Primera Publicación: Julio 2012
Reedición: Julio 2017
«Siete años»
Ese era el tiempo que se conocían esta pareja de enamorados, siete años de los cuales la mayoría lo han pasado en pareja.
El origen de su amor no fue casualidad, y ambos lo sabían. Ellos habían sido amantes prohibidos en la antigüedad, una antigüedad que no permitía que el Príncipe de la Tierra tuviera tratos más allá de los primordiales con la princesa de la Luna. Y ahora, como dos simples terrestres –con los poderes de sus antiguas vidas– debían completar ese amor puro que se rompió antes de dar todo su esplendor.
Pero aún pese a tener ese amor eterno, debían despejar sus dudas, tenían que cerciorarse que ambos estaban juntos porque así lo querían y no porque sus destinos así lo indicaban.
Eso fue lo que incitó desde un inicio a Serena a pedirle esto a Darien. Ellos eran muy distintos… demasiado…
Serena era una jovencita feliz de la vida, tenía una cálida familia y amigos fieles; aunque era floja e irresponsables. Darien en cambio, era una persona solitaria que debió crecer de golpe cuando su vida cambio ágilmente al momento que sus padres fallecieron y él se salvó de milagro –milagro o destino–. Siempre fue muy responsable con sus cosas y meticuloso.
Un día, los caminos de estas personas tan opuestas se vieron unidos… sin importar nada.
Ahora ahí estaba él –frente a ella– vistiendo un smoking con el brazo derecho tras él y una rosa roja en su mano izquierda muy cerca de su rostro. Aunque tenía la cabeza un poco inclinada hacía bajo, su mirada azul –tan profunda como el mismísimo océano– estaba fija en los ojos celestes de la mujer que tenía enfrente.
—Bien Serena —se paró firme y sonrió ladeada—. Esta será una cena muy especial… —le indicó una silla para que se sentará, ella actuó y tomó asiento con la ayuda de él—, especial porque te hablaré de todo eso que nunca pude decirte…
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Conquístame, si puedes
Capítulo 06: El origen de este amor…
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«Expectante», esa sería una buena definición de como lucía Serena en ese momento. ¿Estaría a punto de ver a Darien de la forma que ella quería? ¿Vería –por decirlo de alguna forma–, frente a ella, el corazón de su noble caballero?
Lo observó detenidamente, en sus ojos se veía una bruma de dudas e inseguridades que le pararon por un segundo el aliento.
—Cómo sabes, soy hijo único, quede huérfano cuando era un niño de sólo seis años. Vengo de una familia de hijos únicos, así que no tengo tíos ni primos y mis abuelos paternos se hicieron cargo de mí hasta que tuve diez años. Ellos terminaron de educarme y de darme los valores necesarios para ser una persona de bien; penosamente, otra vez la desgracia me golpeó, quitándomelos —bajó la mirada, apretando sus ojos, era difícil, pero tenía que hacerlo. Ella merecía saber todo de él—. Estuve a cargo de empleados de mis abuelos hasta que a los dieciséis, pude disponer de un dinero que dejaron y fui declarado emancipado. Y empecé a vivir solo… lejos de todo recuerdo de aquella vida…
Serena estiró su mano y tomó, la de él. Darien respondió apretándola con fuerza.
—Mis padres eran personas de una buena posición económica, por ambas partes y todo eso me ha quedado a mí. —la miró con una sonrisa, claro que su mirada se encontraba melancólica—, de ahí sale la mayoría del dinero que estoy usando para la boda.
—Ya veo —respondió con voz quedada, estaba analizando las palabras de su prometido—. Y entonces…
—Cómo fui criado por personas mayores, me faltaba ese tacto con la gente de mi edad. Me costaba hacer amigos y más bien, me relacionaba con personas mayores. Tú conoces a uno, al señor Edwards —Serena afirmó—, no me sentía muy bien en compañía de gente de mi edad. Estudie en la más prestigiosa preparatoria de Tokio y al cumplir diecisiete, empecé a tener más frecuentemente que antes, unos sueños raros.
—¿Sueños raros? —quitó la mano que sostenía la de Darien y se la llevó empuñada al pecho.
—Verás —continuó—, después del accidente yo perdí la memoria. Nunca pude recordar que era de mi vida antes del accidente. Si bien tengo recuerdos fabricados por lo que me decían o contaban, no me sentía cómodo. Estaba seguro que no era simplemente Darien Chiba y estaba convencido que en ese sueño, estaba la respuesta a todo.
—¿Y qué soñabas? —preguntó curiosa, observándolo detenidamente. Sólo había visto una vez a Darien de esa forma, el día que vio la foto de sus padres en el departamento.
—Aquí viene lo loco de todo —apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos dejando descansar su barbilla sobre los nudillos—, soñaba contigo.
—¿Qué? —gritó sobresaltada.
—Una doncella de cabellos rubios, apenas iluminada con el reflejo de la luna creciente me pedía el cristal de plata…
—¡Por eso buscabas los cristales arco iris! —recordó con un aplauso.
—Exactamente —afirmó y prosiguió—, mientras buscaba los cristales, fue la primera vez que nos vimos.
—Y la primera vez que yo me convertí en Sailor Moon —acotó emocionada.
—Sí —confirmó—, la primera vez que te salvé. No entendía muy bien, mi cabeza empezó a dolerme y cuando reaccionaba, estaba en mi departamento. Algo hacía en ese tiempo, y no lo supe hasta mucho después.
—Entiendo.
—Cuando te veía, algo raro me pasaba. Yo no era de mucho contacto, y si bien hubiera podido ignorarte como lo hacía con las demás personas, no podía. Algo dentro de mí, me lo prohibía. Como Rei lo dijo ayer, me convertía en un niño infantil por seguirte en tu intercambio de adjetivos. Digamos que tú sacabas ese niño interno que nunca pudo ser espontáneo, como tú lo eras. Era divertido molestarte, pero tu forma de ser conmigo era muy diferente a como eras con Andrew…
—En ese entonces, yo estaba enamorada de Andrew —declaró tranquilamente, con la palma de su mano, en la mejilla—. O creía estarlo… —corrió la mirada.
—¿Por qué dices eso? —abarcando un tema que siempre le molestó, trató de buscar la mirada de su novia, pero no la obtuvo.
—Cuando empezaste a salir con Rei —lo miró fijamente, el moreno pudo notar que la misma duda que él sentía por Andrew, ella lo sentía por su amiga—, tú ya no peleabas conmigo como antes, si bien nos encontrábamos ya no era lo mismo…
—¿Eras masoquista, cabeza de chorlito? —preguntó juguetón, pero la rubia se cruzó de brazos y corrió nuevamente la mirada, ofendida.
—No me malinterpretes, no es que extrañara que me molestaras… —suspiró y volvió a mirarlo—, estaba celosa.
—¿Celosa? —aquello si que lo había tomado por sorpresa.
—Había idolatrado a Andrew por ser siempre un amigo al que podía contarle mis cosas y todo eso. —lo señaló—. Pero tú Chiba, cambiaste todo mi mundo. Yo nunca me había llevado mal con nadie, y tú vaya que podías sacar lo peor que había en mi… claro —giró sus ojos— y Rei…
—Cuando conseguí el primer cristal y me di cuenta que era Tuxedo Mask… —bajó su mirada—, descubrí que estaba enamorado de Sailor Moon. Yo sentía por ella, algo extraño para mí hasta ese momento… —volvió a mirarla—. Sentía amor por la guerrera de la Luna y por ese motivo, decidí alejarme de Rei.
—Darien…
—Vaya sorpresa —comentó elevando el tono de voz—, me llevé el día que tu exagerada curiosidad te llevó a confesarme que eras Sailor Moon. Estaba sorprendido, confundido. ¡No podía creer que la tonta niña a la que encontraba en la tienda de video juegos fuera la valiente guerrera de la que estaba enamorado!
—Yo también me sorprendí al ver que el bufón de Darien, era Tuxedo Mask… Aunque créeme que ya lo sospechaba para cuando me transformé.
—¿Ah sí?
—Tu herida en el hombro —le recordó—, tenías una herida en el mismo lugar en el que habían herido a Tuxedo Mask, cuando apareció Sailor Venus. Sin contar que conocías a Zoisite y los cristales arco iris.
—No eras tan tonta como parecías, ¿verdad?
—No sé puede juzgar a un libro por su tapa —elevó su mentón con aire de superioridad—. Yo sólo había unido las pistas que me habías dado.
—Serena… después de todo lo que pasó entre nosotros, no concibo la vida sin ti —se levantó de su asiento y se arrodilló al lado de la silla de la rubia, quien giró a observarlo—. Tú me enseñaste a ver la vida de otra forma, a dejar de ser un antisocial y dedicarme a compartir más con la gente. Por eso y por estar a punto de casarte conmigo… quiero darte las gracias —le dijo tomándole las manos—. Fui tan feliz de saber que teníamos un futuro juntos, que tendríamos hasta una hija fruto de nuestro amor y…
—Hablando de eso —le comentó quitando las manos—, necesito contarte algo —lo miró y le señaló el asiento para que se sentara frente a ella. Darien obedeció algo confundido—. La Neo Reina me informó que Rini no puede estar en nuestra época.
—¿Y eso por qué?
—Sabes que Rini… —aspiró profundamente—, nació el mismo día que yo —el príncipe afirmó con su cabeza—, pues —pensó antes de continuar— ¡Rini nacerá para mi próximo cumpleaños!
—¿Para tu próximo cumpleaños? —exclamó tragando grueso, si sus cálculos no le fallaban, faltaban nueve meses para el próximo cumpleaños de su princesa— ¡Espera! —volvió a exclamar con los ojos abiertos al máximo.
—Supuestamente tengo que casarme embarazada. Y con la promesa que le hicimos a mi papá… no lo estoy.
—¿Será que —colocó el puño en su barbilla—, a eso se debió el temblor en la puerta del tiempo?
—No lo sé —respondió afligida—. Realmente, ¿deberíamos romper la promesa que hicimos para concebir a Rini?
—Yo tampoco lo sé —la miró preocupado—, no lo sé pequeña —dejó caer sus hombros con pesar.
—No es que me costaría —bajo la mirada con el rostro sumamente rojo—, estar contigo Darien… Pero no quiero imaginar que Rini nacerá sólo porque tiene que hacerlo y no de una relación que salga espontánea entre nosotros.
—Te entiendo —frunció los labios pensante—, supongo que si Rini fue concebida antes de que nos casáramos… el destino se encargará sólo de darnos la oportunidad…
—Darien… —él la miró—, gracias por contarme de tu vida. Si bien –al lado de la mía– fue muy difícil, me alegró de hoy, poder hacerte parte de mi familia, y que ya no estés solo.
—Te amo Serena… más que a mi vida —extendió su mano hacia ella.
—Lo sé —tomándole la mano—, yo también.
Luego de la cena, volvieron a tierra firme. Recogieron sus cosas y se encaminaron de regreso a Tokio. Darien parecía más relajado y Serena estaba feliz, al fin había conocido otras facetas de su novio… y la osada era su favorita, empezaba a odiar a ese caballero con el que estaba la mayor parte del tiempo. ¡Solo veintisiete días más y le exigiría que la personalidad osada reinara sobre el caballero cuando estuvieran a solas!
Lo miró fijamente, mientras él conducía, tenía muchas heridas –no físicas– a nivel emocional. Su alma tenía muchas cicatrices y ahora le era normal el carácter que tenía. No era más que un niño grande que necesitaba amor… Amor que ella tenía de sobra y todo para él.
—Necesitas amor, Darien —le susurró con una sonrisa, y el mencionado la miró de soslayo—, no te preocupes… tendré toda la eternidad para dártelo. —ambos sonrieron y volvió a concentrarse en la ruta, mientras ella comenzaba un viaje en los brazos de Morfeo.
No sabía cuando había dormido cuando se sintió alzada por un par de brazos fornidos, con mucho esfuerzo logró abrir sus ojos, sorprendida. No estaban en el departamento… estaban en…
—Qué bueno que despiertas —le dijo bajándola aún sosteniéndola—, quiero que veas la casa donde vamos a vivir.
—¿Qué? —preguntó sorprendida, estaba más que segura que se irían a vivir al departamento de él—. ¿Casa?
—Sí, la elegimos con mamá —le comentó con una sonrisa—, ella me dijo que era seguro que ésta te iba a encantar —buscó en sus bolsillos un juego de llaves y abrió la puerta—. Permítame princesa —entró el primero y prendió las luces.
Con cada luz encendida, Serena se iba maravillando más y más con aquella casa. Si bien había cajas por todos lados. Las paredes eran blancas y estaban la mitad, cubiertas con madera barnizada. El living era espacioso y había cuatro sofás envueltos aún en sus plásticos –dos de tres cuerpos y dos de dos cuerpos– en el centro una mesa también en madera con dos cajas pequeñas de cartón. "Quizás sean adornos" —pensó la rubia.
La pared de las escaleras que conducían al segundo piso estaba adornada con muchas fotografías de la pareja. Serena revisó una por una –mientras subía los escalones– sin poder creerlo.
Darien la observaba embelesado, aquella mujer emanaba tanta paz y tanta luz que creía un milagro que estuviera destinada para él. No, no lo creía… ¡Era un milagro!
La siguió hasta el segundo piso y le mostró su habitación. También era espaciosa, tenía dos grandes closet y entre ellos estaba el mueble donde había una gran pantalla de televisión.
—¡Esto debió salirte una fortuna! —exclamó con la mano abierta frente a su rostro.
—Fortuna que tengo, cabe aclarar —comentó con voz jovial—. Pero no lo hice yo solo, tus padres también han cooperado en la casa. Prácticamente, todo lo que ves, fue un trabajo en equipo entre tus padres y yo.
—¡Wow! —volvió a exclamar, pero esta vez producto de la sorpresa. Su padre trabajando con Darien, no era algo que se podría imaginar fácilmente.
—Cómo estoy cubriendo todos los gastos de la boda —comentó mientras Serena observaba la habitación—, tu padre insistió en que debían cooperar con la mitad. Tras un breve intercambio de conceptos, accedí a que me ayudaran en la casa. Ellos te conocen mejor y… —en eso vio a su dulce tormento, mirar tentada la cama matrimonial que se situaba en la mitad de la habitación y saltar para comprobar la suavidad del colchón—… y quería darte una sorpresa —continuó exaltado viendo como la rubia giraba sobre la cama, feliz—… Serena —su voz salió grave y la rubia juguetona se detuvo para mirarlo—, lo que estás haciendo no me está gustando nada.
—¿Y por qué no? —preguntó con una voz chillando en lo infantil, mientras masticaba tiernamente la uña de su dedo índice—. ¿Sabes? —se acostó boca arriba y movió los brazos como si estuviera haciendo angelitos en la nieve— Esta cama es comodísima, deberías venir aquí a probarla conmigo.
—¡Quiero probarla contigo, pero no de la forma que tú imaginas! —dijo acercándose hasta ella.
—¿Y qué crees que quiero? —preguntó, se sentó en la cama y lo tomó del cuello de la camisa— ¿Eh? —y se lanzó hacia atrás con el cuerpo de Darien sobre ella.
—Serena… —gruñó entre dientes, con el día que había tenido, no sabía si iba a poder contenerse mucho más—, no empieces cosas que no vas a poder terminar después.
—Darien —le susurró al oído—, sentirme el jamón de un sándwich entre la cama y tu cuerpo es algo excitante… —y sin más llevó ambas manos a la nuca del moreno y lo incentivo para que la besara.
Sus labios se rozaban peligrosamente, y al momento en que Serena iba a jalarlo contra ella, el celular del joven medico empezó a sonar.
—No respondas —le pidió ronroneando la rubia, pero él no le hizo caso. Aquel sonido de su celular era del hospital.
—Déjame ver —tomó el celular y respondió—. Sí, soy yo. Ajam… sí claro… En media hora —ante aquella afirmación, Serena protestó y hundió irritada la cara contra la almohada. Sintió como se mecía hacia ambos lados al momento que su novio volvía a estar sobre ella, pero seguía aferrada a la almohada—. Ya Serena… perdóname —intentó inútilmente quitarle la almohada pero no pudo—, ya… Se-Re-Na —exclamó haciendo hincapié en cada silaba.
—¡Déjame! —le gritó ahogadamente a través de la almohada.
—Ya, está bien —contestó resignado, saliendo de la cama—, voy a tener que llevarte a tu casa. Tengo que asistir una operación grave y no sé cuando me desocupe.
Serena corrió por fin la almohada de su cara y suspiró—. Recuerda llegar mañana a las ocho para el desayuno.
—Lo sé —afirmó mirándola, ella tenía la mirada baja pero en el fondo entendía las responsabilidades de su futuro marido.
—Vamos —le dijo tras tomar aire—, no hagas esperar a los médicos en el hospital. Pero llévame mejor a tu departamento, recuerda que dejamos a Rini…
—Es cierto —salieron de la casa en total silencio.
Darien la dejó en la puerta del departamento y se encaminó al hospital. Aspiró profundamente y luego subió hasta el departamento. Abrió la puerta y la jovencita de cabellos rosados, estaba acostada –aún en la cama de Darien– con un gran pote de helado viendo una película.
—Serena, ¿Qué paso? —le preguntó al verla tan cabizbaja.
—Estoy cansada, Darien se fue a una urgencia —le sonrió sin ánimos—. ¿Hay lugar para mí?
—¡Claro! —afirmó—. Pero tráete una cuchara —la vio dejar el bolso y las rosas sobre la mesa y frunció el ceño—. Eso es…
—Para que veas —comentó regresando con una gran cuchara—, las rosas que compró eran para mí —aspiró y suspiró—. Él lo supo todo el tiempo…
—¿De verdad? —comentó la niña sorprendida.
—Pues sí, Darien sabía que lo seguíamos al trabajo. La enfermera a la que le entregó las flores era esposa de un amigo de él que le prestó un yate de ensueño donde pasamos todo el día —le comentó emocionada, juntando sus manos –con la cuchara en medio–, Rini estaba feliz al ver a su futura madre en ese estado de alegría—. El Darien que conocí hoy fue fantástico…
—Mi papá es el mejor, es la persona más tierna, dulce y amable que hay sobre la faz de la tierra.
—¿De verdad?
—Sí, por eso la gente adora al Rey Endymion, es capaz de ensuciarse completamente con tal de ayudar hasta al más indefenso de los gatitos —dijo con el índice en su mentón—. Es muy allegado a la gente, y por eso lo quieren mucho.
—¿Y tú mamá? —preguntó parpadeando sucesivamente con carita tierna.
—A mi mamá le temen —declaró afirmando con su cabeza—. Es respetada y admirada.
—¿Sólo eso? —llevó su cuchara al pote de helado y la llenó—. Que mala eres —afirmó comiendo el helado de la cuchara.
—No puedo decirte mucho, eres ella después de todo.
—Ya… entiendo… Oye Rini, mañana es la reunión familiar de los Tsukinos, ¿Recuerdas?
—Sí, creo —le comentó pendiente de la televisión nuevamente—.
—¿No te molestará quedaste de nuevo todo el día sola aquí adentro?
—No te preocupes por mí —la miró con una sonrisa—. Darien me dio una llave así que tengo pensado ir a ver a mis amigos, claro si mi padre me da permiso.
—¿Por qué dices eso?
—¡Darien anda comportándose como un padre celoso!
—¿De verdad? —comentó muerta de la risa, pero la chica no lucía feliz.
—Sí —cerró sus ojos—, me hizo recordar mucho a mi papá…
—Eso es porque nuestros papas nos quieren mucho —le sonrió recordando al suyo—. Bueno, entonces te traeremos pastel de mamá.
—¡Genial! —afirmó sonriente.
Luego de comerse el helado y de ver la película, la pelirrosa se quedo dormida. Serena la miraba con ternura, hasta verla dormir le recordaba a ella.
—Me gustaría saber… por qué me casaré embarazada… Si siempre que pretendo dar ese paso con Darien, algo lo interrumpe… —se lamentó la rubia acostándose al lado de su hija—. Buenas noches, pequeña Serena…
