitosamente, en tales cuestiones.

-No tiene importancia señora –decía Bryan con su voz de barítono.

Aunque el savoir faire no fuera su fuerte, la entonación de su voz compensaba sobradamente su falta de capacidad en dichas disciplinas. Eleonor se percató, de que aquel hombre simpático y afable, de facciones marcadas y decididas, de ojos oscuros y profundos, y cabellos negros, cortados con pulcritud, la estaba haciendo reír involuntariamente, cuando no sentía deseo alguno de hacerlo, y se dio cuenta, para su grata aunque imprevista sorpresa, de que se hallaba bien en su compañía. Su sola y mera presencia allí junto a ella, era como un bálsamo curativo para el desgarrador dolor que la repentina y dolorosa ruptura de su matrimonio, le había impuesto. Como una pesada y ardua carga, tendría que soportar la ausencia de Athut, con el que no contaría ya a partir del día en que recibió la carta de este, a su lado, y se lamentó de que no le hubiera conocido antes que a Arthur.

Bryan se compadeció del infausto destino de la mujer que ignoraba completamente, que el médico estuviera al corriente y perfectamente informado, de la verdadera razón de su desvanecimiento y pesar. Eleonor trataba de disimularlo, pero se hacía más que evidente, para su hija Candy y en especial para Bryan, que notaba como su corazón se aceleraba por momentos, en presencia de la esplendorosa y atractiva mujer, de ojos verdes y cabellos rubios, que terminaban en elaborados y recargados tirabuzones que a juicio de Bryan, la conferían, un aspecto adorable, como efectivamente era.

"Maldito canalla" –pensó enojado, refiriéndose a Arthur, por el daño tan significativo que le había inferido.

"Solo espero que no llegues a cruzarte en mi camino" –añadió mentalmente, en una velada amenaza, mientras un brilló de cólera titiló en sus ojos oscuros, involuntaria señal de su estado de ánimo, que su hijo percibió perfectamente.

Candy decidió despedirse de su madre, dado que se encontraba algo afectada por el cargado ambiente de la alcoba y Eleonor le besó en sus cabellos rubios musitándole al oído:

-Eres tan buena mi querida niña…Está bien, ve con tu marido. Además tus hijos deben estar esperándoos impacientes. Por cierto, hija, el doctor Anderson se va a quedar un rato más conmigo para cerciorarse de que estoy bien, pero pese a mi insistencia no me deja ni a sol ni a sombra –bromeó alegremente la dama.

Poco antes de que se fueran, Bryan se las arregló para llevarse a un aparte a su hijo, y entregarle discretamente la carta que encontrara en el suelo del salón donde Eleonor había aparecido desplomada.

Lanzó una nerviosa mirada en torno suyo, pero Candy estaba departiendo con su madre y hasta Helen que parecía un poco violenta cuando Candy y Eleonor estaban juntas delante de ella, o se tocaba el tema en su presencia, participó de la afable y alegre conversación femenina, a la que se había sumado de buena gana la propia doncella de la actriz retirada.

Mark tomó la carta que su padre le tendía con disimulo y arrugando la nariz, preguntó con extrañeza:

-¿ Qué es esto padre ?

Mark siempre trataba a Bryan con formalidad cuando ambos vivían un momento especialmente tenso y dramático.

Bryan tragó saliva y declaró poniendo la mano derecha en uno de los hombros de Mark:

-El motivo por lo cual esa hermosa señora, se desplomó. Prefiero que se lo confieses tú a tu esposa, si lo consideras oportuno, porque tú tienes más tacto que yo, hijo.

11

Mientras Bryan y Eleonor conversaban, Candy y Mark se reunieron con sus hijos para tranquilizarles acerca del estado de su abuela. No obstante, pese a que sus padres les pusieron rápidamente al corriente de todo, Marianne se puso a llorar suplicando que le permitieran entrar en la alcoba para poder cerciorarse de todo, con sus propios ojos. Yo estaba presente, y Maikel me tironeó de mi gabardina rogándome que intercediera ante Mark y Candy para que tanto él como su hermana pudieran visitar a Eleonor.

Me encogí de hombros y posé mis ojos oscuros en los de Candy. La muchacha, conmovida se arrodilló ante su hijo y tomándole por los hombros, esbozó una sonrisa y abrazándole le dijo:

-Eres un muchacho muy bueno cariño. Claro que tenéis mi permiso y el de papá para hablar con la abuela, pero no la fatiguéis mucho. Aun está muy débil y necesita descansar. Id con el tío Maikel. La abuela Helen os está esperando allí.

Los dos hermanos lanzaron un repentino y alegre grito de alegría y se pusieron a saltar en torno a mí, rogándome que acelerara el paso para personarse cuanto antes en la alcoba de la bella mujer. Esbocé un rictus de satisfacción y me apresuré a ir con los niños tan rápido como pude. Candy me retuvo por un instante llamándome por mi nombre:

-Maikel.

Su hijo, al que había puesto mi nombre como sincero homenaje y reconocimiento hacia mí se giró perplejo y asustado. Temía que su madre revocara su decisión.

-No cariño, no es a ti –se apresuró a corregir Candy el equívoco- me refiero al tío Maikel.

El niño suspiró aliviado mientras ayudaba a su hermana a ponerse un pequeño abrigo negro para que la niña no se resfriara, dado que la noche era fresca y hacía algo de relente. Marianne asintió complacida ante la galantería de su hermano. Era evidente que ambos niños se profesaban un profundo afecto.

-Maikel –repitió Candy mi nombre por segunda vez, dejando escapar una breve risita por la inoportuna confusión- procura que no estén demasiado. Mi madre necesita descansar y me temo que con…mi…Helen, el padre de Mark y vosotros tres va a haber demasiada gente.

-Descuida –dije llevándome dos dedos al ala de mi sombrero y guiñándola un ojo- puedes contar con que así será.

Llevé a los niños conmigo, aunque la verdad no habría sabido discernir en ese momento si era así o a la inversa, porque Maikel y Marianne jalaban con tanta fuerza de mí, que por un momento estuve a punto de resbalar y rodar por tierra, aunque afortunadamente el niño me sostuvo con facilidad impidiendo que llegara a tocar el suelo. Me sorprendió la incipiente fuerza que parecía albergarse, aun en estado latente, en sus brazos. Me supuse que aquel era otro efecto residual de la acción del iridium, legado por Mark a su descendencia.

Cuando nos perdieron de vista Candy se sentó en un banco de piedra que estaba junto a una estatua que representaba a un león rampante en contenida y muda acción de saltar hacia delante, impulsándose sobre sus cuartos traseros. Sonrió al recordar nuestra particular aventura con el felino que Albert conservaba en su quinta de Chicago y que afortunadamente, pudimos capturar y remitir al zoo de la ciudad. Candy mostraba en su rostro las huellas del cansancio, producido por la tensión acumulada. Llevaba un elegante vestido azul con un discreto escote y una estola blanca al cuello. Se refugió en brazos de Mark, que tomó asiento junto a ella y dijo contrariada:

-Pobre mamá, ¿ que podrá haberla sucedido ?

Mark guardó silencio. Recordó que su padre iba a contarle algo cuando la llegada de su esposa había interrumpido la confesión.

-No lo sé cariño, pero parece que todo se ha debido a una fuerte impresión.

Candy le miró con ojos desorbitados y se llevó las manos al rostro. Entonces fijó su mirada en él y preguntó con cierto temor:

-Mark, ¿ acaso sabes algo ? por favor, no me ocultes nada. Yo…

Mark se aflojó las solapas de su chaqueta. Pese a su antigüedad y estado, seguía prefiriendo sus primitivas ropas, con las que arribó por vez primera a 1912. No terminaba de acostumbrarse a la incomodidad de los ropajes que se empleaban en aquel tiempo, pero había terminado por acceder a vestirse a la moda de entonces, por la insistencia de su esposa y el amor que la profesaba.

-Mi padre iba a contarme algo, pero de repente se interrumpió cuando nos avisaste de que Eleonor deseaba hablarnos, pero sí, Candy, conozco el motivo.

Antes de que la muchacha fuera capaz de articular palabra, Mark alargó la mano derecha tendiéndola una hoja de papel plegado en varios dobleces. Candy le dirigió una mirada de sorpresa, pero ante el mudo asentimiento de Mark, la tomó con dedos temblorosos y la desplegó leyéndola rápidamente a la pálida luz de una farola situada a unos pocos metros de la estatua del león rampante. Mark apretó la mano derecha de Candy con firmeza, intentando no apretar demasiado, debido a que veces desconocía su propia fuerza. La joven estimó particularmente el contacto cálido de los dedos de su esposo, porque posiblemente, no habría contado con los redaños necesarios, para afrontar lo que vendría a continuación. Con la mano que le quedaba libre, sostuvo la carta que temblaba cada vez más entre sus dedos, a medida que iba examinando su contenido. Algunas lágrimas se vertieron desde sus ojos verdes de esmeralda, sobre la misiva, haciendo que la tinta se corriera unas veces o que el papel se transparentara, tornándose traslúcido, allá donde alguna de las amargas lágrimas dejaban su huella.

-Mamá, pobre mamá –susurró Candy mientras arrugaba la carta con ira y la estrujaba con su mano izquierda, convirtiéndola en una bola de papel. Mark la atrajo hacia sí y Candy buscando el contacto protector de su esposo, se desahogó llorando entre sus brazos.

Mark la acarició los cabellos rubios, apartando los mechones que se deslizaban sobre sus ojos verdes de belleza inhumana. Candy gemía violentamente entre los brazos de Mark que le dedicaba afectuosas palabras de ánimo, con una voz tan dulce y apaciguadora que la muchacha, pese a su dolor, no pudo evitar musitar agradecida:

-Mark, amor mío, si no te tuviera a mi lado…si no estuvieras conmigo para protegerme y cuidarme, para consolarme en momentos así…

Mark la atrajo hacia él y levantando con delicadeza su rostro, por el mentón dijo con afecto:

-Candy, cariño, yo siempre estaré a tu lado, para lo bueno y lo malo. Jamás te abandonaré, porque nunca dejaré de quererte.

Algo más reconfortada, Candy pasó su mano derecha por la frente mientras Mark retiraba con cuidado de no hacerla daño, las lágrimas que aun perlaban su sedosa piel mientras declaraba entristecido:

-Mi padre encontró la carta, a pocos pasos de Eleonor, y la recogió entregándomela a mí. No se atrevió a decírtelo y dejó a mi albedrío la decisión de contarte la verdad o no. Y sinceramente, creo que me arrepiento de haberlo hecho Candy –Mark estaba tan apenado por el dolor de su esposa, que algunas lágrimas de rabia surgieron de sus ojos oscuros. Ahora era Candy, la que temía por el estado de ánimo de Mark. De repente, tiró suavemente de él, hacia sí y le besó apasionadamente, mientras musitaba:

-Cariño, tú, tú no eres culpable de nada. Además, he sido yo quien ha insistido en que me relatases lo que sabías y es mejor así. Ahora que se lo que ha sucedido, por mucho que me duela, supongo que me encuentro mejor, aunque mi pobre madre ha debido de sufrir un golpe tremendo.

Mark asintió. Sabía por experiencia propia lo dura y terrible que llegaba a resultar un daño de ese tipo dirigido a la línea de flotación del amor, normalmente con fatales consecuencias.

-Eleonor…tu madre, Candy, es una mujer muy fuerte. Se repondrá.

-De eso no me cabe la menor duda –repuso Candy enjugándose sus últimas lágrimas y sacudiéndose algunas arrugas formadas en los pliegues de su vestido- y supongo, que tal vez con el tiempo, encuentre de nuevo el amor más pronto de lo que parece –declaró de forma enigmática, mientras miraba significativamente a Mark, que preguntó perplejo:

-¿ Qué quieres decir Candy ?

La joven entornó los ojos. Tenía un raro don para averiguar los sentimientos de las personas, como cuando había descubierto que Juan Pablo, el muchacho que la salvase en Chicago de ser forzada por dos maleantes cuando se disponía a trabajar en el hospital de San Jorge como enfermera, estaba perdidamente enamorado de ella, aun sin que el joven noble español y pianista le hubiese revelado nada, ni si se le hubiera declarado públicamente. Y en la misma forma, que averiguó aun casi sin proponérselo ni pretenderlo, el secreto de Juan Pablo, había adivinado la fascinación mutua que parecía existir entre el padre de Mark, y su propia madre.

-Tu padre, Mark. Me he percatado de la forma en que miraba a mi madre. Y ella no parecía ajena a ese interés, pese al dolor que Arthur le ha causado tan injustamente.

12

Tan pronto como Haltoran y Annie se enteraron del percance sufrido por la famosa diva del teatro, se personaron inmediatamente en la mansión Legan para interesarse por el estado de Eleonor. Cuando Annie abrió la puerta se encontró con el apurado y cariacontecido Mermadon, dado que yo me encontraba departiendo con Bryan, el cual para completar el cuadro general que ya casi tenía listo en su mente de cuanto acontecía, en lo que preveía, sería su nuevo mundo a partir de entonces, había rogado a Mark que le fuera concertando entrevistas con cada uno de nosotros, para que nos fuéramos conociendo y supiéramos la verdad que se encontraba tras aquel hombre de rostro afable, ojos oscuros y rasgos prominentes. Bryan no se había percatado del cambio físico que se había operado en Mark durante su ausencia, ya que el joven en aquel entonces aun no había alcanzado la elevada estatura que le caracterizara y creía que Mark se había desarrollado alcanzando una altura poco mayor que la que tuviera, cuando se despidió de él por última vez, para dirigirse hacia el Golfo Pérsico, tras confiarle a su cuñado. Que lejos estaba de saber, que por amor a Candy había reducido drásticamente su prominente estatura, mediante un procedimiento que prácticamente le costó la vida, en las frías y heladas extensiones del Artico, aunque yo me encargaría de ponerle al corriente en medio de su estupor y asombro generales.

13

Annie aun conservaba cierto recelo y prevención hacia el gigante de acero y kevlar al que había considerado poco más que la encarnación del monstruo de Frankenstein, pero como yo no había podido zafarme de mi proyectado encuentro con el padre de Mark, y Carlos se hallaba enfrascado en su trabajo como mayordomo, en la mansión Legan, no hubo más remedio que enviar al robot, el cual se había tornado invisible y no reveló su identidad, hasta que estuvo en presencia de Annie, a la que contó apresuradamente lo ocurrido, intentando que la impresionable muchacha de ojos azules y cabellos negros se sobresaltara lo menos posible. El robot se anunció a través de la puerta de la mansión justo cuando casualmente, Annie pasaba por allí, junto a los batientes de roble. La chica salió al encuentro de Mermadon que la puso en antecedentes que le escuchó temerosa, poniéndose a la defensiva, mientras se protegía instintivamente, retrayendo los brazos hacia sí y entrecruzando las manos a la altura de su cuello. Una vez que el robot se hubo marchado con paso vacilante de vuelta a la mansión Legan, y protegido por su invisibilidad, Annie se puso en movimiento.

La muchacha llamó a Haltoran a gritos y le informó de todo. Corrió tan rápido a vestirse, que Annie jadeante, le suplicó llorosa que no se moviera tan frenéticamente, porque la estaba dejando atrás. Haltoran regresó sobre sus pasos y disculpándose, acompasó su frenético ritmo al de la muchacha, a la que tomó de la mano. Una vez que se cambiaron de ropa apresuradamente, bajaron las escaleras de dos en dos, sobre todo Haltoran, y salieron al exterior del palacete, sin pérdida de tiempo. A escasa distancia del porche de la mansión, justo frente a la escalinata de mármol, había aparcado un flamante descapotable de color azul pálido, Hispano Suiza K6, que aguardaba a que su dueño lo pusiera en marcha. Haltoran se subió precipitadamente al automóvil, sin abrir la portezuela y saltando por encima de la misma, ante la sorpresa de Annie que seguía sin entender aquellos infantiles gestos de su marido, que se dejó caer repentinamente, en el puesto del conductor. Se lo había comprado recientemente y prefería conducirlo él mismo personalmente, prescindiendo de los servicios de cualquier chofer, dado que todo lo que pudiera hacer por si mismo, no era de la opinión de delegarlo en otros y eso, a pesar de que su suegro le había recomendado uno especialmente profesional y eficaz, casi de continuo. Su esposa ocupó el asiento del copiloto, mientras Haltoran, arrancó el vehículo y poniendo la primera, hizo que el automóvil se deslizara hacia delante por el camino de grava que enfilaba hacia la verja de su casa, mientras los guardeses abrían las puertas de la cancela, franqueándoles el paso. El matrimonio abandonó el palacete en dirección a la mansión de Eleonor con toda la celeridad que el apurado joven, fue capaz de imprimir a su coche, cuyo motor rugía revolucionado, mientras Annie pensativa y preocupada, reclinaba su frente en el vidrio de la ventanilla de su lado.

14

Cuando llegaron, Annie corrió al encuentro de su amiga y la abrazó efusivamente lamentándose del terrible incidente, aunque afortunadamente sin consecuencias fatales. Mientras las dos mujeres conversaban, Haltoran se encontró con Mark al que saludó estrechándole la mano con fuerza.

-Hemos venido tan pronto como nos enteramos –dijo el joven- espero que no haya sido nada –expresó sinceramente.

-No, pero ha sido el producto de un fuerte shock producido por esto –entonces Mark le tendió la carta que había desencadenado toda aquella funesta secuencia de aciagos acontecimientos y que estaba arrugada y chafada, debido a que Candy en su rabia la había retorcido entre sus dedos en infinidad de dobleces y pliegues.

El joven leyó con el ceño fruncido y cuando hubo terminado, observó escupiendo con asco y desprecio:

-Ese hombre es un canalla. Muy hermosa ha de ser esta tal Alice. O eso o es tonto. Mira que rechazar a una mujer tan hermosa y elegante como Eleonor…-dijo con voz ligeramente enojada, mientras retornaba la ajada y arrugada misiva a su amigo.

Haltoran extrajo sorpresivamente su arma que aun conservaba plegada y que no ocupaba mucho más espacio que la batuta de un director de orquesta. Mark le miró extrañado, mientras una peligrosa expresión se reflejaba en sus ojos verdes.

-Quizás deberíamos darle un escarmiento –susurró con voz dura y nada tranquilizadora- ¿ sabes Mark ? aun conservo tu arma y está en perfectas condiciones de uso.

Mark resopló indignado y acercándose a su amigo, le conminó a que la guardara inmediatamente, pese a que estaba muy bien camuflada cuando se plegaba totalmente, mejor incluso que la suya propia, de tal forma y manera que nadie a simple vista, podría determinar su auténtica naturaleza y propósito.

-Esconde eso ahora mismo –le espetó Mark mientras observaba en derredor, turbado, temiendo que alguien pudiera descubrirles, aunque un ocasional testigo poco hallaría de interés en una especie de anodina e inofensiva batuta, por muy raro que la encontrase en manos de Haltoran, que no tenía aspecto de músico o de director de orquesta, precisamente –además, Candy jamás nos lo perdonaría, especialmente a mí, por habértelo contado.

Haltoran asintió y alojó el MP-5 en un bolsillo de su chaleco. Sonrió y declaró:

-No estaba hablando en serio amigo, aunque la faena, por no llamarlo de otra forma, que ese sujeto le ha hecho a Eleonor –dijo borrando la sonrisa de su faz al mencionar a la actriz –no tiene nombre y bien valdría lo que ambos estamos pensando. Si no fuera porque yo también le he prometido a Annie no dejarme llevar por mis emociones ni cometer ninguna tontería…

-Ya lo sé Haltoran, ya lo sé –dijo Mark abriendo los brazos en un gesto de impotencia, y sintiendo un escalofrío, porque con Haltoran a veces era difícil discernir cuando hablaba en serio, o estaba bromeando- pero desde que salvé a Candy de aquella forma tan dramática y temible me juré que yo tampoco me dejaría llevar por las mías.

-Eran unos cerdos y se lo merecían –replicó Haltoran crispando los puños con tal vehemencia que Mark se sorprendió ligeramente –intentaron mataros, y finalmente hallaron lo que iban buscando, tu lado más salvaje.

-Y el más oscuro, y tengo miedo de que esa parte de mí pueda volver –replicó Mark azorado, mientras intentaba tranquilizarse y miraba a su esposa que hablaba animadamente con la de Haltoran, en el interior de la mansión y a la que veía a través de un gran ventanal que se abría al jardín, justo delante de ellos. Candy y Annie saludaron con un gesto de su mano, a sus respectivos maridos y se pusieron a reír tras enfrascarse en sus conversaciones, probablemente debido a alguna de las muchas confidencias íntimas que las jóvenes compartían entre sí.

Mark sabía perfectamente que Haltoran había estado enamorado durante un breve periodo de tiempo de Candy, pero como había sucedido con Anthony, Terry o incluso conmigo mismo, había renunciado a ella en beneficio de su amigo, gesto que jamás Mark sabría como agradecerle lo bastante. El atractivo joven pelirrojo había despertado la fascinación de Candy, en un momento muy determinado en la vida de la muchacha, que de habérselo propuesto seriamente, quizás la hubiera conquistado, convirtiéndola en su esposa, porque en aquellos días, Candy atravesaba una difícil etapa, en la que no tenía del todo claros, sus sentimientos hacia Mark, y estaba algo confusa, circunstancia acrecentada además, por su pérdida de memoria cuando Candy se desvaneciera en la colina de Pony la primera vez que se conocieran ella y Mark, por causa de la sangre del joven viajero del tiempo, que impregnó parte de sus ropas, produciéndola un fuerte choque emocional, del que afortunadamente se recuperó aunque con una amnesia parcial que, se iría desvaneciendo gradualmente.

Ambos amigos lanzaron un suspiro y entonces Haltoran repuso menos alterado:

-Es mejor olvidarse de lo que he sugerido tan inapropiadamente. Mejor ni planteárselo. No merece la pena. Ese Arthur Brandon puede que algún día lamente haber rechazado el amor de una persona tan maravillosa como Eleonor, sin tan siquiera ni reconsiderarlo, porque si aun habiendo tenido ese desliz hubiera regresado de Nueva York a tiempo, y la hubiera pedido perdón , puede que Eleonor le hubiera dado otra oportunidad.

-Puedes apostar por ello Halt –repuso Mark a las palabras de su amigo- y mucho me temo que a nada que Eleonor se reponga de este durísimo trance y se rehaga lo suficiente, encontrará el amor nuevamente. Es una dama muy hermosa y atractiva.

Recordando la impresión que Candy había tenido al observar a Bryan sentado a la cabecera del lecho de su madre departiendo amablemente con ella, pensó instintivamente en su padre y al imaginárselos juntos, convino en que formaban una buena pareja sin que le desagradara en absoluto, todo lo contrario.

-No me extraña que Candy sea tan bella con una madre así. La verdad, es que si las comparas son como dos gotas de agua –declaró Haltoran frotándose la mejilla izquierda y entornando los ojos, mientras dejaba escapar un leve bostezo.

15

Hacía un día agradable y la fragancia de la primavera se extendía en derredor nuestro. Bryan había establecido provisionalmente su lugar de residencia en la casa solariega de la actriz, más que nada por la insistencia de la dama a instancias de Candy, y dado que el doctor deseaba cerciorarse de que Eleonor estaba totalmente restablecida de su fuerte impresión, aunque cabía suponer, una razón más honda, para la prolongada estancia del médico allí, que Candy había intuido perfectamente. Me dirigí hacia la residencia de la actriz para entrevistarme con el padre de Mark. Resoplé levemente, mientras refunfuñaba por los extraños cometidos que me habían tocado en suerte desde que conocí a Mark, y ahora me correspondía uno no menos rocambolesco a mi entender. Más que nada, acudí por la insistencia de Mark por lo que me enfundé en mi gabardina, me encasqueté el enésimo sombrero en mi cabeza y me puse unos pantalones beige que me quedaban grandes. La ropa y yo nunca habíamos hecho buenas migas. Por una razón que escapaba a mi entendimiento, mis pantalones siempre iniciaban una trayectoria descendente, negándose a quedarse quietos en torno a mis caderas. Por más que intentara sujetármelos con el cinturón, siempre terminaban bajando cada vez más. Negué con la cabeza, mientras vigilaba a los lados esperando que Clean o Silvia no se hubieran conchabado de nuevo para arrebatarme mi enésimo sombrero. La última vez, Silvia se puso a ronronear entre mis piernas, de modo que la inteligente gata siamesa, coordinada con el coatí albino de Candy, me habían vuelto a birlar otro de mis sombreros tras dejarme con un palmo de narices. Mientras Silvia me distraía, Clean saltaba ágilmente sobre mi cabeza, y de un tremendo brinco, y describiendo una airosa parábola, lo asió por el ala con una agilidad pasmosa, llevándoselo mientras me observaba con sus ojillos semejantes a un antifaz. Luego Silvia se reunió con él y desaparecieron en lo profundo del bosquecillo de Lakewood, para disfrutar de su trofeo. Pero en ese momento no les divisé por ningún lado, realizando la maniobra envolvente con la que ya me habían tomado por sorpresa, otras veces. Suspiré aliviado, aunque el sombrero hacía que sudara la gota gorda, porque se había levantado un viento sur bastante agobiante. Eché andar hacia la casa de Eleonor, que estaba justo en frente de la de los Legan, y en ese momento, un par de alegres voces femeninas corearon mi nombre:

-Maikel, Maikel.

Me giré y me encontré con una agradable visión. Candy y Annie caminaban juntas y me saludaron nada más verme.

-Maikel –me dijo Candy reteniéndome por el antebrazo derecho con ambas manos- ¿ a dónde te diriges tan temprano ?

-Voy a conversar…con el padre de Mark. Al parecer, quiere conocernos uno a uno y no he podido negarme. Cosas de tu marido -repuse encogiéndome de hombros e intentando aparentar desparpajo.

Candy rió quedamente y entonces se acordó de su madre, por lo que me propuso que fuéramos juntos. De paso, comprobaría de primera mano, su estado de salud. No puse ninguna objeción y Annie, me preguntó tímidamente si podía acompañarnos.

Me encogí de hombros, mientras luchaba con mis testarudos y rebeldes pantalones que pugnaban por dejarme en evidencia delante de mis dos adorables amigas. Me sonrojé violentamente y Candy, comprendiendo los apuros por los que estaba pasando, no dijo nada., aparentando observar la hierba que crecía lujuriante en las márgenes de un estanque en el que nadaban indiferentes una pareja de cisnes, negros y blancos. Solo me dirigió una mirada compasiva. Suspiré por hacer el ridículo ante la muchacha a la que seguía amando en silencio y sin esperanza, pero como le había confesado en una conversación que habíamos sostenido, tenía su amistad, que era más de lo que otros lograrían jamás. Me pregunté y es posible, que ella también hiciera lo mismo, si eso me bastaría.

16

Mi encuentro con Candy y Annie me había puesto de mal humor, no con ellas desde luego, si no conmigo mismo. Lamenté que mi físico, mi apariencia o mi carácter no me permitiera ser más agresivo y decidido. Tuve la oportunidad de mantener un romance con ella, por corto que hubiera resultado, cuando aun disponía de una cápsula del tiempo hábilmente escondida antes de que resultara saboteada por orden de Albert, y Candy me planteó la posibilidad, apenada por mi tristeza, pero me negué caballerosa o tal vez inconscientemente, en beneficio de Mark. Caminé unos pasos por delante de las chicas algo alejado de ellas. Annie me observó con cierta lástima, pero la más afectada parecía ella.

-Maikel –musitó lentamente Candy, mientras me detuve brevemente sujetándome los pantalones y el sombrero, que resbaló de mi cabeza y al arrodillarme para recogerlo, resbalé con la hojarasca y propiné una involuntaria patada al sombrero, que salió despedido hacia atrás. Annie fue a buscarlo para traérmelo, dejándonos a Candy y a mí, momentáneamente solos.

-Mierda –mascullé con rabia crispando los puños y los dientes.

Candy me estaba observando y me tendió una mano para ayudarme a levantarme. Me sonrió levemente. Parecía que estaba contemplando el brillo del sol ante mí, la intensa y aurea luz del astro rey, solo para mí, pendiente de mi humilde persona. Entonces Candy se puso seria inmediatamente. Descubrió que estaba llorando en silencio, aunque solo fuera por un breve instante. Un par de lágrimas resbalaban desde mis ojos oscuros. Me sobresalté levemente, y rechazando su ayuda con cierta brusquedad, me erguí lentamente sacudiéndome las briznas de hierba, y retirando las flores adheridas a mi gabardina. Me pasé la bocamanga de mi gabardina por mi nariz sorbiéndome el llanto y dirigí una mirada de determinación hacia sus ojos de esmeralda, compasivos y apenados. Me giré sin pronunciar palabra y volviendo a adelantarme unos metros, rehuí todo contacto con ella, pese a que intentó entablar conversación conmigo continuamente. Cuando Annie regresó con mi sombrero en la mano, Candy se me había aproximado finalmente, desde atrás y me retuvo, posando sus manos sobre mis hombros. Notaba aquel contacto de su piel tan sedosa y suave y entonces me dijo angustiada:

-Maikel, querido amigo, perdóname, no pretendía ofenderte. Sabes que yo jamás…

Me giré sorpresivamente y con tal rapidez que la asusté ligeramente. Quedamos encarados, muy cerca el uno del otro. Candy sabía cual era la razón de aquellas furtivas lágrimas que había distinguido por un instante, disimuladas por el reflejo de mis lentes.

-Tú jamás me ofenderás Candy. Es más, yo por ti…

No me atreví a terminar la frase. Bajé la cabeza, y nuevamente le dí la espalda apretando el paso. Candy contempló mi rechoncha figura encaminarse hacia la cancela de la residencia de su madre. Cuando Annie dio alcance a su amiga se percató de que se enjugaba un par de lágrimas. Annie preocupada, la interrogó temerosa de que hubiera ocurrido alguna disputa o incidente desagradable entre nosotros.

-No Annie, no temas –declaró mientras sostenía mi sombrero entre sus dedos flexibles y suaves y que recogió de las manos de su amiga –no ha pasado nada –mintió.

Caminaron regazadas, unos metros por detrás mío. Candy no se atrevió a ponerse a mí altura, y Annie tampoco intervino, creyendo que ella y yo nos habíamos peleado, terminando enfadados.

Candy fijó sus arrebatadores ojos verdes en mi sombrero, cuya ala de fieltro estaba rodeada por una franja verdosa, en torno al cuerpo central del sombrero. La muchacha rubia lo deslizó entre las yemas de sus dedos mientras musitaba mi nombre con voz queda, lamentándose:

-Maikel, pobre Maikel.

Entonces giré mi cabeza y distinguí junto a la fachada principal de la mansión de los Legan, bajo el mismo balcón donde Eliza, en compañía de su hermano, hubiera vaciado sobre la cabeza de Candy, el contenido de una jarra rebosante de agua, empapando su sombrero y sus humildes ropas cuando llegó llena de ilusiones procedente del hogar de Pony, a Mermadon y a los hijos de Candy y Mark, jugando alegremente, junto con Alan, el vástago de Annie y de Haltoran, con el enorme robot, que parecía especialmente encantado, de lanzar la pelota de vivos colores, hacia los pequeño,s que se la devolvían entre risas y gritos de júbilo, mientras Mark y Haltoran cambiaban impresiones tranquilamente y vigilándolos atentamente unos metros más allá. Mermadon emitía diversas tonalidades musicales y murmullos que hacían las delicias de Maikel, su hermana Marianne y el avispado Alan, que buscaba la forma de burlar a Mermadon, cosa que conseguía ocasionalmente.

Algo más lejos, la enfurecida Sarah Brighten, en compañía de su marido que intentaba calmarla, se lamentaba a voz en cuello de aquel armatoste metálico estuviera jugando con su nieto, pensando que podía ocasionarle algún daño, pero el señor Legan y su esposa la tranquilizaron, garantizándola que no corría ningún riesgo.

17

Cuando llegamos, Peter el fiel guardaespaldas y secretario de la actriz que había estado ausente por unos asuntos familiares y desconocía la gravedad de la situación por la que estaba atravesando su señora, nos recibió saludándonos con su sempiterno sombrero hongo y un no menos omnipresente y característico habano entre sus gruesos labios. Nos franqueó la entrada con semblante ceñudo y sin decir palabra, nos invitó a pasar. Tan pronto como conoció la razón del desmayo de Eleonor estuvo a punto de ir a buscar a Brandon para ajustarle las cuentas a puñetazos, pero las perentorias y tajantes órdenes de la actriz, mezcladas con súplicas a las que no pudo resistirse, impidieron que el ex boxeador , cometiera una locura, aparte de que Arhur no se alojaba ya en el hotel y había partido con rumbo desconocido en compañía de Alice, la joven y novata actriz, que se había convertido en su nuevo amor y reemplazo de la bella Leonor. Ni que decir tiene que la estancia allí de Bryan, no contribuyó a mejorar su mal humor precisamente y en un primer momento, tras una errada impresión, creyó que estaba ante algún petrimete que pretendía aprovecharse de la situación para sacar tajada. Peter aventuró que sería algún avispado pretendiente, en busca de la fortuna de la actriz, o tal vez, de un oportunista reportero, ávido de exclusivas. Bryan habría podido defenderse de las acometidas de Peter porque era aun un hombre joven y fuerte que practicaba regularmente deporte, pero Peter había sido boxeador, profesor de gimnasia y preparador físico entre otras múltiples ocupaciones, y al padre de Mark, no le habría sido fácil esquivar sus directos. Solamente, la misma y tajante rotundidad de Eleonor, que le detuvo con una sola mirada de sus ojos verdes, evitó malos entendidos y el consiguiente enfrentamiento entre ambos hombres.

Entramos en la finca y lo que en un principio, iba a ser un discreto coloquio entre mí y Bryan, se transformó en una reunión algo multitudinaria.

18

En un primer momento, Candy y Annie estuvieron dispuestas a marcharse, pensando que estarían de más y quizás estorbasen, pero Bryan y Eleonor que estaban paseando por los ubérrimos jardines adornados por estatuas y parterres floridos cuando llegamos, conversando agradablemente de hechos sin importancia nos dieron la bienvenida, insistiendo en que se quedaran. Me presenté al médico tendiéndole la mano y Bryan me saludó con mucha cortesía. Me causó buena impresión, pareciéndome un hombre agradable y simpático, y sobre todo muy educado.

Candy abrazó a Eleonor mientras la actriz acariciaba los cabellos rubios de su hija y la atraía hacia sí empapándola con sus lágrimas:

-Mi querida hija, mi dulce pequeña, me alegro tanto de que estés aquí…

-Y yo mamá, y yo –dijo Candy mientras aspiraba la dulce fragancia que se desprendía del esbelto cuerpo de su madre –me alegro de que estés tan alegre -dijo sorprendiéndose, al percatarse de la redundancia, que había producido inconscientemente al hablar-. Verte así…en el suelo y luego en tu alcoba…tan demacrada y desvalida...fue horrible mamá, fue horrible.

Eleonor besó las mejillas de Candy, mesándole los cabellos y retirando algunas lágrimas de sus deslumbrantes ojos verdes. A su mente acudieron los dulces y entrañables momentos en los que una distinguida y solícita dama la acunaba entre sus brazos en el hogar de Pony, la contaba cuentos hasta que se dormía plácidamente o le daba de comer entre risas y muestras de afecto. Era tan pequeña…Quizás tuviera cinco o seis años, pero recordaba las caricias y el tacto de la piel de su madre como si fuera ayer.

-Lo se mi pequeña hija, lo sé –dijo la mujer arrepentida de no haber pasado más tiempo con ella o haberla mantenido a su lado, pero sabía que si hubiera hecho tal, quizás no habría podido mantenerla en el sórdido ambiente en que ella misma se había criado y puede que hubiese enfermado con fatales consecuencias.

La escena era tan emotiva y conmovedora, que Annie no pudo evitar echarse a llorar, por lo que Eleonor también la acogió a ella, al igual que a Candy entre sus brazos para consolarla. Entonces Bryan reparó en mí y me invitó a unirme a ellos, con un amistoso ademán, mientras Peter se retiraba discretamente. Decidí enunciar el motivo de mi visita allí y ante mis atentos y expectantes interlocutores dije tras aclararme la garganta:

-Quisiera contaros algo acerca de Mark y supongo que como los que estamos aquí –dije recorriendo con la mirada, los semblantes de las personas que me escuchaban, aunque procuré evitar la de Candy, no porque me hubiese enojado con ella, sino porque aun me avergonzaba del penoso incidente acaecido de camino a la mansión de Eleonor y proseguí hablando- tenemos una estrecha relación con él, creo que deberíais saber esto.

19

Poco después de que Mark regresara de Tunguska, al siglo XXI, yo ya estaba en antecedentes de lo que había sucedido en aquella carretera comarcal del sur de Francia.

Contemplé la ciudad de Tokio que se extendía hasta más allá donde la vista más aguzada y entrenada podía alcanzar desde la planta cincuenta del rascacielos de acero y vidrio que constituía la sede central de empresas Parents, una corporación que lo mismo hacía negocios con la automoción, que se adentraba en el resbaladizo y peligroso terreno de la genética o firmaba contratos multimillonarios con los gobiernos de los países, que se habían constituido en las principales economías del planeta.

Aun no le conocía, aunque ya había tenido una entrevista de trabajo con un tal Haltoran, que estaba buscando emplearse en lo que fuera, aunque su especialidad era el diseño de todo tipo de sistemas tecnológicos de primera necesidad. Había tenido un mal día. Algunas operaciones bursátiles no habían salido como esperaba y se habían perdido un par de acuerdos importantes porque la competencia se movió más rápido y jugó más sucio. Para colmo había tenido la enésima pelea con mi mujer. Los motivos, como siempre, mis largas ausencias por mi trabajo, mi falta de tiempo para dedicárselo a ella, mis prolongados silencios cuando retornaba a casa. La razón de nuestras peleas podía variar pero casi siempre coincidían en algo, el tiempo malgastado o mal invertido que ya no volvería. Que poco sospechaba que estaba a punto de vivir la mayor aventura de mí, hasta entonces anodina vida, relacionada, precisamente y muy de cerca con esa crucial circunstancia..

20

Miré al joven nuevamente, y leí la tarjeta que me había tendido con expresión displicente y cierto desdén. Había apoyado mis pies en el borde de la mesa de mi despacho en un gesto muy manido y repetido, pero que me gustaba realizar. Agucé la vista a través de los cristales ovalados de mis gafas y deletreé:

-Haltoran Hasdeneis, experto en sistemas tecnológicos, vaya, vaya –observé abanicándome con mi sombrero, porque aquel día hacía un tremendo bochorno que hacía que chorreásemos de sudor, a través de los poros de la piel- o sea, es usted un inventor, por lo que parece.

-De sistemas tecnológicos de primera necesidad -recalcó el joven mientras yo intentaba deducir que significado podía tener aquella curiosa acepción.

El joven de aguda e inteligente mirada se mesó los cabellos pelirrojos que le caían rebeldes hacia adelante y esbozando una amplia sonrisa asintió y dijo:

-Así es mister Parents y mi habilidad no dejará de sorprenderle si mi contrata, precisamente tengo aquí unos planos de algo que podría interesarle y de paso, hacerle ganar un montón de dinero, si me contrata, claro está.

Esbocé una expresión de contrariedad porque el impetuoso joven había manifestado por dos veces, su intención de ser contratado a toda costa. En un primer momento, me causó mala impresión. Me pareció alguien que se daba aires de grandeza, exageradamente burlón y una cualidad que aprecié sinceramente: parecía muy seguro, aunque también pagado de sí mismo.

Hice un gesto y el joven extendió sobre mi escritorio una cantidad tal de papeles y planos que creí que no terminaría nunca de colocarlos ante mis ojos. Estudié atentamente los esbozos y dibujos trazados a tinta negra sobre el papel y asentí complacido. No entendía mucho de diseños de tal envergadura técnica, pero a juzgar por el aspecto de lo que allí se entrevía, me pareció vislumbrar la silueta de un robot muy corpulento e increíblemente sofisticado. En otro de los croquis que Haltoran me había enseñado, se adivinaba el mismo robot pero mostrando su estructura interna en un diagrama, que representaba un corte en sección del mastodóntico autómata.

-Parece un robot –le dije mirándole fijamente tras levantar los ojos de los planos.

-Es un robot –recalcó el joven- pero es más que un simple robot. Si me pone a prueba, y me autoriza a construirlo, le demostraré que Mermadon es algo más que la idea de un chiflado, porque estoy adivinando en sus ojos, mister Parents, que es lo que opina de mí.

Me asombré levemente porque era eso exactamente en lo que estaba pensando, aunque no había hecho la menor mención de expresarlo. Antes de que pudiera argumentar nada, Haltoran habló atropelladamente, no dejando que metiera baza en su repentino y largo monólogo:

-Mermadon, revolucionará la ciencia de la robótica, porque no solo camina y se mueve como los pálidos remedos que hasta ahora se han bosquejado, más que inventarlos –repuso el joven con cierto enojo- porque él será capaz de pensar, de sentir emociones, de aprender por sí mismo y desarrollar nuevas habilidades hasta ahora impensables en un robot.

Cuando iba a hablar uno de mis colaboradores, abrió la puerta de mi despacho sorpresivamente, disculpándose levemente, al comprobar que tenía visita. Le hice entrar. A través del hueco de la puerta, antes de que el recién llegado la cerrara cuidadosamente, entreví un dédalo de pasillos de mármol, por los que se desplazaba apurada y siempre con prisas, una incesante marea humana, que atestaba una de las ciento cincuenta plantas de la sede central de Empresas Parents. Aquellos hombres y mujeres conformaban un compacto y valioso cuerpo técnico, pero también distinguí abogados, ejecutivos con sus maletines de cuero e impecables trajes negros, secretarias y empleados de mantenimiento que discurrían como hormigas por las entrañas del inmenso y característico rascacielos, que era mi preferido sin duda. Mi empleado, me pasó un despacho, llevándome a un aparte, lo cual no impidió que el agudo sentido del oído de Haltoran, captase palabra por palabra mi conversación, entre mi subordinado y yo.

-Jefe –dijo el hombre de pelo castaño, tocado con una gorra cuya visera estaba vuelta hacia atrás. Tenía los cabellos recogidos en una coleta, y una corta pero bien cuidada barba acabada en perilla- hemos tenido problemas, con el proyecto Pandorus.

-¿ Qué ? –pregunté a punto de estallar, pero aun no había recibido las peores noticias.

El joven se mostraba renuente a contármelo, temiendo mi reacción, pero finalmente lo hizo entregándome el papel, que tenía entre las manos, y que no era más que el resumen de una serie de calamidades que se habían ido produciendo en rápida sucesión.

-¿ Qué ? ¿ el proyecto Pandorus ha sido robado ? ¿ el iridium en poder de unos atracadores ?

-No exactamente jefe…-dijo el joven, desviando la mirada inconscientemente hacia Haltoran que estaba arrellanado en su butaca de forma displicente, pero que cuando escuchó la palabra "iridium" que se me escapó inoportunamente, al elevar el tono de mi voz, de lo nervioso y enfadado que estaba, se puso tenso, incorporándose casi de inmediato.

-Han encontrado a los delincuentes, los hombres de la escolta, los conductores del furgón, el personal de apoyo, todos muertos. No queda ni un alma viviente, jefe. El furgón tenía las puertas arrancadas de cuajo, como si hubieran sido voladas con algún tipo de explosivo o munición penetrante muy poderosa. Y hay algo más jefe…-dijo el joven guardando un embarazoso silencio por un momento. Le insté a seguir y resoplando, porque no sabía como iba a contarme aquello, añadió:

-Hemos dado con un muchacho muy joven, de largos cabellos negros, y vestido con una cazadora de cuero negra, camisa a cuadros y unos vaqueros. Al parecer está vivo aunque aun yace inconsciente, después de traerle desde Francia hasta Japón, con no pocas dificultades, por lo de mantener el secreto, ya sabe... Le hemos trasladado al hospital de nuestra Fundación. Su estado de salud parece excelente, aunque le han traído inconsciente y con unas tremendas heridas, de las que se está recobrando con una rapidez pasmosa. Y eso no es nada comparado cuando le cuente lo que hemos descubierto de él….no se lo va a creer.

Encontramos su documentación –dijo tendiéndome un pasaporte junto a un billete de avión que indicaba que procedía de Norteamérica, con el membrete de las Pacific Air Lines. Observé su fotografía y me llamó particularmente la atención sus ojos oscuros y muy tristes, con un toque de solemnidad, enmarcados por un semblante serio y con gesto abatido.

El joven de la barba añadió aun otro detalle más revelador.

-Llevaba una especie de antiguo lanzacohetes de factura soviética a la espalda, al parecer completamente intacto, cargado y listo para disparar.

-Quizás debería acudir cuanto antes al hospital y hablar con ese hombre inmediatamente –añadí mientras recogía apresuradamente mi gabardina, que el joven de la visera me ayudó a enfundarme, y mi sombrero de fieltro, encaminándome hacia la salida.

Entonces el joven inventor que demandaba trabajo y del que me había olvidado por completo, y momentáneamente por la gravedad del asunto, pronunció unas palabras que jamás olvidaría y que sellarían el principio de una imperecedera y a veces trágica amistad.

-Perdone que me entrometa en lo que no debo Mister Parents –dijo Haltoran alzando la mano derecha repentinamente para reclamar mi atención- pero…conozco a ese joven y quizás le podría ser útil si me permite acompañarle.

Me detuve muy sorprendido y girándome lentamente le miré.

-Su nombre es Mark Anderson Langeron, compruébelo.

En un principio le tomé por un embustero, pero cuando enunció su nombre y observé la expresión seria y decidida de sus ojos verdes, rápidamente eché un vistazo al pasaporte del joven hallado entre los rescoldos de lo que parecía haber sido una dura y violenta batalla librada entre la escolta del furgón y los asaltantes, y leí sus datos personales que en un primer momento había soslayado, para fijarme en su fotografía, por lo que cuanto me refirió Haltoran, quedó plenamente confirmado.

-¿ Dónde le conociste ? –acerté a preguntarle, mientras me sentaba en mi sillón giratorio, para no desmayarme. Demasiadas casualidades, demasiadas emociones para un día tan agitado como aquel.

-En el año 2006. Me salvó la vida durante el ataque de algunos tanques enemigos, en la guerra civil de mi país.

Creí que me daría un pasmo. Estábamos a 2 de Febrero del año 2010 y el hallazgo, si se podía calificar como tal, se había producido apenas veinticuatro horas antes. O una de dos, o Haltoran era un consumado e inconsciente embustero, u oportunista, al que estaba a punto de hacer que expulsaran a la calle o estaba refiriendo la verdad, por inverosímil e inconcebible que pudiera resultar. Por unos instantes, mi dedo índice derecho, acarició la superficie del botón rojo de pánico, disimulado bajo mi mesa, que haría que los guardias de seguridad se personaran en mi despacho en un lapso de tiempo no mayor de dos minutos, pero opté por no hacerlo, súbitamente interesado en averiguar como terminaría aquello.

-El iridium le ha conferido el poder de viajar a través del tiempo o proyectar haces de fuego, a través de sus manos. Si no me cree, permítame que le acompañe y yo hablaré con él. Intentaré convencerle para que se lo demuestre -me dijo Haltoran con pleno convencimiento de cuanto estaba afirmando.

-¿ Nos estás tomando el pelo, muchacho ? –pregunté airado- le acaban de encontrar medio muerto en…

-Lo sé. En el Sur de Francia, conozco la historia, porque él mismo me la contó detalladamente. Sucedió durante el fallido robo del furgón, que llevaba el iridium 270, un compuesto de color anaranjado y al que se le suponen propiedades de índole atómico y radiactivas, que iba a ser empleado como fuente de una energía inagotable por sus empresas, mister Parents, y que era trasladado hacia un acelerador de partículas, situado en Suiza, hasta que esos ladrones, confundiendo el furgón con otro que llevaba quince millones de euros y diversos valores bancarios lo atacaron por error, sorprendiendo a Mark en medio de la refriega. El iridium desatado por esos canallas ha liquidado a todos, excepto a Mark, que fue catapultado a través del tiempo, en dirección al pasado.

Dí un respingo involuntario. En ningún momento había mencionado el nombre científico de la sustancia, ni su aspecto ni cualidades, y mucho menos la finalidad que pensábamos darle al misterioso y volátil compuesto. Todo aquello era alto secreto y nadie más que yo, y un reducido grupo de colaboradores fieles y comprometidos, sabíamos aquellos cruciales detalles, que desde luego no estaban al alcance de cualquiera. En cuanto a la otra parte de su confesión, mejor ni hablar del sobresalto que me produjo. El joven de la gorra pensó que me daría algo.

-Además, ¿ cómo se explican que él haya sido el único superviviente cuando todos los demás que han hallado allí en torno al furgón, perdieron sus vidas ?

Asentí y le autoricé a acompañarme. Por el motivo que fuera, le conocía y muy estrechamente además. Y tal vez me vendría bien su ayuda, para ganarme la confianza del joven y conseguir que hablase conmigo.

Antes de salir por la puerta me giré hacia él de nuevo y le pregunté intrigado, escrutando sus ojos verdes, que sostuvieron mi mirada por largo rato:

-¿ Por qué me has contado todo esto ?

-Porque Mark es mi amigo y espero, que usted no trate de servirse de él para sus planes o confundirle con un conejillo de indias. Es más, conmigo tiene mucho más que ganar que con él, créame.

-Eso significa que has decidido confiar en mi buena fe, sin conocerme aun –observé repentinamente, como si le estuviera dirigiendo una velada advertencia, por otra parte nada más lejos de mi intención.

-Correré el riesgo –me dijo el joven encogiéndose de hombros- no sería la primera vez.

21

Después de un relativamente corto viaje en una de mis limusinas, durante el que atravesamos prácticamente toda la ciudad, rodeados por un ingente e incesante tráfico, en el que se entremezclaban el humo de los automóviles, junto con los bocinazos de los sufridos e impacientes conductores y tras soportar algún que otro atasco de tráfico, llegamos a un edificio de fachadas encaladas y azulejos blancos que refulgían bajo el sol del atardecer. En el aparcamiento situado en el interior del espacio recinto, divisamos varias ambulancias estacionadas y algunos turismos de alta gama, pertenecientes a altos cargos o empleados de alguna de mis empresas, que en su parte trasera, junto a la matrícula, llevaban el logo de la corporación, un matraz sobre el que resplandecía una bombilla encendida encima. Ante el interés de Haltoran expliqué lleno de suficiencia, porque no pude evitar un sentimiento de orgullo por el imperio comercial que había levantado prácticamente de la nada.

-El matraz significa la investigación científica -comencé a enumerar mientras observábamos el anagrama en la trasera de un elegante coupé azul descapotable..

-Y la bombilla representa la inventiva -declaró Haltoran con una breve sonrisa. Me extrañó porque normalmente, toda la gente profana que acudía a mis empresas, de visita turística o en comitivas organizadas, prácticamente no sabía a que atribuir la intrigante simbología de ambos elementos, sin relación aparente entre sí, que aparecía dentro de un escudo ovalado terminado en punta.

Indiqué al chofer que estacionara junto a la entrada principal del hospital. Ciertamente, aquel no era un hospital corriente. Sus servicios no estaban destinados al común de la ciudadanía, lo cual no quitaba para que en circunstancias especialmente graves o de emergencia, admitiera a cualquier ciudadano de a pie, que requiriese de sus servicios. Bajamos de la limusina, mientras el chofer que guardaba un leve parecido con el de los Legan, Stuart, nos abría amablemente la puerta del gran y macizo vehículo blindado, de un brillante color negro. Haltoran y yo nos encaminamos hacia el vestíbulo de mármol y tras mostrar nuestros correspondientes pases, los vigilantes nos franquearon la entrada. Me dirigí hacia recepción y pregunté por el tal Mark, que tan bien parecía conocer el misterioso joven que había terminado por convencerme de que era mejor que le permitiera acompañarme. La enfermera recepcionista, que asomaba sobre un mostrador de mármol con espejos dorados, una joven de unos veinticinco años, rubia y de ojos claros con el cabello muy corto nos sonrió y tras saludarnos, me dijo:

-Habitación veinticinco, tercera planta, mister Parents.

Haltoran correspondió a su sonrisa con otra. La chica algo azorada, se cubrió los labios con las manos y rió quedamente, mientras sus compañeras cuchicheaban entre sí, porque pensaban que el siguiente paso consistiría en que él o ella se entregarían su teléfono o que lo intercambiarían mutuamente, citándose para salir o tomar una copa. Haltoran hizo una leve inclinación de cabeza y me siguió hacia el ascensor que se abría justo en la pared norte del inmenso vestíbulo. La joven recepcionista gruñó levemente y desvió la cabeza enojada, ignorando los comentarios maliciosos y las pullas de sus compañeras de trabajo.

Piqué en el botón de la tercera planta y cuando el ascensor llegó a nuestro nivel, las puertas dobles se abrieron con un gemido neumático. Haltoran y yo entramos con cierta premura y volví a pulsar el botón, esta vez en el interior de la cabina del ascensor, de la tercera planta.

22

Mientras el ascensor iniciaba su lento ascenso, Haltoran me preguntó si creía que el revuelo a nivel mundial, por el fracaso del proyecto Pandorum sería mayúsculo. Por extraño que sonara, a veces la agencia de inteligencia de una gran corporación como la mía, podía dentro de unos determinados límites,y salvando las abismales diferencias de tamaño, recursos y organización, ser más eficiente, que el más eficaz y temido de los mastodonticos servicios secretos de las grandes superpotencias. Haltoran no podía concebir que algo de tal envergadura, como el iridium, que podría resolver definitivamente los grandes problemas energéticos de la Humanidad, se esfumara en la nada como nieve al sol, sin dejar ni rastro, sin que nadie hiciera preguntas o se planteara que había sucedido con aquella cuestión tan espinosa y crucial.

-Digamos, que por un lado -le expliqué pacientemente mientras los números luminosos del indicador de las plantas del edificio, seguían corriendo- no ha quedado nada que permita efectuar un análisis eficaz y pormenorizado que permita que alguien interesado, pueda hacerse una idea de lo que ha sucedido.

Tomé aire y estirando de las mangas de mi camisa que tendían a subirse sin previo aviso sobre mis brazos añadí:

-Por otro, el único testigo fehaciente del hecho, está bajo nuestra custodia. Nos dimos inmediata prisa tan pronto como nuestros hombres en la zona descubrieron lo que había sucedido. París tardó algunas horas en averiguar que el furgón había tenido un percance. Se trata de una zona tan remota y aislada, que no es fácil de localizar como no conozcas bien el lugar, y eso que se trata de un país de la Unión Europea, y no de un lejano estado.

Haltoran no parecía muy convencido por mi explicación. Le resultaba difícil creer que alguno de los principales servicios de inteligencia no estuvieran sobre la pista del prodigioso material, pese a la supuesta y presunta diligencia de mis propios agentes.

-No te he mentido Haltoran. En un primer momento, conseguimos adelantarnos a todos ellos, pero no por mucho tiempo. Naturalmente, han terminado por enterarse e investigar a fondo el lugar. Desmontaron el furgón, trataron de hacer la autopsia de los cuerpos, pero no hallaron ni rastro. Los cadáveres estaban tan consumidos y carbonizados que no ha sido posible obtener datos concluyentes y solo han logrado identificar al jefe de los asaltantes, y a dos de los policías de escolta, por la dentadura y el ADN. Por otro lado, el iridium presente en el cofre de acero y plomo, que esos insensatos abrieron tan inconscientemente se encuentra en ese muchacho –concluí reclinando mi espalda sobre los paneles de acero de la cabina.

-Esos ladrones se confundieron de objetivo. Creyeron que el furgón, que custodiaba el iridium, era el que contenía los valores bancarios.. Mark me lo contó también –declaró Haltoran.

Repentinamente sentí un escalofrío por dos detalles que hasta entonces había pasado por alto.

Haltoran podía ser un agente enemigo o alguien contratado por la competencia, que estaba intentando llegar hasta Mark por razones obvias. Nada le impediría eliminarme si tenía órdenes de hacerlo o si se viese forzado a ello, dentro del aislado y estrecho cubículo del ascensor.

Y el otro detalle. Si todo era cierto, lo más seguro es que Mark, suponiendo que ese fuera su verdadero nombre, conociera el auténtico origen de tales y presuntos poderes, y la identidad del responsable en última instancia de, que se hubiera convertido en lo que era, si es aquella demencial historia, tenía algún viso de credibilidad, por lo que no era descartable, en modo alguno, una posible venganza en contra mía, y tal vez, perpetrada por ambos.

Haltoran me miró y captó mis temores, debido a que un imperceptible temblor sacudió mi cuerpo. Entonces se me acercó y dijo:

-No tiene nada que temer de mí. Si hubiera decidido matarte -me tuteó- ya lo hubiera hecho.

La famosa frase hecha de las películas de cine negro y policíacas, que tantos escalofríos a mi entender seguía suscitando, una vez pronunciada y recogida por los oídos del temeroso interesado, de parte de su amenazante, o por lo menos, inquietante interlocutor. Una mezcla perfecta de miedo e incertidumbre, amenaza y eximente de cualquier culpa o mal, todo a un tiempo.

-Y en cuanto a Mark, pierde cuidado Maikel –dijo afianzándose en sus confianzas- él no sabe realmente que el iridium partió de aquí, como quien dice y en cuanto a mí, mantendré la boca cerrada…claro está siempre que no intentes aprovecharte de él.

Arqueé las cejas sorprendido. Si Haltoran no era un agente o saboteador enemigo, tenía que ser un frío oportunista. Una de dos, pero finalmente no fue, ni la una ni la otra. Como si me hubiera leído el pensamiento, cosa que tampoco podía aseverar con rotundidad, que no fuera verdad, dijo con voz grave:

-No pretendo sacar partido ni provecho de esta situación, solo asegurarme de que Mark podrá seguir viviendo tan anónimamente como hasta ahora. En cuanto a mí, no tenía ni idea de que estuvieras relacionado con eso del iridium, ha sido toda una sorpresa para mí –declaró sorprendiéndose de forma ampulosa.

No sabía porqué, pero tenía la remota y vaga impresión de que aunque había sido sincero en cuanto me había contado hasta ese momento, sus últimas palabras no eran todo lo veraces y auténticas que se suponía debían de ser. Allí había gato encerrado.

Finalmente el timbre del ascensor, nos avisó con una entonación musical, de que habíamos llegado a nuestro destino. Con otro suspiro neumático, los batientes de acero se descorrieron a ambos lados, para permitirnos salir.

23

La habitación tenía un aspecto aséptico y limpio. Había una serie de máquinas y scanner junto a la cama que ocupaba Mark, que continuaba durmiendo bajo los efectos de un suave sedante. Permanecía conectado a las referidas máquinas, mediante electrodos que registraban su pulso, frecuencia respiratoria y actividad cerebral en monitores de fósforo verde, emitiendo un leve pitido cada poco tiempo y mostrando con una línea errática y saltarina, las constantes de Mark. Una mesilla con una lamparita de lectura encima, se incrustaba en el espacio vacío, que mediaba entre las dos camas ocupaban el recinto de la habitación número veinte. La otra contigua a la de Mark, estaba vacía, pero completamente hecha, para recibir un nuevo paciente en cuanto se hiciera necesario. Un armario ropero se hallaba empotrado en la parte izquierda de la pequeña estancia, donde habían sido guardadas en grandes bolsas impermeables de plástico, las escasas pertenencias del joven, entre las que no se encontraba, naturalmente el temible armamento con el que había sido localizado en el escenario de la masacre. A mano derecha, una puerta de color blanco permitía entrever un minúsculo lavabo impoluto, del que emergía un fuerte y característico olor a desinfectante. Después de observar el aspecto de la habitación, me fijé en su rostro decidido y de rasgos marcados, cuyos cabellos negros reposaban sobre la almohada extendidos a ambos lados de su cabeza. Estaba enfundado en un pijama de tela y su estatura era tan descomunal que sus pies sobresalían de forma prominente, por el extremo inferior de su lecho hospitalario. En su muñeca derecha habían insertado una fina aguja hipodérmica conectada mediante una sonda, a una botella de suero, que pendía boca abajo de un armazón metálico. Me aproximé silenciosamente hasta él. Haltoran me acompañó y arrodillándose ante él, iba a comunicarle algo, cuando el muchacho se agitó levemente removiendo las sábanas y las mantas que cubrían su cuerpo, lanzándolas a los costados, lejos de sí.

-Tunguska –pronunció sorpresivamente una vez con voz claramente audible.

Creí haber oído mal. Agucé el oído y el joven volvió a decir algo, pero esta vez fue un nombre, el nombre de una mujer.

-Candy…amor mío.

Dí un respingo. Entonces Haltoran me llevó a un aparte y me contó apresuradamente una extraña historia de viajes en el tiempo, más concretamente a 1912, y me habló de una muchacha de ojos verdes y cabellos rubios ondulados que recogía en coletas que adornaba con llamativos lazos. En ese instante, noté como una mirada penetrante y escrutadora se posaba sobre nosotros, más concretamente sobre mí. Su voz profunda y grave resonó por toda la habitación:

-Haltoran, amigo, ¿ dónde me encuentro ?.-preguntó el paciente.

Iba a intervenir, cuando el joven pelirrojo rozó levemente mi brazo izquierdo con su mano y negó levemente con la cabeza, como queriendo indicarme que dejara la situación en sus manos. No pronuncié palabra y Haltoran, se aproximó a la cabecera de la cama de su amigo, y arrodillándose a su lado le dijo:

-Estás a salvo Mark, entre amigos. Te hemos traído a un hospital porque sufriste algunas heridas, pero te puedo asegurar que saldrás de esta.

Se hizo un significativo silencio y entonces, de forma sorpresiva, extendió sus manos hacia mí y declaró con énfasis, cogiendome desprevenido, porque no me esperaba ni por asomo, que Haltoran se refiera a mí en semejantes términos::

-Mark, te presento a Maikel Parents, el hombre que te ha salvado la vida.

Me quedé muy sorprendido e intenté deshacer aquel engaño, pero Haltoran me volvió a dirigir una significativa mirada, cargada de advertencias, que me hizo callar de inmediato. Nunca supe porqué participé de aquella farsa, aunque sin duda, aquel en apariencia inofensivo gesto, porque supuse que se trataba de una especie de mentira piadosa para no alarmar más al confuso joven, que seguía sin duda desorientado, bajo los efectos de algún tipo de fuerte shock, sería la segunda razón, que cimentaría nuestra extraña amistad. Sólo que en aquel momento, era incapaz de saberlo, como tampoco podía ni imaginar los abismales cambios que se obrarían en nuestras vidas. El primero se había producido por la mañana, cuando el enigmático Haltoran, me había visitado en mi despacho, situado en la planta cincuenta de la sede de mis empresas en busca de trabajo y uno de mis empleados me comunicó la extraordinaria y ciertamente, difícil de concebir noticia, cuyo protagonista tenía delante de mí, de creer a Haltoran y tomar como ciertas sus aseveraciones.. Entonces, el muchacho que yacía en la cama se irguió sorpresivamente, arrancándose el catéter que le suministraba suero en vena y los electrodos que le mantenían conectado a las máquinas, que mostraron una línea plana en sus monitores, tan pronto como Mark se deshizo de los cables que le mantenía unido a los aparatos médicos. Caminó hasta mí y sorprendentemente, se arrodilló delante de mí, tomando mi mano izquierda y empapándola con sus lágrimas. Me encogí ,espantado, de hombros, clavando una furibunda mirada en Haltoran. Mark musitó entonces un débil y apagado agradecimiento:

-Gracias, gracias por salvarme. Yo…debo vivir…No podía perder la vida…sin verla de nuevo.

24

Una vez que Mark recobró poco a poco la lucidez, y conversé con él en condiciones más favorables y relajadas, me sorprendí al encontrarme con una persona culta que mantenía una conversación lúcida y rica en vocablos de significativa erudición. A primera vista, le había tomado por una persona tosca y probablemente ignorante y con una deficiente educación, pero como cuando había prejuzgado a Haltoran, volví a equivocarme estrepitosamente. Después de unos días y cuando finalmente abandonó el hospital, ya plenamente recuperado, y habiéndome ganado su confianza, también todo había que decirlo, por la intercesión de Haltoran, me mostró una ínfima muestra de su portentoso poder. Tal vez lo hizo por agradecimiento, quizás porque Haltoran le había dicho que yo era alguien muy poderoso e influyente que podía protegerle y ayudarle y que para obtener mi apego y apoyo, debería confesarme toda la verdad, sin reservas. Finalmente, terminó por extender su mano derecha, tras cavilar durante un rato, lo que debía de hacer, y aquella fue la primera ocasión en que me convertí en atónito testigo, entre horrorizado y maravillado de sus dones. Unas llamaradas flamígeras surgieron de sus muñecas, sin dañarle la piel ni lastimar sus tejidos. A continuación las apagó con un siseo, como si jamás hubieran existido y di varios pasos hacia atrás inconscientemente. Ante mi evidente sorpresa, me tranquilizó con una sonrisa, porque quizás había pensado que retrocedía atemorizado, creyendo que tal vez fuera a dañarme.

-No temas, por favor, querido amigo, jamás te haría el menor daño, y más después de haberte portado tan magníficamente contigo.

Nos tranquilizamos, sobre todo yo y entonces Mark, me narró su historia. Las piezas de aquel lioso y complicado rompecabezas, dejaron de girar descontroladamente en mi cabeza, chocando sus irregulares bordes los unos contra los otros, rechazándose y alejándose entre sí, a medida que el número de encontronazos aumentaba, y comenzaron a encajar lentamente revelándome el friso de un relato increíble y al mismo tiempo maravilloso.

25

El resto del tiempo que Mark permaneció en una de mis mansiones rodeada de densos bosques de pinos y encinas, en la zona de Sapporo, al norte de Japón, en la isla más septentrional del archipiélago, protegido por mi poder e influencia, y sobre todo la discreción que le brindaban los altos muros de la apartada y bien disimulada propiedad, no revistió mayor novedad ni sucesos dignos de mención. Relaté a mis atentos y asombrados oyentes, especialmente Candy que no se perdía ni una sola de mis palabras alusivas a su marido, como en aquellos lejanos y confusos días, Mark vivió recluido entre los muros del palacete, aunque a veces, salía a los jardines para practicar deporte y respirar un poco de aire, sin apartarse demasiado de la mansión, cuya fachada mantenía siempre a la vista, como un referente que no debía perder de vista. Hizo vida normal, aunque sin adentrarse si quiera por el bosque adyacente a la casa porque temía alguna desagradable sorpresa o que quizás le sucediera algo desagradable poco antes de partir. Le observaba discretamente desde el salón y achaqué aquellos miedos a efectos residuales del impacto emocional que había sufrido, después de uno de sus formidables viajes en el tiempo. Nada ni nadie en el mundo podría dañarle con ese tremendo poder que se deslizaba indómito por sus venas. Si había provocado la explosión de Tunguska, de forma accidental, no habría poder en el mundo capaz de oponérsele. Un escalofrío me recorrió la piel, porque aun no sabía ,de que lado de la balanza estaría Mark, Pero Haltoran me tranquilizaba continuamente, rogándome paciencia y que no me precipitara al juzgarle.

En un principio no tenía pensado quedarme allí, pero Haltoran me convenció de que permaneciéramos a su lado y que no le dejásemos solo en aquellos duros momentos. De modo, que cancelé todos mis compromisos y delegué la actividad de mis empresas en personas de confianza inventándome una excusa para que nadie me buscara o me reclamara si no era por un caso de extrema necesidad.

Durante aquellas dos semanas, la incipiente amistad entre los tres fue tornándose cada vez más sólida y definitiva. Haltoran terminó trabajando en mis empresas a prueba, e iría ascendiendo en el organigrama hasta convertirse en mi jefe de proyectos. Un mes después de aquellos hechos recibiría luz verde, pese a la oposición de parte de mis colaboradores para la construcción de Mermadón, el robot que según sus palabras revolucionaría la ciencia robótica.

Con el discurrir de los días, cuando Mark se notó ya plenamente recobrado, se reunió conmigo para despedirse quizás por última vez. Estrechó mi mano derecha entre las suyas y entonces, en vez de llamarme amigo como había acostumbrado a hacer desde que nos conociéramos en la habitación del hospital, musitó:

-Maestro, siempre me acordaré de ti.

Perplejo le interrogué, parpadeando por la sorpresa y creyendo que había entendido mal.

-Perdona Mark, ¿ pero, como me has llamado?

-Maestro, para mí siempre representarás algo así.

-No Mark, te equivocas, mi nombre es Maikel y no me debes nada. Yo…

El joven sonrió y me habló, mientras se mesaba los largos cabellos negros. Tuve que levantar la cabeza para poder mirar sus ojos tristes y oscuros debido a su elevada estatura, que me hacía parecer un enano a su lado:

-Eres y serás siempre un maestro para mí. No solo me salvaste la vida, si no que me has posibilitado el que me reúna de nuevo con mi ángel, con mi Candy.

Me mostró una ajada y vieja fotografía en blanco y negro donde contemplé por vez primera el rostro de la muchacha más hermosa, que jamás hubiera visto antes. Cuando la conocí en persona, por vez primera, supe que el añejo y antiguo retrato no hacía apenas justicia a su inconmensurable belleza. La chica rubia de grandes y expresivos ojos verdes, estaba sonriendo y portaba entre sus brazos un coatí, o mapache albino que también parecía participar de la franca alegría de su dueña. El vivaracho animal, tenía los ojos ribeteados de negro, unas pequeñas orejas, una cola listada a franjas blancas y negras y las patas manchadas de negro.

-También existe otra razón por la que te considero un maestro, y es porque no has revelado mi secreto, respetando mi anonimato.

Poco después se marcharía, en busca de la chica, empleando su formidable poder que pese a que estábamos en mitad de un bosque y me temí que arrasara toda la floresta, y con ella ardiera mi hermosa mansión de estilo victoriano, supo controlar perfectamente de modo que nadie notó el más mínimo cambio o variación en los alrededores. Supuse que no le volvería a ver jamás. Cuan equivocado y errado estaba en mis apreciaciones, ya que recibiría noticias de él, más pronto de lo que me figuraba.

26

Aparte de las razones enumeradas por Mark, para proclamarme como su maestro, existía otra más que en ese momento desconocía por completo y que en cambio, Haltoran había descubierto, al poco de conocerle.

El propio Mark conocía perfectamente el origen de su poder, una vez que tras los primeros momentos de exacerbado miedo y confusión, logró con la ayuda de Haltoran atar los cabos, y cuando todas las pistas fueron reveladas y las piezas del rompecabezas encajaron con milimétrica precisión, los indicios le condujeron hasta mis empresas, y por ende hasta mí. Yo, había creado involuntariamente, su leyenda y su desdicha, yo, había sido indirectamente, el artífice de su poder, y por ende de su felicidad. En un primer momento, llegó a pensar en la venganza, pero los ojos verdes de Candy, su belleza inhumana y el profundo amor que se estableció entre ambos, hicieron que reconsiderara su decisión. La maldición del iridium se convirtió en bendición y de presente incómodo a regalo envenenado. El muchacho descubrió muy pronto, a instancias de sus primeros viajes en el tiempo y uso del iridium, las adversas reacciones que producía. Cuando contempló horrorizado la sangre negra saltando de su espalda, desde los costados de su cuerpo, desde las piernas o saliendo a presión por heridas que se formaban inexplicablemente en su piel aparentemente intacta, pensó que había llegado su hora. Cerró los ojos, con la sensación de lo inevitable que no podría eludir en modo alguno, hasta que notó como los minutos transcurrían y seguía aparentemente, con vida. Abrió los ojos y experimentó un súbito y repentino alivio, cuando comprobó como el innatural color negro de la hedionda sangre que brotaba de su piel y de la que se elevaban algunos hilos de humo, iba transformándose en la savia roja de la vida y llenándole de una vitalidad y energía renovadas. Cuando los últimos regueros de sangre fueron expulsados, las heridas que eran aberturas limpias sin bordes infectados o purulentos se cerraron tan imprevistamente, como se habían materializado, sin dejar el menor rastro.

Mark aprendió a asumir resignado, los inconvenientes del iridium, que por inexplicables razones que no alcanzaba a entrever, había respetado su vida, convirtiéndole en unos instantes en un ser sobrehumano. Por esa razón me llamaba maestro, porque me consideraba bajo ciertos aspectos, como su creador e iniciador en aquellas misteriosas y enrevesadas sendas temporales.

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Cuando terminé de hablar y narrar el modo y manera, en que conocí a Mark y a Haltoran contemplé lágrimas en los bellos y arrebatadores ojos de Candy, reconocimiento en los de Bryan, tristeza y nostalgia en los de Eleonor y por último, evocación en los de Annie. Cada uno de ellos tenía algo que agradecer o recordar de Mark. Candy porque se había convertido en su esposa, amándole profundamente, En Bryan sus recuerdos se debían a que había recobrado a su hijo, al que creyó que no volvería a ver jamás. Eleonor se sumió en sus lejanos recuerdos de juventud, cuando en la ciudad de Coventry, el mismo joven con idéntico aspecto y edad, había sufrido un repentino desmayo atrayendo su atención, lo mismo que el de un grupo de curiosos que le rodearon gradualmente. Cuando la entonces joven y principiante actriz, prácticamente, una adolescente acudió para socorrerle, desvió sus pasos de la trayectoria que le hubiera hecho toparse con el Duque de Grandschester, que en esos momentos salía de un elegante y lujoso hotel, cambiando el curso de los acontecimientos, que de otro modo, la hubieran convertido en la madre de Terry Grandschester, en lugar de la de Candy. En cuanto a Annie, aunque su relación con Mark siempre había sido afable, la muchacha había sentido cierto temor hacia el joven, el cual era del todo infundado, porque Mark siempre la trató con respeto y consideración. No obstante, a pesar de sus reservas hacia Mark, también en el fondo de su corazón tenía un especial reconocimiento para él, porque gracias a su presencia allí, por medio de su amistad trajo a Haltoran hasta aquella época, permitiendo que conociera al único gran amor de su vida. Ni Anthony ni un aun más breve y corto idilio con Archie habían conseguido arrancar de su mente y de su alma la imagen de un joven pelirrojo de ojos verdes y semblante burlón que la rescatara de una de las artimañas de Neal para culpar a Candy para que Cleopatra la yegua de los Legan se encabritase y huyera despavorida. Haltoran descendió rápidamente sobre su vertical, a bordo de un petardeante y renqueante cacharro que producía más ruido y humo negro durante todo el tiempo que conseguía mantenerse en el aire de una pieza y que no solía ser excesivamente largo, pero con el que la rescató evitando que sufriera un accidente o una aparatosa caída. Annie inclinó la cabeza sonriendo levemente al evocarlo. Si el instante crucial en las vidas de Candy y Mark, fue cuando se observaron por vez primera mutuamente en la colina de Pony, el de Annie y Haltoran fue a bordo de un estrafalario y peligroso propulsor aéreo que permitía volar a Haltoran, aunque a duras penas. Tiempo después otro encuentro fortuito y en forma semejante al primero, permitiría que ambos jóvenes, se reencontraran después de estar tanto tiempo separados, en una severa y famosa institución de enseñanza en pleno corazón de Londres, haciendo que los rescoldos de su amor se avivasen con una chispa fortuita que prendió nuevamente las llamas de aquel hondo sentimiento.

28

Flammie Hamilton contempló a su marido de reojo y sonrió satisfecha. Sus ojos oscuros escrutaron la bronceada piel de Juan Pablo que se entrevía a través de la camisa displicentemente desabotonada, mientras bajo el sol primaveral leía un diario, reclinado cómodamente en una hamaca, situada justo en mitad del pequeño jardín que circundaba la casita de campo que a base de esfuerzo, sacrificio y un trabajo duro alimentado por un férreo tesón y un no menos intenso amor, habían logrado restaurar devolviéndole su aspecto original. La vivienda situada cerca de Cambrai estaba deshabitada y cuando finalmente apareció uno de los dueños, el cabeza de familia, superviviente de una familia que la guerra, como otras tantas que se contaban por miles había desperdigado a los cuatro vientos, consintió en vendérsela al joven matrimonio por un precio asequible. El dueño había perdido a todos sus seres queridos, por lo que, nada le quedaba ya allí. Aunque la pequeña casa de campo de paredes encaladas y tejado de color ocre continuaba en pie, el interior estaba desvastado y con él, los recuerdos de toda una vida de aquel pobre hombre. Las fotos de sus hijos, los muebles y enseres familiares, los retratos de su esposa y sus dos hijas posando orgullosamente para la cámara unas veces, y otras con gesto distendido y divertido la mayor parte de las demás ocasiones en las que la feliz familia fue fotografiada, en el curso de varios años. Pero la demencial locura desatada por la mano de un hombre, al disparar contra el heredero del trono austro-húngaro le había arrebatado todo y nada le quedaba ya. Candy y Mark, junto con Haltoran habían tratado de detener el demoledor curso de la Historia, pero cuando lo consiguieron establecieron otro que lo fue aun más, no quedando otra alternativa que restablecer la línea temporal original.

Lo único que disgustaba a Flammie levemente era la visión de la pierna de acero, de un color oscuro, atada al muñón de Juan Pablo mediante correas de cuero, pero que tras un largo y prolongado periodo de rehabilitación se había acostumbrado a utilizar. Ciertamente, nunca sería como la suya, que perdió durante la contraofensiva aliada en Cambrai, más conocida como operación G.I., arrancada por las esquirlas de una granada de artillería, pero que por lo menos le permitía caminar, y realizar una vida perfectamente normal con un mínimo de dignidad. Flammie empujó sus gafas contra el tabique nasal, y contempló el libro que reposaba sobre sus rodillas, y cuya lectura había interrumpido, para observar a su marido que seguía enfrascado en su periódico, hasta que el joven hizo que descendiera poco a poco, para plegarlo entre sus manos, permitiendo entrever su rostro sonriente y bronceado. Depositó el diario sobre la mesa de jardín de forma circular, que reposaba ante ambos esposos y, en torno a la cual se habían sentado en sendas sillas de plástico, un nuevo material que había irrumpido con fuerza en los mercados mundiales y que indicaba el inexorable paso del tiempo y la llegada del progreso con sus nuevos y constantes avances. Flammie sonreía más a menudo y evocó el momento en que Mark había salvado su pierna. La joven creyó por un breve tiempo haber estado enamorada de él. Las tazas rebosantes de té humeante junto con la tetera tintinearon brevemente, cuando la muchacha depositó la novela que tenía entre los dedos, para centrarse en sus recuerdos.

29

Fue poco después de que el gigantesco robot que se había nombrado así mismo como Mermadón, consiguiera ponerse en contacto conmigo, de manera que inmediatamente pedí ayuda, lo cual permitió encontrarlas indemnes, lo mismo que los heridos, y que fueran conducidos sanos y salvos de vuelta a Charmotieres. Mermadón se ocupó de mantener con vida a Julienne y a Flammie, así como al resto de los soldados heridos que aun aguardaban en el interior del viejo y destrozado camión Crysler. Naturalmente, primero tenía que remolcar el camión, alejándolo del árbol contra el que Candy lo había estrellado, con tan mala fortuna, que además el morro destrozado del vehículo, pendía sobre un precipicio en parte. Sólo el grueso tronco del árbol, había evitado en parte un desastre mayor. El enorme robot tuvo que desactivar su invisibilidad, debido a que las radiaciones del iridium podían ser perjudiciales a tan escasa distancia para poder desempotrar el vehículo de la encina, con la que había chocado. Mermadon además era muy silencioso, debido al sistema de amortiguación ideado por Haltoran y alojado en el interior de sus pies de acero, que absorbían las vibraciones que producía al caminar. Incluso había momentos que ni siquiera imprimía sus huellas sobre el manto de nieve de aquel gélido día, tan inesperado, como absurdo en pleno mes de Septiembre.

El estado de salud de los heridos en general, era bueno, exceptuando algún caso de disentería y fracturas de tibia o peroné. En cuanto, a Flammie y Julienne podían caminar, pero no así la mayor parte de los hombres heridos que iban a bordo del destartalado y destrozado camión que Candy no fuera capaz de dominar y que terminara estrellándose contra un árbol, al patinar sus ruedas sobre la nieve. De modo que el robot, cargó el camión metiendo sus manazas metálicas, por debajo del destrozado morro que semejaba a un acordeón de lo arrugado y chafado que estaba, y flexionando las piernas hizo fuerza, levantándolo como si fuera una pluma. La parte trasera, en cambio se hallaba intacta por lo que el robot empleó el pesado vehículo a modo de improvisada camilla, y empujándolo primero, lo desempotró del tronco del árbol en el que se había incrustado, alejándolo lentamente del precipio cortado a pico. A continuación tiró de él, ante el asombro de Julienne, pero la cara de Flammie era todo un poema. Deseaba sentir desprecio hacia aquel montón de chatarra, pero el robot impertérrito e inmune a sus insultos, continuaba tirando del camión lentamente y con suavidad, hasta que consiguió llegar a un terreno relativamente estable, donde el macizo vehículo, junto con su carga humana no corriera peligro. Los desplantes de Flammie no le afectaban, porque su programación no le permitía reaccionar violentamente a amenazas verbales o físicas, si acaso defenderse de las mismas sin emplear la violencia, a menos que fuera inevitable. Mermadon miró a ambas enfermeras y les sugirió amablemente:

-Señoritas, creo que deberían refugiarse en el interior del camión. Yo me ocuparé del resto.

Julienne accedió pero su orgullosa compañera, haciendo un gesto de desdén se negó en redondo.

-Ni hablar –dijo entrecerrando los ojos y alzando la cabeza- prefiero quedarme aquí fuera, e incluso caminar para buscar ayuda. No me fío de este montón de chatarra.

Mermadón hizo un remedo de encogerse de hombros y lanzando lo que podría interpretarse como un suspiro añadió:

-Como prefiera señorita Hamilton, pero su pierna izquierda requeriría una revisión a fondo y cuidados médicos especiales. Quizás no debería forzarla demasiado, exponiéndose a una posible fractura si echa a andar, que además se le podría engangrenar, dado que la fractura es de índole abierta.

-No necesito tus consejos cubo de basura –dijo apretando los finos labios, mientras sus pupilas oscuras relampagueaban detrás de los cristales de sus gafas. -declaró despectiva, caminando sobre la nieve, mientras balanceaba enérgicamente los brazos, cuidando de no hundirse demasiado en el manto blanco –A fin de cuentas…

No pudo concluir la frase. La muchacha se dobló de dolor quejándose mientras se llevaba las manos a su rodilla izquierda, entumecida y cárdena, que empezaba a inflamarse dolorosamente.

-Ay, ay, ay –exclamó Flammy sorprendida al desplomarse, porque su pierna izquierda se negaba a responderle.

30

Flammie no tuvo más remedio que subir finalmente en la parte trasera del camión, convertida en improvisado refugio, ayudada por Julienne y Mermadon, que la sostuvo delicadamente entre sus grandes manos mecánicas. La muchacha sintió cierto temor cuando la mole de dos metros de altura, que tanto las asustara al surgir sorpresivamente de entre las brumas de aquel atípico e irregular día, más propio del invierno que del verano que estaba en sus últimas fases, avanzó hacia ella con los brazos ligeramente arqueados. Lo que más le sorprendió aparte del temible y tosco aspecto del humanoide, fue la total ausencia de ruido o vibración alguna, cuando las grandes plantas de sus pies, se desplazaban sobre la nieve y ello se debía al sistema de suspensión neumática que Haltoran le había instalado en el interior de las mismas. Consciente del miedo que suscitaba en la muchacha, Mermadón se detuvo y dijo con su voz dulce y entonación musical:

-No tenga miedo señorita Hamilton. No voy a causarla ningún daño. Mi programación rechaza de plano cualquier manifestación violencia o uso de la fuerza, a no ser que sea estrictamente necesaria. Pero piense en las inclemencias meterológicas. Es peligroso quedarse a la intemperie.

Flammie tembló ligeramente. ¿ Programación ? ¿ uso de la fuerza ? ¿ qué significaba todo aquello ?

Antes de que la enfermera pudiera objetar nada o seguir retrocediendo, el robot la asió entre sus brazos sujetándola con todo el cuidado y fineza, que fue capaz de desplegar. Cargó a la indignada muchacha, que pataleaba furiosa, golpeando el hombro izquierdo del robot, con sus puños crispados, izándola sobre el borde de la portezuela que cerraba la caja del destrozado camión, que el robot había conseguido separar del árbol, donde Candy debido a la copiosa e incesante nevada y su falta de pericia al volante, lo había accidentado, viéndose impotente para evitarlo y la situó junto a los heridos que no daban crédito a lo que estaban presenciando. El ser mecánico, escaneó la lesión de Flammie estudiándola con sus sensores ópticos, que tanta grima producían en la muchacha. Datos biomédicos y análisis computerizados de la estructura del fémur dañado de Flammie pasaron a su cerebro electrónico, en cuestión de milésimas de segundo. Mermadón emitió una especie de silbido largo y agudo. Flammie, que entre el miedo que tenía en el cuerpo por como el robot la miraba con aquellos puntos rojos, tras una especie de parabrisas, la difícil situación en que se encontraban, atrapadas en mitad de la nieve, con la responsabilidad de ocuparse de todos aquellos hombres heridos y la incertidumbre de no saber donde podía encontrarse Candy en aquellos terribles instantes, terminó por perder los estribos.

-¡ Deja de hacer eso ¡ -exclamó la altiva joven fuera de sí, sobresaltando a Julienne y a algunos de los heridos que permanecían acurrucados, los unos contra los otros, para procurarse un poco de calor, que atenuara el tremendo frío reinante, en el fondo de la caja del malogrado camión –me pones nerviosa. Maldita sea –dijo exhalando algunas volutas de vapor por medio de su aliento helado, mientras se frotaba las manos nerviosamente para intentar entrar en calor.

-Tranquilízate Flammie –intervino conciliadora Julienne- no ha pretendido ofenderte. Además, hasta ahora nos ha ayudado y no ha dado muestras de ser hostil.

-Así es señorita –dijo Mermadon dirigiéndose ahora hacia Julienne- me ocuparé de sacarles de aquí, aunque no puedo emplear mi invisibilidad para tirar del camión, porque las emanaciones de iridium podrían resultar fatales para ustedes a tan escasa distancia. Y no puedo presentarme en Charmotieres delante de tantos miles de ojos, porque soy alto secreto. Aparte, de que no me atrevo a dejarles solos. Me ha parecido captar aullidos de lobos en dirección oeste –explicó mientras extendía su brazo izquierdo para apuntar hacia ese lugar.

El robot pareció entrar en un estado de contradicción y analizó dubitativo y curioso, como resolvería aquel problema. Haltoran no se hallaba presente porque se encontraba en pleno viaje de inspección de las fábricas de armamento aliadas, que se hallaban en pleno proceso de remodelación para producir el nuevo armamento y poder desarrollar la tecnología necesaria, que mejoraría sustancialmente el rendimiento de los primitivos y poco perfeccionados carros de combate, nueva arma que en un principio se había revelado eficaz para rebasar las trincheras pero insuficiente para poder dar un vuelco decisivo a la contienda, y en la que el alto mando aliado había depositado todas sus esperanzas para ganar la guerra.

De todas maneras, halló una solución. Yo estaba en poder de un emisor que me permitía comunicarme con él. Bastaría que me indicara su localización, para que yo, a mi vez diera la voz de alarma y una expedición de rescate se pusiera en marcha para traer a las enfermeras y a los soldados de vuelta al campamento, sanos y salvos. No convenía que Mermadón se expusiera más a la vista de tantos como ya había hecho y como tan oportuna y acertadamente había explicado.

Cuando Flammie escuchó las extrañas palabras del monstruo mecánico notó como su ira se acrecentaba aun más, pero pronto se fue apaciguando para dejar paso a una repentina y dramática tristeza que le hizo ponerse a llorar y buscar refugio en los brazos de Julienne. La muchacha se enjugó las lágrimas que resbalaban por debajo del borde de sus gafas metálicas intentando aparentar fortaleza, aunque no le era posible seguir manteniendo el tipo. Solo faltaba aquel insidioso robot, autómata o lo que fuera, emitiendo irritantes sonidos de barraca de feria y empleando tecnicismos y palabras que nunca antes había escuchado, que no hacían más que sacarla de quicio. Por un instante estuvo tentada en preguntar que era ese iridium, aunque optó por callarse. No obstante, muy pronto tendría ocasión de comprobarlo.

31

Candy contempló el lobo que yacía inerte, con el espinazo partido a pocos metros de ella. Notó como una súbita piedad la invadía y trató de acercarse al animal para cubrirlo aunque solo fuera con un poco de nieve, a efectos de improvisar un enterramiento, pero cuando sus dedos estuvieron a punto de rozar la piel del infortunado animal, la mano izquierda de Mark, la sujetó con tal presión, que Candy chilló dolorida y levemente sorprendida.

-Marrk –se quejó Candy con voz chillona y una inflexión de indignación en la voz -¿ que estás haciendo ? me has hecho daño.

El joven, que a veces no era consciente de su descomunal fuerza potenciada por el iridium, se disculpó inmediatamente bajando la cabeza contrariado y aflojando la presa que hacía en torno a la piel de Candy.

-Perdóname amor mío –dijo examinando a continuación, la muñeca derecha de Candy temeroso de haberla herido sin querer- no pretendía asustarse ni hacerte daño, pero ese lobo está infectado por la rabia. Si le hubieras tocado, lo más seguro es que te hubiera mordido.

-Pero, pero está muerto. No se mueve ni…

Por toda respuesta Mark lanzó desde una distancia prudencial, un copo de nieve contra el lobo, que al sentir como la bola se estrellaba contra su lomo, se recobró súbitamente, gruñendo de forma amenazadora y haciendo que sus dientes afilados restallasen en el aire, realizando varias acometidas con sus poderosas mandíbulas,.

Candy retrocedió asustada, refugiándose detrás de Mark.

-No, no tenía que haber sido así –dijo con los ojos arrasados de lágrimas- yo no quería que muriesen. Yo…

Mark se giró abrazándola contra su pecho y musitó lentamente:

-Ese animal estaba condenado de todas maneras Candy. Es más, si no te hubiera detenido a tiempo, te habría atacado y habrías contraído la rabia. Y si no te hubiera defendido, ahora podrías estar ahí, tendida en la nieve…y sin vida.

Mark dirigió una lastimosa mirada hacia el lobo de pelaje gris que estaba perdiendo la vida por momentos. Las grandes heridas inflingidas por los chorros de fuego que Mark emitió de sus muñecas, dirigidos contra la bestia, le habían herido gravemente, pero el lobo ya estaba sentenciado desde el mismo momento en que contrajera la enfermedad que le aquejaba. Sabedor de que Candy se lo reprocharía, había intentado infligir el menor dolor posible, a los animales y lo había conseguido porque la mayor parte de la manada escapó rechazada por las llamaradas que se agitaban en el aire y que surgían de sus antebrazos, a modo de teas encendidas, pero no pudo impedir tener que abatir a uno de los ejemplares más grandes, que había saltado directamente, tras agazaparse sobre sus cuartos traseros en dirección a Candy y que de no haber intervenido, habría acabado con seguridad, con la vida de su esposa y de su hija.

Candy contempló al lobo con pena, compadecida de su estado. Pero sabía que Mark no había tenido otra alternativa que terminar con él. Su mente se remontó entonces al pequeño pueblo donde fueron atacados por la partida armada, encabezada por el capataz de los Andrew. En aquella ocasión, Mark tampoco tuvo alternativa y hubo de matar a todos aquellos hombres, porque de no haberlo hecho, ellos habrían acabado con sus vidas.

Mientras evocaba aquellos duros momentos, Mark con los brazos cruzados sobre el pecho, escrutaba los alrededores, adoptando un aire de concentración y cuidadosa vigilancia.

Entonces experimentó algunas alteraciones en el aire provocadas por otra fuente de iridium, relativamente cercana al punto donde ellos se encontraban.

-Mermadón –susurró levemente mientras Candy procuraba olvidar también el desagradable episodio de la sangre negra de Mark, saltando de su espalda para purificar su sistema circulatorio, limpiándolo de cualquier posible toxina generada durante la utilización del iridium., acaecido poco después del incidente con la jauría de lobos.

-¿ Eh ? –inquirió la muchacha rubia, mientras examinaba su piel en busca de posibles lesiones o mordeduras de los lobos, que tal vez le hubiesen provocado inadvertidamente, pero por fortuna no halló nada en su piel blanca y tersa. A veces las bajas temperaturas impedían sentir dolor o percibir la sangre, o incluso haber sentido la acometida de un animal.

-¿ Qué quieres decir cariño ? –preguntó intentando imprimir a su voz un tono de normalidad, al objeto de apartar de su mente, cuanto antes los negros pensamientos que acerca del lado oscuro de Mark la habían asaltado súbitamente. Puso los brazos en jarras, pero enseguida los replegó, abrazándose así misma, y pateando, para resistir el gélido aire que soplaba con ululantes y veloces rachas.

Entonces Mark se desprendió de su cazadora y volteándola, la acomodó en torno a los hombros de su esposa, que enfundó sus brazos en las largas mangas en las que sus extremidades no tardaron en desaparecer. La cazadora era tan larga, que si ya de por si le quedaba grande, bajaba hasta poco más, por debajo de las rodillas de Candy.

-¿ No me habías dicho que no tenías nada que ver con la aparición de Mermadón ? –preguntó indignada, aun con la honda impresión que le causara el contemplar el destrozado lobo, que ya había expirado finalmente.

-Y te he confesado la verdad Candy –dijo Mark recogiendo su lanzacohetes y revisándolo concienzudamente, para descartar cualquier posible desperfecto o avería en el mismo. Tocó un botón y el arma se replegó sobre si misma, con un gemido neumático, encogiéndose rápidamente.

-De todos modos –observó Candy acertadamente mientras la cazadora de Mark se agitaba como las alas de un murciélago gigante, en torno a sus pequeños hombros, que su marido le había puesto, para protegerla del intenso frío –nada ganamos con discutir aquí, sin hacer nada. Debemos encontrarlas cuanto antes.

Mark asintió y tras concentrarse, determinó que el robot se encontraba a unos cinco kilómetros hacia el este, de forma más o menos aproximada.

Se pusieron a caminar lentamente. Mark se apretó contra su esposa para procurarle calor. La cazadora de cuero bailaba en torno a la figura de Candy, que se preguntaba como su marido, podía llevar encima algo tan pesado y a su juicio, incómodo. La muchacha tenía la impresión de estar portando encima una especie de armadura que a cada paso que daba sobre la espesa y densa capa de nieve, se hacía más voluminosa y pesada, pero como la prenda abrigaba desprendiendo un suave calor y temía que las bajas temperaturas pudieran afectar a su bebé en gestación, suspiró resignada y entornando los ojos siguió a su marido intentando que su decaído ánimo, no flaqueara aun más.

Candy contempló las espaldas de Mark enfundadas en su familiar camisa blanca a cuadros y le preguntó de repente:

-Mark, ¿ cómo puedes estar tan seguro de que llevamos la dirección correcta ?

-Bueno, no es que mi sentido de la orientación tenga la precisión de un GPS, pero digamos, que vamos por buen camino –dijo riendo quedamente e intentando animarla y por la comparación que había establecido.

-¿ GPS ? –preguntó Candy, parpadeando sorprendida –Mark, cariño, no sé como tienes ganas de bromear en circunstancias así.

-No es una broma –replicó Mark mientras se detenía para captar mejor los confusos y a veces nada claros rastros, que Mermadón había ido dejando- se trata de un sistema de localización por satélite. Un invento del siglo XXI. Son satélites artificiales, que están orbitando permanentemente en torno a la Tierra y establecen una red mundial, que permiten ubicar con un escaso margen de error, el paradero de un vehículo, o un destino concreto.

Candy se sujetó las sienes con las manos, masajeándolas con las yemas de los dedos. Creyó que la enrevesada explicación de su marido, haría que le entrara un buen dolor de cabeza. Cuando Mark se disponía a completar su exposición, la muchacha alzó la mano derecha que quedó oculta por la manga de la cazadora de Mark que le estaba enorme y le detuvo:

-Vale, vale, querido, no sigas. Cuando te pones en ese plan, me recuerdas a Haltoran o a Stear hablando de uno de sus inventos. O incluso a Mermadón.

Mark se giró para observarla. Candy se había envuelto en la cazadora, por efecto del intenso frío, que la confería un cómico aspecto, con las mangas dobladas hacia abajo y que ocultaban sus puños y sus brazos, casi por completo. Por más esfuerzos que la muchacha realizaba para que sus menudas manos asomaran por los bordes de las bocamangas, estos estaban condenados al fracaso y finalmente dejó de estirar los brazos intentando que sus extremidades sobresalieran, para dejarlos caer laxos, a ambos lados de su cuerpo. Candy suspiró y apartó con dificultad, los picos de las solapas de la prenda de color oscuro, situadas en torno a la cremallera plateada, porque le cosquilleaban en la nariz, y por ende la hacían estornudar, casi de continuo. Después de la tensión acumulada, Mark rió alegremente suscitando la irritación de su esposa que no encontraba la situación nada cómica ni divertida, mientras el atuendo, varias tallas más grandes que la suya, continuaba cimbreándose al compás de sus vacilantes pasos, entorpecidos por la gruesa capa de nieve. Candy refunfuñó levemente, pero sus labios se distendieron pronto en una encantadora sonrisa. El escuchar la risa y observar la alegría de su esposo para ella no tenían precio. Le gustaba tanto la risa de su marido y como sus ojos se iluminaban, cada vez que estaba contento, que por unos instantes olvidó la incomodidad de la rígida prenda..

32

-Esto tiene mala pinta Flammie, -observó con ojo experto Julienne mientras examinaba la pierna de la muchacha, cada vez más tumefacta e hinchada.

La joven dirigió una mirada nerviosa y asustada a su amiga, pero de sobra sabía que sus peores temores se habían confirmado. Durante el accidente, uno de los montantes de hierro de la estructura metálica, de la caja del camión le habían producido un corte irregular en la rodilla, que se había infectado, extendiéndose por momentos, a toda la pierna de la infortunada muchacha.

Posiblemente, la herida hubiera sido inferida por un remache demasiado sobresaliente o un tornillo enroñado y defectuosamente apretado. Ya daba igual cual hubiera sido la causa y circunstancia concreta que había producido la fea herida en la piel de la bella enfermera, porque el daño estaba hecho y no había vuelto de hoja. Finalmente, Flammie tuvo que sentarse, incapaz de permanecer de pie, debido a los fuertes dolores que la agitaban, regularmente.

-Mi pierna, mi pierna –gruñó apretando los dientes, tratando de contenerse y mantener una compostura que resultaba superflua en la difícil situación en que se encontraban.

-El robot tiene razón –Flammie- observó Juliene palpando con cuidado la llamativa y dolorosa hinchazón- esto es…un principio de gangrena y debemos darnos prisa o…-no se atrevió a concluir la frase.

-¿ O qué ? –le exhortó la chica a que continuara hablando, impaciente. Flammie intuía la dolorosa verdad, pero no quería por nada del mundo, afrontar la evidencia de lo que ya por otra parte, sabía.

Julienne tragó saliva y acariciando la trenza castaña rematada por un gran lazo rojo, abrazó a su amiga y dijo contrariada por tener que dar semejantes noticias:

-Podrías perder la pierna querida amiga. Tal vez tengamos que irrigarla.

-Pero, pero, ¿ aquí dispones de instrumental necesario para realizar tal operación ? –preguntó la joven enfermera sorprendida, y ahogando un grito de dolor, que hizo que contrajera su semblante y cerrara los ojos, mientras su frente se perlaba de sudor.

Los hombres que las rodeaban, les contemplaron en silencio y con lástima. Algunos se ofrecieron con entusiasmo a asistirla, pero Julienne prefirió que no lo hicieran. La irrigación era una técnica muy nueva que aun no se había experimentado en seres humanos y no se sabía a ciencia cierta, que efectos colaterales podían producir. Y se precisaba de una mano muy experta y diestra, con un pulso muy firme, para administrar los potentes y aun no probados fármacos del tratamiento de irrigación.

Julienne asintió lentamente y extrajo de una maleta de cuero rojo que llevaba consigo, una serie de frascos y recipientes de vidrio con distintas sustancias, e instrumental médico. Los soldados ayudaron a improvisar una especie de mesa de operaciones en mitad de la caja del camión. Flammie observó con horror como Julienne lo iba disponiendo todo, pero posiblemente no quedara otro remedio, a falta de una solución mejor. Julienne esgrimió ante sus ojos un frasco relleno de un líquido rojo y viscoso en cuya etiqueta podía leerse: ácido darkrin y que agitó levemente, hasta lograr una solución acuosa y que mezcló con otra sustancia de color café. Fue entonces, cuando Mermadón captó las intenciones de la enfermera, y poniéndose en pie, se acercó hasta la abertura del desvencijado compartimiento de carga del camión y realizó una advertencia, moviendo frenéticamente los brazos y dando cortos saltos, como si improvisara una alocada danza, ante los atónitos soldados que no daban crédito a lo que estaban presenciando. Julienne se detuvo inmediatamente, sosteniendo, indecisa el frasco entre sus vacilantes manos.

-No señorita, no emplee esa sustancia. Podría lesionar permanentemente los nervios de la pierna de la señorita Hamilton. El ácido dakrin es un alcaloide, un compuesto altamente corrosivo y volátil. Por favor, no utilice ese ácido en piel y tejidos humanos. Las consecuencias podrían ser fatales, totalmente funestas. Incluso aun cuando el ácido dakrin detuviese el proceso de gangrena, podría afectar a los músculos responsables de la locomoción, lesionándolos permanentemente.

32

Mark había terminado finalmente, por dar con el paradero de Mermadón y por ende, localizar la ubicación del viejo y desportillado Crysler que seguía aun varado en la nieve. Como Candy estaba empezando a sentirse cansada y a perder sus fuerzas debido al intenso frío, aunque la cazadora la mantenía caliente, impidiendo que la muchacha entrara en un estado de hipotermia que podría haber agravado su salud con consecuencias fatales, Mark la cargó a su espalda sosteniéndola con cuidado para que no se cayera o rodara por tierra. Candy se sentía un poco ridícula y sobre todo lo lamentaba por Mark, que tenía que sobrellevar un peso extra representado por el cuerpo de la muchacha, pero Mark no dio ninguna muestra de cansancio o flaqueza. Era como llevar una pluma en la palma de la mano. No obstante, tenía que caminar con mucho cuidado, para no resbalar y arrastrar a Candy consigo, por lo que cubrir la escasa distancia que les separaba del accidente podía tomar demasiado tiempo, como para que cuando llegasen, quizás ya fuera demasiado tarde. Entonces giró la cabeza. Candy que estaba medio adormilada, dejó escapar un confuso y corto murmullo y miró a Mark con sus espectaculares y hermosos ojos verdes, mientras algunos copos de nieve se posaban sobre su cabellera ondulada. Se había quitado sus características coletas, para que no le resultaran incómodos en las duras condiciones en que estaban viviendo, no solo por haber quedado atrapados en mitad de la nieve. Había guardado los decorativos lazos, en el bolsillo derecho de su uniforme para no perderlos y entonces Mark, dijo algo que sacaba de sus casillas a Candy:

-Debería emplear el iridium para llegar cuanto antes, porque a pie, me temo que no llegaremos nunca.

Candy refunfuñó brevemente y dijo elevando un poco la voz, con una ligera inflexión de ira en la misma:

-No Mark, ni se te ocurra. No quiero que lo emplees. Ya lo dejamos claro varias veces y no estoy por la labor de discutir, por el mismo motivo de nuevo.

Mark resopló meneando la cabeza. Su esposa era tan hermosa como terca, y tan dulce como decidida. Aborrecía discutir con ella, sobre todo porque temía que el orgulloso y fuerte temperamento de Candy, que afloraba, cuando se la atacaba en sus puntos sensibles, hiciera que se enojara con él, y el hecho de que Candy no le hablase, siquiera durante unos minutos, le preocupaba bastante, aunque sin llegar al punto de convertirse en una seria obsesión.

No obstante realizó otro intento, cuidando de no hacerla enfadar demasiado.

-Pero Candy, llegaremos más rápido. Además, es un vuelo tan corto que apenas forzaré mi cuerpo y ni siquiera tendrás que ver un nuevo proceso de depuración, te lo prometo.

-No –repitió Candy con rotundidad.

-Pero cariño –insistió Mark- no entiendo como a veces eres tan terca y obstinada. Debes confiar en mí. Conozco mis propios límites.

-Definitivamente no –repitió Candy insistente, mientras ceñía con fuerza el cuello de su marido con sus manos menudas.

-No estás siendo justa cariño –dijo Mark, sintiéndose derrotado y rozando el límite de la paciencia de Candy, que no se atrevía a traspasar, para ir más allá.

-No insistas amor mío –declaró Candy tajante y pasando por alto, las observaciones de Mark, referentes a su testarudez y cerrilismo- además si Mermadon está con ellos no hay peligro. El las mantendrá con vida, preservándolas de este frío y al abrigo de sus efectos. Estate tranquilo, mi vida.

Mark lanzó un suspiro y agitó la cabeza, contrariado, pero no dijo nada. Sabía que su esposa tenía razón. Por lo menos, estarían vivas e ilesas, cuando las encontrasen, gracias a la protección del robot. Entonces una duda asaltó a Candy y se lo hizo saber a Mark, mientras sus manos descansaban, completamente extendidas, sobre los hombros de su esposo:

-Mark, ¿ cómo va a defenderlas Mermadon si es contrario a la violencia ?

Era una pregunta interesante y como Mark tenía ganas de hablar asintió y respondió:

-Realmente Candy, rechaza la violencia gratuita, esto es, el inferir daño por el mero placer, si se puede llamar a algo tan enfermizo y terrible como eso, de hacerlo. Pero si tiene que ejercer la justa para rechazar una amenaza, sobre todo para preservar vidas humanas, ten por seguro que lo hará. Mermadon no hace distinciones entre agresores y agredidos. Si puede salvar sus vidas, ten por seguro que lo hará. Haltoran no dejó nada al azar y tal como le dijo a mi maestro una vez, revolucionaría la ciencia de la robótica cuando estuviera construído, y así fue.

Mark se aseguró de que Candy estuviera cómoda. Se sentía bien, cargando a su esposa sobre su espalda, aun en medio del frío reinante. Entonces Candy pasó a otra cuestión, y dijo mientras recogía un copo de nieve que había restallado contra su mejilla izquierda, con la mano del mismo lado y que le había hecho esbozar un gesto de contrariedad al notar el gélido contacto de la nieve sobre su piel:

-¿ Cómo puede estar nevando en pleno verano ? Es completamente absurdo. –preguntó dando un involuntario respingo y creyendo que sus sentidos, le habían jugado una mala pasada. -¿ no será un efecto residual o secundario del iridium ? –inquirió con un leve deje de suspicacia en la voz.

-No cariño, te prometo que esta vez no he tenido nada que ver con ello –dijo Mark apartando un largo rizo rubio de la cabellera de su esposa, que caía sobre sus ojos oscuros-. Sí, es absurdo que se produzca algo así, fuera de su contexto habitual, pero no imposible, Candy. Se trata de un día intruso, algo que en Meteorología, se denomina a los días que no se corresponden con la estación en la que se producen. Por ejemplo un día muy caluroso en pleno invierno.

-O un día de temperaturas extremas, a la baja, claro está –declaró Candy, mirando en derredor- en mitad del verano. Está bien Mark, aunque me cueste un poco, te creo –dijo Candy con voz un poco cansada.

-Sí, eso es Candy. La verdad es sorprendentemente complicado, que un día intruso se produzca y tenga lugar.

-Pero no imposible –dijo Candy, sujetándose su gorra de enfermera, con el emblema de la Cruz Roja, sobre la visera, para que no rodara de sus cabellos rubios por efecto de una de las inoportunas rachas de viento. Finalmente, optó por guardarla como había hecho con sus lazos, en uno de los bolsillos de su falda blanca de enfermera.

Mark iba a responder, cuando finalmente divisaron los restos de un camión, cuya cabina está completamente destrozada y chafada, semejando una especie de acordeón. El parabrisas delantero había saltado hecho añicos, el motor se había partido por la mitad y el radiador hacía ya tiempo, que había perdido su líquido refrigerante, que había goteado sobre la nieve, derritiéndola bajo el camión. A su lado, había dos muchachas vestidas de blanco y varias cabezas barbudas o lampiñas, con signos de agotamiento y hambre en su expresión famélica, sobresalía de la aparentemente intacta, caja del camión. Una de las chicas parecía tener algún tipo de problema y junto a ella, un robot enorme se había agachado para estudiar más de cerca lo que parecía a todas luces, una lesión por fractura.

-Están allí, están allí. Puedo ver perfectamente a Mermadón –gritó Candy alegremente, levantando los brazos hacia arriba y agitándolos sobre su cabeza, mientras Mark apretaba el paso, para llegar cuanto antes, frente a las atribuladas muchachas, y los heridos a su cargo.

Finalmente estaban más cerca de lo que en un primer momento, Mark, había estimado.

33

Mermadon comenzó a mostrar signos de un extraño comportamiento, mientras Julienne intentaba aplicar a la remisa Flammie el ácido dakrin en la hinchada rodilla de la muchacha. Flammie no se fiaba en absoluto del gigantesco y extraño artilugio con forma vagamente humana que suplicaba encarecidamente a Julienne que no destapara el frasco del ácido y comenzara el tratamiento, pero los precisos y minuciosos datos sobre anatomía, que Mermadón iba enumerando, desgranando uno por uno, acerca de los síntomas de la fractura de Flammie, hicieron que Flammie alzase la mano derecha, e impusiese a su amiga que no le aplicara aun la solución de color oscuro, que burbujeaba levemente en el fondo del frasco, una vez Julienne le añadiese otro producto agitándolo, hasta lograr una mixtura homogénea y lista, teóricamente por lo menos, para ser aplicada en la hinchazón. Flammie contempló al robot, cuyos puntos de luz rojos a modo de ojos, refulgían entre la bruma. Después observó las pupilas oscuras de Julienne, cuyos cabellos negros temblaron levemente, cuando la mujer se inclinó hacia Flammie tratando de convencerla de que se dejara aplicar la cura.

-Espera un momento Julienne –observó Flammie, que no se mostraba tan segura, a diferencia de su amiga, de que el tratamiento de irrigación resultara eficaz, como en un principio las investigaciones médicas más recientes, habían supuestamente demostrado –no es que me fíe mucho de ese cubo de chatarra- dijo refiriéndose al robot, que no se inmutó ante los ofensivos términos en los que se dirigió la muchacha morena hacia él. El único descalificativo que era capaz de afectarle mínimamente era que le llamaran, máquina –pero ese trasto, sabe de medicina, o por lo menos, todos los datos y síntomas que ha descrito, son absoluta y totalmente correctos.

-Tonterías Flammie –dijo Julienne nerviosa, porque ahora era ella quien no se fiaba del robot- tu pierna está en peligro y cuanto más tardemos en aplicar el ácido dakrin, más riesgo correrá de gangrenarse.

-Con el debido respeto, señorita –declaró Mermadón con voz suave y dulce, que contrastaba con su torva apariencia- si le aplica a la señorita Hamilton esa sustancia en su pierna, la gangrena se acelerará aun más si cabe. Debemos disolver el tejido neurotizado mediante oxidacina, para realizar un desbridamiento químico.

-Eso no tiene el menor sentido –exclamó escandalizada Julienne- así solo haríamos que su pierna empeorase.

-Yo, que usted señora –sonó de pronto una voz masculina a su espalda- haría caso de lo que dice. Mermadón tiene más de tres millones de referencias médicas en su banco de datos.

Julienne, sobresaltada, se giró tan repentinamente que el relicario que pendía de su cuello, con el retrato de su marido, estuvo a punto de desprenderse del mismo y tal vez, quedar olvidado e ilocalizable, bajo la gruesa capa de nieve, de haberse precipitado al suelo.

Julienne se encontró con un hombre joven, de unos veintitantos años, de largos cabellos negros y pupilas tan oscuras, o puede que más, que las de su propio esposo. A su lado, tomada de su mano derecha caminaba una joven de largos y rizados cabellos rubios y ojos de un color verde tan intenso que se diría que ni la más exclusiva de las esmeraldas, podía competir y menos, rivalizar con su belleza.

34

La sorpresa de las dos mujeres fue mayúscula, cuando descubrieron a Candy sana y salva ante ellas, de pie frente a ambas, y derramando algunas lágrimas, junto al joven de cabello oscuro, poco más alto que ella, que había sobresaltado a Julienne con su repentina y sigilosa llegada. Julienne corrió al encuentro de su amiga y la abrazó efusivamente, empapándola de lágrimas y no separándose de ella, por largo rato. Flammie intentó incorporarse, pero su lesión cada vez más agravada por el avance de la gangrena hizo que trastabillara dolorosamente, soltando un quejido de dolor. Habría caído al suelo, de no ser porque Mermadón, al quite y prevenido, la recogió con sumo cuidado y delicadeza. Flammie pese a los dolores, se sorprendió de que aquella máquina fuera tan solícita y amable, como el más galante de sus pretendientes que siempre rechazaba con una fría y despectiva ignorancia. La ayudó a ponerse en pie para que apoyándose en él, se acercara hasta Candy y Mark, pero la chica se desmayó. Mermadón la sostuvo entre sus brazos, mientras los de de Flammie, se desplomaron laxamente a ambos costados de su cuerpo y sus piernas se agitaron levemente, a cada paso que Mermadon daba sobre la nieve. Debido a los sufrimientos que su pierna herida le estaba ocasionando, Candy se acercó hasta ella, examinándola con gesto preocupado. Julienne miró a Candy. Aun sostenía entre las manos, la botella de ácido dakrin que había mezclado con otra sustancia y que ya no sabía si administrársela o no, a la cada vez más enferma Flammie, que entró en una fase de delirio con sudores fríos, mareos y temblores que agitaban todo su cuerpo.

-Tenemos que hacer algo o no saldrá de esta –prorrumpió Julienne mientras destapaba nuevamente la botella e impregnaba una gasa en la sustancia para aplicarla sobre la lesión de Flammie, firmemente decidida a irrigar su herida. Pero Mark se interpuso, arrebatándola en un abrir y cerrar de ojos la venda que hedía a bastante distancia. Julienne parpadeó perpleja, mientras sus ojos estuvieron a punto de salirse de las órbitas. En una milésima de segundo aquel hombre, le había arrebatado el apósito. Mark alzó la mano antes de que Julienne pudiera recuperarlo, y lo lanzó lejos de sí.

-¿ Te has vuelto loco ? –gritó enfurecida la normalmente imperturbable y gentil enfermera, intentando alcanzar la venda, cosa que no logró, pese a que era casi tan alta como Mark y sus acometidas amenazaban con derribarle por tierra, pero cada vez que la mujer saltaba hacia él, Mark se apartaba rápidamente, como si un sexto sentido le advirtiera de la nueva posición que iba a ocupar Julienne después de cada embate. Cansada y frustrada le miró con ojos llenos de lágrimas y dijo desesperada, mientras crispaba los puños en torno a las solapas de su cazadora:

-Si no le aplico la solución y efectúo la irrigación perderá la pierna y puede que la vida. ¿ No te das cuenta de que si no le administro el tratamiento, le amputarán la pierna aunque lleguemos a tiempo al hospital de campaña ?

Mark no respondió a los exasperados reproches de la amiga de su esposa y besó a Candy en sus rizos rubios, que acarició con afecto. La muchacha se estremeció y Mark le susurró al oído con el tono de voz más cariñoso que pudo esbozar:

-Amor mío, sé que odias el poder que hay en la sustancia que corre por mis venas, pero debo utilizarlo para salvar a esa muchacha –repuso señalando con una inclinación de cabeza hacia Flammie que de no ser por los fuertes brazos metálicos, de Mermadón, habría caído al suelo.

Mark contempló el interior del camión y preguntó a alguno de los hombres que yacían desordenadamente, y por doquier, en el suelo de chapa del vehículo o reclinados en los mamparos de la carrocería, si alguien tenía una manta. Un joven pecoso, desgarbado con una cicatriz en la cara y cabellos rubios muy cortos le lanzó una frazada que recogió al vuelo. Mark extendió la áspera manta militar de tela burda sobre el suelo,

y antes de que su anonadada esposa pudiera detenerle, Mark se giró hacia Mermadón y se fijó en los puntos rojos de luz que ardían como ascuas, ordenándole:

-Mermadón deposítala sobre la manta. Si empleo el iridium en un espacio tan reducido como es la caja de ese camión, podría incendiarlo.

-Pero querido no debes revelar…-declaró Candy intentando disuadirle, a efectos de que su secreto no continuara divulgándose a diestro y siniestro. Mark giró la cabeza y clavó sus profundos ojos oscuros en la muchacha, sonriendo afablemente. Aquella sonrisa debería haber calmado el agitado galopar de su corazón, pero lo único que consiguió fue acrecentarlo aun más.

-Eso ahora no tiene importancia Candy. Debo de salvar la vida de esa muchacha.

Flammie luchaba contra los fantasmas de las agitadas pesadillas que el delirio le inducía, y en las que visualizaba a su destrozada familia. Sus hermanos junto a su madre llorando, y su padre alcohólico gritando e insultándolos, para luego dar un portazo y salir a la calle a emborracharse nuevamente, aparecían en su mente atormentándola, hasta que tuvo un momento de lucidez, y escuchó nuevamente el misterioso e ignoto nombre que el robot había mencionado y cuyo significado desconocía por completo: iridium.

Mark se arrodilló ante Flammie y extendió su mano derecha, tras subirse la manga de su cazadora negra. Julienne intentó detenerle, pero las pupilas oscuras de Mark, la contuvieron, dejándola clavada en el suelo, incapaz de reaccionar, ante el influjo de aquella rotunda y muda negativa de que no se entrometiera. Entonces intervino Candy, resignada a que su marido desatara una vez más, el poder del iridium, porque estaba en juego la vida de Flammie, cuya trenza negra, adornada por un gran lazo rojo, caracoleaba en torno a sus hombros, por efecto de los continuos movimientos de la chica. Mark acarició la mejilla izquierda de Flammie y susurró con afecto:

-No tengas miedo, todo va a ir bien, te lo prometo.

Entonces se concentró y un leve resplandor aúreo envolvió su mano derecha que esgrimía completamente extendida sobre la destrozada rodilla de la chica. Las venas de la muñeca de Mark, brillaron de forma más intensa de lo habitual, haciendo que Julienne se quedase boquiabierta, porque no sabía si estaba despierta o soñando. En cuanto a Flammie, una turgencia entre morada y cárdena había empezado a extenderse desde la rodilla hacia abajo en dirección al pie y amenazaba con afectar a la extremidad aun sana. Julienne aterrorizada, porque no sabía que era lo que estaba presenciando, intentó detener a Mark, o al menos entorpecerle para que cesara de hacer aquello, fuera lo que fuera, pero Candy se interpuso entre la espalda de su marido y ella, poniendo los brazos en cruz. Entonces le dijo a la desconcertada Julienne:

-Por favor Julienne, tienes que confiar en mi esposo. Sabe lo que hace. Yo tampoco daba crédito al principio a lo que hace –dijo mirándole de reojo- pero desde que curó la hemofilia de una niña…

-Un momento, un momento –exclamó Julienne muy alterada y extendiendo los brazos hacia Candy, interrumpiéndola súbitamente- ¿ me estás queriendo decir que puede curar con esa luz que emerge de sus dedos ? ¿ acaso pretendes, Candy, que me lo crea ?

Mark se hallaba totalmente concentrado en su labor, lo cual no fue óbice para que, después de escucharla, replicara sin volverse para mirar a Julienne:

--Puede creerme o no –declaró- pero mi poder es capaz de sanar además de destruir, como bien pronto tendrá ocasión de comprobar.

Julienne observó como la luz fantasmal que emergía de la palma de la mano derecha de Mark, iba reparando la destrozada y cárdena piel de la rodilla de la desmayada joven. Julienne retrocedió asustada, mientras un sudor frío le recorría la médula espinal. Estuvo a punto de tropezar con un tronco caído que debido a la nieve que cubría todo con su manto blanco, permanecía hábilmente mimetizado y camuflado enterrado hasta algo más de la mitad, debido a que no presentaba ningún indicio o marca externa, que advirtiera de que estaba allí. Candy la asió por los hombros y entonces la enfermera preguntó a Mark, con voz ligeramente histérica y asustada:

-¿ Quién eres tú realmente ? ¿ quien eres ? –repitió presa de la histeria.

-Se lo diré después de aquella terminado de curar su pierna, con dos condiciones –advirtió Mark sin dejar de concentrar ni un solo momento, su atención sobre Flammie, cuya mano izquierda sostenía con la que le quedaba libre, para infundirle valor.

-La primera, es que me deje terminar lo que estoy haciendo. Si lo interrumpiera, ahora sería perjudicial para ella.

-Y la segunda, que cuanto cuente aquí no sea divulgado en modo alguno. Espero que usted –dijo mirándola de soslayo- y todos ustedes –añadió dirigiendo la mirada, hacia los rostros barbudos y lampiños de los soldados, que se apiñaban, asomando por el quicio de la caja del camión -sean lo suficientemente patriotas, porque de mí dependen millones de vidas, que se perderían con la continuación de la guerra. Solo puedo revelar que trataremos de acortarla, todo cuanto podamos.

Julienne asintió nerviosamente, aleccionada por la mirada de Candy, que se acercó a la mujer, y musitó unas. palabras que le susurró, con un tono tajante, al oído:

-Está diciendo la verdad Julienne, debemos de hacer lo que pide. Tienes que confiar en él, como yo lo hago –declaró con voz queda, acariciándose amorosamente el vientre.

Muy pronto, su niña vendría al mundo, antes de lo que se imaginaba, pero todo iría bien.

Con una mezcla de estupor y fascinación, Julienne contempló como el iridium disolvía los tejidos necrotizados y reducía la hinchazón por momentos, hasta que finalmente, desapareció por completo, sin dejar rastro. Casi de inmediato, la fiebre de Flammie cedió en gran medida. Lo peor ya había pasado.

35

Flammie despertó en un camastro del hospital de campaña adosado junto a Charmotieres, vigilado estrechamente por Candy y Julienne, mientras yo, Mark y Haltoran cuando regresó, nos enfrentamos a la ira de Howard, por haber desobedecido flagrantemente las tajantes y rotundas órdenes del secreto militar. Pero la muchacha estaba a salvo. La pierna de Flammie estaba totalmente recobrada y respondía bien a los tratamientos y cuidados médicos que Julienne y Candy la dispensaban con infinito cuidado. Debido a la amistad que unía estrechamente a las tres mujeres, el doctor Chammond había hecho una excepción para que las dos enfermeras se concentraran en cuidar de su compañera, y por otra parte, no había casos demasiado serios en el hospital de campaña, por lo que las autorizó para que eventualmente dispensadas de sus funciones médicas, atendieran a Flammie que recordaba confusamente el episodio en que una suave luz cálida y tenue, administrada por un amable joven iba aplacando el dolor de su rodilla.

Flammie abrió los ojos oscuros parpadeando intensamente. Miró en derredor, aunque solo vio a Candy y a Julienne que estaban reclinadas sobre ella, con gesto preocupado y serio. Las tres se abrazaron entre lágrimas, aunque la muchacha giró la cabeza nerviosamente, porque buscaba a alguien más. Con voz aguda y agitada preguntó a Candy:

-Mark, ¿ dónde está Mark ?

Pese a que había estado en una duermevela en la que un intenso delirio le hizo rememorar los tristes pasajes de su vida, de su hogar destrozado y su familia rota por el drama del alcoholismo crónico de su padre, y la extrema indigencia de los suyos, alcanzó a distinguir entre sus brumosos y nebulosos recuerdos, el rostro del hombre que le había salvado la vida y el recuerdo de su nombre.

Candy la arropó con las mantas procurando que se tendiera en el catre y descansara. Aun estaba muy débil por el largo viaje de vuelta realizado.

-No te preocupes Flammie, él pasará a verte tan pronto como le sea posible.

También buscó al robot que había impedido con su insistencia que Julienne, en un arrebato de desesperación por tratar de ayudarla, le aplicara un remedio que sin duda, le habría costado la pierna y puede que también la vida. Pero Mermadón no estaba por ninguna parte. Había retornado a su alojamiento secreto, custodiado esta vez por una guardia militar fuertemente armada, pero Howard dudaba que eso sirviera para contener al coloso metálico, en caso de que se activara de nuevo.

Mermadón me había enviado un mensaje solicitando ayuda, al pequeño emisor del que nunca me separaba y que guardaba oculto y celosamente, gracias al cual pude dar la alarma y movilizar una expedición que internándose entre la ventisca y la nieve de aquel extraño día que ya estaba terminándose, rescató finalmente a las muchachas y a los hombres heridos del camión.

Los soldados fueron licenciados y recompensados con generosas pensiones y condecorados con la Legión de Honor, bajo la severa advertencia de que terminarían en la cárcel si se atrevían a revelar cuanto habían presenciado y visto durante aquella larga jornada. Ninguno de ellos se atrevió jamás a romper el juramento de silencio que habían suscrito.

36

Flammie preguntó insistentemente por Mark. En un principio Candy no sospechó nada, porque pensaba que su amiga pretendía mostrarle solo su agradecimiento por el hecho de haberle salvado la vida. Pero cuando el joven, consiguió retornar después de la larga y tensa conversación que Howard había tenido con nosotros, y se encontró con Candy, besándola largamente, no reparó en que Flammie les contempló con una mezcla de envidia y miedo en sus bellos y severos ojos oscuros. Sintió como sus esperanzas y las ilusiones que se había hecho en relación a Mark, saltaba en pedazos, hechas añicos.

Con gesto abatido, se tapó con el borde de la sábana y la manta hasta los ojos, mientras se tendía de costado, procurando que sus lágrimas no se hicieran evidentes para ambos esposos, atrayendo así su atención. Flammie gimió suavemente, mientras sus ardientes lágrimas mojaban la superficie de la almohada acolchada, en la que inscribieron pequeños senderos húmedos, a medida que se deslizaban hacia abajo procedentes desde las comisuras de sus pupilas oscuras. Mientras Candy abrazaba a Mark, los ojos de Mark se deslizaron involuntariamente hacia la muchacha a la que había salvado la vida. Conocía la profunda pena, por la que la joven estaba pasando.

37

Candy fue requerida por un oficial médico, ayudante del doctor Chammond, junto con todas las demás enfermeras disponibles para atender inmediatamente a una nueva remesa de heridos procedentes del frente. Muchos de aquellos jóvenes presentaban los signos típicos de haber sufrido un ataque con gas, más concretamente la temida yperita en forma de ahogamiento, tos y piel cianótica sembrada de supurantes e infectadas ampollas. Mientras Candy y sus compañeras corrían hacia los recién llegados que eran descargados lo más rápidamente que los sanitarios eran capaces de las ambulancias militares, en camillas sostenidas por un par de hombres cada vez, Mark se quedó junto a Flammie que continuaba despierta, gimiendo débilmente. Fingía que dormía, pero Mark sabía de sobras, que la muchacha morena, cuya intensa fiebre había bajado y de la que no quedaba el menor rastro, había estado escuchando y observando cuanto se desarrollaba en derredor suyo. Se sentó en la cabecera del duro e incómodo catre hospitalario, y acarició sus cabellos morenos con dulzura. Flammie no soportó por más tiempo, disimular su dolor y saltando hacia delante, se echó en los brazos de Mark, llorando intensamente y reclinando su cabeza en el uniforme del joven, que había vuelto a cambiarse de ropa otra vez, para no levantar sospechas.

Las sábanas y mantas formaron un rebuño que fue a parar al suelo de madera del barracón de uralita que hacía las veces de hospital. Se habían quedado prácticamente solos, porque el ala donde había sido ingresada Flammie estaba dedicada a los casos menos graves, que ya habían sido dado de alta gradualmente. La joven enfermera había ido a parar allí porque era el lugar más tranquilo del hospital de campaña, donde la tranquilidad del recinto la ayudaría a recobrarse. Flammie gimió entre los brazos de Mark mirándole con sus ojos oscuros enmarcados por las gafas ovaladas y esbozó una mueca de contrariedad para musitar amargamente:

-Ahora entiendo como Candy pudo enamorarse tan rápidamente de ti, Mark Anderson. Ahora comprendo porqué, ahora lo sé –susurró lentamente desgranando las palabras para añadir a continuación:

-Porqué yo también siento lo mismo por ti, aunque sin esperanzas, lo sé –dijo Flammie con una inflexión de ironía y amargura en su voz queda.

Levantó los ojos y clavó una larga y triste mirada en Mark, que continuaba mesando los cabellos negros de Flammie recogidos en la larga y flotante trenza.

-Perdóname, Flammie, -dijo Mark bajando la cabeza –no pretendí que esto sucediera, y no quiero hacerte daño, pero Candy y yo…

Flammie se enjugó las lágrimas que resbalaban desde las comisuras de sus ojos con el dorso de la mano, y por un momento, Mark temió que el fuerte y marcado carácter de la chica saliera a relucir y le echara en cara su supuesta indiferencia, pese a que él estuviera sufriendo tan intensamente o puede que más, por su corazón destrozado, pero la muchacha pareció sumirse en un estado de pausada y lenta melancolía y declaró:

-No Mark, tú no tienes la culpa de nada. Soy yo, la fría e eficiente enfermera quirúrgica Flammie Hamilton, la que se ha hecho ilusiones respecto a ti. Tú nunca has hecho nada que pueda reprocharte, Mark.

La joven había sufrido un duro desengaño con Yvés Bonnot, el joven médico al que una inoportuna –según se mirase- bola de petanca arrojada con tan mala fortuna por mí, apartó de su lado. La muchacha se había enamorado del bien parecido y apuesto médico que traía de cabeza a todas las enfermeras del hospital de campaña, pero el hombre solo tenía ojos para una muchacha recién llegada de cabellos rubios y ojos azules llamada Dafne Ashley. Desde que se conocieran debido al gato que la bola de petanca puso en fuga, haciendo a su vez que el perro del joven doctor le persiguiera tirando a Dafne por tierra, se había establecido una corriente de complicidad y amistad mutua, que tal y como pronosticara yo acertadamente, había derivado rápidamente en una historia de amor. Flammie había intercambiado algunas palabras breves con Yvés y mantenían una relación cordial, que nunca había ido más allá de lo profesional, aunque en lo tocante a los sentimientos la joven no podía afirmar ni desmentir nada porque aquel era un terreno ignoto y virgen aun para hablar de amor. Cuando se disponía a averiguarlo, contempló como el hombre del que se había enamorado en secreto, besaba apasionadamente a Dafne, recién llegada a Charmotieres. Un jarro de agua fría apagó rápidamente las llamas de su pasión y la muchacha, para ocultar su rabia y su sufrimiento se sumió en su trabajo como nunca antes lo hubiera hecho, tratando con dureza a sus ayudantes más novatas o con poca experiencia si cometían algún error, por nimio que fuera. Mark, que conocía los rumores acerca de la relación entre Yvés y Dafne, sospechó que la chica había pasado por algún desengaño amoroso, sobre todo cuando su esposa le hizo partícipe de sus sospechas en lo referente a los sentimientos de la orgullosa y desdichada enfermera.

Y ahora aquello. Para una nueva oportunidad que Flammie Hamilton se concedía así misma, tenía que sufrir una nueva y rotunda decepción. Mark se acordó de su breve pero intenso romance con Susan Marlow cuando por un giro del destino, fue él el que protegió a la actriz de los focos que se habían desprendido de la techumbre del teatro y como la joven rubia, se prendara de él casi al instante. En aquellos momentos, su relación con Candy aun no estaba consolidada por lo que, después de advertírselo seriamente, y ponerle una serie de condiciones que Susan aceptó vivieron un leve idilio que afortunadamente terminó bien, si es que semejantes acciones pueden concluir así, porque Susan no se tomó muy bien, el que Mark la dejase. Tras un intento de suicidio, finalmente recobró la paz al lado de Neal Legan que la había conocido un día de lluvia, durante una de sus incesantes e innumerables correrías en las que se emborrachaba sin control alguno ni mesura. A partir de aquel día, Neal empezó a ser feliz y su mezquino carácter experimentó una radical transformación.

Por un momento se le ocurrió hacer lo mismo, pero Flammie era demasiado orgullosa y tenía un hondo concepto de sí misma y su amor propio, como para aceptar algo así. Además de que Candy no era como aquel lejano entonces, una ilusión lejana y borrosa, por cuyo amor, pugnaba denodadamente, sin tener claro ni seguro si terminaría ganando aquella dura batalla que se libraba en su corazón. Ahora Candy estaba allí, a su lado, y era su esposa, que además estaba esperando una hija de él.

Mark no podía resolver ninguna de las razones que provocaban la tristeza y aflicción de Flammie, porque amaba intensamente a Candy, aunque su conciencia le impedía dejarla allí sola a suerte, llorando entre las sábanas del camastro sin intentar siquiera buscar alguna solución válida al conflicto interior que tenía lugar en el alma de la chica.

-Flammie, voy a ser sincero contigo, tanto que posiblemente me odies de por vida, pero debes de enamorarte de nuevo, porque no puedes, no debes pasarte la vida amargada y resentida. Conozco lo de Yvés y sé por experiencia propia lo que es el desamor, pero una chica tan hermosa como tú no debe de renunciar a la búsqueda de la felicidad, de hecho nadie, debería descuidar semejante meta en la vida.

Flammie ladeó la cabeza y se separó de él esgrimiendo una sonrisa amarga desprovista de alegría.

-No me sermonees Mark. Lo único que sé es que, primero Yvés y ahora tú, me habéis dado calabazas. Pero no importa. Supongo que es algo a lo que me iré acostumbrando.

Entonces rebuscó en el bolsillo derecho de su guerrera y extrajo una carta escrita con tinta negra que le había entregado un soldado herido ingresado hacia dos semanas, de ojos azules y cabellos negros cortados a cepillo, para que si estaba en su poder hacerlo, se la diera en mano a Flammie, debido a que el joven remiso por la temible fama de inaccesibilidad y desdén, que precedía a la enfermera no se había atrevido a entregársela personalmente.

Mark le tendió un sobre de color sepia sin señas ni remitente y desprovisto de todo indicio exterior acerca de su procedencia u origen. No tenía sellos ni muchos menos, matasellos. Flammie la tomó entre sus dedos largos y finos y miró a Mark interrogante, preguntando extrañada:

-¿ Qué es esto ?

-Una carta de amor –declaró Mark sin rodeos –me la ha entregado un joven soldado, presente en este barracón, que me ha rogado que no desvele su identidad. No me preguntes el por qué. No ha querido decírmelo. Sólo me ha referido, que él se dará a conocer, para que les des una respuesta.

Flammie se enfureció súbitamente ofendida. Dos veces eran demasiadas y una tercera inadmisible, y puede que aquello fuera una broma, con tantos rodeos y misterios que solo la hacían enojar. Cogió la misiva por ambos lados y se dispuso a desgarrar el papel satinado, para hacerlo añicos, cuando Mark la detuvo diciendo:

-Antes de hacer eso, deberías de replanteártelo. Puede que esta vez, las calabazas se conviertan en campanas de felicidad –observó Mark con una sonrisa.

Vio que la joven parecía dudar y entonces Mark añadió antes de que pronunciara palabra:

-Deberías leerla y decidir si te conviene o no. Si es una cita y decides acudir, yo te escoltaré si me lo pides, para que vayas tranquila, por si todo resulta un engaño, pero te puedo asegurar que no.

-¿ Cómo estás tan seguro ? –preguntó Flammie recogiendo la trenza sobre su hombro izquierdo.

-Los ojos del muchacho que me dio esta carta para ti, de su parte, era la mirada de alguien que no puede mentir. Era una mirada absolutamente sincera y limpia.

-¿ No podrías contarme quien es ? –preguntó Flammie súbitamente interesada.

-Lo siento Flammie, pero le juré que respetaría su decisión. Deberás ser paciente. El se presentará ante ti, a su debido momento –dijo Mark con cierto resquemor y remordimientos, por dejar a la muchacha en semejante estado de ansiedad e impaciencia.

38

Hay misterios insondables, que por más vueltas que le demos, por más intentos que realicemos por encontrar la verdad de los mismos y un sentido a lo desconocido para evitar que nos invada un paralizante y perturbador terror al comprobar que, en ocasiones no controlamos nuestra existencia como quisiéramos, no tienen respuesta.

Eso mismo le había sucedido a Flammie al descubrir que un repentino e inexplicable sentimiento le ligaba al hombre de ojos oscuros y largos cabellos con galones de oficial de alto rango en la bocamanga. El mismo hombre, que había detenido el avance de la gangrena destrozando los tejidos de su pierna herida, proyectando un haz de luz procedente de su mano. El mismo hombre, que tenía por misión conseguir que la sangría humana provocada por la insensata escalada de la guerra continuara sumando cifras a las estadísticas de su macabra contabilidad. Pero la razón no era tanto esa como la de impedir que un poder que trataba de conquistar el mundo, torciera el eje de la Historia para lograr sus malvados propósitos. No importaba tanto el efecto residual de salvar una o dos millones de vidas, si no evitar que se perdieran dos mil millones. Mark había tenido que contar a Julienne parte de su historia, la increíble e inverosímil historia de su vida, que narrara a la joven que se había convertido en su esposa, después de derribar una fuente monumental en los jardines de Lakewood, muy cerca de la cancela donde Anthony cultivaba sus rosas, en memoria de su madre, que finalmente no había fallecido como en un principio había creído siempre, o le habían inducido a creer. Cuando Flammie estuvo un poco más tranquila y después de que hubiera leído la carta de amor, que teóricamente había sido escrita de puño y letra por un soldado herido presente en los barracones médicos, no sabía que opinar o que decir. La prosa de la misiva era tan bella y conmovedora que no pudo evitar sentir un escalofrío, al darse cuenta de que tan misteriosamente como había creído sentir algo por su salvador, su atención ahora se centraba en el misterioso y anónimo artífice de aquella carta tan emotiva como conmovedora, firmada por unas iniciales, J.P.L.

Flammie era muy cerebral y pragmática, de modo que en la misma manera en que había dejado a Stear tras la oposición del joven inventor a que viajase hasta el teatro de guerra, como enfermera voluntaria, se dio cuenta de que su anhelo de que Mark la viese como a algo más que una joven herida digna de lástima y que necesitaba mucho cariño para recobrarse del todo, era algo estéril y vano. Comprendió perfectamente que jamás lograría romper un vínculo tan fuerte y emotivo como el ligaba a Mark y a Candy. Entonces la muchacha dio un respingo tal que sus gafas saltaron de su nariz y se habrían destrozado contra el suelo, de no mediar la rápida y pronta intervención de Mark. Se había acordado de aquel muchacho, de haberle visto en algunas de las contadas ocasiones que visitó a Stear en Lakewood cuando aun era su novia. Y recordó nítidamente como permanecía junto a Candy, al igual que ahora. La chica se mesó las sienes, mientras Mark le retornaba sus gafas con gesto solícito.

-¿ Te ocurre algo Flammie ? –preguntó Mark, súbitamente preocupado por su reacción.

-Tu cara…-dijo haciendo una mueca de malestar- por eso me sonaba tanto… ya me era familiar antes –replicó con voz cansada, mientras Mark la ayudaba a reclinarse mejor sobre la cama poniéndole un par de almohadas más detrás de su espalda. Yo…te conozco Mark, de hecho, ya te conocía.

Sabedor de que pronto vendrían las preguntas, Mark suspiró y le preguntó repentinamente dirigiéndola una mirada que pareció llegar hasta lo más recóndito de su alma:

-¿ Sabrías guardar un secreto ?

39

Conversaron durante algo más de media hora, durante la que, Mark reveló a la muchacha las razones por las que era capaz de emitir luz, extendiendo la palma de la mano. Cuando le relató su procedencia, la chica sintió deseos de reír, pero no se atrevió a hacerlo ante la seria y grave mirada de Mark. Pese a que el joven habló con elocuencia, dando pruebas y argumentos que respaldaban sus afirmaciones, pero contrariamente a lo que cabía esperar, Flammie a diferencia de otras personas, no creyó ni una sola palabra del relato de Mark, o por lo menos fingió no hacerlo. Por un momento estuvo tentado de emitir una leve llamarada para convencerla de que no estaba siendo víctima de un elaborado engaño o una taimada ilusión de sus sentidos, pero decidió no hacerlo. El barracón era de uralita, pero gran parte de él tenía moblaje y diversas estructuras de madera, por lo que una sola chispa podría quemarlo todo o reducirlo a cenizas. Tampoco le convenía airear su secreto ya más de lo que por sí lo había hecho y no era imprescindible realizar ninguna demostración que le abriera alguna puerta a la que pedir ayuda, o le permitiera convencer a alguien importante. Aunque cuando en el templete de mármol donde Candy fue formalmente presentada a la familia Andrew después de ser adoptada y más tarde Haltoran y Annie se casasen, desató las llamaradas como parte de sus amargas reflexiones, creyéndose solo, el hecho fue presenciado involuntariamente por el presidente Wilson, que no le cupo la menor duda de que la investigación de su sobrino era absolutamente veraz, a la vista de tan irrefutables pruebas.

Hubo detalles que obvió como que era capaz de surcar el aire o desatar grandes chorros de llamas incandescentes, pero si le dijo que merced al poder de una poderosa sustancia había surcado el tiempo y tenía poderes curativos, aunque no supo explicarle como funcionaban, pese a que sabía como emplearlos.

-Tu cuento es muy bonito Mark –dijo la chica con una media sonrisa- pero es imposible de creer. ¿ Me estás diciendo que procedes no de otro lugar, si no de otro tiempo ?, eso es absurdo.

Mark se ofendió ligeramente pero se contuvo y trató de responder utilizando el tono de voz más conciliador del que fue capaz de disponer en ese momento:

-Flammie, por esa regla de tres volar era un sueño de locos hasta hace poco más de treinta años, pero es una realidad tangible y palpable.

-Bobadas –replicó Flammie mientras intentaba realizarse la complicada trenza en que recogía su pelo. Para su sorpresa, sus cabellos estaban perfectamente entrelazados en su característico y casi artesanal peinado. Se sorprendió gratamente de que Mark tuviera unas manos tan hábiles y mañosas para terrenos, suponía ella, habitualmente vedados al hombre. Optó por no decir nada, porque la conversación que estaba sosteniendo con el joven le parecía harto interesante y no quería cambiar de tema.

-Lo que me estás contando es imposible Mark. No hay formar de realizar un viaje de semejante calibre, sencillamente no se puede hacer.

-Yo lo he hecho, aunque entiendo que te resulte difícil por no decir imposible concebir que alguien pueda viajar en el tiempo.

-Absolutamente –coincidió Flammie reafirmándose en sus opiniones- tan absurdo como que alguien pretenda llegar a la luna y volver, como en esa novela de Julio Verne, que disparaban con un cañón gigantesco, apuntando hacia el astro una bala enorme.

Flammie se puso a reír quedamente, tapándose los labios con la mano derecha. El hecho de que alguien pudiera viajar en semejante forma se le antojaba harto gracioso, además de inconcebible.

Mark declaró entonces:

-Sin embargo, dentro de unos cuarenta y cinco años más o menos, el hombre llegara a la luna, pronunciando unas palabras históricas:

"Un pequeño paso para el hombre…".

En 1969 una anciana Flammie que había tenido cinco hijos que a su vez, trajeron al mundo en sucesivas etapas, a sus quince nietos recordaría, con ocasión de una fiesta familiar en la que los suyos congregados en torno a ella, sentados a una mesa dispuesta con abundancia de platos y apetitosas viandas, celebraban su setenta y dos cumpleaños, la continuación de aquella memorable frase:

"Pero un gran paso para la Humanidad".

La anciana había musitado quedamente las palabras, recitándolas como si fueran los versos finales de una larga poesía que había esperado durante demasiado tiempo a ser finalizada. Su hija Candice, una mujer de unos treinta años con ojos de color café y el pelo castaño recogido en una larga trenza, como ella solía acostumbrar a hacer en su juventud, lo mismo que en su ancianidad, le preguntó mientras sostenía a su hija Lucy en las rodillas, para que su marido le diera de comer con más facilidad, aunque con infructuosos resultados:

-Mamá, ¿ qué estabas diciendo ? parece una poesía.

-Nada hija mía, nada, recordaba hechos de mi juventud. No tiene importancia –dijo Flammie entrecerrando los ojos y sonriendo.

Flammie dirigió sus pupilas oscuras hacia su marido, que estaba sosteniendo un animado debate con dos de sus yernos en torno a la televisión, que emitía un programa especial, sobre si los americanos finalmente, pondrían el pie en la luna, como habían prometido solemnemente en otras ocasiones o resultaría todo un monumental fiasco. Aun existía cierto temor o escepticismo, por si aquella pretendida hazaña sería factible o si no se adelantarían los rusos, teniendo en cuenta que habían conseguido poner en el satélite una serie de pequeños vehículos robotizados, controlados por ondas de radio y conocidos como lunokhods, que explorarían la árida y carente de vida superficie lunar durante los meses previos a la gran empresa. La anciana se fijó en que su marido llevaba una pierna ortopédica de reciente creación y con la que se movía con destreza, aunque nunca reemplazaría a la que tan infaustamente perdiera durante los compases finales de la prolongada y sangrienta contienda que sacudió el mundo a principios de siglo, cambiándolo para siempre. Se acordó que en el interior de un pequeño arcón que llamaba cariñosamente, "el cofre de mis queridos tesoros" aun reposaba ajada y marchita por el paso de las décadas, pero intacta, la carta de amor que Mark le entregara poco antes de sostener su extraña y reveladora conversación, y firmada con las iniciales J.P.L. Cuando semanas después un descarado y guapo soldado de infantería moreno, que había sido herido durante los combates librados en torno a Cambrai, se atrevió a cortejarla con descaro, en un principio no estaba muy por la labor de seguirle el juego, pero finalmente lo hizo, habiendo estado a punto de rehusar, y concertando una cita en precario en las instalaciones médicas del barracón. Por un extraño giro del destino, ella no tiró la carta, que no le proporcionaba la menor pista, acerca de quien era el tímido o escurridizo enamorado, y que únicamente mencionaba a modo de fehaciente promesa, un párrafo que rezaba:

"Sabrás encontrarme, como yo te encontraré a ti, si tus sentimientos hacia mí son lo suficientemente firmes y lo bastante fuertes, como para que hagamos realidad mutuamente, nuestros sueños". Firmado J.P.L.

Y él, tuvo la suficiente perseverancia y tacto como para arrancar a la dubitativa y recelosa joven el compromiso de una cita que cimentó en un incipiente amor, que se tornaría más fuerte con el paso del tiempo. Sólo después de que él le dijera su nombre intuyó quien había sido el verdadero autor de la misiva, de la que Mark le había hecho entrega. Finalmente, no fue necesario que Mark vigilara desde las sombras por si algo malo o molesto llegara a ocurrirle a la chica, aunque los soldados le habrían propinado una brutal paliza a Juan Pablo, de haber molestado a Flammie o haber intentado hacerla daño, ya que protegían a las enfermeras, a sus ángeles blancos, como las llamaban familiarmente, contra viento y marea, casi más que a su propia vida en pleno frente.

El anónimo y misterioso autor de la misiva no se atrevía a darse a conocer, probablemente, por miedo al rechazo o al fracaso, por lo que, se la había hecho llegar a Flammie a través de quien creía que era un oficial superior, Mark, inducido por la perfecta aunque falsa reproducción de los galones de la bocamanga de su uniforme militar, confiando en su discreción y buena predisposición a ayudarle sin hacerle preguntas. Finalmente, la desesperanzada joven que creía que nunca más encontraría el amor, y que huía de su desastrosa situación familiar, y el incógnito pretendiente que no se atrevía a manifestar sus sentimientos más que a través de cartas que tampoco arrojaban ninguna luz acerca de su identidad, se encontraron e hicieron realidad sus sueños.

Flammie sonrió levemente realizando un rictus que permitió entrever su dentadura aun intacta y blanca y se dijo pasando una mano por sus cabellos grises que recogía en una trenza ondulante.

"J.P.L Juan Pablo de Lerma, mi amado y buen esposo."

La mujer contempló el calendario. A través de las ventanas entreabiertas, el frescor de la noche mitigaba el calor que se enseñoreaba del ambiente, aun sin resultar este demasiado cargado o asfixiante, en aquella noche de Julio. En el calendario situado sobre el televisor se podía leer una fecha: 18 de Julio de 1969. Las manecillas del reloj estaban a punto de marcar las doce de la noche.

40

-Conozco tu mundo –dijo Eleonor, haciendo girar la sombrilla de encaje que portaba sobre su hombro para protegerse de los rayos solares. Caminaba del brazo de Bryan que se sentía el hombre más dichoso de cuantos pudiesen existir en aquel momento, sobre la faz de la Tierra.

El doloroso divorcio se había culminado finalmente tras una serie de vistas procesales, y continuas visitas a la Corte de Justicia, donde Arthur Brandon, que no había vuelto a ponerse en contacto con su esposa desde el aciago día en que un mensajero vino desde Nueva York, expresamente para entregarle en mano la carta que, arrugada y destrozada por las manos de su hija, en su ira por la desdicha de su querida madre, aun conservaba como un doloroso y lamentable recuerdo de tan triste hecho en un pequeño cofre junto con otros retazos de su vida anterior.

Eleonor y su ex marido cruzaron sus miradas durante los tensos e imprevistos encuentros, que tuvieron que mantener forzadamente al coincidir ante el tribunal que tramitaba su proceso de separación. Alice, contrariamente a lo que podía pensarse, no abusó de su situación y supuesto ascendiente sobre la actriz. Durante los escasos momentos, que logró acercarse a Eleonor esta comprobó que era una joven sensible y culta, que en modo alguno se envanecía de la desdicha de la actriz, si no todo lo contrario. Lamentó profundamente el daño que la había inferido y Eleonor, deseosa de pasar página cuanto antes, la perdonó, más bien a instancias y requerimientos de Alice, que por ella misma, ya que consideraba que no había nada que disculpar o exonerar. La noticia saltó a los principales tabloides norteamericanos y europeos y fue prácticamente imposible evitar que se difundiera, pero eso a Eleonor no le importaba, deseosa como estaba, de que todo aquello terminara de una vez y de que Arthur saliera definitivamente de su vida, definitivamente, y para siempre, aunque contrariamente a lo que pudiera parecer, no le guardaba rencor. El corazón de la bella dama era incapaz de odiar, si acaso experimentó una profunda amargura que fue atenuada por la solícita y atenta compañía de Bryan, que había sellado una estrecha amistad con la actriz retirada, desde que fuera requerido urgentemente para atenderla de su repentino desmayo. Habían pasado cinco largo meses entre aquel trágico suceso y el tranquilo y relajado paseo que a orillas del estanque artificial, estaban realizando juntos, cogidos del brazo.

Bryan sonrió, observando el pequeño estanque que se alzaba ante la mansión en la que ella y Arthur vivieran durante tanto tiempo. Tantos recuerdos, tantos hechos vividos, que ya no volverían. La dama que llevaba un elegante vestido de color azul claro con una pequeña cenefa amarilla en torno al discreto escote, y el dobladillo de la falda de satén, añadió una explicación a la sorprendente confidencia que le había hecho a su amigo, que a la sazón se había convertido en su médico personal. Naturalmente, aquel hecho había dado pie a toda suerte de interpretaciones maledicientes y viperinas, en la que la prensa más amarilla se explayaba mordazmente. Pero esa cuestión, a Bryan lo mismo que a Eleonor le importaban un bledo, aunque Helen Legan solía lamentarse, apenada por la poca y escasa discreción de su amiga Eleonor en torno a tan espinoso asunto, tema que solía tratar con su marido durante los desayunos que compartían juntos nada más empezar el día. Contrariamente a lo que pudiera suponerse de personas de su posición y rango social, los Legan solían levantarse muy temprano, a veces coincidiendo con la salida del sol, como telón de fondo a su apacible y tranquila vida.

-Ese caballero es un buen partido para ella, pero ahora, formalizar otra relación, tan pronto, cuando aun no se han apagado los ecos de su divorcio.

A lo que Ernest solía replicar en tono afable, aunque matizado por una leve inflexión de enojo por esos metomentodos de periodistas y cotillas, mientras lanzaba una bocanada de humo tras dar una larga calada a su inseparable pipa y dejar por unos instantes el diario que leía todas las mañanas:

-Me parece que hace muy bien querida. Eleonor merece ser feliz, cualquier persona debería tener ese derecho garantizado por ley -bromeó.

Eleonor rememoró algunos trágicos pasajes de su vida que ya había narrado a su amigo.

-Poco después de que mi hija Candy marchase junto a tu hijo, al frente europeo, hice una visita de cortesía a su…-se mordió los labios y buscó la forma precisa de expresarlo- madre adoptiva, la señora Legan. Hablamos, y me mostró…en esa cosa rectangular, que lleva ese caballero tan simpático, el de sombrero de fieltro y gafas, el que es un poco obeso, distintas épocas, etapas de tu mundo. Al principio creí que todo era una broma de mis sentidos, o de la señora Legan, que con toda razón debería haberme guardado rencor por haber dejado a Candy tantos años en el Hogar de Pony, pero, pero…

Eleonor se puso triste repentinamente y detuvo su paseo. Bryan, la estrechó entre sus brazos para consolarla, acariciando sus bucles rubios, que heredara su hermosa y radiante hija, vivo retrato de la esbelta mujer de la que Bryan, se había prendado en secreto.

-Vamos, vamos, -dijo el médico sonriente- no debes de ponerte triste. Afea la hermosa expresión de tu rostro, Eleonor.

Eleonor intentó aparentar fortaleza y se enjugó las lágrimas que corrían libremente por sus mejillas nacaradas. No lloraba realmente por el choque que le había producido, tener acceso a algo que no habría imaginado ni en sus más imaginativos pensamientos. Realmente lo hacía, por su hija, y porque nuevamente el destino la había golpeado tan cruelmente, con el imprevisto fin de su matrimonio.

-Eres tan galante Bryan…-dijo separándose de él y echando a andar otra vez, a su lado, recobrada la compostura.

Durante todo el proceso legal de tramitación de su divorcio, Candy, y los Legan habían estado a su lado en todo momento apoyándola incondicionalmente, al igual que Bryan, su propio hijo y los amigos de este, menos Carlos, que debido a su condición social no encajaba en aquel entorno de damas atildadas, distinguidas y chismosas, que criticaban, envidiosas en el fondo de la belleza de Eleonor y su porte, el no haber sabido mantener a su lado a su marido.

-Seguro que fue culpa suya -siseó una anciana con un sombrero de plumas y una estola de zorro en torno a sus flacos hombros.

-No me extrañaría. Con esa pinta de mosquita muerta -le respondió otra, bastante obesa con una caperuza de forro gris y embutida en una capa de raso que ocultaba las fofas formas de su silueta, a duras penas contenida por el corsé, bajo su vestido de algodón verde.

Algunos asistentes en la sala se giraron indignados y visiblemente molestos, ante los injuriosos cuchicheos de las dos mujeres y las chistaron para que permanecieran calladas, pero otros, asintieron visiblemente de acuerdo. Los hombres, por otra parte, envidiaban al apuesto médico personal de la dama y se preguntaban como Arthur Brandon había sido tan inconsciente de dejar marchar a una mujer tan glamurosa y hermosa como aquella. En el fondo, compartían las mismas equivocadas opiniones que el resto de las rancias señoras que se abanicaban, en los asientos de madera de roble de la atestada sala judicial, donde se estaba desarrollando el dramático e ingrato acto público.

Candy que había escuchado los maliciosos comentarios de las insidiosas mujeres, se giró y se habría encarado con ellas, para defender a su madre, de no ser porque Mark la retuvo, tomándola la mano derecha, procurando no dañar los dedos de su esposa. Candy clavó sus esplendentes ojos verdes en los de su marido y musitó una breve y corta disculpa. Mark acarició sus cabellos y susurró:

-Tranquila mi vida, no prestes atención a esas arpías. En el fondo, están celosas de la clase y la categoría de tu madre. No la llegan ni a la suela de los zapatos.

Además, finalmente, los periódicos habían descubierto que Candy era hija de Eleonor, aunque esta se había apresurado a reconocerla inmediatamente, pero ni los Legan ni los Andrew pudieron impedir que a Candy se le colgara la etiqueta de ilegítima. Cuando las dos mujeres escucharon los comentarios de Mark, quedaron mortificadas y sin habla, hasta que una tercera de cabellos pelirrojos, cubiertos por un canotier con un lazo azul en torno a la ancha ala del sombrero, y un largo vestido rosa hasta los pies, salió en su ayuda:

-Mirad quien está ahí, esa huérfana de Pony, que sedujo a ese infeliz que no nos quita ojo de encima.

-Parece peligroso -comentó la mujer de la estola retrocediendo ante la airada mirada de Mark y buscando refugio entre sus amigas.

-No te extraña querida Enrietta -musitó la mujer pelirroja que tenía una ganchuda nariz que le confería aspecto de cacatúa- entre ambos conspiraron para hacer caer en desgracia al pobre señor Andrew, para que, finalmente fuera encarcelado y quedarse con su fortuna. Y además, hicieron que la desdichada lady Elroy terminara entregando la gestión de los negocios de los Andrew a ese aventurero de fortuna, que no deja de mirarte.

La más rubicunda y obesa de las tres hizo otra observación que de no ser por Candy, habría hecho que Mark saltara como un resorte, abandonando su asiento, para avanzar hacia ellas, tal vez, olvidándose probablemente de su condición de damas respetables.

-Esa niñita -dijo por Candy- tiene la misma pinta de mosquita muerta de su madre, pero sedujo a Albert y luego incitó a ese bruto de marido suyo para que lo matase, aunque afortunadamente sus planes fueron descubiertos a tiempo, según se rumorea.

Mark respiraba entrecortadamente. Su pecho se agitaba arriba y abajo, mientras sus músculos se tensaban y crispaba los puños, aunque intentaba relajarse como fuera. Podía soportar cualquier insulto o burla hacia sí mismo, sobre todo por Candy, a la que amaba profundamente, pero la sola mención de su esposa o de los suyos, en tono vejatorio o despectivo, le sacaba fuera de sus casillas.

Cuando Mark se erguía haciendo comprender a la dama con aspecto de cacatúa, tal vez la más inteligente de las tres, que quizás había hablado más de la cuenta, yendo demasiado lejos en su escarnio, y quizás, lamentando su poca cabeza, Candy le retuvo, sujetándole por la bocamanga derecha de su chaqueta, mientras intentaba disimular, porque el auditorio, incluido el propio juez empezaban a hacerles blanco de sus miradas.

-Olvídalo amor mío, no merece la pena. Ven, vamos fuera. El ambiente de esta sala está demasiado cargado, tal vez un paseo por los alrededores nos calme –le susurró, logrando aplacarle.

-Sí, será lo mejor -dijo Mark mirando de soslayo a las tres intrigantes cotillas que por unos instantes habían imaginado que Mark se abalanzaría sobre ellas. Mark y Candy salieron al exterior y el juez, se lo autorizó para relajar la tensión que la innecesaria provocación de las mujeres había introducido, en el ya de por sí cargado ambiente de la sala.

Más tarde, concluida la sesión, el magistrado afearía la actitud de las tres damas, que no solo no se dieron por aludidas, si no que además redoblaron en sus críticas y ponzoñosos comentarios hacia el matrimonio.

41

Eleonor se había maravillado de que estuviera haciéndole partícipe de sus más íntimos y secretos pensamientos a un hombre que provenía de allende del tiempo y que su hijo, fuera el esposo de su retoña, con la que mantenía una excelente relación. Pese a los ofrecimientos de la actriz para que tanto Mark, como ella se mudaran a su casa, la joven dudaba aun, porque tanto como Marianne y Maikel se habían hecho a la compañía de los Legan, pero no pasaba un día en que Candy no realizara una itensa visita a Eleonor, en la que madre e hija, reconciliadas, se hacían confidencias y experimentaban el mutuo placer de su compañía, intentando recobrar el tiempo perdido. Sus nietos solían acudir siempre que les era posible, para despejar su soledad, aunque fuera por un breve lapso de tiempo. Fue muy trágico explicarles porqué el abuelo Arthur no vivía ya con ella. Maikel, el reflexivo niño de ojos verdes, legado de Candy, y cabellos tan oscuros como los de su padre, lo entendió y asumió enseguida porque no había otra opción que aceptarlo, pero su hermana Marianne tardó más en asumirlo y lloró durante bastante tiempo hasta que con palabras cariñosas, Candy y sus dos abuelas, lograron que terminara por acostumbrarse a la ausencia de Arthur.

-No debes reprocharte nada Eleonor –dijo Arthur clavando sus ojos oscuros, idénticos a los de Mark, en los de su amiga, mientras apretaba su mano con firmeza- estuviste con Candy todo lo que fue posible. Si la hubieras mantenido a tu lado, en el sórdido ambiente en que te criaste y creciste, de resultas que no habría sobrevivido.

Bryan pensó que la mujer se echaría a llorar, y lamentó para sí, haber sido tan franco y directo, pero no era hombre de zalamerías o medias verdades. Siempre iba directo al quid de la cuestión.

Eleonor se detuvo y siguió las evoluciones de unos gorriones, que piaban en la copa de una encina, y asintiendo, declaró:

-Sí, tienes razón, pero han sido tantos sinsabores, tantas penas y tristezas…Lo de mi pobre hija, la reciente separación de mi marido…mi hermanastro en la cárcel, por asesinato y calumnias contra los Legan, mi pobre Manfred, que no vio el final de la guerra –susurró con voz débil, mientras sacaba un pañuelo de encaje para retirar las últimas lágrimas que perlaban la comisura de sus ojos.

Bryan, que ya se había hecho a la idea de quedarse en aquella época, porque nada le ligaba ya a su época, y menos al siguiente siglo se había ido enamorando progresivamente de la mujer, pero no se atrevía a revelarle sus verdaderos sentimientos después del tremendo golpe que había sufrido con la separación de Arthur. Y por otro lado, aun tenía en mente, el recuerdo de Anna. A diferencia de su hijo, Bryan era más calmado, sabía esperar y aguardar si es que llegaba, su oportunidad. Bastante era que estaba cerca de ella y tenía el privilegio de verla todos los días, de ser su amigo, confidente y el sostén que la entristecida mujer necesitaba para sobrellevar la carga de desazón que cuantos hechos luctuosos había enumerado, había supuesto para ella.

-Candy es feliz, tiene dos hijos maravillosos y un marido que la colma de atenciones y cariño –dijo Bryan riendo y contagiando su alegría a su amiga- y no es porque sea mi hijo -observó con orgullo. Hizo una pausa. Los gorriones habían levantado el vuelo en busca de alimento. Hizo una inspiración y continuó hablando:

- Albert ha cosechado lo que finalmente sembró, en cuanto a Manfred, sabía el riesgo que asumía cuando se alistó en la fuerza aérea alemana, al igual que yo cometiendo mi principal y mayor error. Dejar a mi hijo y a mi esposa solos.

Al mencionar ese punto, Bryan se detuvo. Ahora era él al que le costaba articular palabra. Sentía que se le hacía un nudo en la garganta. Pocas veces sucedía, pero ahora era el momento en que a ella le tocaba consolar y tranquilizar la agitada conciencia de su amigo.

-Tu esposa, ¿ aun la sigues echando de menos ?

Bryan asintió entristecido. Al contrario que Mark, él era menos propenso a exteriorizar sus sentimientos, pese a que sentía unas acuciantes ganas de llorar. Se sentó al pie de un gran árbol recostando su espalda en el tronco rugoso, mientras Eleonor le imitaba, situándose a su lado derecho. Le gustaba conversar con él y compartir aquellos momentos de intimidad, que tanto les unían en franca y sincera complicidad. Bryan era un hombre apuesto, además de culto y hábil conversador.

Bryan, que llevaba una fotografía de su esposa, permanentemente encima y que ni en el prodigioso viaje que había realizado, se había desprendido de ella, se la tendió a su amiga, que estudió el rostro de la mujer de Bryan, con aquellos ojos almendrados, de color miel, tan intensos, y los cabellos castaños que le caían delicadamente sobre un lado de la cara. Era hermosa y Eleonor conocía el trágico destino que había sufrido, porque el médico se lo había referido, al igual que la imposible y a la par, inverosímil de no ser porque era cierta, historia del modo en que había llegado hasta allí.

Bryan asintió lentamente mientras Eleonor se acercaba con cuidado hacia él, tratando de animarle, pero a veces el destino se empeña en, mediante grandes o pequeños gestos, según se mire, hacer que nuestras vidas tomen unos derroteros determinados y que a veces no concebiríamos ni en la más imposible de nuestras fantasías, adoptando giros inverosímiles. Eleonor estaba sentada a unos escasos centímetros de él, y se irguió para ponerse de pie y tomarle de las manos, al objeto de trasmitirle su consuelo y cálido apoyo y de paso, ayudarle a erguirse, aunque sonara irónico, tratándose de un hombre de casi un metro ochenta de estatura y su corpulencia. Entonces sus piernas se enredaron en la larga falda de su vestido y tropezó, abalanzándose involuntariamente, hacia delante. El entristecido Bryan, reaccionó al instante y se irguió extendiendo los brazos para sostenerla, pero Eleonor no se detuvo en las palmas de las manos de su amigo, si no que continuó su camino hasta quedar reclinada sobre su pecho, de manera que su rostro y por ende sus labios estuvieron a muy poca distancia de los de Bryan. Sin saber muy bien porqué, o tal vez si lo sabía y estaba cansado de mirar hacia atrás en su vida y rehuir las oportunidades que, a veces se le brindaban, Bryan enlazó las manos detrás de la cintura de la mujer, justo debajo del gran lazo decorativo de color turquesa que flameaba como una bandera desplegada al viento en torno a su vestido. La atrajo hacia sí con apremiante necesidad. Eleonor lanzó un pequeño grito de sorpresa, abriendo los ojos tanto que Bryan pensó que el Sol había depositado toda su luz en ellos. Más sorprendida que enfadada u ofendida, la actriz le dejó hacer.

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Se miraron intensamente unos instantes eternos. También, como sucediera entre Candy y Mark, se encontraban en una colina alfombrada por una verde y fresca hierba, de suave y poco inclinada pendiente, en cuya cima, se alzaba un enorme árbol, aunque no tanto como para competir, con el que se erguía ante el Hogar de Pony, donde el hombre pidiera ayuda en cuanto advirtió de que su vida ya nunca más volvería a ser como hasta ese momento.

Bryan apartó un rizo rebelde que se interponía entre los labios carnosos de Eleonor y los suyos. El corazón de la mujer latió aceleradamente dándose cuenta de que estaba experimentando una emoción que creyó desterrada para siempre de su corazón. Trató de zafarse de Bryan, pero este no liberó la presa que hacía en torno al talle de ella, porque deseaba averiguar si ambos eran capaces aun de amar, especialmente él. Puede que le costara una bofetada y la amistad de una dama tan adorable y atrayente como Eleonor. Puede que jamás le volviera a dirigir la palabra, pero le importaba poco. Pese a que el recuerdo de Anna seguía viviendo fresco en su corazón y en su mente, recordó sus últimas palabras antes de expirar, mientras sostenía su mano derecha que sobresalía trémulamente por entre las sábanas de la cama hospitalaria. Después de salvar la vida de aquella niña, Bryan que ya conocía la trágica noticia hizo lo imposible para conseguir llegar a tiempo hasta su esposa, antes de que su vida se esfumara. Y lo logró. Cuando llegó, algunos familiares de Anna le miraron torvamente y murmuraron su desaprobación por encontrarle allí. El pequeño Mark, de la mano de su tía Marie contemplaba la escena sin entender nada, sin alcanzar a mostrar alguna emoción. Desde el trágico atropello, no se había recobrado aun. Entonces Anna alzó la cabeza y dijo con un hilo de voz:

-Por favor…dejadme a solas con mi esposo y con mi niño…tengo que despedirme de ellos.

Jonás intentó oponerse, pero la fría mirada de Bryan y las súplicas de su hermana moribunda, hicieron que recapacitase y todos ellos en una silenciosa comitiva abandonaron la habitación, mientras dirigían miradas de reproche a Bryan, el cual cogió la mano de su esposa que removiéndose entre las sábanas, volvió a hablar quedamente, entre accesos de tos que dificultaban su ya de por si difícil condición para expresarse.

-Bryan…amor mío…-le dijo mientras su esposo acariciaba sus cabellos y lloraba amargamente sin poder contenerse- prométeme, prométeme que serás feliz. Que no te enterrarás en vida.

-Anna cariño, te vas a poner bien, no digas esas cosas –mintió Bryan intentando disimular sus lágrimas, cosa que no era capaz de llevar a cabo, siquiera con cierta garantía de éxito.

La mujer rió agitándose levemente, y aquello le provocó algunos espasmos, que le acarrearon nuevos accesos de tos. Bryan trató de que callara, pero Anna alzó la mano derecha, interrumpiéndole con un ademán y dijo:

-Actuar nunca se te ha dado bien, Bryan Anderson Langeron. No tengo esperanza, por lo que...

-Anna, por favor no digas esas cosas –sollozó su marido sorbiéndose el llanto e intentando aparentar presencia de espíritu, pero como había observado acertadamente su esposa, fingir no era su fuerte.

-No me interrumpas querido –musitó Anna en un susurro apenas audible.

Hizo un gesto a su hijo que se acercó besando a su madre y llorando amargamente, tanto como lo estaba haciendo su padre en esos duros momentos.

Tomó a Mark por los hombros y clavó sus pupilas en las de su hijo, intensas y muy oscuras y besándole en las mejillas y la frente dijo:

-Mark, mi precioso y dulce hijo, prométeme que obedecerás a papá y que ambos seréis felices, a partir de cuando me haya ido.

Mark notó que se le quebraba el alma en mil pedazos. Se Estrujo las manos, que empezaban a mostrar las trazas de una imponente fortaleza, reflejo de una indómita voluntad y asintió lentamente. A partir de ese día las alegres y luminosas pupilas del niño se tornaron oscuras y tristes.

Finalmente Mark notó como la mano de su madre se volvía blanda, fofa, exánime. Mark había reclinado su cabeza contra la mano de su madre que ya había dejado de acariciar sus cabellos. Entonces el niño, lanzó un grito desgarrador y se abrazó con intensidad, contra su padre. Ambos gimieron desconsolados mientras los lamentos del muchacho, atrajeron la atención de la enfermera de guardia, la cual contempló con resignada lástima como las pantallas de los aparatos a los que estaba conectada la bella mujer, mostraban una larga línea plana, al tiempo que emitían un pitido ininterrumpido. Movió la cabeza tristemente, mientras removía los cabellos negros del niño y dijo con voz lastimera:

-Lo siento, pequeño, de verdad que lo siento.

Y cogiendo el borde de la sábana, cubrió el rostro de Anna, que parecía sumida en un profundo sueño. Su rostro irradiaba una paz y una serenidad tales que Bryan intuyó que algo maravilloso había sucedido con su alma, allá donde hubiera ido a parar.

Un poco después entraron los familiares de Anna y algunos comenzaron a llorar y otros cubrieron de reproches y recriminaciones a Bryan, pero la firme y tajante advertencia de la enfermera, una mujer fornida y entrada en carnes les hizo callar y dejar las diferencias personales para otro momento, porque aquel no era ni el momento ni el lugar para airear los trapos sucios.

42

Eleonor se preguntó si era justo que hiciera aquello, que aceptara la tentadora oferta que aquel hombre tan atractivo como seductor, además de bondadoso le había formulado. Eleonor sabía perfectamente que Bryan se sentía atraído por ella, pese a que jamás antes le hubiera declarado su amor, hasta ese momento tan crucial para ambos, en que la había tomado entre sus brazos como consecuencia de un incidente anodino y sin importancia. La mujer estaba atravesando un terrible calvario, pero Bryan también había soportado otro no menos duro y demoledor. Bryan no la soltaba, porque esperaba su reacción. Mientras ella no le abofeteara, pidiera auxilio o le hiciera desistir de su actitud, con palabras secas y cortantes, él no detendría la lenta pero firme progresión de sus labios hacia los suyos.

"Es una locura" –se dijo así misma "yo y un hombre de otro tiempo, un hombre que se supone que aun no debería existir, amarle, quererle, cuando he salido tan recientemente de mi divorcio".

Tal vez se equivocara. Pero lo que realmente le ocurría no es que temiera a volver a cometer un error.

Temía volver a enamorarse.

Se desprendió de su sombrero rematado de flores, bajo el cual asomaban su cabellera dorada terminada en las las largas y sinuosas espirales de sus bucles y tiró su sombrilla sobre la hierba, y enterró sus manos detrás de los cabellos negros y lustrosos del hombre. Bryan tembló ligeramente. Recordaba la promesa que le había hecho a su esposa, que le había rogado encarecidamente:

"Quiero que seas feliz, quiero que los dos seáis felices por encima de todo. Prometedme que seréis felices".

Inclinó la cabeza y sus labios se unieron finalmente con los de Eleonor, primero tímidamente, pero luego cobraron confianza ante la anuencia de la actriz, y se fundieron en un largo beso. Cuando se separaron Bryan alzó el rostro de ella por el mentón con una mano y sonrió. Eleonor volvió a besarle repentinamente por segunda vez, más apasionadamente que antes y de improviso, tomándole por sorpresa. Cuando sus rostros se despegaron de nuevo, pero permanecieron a escasa distancia uno de otro Bryan dijo:

-Sé lo que estás pensando, o creo intuirlo mi dulce Eleonor. Dos personas tristes y aquejadas por sufrimientos y desdichas, deciden unir sus vidas para consolarse mutuamente, creando de las ruinas de dos vidas desahuciadas, una nueva, más fuerte y esperanzadora.

-Parece la trama de un drama –sonrió ella acariciando sus mejillas ligeramente barbudas.

Volvió a abrazarle mientras apretaba con fuerza, su mentón contra el hombro derecho de su amado, que no podía dejar de contemplar las pupilas de esmeralda de ella.

-Puede que sea una locura –susurró en el oído de la dama.

-Puede que provoquemos un fuerte escándalo –musitó Eleonor despacio, pensando en las repercusiones que eso supondría. En el filón que aquello sería para la prensa, y los creadores profesionales de bulos e infundios, pero no le importaba. Bryan la levantó entre sus brazos y ella rió quedamente, bailando con él un imaginario vals.

-Pero es una locura maravillosa.

Se besaron por tercera vez. Habían dado un paso decisivo, un paso que no sería fácil, porque tendrían que soportar muchas envidias, muchas habladurías, mucha maledicencia en su camino hacia la felicidad. Bryan había sufrido bastante y tenía derecho a rehacer su vida. En cuanto a Eleonor sabía lo que hacía y aunque su divorcio había concluido hacía escasamente, cinco meses, se había ido enamorando gradualmente del hombre que ocupaba sus sueños y sus pensamientos más íntimos. Desde que el juez Johnson había dejado caer su martillo sobre su soporte. y pronunciado un solemne y grave: "visto para sentencia",entre los murmullos del público, al que el magistrado impuso silencio de inmediato, supo que su vida había entrado en una nueva y decisiva etapa. Luego, cuando abandonó el edificio entre los flashes de los fotógrafos y las insistentes reclamaciones de los periodistas, con sus libretas y lapiceros en ristre, acompañada por Bryan, y arropada por Candy y los suyos, esa sensación se acrecentó grandemente.

Ambos eran adultos y libres y conscientemente habían decidido ligar sus vidas, sin tener que rendir cuentas a nadie, más si acaso a sus seres queridos, y ante sí mismos.

En esos momentos, Mark iba saltando de un árbol a otro con la agilidad de un mono, siendo perseguido entre estentóreas risas y grandes aspavientos por Candy, que había recobrado el hábito de subirse a los árboles. Pese a su destreza, no podía competir con Mark, cuyos reflejos acelerados por la sustancia que bullía en sus venas, le sacaba una gran y considerable ventaja. Finalmente Mark se detuvo respirando agitadamente, y Candy, realizó el último salto para reunirse con él, pero calculando mal, perdió pie y se precipitó hacia el suelo, como cuando Mark tuvo que lanzarse al vacío para socorrerla, solo que esta vez, fue más rápido y alargando la mano, asió la de su esposa con facilidad por la muñeca. La izó con destreza y sin apenas esfuerzo y volteándola sobre él, la depositó sana y salva a su lado, en la copa del árbol en que se habían sentado a contemplar el paisaje. Candy le estrechó entre sus brazos y aplastó los labios de Mark con los suyos, mientras susurraba:

-Amor mío. Te quiero tanto…

-Mi dulce Candy –bisbiseó él sin advertir que su padre y la madre de ella, les observaban emocionados, procurando no interrumpirles con su presencia a modo de intromisión, protegidos por una enorme encina –mi esposa, mi amor. Te quiero. Te querré siempre.

Se besaron larga y dulcemente mientras la tarde iba cayendo pacíficamente sobre el horizonte. Sin darse cuenta, habían pasado de árbol en árbol, desde Lakewood, a la propiedad de la madre de Candy, debido a la proximidad entre una y otra finca.

Eleonor se apretó contra su amado y reclinando su cabellera dorada sobre su torso dijo:

-Soy tan feliz…por mi dulce hija, por tu hijo…

Guardó silencio mientras Bryan se desabrochaba el nudo del lazo de su traje, que le estaba agobiando, y lo lanzó displicentemente al suelo, yendo a parar junto al tronco en el que se había apoyado hacía unos escasos instantes.

-Y yo, lo soy por ellos, pero también por nosotros dos. Inmensamente feliz –recalcó.

Durante aquellos cinco meses la admiración mutua entre el médico y la actriz, se había transformado en amistad y la amistad, se había tornado finalmente en amor.

43

Terry empuñó su fusil Lee Enfield con rabia. Después de su fracasado intento por acercarse a la enfermera rubia de cautivadores ojos verdes, objeto de sus pensamientos, secretos anhelos y desvelos, decidió materializar sus teatrales intentos por impresionarla, mediante un fingido suicidio que ahora esperaba materializar en busca de bala perdida.

Durante la operación G.I., para la que fue movilizado junto con miles de combatientes británicos, norteamericanos y franceses se destacó por su bravura y arrojo en el combate, porque cuando más buscaba su final, luchando con más valentía y coraje, más le eludía este. Decepcionado, harto y furioso porque la bala que debía poner fin a su vida no terminaba de internarse en su cuerpo, se lanzó a una loca carrera hacia delante para intentar forzar el fatal desenlace. Se expuso innecesariamente y se lanzó el solo contra una posición de ametralladoras alemana que disparaba sus MG08, más conocidas por el nombre de su inventor, Hiram armado con una granada y su carabina. Los soldados enemigos tuvieron un momento de duda cuando vieron a aquel hombre de cabello castaño e intensos ojos azules cargar contra ellos, él solo. Ermurt Meller, soldado ametrallador evocó por un momento la famosa carga de la Brigada Ligera inglesa en la península de Crimea contra los cañones rusos, en lo que se interpretó como un acto de heroísmo, cuando fue el resultado de una serie de órdenes desafortunadas y mal interpretadas. Apuntó cuidadosamente y lanzó una ráfaga, pero esta pasó silbando sobre la cabeza del soldado con uniforme norteamericano que avanzaba gritando contra el baluarte germano. Finalmente Terry, que fue levemente herido en el hombro derecho, sufriendo un rasguño sin importancia, logró lanzar su granada destruyendo la posición alemana, aunque en un principio lo había hecho para acabar con su vida, y no la de los soldados enemigos. En ese instante, los alemanes supervivientes salieron con los brazos en alto y ondeando bandera blanca, pensando que les atacaba al menos una compañía enemiga de infantería, en vez de un solo hombre. Poco después, Terry creyéndose a salvo de miradas amigas o enemigas, apoyó el cañón de su carabina contra la sien y se dispuso a pegarse un tiro, cuando una mano nervuda y fuerte se la arrebató de improviso. Cuando alzó los ojos sorprendido, descubrió como un joven teniente coronel, de aspecto airado y rasgos adustos alzó la mano izquierda y le abofeteó con fuerza, haciéndole reaccionar y sacándole de la postración en la que se hallaba, mientras con la otra sostenía el arma que le había arrebatado con tanta facilidad.

-Necio –tronó el militar con marcado acento californiano- la misma insensatez que pones para quitarte la vida después de tu hazaña –dijo señalando al nido de ametralladoras que él solo había conquistado- inviértelo en el valor necesario para lograr acciones como esta.

Antes de que el sorprendido Terry pudiera reaccionar, el hombre le devolvió su arma y avanzó hasta un FT-17 francés de reconocimiento que le había traído hasta allí y del que se bajó precipitadamente, tan pronto, como su aguda vista le permitió distinguir lo que el soldado inglés, con uniforme norteamericano, estaba a punto de realizar. Se llevó una mano a la sien y saludó a Terry mientras el tanque ligero arrancaba nuevamente perdiéndose rápidamente en la lejanía. El lento armatoste acorazado que como mucho no podía desarrollar más de diez kilómetros por hora, ante de su radical reforma en las fábricas de armamento de la retaguardia se alejó, a algo más de cincuenta kilómetros por hora. Tal significativo incremento en su velocidad punta se debía sin duda alguna a la pericia e influencia de Haltoran que de esa manera al perfeccionar la velocidad, el armamento y la protección de los carros aliados, logró una ventaja estratégica sin precedentes para los ejércitos aliados, sobre los alemanes, permitiendo acortar sustancialmente la duración del prolongado conflicto, que tantas bajas había causado.

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El teniente general observó desde su tanque la formación que estaba a su mando y pensó en el osado e insensato inglés que por si solo había conseguido capturar a toda una compañía alemana de ametralladoras y que había estado a punto de desperdiciar su vida, después de semejante demostración de valor. Entonces un oficial que aguardaba sus órdenes, ante la falta de respuesta de su jefe se encaramó al chasis del FT-17 y se le acercó, rozando su espalda con la mano.

-Señor, estamos esperando órdenes. Las demás unidades acorazadas ya están en movimiento para ejecutar la maniobra de tenaza en torno a Cambrai.

El militar, cuya considerable estatura, hacía que sobresaliera ampliamente por encima de la torreta del tanque, pareció enojarse visiblemente, porque el oficial había interrumpido sus reflexiones. Se giró desabridamente a su joven oficial y dijo mirándole de soslayo:

-No me des lecciones hijo, en seguida nos pondremos en marcha. Esos teutones probarán muy pronto el sabor de nuestros obuses, puedes creerlo. Di a todo el mundo que se prepare. Tenemos que llegar antes que esos petimetres del 2º y el 5º de tanques. No me gustaría que me arrebatasen el privilegio de ver la cara que pondrán cuando comprueben que han llegado tarde, sí señor.

El hombre hizo un gesto y la unidad acorazada formada por treinta FT-17 franceses y cincuenta Mark Male IV británicos rodó con estruendo, pero nada que ver con el terrible ruido que producían tan solo hacía unos meses, precedida por algunos coches blindados Lanchester y Peugeot.

En la solapa de su guerrera, más concretamente bajo el bolsillo derecho de la misma figuraba una placa metálica con su nombre, que refulgió levemente bajo la mortecina y pálida luz del atardecer, y que rezaba: George Patton.

45

-Increíble, sencillamente genial, indescriptible –exclamó boquiabierto el reportero adscrito a la expedición de rescate, que había descubierto el enigmático y sobrecogedor lugar, escenario de una batalla acaecida hacía varios milenios. Habían ido en busca de un helicóptero de transporte abatido en algún rincón del desierto, por la antiaérea enemiga, poco después de recibir su desesperada llamada de socorro, y finalmente, lo habían encontrado, aunque lamentablemente, con todos sus ocupantes muertos, menos al médico militar cuyo cadáver no se halló ni a bordo, ni en las inmediaciones del destrozado aparato, pero, cuyo rastro podía seguirse con relativa facilidad, hasta la entrada a una especie de cueva o cavidad de dimensiones colosales. Cuando se adentraron en las entrañas de la montaña, dieron con una suerte de enorme gruta, hallando los restos de la sangrienta batalla. Pero lo sorprendente y verdaderamente revelador es que esa batalla, no se había librado con espadas ni escudos, ni con caballería ni arqueros, ni siquiera con carros de guerra falcados…si no con lo que parecía armamento nuclear y más que la lucha de dos o más ejércitos, parecía una masacre contra población civil indefensa, a juzgar por las impresionantes ruinas y los retorcidos esqueletos de la gente que había intentado huir sin éxito, o las escrituras que parecían dejar constancia de ello y claramente, añadidas con posterioridad a tales hechos. Las pruebas eran tan aplastantes que Fontain, el hombre que había efectuado por casualidad el hallazgo, estaba ansioso por hacerlo público. Se convertiría en algo más que el afamado descubridor, de lo que hasta entonces solo eran locas teorías y especulaciones sin sentido. Su nombre trascendería la Historia, pero sus sueños pronto se verían truncados. Un serio y adusto oficial que había realizado una serie de llamadas, sin que Fontain lo supiera retornó con unas órdenes muy concretas, mientras una escuadra de demolición, se desplegaba por todo el recinto, desenrollando cientos de metros de cable, y colocando cargas explosivas con sus correspondientes detonadores, de forma eficiente y fríamente calculada, con la experiencia que proporciona la práctica, distribuyéndolos por la descomunal cavidad.

Fontain pareció comprender y asustado intentó evitarlo, pidiendo explicaciones al oficial y protestando de viva voz. El militar le observó de soslayo, sin apenas molestarse en volverse, para encararse con el periodista. Sabedor de que el reportero de guerra le plantearía dificultades, y que en sí , él mismo sería también un problema, fue reducido por un par de soldados que lo dejaron inconsciente, golpeándole en el cráneo con la culata de sus armas automáticas. No pretendían matarle, pero si evitar que produjera contratiempos. Cuando el lugar fue enteramente minado, los soldados salieron al exterior portando al inconsciente Fontain que fue sacado en volandas por dos hombres, y corrieron a ponerse a salvo, a distancia segura de la gruta, una vez que montaron en sus Humvee artillados, para resguardarse tras la protección de unas rocas de caliza blanca. A una señal de sus jefes, los zapadores manipularon sus conmutadores portátiles, y la montaña fue sacudida por una horrísona explosión, que provocó que el techo de la gruta se desplomara. Los cascotes y rocas de varias toneladas se precipitaron sobre los restos arqueológicos destruyéndolos por completo y con ello, la evidencia de antiguas civilizaciones que se destruyeron en una loca e insensata escalada nuclear, en algún punto del remoto pasado de la Humanidad, como preludio de los horrores que vendrían después y que contemplaría el siglo XX. No quedó ni rastro de las ciudades en ruinas, ni de sus desdichados habitantes que pasaron por una hecatombe por segunda vez.

En cuanto soltaran a Fontain, solo sería un conspiranoico más, un hombre a la busca de un filón literario o un extravagante elucubrador de teorías, que sin ser respaldadas por las imprescindibles pruebas, nadie creería. No haría falta eliminarle.

Del médico militar Bryan Anderson Langeron no hallaron ni el menor rastro. Tal vez hubiera perdido la vida, o no buscaron lo suficiente en el lugar adecuado, pero como ni él médico o sus restos aparecían, el tiempo apremiaba y cuanto más tardaran en borrar las huellas de su paso, peor para todos, desistieron finalmente. Algunos hombres y mujeres muy influyentes, respiraron tranquilos aquella tarde, reunidos en las elegantes dependencias de un hotel de lujo, mientras se congratulaban porque la historia "oficial" de la Humanidad, continuara siendo como hasta ahora, sin desviarse un ápice de su curso supuestamente inmutable y lógico. No convenía que saliera a relucir la verdad de todo, ni siquiera en parte. Podría resultar contraproducente y una conmoción sin precedentes para la estabilidad de la civilización, si algún día trascendiera una sola prueba de lo que realmente había sucedido, en vez de lo que se suponía o se quería hacer creer, que había ocurrido.

En cualquier caso, los generadores que habían posibilitado que Bryan viajara hasta 1924, no volverían a entrar en acción jamás y por lo tanto, nadie podría acceder a aquella inusitada y avanzadísima tecnología, perdida tal vez para siempre. Por otra parte, nadie echaría en falta a Bryan Anderson Langeron.

Su secreto estaba a salvo y por lo tanto no temía nada que temer en absoluto.

Con un gesto de alivio, el hombre que presidía la secreta reunión confirmó la noticia que fue recibida entre estruendosos aplausos. Las acciones, por otro lado, para mantener alejado el legado de una remota edad de oro tecnológica, de los descendientes de los que la hicieron posible, continuarían a pasos agigantados, hasta que no quedase ni rastro de la misma.

FIN DE LA SEPTIMA PARTE