hey! ¡cuánto tiempo! podría daros mil excusas pero no lo haré. Aquí tenéis el siguiente capi! Disfrutadlo! (lemon inside)
p.d.: primera parte son pensamientos de sanji, el resto del capítulo pensará zoro!
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-Ponerse a luchar sin una discusión previa se me hace un poco…raro
-Ponerse a luchar sin una discusión previa se me hace un poco…raro. –comentó el peliverde, rascándose una oreja.
Tenía razón. Y él tenía un buen tema de discusión… Pero aún era pronto para mostrar esa carta. Ahora lo único que quería era una pelea para deshacerse de esa sensación de falta de aire. Después…después ya se vería.
-Bueno…te llamé señorita, y te saqué a bailar. ¿No te parece un buen motivo para discutir?
El espadachín le mostró los dientes en una mueca indefinida. Bien podía ser emoción contenida, bien condescendencia ante sus constantes provocaciones. Algo así como: "Hey, eso no es suficiente para sacarme de quicio. Esfuérzate un poco más".
El cocinero levantó sus brazos, con las palmas de la mano extendidas delante de la cara, y se encogió de hombros, intentando parecer inocente.
-Te toca a ti. Yo ya me empleé a fondo en sacarte de quicio durante el día.
La cara del espadachín se estaba volviendo más y más difícil de leer por momentos. Se había puesto ese apestoso pañuelo suyo en la cabeza, y le cubría los ojos de forma estratégica.
-Es cierto…-levantó una mirada fría que chocó con la suya. Ese tono de voz, entre la amenaza y el orgullo herido, le había sorprendido. ¿Por qué estaba tan serio de repente? No recordaba haber hecho nada malo…Al menos durante los últimos cinco minutos.
-Y ya me contuve bastante durante el día. No esperarás que lo haga ahora, que estamos solos…
-¿Cómo? –¿qué demonios era ese tono? Sentía el mismo radar contra el peligro que se activó cuando hablaba con Robin-chan, esa misma noche. ¿Por qué de repente el cabeza de alga parecía saber más que él mismo?
El espadachín dio un paso hacia él. Luego otro. Y todo sin levantar los ojos del suelo, de modo que siguieran cubiertos por ese estúpido trozo de tela. ¿Para qué tanto teatro? Se hubiera reído con ganas de toda esa divertida actuación si eso no fuera con él. Pero estaba claro que el humor de su compañero tenía algo que ver con él.
No iba a dar ninguno paso atrás. La solución a sus problemas estaba demasiado cerca. Era el momento de hablar de una jodida vez. Y todo se arreglaría…Robin-chwan nunca se equivocaba.
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Entonces…no se lo había imaginado. Era real. Cuando despertó en la bañera no acababa de creérselo. Con el paso de las horas no había dejado de ser increíble.
Sanji, el mujeriego. Sanji, el amante de las mujeres. Sanji, el esclavo voluntario de las mujeres. Mr. Prince, el calzonazos…¡Sanji le había besado!
Le había dado vueltas toda la tarde, pero las acciones de ese idiota no hacían más que confirmar las teorías que intentaba negar y que no habían dejado de formarse en su cabeza. Pero nada…Ahora todo encajaba. Cada maldita mirada, ademán, frase bien o malintencionada, cada cigarrillo apagado a medio fumar…
Recorrió la figura que tenía delante de pies a cabeza. Se detuvo en los labios, y aquello le valió un calor intenso en las mejillas, y una sensación electrizante en los dedos que sostenían la empuñadura de Wadou.
Sentía vergüenza…¿Pero por qué? ¿Quizá por qué nadie nunca, nunca, le había hecho "eso"? Quizá…Pero lo que más le oprimía era la certeza de haber sido traicionado, de alguna forma. Sanji no era quién aparentaba ser. Su compañero había estado jugando a un doble juego a sus espaldas. Las peleas, la base de su relación, tenían un significado distinto para ambos. Ahora las veía bajo una nueva luz. Y a parte de las peleas…quién le aseguraba que…podría ser que el cocinero…¿se habría estado aprovechando de él? Era muy probable…¿Quién podía asegurarle que ese…b-beso…que ese beso era el primero que le robaba mientras dormía? ¿Quién podía asegurarle que no había intentado nada más?
¿Pero por qué demonios le importaba tanto? Tanto como para no dejar de pensar en ello. Sus nakamas eran especiales. En otros tiempos los habría considerado su punto débil, el mejor objetivo para sus enemigos, alguien que no debería existir para él…Pero ahora todo era distinto. Ahora eran la base de su fuerza. Y esa fuerza se había vuelto en su contra. Justo como en sus peores pesadillas. Aquellas en que sus nakamas resultaban heridos porque él no llegaba a tiempo para socorrerlos, aquellas en que todos morían y él no podía evitarlo…en las que se quedaba solo, de nuevo.
Pero esta vez la pesadilla era ligeramente distinta. Una versión inesperada encarnada en una figura negra y estilizada, cuya sonrisa seductora intentaba llevarlo a su terreno en esos momentos. Avanzaba hacia él, con su brazo derecho adelantado, abriéndose todo él con su sonrisa de lobo para que se confiara. No, no iba a librarse esta vez. Cuando su brazo estaba a punto de colisionar con su hombro en una palmada afectuosa, a la que seguramente iba a seguir la frase: "Vamos marimo, no te lo tomes tan apecho…¡sólo era una broma! Te dejo empezar a ti. ¿Estará contento así el bebito? Total, te voy a ganar de todas formas…", se apartó bruscamente a un lado, logrando que el cocinero se detuviera en su avance y le observara, expectante.
-¿Qué demonios te pasa? –le espetó, terriblemente serio.
La figura levantó una ceja.
-¿Qué demonios te pasa a ti?
-Sabes perfectamente a qué me refiero. Deja de jugar conmigo.
-¿Quién juega con quién? ¡No tengo ni idea de qué me hablas, ensalada con patas!
Dio un paso, reorientándose en su dirección, extendiéndose de nuevo hacia él, a lo que respondió apartando el brazo invasor, firmemente pero sin aplicar mucha fuerza. No porque no quisiera. No podía aplicar más.
-¡Venga ya, marimo! Si tantas ganas tienes, empecemos a luchar de una vez. Pero voy a tener que tocarte, al menos con los pies. ¿Te supone algún problema? –aquello lo había dicho con rabia. Je…por fin. Al menos le habría sacado de quicio una vez en ese condenado día.
Al no obtener respuesta, y al ver, por ende, que una sonrisa satisfecha afloraba en los labios de su compañero, una pierna negra se impacientó y silbó, rasgando el aire que se encontraba entre el rubio y su costado izquierdo. Por lo inesperado de su reacción, no tuvo tiempo de apartarse. La madera del Going Merry crujió cuando su cuerpo impactó contra la barandilla. Ahogó un gemido de dolor. No recordaba que esas patadas dolieran tanto.
Se encogió sobre sí mismo, apresando su costado entumecido entre sus manos. Descansó su frente sobre los tablones fríos de cubierta y tragó todo el aire que pudo. Patético…Se estaba mareando por ese simple golpecito.
-¿Ya te rindes, marimo?
Mierda, había notado la preocupación mal disimulada en su tono. Sí, era ese tono otra vez. El que usaba con sus princesitas. No iba a permitir que sintiera lástima por él. No, eso nunca. Y menos cuando su intención era echarle en cara lo que había pasado unas horas antes, en el baño. El rubito debería tener una buena excusa, porque si no…si no…¡Maldita sea!
Los mocasines rechinaban junto con la madera a cada pisada, cada vez más cerca. Abrió los ojos, esforzándose para enfocar la vista, e intentó separar su frente del suelo, descubriendo en el proceso que el más mínimo movimiento le llevaría a una nueva oleada de calor y nauseas. Era bueno saberlo…
Esta vez no pudo evitar que la mano del cocinero se posara sobre su hombro. No se atrevía a encararlo. Que situación tan vergonzosa… El contacto era suave, pero todo su cuerpo empezó a temblar. Temblaba de impotencia.
El cocinero se arrodilló hasta estar a la altura de su cabeza. Con su descenso descendió también su típica nube de perfume caro, humo y especias. Eso sólo contribuyó a empeorar su estado. Sintió como una arcada empezaba su recorrido desde el inicio de la garganta, y como su nuez se movía arriba y abajo, intentando devolver el contenido al estómago.
-Perdóname... –susurró la fuente de su malestar, demasiado cerca de su cuello, provocándole escalofríos.
-Déjame en paz. No necesito tu compasión. –le escupió mientras se apremiaba en sus nuevos esfuerzos por levantarse y pelear. Arrodillado y plegado sobre sí, su campo de visión no llegaba más allá de los relucientes zapatos negros del chef.
-No, no es eso…
De pronto, sintió como algo tiraba de los pelos de su nuca y se aferraba a ella, empujando su cabeza hacia arriba. Abrió los labios en una queja muda, que desapareció soterrada bajo un cuerpo extraño. Automáticamente reconoció el sabor amargo con el que había despertado en la bañera. Era increíble…pero estaba volviendo a suceder. La lengua del rubio empezó a moverse dentro de su boca, buscando la suya. Cuando la encontró, la forzó a moverse, las entrelazó, exploró junto a ella la cavidad caliente. Las manos del cocinero sostenían su cabeza a modo de seguro immobilizador. El otro cuerpo se reclinaba cada vez más sobre el suyo, ganando espacio, quitándole aire. Empujó con fuerza, con ambas manos sobre el pecho del rubio, pero sólo consiguió que el cocinero terminara de acortar la distancia entre su espalda y la barandilla, atrapándole por completo, adentrándose aún más en su boca, asfixiándolo. Viéndose en esa posición, sin escapatoria, desenfundó su katana de golpe, describiendo una curva en el aire. El otro, aunque saltó a tiempo para apartarse, había sido alcanzado. Un corte limpio atravesaba su chaqueta negra y la camisa blanca de debajo, y sobre su piel, un fino reguero de sangre bajaba a morir en el borde de sus pantalones. Si le hubiera dado de lleno…estaría muerto. Aquel pensamiento hizo que su corazón se disparase, aún más desbocado de lo que ya se encontraba.
Ambos respiraban entrecortadamente, afanosos, a unos metros el uno del otro.
-¡¿Se puede saber por qué has hecho eso?!
El rubio no decía nada. Erguido, muy tenso, se mantenía en la misma posición en que había quedado tras el salto, hasta que uno de sus manos se deslizó en el bolsillo de la chaqueta para buscar sus preciados cigarrillos. En el momento en que lo prendió, se fijó en la expresión de su cara, que había permanecido en tinieblas. La pequeña y fugaz luz del mechero le reveló una mirada vacía, enfocada a la nada.
La ira hacía que la sangre circulase rápida por las venas. Desenvainó su juego de espadas al completo y se situó en posición de ataque. Si no iba a explicarse cuando le estaba dando la oportunidad, le daba un motivo más para no tener piedad con él. Obligó a su respiración a normalizarse y se abalanzó sobre él.
Empezaron una danza de piernas y metal. El cocinero no estaba concentrado al cien por cien, tenía aberturas en su defensa que en otra situación le abrían costado la vida, fallos imperdonables. Y aún así, aquella noche le llevaba ventaja. No había manera de obligarle a retroceder. Era él quien cada vez se encontraba más cerca de caer por la borda, hasta que, con un impacto de su pierna, lo estrelló contra la pared de la cocina. Si alguien no despertaba ahora, sería un milagro.
La cabeza le daba vueltas. Sabía que no podría mantener aquel ritmo mucho más, estaba sudando a mares y notaba el aumento de su temperatura corporal. Era muy frustrante, saberse cerca de la derrota sin poder hacer nada para evitarlo.
Las pisadas se acercaban de nuevo. Apoyando las manos en la pared, intentó que sus rodillas le respondieran y se flexionaran para levantarse. Pero antes de que pudiera conseguirlo, la suela de un zapato entró en contacto con su espalda, presionando para que sus manos volvieran al suelo, para que quedara en posición de gateo. Probó de incorporarse otra vez, sin éxito. La fuerza de cada una de esas piernas era brutal.
Súbitamente, notó como se deshacía el contacto, pero antes de que pudiera hacer cualquier movimiento, el zapato volvió con fuerzas renovadas. De un solo impacto logró que cayera al suelo de bruces, y sin perder el tiempo, aplastó su cabeza contra el suelo con el otro pie.
-¡Aaghh! –esta vez el dolor había sido más insoportable. No porque el rubio tuviera más fuerza, sino porque él cada vez se encontraba más débil. De pronto notó como sus brazos eran izados y sus manos unidas en su espalda, dejándole completamente a merced de la figura inclinada sobre él. El cocinero soltó su cabeza y se sentó en su espalda, obligándole a girar el cuello en una posición extraña para mirarle.
-¡Suéltame!
Alargó la calada del cigarrillo que sostenía entre sus labios y soltó todo el humo antes de responder.
-Ni de coña. Si te suelto… ¿quién sabe qué podría pasar? Hace unos minutos intentaste matarme…
-¡Y tu casi me asfixias, baka ero-cook!
Tras ese intercambio ambos callaron. Giró el cuello hacia otro lado, evitando mirar al que estaba provocando esa situación tan bochornosa. No sabía qué esperar…Había pasado mucho tiempo desde que un adversario le había reducido con tanta facilidad. Los recuerdos que afloraban tensaron su cuerpo por completo, recordándole que seguía maniatado. Impulsándose con las piernas intentó quitarse de encima aquel peso muerto, levantando las caderas y zarandeándole. El cocinero cambió entonces de postura para pasar a estar medio acostado encima suyo, inutilizando su pierna izquierda con una de las suyas para quedar sentado encima de la derecha.
-Oh, pero no debió ser tan traumático para ti. Diría que hasta lo disfrutaste.
Un escalofrío le recorrió de la cabeza a los pies. Estaba demasiado cerca…Agh…¡Debía concentrarse! ¿Qué debía responder a eso? Había estado tan ocupado intentando asimilar lo que estaba pasando que había olvidado qué estaba pasando. Ero-cook le había besado por segunda vez. Aunque le ordenó que parase no lo hizo. Ahora mismo estaba sentado encima suyo en una posición bastante sugerente, y le hablaba como ronroneando. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Qué quería de él? No era posible que…
-¿Qué quieres de mi? –enseguida se arrepintió de decir eso. Parecía estar implorando piedad.
El cocinero no respondió inmediatamente. Pareció que dudaba por unos instantes, y la presión sobre su cuerpo aflojó.
-Sólo quiero que escuches lo que tengo que decirte, y que respondas a mis preguntas.
-¿Eso es todo?
-Eso es todo.
-¿Y acabará este estúpido juego?
-Acabará.
Giró de nuevo el cuello para encararle. La mirada del cocinero era intensa. Casi podía sentir como le quemaba la piel. Sin saber por qué huyó de aquella mirada, sonrojándose por completo. En un murmullo le incitó a comenzar.
-Ataca.
-Está bien.
Respiró hondo. Pudo sentirlo en su espalda, a través de la ropa.
-Si me esquivas, es porque te repugna lo que te hago o porque es la primera vez que alguien te hace esto?
Todo su cuerpo se tensó.
-¡¿Cómo te atreves…?!
-He dado en el clavo. –le cortó.
Aquel hombre no podía ser Sanji. Todo lo que decía, todo lo que hacía…¡joder, era surrealista! Estaba a punto de pedirle que le pellizcara por si no era más que un sueño. Si fuera así, también debería preocuparse, pero no tanto como en la situación actual.
No sabía donde mirar, así que optó por centrar su atención en la pared de la cocina. Estaba completamente alerta a cualquier ruido. Tras su gran deducción, el cocinero no se había movido, ni había soltado su agarre. Tan sólo había soltado unas cuantas bocanadas de humo. De hecho, empezaban a dolerle las muñecas, y su pierna derecha no recibía sangre desde unos minutos atrás.
-Vamos a confirmar tu reacción. –dijo al fin, acercándose peligrosamente a su oreja de nuevo.
Y la confirmación descendió por su pecho en forma de una mano blanca de dedos largos, amasando su piel a su paso, mientras una respiración cada vez más pesada soplaba y le hacía cosquillas en el oído. Sin darse cuenta su propia respiración también empezaba a bajar el ritmo. Cerró los ojos y apretó los labios cuando la mano intrusa alcanzó uno de sus pezones.
-Suel-suéltame…
-¿Es eso lo que realmente quieres?
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