Disclaimer: Los personajes de la saga Twilight no me pertenecen.
.
Advertencia!: Éste fic sigue solo los sucesos hasta que Edward abandonó a Bella. Los nombres de Ben y Bree son completamente una casualidad, ya que en este universo Isabella nunca conoció a esos personajes. El resto irá aclarándose con el correr de la historia.
.
oOo
Dedicado a fujoshi.
Lamento haber tenido que recortar el capítulo, pero espero que aun así sea de tu agrado.
oOo
.
7
Charles Newton
.
oOo
Siempre he tenido una vida a la que yo orgullosamente consideraba 'normal'. Me gustaban las cosas simples, que no fueran complicadas y no me hicieran pensar demasiado. Lo concreto, tangible y verosímil. Siempre he sido realista; odiaba los cuentos de hadas y la magia. Si podía ver algo entonces existía, y si no, era puro cuento.
El mundo real era lo suficientemente bueno para mí, así que nunca necesité creer en nada más allá.
De pequeño fui un niño que no creía en duendes o Santa Claus, pero sí creía que había nacido para ser el mejor; desde muy temprana edad he sido inteligente, atlético y muy bien parecido, y lo digo así porque suena extraño que yo mismo diga que desde que llegué al mundo todos quienes me rodeaban coincidían siempre en que era un niño encantador. Quizá fue eso lo que contribuyó a que me convirtiera en un chiquillo egoísta y algo desagradable.
Nací en Boston, Massachusetts, en el seno de una tradicional familia de la zona más adinerada de la región de Nueva Inglaterra. Siempre he sido el típico chico popular, tenía al menos siete ofertas de distintas universidades de todo el país y un promedio de anotaciones perfecto. En resumen, a mis dieciocho años era todo lo que cualquier adolescente soñaría ser, y en ese diminuto mundo perfecto, donde todo era conocido y planeado, era en el único lugar donde quería estar; ahí me sentía a salvo, impune, como si nada pudiera dañarme, igual que cuando era pequeño y papá me arropaba con fuerza para que los monstruos que se paseaban fuera de mi habitación no me encontraran.
Porque tal vez las hadas y los duendes no existían, pero sí los monstruos; siempre tuve la certeza de eso.
Mis padres, Isabella y Michael, nacieron en un pueblo pequeño, aburrido y olvidado en algún lugar del estado de Washington, de esos en los que existen historias y leyendas en cada rincón. Papá siempre fue, igual que yo, el clásico chico popular, estrella deportiva y alumno ejemplar; de Isabella no sé mucho, no solo porque casi nunca la escuchaba, sino porque ella no solía hablar de su pasado antes de papá. En contraparte, mi padre y yo siempre hemos sido muy unidos; tenemos mucho en común, nos gustan las mismas cosas y somos prácticamente idénticos en lo físico, por eso mis abuelos dicen que somos como dos gotas de agua. Heredé mucho de él, además de su apariencia, su carisma y su gusto por los deportes. Papá siempre me ha entendido y guiado, me enseñó todo lo que sé, por eso es la persona que más amo sobre la tierra. Es un padre estupendo; el mejor que pude haber pedido. De mi madre, en cambio, apenas tengo unos cuantos rasgos que sólo los más perspicaces pueden notar. Ella es escritora, y desde que tengo memoria la he visto inmersa en sus mundos de fantasía, casi ajena a la realidad, a mi padre y a mí. Quizá por eso nunca me gustaron las cosas fantásticas como a los demás niños. No quería ser como ella, melancólico y distante; siendo solo un niño decidí que lo mejor era vivir siempre con los pies en la tierra. Jamás me entendí con mi madre, como sé que ella no se entendía conmigo. Es decir, sabía que me amaba y todo eso, pero nunca pareció ser suficiente para que congeniáramos como lo harían una madre y un hijo que uno consideraría normales.
Siempre supe que había algo malo con ella; no sabía qué, pero me provocaba una desconfianza instintiva que me hacía rechazarla aún siendo un niño. Por esa razón casi nunca hablábamos y Bella siempre evitaba preguntarme por mis amigos o la escuela, como si supiera que no quería discutir sobre mi vida con ella. Así nos llevábamos mejor, aunque a veces la veía observándome, como si quisiera decirme algo o hacer alguna pregunta. No eran raras las ocasiones, sobre todo desde que entré en la adolescencia, en las que la había atrapado tratando de acercarse. Cada tanto tenía algún gesto materno conmigo, como el de poner sus manos en mis hombros cuando hacía la tarea, pero siempre parecía darse cuenta de lo mucho que me incomodaba, y tan súbitamente como aparecía se marchaba, dedicándome una sonrisa que nunca pude descifrar. Esos momentos de contacto solían ser breves y escasos, pero la mayoría del tiempo era la única interacción que teníamos. Pero pese a ella desde la primaria fui el niño más popular; y en la preparatoria ya gobernaba como un rey; todos me admiraban, y cómo no hacerlo, era una estrella deportiva, mis padres tenían dinero y era, por mucho, el chico más apuesto de la escuela. Vivía en mi cómoda nube de perfección, y como un idiota creí que así seguiría siendo por siempre.
Entonces los Cullen aparecieron.
La primera vez que me topé con ellos fue después de que me lesionara casi de gravedad durante una práctica, demasiado para la enfermera de la escuela, por lo que me llevaron en ambulancia al pueblo, en donde conocí al doctor Carlisle. Era un hombre joven y amable, demasiado pálido y de rasgos muy definidos; a simple vista parecía alguien bueno, pero, por alguna razón, no tardé en desconfiar de él. Siempre he sido así; la mayoría de las personas me agradaban, pero cada tanto mi instinto me hacía desconfiar y apartarme de gente a la que ni siquiera había tratado. Es como un sexto sentido que nunca pude explicar o algo así.
A pesar de todo, Carlisle me trató con mucha amabilidad, aunque en ningún momento dejó de mirarme de una forma extraña, como si ya nos conociéramos de antes; me preguntó muchas cosas acerca de mi familia, principalmente de mis padres. Y aunque me pareció extraño en su momento no le di importancia y traté de responderle con amabilidad. A Rosalie y Alice las conocí el mismo día, y pese a que quedé prendado de la belleza irreal de la primera, realmente también había algo sobre ella que me resultaba inquietante.
Sin embargo, a pesar de esa desconfianza natural, nunca podría haber imaginado quiénes, o mejor dicho qué eran, y los peligros que traerían a mi vida y a la de toda mi familia.
En la escuela los veía como todos los demás, siempre solitarios y reservados. Por mero orgullo intenté entablar algún tipo de relación con Rosalie, pero más allá de sus respuestas groseras y cortantes, realmente no soportaba estar cerca de ella por más de cinco segundos. Cada vez que ella o alguno de sus hermanos pasaban cerca mío sentía un extraño olor a algo parecido al azufre, desagradable y pútrido. Y aunque fingía que nada pasaba no podía dejar de pensar que había algo muy extraño con ella y su familia, pero, de nuevo, no le di la suficiente importancia como para preocuparme por ellos.
Quizá si hubiera visto las señales, si no hubiera sido tan soberbio y en verdad hubiera prestado atención, podría haber previsto cómo los Cullen cambiarían mi vida.
A pesar de lo superficial y engreído que podría ser, siempre he querido mucho a Benjamin y a Brettany, mis dos hermanos menores, pero Ben era especial. El más pequeño e inteligente de la clase, soñador y con un sentido del humor bastante extraño, lo que siempre le ha valido más de una paliza que he tenido que evitar. Él no tenía demasiados amigos, y no solía hablar mucho con nadie. Fastidiarlo era divertido, pero lo cierto es que a veces me preocupaba su actitud tan huraña y reservada. Siempre le había costado hacer amigos. Si todos iban a la derecha, Ben tenía que ir hacia la izquierda o se quedaba en su sitio. En ese sentido era muy parecido a Isabella, con su humor negro, su extraña forma de hablar y la manera en que la mayoría de las veces parecía metido en su propio mundo; pero, a diferencia de ella, Ben siempre ha sido mi debilidad desde que mis padres lo trajeron del hospital y me lo presentaron; tal vez porque siempre fue demasiado pequeño y frágil que desde niños sentía que debía cuidarlo. Era mi hermanito, al que yo debía cuidar y proteger de todo mal a pesar de que nunca pude entender su forma de ver el mundo. Quizás no era el más noble de los hombres, pero siempre hubiera dado la vida por mi padre y mis hermanos.
Aunque sé que él también me quería, Ben tenía ése algo que siempre lo ha hecho indescifrable. A veces, cuando lo notaba distraído, me le quedaba viendo e intentaba adivinar sus pensamientos, cosa que nunca conseguí. Su mente era algo tan complejo e insondable que ni papá, Bree ni yo podíamos entenderla. Isabella parecía tener cierta empatía y comprensión con él; con Ben era con quien mejor se llevaba, a veces los veía a los dos compartiendo miradas o gestos que sólo ellos parecían entender, casi como si tuvieran un lenguaje secreto de madre e hijo. Eso no me daba celos, pero nunca he podido soportar que Bella y él fueran tan unidos. Supongo que en el fondo temía que se volviera igual a ella. Pegado a eso, notaba que en los últimos días se veía intranquilo y confundido; casualmente desde el mismo momento en que los Cullen llegaron a la escuela y yo empecé a sentir aquella inexplicable sensación de peligro rondándonos. Aunque debo admitir que nunca los hubiera relacionado, de no ser por Isabella.
Era un día como cualquier otro. Salí de mi última clase y fui con mis dos amigos y compañeros, Shane Worthignton y Luke Collins, hacia los vestidores para prepararme antes de la práctica, dado que la temporada de football estaba a punto de terminar y la final estaba cerca. Reía de algo que uno de los chicos del equipo había comentado sobre su último ligue cuando oí que me llamaban.
— ¡Charlie! ¡Tu mamá te busca!
La sonrisa se me borró de inmediato, y, tan sorprendido como desencajado, volví a ponerme la camiseta y me apresuré a atarme los botines.
— ¿Estás seguro?
—Sí— respondió Malcolm Wilson, el corredor del equipo, mientras entraba quitándose la camiseta por la cabeza— Por cierto, es muy guapa...
Le arrojé lo primero que encontré a la cabeza y todos rieron, pero de pronto ya no me sentía de humor para reír con ellos.
—Ahora regreso.
Tomé una toalla y me la colgué al cuello antes de salir. Sorprendentemente, en efecto mi madre me esperaba fuera de los vestidores, pareciendo un tanto ansiosa. Se calmó un poco al verme y me sonrió, aunque no le regresé el gesto ni tuve la mínima intención de intentarlo.
—Hola, hijo— dijo, extendiendo una mano para pasarla en mi mejilla, pero sin poder evitarlo alcé la barbilla y la esquivé, cosa que mi metro noventa facilitó, sintiéndome incómodo con su sola presencia.
—Isabella— la saludé, desviando la mirada. Mi madre entendió y bajó su mano, sonriéndome una vez más, con comprensión— ¿Qué haces aquí? ¿Pasó algo?
Bella bajó la mirada un momento y dudó, sonriendo otra vez.
—Quería verte, cariño. Soy tu madre, no necesito una excusa para eso.
Me sorprendieron sus palabras, aunque procuré no demostrarlo.
—Tengo una práctica ahora, así que, si sólo querías verme...
— ¿Ya conociste a los Cullen?
Lo directo de sus palabras me sorprendió, aunque no tanto como la pregunta en sí.
— ¿Por qué?
Ella se extrañó cuando le regresé el cuestionamiento, y por primera vez la vi ponerse seria.
—Esa gente...no es de fiar— me soltó sin más— Supe que sus hijos vienen a esta escuela. Eres un chico muy inteligente y despierto, y por eso te pido, te ruego, que no te acerques a ellos. Cree en mí. Los Cullen no son buenas personas, y no me preguntes porqué pero tienes que confiar en mí. Confía en tu madre— me rogó.
Y mi cabeza se llenó de dudas, pero, como todo lo que tenía que ver con ella, no me importó.
—Está bien, como sea— medio gruñí, ansioso por regresar a los vestuarios y alejarme de esa extraña situación— ¿Eso era todo? Porque estaba ocupado.
Mi madre asintió, un poco más aliviada, y entonces sorpresivamente tomó mi mano entre las suyas y me hizo volver a mirarla.
—Charlie necesito pedirte que te cuides tú y cuides de tu hermano, ¿está bien? No se acerquen a los Cullen ni hablen con ellos. Será lo mejor para todos. Son personas malas, cree en tu madre...
—Ya te oí. Vigilaré a Ben. ¿Puedo irme?— le solté con brusquedad, pero el ambiente empezaba a sentirse demasiado incómodo para mi gusto. No me gustó la actitud de Isabella de ir hasta allí solo para decirme eso, pero por alguna razón sentí que estaba diciendo la verdad, y que debía, por una vez, obedecerla— Está bien, mamá. Me haré cargo— le dije, suavizando tanto como me fue posible el sonido de mi voz. E Isabella me miró, tan conmovida que cuando estiró una mano hacia mi rostro y me hizo agachar la cabeza para besar mi frente la dejé hacerlo, a pesar de lo embarazoso que era.
—Te quiero mucho, hijo. Lo sabes, ¿verdad?— dijo, deslizando la mano que había puesto en mi mejilla hasta mi pecho, donde recargó la cabeza un segundo, alejándose antes de que pudiera decirle algo; y me miró con una sonrisa despreocupada, como si todo lo que me había dicho no hubiera pasado— Hoy en la noche haré tu comida favorita, ¿qué te parece? Y estaba pensando que tal vez toda la familia podía pasar una temporada en Phoenix con tu abuela... Tal vez unos días, o ya veremos...
Parpadeé, no muy seguro de qué pasaba por su mente ahora, así que decidí ignorarla.
—Claro... Los chicos me esperan, así que...
—Oh. Sí, sí— sonrió mi madre, alejándose un paso e intentando sonreír mientras se limpiaba del rostro unas lágrimas que nunca habían caído de sus ojos— Bien. Te dejo seguir con tus asuntos, cariño. E iré por Ben. Te veo en la casa...
—Ajá— respondí cuando ya me había dado la vuelta para regresar a los vestuarios y volver a ser el Charlie de siempre. Y al mirar atrás Isabella se había ido. Así era mejor.
Ése día no pude concentrarme en nada por el resto de la tarde. Me derribaron unas diez veces en el campo helado, aunque no me hice daño. Siempre he sido muy resistente en ése aspecto; los huesos rotos sanaban en pocas semanas, igual que las heridas, cosa que creía era parte de una buena genética. Luke se había ido sin dar explicaciones antes de la práctica, mientras yo hablaba con mi madre, así que me faltó un buen receptor, lo que hizo que me derribaran demasiado fácil al no tener a quien pasarle el balón. Pero los sucesos extraños aún no terminaban. En un momento de la práctica alcé la mirada por un segundo, y entonces lo vi, sentado en las gradas, tan pálido como un muerto y tan tranquilo como si el frío no le afectara. Edward Cullen me miraba fijamente, con las manos dentro de sus pantalones color marrón claro, y, curiosamente, en ese solo segundo que lo miré, noté que ni de su boca ni de su nariz escapaba vaho, como sucedía conmigo y el resto de los chicos. Como si no entrara ni saliera aire de él.
Era inusual encontrarlo observando la práctica, pero intenté no hacerle caso, a pesar de que mi nariz me recordaba su presencia constantemente. ¿Qué acaso todos los Cullen vivían cerca de una mina de azufre? ¿Y por qué yo parecía ser el único capaz de captar ese molesto olor? Pensar en eso me valió que me derribaran una vez más, y al darse cuenta el entrenador de que mi mente no estaba al cien por ciento en el juego me envió a las duchas.
Molesto, arrojé mi casco y atravesé el campo para regresar a los vestuarios, y mientras caminaba hacia allí vi a Edward apresurarse a bajar de las gradas, así que fui deteniéndome poco a poco hasta que lo tuve junto a mí. En ese momento me di cuenta de que a pesar de ser tan alto y fuerte como yo evitaba mirarme a la cara, y que había cierta incomodidad en su voz al hablar.
—Hola— dijo en voz baja. Lo miré por el rabillo del ojo y asentí, dándole a entender que correspondía su saludo— Eres Charles Newton, ¿verdad?— preguntó, muy formal y serio, pero por la forma en que lo había dicho supuse que ya sabía la respuesta.
—Charlie— lo corregí. De mi madre he heredado la manía de detestar que la gente use mi nombre de manera formal.
—Es un placer. Yo soy...
—Sé quién eres— lo interrumpí, sin poder evitar temblar debido a que mis músculos habían empezado a enfriarse, así que decidí ser breve— ¿Qué quieres?
Edward pestañeó y alzó la vista, frunciendo la nariz como si estuviera oliendo algo muy feo, una sensación que sin duda compartíamos. Me miró y algo en mi rostro pareció disgustarle. Tiempo después entendería que era el increíble parecido que tenía con mi padre.
—Estoy buscando a alguien que creí ver cerca del campo de Football— dijo con calma, cruzándose de brazos para recargarse contra un muro con aire casual— Tal vez tú la has visto. Es pelirroja, como de este alto y como de nuestra edad... ¿La has visto?
— ¿Y por qué debería?
Cullen me miró fijamente y frunció el ceño, como si intentara descubrir algún engaño tras mis palabras. No obstante, segundos después dio un paso atrás y alzó la mirada hacia algo que parecía estar detrás de mí, pero al girarme no vi nada.
—Por...nada— dijo, volviendo a mirarme y a sonreír de forma forzada— Tengo que irme— y dándose la vuelta empezó a alejarse, deteniéndose a medio camino para volver a mirarme, como si quisiera añadir algo más, pero solo volteó otra vez y se alejó definitivamente, desapareciendo en unos pocos segundos de mi vista.
No volví a hablar con él, ni siquiera había pensado en lo extraño que era lo que me había dicho hasta que Ben mencionó al tío Jake y una mujer pelirroja de nombre Victoria. Aun así no dije nada. Supuse que ese asunto era cosa de Cullen, y que tal vez era coincidencia que el tío Jake mencionara a una pelirroja. Mas llegó el día en que no pude seguir ignorándolo.
La mañana en que todo comenzó amaneció especialmente frío y nublado, sin ratros del sol en el cielo. Ese día me levanté con una sensación extraña, y prácticamente salté de la cama. Recuerdo que desde la extraña charla con Edward Cullen percibía un cambio en el ambiente; algo desconocido y amenazante que me seguía a todas horas, aunque procuraba ignorarlo para no sentirme como un fenómeno paranoico. El aire traía a mí un desagradable hedor a azufre que parecía haberse instalado en todos lados, pero no era el mismo olor que desprendían los Cullen, sino un hedor mucho más fuerte y metálico. Era casi como azufre y sangre; ellos no olían de esa forma.
Como todas las mañanas hice algo de ejercicio, me duché y vestí mientras escuchaba los pasos de Ben en el piso de abajo. Esa día iríamos con Luke a la isla de la Reserva Sandy Point como hacíamos al menos una vez al mes para escalar o remar en el lago, y mi hermano nos acompañaría para visitar a su extraño amigo nativo.
Terminé de cambiarme, poniéndome ropa adecuada para la montaña, y tomé mi mochila para guardar algunas cosas que necesitaríamos como un GPS y una brújula, tenis de repuesto y algunas herramientas para escalar, mientras escuchaba a Ben moviéndose por la cocina. Con todo listo me dirigí a las escaleras, y cuando estaba ya en los últimos escalones sonó el teléfono de casa.
— ¡Yo voy!— grité, adivinando que Ben seguía preparando nuestro desayuno, después de todo es el único además de Isabella que sabe cocinar en la casa; bajé los últimos peldaños de la escalera de un salto y levanté el teléfono— ¿Diga?
—Buenos días. ¿Hablo con la casa de la familia de Isabella Swan?— respondió una seductora voz de mujer, causándome un estremecimiento involuntario.
—Sí, es aquí.
— ¿Hay algún mayor en la casa?
—No, lo siento. Están en casa de mi abuela.
Creí escuchar una suave risa del otro lado, aunque no le presté atención.
—Estoy llamando del Hospital Central de Boston. Isabella Swan y su esposo están aquí.
— ¿Cómo…?— pregunté, temiendo que algo malo les hubiera pasado a mis padres, incluso a Isabella.
—Ambos ingresaron esta madrugada. Un accidente automovilístico debido a la carretera congelada— me respondió la mujer, haciéndome fruncir el ceño
— ¿En dónde fue eso?
—En las afueras de la ciudad, en la carretera estatal.
—Oh, ya veo… Pero están bien, ¿verdad?— pregunté, en un hilo de voz. La mujer dudó durante un segundo y luego me habló con voz divertida:
—Por supuesto que sí. Sólo sufrieron algunos golpes.
— ¡Uf! Que gusto escuchar eso— suspiré, relajándome un poco.
—Sí... Pero su coche no está en buenas condiciones, y necesitamos que alguien venga por ellos al Central. ¿Eres su hijo, verdad? Podrías ser tú. ¿Sabes cómo llegar hasta aquí?
— ¿Cómo? Ah, entiendo… Sí, sé dónde es. Dígales que estaré ahí en un par de horas, por favor. Muchas gracias, señorita.
—Gracias a ti. Te estaré esperando personalmente, querido... Hasta pronto...
—Adiós.
Colgué con un pesado resoplido, dándome cuenta de que Ben estaba detrás mío, mirándome fijamente.
Siempre me molestó que fuera tan sigiloso.
— ¿Pasó algo malo?— me preguntó, entre confuso y asustado. Sus ojos oscuros brillaban de preocupación.
Yo le regresé la mirada y me pasé una mano por el rostro, intentando despejar mi cabeza y procesar todo lo que estaba sucediendo con mis padres.
—Bueno…, parece que papá y mamá regresaron antes y sufrieron un pequeño accidente en la carretera— dije, y el rostro de Ben se descompuso con temor— Pero ambos están bien— me apresuré a aclarar al ver su cara.
— ¡¿Qué?! Pero, ¿qué les pasó?— su voz sonaba angustiada a pesar de que ya le había dicho que ellos estaban bien, por lo que no me quedó otra que intentar calmarlo.
—No lo sé exactamente. No podían darme esa información por teléfono— dije— La mujer que llamó era alguien del Hospital Central de Boston, y me aseguró que están fuera de peligro, pero necesitan que alguien vaya por ellos— suspiré una vez más— Así que… se suspende al viaje a la Reserva.
—Está bien— desestimó mi hermano de inmediato— ¿A quién llamamos?
—Yo iré— le dije, buscando mis llaves y poniéndome el abrigo— La mujer dijo que podía hacerlo. Además, no tenemos a ningún familiar en éste estado.
—Iré contigo— dijo Ben, imitándome y buscando su abrigo también. Me detuve antes de abrir la puerta de calle y lo miré, serio.
—No, Ben. Debes quedarte por si alguien llama— ordené, usando mi voz de hermano mayor mientras ponía una de mis manos en su pecho para detenerlo; en ése momento no supe porqué, pero algo me decía que no podía llevarlo conmigo o algo malo le pasaría— Y debes estar cuando Bree regrese; pero no le digas nada— advirtí. Lo último que necesitábamos era alterar a nuestra hermanita.
Ben quitó mi mano y frunció las cejas, molesto.
— ¡Claro que no! No soy idiota— me dijo, enfadado pero decidido a obedecerme— Sólo ten cuidado, Charlie. Y llama apenas veas a papá y mamá— pidió, asustado como no lo había visto nunca. Yo solo asentí, enseñándole mi teléfono móvil con una sonrisa afirmativa antes de abrir la puerta.
—Te llamaré en cuanto llegue a Boston. Oh, y avísale a Luke que se suspende el plan— dije antes de meterme en mi coche y cerrar la puerta; y apenas encendí el motor me invadió un miedo instintivo; tuve la sensación que algo malo iba a pasar, no con Ben, sino conmigo mismo. Pero mis padres estaban en el medio, así que no me permití dudar y conduje hacia la carretera 95 tan rápido como la ley me lo permitía; sería un largo viaje hacia Boston y no quería demorar más de la cuenta.
De pronto recordé algo y conecté el altavoz; marqué el número de Luke Collins, mi mejor amigo desde hace años, y esperé. Ben no tenía su número, así que yo debía avisarle del cambio de planes.
No sé porqué siempre he confiado en Luke; también era algo instintivo. Él era la única persona con la que siempre me sentía a salvo y seguro cuando temía que el mundo se acabara. Y no es que nuestra amistad fuera de esas en dónde rayan la homosexualidad hablando de sentimientos y todas esas mariconadas, pero él y yo hemos sido inseparables desde el primer momento, como si fuera una pierna o mi brazo derecho.
— ¿Charlie? ¿Qué hay? Estaba por llamarte— me contestó, un poco agitado— ¿Todo bien?— su tono me advirtió que algo pasaba, aun así lo ignoré.
—Sí, sí. ¿Por qué te oyes tan agitado?— reí— ¡Demonios! ¿Con qué mano estás sujetanto el teléfono?
— ¡Cierra la boca!— bufó Luke, soltando una risa ahogada
—Escucha, tuve un problema y tengo que cancelar la salida de hoy...
— ¿Qué pasó?
—Tengo que ir a Boston por mis padres y no me vendría mal la ayuda. ¿Tienes algo que hacer?
—Bueno, iba a llamarte porque no podía salir hoy. Estoy en algo importante; me llevará todo el día. ¿Tus padres están bien?
—Oh, bueno— vacilé— Sí, están bien. Sólo tuvieron un percance— comenté, encogiéndome de hombros— Da igual. ¿Quieres algo de la ciudad?
—Nah; oye, ¿todavía tienes el collar que te di?
Como si me hubiera dado una orden tiré de la cadena de mi cuello y contemplé el dije con la forma de una monstruosa garra de oso que Luke me dio hace algunos cumpleaños. No es mi costumbre usar esas cosas, pero ése collar, en particular, ha sido como mi amuleto desde que me lo dio; sin contar que se ve sumamente rudo en mi cuello.
—Claro. Es mi amuleto de lo suerte, ¿lo olvidas?
—Excelente... No olvides que eso podría salvarte la vida... Tengo que dejarte ahora. Te veré el lunes en la escue…— arqueé una ceja cuando la llamada se cortó de repente; bajé la vista para contemplar mi teléfono y volví a alzarla hacia la carretera, sin darle la mayor importancia.
Esperé a que me llamara pero como no lo hizo conecté el estéreo y encontré la discografía de una vieja banda de rock que Ben escuchaba, de esas que siempre le cantaban a la gente extraña y a los inadaptados, pero me gustó su música, así que la dejé mientras seguía avanzando por la desolada carretera, aprovechando el hecho de que nadie podía verme ni escucharme. Iba por la quinta o sexta canción cuando mi teléfono comenzó a sonar de nuevo. Miré el número y como no lo conocía decidí ignorarlo y subir el volúmen.
Había empezado a cantar sin darme cuenta cuando volvieron a llamarme, una y otra vez de un número desconocido. Bajé la mirada una vez más para cortar la llamada y al levantar la cabeza apenas pude ver a la desesperada manada de ciervos que saltaba las vallas de la reserva para atravesarse en la carretera. Uno de ellos chocó contra el parabrisas y mis reflejos actuaron más rápido que mi cerebro. Pisé el freno y giré el volante con brusquedad, causando que las llantas soltaran un chillido ensordecedor al frenar en el pavimento; perdí el mando de mi auto y sentí como éste empezaba a dar vueltas sin control conmigo dentro; mi cabeza se golpeó contra la ventanilla por la violencia de los giros y escuché los vidrios quebrándose. Un golpe demoledor impactó en mi pecho; el cinturón casi me había asfixiado al sostenerme. El cristal de la ventana del copiloto se agrietó y los trozos se hicieron añicos al caer al suelo, a mi lado. Estaba demasiado aturdido para sentir el dolor. Ni siquiera podía respirar. Todo sucedió demasiado rápido, y eso, junto a una larga cabellera pelirroja, es lo último que recuerdo antes de que todo se volviera oscuro y tenebroso.
oOo
—Charles Newton.
No sé si estaba soñando, pero me pareció escuchar a la voz más dulce del mundo decir mi nombre de una forma que me erizaba la piel.
Estaba en un lugar oscuro y frío, con los músculos muy tensos y la mayoría de ellos horriblemente adoloridos.
—Charlie... Despierta, cariño…
No pude evitar estremecerme al escuchar esa misma voz muy cerca de mi oído, sobre todo al sentir aquel tacto helado como la nieve contra mi mejilla. Abrí los ojos entonces, teniendo que esperar unos segundos para disipar los nubarrones de mi mente y pensar porqué demonios me sentía tan incómodo y adolorido. Entonces creí oír agua corriendo furiosamente muy cerca, y al poder enfocar la mirada me paralicé. Mi cuerpo prácticamente estaba colgando en posición vertical, siendo únicamente sostenido por el cinturón de seguridad, pendiendo sobre del parabrisas deshecho de mi auto, con un precipicio que me llevaba directamente al río tras él.
Por acto reflejo me moví para intentar liberarme y el auto crujió amenazadoramente en señal de advertencia, así que, intentando volver a respirar, traté de mantenerme lo más quieto posible.
— ¡Ayuda!— grité, moviéndome con desesperación, pero obligándome a mentener la calma al escuchar el crujido del metal bajo mi cuerpo una vez más, temiendo que si me movía otra vez caería sin remedio— Tranquilo, Charlie, tranquilo— me dije a mí mismo, respirando agitadamente— ¡Ayuda! ¡Estoy atrapado!
Esperé a que alguien respondiera, pero no había nadie. Sin embargo, traté desesperadamente de recuperar la calma y pensar en las opciones que podrían salvarme de una muerte segura.
Entonces, como si alguien a la distancia pudiera leer mis pensamientos, escuché el tono de mi celular muy cerca, dándome cuenta de que había caído de la guantera hasta el parabrisas, donde se mantenía muy cerca de un agujero en el vidrio blindado, y casi al alcance de mi mano. Desesperado, intenté estirarme lo más que pude para recogerlo, pero mis dedos apenas lo rozaban, y el auto soltó otro tenebroso chirrido de advertencia.
Y de pronto, ése hedor a azufre y sangre que había sentido en los últimos días me golpeó de lleno en la nariz.
—Yo que tú me quedaría muy quieto, guapo.
Sin saber porqué, un escalofrío recorrió mi espina y giré la cabeza muy lentamente, descubriendo, con pavor, hacia mi lado izquierdo, donde una mujer pelirroja estaba cómodamente sentada en el asiento del copiloto, mirándome con sus ojos rojos y letales mientras sostenía mi cartera con su mano derecha.
Su piel era pálida como la cera, y una enormes ojeras surcaban su rostro de facciones afiladas, pero eso no le restaba belleza; sus ojos parecían pintados con sangre, y al verlos mi cuerpo pareció haberse curado de sus dolencias y mis sentidos se pusieron alerta.
— ¿Quién eres tú?— balbuceé, intentando disimular mi temor. La mujer pelirroja se retorció como un felino y me sonrió, enseñándome sus perfilados, blancos e inhumanos colmillos.
—Tu mami me conoce bien— ronroneó, todavía moviéndose de aquella forma extraña contra el asiento, provocando que mi coche oscilara peligrosamente— Uh… ¿Tienes miedo, pequeño?— se movió un poco más, horrorizándome.
— ¡¿Qué quieres de mí?!— le grité, intentando desesperadamente sostenerme de mi asiento— ¡Aléjate, fenómeno!
Ella soltó una estridente carcajada. Mi teléfono sonó una vez más y entonces lo levantó y observó la pantalla, torciendo los labios.
—No queremos que nadie nos moleste ahora, ¿verdad?— murmuró y apenas moviendo dos dedos trituró mi celular como si fuera de papel, dejándolo caer hacia el agua.
Y al instante supe que no se trataba de una mujer ordinaria.
— ¿Estás asustado?— volvió a ronronear, pasando uno de sus gélidos dedos por mi cabello y sacándolos manchados de mi sangre; los contempló durante unos segundos y se los llevó a la boca, soltando un gemido de placer— Ummm… No tienes la misma sangre deliciosa que tu madre…Pero igual sería un placer convertirte en mi nueva pareja— susurró, peseando sus dedos por mi perfil, helándome la sangre.
¿Sangre? ¿Pareja? Me estremecí una vez más, aturdido.
— ¡¿Qué?!
—Sería un desperdicio dejar que tanto vigor y belleza se marchitaran…— murmuró, pasando sus dedos por mi cuello, luego tomó mi barbilla con demasiada brusquedad y pasó su lengua áspera por mi mejilla, logrando que cada músculo de mi cuerpo se tensara con asco— Sólo unos instantes de dolor y estaremos juntos para toda la eternidad… Después de todo es lo justo; ya que por culpa de tu madre perdí a mi compañero, ¿quién mejor que su sangre para reparar el daño?— terminó en un gruñido, hundiendo sus dedos como dagas en la piel de mi rostro, haciéndome daño.
— ¡No sé de qué hablas! ¡Te equivocaste de persona!— exclamé, frustrado y aterrado— ¡No sé lo que eres ni lo que buscas, pero, por favor, déjame ir!— grité, demasiado asustado como para que me importara estarle rogando.
Ella soltó otra risotada cruel.
— ¿Dejarte ir?— se burló, pasando su helada lengua por mi mejilla otra vez, haciéndome vibrar de repulsión, para luego reemplazarla por su mano, que empezó a brindarme una fuerte y gélida caricia— Veinte años… Estuve buscándola por veinte largos años— sentí sus largas y afiladas uñas desgarrando la piel de mi rostro y grité de dolor— Ella y sus amigos lograron engañarme al mezclar su olor con el de tu padre, y luego intentaron cazarme como si fuera un animal… Y ahora pagará con lo que más le duele— su helada mano se aferró a mi garganta y presionó con fuerza, quitándome el poco aire del que disponía en mis pulmones. ¿De qué demonios estaba hablando? ¿De dónde sacaba tantas fuerzas?
Luché por liberarme, pero fue inútil.
— ¡Suél…tame!— intenté hablar, pero me fue imposible. Sus manos eran como mármol viviente, frías, duras e inamovibles.
— ¡Estaremos juntos por siempre!— exclamó, trepándose a mi regazo para poder acercar su boca a mi cuello y aspirar mi olor— Solo un momento de dolor...— repitió, y volví a sentir su lengua en mi piel, quemándome como hielo seco; entonces sus labios presionaron los míos en un beso forzado y demandante, y su cuerpo se frotó contra mí como si buscara excitarme o exitarse ella, pero de pronto me liberó y miró hacia la parta trasera.
—Maldita sea— la escuché gruñir. De inmediato el auto volvió a crujir bajo el peso de otra persona, volviendo a oscilar peligrosamente.
— ¡Victoria!— gritaron desde afuera; yo sólo luchaba por respirar— ¡Es uno de ellos! ¡Y trae a tres lobos!
El coche se agitó bruscamente, aunque no podía ver por qué causa. Aquella desquiciada pelirroja desapareció en un parpadeo, apareciéndose de pie sobre el guardafangos traseros de mi destrozado coche, enseñando sus feroces colmillos a alguien que aún no lograba ver.
— ¡No se atrevan a acercarse al chico o lo morderé!— rugió, histérica.
A esas alturas ya no entendía nada ni me importaba hacerlo. Sólo quería irme de allí.
— ¡Ayúdenme!— conseguí gritar, a quién quiera que estuviera fuera. Doblé el cuello y pude ver a la tal Victoria dando un salto para esquivar la pesada rama que había volado hacia su cabeza, la cual rompió el vidrio en miles de pedazos que me golpearon la nuca y acabó por atravesar también el parabrisas. Y yo grité, viendo mi muerte inminente en cuanto el coche se movió peligrosamente hacia abajo, como si algo lo hubiera soltado. Grité con más fuerza e intenté quitarme el cinturón con desesperación, lastimándome las manos con los vidrios que estaban por doquier. Entonces, en un segundo en el que el tiempo pareció detenerse, por el espejo vi a un hombre joven y rubio pararse erguido tras el maletero. Él me miró; tenía algunos magullones en sus mejillas y la ropa rasgada, pero no parecía herido, y al darse cuenta de mi mirada dobló las rodillas y me extendió una mano. Y en ese momento pude verlo con perfecta claridad; sus ojos, sus facciones, pero no creí que fuera posible. Ése hombre no podía ser Edward Cullen.
—No te preocupes, Charles. Ya estás a sal...— comenzó a decir, pero en ese momento un chico igual de pálido que él pero de cabello negro apareció de la nada y lo tiró hacia el vacío, y mi auto se movió unas pulgadas más abajo mientras yo intentaba sostenerme firmemente del volante.
— ¡Aléjense de él!— gritó Victoria desde alguna parte— ¡Es mío!
— ¡Déjalo ir, Victoria! ¡Esto es entre tú y yo!— respondió Edward Cullen.
Escuché una nueva carcajada de Victoria.
—Hace años que dejó de ser algo solo "nuestro", Edward... Oh, a ti te recuerdo... Eres el mocoso de la estúpida reservación— dijo, hablando con una tercera persona que no le respondió. Escuché entonces un gruñido bestial y el metal se hundió con mucha más violencia.
Y vi varias cosas a la vez. Nada se movía a cámara lenta, como sucede en las películas, sino que el flujo de adrenalina hizo que mí mente obrara con mayor rapidez, y pudiera asimilar al mismo tiempo varias escenas con todo lujo de detalles.
Edward Cullen se encontraba tras mi auto, y me miraba a través del espejo retrovisor con rostro de espanto. Pero en aquel momento tenía más importancia la desquiciada pelirroja que amenazaba mi vida. De repente Edward se apareció a mi lado y para mi sorpresa se deshizo de la puerta como si fuera de cartón, y vi una enorme masa de pelo volando por los aires tras él, llevándose consigo a un chico que salió de la nada. Victoria no tardó en aparecerse frente a mí, aferrándose al capó para mirarme; Edward la enfrentó y ella a él, enseñando sus filosos colmillos. Parecía que una guerra estaba a punto de estallar entre ellos, y yo estaba en medio de los dos. Ni siquiera tuve tiempo para cerrar los ojos.
Victoria dio un salto y desapareció de mi rango de visión, y Edward con ella. El sonido del agua era casi ensordecedor, pero aun así podía escuchar aquellas colisiones de titanes.
Algo golpeó mi coche con fuerza otra vez, aunque no desde la dirección que esperaba, inmediatamente antes de que escuchara el terrible crujido que se produjo cuando la mujer pelirroja hundió el metal del capó con sus pies, como si hubiera pisado una simple hoja de papel. Me golpeé la cabeza contra el volante y sentí que algo volvía a lanzarme hacia adelante.
Me percaté de que estaba cayendo de nuevo al oír una maldición en un grito, y todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de gritar ni pedir ayuda. Con un seco crujido metálico que estuvo a punto de perforarme los tímpanos, mi coche cayó pesadamente por el barranco entre el estrépito del metal al hacerse añicos.
— ¡No, no, no!— grité, desesperado por liberarme del cinturón.
Reinó un silencio absoluto durante un prolongado segundo antes de que todo el mundo se pusiera a chillar. Oí a más de un persona que me llamaba en la repentina locura que se desató a continuación.
— ¡Charlie!
Escuché a alguien gritar mi nombre antes de que el frente del auto chocara contra el río, aturdiéndome por el brusco movimiento; coloqué las manos como amortiguador y me sostuve del volante con fuerza hasta que el coche volvió a nivelarse, pero solo por un instante. El agua comenzó a entrar por todos lados y yo a desesperarme por no poder salir. En menos de un segundo tenía el agua al cuello y empezaba a ahogarme sin poder evitarlo.
Entonces, aterrizando majestuosamente sobre el capó semihundido de mi coche. Edward me miró fijamente durante un segundo antes de deshacerse del cristal con demasiada facilidad y tenderme su mano con urgencia.
Lo último que recuerdo son sus heladas manos sujetando las mías mientras un solo pensamiento me invadía: Edward Cullen era uno de ellos.
Y ahora iba a matarme.
oOo
Cuando desperté de aquella extraña pesadilla, sobresaltado y empapado en sudor, tuve la extraña sensación de volver a estar en peligro.
Estaba en una habitación amplia, casi en penumbras, sobre una cama muy mullida y grande. Mi primer pensamiento fue que estaba en casa, en mi propia recámara y en mi cama, así que recosté la cabeza hacia atrás y traté de recordar el extraño sueño que había tenido; el más loco y enfermo de mi vida.
—No fue un sueño.
Esa voz, aunque conocida y pacífica, me heló la sangre. Salté de la cama y abrí los ojos como platos, poniendo mis sentidos alerta.
— ¡¿Quién anda ahí?!— grité, rodando sobre las colchas con brusquedad y me caí de la cama mientras intentaba que mis ojos se acostumbraran a la escasa luz. Y aunque al principio no pude ver a nadie, él no tardó en salir de un rincón oscuro de la habitación, más pálido que nunca y con una mirada profunda e impenetrable.
Estaba frente a Edward Cullen, cuyos ojos nunca me habían parecido más dorados e hipnóticos, como si intentaran leer mis pensamientos y ahondar en lo más profundo de mi mente. Pero, a juzgar por su expresión, dudé que lo hubiese conseguido.
Y de repente los recuerdos me golpearon como un latigazo; el acantilado, Edward y esa mujer llamada Victoria que quiso asesinarme; me llevé una mano a la cabeza y solté un siseo de dolor. Alguien la había vendado, pero aun así dolía como el demonio. También noté las heridas en mis mejillas que seguían abiertas, pero no sangraban.
Todo había sido real. No estaba soñando.
Edward Cullen era...
— ¡ALÉJATE, MONSTRUO!— le grité con toda la bravura de la que fui capaz, cayendo torpemente hacia atrás, sintiendo que las heridas en mis manos vendadas se abrían nuevamente. Entonces encontré con mis dedos el collar que Luke me dio, así que tiré de él para romper la cadena, colocándolo delante de mi cuerpo como única defensa— ¡NO SÉ LO QUE ERES, PERO NO TE ME ACERQUES!
Retrocedí hasta que mi espalda tocó una pared, y con mi mano libre traté de encontrar una puerta, una ventana o lo que fuera, temiendo otro posible ataque. Pero, para mi sorpresa, Edward no pareció inquietarse en la más mínimo por mi actitud amenazante, aunque aun así se mantuvo a una distancia respetuosa.
—No vamos a hacerte daño— dijo con suavidad— Pero es importante que bajes ese juguete y me escuches.
— ¿Vamos?— repetí, buscando a más "cosas" como él en la habitación, pero a pesar de la adrenalina que corría por mis venas tuve la suficiente cordura para descubrir que no había nadie.
—Lo demás están abajo— respondió Edward con calma— Y no somos cosas. Somos vampiros.
Obviando el hecho de que él parecía adivinar lo que pensaba, solté una carcajada histérica al escuchar eso último, pero sin dejar de tantear la pared en busca de una salida.
— ¡Sí, claro!— bufé, irónico— ¡Estás loco! ¡Los malditos vampiros no existen!
— ¿No?— Edward se acercó un paso y yo retrocedí otro hacia el costado; sus ojos estaban puestos en mí fijamente, haciéndome sentir una extraña sensación de exposición— Recuerda lo sucedido hace unas horas y dime si algo de todo lo que pasó es posible.
Me quedé callado, pues, obviamente, lo que acababa de pasarme no era posible si no se trataba de un sueño.
Todo me dio vueltas entonces; me arrastré por la espalda unos metros más por la pared y mis rodillas cedieron al fin, haciéndome caer sentado. No sé por cuánto estuve así, en estado de shock y desorientado, pero para cuando me di cuenta Edward se había acercado, arrodillándose a mi lado extendiendo una mano hacia mí, pero sin tocarme.
—Charlie...— me llamó suavemente; en sus ojos vi una extraña mezcla de preocupación y recelo. Parecía que había una lucha en su interior, como si deseara desesperadamente ayudar a una parte en mí, pero odiara a la otra; sin embargo su rostro se mantenía en perfecta serenidad— Solo quiero ayudarte— dijo, y lo miré fijamente, aún en mi estado catatónico. Entonces, cuando sentí su mano helada en contacto con la tela de la camiseta que cubría mi hombro no lo pensé dos veces al levantar mi garra y cortarle la cara. Edward se hizo a un lado de rodillas, sin emitir sonido alguno, y yo, al fin dando con la salida, aproveché para salir de esa maldita habitación como alma que lleva el diablo en busca de ayuda.
Corrí por un corredor alfombrado, rodeado de puertas blancas y cuadros que no me molesté en mirar, hasta que llegué a unas escaleras de vidrio grueso. Bajé sin titubear, de dos en dos escalones. La ropa que usaba no era mía, y me faltaban los zapatos y la chaqueta, pero no le di importancia. Sin embargo, al llegar a la planta baja tuve que detenerme, desorientado y asustado, sin saber por dónde ir, rodeado por unas inmensas paredes blancas que parecía querer devorarme. Sólo entonces me di cuenta de lo mucho que me dolía la cabeza, y de lo mareado y aturdido que estaba. No tenía idea de adónde estaba, mucho menos de cómo había llegado hasta allí, solamente sabía que tenía que salir, pero, ¿por dónde?
Corrí de una punta a la otra, me caí dos veces al resbalar con una alfombra que parecía persa y me sujeté la cabeza con ambas manos para que todo a mi alrededor dejara de dar vueltas. Entonces quise desplomarme, pero el sonido de una puerta abriéndose y nuevos pasos me lo impidió.
Alguien reía, pero esa risa fue tan súbitamente callada que sentí pavor.
—El niño despertó— dijeron a mis espaldas, haciéndome saber que otra vez no estaba solo, y al voltear me quedé paralizado. Frente a mí estaban la hermosa Rosalie Cullen y su hermana Alice, acompañadas por el doctor Cullen y dos sujetos a los que nunca había visto; uno era muy alto y tan musculoso como un luchador, tan grande o incluso más que Shane Worthington, mi defensa derecha; tenía el cabello oscuro y rizado. El otro era rubio y delgado, un poco más bajo que el primero y su piel estaba completamente cubierta de cicatrices, esparcidas más densamente junto al cuello y la mandíbula; era tan pálido como todos los Cullen que conocía, pero sus ojos castaños me hacían sentir incómodo, inspirándome una desconfianza inmediata, así que como única defensa volví a alzar la garra de oso que nunca había soltado y traté de enfrentarlos, seguro de que si estaban con Edward no eran de fiar.
—No se acerquen— advertí, haciendo un esfuerzo porque no me fallara la voz. Ellos se miraron, ligeramente atónitos, pero no mudaron su expresión serena y ligeramente condescendiente.
—Está bien, Charlie. No vamos a hacerte daño— habló el doctor Cullen, adelantándose a sus hijas lentamente y con las manos por delante.
—Charlie, baja eso— volteé otra vez y allí estaba Edward, bajando las escaleras con una mano todavía presionando la herida que le había hecho segundos atrás, pero sin un rastro de sangre— Estás a salvo de Victoria aquí.
Victoria. Aquella mujer pelirroja cuyo nombre me causó más estremecimiento del que me gustaría aceptar. De repente la busqué frenéticamente con la mirada, pero no había rastro de ella en ningún lugar.
— ¡Edward!— antes de que me diera cuenta o siquiera pudiera salir de mi introspección el doctor Cullen pasó por mi lado, preocupado, para socorrer a su hijo. Tomó el rostro de Edward con la punta de los dedos para analizar la herida, y cuando le alzó el mentón pudo verla. Era profunda, pero no había ni una gota de sangre, y su textura me recordó al mármol cuando es partido. No parecía piel, sino más bien concreto rajado— Penetró en tu piel— lo escuché murmurar, completamente desconcertado— Pero, ¿cómo?
—Tiene la garra de un lobo— dijo el chico rubio, observándome fijamente desde la distancia, igual que todos, y tanto las hermanas Cullen como los dos desconocidos retrocedieron un paso, de repente alertas.
— ¿Cómo demonios consiguió la garra de un hombre lobo?— dijo el luchador, con una voz tan fuerte que hubiera jurado que hizo temblar las paredes. Pero algo de lo que dijo se me grabó a fuego en el cerebro.
¿Hombre lobo? Observé mi dije por un segundo, decidiendo que ahora mismo no era importante saber de qué animal era o de dónde lo había sacado Luke.
Todos me miraron fijamente, y en ese momento me sentí más pequeño e indefenso que nunca, pero algo me obligaba a no dejarme amedrentar; a mantenerme firme y aprovechar el hecho de que ellos parecieron temerle a mi única arma.
—Llévenme a la salida— ordené, y ellos una vez más se miraron.
—Humanos engreídos— me giré hacia Rosalie, notando su mirada cargada de desdén— Jasper— el chico parado a su derecha asintió, dando un paso hacia adelante. Yo volví a alzar mi garra con desconfianza, pero de pronto una oleada de tranquilidad me desestabilizó, aunque no por mucho tiempo, ya que casi de inmediato recompuse mi pose de defensa.
— ¡Aléjate, idiota!— exclamé, y todos, incluyendo la misma Rosalie, se mostraron sorprendidos.
—No funciona— murmuró el tal Jasper, turbado— No lo entiendo... Nunca ha pasado con humanos... ¿Alice?
La chica con aspecto de duendecillo dio un paso hacia mí y se llevó ambas manos a las sienes. Segundos después volvió a bajar las y bufó, ofendida.
—Funcionó cuando estaba con Victoria, pero ahora no puedo ver nada... ¿Por qué? ¿Edward?
Volví a sentir los ojos de Edward sobre mí, pero esta vez ya no me sentía expuesto ni vulnerable. Era casi como si hubiera conseguido crear un muro entre nosotros, y creo que él pensó lo mismo.
—Es extraño— murmuró, frunciendo las cejas con desconcierto— Funcionó cuando despertó. Pero, siendo el hijo de Bella...
De pronto todos me miraban como si yo fuese el monstruo, desencajándome por completo.
—Quizá porque seguía aturdido— respondió Carlisle, acercándose a mí con lentitud y precaución— Charlie, está bien... Estás a salvo ahora. Baja eso, ¿quieres?
Sí, como no, pensé, dejándolo acercarse lo suficiente para lanzarme sobre él y, olvidando mi garra, golpearlo en la cara, pero mi reacción no tuvo el efecto esperado. A pesar de que lo había golpeado con todas mis fuerzas Carlisle apenas si giró el rostro, y no se quejó ni sangró, desconcertándome. Sin embargo, todo los Cullen parecían aún más sorprendidos que yo y ahora sí me miraban como si fuera un monstruo con tres cabezas.
— ¡¿Cómo demonios...?!— gritó Rosalie, parándose tras el gigantón de un salto y señalándome acusadoramente— ¡Debiste romperte la mano en miles de pedazos!
Sin entender nada me miré la mano; dolía un poco pero no estaba rota, y al comprobarlo el doctor Cullen toda su familia dio otro paso hacia atrás, formando una especie de cauteloso círculo a mi alrededor.
—Carlisle, ¿estás bien?— preguntó Alice con algo de miedo, y el doctor, que en ningún momento había dejado de tocarse la mejilla como perturbado, volvió a mirarme fijo, abriendo los ojos como platos.
—Imposible...— susurró, acercándose a mí casi con fascinación
— ¿Qué cosa?— inquirió Edward, molesto.
Carlisle apenas si lo miró.
—El hijo de Isabella es un cazador— murmuró, y todos retrocedieron un paso más, turbándome.
— ¡¿Cazador?!— gritaron los demás, que parecían muy asustados de pronto, pero Carlisle los calmó.
—Creo que aún es lo que ellos llaman un "neonato"— explicó el doctor, que ahora parecía aún más cauteloso— No se asusten. No parece que lo entienda aún, pero podríamos meternos en problemas si alguien hace algo estúpido.
Yo me hice hacia atrás, de nuevo perturbado por toda esa sarta de información que mo cerebro no lograba procesar. ¡¿A qué demonios se refería con "Cazador" y "Neonato".
— ¡¿Te atreviste a traer a un maldito cazador neonato a nuestra casa, Edward?!— chilló Rosalie, cuya voz de pronto dejó de ser prepotente y mandona— ¡Sáquenlo ahora mismo de aquí!
— ¡No podemos sacarlo hasta que el perro llegue!— exclamó Alice, exaltada.
—Victoria aún lo busca— añadió Edward, ya no tan sereno— Y de seguro sus amigos cazadores también.
— ¡Ah, estupendo! ¡Más estúpidos carroñeros tras nosotros!
Si antes estaba confundido, ahora ya ni siquiera estaba seguro de si todo lo que pasaba a mi alrededor era estúpidamente real. Los gritos iban en aumento; el doctor y los demás discutían sobre mí como si se hubieran olvidado que seguía allí, en medio. Rosalie estaba histérica, y mientras el grandote intentaba calmarla todos los demás le decían que no podían liberarme hasta que no sé quién llegara para contarme no sé qué cosa que al parecer era de suma importancia. Todo a parecían querer guardar un secreto a voces, que tarde o temprano yo tendría que saber, pero por alguna razón temían retenerme ahí, según apenas entendí porque yo era un potencial peligro para ellos, aunque aún no lo sabía.
Hubiera escuchado más, pero, con un latente dolor de cabeza y el hartazgo por las nubes ya no pude esperar.
— ¡¿De qué demonios están hablando?!— exigí saber, y el grito salió tan fuerte de mi garganta que me quedé sorprendido, sobre todo porque hizo callar a esas criaturas que se llamaban así mismas vampiros, que si lo eran podrían rasgarme el cuello con un dedo como en las películas.
En vez de eso reinó el silencio, y de nuevo la atención fue directo a mí.
— ¿De verdad no lo sabes? ¿Collins no te lo dijo?— preguntó el doctor, y algo en mi rostro debió responder a su pregunta. ¿Qué tenía que ver Luke en todo esto?— ¡Tranquilos!— exclamó entonces Carlisle, pidiendo silencio con una mano— Que nadie se acerque... Charlie, estás a salvo con nosotros. Por favor, bajo eso.
—No— me negué, retrocediendo.
—Por favor— esa suave voz a mis espaldas me desestabilizó por completo.
Desvié la mirada y me encontré con la imagen de una mujer con los mismos rasgos pálidos y hermosos que los de Rosalie que se me acercó. Había algo en su rostro en forma de corazón y en las ondas de su suave pelo de color caramelo que recordaba a la ingenuidad de la época de las películas de cine mudo que mis padres miraban a veces. Era pequeña y delgada, y vestía de manera informal, con colores claros. Y sin saber porqué le hice caso; y ella me sonrió, y conforme más se me acercaba, su sonrisa era más pronunciada.
—Hola, Charlie. Me da gusto conocerte— dijo con voz amable. Sus facciones eran suaves y delicadas. Y a pesar de tener una apariencia de veintitantos años y un rostro blanco marfileño, su expresión de pronto me recordó a la de mi abuela Karen. Pero el recordar con quiénes estaba me puso los pies en la tierra.
—No se acerque, señora...
—Soy Esme. Esme Cullen. La madre de Edward— dijo.
Algo en mi interior me dijo que era obvio que no podría ser su madre biológica, por lo que debía ser la mujer que lo había adoptado, y a todos los otros Cullen.
—Aléjese— advertí, volviendo a sacar mi garra. Sin embargo, ella no se mostró asustada ni molesta por mis malos modales.
—Sé que todo lo que te sucedió esta tarde es muy confuso, y entiendo que estés asustado— volvió a hablarme, acercándose otro paso—. Pero debes dejarnos ayudarte. Déjanos explicarte para que puedas darle un sentido lógico a todo esto.
Yo la miré, primero con desconfianza, pero, por alguna razón, no tardé demasiado en asentir; y cuando extendió su helada mano para tomar la mía como si fuera un niño pequeño no la retiré. En cambio, la dejé guiarme hacia la otra habitación.
La casa de Edward era muy luminosa, espaciosa y muy grande. Lo más posible es que originariamente hubiera estado dividida en varias habitaciones, pero habían hecho desaparecer los tabiques para conseguir un espacio más amplio. El muro trasero, orientado hacia el sur, había sido totalmente reemplazado por una vidriera y más allá de los cedros, el jardín, desprovisto de árboles, se estiraba hasta alcanzar el ancho del río. Pasamos de regreso por la escalera maciza de cristal que dominaba la parte oriental de la estancia. Las paredes, el alto techo de vigas, los suelos de madera y las gruesas alfombras eran todos de diferentes tonalidades de blanco, con excepción de la que había hecho tropezar, que desentonaba del tal forma del resto que me hizo pensar que debía tener alguna clase de valor sentimental para ellos.
Esme me llevó a un salón con un piano, y el doctor Carlisle y Edward se nos adelantaron para recibirme sobre un altillo del suelo, en el que descansaba el espectacular instrumento.
—Por favor, no tengas miedo— dijo Edward.
—Sé que debes tener demasiadas preguntas para hacernos, Charlie— me dijo el doctor, cortés, acercándose a mí con un paso comedido y cuidadoso.
—No en realidad— admití— Quiero irme a casa.
—No podemos dejarte ir sin antes explicarte— añadió el doctor Cullen.
Me incliné hacia atrás con desconfianza, sin embargo, sabía que ese vampiro era diferente. Era un respetado y querido médico en Ipswich, con lo que dejaba claro que no se alimentaba de pacientes. Pero me resistía a pensar que de verdad estaba frente a un grupo de criaturas fantásticas, y decidí que todos los Cullen debían estar atravesando una clase de alucinación colectiva.
—Charlie, escucha...— el doctor Cullen se acercó a mí con una mano extendida, y como con Edward me provocó un violento rechazo.
— ¡No me toque!— grité, haciéndome hacia atrás con brusquedad y tropezando con mis propios pies. El doctor rápidamente se lanzó a asistirme, pero algo lo detuvo.
—Yo le haría caso— dijo una voz de advertencia, y de repente, como un gato cuando un enorme perro entra a la habitación, todos los Cullen más jóvenes se apiñaron en una esquina, casi enseñando los dientes.
Y yo me quedé de piedra, viendo a Luke, mi mejor amigo Luke, mi mano derecha, cómodamente recargado contra una de las paredes, con una pesada y arcaica ballesta colgando de su brazo derecho. Lucía extraño, vestido con una especie de túnica negra sobre sus jeans y camiseta. Y sus ojos; me di cuenta de que sus ojos usualmente verdes, ahora eran de un brillante color dorado. Idénticos a los de...
De pronto la verdad me golpeó como una balón en el rostro.
No podía ser verdad...
Luke, mi mejor amigo, era uno de ellos.
¿Cómo demonios saldría de esto ahora?
.
.
N del A:
Bueno, bueno, lamento mucho la demora.
Nos leemos!
H.S.
