Hiro entornó los ojos, echando un rápido vistazo a las estadísticas de batalla y composición del otro equipo en el juego en línea donde hallaba. Les estaban dando una paliza y estaba intentando encontrar alguna debilidad entre el montón de neandertales que habían elegido clases DPS y tiraban a todo lo que se movía sin pararse a pensar.
Pero nunca nadie agarra tank ni healer. Luego por qué pierden.
Se dio cuenta de que, si bien sería un poco inútil intentar matarlos con fuerza bruta, todo lo que necesitaban era un neo-nigromante decente que les restará fuerza para regresar el golpe.
—Oye, tú. —Se comunicó con el primer neo-nigromante decente que encontró, esperando que su voz no lo delatara. La pubertad aún no llegaba a él. —Si quieres ganar sígueme y haz lo que te diga. Tengo un plan.
Esperaba una respuesta vocal, pero el personaje simplemente se limitó a seguirlo en silencio. Hiro se lo tomó como un sí y continuó con su estrategia.
Intensas luces de colores comenzaron a inundar la televisión junto con ruidos de batalla, diferentes escenarios y conjuros.
Poco a poco el equipo rival fue cayendo, uno pensaría que fue un gran trabajo en equipo el del neo-nigromante y Hiro; aunque en realidad el nipón se la pasara dándole órdenes al otro.
Ganaron la partida y eso elevó el orgullo del genio de la robótica, por lo que aún con la euforia arriba observó al personaje que le ayudó a obtener su victoria, y decidió añadir al chico a su chat de voz.
—Buen trabajo ahí, ¡Estuviste fenomenal! —Le dijo, legítimamente contento.
Hubo un silencio del otro lado de la línea, y Hiro supuso que estaría escribiendo. Hasta que…
—A ti. —Le respondió una voz que, muy para su sorpresa, no se diferenciaba tanto del timbre propio, por lo que debía ser la de un niño pequeño.
—¿...Qué edad tienes? —Preguntó arrugando la nariz.
—¡Por favor no me reportes, no soy un niño rata! A veces mi primo me deja jugar con su consola y se enojaría mucho si lo reportan por mi culpa. —Rogó el otro. Hiro se ahorró el comentario de que básicamente eso era ser un niño rata, sólo porque el niño no había sido molesto.
—¿Pero no deberías estar supervisado por tus papás?
—Bueno, sí pero… ¿Me podrías guardar el secreto?
Hiro se debatió. Pero podía entender cómo era eso de hacer cosas a escondidas. Después de todo, él estaba igual.
—Lo haré si me dices qué edad tienes. —Terminó por decidir.
—Uhm… tengo diez años, me llamo Miguel Rivera. ¿Y tú? —Contestó el otro, sin tener mucho sentido común.
—Hiro Hamada. Tengo doce. Y no le des tus datos al primer desconocido que te encuentres en internet. —Aunque acababa de hacer lo mismo, pero, ¿Qué daño podría hacerle Miguel?
—¿Te llamas Hiro? —Murmuró la voz al otro lado. —Hiro.
—¿Qué pasa?
—Hiro… lo siento mucho. —Fue todo lo que dijo Miguel. Hiro parpadeó confundido, pero… ¿Por qué se estaba sintiendo tan mal?
—¿De qué hablas? Ganamos. —Preguntó, hasta que notó un rastro de humedad en sus mejillas. Al llevarse las manos a las mismas, notó que gruesas lágrimas corrían por su rostro.
No era temporada de sakuras, pero de pronto parecía como si estuvieran floreciendo allá afuera.
Tanto que empezaban a apretar contra su ventana, haciendo el cristal chirriar y la madera crujir. Tanto que sentía casi como si crecieran en su interior.
Algo le incomodaba mucho en el pecho.
Algo asustado, el chico tiró su control al suelo, levantándose de golpe sin saber a dónde huir.
—Hiro, despierta. —El niño se comunicó con él. Pero su voz ya se escuchaba más crecida.
—¿Miguel? Tu voz… ¿De qué...? —Preguntó, pero un ruido fuerte llamó su atención.
Las ramas empezaron a colarse por su casa, podía ver las duelas de madera abrirse para dejar que las ramas se pasaran hacia él. Parecía como si intentaran… alcanzarlo.
Las sakuras empezaron a sangrar, manchando la madera y las ventanas.
Retrocedió a la cama asustado.
—Lo siento mucho, Hiro. —Miguel no tenía diez años con esa voz, no jodas, pero era el menor de sus problemas.
—¡Miguel, algo muy raro está pasando!
Pero su voz ya era la de un adulto joven.
La sorpresa le impidió terminar su pregunta, pero para su desgracia eso bastó para que una de las ramas le pillara del brazo. Tembló al verse atrapado. Quiso gritar, pedir ayuda a Tadashi, a tía Cass… ¡A quien fuera! Pero de su garganta no salió nada más que un montón de Sakuras, disparadas en un torrente que le imposibilitaba hablar...
...Y respirar.
Era una sensación terriblemente sofocante, el dolor aumentaba a cada segundo y el sabor amargo de los pétalos se mezclaba gradualmente con un sabor metálico de sangre. Y Miguel no dejaba de decir que lo sentía, y él no podía hacer nada mientras las ramas lo aprisionaban.
Su llanto salió aún más grueso y sincero que antes; estaba asustado, las rodillas le temblaban y solo escuchaba la madera crujir y romperse a su alrededor, los muebles cediendo, las vigas también, todo cayendo al suelo. Sabía que de un momento a otro la casa colapsaría sobre él y le aplastaría y a toda su familia, eso si no perdía el conocimiento antes por falta de aire.
Sintió como la sangre bajaba lentamente por la comisura de sus labios y como pétalos rosados cubrían el suelo ante él, en medio de lágrimas y del chirrido de su casa comprimiéndose a su alrededor. ¡Déjenlo ir, déjenlo ir!
¡Alguien, quien sea, ayudelo! ¡No quiere morir!
—Despierta… Despierta…— Repetía incesantemente la voz del muchacho a través de sus auriculares.
Unos misteriosos pétalos anaranjados empezaron a aparecer a lo largo y a lo ancho de ese lugar que ya eran más flores asfixiantes que casa.
No podía contestar. No podía respirar.
No podía. No podía.
—Despierta. —Le volvió a pedir, aunque su voz ya era diferente.
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.
—Que despiertes, pedazo de animal.
Hiro despertó de golpe al sentir un almohadazo en toda su cara, enredado entre sus sábanas y aún perdido en sus sueños, costándole enfocar.
Se levantó de golpe, inhalando una profunda bocanada de aire y llevando ambas manos a su garganta. No pasaba fácilmente, pero pasaba, y así descubrió que sus manos y su cuerpo en general estaban cubiertos de sudor frío. Palpó a su alrededor. Estaba en su cama.
Respiró agitadamente, tomándose un tiempo reconocer el lugar donde se encontraba.
Tenía diecisiete, no doce. No estaba en un juego en línea, su casa no estaba colapsando bajo el peso de las flores. Y Marco Rivera le miraba con una mueca de molestia grabada en sus ojos ambarinos, sin la más mínima preocupación.
Sólo fue una pesadilla. Suspiró, sintiendo que le temblaban los músculos de todo el cuerpo. Todo bien. Todo bien. Sólo fue una pesadilla.
—¿Y Miguel? —Preguntó con la boca seca cuando recordó cómo hablar y casi por instinto, recordando que acababa de soñar con el momento en que se habían conocido, antes de que se agriara. Marco se tensó ligeramente.
—Ya se despertó. —Contestó con indiferencia, dejando la almohada a un costado suyo. —Son las doce de la mañana, bella durmiente. Eres el último en despertar. Oye Japo, voy a salir un momento y necesito que mantengas a Baymax lejos de mí. Es muy molesto que me esté sigui… ¿Estás llorando?
Hiro se llevó una mano a sus mejillas, alarmado, descubriendo un rastro húmedo muy abundante que corría a través de ellas. El eco de un "lo siento" le perforó el corazón. Las sakuras dentro suyo parecieron reaccionar a la memoria, y se alarmó.
¿No funcionaron las píldoras?
La mirada curiosa e insistente de Marco le obligó a tragarse el estrés, recordando que tenía un secreto que guardar.
—No es nada. Sólo fue una pesadilla. —Fue todo lo que dijo para luego proceder a frotarse los párpados para limpiar cualquier rastro de lágrimas de sus ojos.
¿No estaban funcionando otra vez?
—… Aaaaajá… puesss… ¿te dejo a Baymax?
Marco Rivera, premio a la empatía. Mejor por él. Mientras menos preguntara, más lo soportaría.
—¿Baymax? ¡O-oh, sí, claro, claro! ¡Sin problemas! —Baymax era justo lo que necesitaba ahora. ¡Pero mejor que Marco no se enterara! —¿Dónde está?
—Haciendo de mamá pato. Encontré que era un modo bastante efectivo de mantener al chiquito fuera de la cocina del chino.
El Rivera mayor apuntó a una esquina. Baymax miraba casi con curiosidad a mini-Baymax, para luego dar unos pasos. Mini Baymax procedía entonces a seguirlo. Y se volvían a mirar, mientras que el robot más grande impedía que el más pequeño se perdiera o se fuera a otro lado.
La visión alivió un poco su estrés y le sacó una sonrisa. Parecía mamá pato con sus patitos.
—Sí, yo lo vigilo.
—Bueno, gracias. En fin, nos vemos.—Marco contestó secamente para luego partir.
—Sí… nos vemos…
El Rivera mayor abandonó la habitación y Hiro se llevó una mano al cuello, bajó con cuidado de la cama y en ese momento su vista se enfocó en los pétalos rosados que se hallaban en el suelo.
Los había tosido durante la noche al parecer y gracias al almohadazo que le dió Marco, se esparcieron completamente en el suelo.
Apretó los puños y se dirigió a su hoddie que estaba en el respaldo de la silla.
—Marco.
—No, Baymax, no vayas con Marco. Necesito que me ayudes con algo.
El robot miró cada movimiento que el genio realizaba.
Del bolsillo tomó nuevamente el frasco de píldoras contemplándolo. Si no estaba funcionando la dosis de dos píldoras cada 12 hrs, entonces… entonces, la aumentaría a cada 8hrs, esperando que funcionara mejor. No estaba seguro, desconocía cómo funcionaban los medicamentos aún experimentales… pero… es que no tenía ninguna otra salida. Su hermano ya tenía demasiados asuntos de los que ocuparse… no estaba bien apilarle más.
Debía curarse de la enfermedad, y si reducía el tiempo entre toma y toma quizá podría mejorar rápidamente, puesto que la dosis inicial que había tomado en un principio ya estaba perdiendo su efectividad.
No había alternativa. No había salida. No sin lastimar a alguien en el proceso… y eso no lo iba a hacer. No después de lo de tía Cass.
El significado de las sakuras era simplemente: "Aprecia la belleza de la vida que se va". Bueno, pues no con él.
Abrió el frasco y sacó tres píldoras, contemplándolas por un momento con la cabeza ladeada. Ya le eran tan familiares en este punto en su vida, y sin embargo… siempre seguían viéndose hermosas, tanto como el primer día.
Un poco como su eterno enamoramiento con Miguel.
Pequeñas, ovaladas. Transparentes, como hechas de gel y parecidas a las perlas de tos. Con una coloración que variaba del índigo al violeta, y pequeñas partículas de componentes atrapados en su interior, flotando como si de burbujas o estrellas se trataran dentro de su propio micro-universo, un universo hecho para aniquilar las flores asesinas que insistían en estrangular la garganta de la gente inocente. El más pequeño y más efectivo universo, que le ayudaba cuando incluso él se fallaba a sí mismo.
Bueno, dos nada más, mejor...
Guardó una y mantuvo dos en su palma, escondiéndose el frasco. No quería que alguien, ya sea por curioso o por accidente, descubriera las píldoras que tenía tan recelosamente ocultas.
—Necesito que me recuerdes tomar otras dos en ocho horas, Baymax.
El robot parpadeó, y Hiro salió de la habitación una vez asegurado el escondite de las píldoras.
Bajó a la segunda planta saltando los escalones de dos en dos, y se sirvió un vaso con agua para poder tomarse el medicamento sin tantos problemas, mirando las dos que había reservado. Esperaba… No, rogaba, que la dosis que se autoescribió surtiera efecto.
—Estás tomando más medicamento de la dosis recomendada.
Hiro sintió como el corazón se le caía al suelo, no esperaba que Baymax lo alcanzará en la primera planta tan pronto.
Miró a su alrededor para asegurarse de que no había nadie antes de contestarle en susurros.
—Debo aumentarla, Baymax, la dosis que me recomendaron al principio, una cápsula cada 24 horas ya no está haciendo efecto…
Baymax, para su sorpresa, le quitó las píldoras de la mano y el frasco de su hoodie.
—Hiro, conoces el riesgo de aumentar la dosis sin supervisión médica adecuada.—En la barriga del robot de vinyl apareció una figura de un hombre junto con una ilustración de una de las píldoras.— Los efectos secundarios pueden ser do-...
—¡No quiero terminar como tía Cass! Entiende… No puedo dejar a Tadashi solo… No quiero dejar a Miguel solo… y si voy al hospital, Tadashi… —La pesadilla volvió a su mente, y frunció las cejas con determinación. —No entiendes. Necesito curarme con éstas Baymax, no es una opción.
El robot observó a Hiro unos segundos y las imágenes que proyectaba en su estómago desaparecieron.
—Debo notificar a Tadashi sobre tu situación.
Hiro se alarmó. EXACTAMENTE LO QUE NO QUERÍA.
—¡No! Baymax, si haces eso… Y-yo no me sentiré mejor. Y… T-Tadashi sólo debe preocuparse por Marco y Miguel.
—¿No notificarle a Tadashi mejorará tu salud?...
Hiro asintió enérgicamente esperando que su argumento convenciera al robot.
—Hiro, me temo que al dejarte arriesgar tu salud así no seré un buen asistente médico…
El genio de la robótica entró en pánico, y bajó la mirada escondiendo sus bellos orbes chocolate detrás de su flequillo, empezando a morder su labio inferior con ansiedad mientras pensaba.
Si Baymax lo delataba con Tadashi, estaba perdido. Su hermano se iba a derrumbar. Se iba a derrumbar completamente. El mayor ya estaba tomando horas extras de asesorías en el instituto, fue incapaz de ayudarlo a encontrar una cura cuando más le necesitaba porque tenía miedo, y tuvo que asumir la responsabilidad de la casa Hamada demasiado pronto… Le daba miedo pensar lo que podría sucederle si aún más cosas se apilaban sobre sus hombros.
Como una operación, por ejemplo.
No. No podía saber. El mundo entero dependía de él para esa cura… y Miguel había viajado hasta aquí sólo para ayudar…
El mitad japonés sentía como pequeños brotes de Sakura nacían y buscaban enraizar por completo en sus pulmones llegando hasta su pleura…
¿Por qué la medicina no estaba siendo efectiva?
Debía calmarse un poco, ahora su principal problema era que el robot blanco estaba a punto de delatarlo con su hermano. Éste no era momento para pensar en todo lo demás. ¡Era el momento en el que tenía que actuar, o todo se iba a venir abajo! No era un idiota, podía ver claramente que la poca familia, la única familia que le quedaba, se estaba sosteniendo en un castillo de naipes. ¡No la iba a dejar caer si podía evitarlo!
—… Baymax. —Tragó saliva, dirigiéndose al robot. Éste volteó a verlo con ojos parpadeantes.
—¿Sí, Hiro?
No quería hacerlo, pero debía alterar a Baymax nuevamente.
Tomó al mini-Baymax en sus brazos, ahora sabiendo, tras ver su interacción anterior, que serviría para mantener a Baymax ocupado, distraído, y sobre todo sin moverse en una misma habitación.
—Está bien, no las tomaré, pero… ¿podrías acompañarme? Quiero comprobar con otras fuentes que tu información de la enfermedad está realmente actualizada respecto a la dosis. ¿Por favor?
—Claro, Hiro. ¿Tienes dudas? Las puedo resolver. — El robot siguió creyendo ingenuamente en sus palabras. —El último informe de la Organización Mundial de la Salud...
El genio se juró internamente que sería la última ocasión. Al igual que se juró la última vez que no volvería a enamorarse…
Lo siento mucho, Baymax.
*
—¡Una baguette de jamón y un jugo de naranja para la catorce por favor, Kyle! —Pidió Miguel.
El menor de los Rivera estaba ayudando nuevamente en el Lucky Cat café, sirviendo café, pan, y llevando pedidos tanto para llevar como para comer en el restaurante.
Lo bueno era que estaba agarrando experiencia como mesero. A lo mejor seguía el consejo de Hiro y regresando a México estudiaba y trabajaba al mismo tiempo.
Lo mejor, y lo peor, era que podía estar con Tadashi, ya que al igual que él estaba sirviendo de camarero en el establecimiento.
Bueno, porque pasaba tiempo con él. Malo… por la misma razón.
Desde la declaración de Hiro, estaba haciendo todo lo posible para evitar ser la tercera víctima del Hanahaki en esa casa, pero eran pocas sus posibilidades de escape ya que uno no decide cuando empieza o termina de encapricharse con alguien.
Para más INRI, por el momento la clientela del Lucky Cat estaba relativamente tranquila; no estaban ocupadas todas las mesas así que era sencillo moverse entre las mismas. Y así fue como Tadashi terminó por alcanzarlo y darle una palmada en la espalda, haciendo sus cempasuchitl vibrar y su espina temblar de miedo.
—Gracias por ayudarme, Miguel.—Tadashi le sonrió apaciblemente. El moreno correspondió antes de poder corregir su comportamiento, y se pateó mentalmente por ello.
—N-no hay de qué Tadashi.
La campana de bienvenida sonó y Miguel agradeció a todos los dioses que tuvieran compasión de su pobre y pendejo corazón.
—¡Bienvenido al Lucky Cat café! —Intentó distraerse. Un rayo amarillo entró por la puerta con una gran sonrisa y pop latino a todo lo que daba.
—¡Hola chicooos!
Se trataba de Honey quien llegaba enérgica como siempre y con una sonrisa deslumbrante.
—¡Vine a relevarte Miguel! —Gritó por encima de sus audífonos antes de pausar la música y quitárselos.
La latina se acercó y besó la mejilla del moreno saludando, como era de costumbre en su país. Miguel correspondió el saludo y fue a quitarse el mandil; aprovechando para escabullirse de ahí, pero una vez que el moreno dejó a Tadashi y Honey solos, la rubia se acercó al Hamada mayor.
—Hola Tadashi.—La rubia sonrió levemente sonrosada mientras pasaba uno de sus mechones de pelo detrás de su oreja. —¿Mucho trabajo?
—Hola Honey…— El asiático mayor igualmente se sonrojó. Un poquito embobado, casi olvida contestar. —¿Qué? Ah, no, está tranquilo… Miguel me ayudó mucho.
Al escuchar su nombre, el moreno no pudo evitar mirar con curiosidad para saber de qué hablaban.
—¡M-me alegra! Necesitabas un descanso.
—Ah, sí...
Honey tomó la mano de Tadashi y entrelazó sus dedos, después besó con dulzura el dorso de la mano del Hamada mayor haciendo que el mismo adquiriera un adorable tono carmín hasta la punta de las orejas. A pesar del tiempo que llevaban juntos, seguían teniendo esas muestras inocentes de cariño y vergüenza.
Tadashi se sentía especial. Honey podía poner un poco en pausa su alegría desbordada y su afecto, esperando a que él, a su ritmo, pudiera alcanzarla. Por eso sonrió un poco y le dio un dulce beso en la mejilla a su novia.
Miguel lo vió todo.
Observó el afecto que se tenían ambos mayores desde las escaleras y llevó una de sus manos hasta su pecho. Sus esfuerzos probaron ser inútiles, ya que sintió una terrible punzada en su corazón.
Al moreno le había comenzado a doler cada muestra de afecto de esos dos desde hace algunas semanas atrás, sin embargo, esta vez el dolor en su pecho era particularmente agudo.
Tuvo que desviar la mirada, sabía lo que se aproximaba. Se encaminó con pasos apresurados al baño del piso superior llamando la atención de Tadashi, quién alcanzó a observar cómo el moreno desaparecía al finalizar las escaleras.
—Con una chingada, ¿Por qué es tan difícil? —Maldijo el moreno tan pronto llegó al baño.
Se dobló a un costado del retrete, tomándose el estómago, y comenzó a toser y a soltar arcadas, sintiendo como se asfixiaba poco a poco.
Comenzó expulsando pétalos de cempasúchil en una cantidad exorbitante, cosa a la que empezaba a acostumbrarse. Y luego una sensación aún peor a la de los pétalos subiendo por su garganta lo invadió.
Eso era nuevo.
—¡¿Mgh?! —Intentó gritar, pero algo en su garganta se había atorado.
Necesitó toser más fuerte, buscando un chance para respirar aunque sea un poco y que saliera eso que amenazaba con cortarle la respiración por completo, intentando aplicarse la maniobra de Heimlich a sí mismo.
Lágrimas volvieron a inundar sus ojos caramelo, aunque esta vez resbalaron por sus morenas mejillas sin control, como cascadas saladas con sabor amargo.
Dolía... Quemaba... Ahogaba.
Sentía como los acelerados latidos de su corazón retumbaban en sus oídos logrando aturdirlo un poco. Y llevó sus manos a su boca mientras arcadas sonoras inundaban el cuarto de baño.
Y finalmente salió, una flor entera de cempasúchil empapada de saliva y sangre.
El moreno se puso en cuatro mientras jadeaba y tosía, haciendo lo posible por jalar aire después de semejante sensación de asfixia. Las lágrimas del esfuerzo que hizo para expulsarla se mezclaban con la saliva y la sangre presentes en su boca y en la flor, para después perderse en pequeños hilillos mientras se disolvían con el agua del inodoro.
Asco. Asco y miedo.
Miguel sólo la miró hipnotizado, entre el miedo y el aire que regresaba a sus pulmones. La enfermedad había progresado.
Sus dedos temblorosos, débiles, se dirigieron a la palanca para jalar de ella en un vano intento por destruir la evidencia, sin querer aceptarla o encararla. Ahora comprendía el temor de Hiro por enamorarse.
La flor desapareció en el excusado.
Temía querer a Tadashi…
¿Era ésto por lo que Hiro y su hermano estaban pasando…? Si Marco no pudo desenamorarse de Hiro en varios años a pesar de la distancia… ¿Que le esperaba a él, que se había tendido una trampa a sí mismo y ahora tenía que verlo diario?
Quería, tan desesperadamente, abrazar a Hiro y a su hermano y pedirles disculpas por todo.
Pero, ay, se había equivocado en la cita y ahora todo era incómodo entre él y su mejor amigo, y ahora hasta Marco lo evitaba. Quería llorar de nuevo, y no por el esfuerzo. Aún si la flor se había ido…
Las consecuencias seguían aquí.
Ay, papá Héctor, mamá Coco… ¿Ellos qué harían si estuvieran aquí? Necesitaba tanto, tanto, poder hablar con alguien.
Un suave golpeteo en la puerta lo sacó de su ensimismamiento, alterándolo.
—¡V-voy!
Tiró varios de los pétalos en el bote de basura y los cubrió con papel higiénico, se echó agua en el rostro, rogó que sus ojos rojos no lo delataran, y después abrió la puerta.
Se sorprendió al encontrar al mismo que había provocado el Hanahaki en él, observándolo con genuina preocupación.
—¿Te encuentras bien, Miguel? Te escuché tosiendo.
—¡S-sí, Tadashi! ¡Estoy bien!
Bien asustado. ¿Cómo le hacía Marco para ser tan fuerte al respecto?
El mayor de los Hamada dió una ojeada al interior del cuarto de baño. Pero se dio cuenta de unos cuantos pétalos que Miguel no logró esconder por las prisas, en el suelo.
—Esos pétalos…
Miguel se giró con tanta rapidez que casi se rompe el cuello. Oh, maldita sea. Ni siquiera puede esconderlos ahora… todo le sale mal.
—Oh… eh… ¿N-no es lo que parece…? Puedo explicarlo… —Intentó empezar. Tadashi observó nuevamente al mexicano esperando una explicación. —Lo qué pasa es que… eh… yo, uh…
No, no lo podía explicar.
Miguel bajó la mirada como un niño regañado.
—Lo siento. No quería decirte…
Tadashi lo miró, recordando el momento en que Miguel le preguntó sobre los chicos.
Así que… no era sobre Marco, huh.
No tenía el corazón para obligarlo a responder, no cuando Miguel le recordaba a Hiro hace algunos años, cuando hacía una travesura y su tía Cass lo regañaba.
Con razón eran tan amigos.
Suspiró levemente y acarició con suavidad la cabeza de Miguel. Le debía mucho a ese niño. Había sacado a su hermano menor de un lugar bastante oscuro, lo menos que podía hacer era tratarlo bien.
—¿...Quieres un poco de medicina? Debe sentirse horrible toser tantos pétalos…
Miguel parpadeó y lo miró con sorpresa.
—¿N-no estás enojado?
—No, ¿Por qué lo estaría?
Y ahí estaba el problema de Miguel…
¿Cómo desenamorarse de Tadashi si con ese simple toque sentía mariposas revoloteando en sus entrañas?
¿Cómo desenamorarse de alguien que se preocupaba tanto por él?
¿Cómo desenamorarse cuando los problemas perdían peso y se volvían más livianos que una pluma cuando le sonreía con dulzura y comprensión?
¿Cómo?...
Muchas dudas llegaron a su cabeza, sin embargo, recordó el principal motivo de su visita a San Fransokyo. Vinieron a ayudar a Tadashi a encontrar una cura para el Hanahaki…
No podía deshacerse de sus cempasúchiles aún. Era más útil para él en éste estado. Y… si no podía ayudar a su hermano ni a Hiro controlando su corazón…
¡Al menos apoyaría ayudando a encontrar una cura!
—No, gracias Tadashi...—Miguel le dedicó una sonrisa tranquila al mayor.— Si soy el sujeto de pruebas, quiero ayudarte a encontrar una cura.
—Pero Miguel, si avanza…
—¡T-trataré que no avancé más allá de los pétalos…! Te servirán para la investigación.
Regresó sobre sus pasos para apresurarse a recoger los pocos pétalos del suelo. Genial... Ahora se había vuelto un mentiroso. Realmente, el Hanahaki sacaba lo peor de él.
—¿Seguro?...—Tadashi lo miró, pero el moreno sólo asintió y le dio los pétalos.— Ya veo, pero si llegan a ser muy molestos no dudes en pedirme la medicina. Tu salud es más importante y viene primero, Miguel.
Discrepaba. Hiro y Marco eran más importante e iban primero.
—Gracias Tadashi. Ahora… ve a ayudar a Kyle y a Honey o se volverán locos en la cocina.
Tadashi se rió.
—En realidad me toca relevarlo un rato en la cocina mientras descansa, pero ya voy. Y… gracias por la muestra, Miguel… estás ayudando mucho.
Tadashi le sonrió y Miguel se maldijo por sentir de nuevo que su corazón latía. Maldición, no podría olvidarlo tan fácil…
El mayor de los Hamada dió un último vistazo a Miguel esperando que le pidiera la medicina, pero al ver que Miguel seguía sonriéndole, bajó nuevamente al café.
Miguel sintió el peso de su mentira en su conciencia, borrando su sonrisa poco a poco, pero no podía hacer nada… sabía que la medicina ya no surtiría efecto.
Pétalos. Sí, ajá.
Qué importaba ya si estaba escupiendo la ofrenda entera, el Hanahaki no podía matarlo.
Suspiró y repasó en su memoria los ojos rasgados de Tadashi mirándolo con preocupación, una punzada de culpa se instaló en su corazón causando otro dolor agudo, y borrando otro poco de su sonrisa.
"Lo siento Tadashi".
La memoria de Hiro expulsando un pétalo y la garganta de su hermano llena de celosías regresaron a su memoria.
"Lo siento, Marco. Lo siento, Hiro."
Gruesas lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas.
"Lo siento a todos..."
Ese fue el último pensamiento de Miguel antes de salir del baño e ir a refugiarse al sillón de la sala. Mentiroso. Al menos esperaba poder reparar lo que había causado con esto.
Que curioso es el amor.
A pesar de estar enamorado, se sentía aún más solo que cuando no lo estaba. Su hermano pasaba más tiempo con el cocinero y siendo sinceros, la convivencia que tenía con el Hamada mayor era algo forzada… más desde que estaba tratando de evitarlo. Incluso ya sabía cuáles eran algunos de los defectos de Tadashi, pero su cerebro constantemente intentaba justificarlos, aún si no le agradaban del todo.
Uuuugh.
Miguel desvío la mirada a los cuadros que se hallaban en la pared y su vista se detuvo en un cuadro donde se encontraban Tadashi y Hiro junto con una señora castaña, la misma cargando a su mejor amigo de unos tres años tal vez, mientras sonreía y abrazaba a Tadashi.
Debía tratarse de Cass, la difunta tía de Hiro.
Soltó otro suspiro y se recostó en el sillón contemplando el techo.
Extrañaba su amistad con Hiro, a pesar de cualquier confesión y la incomodidad… Extrañaba al genio.
Extrañaba cómo hablaba de cosas que no entendía, extrañaba su orgullo, extrañaba su cara de chimpancé dormido por la mañana, el hueco de sus dientes cuando sonreía, sus bromas pesadas, su obsesión por la comida a domicilio, las gomitas y las bebidas azucaradas enlatadas.
Y le dolía cuando éste lo evitaba, pero no podía decir nada, después de todo, él haría lo mismo si su crush lo rechazara.
Aunque Tadashi no le correspondía precisamente…
Y tampoco era como si estuviera teniendo mucho éxito evitándolo…
No mames, es más inútil en el amor, inclusive más que Hiro, eso ya es decir mucho.
¡Ugh! Estaba harto, quería volver a reír con Hiro y hacer estupideces juntos, jugar videojuegos, quejarse de la tarea, ver películas y quedarse platicando hasta tarde. Quería olvidarse por un momento que existía una maldita pandemia floral, que su hermano estaba enamorado de su mejor amigo, que él estaba enamorado del hermano de su mejor amigo…
Que Hiro estaba enfermo por su culpa y podía perderlo para siempre.
Otra punzada de culpa se instaló en su pecho, debía hablar con Hiro. No solo porque no quería terminar sus tardes en completa soledad en el sillón de la sala, si no porque quería intentar algo, lo que fuera, para ayudarlo. No podía quedarse de brazos cruzados mientras la vida de Hiro se le iba entre sus manos como arena.
Además, su novela ya había terminado. No le agradó en absoluto que Rebecca se casara con Chad, Sir. Jeffers era mucho mejor.
Miguel abrió los ojos por completo con mucho más terror.
Debía hablar con Hiro ya, estaba comenzando a parecerse a mamá Elena.
Se levantó del sofá y subió a la segunda planta esperando encontrar al genio en su habitación junto con Marco, Baymax y mini Max. Por lo que se extrañó al abrir y no encontrar a nadie. Aunque se alarmó igualmente al ver los pétalos sobre el suelo. Sakuras del lado de Hiro, y celosías completas del lado de su hermano. Celosías que Marco al parecer había intentado esconder bajo la cama.
—Ay, no… —La culpa lo volvió a golpear.
Algo suavecito se frotó con su pierna y bajó la cabeza. Una bola de pelos tricolor se frotaba ronroneando contra él.
—¿Mochi…? —Preguntó, abriendo sus ojos ante la sorpresa de que ahora el gato decidiera hacerle caso. Por toda respuesta el gato maulló. ¿Quizá no había comido?
Algo confundido por el súbito afecto del gatito, pero agradeciéndole su intervención pues empezaba a estresarse, lo cargó entre sus brazos y empezó a buscar a su mejor amigo, o a su hermano, o a ambos, por la casa.
No sabía que Hiro estaba en el garaje, recién terminando de hacer ajustes a Baymax por la fuerza. Sostenía, triunfal y sin un ápice de culpa, el frasco de píldoras a medio llenar en su mano, aventándolo en el aire para luego atraparlo de nuevo, manteniendo su vaso de agua a un costado y listo para usarse.
Estaba convencido de que ésto era para bien. O eso se decía para tratar de vivir con el hecho de que cada vez se reconocía menos, entre tantas mentiras y tantos ajustes a los que sometía a Baymax, que no le había hecho el mal a nadie.
—Entonces… Baymax. ¿Podrías darme mi registro médico de nuevo?
El robot le miró.
—Hiro Hamada. Diecisiete años, sangre AB y positivo a Hanahaki. Presenta una recaída. Yo recomiendo el uso de píldoras, pero no más de dos cada ocho horas…
Dos cada ocho horas. Una pequeña sonrisa empezó a formarse en los labios del menor. ¿Quién necesitaba una cada veinticuatro horas ahora, eh?
—Entiendo… y, Baymax, ¿Hace falta decirle a alguien de mis medicinas o de mi estado? —Preguntó, sólo para asegurarse. El gigantesco robot enfermera lo miró y parpadeó.
—No es necesario, tu tratamiento está dentro de la dosis recomendada. No puedo romper la confidencialidad de mis pacientes a menos que sea una emergencia.
—…. Bien.
Ésto estaba mal y sabía que estaba mal. Pero, por el momento, no había de otra. No era su culpa que el estúpido medicamento fuera experimental y él no tuviera acceso a una operación sin asustar a su hermano mayor. ¿Verdad? No era su culpa. Él tampoco pidió enamorarse, ¿verdad? Lo había intentado…
No, no era su culpa.
No es un monstruo.
Le dio el frasco al pequeño Baymax, quién, de acuerdo a su sencilla pero efectiva programación, lo abrió sin mayores problemas. Tomó dos pastillas de sabor afrutado y las tragó con agua. Dos cada ocho horas. Con el respaldo de Baymax, podría incluso ir por otro frasco a la farmacia más tarde.
Sabían a triunfo. A triunfo y a un toque amargo de mentiras.
No iba a morir como lo hizo tía Cass. No sin oponer resistencia.
Ni siquiera se dio cuenta de que en ese momento Miguel entró en el garaje.
—¡Hiro! Aquí estabas… oh, ¿Acabas de tomar medicinas?
El mayor volteó y se encontró con dos preciosos ojos caramelo, dos manos morenas que acariciaban a su ronroneante gato, y una sonrisa tierna de disculpa que hizo sus flores reverdecer al recordar el rechazo que sufrió días atrás. Ojos dulces que, al contrario que él mismo, serían incapaces de reprogramar a nada ni nadie para que hicieran lo que él quería.
…Ojalá fueran dos cada seis horas.
—Uh… ¿Estás… bien? ¿C-cómo sigues? —Preguntó el moreno, dejando a Mochi en el suelo.
El minino por su parte sólo comenzó a rondar a Miguel, frotándose entre sus piernas y maullando de vez en cuando por un poco de atención.
Hiro, por su parte e inconscientemente guardó el frasco de píldoras lejos de los curiosos ojos del moreno.
—… Estoy bien… Tengo la enfermedad bajo control...
Miguel pudo sentir el incómodo ambiente a su alrededor.
Y era principalmente porque el pequeño mexicano no sabía lidiar con el modo erizo de su amigo, porque nunca lo había puesto con él.
O tal vez sí, pero hace muchos años, y para Miguel era una etapa un poco borrosa; él no tenía la prodigiosa mente de Hiro. Si alguna vez lidió con el genio así, no lo recordaba.
—Hiro…
Aún así, su necesidad de arreglar todo con él era mucho más importante, porque Hiro era un amigo irremplazable.
—¿Qué quieres ahora, Miguel?
Miguel retrocedió medio paso hacia atrás, abriendo completamente sus orbes.
Hiro en verdad no quería verlo…
Miguel presionó un poco los puños y desvió su mirada del genio.
Hiro observó el comportamiento del moreno, y se zapeó mentalmente. "Genial, lo asustaste. Estúpido"...
No se merece al mexicano.
El genio recordaba las palabras que el cocinero le había dicho la noche que Miguel lo rechazó, y juraba que había ocasiones que intentaba hablarle a Miguel para arreglar las cosas pero las punzadas en su pecho y los pétalos rosados que salían de su boca lo acobardaban lo suficiente para encerrarlo en su cuarto hasta que tuviera que ir a la universidad o a patrullar.
Ambos bajaron la mirada ante la impotencia de querer arreglar todo, pero con el constante miedo de arruinarlo…
Miguel observó a Mochi y éste le regresó la mirada al moreno, su boquita parecía formar una pequeña sonrisa tranquila, como si le dijera que todo estaría bien.
Sólo debía intentarlo.
El Rivera menor tomó una bocanada de aire y empezó a caminar lentamente hacia el genio. Una vez estando frente a frente sujetó la silla de las braceras para que Hiro no escapara.
El genio sumamente shockeado por la repentina acción de Miguel, sólo pudo encogerse en la silla tratando de recuperar el espacio personal que Miguel le estaba robando.
—Hiro…
Miguel volvió a llamar al genio para tener su atención, era importante que lo viera, sin importar lo que ocurriera después.
El genio había fruncido las cejas, aún no estaba listo para enfrentarse al guitarrista. Pero… si no era ahora ¿cuándo?...
Sólo era Miguel, el amigo de hace tiempo del que se había enamorado más de una vez.
…El que a pesar de vivir varios kilómetros alejado de él lo había apoyado emocionalmente con lo de su tía.
El que fue su primer amigo antes de conocer a los chicos de BH7.
Ese que le daba todo de sí cada día a pesar de que él se contuviera.
El que le daba sonrisas sinceras y felicitaciones a sus pequeños logros, esos que pasaban desapercibidos ante los demás.
Ese con quién no tenía que ser el genio, bajo constantes expectativas.
Ese con quién podía equivocarse y reírse de ello para volverlo a intentar.
Ese que cuando se quería rendir, lo empujaba, lo retaba, o lo animaba para que siguiera intentando.
...Ese amigo por el cuál había desarrollado el Hanahaki en más de una ocasión…
Hiro sólo pudo observar de reojo al mexicano, no podía ofrecer más sin sentirse abrumado.
Miguel no merecía eso.
Ambos chicos separaron sus labios y soltaron al unísono un "lo siento", que debió ser sólo audible para la persona que tenían enfrente.
Hiro miró a Miguel y viceversa, ambas miradas se conectaron en un espacio aislado de todo lo que les rodeaba.
El genio de la robótica mordió su labio inferior, aún no había dicho todo lo que Miguel necesitaba escuchar.
Con manos temblorosas y los nervios destrozados, Hiro habló.
—Lamento haber arruinado nuestra amistad… Y por evitarte, no fue tu culpa… Fue mía por malinterpretar todo.—El genio bajó nuevamente la mirada, ocultándose en su alborotado cabello.— Perdóname…
El rostro del guitarrista fue adornado por una pequeña sonrisa con un deje de culpa. Su amigo no tenía la culpa de estar enfermo…
—No arruinaste nada Hiro, fue mi culpa por ilusionarte… ¿Podemos volver a ser amigos?
Preguntó con cierto brillo esperanzado en sus orbes caramelo.
Hiro observó esto y sintió las flores en su interior sacudirse un poco. Debía poner ciertos límites…
—Sólo no vuelvas a hablarme del amor y cosas así, sino te mandaré a dormir con Mochi en la sala.
—Te lo prometo Hiro… ¿Amigos?—Miguel extendió su mano mientras sonreía incómodamente mostrando su colmillo desviado.
—Amigos…
Hiro estrechó ambas manos como si de un pacto se tratase, ambos se soltaron y Miguel soltó un gran suspiro de alivio, después volvió a sonreírle con dulzura al genio.
—Gracias Hiro, en verdad…
—No hay de qué… ahora quítate que me estorbas.
Hiro empujó al Rivera haciendo que éste cayera con todas sus asentaderas al suelo del garage.
Miguel reclamó y Hiro le sonrió socarronamente, porque definitivamente debía vengarse del moreno.
Sin embargo, el ambiente agradable no duró mucho. Hiro llevó su mano hasta su boca y comenzó a toser más pétalos rosados.
Miguel observó esto con miedo, así que se levantó del suelo y volvió a acercarse a Hiro.
—… ¿No quieres ir al hospital?...
El genio negó con la cabeza, y una vez que su ataque de tos se hubo calmado, volvió a hablar.
—La medicina tarda un poco en hacer efecto, en unas horas estaré mejor. —Aclaró, restándole importancia. Ya se preocuparía por ello después.
Había dos cosas importantes que recalcar. La primera fue que Miguel se dio cuenta que, a pesar de haber hecho las paces, las cosas no volverían a ser iguales con Hiro.
—¿Seguro?
—Sí, las pastillas no son mágicas, Miguel, o nadie se operaría.
—Hm… bueno, bien. Por cierto… ¿Cómo es que terminaste aquí tomándotelas?
—Ah… vine a que Baymax me dijera… cómo iba mi diagnóstico. Para saber si la dosis necesitaba aumento o estaba bien.
—¡Oh! Oh, bien, vale.
La segunda, que Hiro se dio cuenta de que estaba desarrollando resistencia al medicamento… otra vez. A este paso, sería imposible seguirlo ocultando de Tadashi, y terminaría operándose en el hospital. Se mordió el labio inferior, sin estar muy seguro de cómo proceder al sentirse acorralado.
Quizá, si no hubiera modificado tanto a Baymax, no se habría acorralado él solo.
*
—¿Miguel rechazó a Hiro? —Marco miró con sorpresa al cocinero, quien sólo lo miró con una ceja alzada.
—¿No te dijo nada tu hermano?
—No, pensé que me dirías tú y no le pregunté nada.
El moreno dejó de buscar por un momento en la pila de libros viejos en descuento. Kyle, responsable de llevarle al mercado de pulgas local, se encogió de hombros.
—Duermes mucho últimamente, ya casi no te veo despierto.
Había tres buenas razones por las cuales buscaba salir con él. La primera: moría de aburrimiento en casa y Kyle tenía moto con la cual poder salir a tomar aire y estirar las piernas. La segunda: así podía alejarse un poco del lucky cat y mantener sus celosías en un margen aceptable de crecimiento (no va a negar que se alarmó cuando escupió algunas flores enteras esa mañana).
La tercera: el cocinero siempre tenía las últimas noticias respecto a Hiro y Miguel. Así podía mantenerse enterado a pesar de estarlos evitando.
Kyle le dio una calada a su cigarrillo. Aunque era su descanso, la verdad era que siempre comía en el restaurante, por lo que había aprovechado para venir con Marco a hacer su buena acción del día: pasear al enfermito.
Marco regresó su mirada felina a los libros, pensando.
—¿Cómo es posible…? —Preguntó Marco al aire. Algo no concordaba. Miguel gustaba de Hiro… ¿Verdad? Entonces… ¿Por qué lo rechazaría…?
Perdido entre los títulos de los libros buscó la respuesta a la nueva interrogante que se estaba volviendo su hermanito y el japonés, el comportamiento de ambos era completamente contrario a lo que esperaba.
Marco quitó algunos libros de encima para dar con los que estaban más al fondo en toda esa pila de hojas manchadas con lignina, sus iris ambarinos se detuvieron en un curioso título.
"A parent's guide for teen dating"
Marco pasó suavemente la yema de sus dedos sobre la pasta del libro, esperando que por ósmosis absorbiera el contenido del mismo.
El mexicano observó el título y englobó el tema de todo ese libro, amor adolescente.
Repasó nuevamente la palabra "amor" analizándola, llegando hasta su etimología. El por qué de esa simple palabra y su significado. El por qué un sentimiento bonito podía causar crímenes pasionales, malos entendidos y odio…
¿Qué le pasaba a Miguel? ¿Quién en su sano juicio, rechazarí…?
"Me gusta Hiro, Miguel…"
Oh… Ah, si cierto.
Esas palabras retumbaron en sus recuerdos, haciendo que abriera completamente sus orbes ambarinas, todo comenzó a cobrar sentido.
Marco comenzó a atar cabos sueltos, siendo que entre hipótesis pudo dar con la teoría de que Miguel rechazó a Hiro por su culpa…
Porque le había dicho a su hermano que su amigo le gustaba.
Su hermano menor era idiota y tenía un buen corazón. Pésima combinación en tiempos del Hanahaki, pues, en la opinión personal de Marco, los tontos de corazón de pollo y pureza de nieve eran los primeros en ser aniquilados por la enfermedad. En estos tiempos, era mejor ser arisco, desapegado… de ese modo las flores no te comían vivo.
Pero Miguel era muy diferente a él, y por supuesto que, de estar enamorado, iba a cederle lugar.
...Eso o le gustaba otra persona, pero vamos, que lloriqueaba como un perrito pateado cuando Hiro no le hacía caso o tenía tarea. Nunca le había visto enamorado, pero apostaba sus muelas del juicio a que Miguel y su amigo genio estaban para casarse, y su hermano menor sólo estaba jugando al mártir aquí por una estupidez que Marco cometió.
Marco suspiró imperceptiblemente y hurgó en otra pila de libros aún sumergido en sus pensamientos.
Jamás debió decirle aquello.
Todo era una maraña de amor, enredada de tal forma que no veías el inicio y mucho menos, el final.
El mexicano volteó a ver al cocinero, necesitaba ayuda para empezar a desenredar esos hilos rojos.
Aunque tuviera que cortar algunos.
—Tal vez si Miguel y Hiro...— El Rivera mayor no pudo terminar esa oración ya que escuchó que Kyle hacía un ruido como de hartazgo, llamando su atención.
Kyle había rodado los ojos y desviado la mirada deshaciéndose de su cigarrillo en el proceso, tirándolo al suelo y triturándolo con la suela de su bota. En toda su cara era visible que se ponía de mal humor ante la mera mención de Miguel. No pudo ocultar su rostro de disgusto y el ceño fruncido ante los ojos felinos de Marco, quién alzó una ceja mientras lo estudiaba.
El mexicano repasó en su cabeza el número de veces que el mitad chino parecía contenerse cada vez que mencionaba a Miguel en su presencia, y pronto entendió que para Kyle, su hermano era más complicado de tragar que pan de una semana sin agua y con la boca seca.
¿Por qué? No lo sabía. Pero bastaba para entender que tendría que desatar los hilos rojos solo…
Aunque eso no quitaba que Marco estuviera molesto.
—Kyle.
—Qué.
—…No te agrada mucho mi hermano, ¿verdad?
Kyle se tensó.
—No sé de qué hablas, ya ves cosas por estar encerrado todo el día.
—Hm. Sí, seguramente.
Yep. Kyle no soportaba a Miguel, y no sabía muy bien por qué… pero en vista de que el cocinero era huraño, no tenía pelos en la lengua, y no quería perder a su mejor fuente de chisme, lo iba a pasar por esta única ocasión. Pero… si se agarró a golpes con él por defender a su familiar, no tendría miedo de al menos decirle unas cuantas cosas para ponerlo en su lugar… si es que empezaba a pasarse, claro.
Si, Miguel era muy tonto y estaba torturándose y torturando a Hiro de a gratis, pero lo intentaba y tenía buenas intenciones. Obviamente se iba a tropezar en el camino. Kyle no era nadie para mirarlo mal por sus errores.
—...Bueno, voy a pagar estos libros. Acompáñame, que tú sabes más inglés que yo. Por cierto, ¿tienes un bolígrafo?
—¿Para qué?
—Es por una buena causa.
Miguel estaba muy a gusto practicando con su guitarra en la sala, mucho. Tanto, que absolutamente nada estúpido que le hiciera pasar corajes sucedió en los siguientes quince segundos a partir de que se sentó a practicar, pudo ser feliz con su música por una vez sin interrupciones y todos vivieron felices para siempre, fin.
En serio.
Nada más que paz y quietud. Yup.
O eso le hubiera gustado, porque esos mismos quince segundos más tarde su hermano le dió un periodicazo en la coronilla, apoyándose en el sofá. Kyle se había escabullido a la cocina.
—Oye, Miguel, ya llegamos.
—¡Auch! ¡Pendejo! ¿Y eso por qué ha sido? —Reclamó, sobándose el lugar afectado.
—Por distraerte… En fin, dale ésto a tu amigo el japo. Dile que gracias por los cómics. —Marco se encogió de hombros y dejó caer un montón de revistas de cómics sobre el regazo de su hermano menor.
Y una pornográfica de hombres morenos.
Miguel enrojeció hasta las orejas al notar que su hermano le había pintado un lunar sobre el labio superior a uno de ellos, en el mismo lugar donde él tenía el suyo, posiblemente con una bic; y terminó apartándola de un manotazo.
A veces sentía que Marco tenía el peor gusto en bromas del universo. No iba a romper el delicado balance que tenía su amistad con Hiro únicamente por una broma así.
—¡Marco! ¡No molestes a Hiro con tus marranadas! —Reclamó Miguel.
—Ah, rayos, no se suponía que vieras esa. —Maldijo el mayor. Rayos, allá iba su plan.
—¡De todos modos, no lo hagas! ¡Ni les pintes un lunar, ése es mi lunar, Marco!
—Eh, depende. ¿El tuyo está hecho con tinta?
—¡AGH! ¡Sólo, no lo hagas! ¡Y si lo vas a hacer, no me la des a mí!
—Tu amigo está atrás tuyo. —Se rió Marco para luego desaparecer de ahí.
Miguel volteó rápidamente, con ojos de pánico. Hiro estaba parado detrás de él, mirando a su hermano mayor retirarse con cara de pocos amigos. No necesitaba ser un genio para darse cuenta de las insinuaciones y las burlas que el mayor estaba haciendo. Le caía aún peor que antes, y mira que eso era difícil.
En resumen: Kyle es un chismoso y no le vuelve a contar nada.
—¡H-Hiro! Yo… —Miguel escondió la revista detrás de su espalda, con una sonrisita de culpa mientras Hiro se pinchaba el puente de la nariz. —¡Puedo explicarlo!
—Tu hermano es irritante. —Suspiró mientras empezaba a recoger las revistas del suelo, tomando también la que el moreno sostenía como si le fuera a quemar. —¿Qué edad dices que tiene?
—D-diecinueve, pero se cayó de chiquito de su cuna y quedó tonto. —Se disculpó el moreno, acariciándose uno de los brazos con culpa y mirando al suelo. —De verdad lo siento… Aunque, me dijo que los cómics también eran para ti.
—Bueno, al menos algo se pudo rescatar de todo ello. —Se resignó el genio. —Gracias por intentar defenderme, a pesar de todo.
Miguel le sonrió. Hiro se pateó mentalmente por ponerse en éste tipo de situación con él.
—Yo… yo tengo que ir a… guardar ésto, sí. O se hará un desastre después. Ahora vengo. —Anunció el mitad japonés, retirándose de ahí con rapidez para colocar el montón de revistas donde les correspondía estar.
Miguel sólo frunció el ceño y se asomó en la dirección en que Marco había desaparecido. Pudo verlo poniendo a mini-max a caminar detrás de Baymax, que volvía a pegarse a su lado como un perro fiel. Resultaba en todo un espectáculo de mamá pato y sus patitos, mientras Kyle desde la cocina le gritaba a Marco que mantuviera a "ese pequeño buscaproblemas" lejos de su alacena.
Marco se reía. Se veía divertido.
Muy bien. Primero le cedía espacio con Hiro. Luego, lo animaba a ir en una cita con él. Ahora resulta que Kyle y él eran amiguísimos del alma (amiguísimos que se habían golpeado el primer día, sí, pero amigos), ignoraba a Hiro si no era para incomodarlo respecto a cosas que tuvieran que ver con Miguel, y gustaba de pasar tiempo con él un poquito todos los días. Y se lo llevaba en su motocicleta.
Algo le decía… que su hermano quizá le estuviera mintiendo respecto al hecho de que le gustara Hiro. Porque si algo había aprendido de su enamoramiento de Tadashi, era que todo el tiempo estabas como pendejo buscando pasar tiempo con la otra persona… cosa que Marco no había hecho desde.
Bueno.
Nunca, desde que pusieron un pie en San Fransokyo.
Y, bueno, si era feliz de ese modo, no había ningún problema con él, en serio. Incluso si… ¿le gustaba Kyle? ¿O había dejado de gustarle Hiro y le gustaba alguien más…? (A estas alturas, ya no sabía nada). No tenía problema con ello, ¿por qué Marco le mentiría al respecto…?
Lleno de dudas, el menor terminó por concluir que no era su posición indagar en la vida amorosa de su hermano, mucho menos si era con… Kyle. Dragón de las cacerolas supremo. Y decidió mejor buscar a Hiro para despejarse un poco charlando y jugando a videojuegos.
Estaba harto de ver telenovelas, después de todo.
*
¡Hola! Somos Infinite_Silence y Axureé. Esperamos que te haya gustado el capítulo de hoy.
Infinite: Lamentamos la tardanza, err… la verdad no tenía inspiración ni energía. Sorry. (?)
Axureé: Y a mí me gusta meterme en 4 proyectos diferentes y luego estresarme por avanzarle a todos al mismo tiempo. :') Pero esperamos que éste capítulo les haya dado algunos nuevos misterios a resolver y más pistas para integrar a sus teorías. Agradecemos mucho su apoyo y todos sus dibujos! (Desgraciadamente sólo los podemos mostrar en wattpad, porque fanfiction y AO3 no cooperan) Y esperamos les gustara este capítulo que creo que se nos fue la mano de largo. :')
¡Nos vemos en el próximo capítulo! Feliz regreso a clases. ¡Bye bye!
