Las luces anaranjadas de la habitación se encendieron. El francés suspiró cansado después de la riña, quitándose el sudor de las sienes con una mano.

- Siento lo de las amarras. Tenía que asegurarme que no me volarías los cesos.

El texano se revolvía con fiereza sobre la silla. Inventor de unos cuarenta años, bajo de estatura y pegoteado de olor a fierro y grasa para suavizar engranajes. Sus gafas de trabajo habían quedado abandonadas sobre los tablones de madera que componían el suelo, y sus azules ojos querían asesinar con la vista al intruso. Pero las cuerdas estaban bien sujetas, y el líquido adormecente que le habían inyectado en el cuello hacía de sus intentos para zafarse pobres e inútiles.

- ¿En serio era necesaria la droga? Yo te creía más hábil, Spy.

El aludido soltó una risa sin ganas, y sin más preámbulos, extrayendo de la caja el artefacto metálico respondió:

- Temía que dudaras de aquello. Pero no me importa. Observa esto.

Al ingeniero se le abrieron los ojos de asombro. Apenas pudo proferir palabra alguna. Por unos instantes sintió que era el hombre más feliz del mundo.

- De… ¿De dónde la has sacado? Tú…

- Con gusto te la devuelvo.- Y, después de dejarla sin parsimonia sobre el regazo del cautivo, acercó una silla hacia el RED y se sentó perezosamente frente a él. Después de observarlo unos segundos, bostezó y sacó su pitillera.

- Me parece que tienes algo que contarme- concluyó el otro con cierto dejo de incertidumbre, aún sin digerir la inusitada actitud del BLU.

- Naturalmente. Pero comienza tú: ¿cuál es el origen de esta válvula?- preguntó, encendiendo el cigarro.

El interrogado echó la nuca hacia atrás y cerró los ojos. Las cuerdas mantenían inmóviles ambas manos suyas a su espalda. Manos que querían desesperadamente recoger aquel objeto que descansaba sobre sus piernas, y esconderlo en algún lugar seguro de aquel individuo que aspiraba y botaba humo de su nariz. Lentamente se abrieron sus párpados, como quien está a punto de exponer su corazón:

- Esta válvula es muy antigua. Le pertenece a mi familia desde hace seis generaciones anteriores. Un pariente mío, cuyo nombre no puedo mencionarte, junto a su mejor amigo la construyeron a escondidas. Decían que iba a revolucionar el mundo, y que nadie esperaba, ni ellos mismos, lograr contabilizar las cosas que podía hacer. Porque es una válvula a simple vista, eso y nada más. Pero guarda muchos secretos. Incluso la pintura que usaron en ella no es corriente. Mi pariente murió de cáncer a los riñones. Su amigo, sabiendo que nuestra familia se conformaba de una larga lista de inventores en cada generación, nos la dió. Fué su obsequio. Pero no sólo como una lujosa pieza de ingeniería, en su carta más bien recalcaba cuánto simbolizaba su eterna amistad con aquel fiel amigo.

- Eran como hermanos.

- Exacto. Finalmente, no sé cómo, alguien robó el modelo, lo copió descaradamente, e inició toda una industria proclamando que había sido su invento. Pero conservamos la válvula de todas maneras. Sabíamos el potencial no explotado que aguardaba allí, años de adelanto tecnológico aún para esta época, así que no dudamos en protegerla a toda costa. Pero unos asaltantes…

- Irrumpieron en la tienda, mataron a tu padre y se llevaron la válvula.

- Sí… ¿Cómo sabes…?

- No ocupo los disfraces sólo para divertirme con ustedes y luego apuñalarlos por la espalda.

Dell lo pensó unos segundos.

- Tienes razón.

- Y asumo que después la vendieron a un magnate que intentó desenterrar sus secretos. Luego pasó a otras manos por más dinero aún. Hasta que dió en la bodega de una fábrica automovilística, y cuando los trabajadores intentaron llevársela en camión a la lejana Rusia, yo aparecí.

- La recuperaste... ¿Por qué lo hiciste?

- Era una idea de la Administradora.

El texano frunció el ceño, esforzándose por mantener los ojos despiertos para mirarlo directamente en las pupilas. Aquel gesto de dolor no fué desapercibido por el espía. La aguja en el cuello había dolido, pero el líquido que se esparcía por su cerebro agobiaba aún más su pensamiento.

- ¿Acaso la Administradora quería mi válvula…?- musitó.

- La quiere. Pero no te preocupes, que ya tengo una mentira para eso.

- ¿Sabes que si la encuentra ambos estaremos en problemas?

- Obviamente.

- Eres un bastardo valiente- rió, cerrando los ojos, y sintiendo como los pies se le adormecían hasta desaparecer de su sistema nervioso.

- Esto… Sé que no es común en mí- comentó el francés, apoyando los codos sobre las rodillas-. Estos tipos de acciones ilógicas. Pero quiero que sepas que te entrego la válvula para saldar la deuda del mes pasado.- Y mantuvo su mirada con seriedad.

- ¿Deuda?- murmuró el otro con sus últimas fuerzas, intentando volver a ver las visiones pasadas.- ¡Ah! Entiendo: cuando evité que ese robot te despedazara la cabeza. No fué nada... Me impresiona que hayas querido darme las gracias… ¿Por qué nunca pudimos hablar como la gente normal sobre esto?… ¿Tanta es la distancia que separa a los RED de los BLU?… Me devolviste las gracias… Cielos, siento que la habitación da vueltas.

El espía se apresuró a deshacer el nudo que aprisionaba las muñecas del ingeniero. Las tenía rojas. Una vez libre, su primer impulso fué levantarse para alejarse de su captor, pero el mareo lo derribó de improviso y terminó por caer en los brazos de aquel. Apoyado en éste, reconoció la válvula dorada caída sobre el suelo. Sin soltarle, el espía alzó un brazo y le entregó el artefacto en sus manos, el cual el otro apretó ferozmente, aún sin querer desvanecerse por completo sobre su enemigo.

La válvula, fría y rutilante, tenía un inmenso valor emocional para Dell. Casi sentía que estrujaba entre sus palmas la propia amistad incondicional materializada. Entonces, notando la ironía, recordó sobre quien se hallaba ahora. Y quiso saber:

- ¿Si no te hubiera salvado aquella vez, me la habrías vuelto de todos modos?

El Spy, meditabundo, observó como aquellos celestes ojos se cerraban en cámara lenta.

- Sí.- Y el francés alcanzó a distinguir una leve sonrisa en el rostro de aquel.

FIN