Muchas gracias por las reviews recibidas, sois un encanto!. Aquí traigo lo de este mes, me ha quedado un poco largo (ya veréis la razón...) así que haced una pausa a mitad para no cansaros, jejeje.
Resumen de lo publicado:
Este último año ha sido una pesadilla para Castle tras haber perdido a Beckett. Pero una madrugada de Abril de 2017 se encuentra un regalito que le indican dos cosas: Que su esposa está viva y que es el padre de una preciosa bebé de dos meses: Lily.
Castle lucha entre seguir sus instintos para averiguar cómo Beckett fingió su propia muerte y su responsabilidad como padre de Lily, todo ello esquivando a su hija-editora Alexis y lidiando con la omnipresente Martha Rodgers.
El inesperado encuentro entre Castle y Beckett, quien ahora trabaja desde las sombras y es conocida como 'Lirio Blanco' por la prensa, no hace más que acrecentar las dudas sobre lo que pasó realmente con el tema LokSat y acumular tensión sexual no resuelta entre nuestra pareja.
SEPTIEMBRE 2017
Richard Castle estaba sentado en la alfombra de losetas de colores con el 'osito' Cosmo. Así había bautizado al osazo de peluche que había comprado en Los Ángeles hace cinco meses, cuando se trajo a Lily, y del cual Alexis se había quejado por su enorme tamaño y lo poco apropiado que era para un bebé de tan sólo dos meses en aquel entonces. También le había servido de inspiración para su primer cuento infantil que estaba intentando publicar.
Ahora en cambio era otra cosa: Lily estaba sentada frente a él averiguando si un cubo de plástico rojo chillón tenía buen sabor, y observó a su padre esconderse detrás del gigante oso, que por arte de magia abrió los brazos de par en par y exclamó con voz en falsete:
- ¡Hola Lily! ¡Soy el osito Cosmo! ¿Quieres ser mi amiguita?
Castle se asomó por encima de la cabeza del peluche y vio cómo su pequeña, boquiabierta, dejó caer el juguete que tenía en las manos. Él siguió haciendo aspavientos sujetándole los brazos al muñeco disimuladamente desde atrás.
- ¡Vengo de un planeta lejano y quiero aprender cosas de los terrícolas! - dijo el escritor, presentando al primer oso extraterrestre de la literatura preescolar.
Lily sonrió y abrió sus bracitos de par en par imitándolo, su padre la vio tan graciosa que hizo que Cosmo bailara y cantara la cancioncilla infantil de la tetera, y su pequeña intentó imitarlo entre risas y descoordinación total. Cuando acabó, el osito Cosmo aplaudió y Lily hizo lo mismo, esta vez con bastante habilidad, mientras Castle gritaba "¡bieeeen!" y ella lo acompañaba con balbuceos.
Entonces Lily se inclinó hacia delante y gateó hasta Cosmo, echándose encima de su mullido cuerpo cuando llegó a él y obsequiándole con un apasionado abrazo.
- ¡Abrazo de oso! - dijo el escritor envolviéndola con los brazos del peluche, lo que a Lily le pareció ya el colmo de la diversión y le provocó un ataque de risa, que pronto contagió a su padre.
Alexis contemplaba la escena con ternura, desde la isla de la cocina donde estaba picando algo de fruta. Había descubierto que si le daba a Lily espacio con su padre, la pequeña ya no le miraba como si tuviese ganas de vomitarle encima.
- Da gusto volver a oír la risa de un niño en esta casa - dijo Martha Rodgers, poniéndose a su lado con una copa de vino en la mano. - Y también la risa de la adorable Elisabeth, por supuesto. - completó guiñándole un ojo a su nieta mayor.
La joven sonrió y apartó la maleta que había traído para que su abuela no se tropezase. La joven editora y su padre salían dentro de unas horas hacia Los Ángeles, en viaje de trabajo.
- Espero que no hagas trabajar mucho a tu padre en L.A., querida. Yo creo que este último mes que ha bajado el ritmo y ha disfrutado más de su pequeña le ha convertido en un hombre más feliz.
- Tranquila, abuela, no son más que unas entrevistas promocionales y unas firmas de libros. Estaremos de vuelta en un par de días.
Alexis se quedó pensado en que era verdad, no sabría decir en qué momento exacto, pero lo cierto es que de un tiempo a esta parte se le veía más relajado y para su sorpresa no había dado más la tabarra con querer seguir investigando a 'Lirio Blanco' ni otras locuras.
- ¡Oh! ¡Qué felices están ahora, míralos!... - dijo embelesada Martha - Te apuesto lo que quieras a que esta noche llorará porque no se quiere ir a la cama.
- Como todos los bebés, abuela.
- Me refería a tu padre.
- Yo también.
Un par de horas después, Castle y su editora-hija estaban esperando en la cola de embarque, repasando la agenda.
- No he podido reservar en el hotel de siempre, se ve que hay una convención y está todo lleno. Así que he optado por nuestra segunda opción.
- Ah.- Comentó Castle un tanto desilusionado por no volver a la suite en donde le entregaron a su pequeña en abril...con un poco de suerte hubiese recordado 'algo' más de su confuso y erótico encuentro con Kate vestida de geisha. - ¿Qué tipo de convención? - añadió para disimular su decepción.
- De médicos. - Le dijo Alexis sabiendo de sobra que su padre oía 'convención' y lo único que le venía a la cabeza era 'de ciencia ficción'.
-Ah.- volvió a añadir él con desilusión.
- Llegaremos por la tarde, aunque con el cambio horario para nosotros será la noche, así que no he programado nada, para poder irnos pronto a dormir y levantarnos mañana puntuales para la firma de libros ¿te parece?
- Eres un sol. - dijo Castle feliz ante la perspectiva de una tarde-noche enterita para dormir sin un bebé al que le gusta despertarse cada tres horas para asegurarse de que papi sigue ahí.
Tan absorto estaba él con esa feliz idea que no se fijó en que Alexis sonrió mientras también estaba sumida en sus propios pensamientos.
Unas horas después, ya en el hotel, Castle no estaba teniendo la noche que hubiese esperado. Durmió a ratos sí y a ratos no, despertándose de vez en cuando como para asegurarse de que todo seguía en calma, incluso una de las veces se levantó aturdido y caminó hacia donde debería estar su despacho, propinándose un golpe en la espinilla con un silloncito que había en una esquina de la habitación, antes de darse cuenta de que no estaba en casa. Y para colmo no tuvo ningún sueño erótico de los suyos, cosa que le hubiese tenido un rato entretenido.
Después de una noche no tan aprovechada como esperaba, por la mañana acudió puntual a la habitación de su hija, cosa poco común en él. Llamó a la puerta y se quedó pensando en el bufete del desayuno: la idea de comer todo lo que le apeteciese entre una variedad ingente de dulces y fiambres era lo que le había dado fuerzas para dejar de dar vueltas en la cama y levantarse... de repente oyó unos ruidos raros provenientes de la habitación.
- ¿Alexis? - preguntó a la puerta extrañado.
Oyó cómo si algo de cristal se rompiese y un grito agudo.
- ¡Alexis! - exclamó asustado.
El escritor no lo dudó un instante y cogió carrerilla para echar la puerta abajo y, para su sorpresa consiguió abrirla a la primera, aterrizando con el impulso sobre la moqueta de la habitación.
- ¡Alexis, hija, qué...! - Castle enmudeció al ver semejante escena delante de sus ojos:
Su hija, envolviéndose a toda prisa en una sábana para cubrir su lechosa piel, que contrastaba con sus mejillas sonrosadas, mientras que su acompañante, un joven larguirucho con pelo y barba oscuros, con ojos grandes y redondos por el susto de la interrupción, se agenciaba una almohada para taparse la entrepierna.
- ¡Papá! - exclamó la joven, como regañándole.
- ¡Alexis! - gritó él tapándose los ojos con las palmas de las manos.
- ¿No podrías haber llamado? - dijo ella.
- ¡Lo hice! - se explicó él avergonzado y nervioso, todavía tumbado la moqueta.
- Bueno, calma, ya no soy una niña. - dijo envolviéndose concienzudamente con la sábana- No he hecho nada que tu no hicieras a mi edad... o mucho antes.
- ¡Gñe! - se quejó Castle, levantándose mientras mantenía los ojos fuertemente cerrados - No me lo recuerdes, hija, no me lo recuerdes.
- Ho-Hola, Señor Castle. - dijo el joven ofreciéndole una mano mientras se sostenía la almohada con la otra y se ponía en pie. - No sé si se acordará de mí: Ashley. Ashley Linden.
El escritor, ya de pie, abrió un ojo y miró para encajar ese hombre de pelo hirsuto con el novio adolescente de su hija durante su último año de instituto, y que se fue a estudiar a Standford, a pocos kilómetros de L.A. Viéndolo con perspectiva, había sido el mejor novio que había tenido su hija, así que le dio la mano de buen humor.
- ¡Ah! ¡No te había reconocido!... ¡Cuánto has crecido! - se le ocurrió decir al escritor, intentando no mirar el reflejo de su trasero en un espejo del fondo de la habitación.
- Gra-gracias, señor. - dijo el joven, algo cohibido, como aquel adolescente que fue.
- ¿Qué es de tu vida? ¿Terminaste la carrera? - se le ocurrió preguntar, como si se lo hubiese encontrado por casualidad en mitad de la calle, y no en la cama con su hija.
- Sí, sí. Ahora estoy trabajando en una ONG aquí en L.A., aunque tengo varias ofertas para volver a Nueva York.
- Ah, me alegro, me alegro...
- ¡Papá! - dijo Alexis llamando la atención de su padre.
- ¿Qué, cielo? - dijo como si tal cosa
- Baja a desayunar, que ahora iré yo, ¿vale? - dijo cogiéndole el brazo y enseñándole el camino hacia la puerta.
- Ah, sí, claro, claro... ¡Encantado de volver a verte, Ashley! - dijo mientras su hija lo empujaba al pasillo
- Lo-lo mismo digo, señor. - se despidió el joven, levantando la mano que sujetaba la almohada, por suerte Castle ya no lo vio.
A Castle, que hasta hace media hora estaba ilusionado por el bufete, se le había quitado el hambre después de pillar a su hija en una variante de una postura del kamasutra que él no sabría nombrar. Siempre había presumido de ser un padre guay, pero había cosas sobre las que prefería correr un tupido velo, y la vida sexual de su hija era una de ellas. A pesar del contratiempo, ahí estaba, comiéndose un croissant de chocolate antes de que llegara su hija y se lo prohibiera.
La joven llegó implecablemente vestida con un traje de ejecutiva, peinada y maquillada como si no se hubiese pasado la noche cabalgando a Ashley, según la fértil imaginación Castle, quien tuvo que sacudir la cabeza para quitarse la imagen de la cabeza.
- Buenos días, papá. - saludó ella, como si lo que hubiese pasado hacía un rato no hubiese contado como 'saludo' matinal. Se inclinó y le besó en la mejilla.
- Buenos días, calabacita. - le correspondió él.
- Espero no haberte asustado. - le comentó ella mientras se sentaba a la mesa, en frente suyo.
- ¿Asustarme? ¡Qué va, hija! Soy un padre guay ¿recuerdas? - dijo llenándose la boca con el trozo de croissant que le quedaba.
- No me refería al sexo, papá...
Al oír la palabra 'sexo' Castle se atragantó con el dichoso croissant.
- Quiero decir que parecías asustado y supongo que por eso has entrado como un ariete echando la puerta abajo.
Pensar en 'arietes' no tranquilizó la tos del escritor, que tuvo que beber un poco de zumo para calmarse. Alexis lo observó esbozando una sonrisa, hasta que se recuperó.
- Nada, hija, no te preocupes. Lo tengo superado... ¿Podemos hablar de otra cosa?
- Ya veo que tienes todo 'superadísimo'. De acuerdo, no quiero incomodarte con mi vida sentimental.
Castle observó a su hija y no quiso que hubiera malentendidos.
- No es eso, cariño. Si necesitas hablar de tu vida sentimental aquí estoy, es sólo que... mejor dejar el sex... las relaciones íntimas para... la intimidad.
- Vale, papá, te lo agradezco. Pues la verdad es que retomé el contacto con Ashley hace unos meses, por internet. Me ha sido de gran ayuda, después del fiasco de mi última relación.
Castle se llevó el vaso de zumo a los labios mientas añadía:
- Bueno, hija, no le des más vueltas a lo de 'Pi'. - le animó él refiriéndose al hippie biólogo 'contador de abejas', dando gracias de que ya no estuviese en sus vidas.
- No me refería a eso, no. Me refería a mi... 'tórrida' relación con Hayley.
Castle escupió el zumo que se estaba bebiendo como si fuese un aspersor de jardín, arrugó las cejas sorprendido y se quedó mirando a su hija como si fuese un extraterrestre. ¿Dónde había estado él que no se había enterado de que su hija se había relacionado 'tórridamente' con otra mujer?
Alexis le sostuvo la mirada seriamente durante unos segundos, pero no pudo aguantarse mucho más tiempo.
- ¡Has picado! - dijo Alexis riéndose.
El 'no-tan-moderno' Richard Castle se limpió el zumo que le goteaba por la barbilla y volvió a recuperar el color después de que se diese cuenta de que era una broma de su hija.
- Ya veo que tengo un padre muy moderno. Pues espera a que Lily sea mayor, dentro de veinte años quien sabe dónde estarán los límites de la juventud... seguro que te sorprende con algo más transgresor.
Castle suspiró y rezó para que ni la etapa de motera rebelde de Kate ni su propia atípica adolescencia, que incluía una vaca lechera en la azotea del instituto y un record de expulsiones, estuviesen en los genes de la pequeña.
- Espero que sólo me sorprenda con cosas buenas... Por cierto ¿qué hora es en Nueva York? Yo creo que podría llamar a ver... - miró su reloj que mantenía con la hora de allí.
- No, no, no, no. - le cortó Alexis - Te necesito concentrado y sobre todo 'masculino' para la firma de libros y la entrevista. - le advirtió.
- ¿Cómo que 'masculino'?
- Sí. Resulta muy poco 'masculino' cuando te pones a llorar porque echas de menos a tu bebé.
- ¡Sólo fue un minuto de flaqueza!
- Estuviste encerrado en el servicio del avión veinte minutos, papá.
Castle se impacientó y miró su reloj a ver si se podían ir ya a la firma de libros para evitar esta lapidación. Estuvo tentado en defender su masculinidad de hombre moderno, cambiador de pañales, preparador de biberones nocturnos y esparcidor de polvos de talco, pero después de una noche poco reconfortante y sin desayunar se sentía espeso para derribar estereotipos sociales.
- ¿Podemos cambiar de tema? - dijo resignado.
- De acuerdo, ve pensando un buen tema mientras yo arraso con el bufet... Ya sabes el hambre que da el sexo. - dijo justo antes de levantarse y lanzarle una mirada que bien parecía un puñal.
Castle se volvió a poner pálido y suspiró incómodo. Definitivamente se le había quitado el hambre y definitivamente echaba de menos a su bebé. Se entretuvo mirando fotos en el movil, de su pequeña belleza de siete meses que ya enamoraba a la cámara. En cuanto vio con el rabillo del ojo que Alexis volvía, guardó el móvil para que no pisoteara su metrosexualidad.
La chica dejó cuidadosamente en la mesa un plato repleto de tortitas y otro con una montaña de huevos revueltos y bacon. Mientras su hija hacía otro viaje para traerse zumo y café, el escritor se quedó mirando con ojos redondos ambos platos pensando en qué clase de sexo te permite zamparte todo eso sin remordimientos de conciencia.
- ¿Y bien? - dijo la chica, ya de vuelta, al sentarse delante de toda la comida.
- ¿Y bien? - repitió su padre despistado.
- El super-tema libre de incomodidades paterno-filiales...
- Ah...
Castle tuvo que apartar de su cabeza a Ashley y superar su bajón al estar separado de Lily, así que el siguiente tema que se abrió paso en su cabeza fue: mi mujer es un ninja. No había querido comentar con nadie su fugaz encuentro con Beckett en la bodega secreta de 'The Old Haunt', ni con Ryan ni con Esposito y ni siquiera con Alexis. Todo le resultaba confuso y sobretodo peligroso.
Cuando recuperó la consciencia después de que su precavida Kate lo dejara K.O. se limitó a comentarles que lo habían golpeado antes de que le diese tiempo a ver quien era. Por la mirada que le echaron los polis seguramente que no le creyeron, pero le comprendieron y no lo atosigaron a preguntas. Ryan ni siquiera se molestó en mandar a los agentes para que buscaran pistas en el lugar, así que Kate seguía 'a salvo' en las sombras.
Él se había quedado en su papel de padre viudo, con la intranquilidad añadida de que según Beckett podría haber un traidor entre los que habían participado en lo de LokSat. Ya que Alexis había nombrado a una persona, no quería dejar pasar la oportunidad de preguntar sin levantar sospechas...
- Hay un tema que me ha venido a la cabeza, pero no se si te hará sentir incómoda a tí... - dijo Castle cuando Alexis tenía los carrillos llenos de huevos revueltos.
- Bueno, inténtalo, y si no me gusta, tranquilo, hay muchos psicólogos en Nueva York especializados en hijos traumatizados de artistas.
- Verás, has nombrado a Hayley. - La chica lo miró a los ojos levantando por primera vez la vista de su plato. - ¿Qué fue de ella? Cuando hace un año y pico salí del hospital sólo supe que ella ya no estaba.
Castle observó cómo su hija mayor se limpiaba los labios con la servilleta y hacía una pausa para buscar las palabras.
- Puedes pedir cambio de tema, si lo prefieres... - se apresuró a aclararle su padre.
- No. Está bien. Sabía que tarde o temprano preguntarías por ella.
Ambos se tomaron una pausa antes de transportarse mentalmente a hace unos quince meses, cuando Richard Castle estaba enchufado a una máquina que respiraba por él, y el pitido del latir de su corazón era la única música de fondo en la habitación... y en la cabeza de Alexis, que, con los ojos inyectados en sangre, no dejaba a su padre solo ni por el día ni por la noche.
A su lado apareció una mano sosteniendo un sandwich de máquina y un zumo. La pelirroja salió de su ensimismamiento y lo cogió mecánicamente, no dando muestras de querer comer. Hayley se sentó a su lado y se le quedó mirando con preocupación.
- Tu padre está en las mejores manos, cariño. Lo mejor que podrías hacer es comer algo y dormir unas horas. - le dijo su compañera de fatigas en la agencia de detectives.
- No puedo... Si despierta quiero que me vea y...
- ¿Y que te reconozca?
La chica asintió despacio con la cabeza dejando escapar una lágrima.
- Los médicos dijeron que no sabían hasta que punto le había afectado la falta de oxígeno, porque no sabían cuanto tiempo estuvo inconsciente, así que tampoco tenemos que ponernos en lo peor ¿verdad? - intentó razonar la británica.
- Es difícil no pensar en lo peor después de haber perdido a Beckett. - le susurró Alexis agotada y sin esperanza.
Ambas se quedaron en silencio abatidas. Hayley desesperada por intentar ayudar y sintiéndose impotente por su poca experiencia en relaciones familiares y Alexis pensado que, en el mejor de los casos, su padre se pondría bien y que tendría que superar la muerte de la única mujer a la que había amado más que a sí mismo.
- Lo dejo. - dijo Alexis.
Hayley no dijo nada pero la miró confusa.
- La agencia de detectives. - le explicó la pelirroja. La británica no dejó de mirarla. - Se acabó lo de hacer justicia, lo de jugar a ser Sherlock Holmes.
- ¿Por qué?
- No quiero hacer sufrir a nadie como estoy sufriendo yo ahora. - Le miró con ojos llorosos, la chica hablaba en serio. - No quiero ser yo quien está intubada luchando por vivir y que haya un hijo, un marido, o alguien que me quiera sufriendo lo que yo estoy sufriendo ahora. No quiero.
Hayley asintió. Ella misma reconocía que no era una vida fácil, sobretodo si tenías familia, no como ella, que desde hace años vagaba de ciudad en ciudad ganándose la vida con sus habilidades con las computadoras y las armas de fuego. Hasta ahora no había tenido problemas en estar sola, pero en unos meses se había acostumbrado a otro tipo de vida, uno en el que las personas eran más importantes que el vil metal. Lo que más iba a echar de menos era el calor que sentía en su corazón al trabajar con Alexis.
- No te preocupes. - dijo la británica con seriedad- Recogeré mis cosas y me iré.
La pelirroja se irguió.
- No, Hayley, no te estoy echando. Puedes seguir llevando la agencia... si tú quieres, claro.
El desapegado corazón de la caza-recompensas volvió a sentir ese calor indescriptible que la hizo sonreír y abrazar a la joven hija del escritor. Le susurró un 'gracias' al oído.
Alexis se quedó muda en el bufete, recordando ese momento en el hospital, mientras su padre le miraba mordisqueando una tira de bacon que le había robado disimuladamente a su hija.
- ¿Y ya no volviste a verla? - dijo el escritor con suavidad.
- Pasaron unos días, hasta que tú te despertaste y ella volvió al hospital...
Alexis volvió a recordar ese momento como si lo hubiese vivido hace unas horas. Estaba mirando a su padre dormir a través del cristal de la habitación de la UCI, con el sabor agridulce de saber que se había despertado, que se iba a recuperar perfectamente, pero que el pobre volvía a un mundo muy diferente del que casi se va. De hecho, después de darle la noticia de que Beckett ya no estaba junto a él, el médico tuvo que sedarlo para evitar que sus constantes vitales se alteraran.
La pelirroja no se dio cuenta de que Hayley se había acercado por el pasillo y que ahora estaba a su lado.
- ¡Ey! - dijo la británica para saludarle.
- ¡Hayley! - Alexis la abrazó con una sonrisa - Han dicho que se va ha poner bien ¿sabes? Parece que no le ha afectado al cerebro y...
Entonces se dio cuenta de que Hayley llevaba una maleta con ruedas en la mano y una bolsa de deporte colgada del hombro.
- Ya he leído tus mensajes. Me alegro muchísimo, Alexis. - dijo acariciándole el pelo como una hermana hubiese hecho.
- ¿Qué haces con equipaje?
La británica apretó los labios y dijo con tristeza:
- Me voy.
Alexis comprendió que no era por vacaciones.
- ¿Por qué? Ya te dije que podrías seguir en la agencia, hablaré con mi padre si quieres más porcentaje, a él le va a dar igual... - Hayley le interrumpió:
- Alexis, lo mejor es que cerréis la agencia. Ahora que sabes que se va a recuperar, tu padre va a necesitar que hagáis una piña en torno suyo. Necesita estar contigo y con tu abuela, distraedlo de lo que ha perdido, alejadlo de sus ideas detectivescas. Haced que vuelva a reconducir su vida, que se centre en su verdadero trabajo: sus libros... o al menos así pienso yo que lo querría Beckett.
La pelirroja se quedó pensando en las palabras que le había dicho mientras la veía alejarse con la maleta. Esa fue la última vez que supo de ella: ni más mensajes ni más llamadas desde entonces.
En el restaurante, Castle dejó de masticar la crujiente tira de bacon que le había robado a Alexis.
- Ese razonamiento... sí que suena muy 'de Beckett'. ¿Cuando dices que fue eso? - preguntó entornando los ojos.
- Pues... el día que despertaste: Siete días después del disparo.
Castle se quedó pensando y dijo casi para sí mismo: "Tiempo más que suficiente...". A Alexis no le pasaron desapercibidas sus palabras.
- ¿Suficiente para qué?
- Mmm... Nada. Estaba pensado en voz alta.
Tiempo suficiente para que Beckett fuera trasladada con sus heridas cauterizadas a donde quiera que se la llevaran y que se recuperara lo suficiente como para que contactara con Hayley y hacerle llegar a Alexis ese mensaje a través de ella... Y es más: Una ex agente de Scotland Yard que tiene experiencia en 'desaparecer' del mapa y que sabe como moverse en el lado oscuro, sería una buena candidata a compañera de Beckett en las sombras, razón por la que hubiese ido tan repentinamente.
Sin querer, el escritor se puso a pensar en el hecho de que dos mujeres tan fuertes y sobradamente preparadas compartiesen una lucha y le pareció muy sexy, y sin ser consciente le cambió la cara, deseoso de poder unirse a la lucha con ellas...
- ¡Esa es la expresión que tienes que poner hoy! - dijo Alexis señalándole con el tenedor.
- ¿Qué? - dijo él saliendo abruptamente de su imaginación, en la que ya estaban compartiendo mucho más que una lucha.
- Cara de 'símbolo masculino', de 'machote'. - dijo ella apretando el puño para dar énfasis a sus palabras- No la carita de 'echo de menos a mi bebé'.
A Castle se le volvió a cambiar la cara cuando le nombró a Lily.
La mañana se les dio bien en la librería "The Last Bookstore": Durante tres horas no dejó de firmar ejemplares de su último éxito "Heat Storm" y también algún que otro escote de vez en cuando. El dueño tuvo que cerrar una hora antes para que le diese tiempo a firmar a todas las personas de la cola.
Al finalizar, Castle se entretuvo mirando ejemplares raros de las estanterías mientras giraba su muñeca derecha en circulitos, para comprobar que no se la había dislocado, dejó de hacerlo cuando Alexis se acercó con una sonrisa de oreja a oreja.
- ¡Hemos batido un record de ventas! - le informó orgullosa.
- Sí, casi acaban conmigo. - dijo volviendo a girar la muñeca.
- Oh, vamos, no exageres, que sólo has tenido que ir firmando y girándote para hacerte selfies.
- Oye, que las firmas van con dedicatoria... - dijo él moviendo también el cuello acordándose de los contorsionismos para las dichosas fotos.
- Bueno, no te quejarás, también has firmado muchos escotes, creo que también ha sido un record.
- Gñe. - gruñó el.
- ¿Qué pasa?
- Que los escotes firmados deberían estar prohibidos cuando las admiradoras en cuestión tienen la edad de mi madre.
Alexis le golpeó en un brazo con el libro que llevaba en la mano.
- Auch
- No deberías decir esas cosas, son tus admiradoras más fieles, que te siguen desde que empezaste, y da la casualidad de que son quienes más compran libros en papel, así que firmarás donde te digan y punto.
- Sólo digo que podrían venir chicas jóvenes... - la mirada de Alexis fue heladora - ... mujeres, mujeres algo más jóvenes... sólo por ir captando a las nuevas generaciones y tener asegurado mi futuro como escritor.
- Tu futuro como escritor pasa por que yo ahora mismo no te haga picadillo, papá. - sentenció ella algo mosqueada antes de darse la vuelta y seguir con la agenda.
Castle se preguntó que rayos le pasaba.
A la hora de comer se escondió en el baño para tener una video conferencia con Lily, bueno, con la niñera, que pese ser una señora de mediana edad tenía una tablet último modelo. La pequeña pasó bastante de la imagen del cabezón de su padre hablándole por la pantalla y se centró en intentar llevarse a la boca una esquina de la tablet para mordisquearla, como hacía con todo lo que tenía al alcance de la mano. Cuando salió del baño se esforzó por poner una cara 'masculina' para que Alexis no le regañara, pero se la encontró poniendo mensajitos en el móvil y no le hizo caso.
Por la tarde se trasladaron en limusina a los estudios de grabación de un late-show, donde por la noche Castle fue entrevistado y también manoseado por una actriz de segunda que buscaba fama saltando de cama en cama y se pensaba que el escritor era el mismo juerguista que hace diez años.
Ya de madrugada, después de encontrarse con un nutrido grupo de fans que esperaba en la puerta de los estudios, que tuvieron que atravesar abriéndose paso a golpe de autógrafo y fotos con móviles, llegaron agotados a la limusina que les llevó de vuelta al hotel. En el trayecto del ascensor, Castle vio en la cara de Alexis y en la forma de contestar mensajes en el móvil mientras se le sonrojaban las mejillas, que seguramente Ashley le haría una visita nocturna. Se desearon buenas noches y se retiraron a sus habitaciones.
Castle tuvo el tiempo justo para descalzarse antes de echarse boca abajo encima de la cama, con ropa y todo, y negarse a moverse de ahí, de lo hecho polvo que estaba. Pronto entró en un estado de duermevela durante el cual todo lo acontecido en el intenso día se mezclaba en su cerebro como una película sin pies ni cabeza.
Por eso no se dio cuenta de una figura elegante que se levantó del sillón en la esquina de la habitación y se acercó lentamente hacia la cama mientras él era un blanco fácil e indefenso, completamente ajeno a lo que le esperaba.
En su confuso estado apenas notó que el colchón se hundiese ligeramente al lado suyo, y ni se inmutó cuando sintió calor en ese lado de su cuerpo. Lo que sí empezó a notar fue que volvía a sentir algo así como uno de sus sueños eróticos... una caricia en su nuca le hizo sonreír e izar la cejas con su mejilla apoyada en la almohada. Notó el calor reconfortante y familiar extendiéndose, ahora a su espalda. Movió su mano en un acto reflejo abrazando el calor que sentía y entonces se dio cuenta de que no estaba soñando y que tampoco estaba solo.
Sobresaltado y confuso, pensando que se le había colado en su habitación una ferviente y madura admiradora o la actriz de segunda esa, levantó la cabeza de la almohada y la giró. Aún no pudiendo ver nada en la oscuridad, pudo intuir su presencia y sus familiares movimientos: cómo se apretaba junto a su costado, abrazándole la espalda con su brazo, acariciándole las costillas con las yemas de los dedos; cómo hundía la nariz en su cuello, cómo se movía buscando con los labios la sensible piel detrás de sus orejas apretando sus pechos contra su espalda en el empeño... Entonces Castle se relajó dejando que ella lo mimara, para disfrutar de la intimidad de sus caricias y sus besos, sin más pretensiones... ¡Dios! ¡Había echado tanto de menos estos momentos que casi le dolía físicamente al recordarlo!
Cuando notó que la respiración de su compañera se aceleraba y que las caricias a través de la camisa le sabían a poco, se giró para ponerse boca arriba y se la encontró frente a frente: aunque no había luz, posó su mano sobre su cara y recorrió sus cincelados rasgos con los dedos, recibiendo un juguetón mordisco en uno de ellos, sólo para confirmar que era su esposa, la justiciera ninja, quien le estaba haciendo una inesperada visita nocturna.
- Kate... - dijo él con un hilo de voz, que, no obstante, recogía toda la sorpresa y la alegría del momento en su entonación.
Sintió que se le estaban saltando las lágrimas de la alegría y no pudo hacer otra cosa más que abrazarla y apretarla contra él, hundiendo ahora él su cara en su cuello. Ella rió y moldeó su cuerpo sobre el de su marido, también deseosa del calor de su piel. Ambos lograron un clímax psicológico con sólo disfrutar de este momento.
Muy despacio se separaron lo suficiente para buscar sus labios, al principio suavemente, unos sencillos piquitos, como si nunca se hubieran besado y tuvieran todo el tiempo del mundo para descubrir cómo hacerlo. Poco a poco se fueron transformando en caricias con la punta de la lengua y jugueteos con la carnosidad de los labios, disfrutando de los familiares soniditos y chasquidos que solían hacer. Hasta que finalmente, encendidos con ese pequeño contacto húmedo, cobraron protagonismo las eróticas embestidas con la lengua y los suaves mordiscos que les cortaban la respiración, expresando la fuerte necesidad carnal que estaba creciendo entre ambos y que pedía a gritos ser satisfecha.
Cuando la excitación de ambos era más que evidente, ella paró y se incorporó en la cama para desnudarlo. Castle ya se había olvidado que iba vestido y con sus ojos adaptados a la oscuridad pudo disfrutar de cómo Kate se esforzaba quitándole el pantalón con su ligera vestimenta: un sujetador con encaje conjuntado con medias y ligueros... y entonces se dio cuenta:
- ¡No llevas braguitas! - dijo entre sorprendido e ilusionado.
Ese era un simple detalle que Kate sabía que lo ponía a cien por hora en un segundo y sin escapatoria posible: era aquí y ahora. Y entonces Castle sintió su respiración agitarse y su boca secarse, mientras se recreaba en cómo su sensual esposa le quitaba la camisa sin perder la oportunidad de acariciarle, como sin querer, los pectorales.
Bien. Eso fue lo último que sintió controladamente. Lo siguiente que pasó fue que su instinto le hizo lanzarse encima de Kate, tumbarla en la cama y recorrer su escote con apasionados besos, donde encontró la familiar cicatriz de su esternón y otra nueva cerca de la clavícula derecha que no dudó en recorrer con sus labios y memorizarla, como garantía de que su mujer había sobrevivido a ella. Se lanzó a su cuello y, por costumbre, hizo el gesto de apartarle la melena, entonces, entusiasmado por la novedad del pelo corto besó su cuello hundiendo la nariz en su nuca e inspirando su añorado aroma.
Por fin tenía consigo a su escurridiza mujer ninja que se acomodaba debajo suyo, también deseosa de él, y así se lo hizo saber llevando una pierna al lateral y deslizando su mano por la espalda hacia zonas más bajas. Como a buen entendedor pocas palabras bastan, él completó el movimiento cogiéndole de los muslos y haciéndola suya en un glorioso instante que acompañaron con sendas exhalaciones y que en unos pocos pero intensísimos segundos descargó toda la energía acumulada en Castle, que no pudo hacer otra cosa que desfallecer encima de ella, intentándose apoyar sobre los codos con brazos temblorosos.
- Jopelines - dijo él en un susurro, lamentándose de lo rápido que había sido. - Dame... dame unos minutos y ya verás cómo...
La miró enfadado consigo mismo y vio como ella se estaba mordiendo la lengua y empezó a temblar... de la risa que se estaba aguantando.
- ¿"Jopelines"? - repitió ella evitando estallar en carcajadas por la infantil palabrota que su marido había utilizado para un momento tan adulto.
Castle se le quedó mirando embelesado por el brillo de sus ojos, tan intenso que se podía apreciar en la penumbra y llegó un momento en el que ella no pudo reprimir su risa, y entonces él se derritió al volverla oír, no importándole ya lo que la había encendido. Él la besó en la mejilla y se separó delicadamente de ella para quedarse recostados de lado, uno frente al otro mirándose a los ojos y memorizándose como si no quisieran olvidar este momento nunca.
- No sé qué te esperabas, después de tenerme tanto tiempo sin jugar ni un partido - explicó usando una metáfora deportiva - Es normal salir al campo y no rendir lo que se espera.
Kate le acarició la sien, peinándole con los dedos su rebelde pelo y acariciándole la cabeza, le preguntó extrañada:
- ¿Ni un partido?
- No. - dijo él rápidamente.
- ¿Ni siquiera... entrenamiento?
- Nada.
- Me refiero a entrenamiento... en solitario.
- Te he entendido, viciosilla. - le aclaró - No, nada de nada. Había perdido el interés en el juego. Completamente. Ni entrenamientos, ni calentamientos, ni tampoco ver jugar en la tele. Cero patatero. Lo único que me ha mantenido vivo ahí abajo ha sido la erótico encuentro que me obsequiaste hace cinco meses en 'nuestra suite' y que me sobresaltaba todas las noches y para colmo no me acuerdo exactamente lo que hicimos.
- Vaya... - dijo ella realmente sorprendida- ...ahora me sorprende que hayas aguantado tanto.
- Eu... - tanteó Castle - ¿acaso tu has jugado mucho por ahí estos meses?
Beckett se quedó mirándole, pensando en si torturarlo un poco diciéndole que sí o decirle la verdad.
- Bueno, aunque haya jugado algo... nada comparado con esa noche... - le miró con picardía - ... Y es una pena que no te acuerdes, porque estuviste muy bien... - Castle observó cómo las mejillas de su mujer se ruborizaban.
- ¿Ah sí? - dijo sonriendo inocentemente.
Kate levantó una ceja para confirmárselo y él sacó pecho vanagloriándose de cualquiera que fuese la proeza sexual que no recordaba. Ella seguía acariciándole la cabeza, como si necesitara el contacto con su piel más que nada en este mundo, Castle se dio cuenta y se acercó un poco más a su cuerpo, para poder abrazarla y que ella pudiese seguir torturándole con caricias en su sensible piel. Estuvieron unos minutos en silencio, sólo sintiendo sus respiraciones una frente a otra igual que sus cuerpos.
- Si lo pensamos fríamente... - dijo ella en un tono serio - ... lo lógico sería que el oficialmente viudo Richard Castle, después de más de un año de luto, tuviese algún... ligue.
- Bueno, yo voto por este juego de 'mi mujer ninja me asalta en la noche' y también al de 'el andrógino repartidor de FedEx tiene un paquete especial' - le susurró él.
- Me refería a que deberías salir con mujeres, Castle. Eso daría más credibilidad a lo que estoy haciendo, me daría más tranquilidad, para asegurarnos de no levantar sospechas...
- Espera, espera. - le interrumpió él - No tropezaré dos veces con la misma piedra. ¿Te refieres a salir? ¿O a fingir que salgo? ¿Y hasta que punto quieres que salga?
Beckett resopló dubitativa. Aunque pensado en frío era un razonamiento lógico, en el fondo no le gustaba nada.
- No lo sé. Sólo es una idea...
- Mala idea. Mala. - le cortó Castle - Yo tengo una mejor. - dijo acariciándole la espalda y desabrochando el cierre del sujetador hábilmente con una mano.
-¡Ups! - dijo el escritor como si hubiese sido sin querer...
Pero nada más lejos. Decidido como estaba, le quitó el sujetador lanzándolo por ahí y gruñó llevado por el deseo y por el juego que tenía en la cabeza.
Se lanzó encima suyo para besarle en la boca, Kate se abrazó a su cuello y entonces Castle se sentó en la cama, quedando ella sentada en sus muslos. En esa posición ella comprobó agradada que su marido había rebajado la tripita, lo cual le traía a la cabeza nuevas posturas.
Sentados así, Castle sólo tuvo que bajar un poco la cabeza para besarle los pechos, mientras los acariciaba suavemente con las manos. Kate, anhelante de sus caprichos y deseosa de complacerle, se dejó llevar apretándose contra él en cada movimiento y enredando sus dedos en el corto pelo de su nuca. En ese instante Castle paró y jadeando preguntó "¿De verdad quieres que haga esto a otra mujer?" y ella le replicó con urgencia "No. No. Sólo a mí.". La sonrisa juguetona del escritor le dio la pista de que esto no había acabado aquí.
Él deslizó la palma de la mano por su muslo, tropezándose con el encaje que remataba las medias y con el liguero que las sostenía, tiró de él con un dedo y chasqueó en la delicada piel de la ingle de Kate, que lejos de quejarse gimió excitada. Luego avanzó hasta su vello púbico y comprobando con suavidad pero insistencia que ella se encontraba perfectamente lubricada, paró y le preguntó "¿O era esto lo que quieres que haga con otra?" ella se abrazó a él con todas sus fuerzas y jadeó entrecortadamente. "No. Por Dios. No." Entonces el escritor continuó devorándole los pechos, haciendo hincapié en los duros y desafiantes pezones y a la vez jugueteando con su resbaladiza e hinchada vulva, buscando su pequeño tesoro. Ella no quiso esperar a lo que pudiese venir después y se dejó llevar cegada por el placer hasta un intenso orgasmo que, bajo ningún concepto, tampoco quería que su marido le provocara a otra mujer.
Kate, liberada y agotada, se dejó caer de espaldas en la cama. Castle, a cuatro patas, se acercó a su oído y le preguntó "Entonces, esto sí, ¿no?", a lo que ella respondió intentando recuperar su respiración normal "Ni hablar". Él gruñó fingiendo enfado y le mordió suavemente la oreja. Luego bajó hasta sus piernas y le quitó el liguero y las medias, para sorpresa de ella, que pensó que esto ya se había acabado.
Entonces, desnuda como estaba, Castle se levantó de la cama y quedándose de pie junto a ella cogió a su esposa de los tobillos y la arrastró delicadamente hasta que lo único que apoyaba ella en el colchón era la espalda, dejando buena parte de su apetecible culito sin apoyo. Él la sostenía con las piernas juntas y en lo alto, formando una 'L' con la espalda, escondiendo parte de su anatomía, a propósito, detrás de ellas. Kate se sentía deseada al verse observada por él y lujuriosa al saber estaba a su merced, sostenida por él y sintiendo el frescor del aire en sus nalgas.
Sosteniéndola firmemente por los tobillos, Castle le abrió poco las piernas, formando una 'V' dejando al descubierto lo que no había querido mostrarle hasta ahora: una magnífica erección que había crecido ajena a su conocimiento. Seguro que él se dio cuenta de cómo su respiración se estaba acelerando sólo con contemplarlo dispuesto para la acción.
"Esto seguro que tampoco, ¿eh?" dijo él mientras echaba al suelo una de las almohadas y se arrodillaba cómodamente en ella. Kate, deseosa de avanzar, apoyó sus gemelos en los hombros de su creativo marido, él soltó sus tobillos y bajó sus manos para sostenerla por sus atléticos glúteos, ella respiró entrecortadamente antes de contestar: "Jamás".
A continuación sintió cómo se deslizó dentro de ella, abriéndose paso despacio y contenidamente, sintiéndola en todo su ser, de una manera muy diferente a hacía un rato, cuando él, tan impaciente y deseoso de ella, no había podido contenerse. Ahora se estaba deleitando con su calor y su humedad, explorando su sexo con la misma delicadeza y curiosidad que si fuese la primera vez para ambos. La cara de Castle era un poema: intentaba mantener su masculina y seductora mirada para no sucumbir otra vez antes de tiempo.
Kate estaba a su merced y no podía tocarle, así que mientras él estaba super concentrado en hacer sus controladas embestidas, ella le acompañaba moviendo las caderas con suavidad, como queriéndole devolver la caricia. Lo cierto es que su marido sabía lo que le gustaba y, después del sexo explosivo que habían tenido, nada como esta suave baile para volver a encender las brasas que habían quedado.
Y pronto se volvió a sentir una diosa del sexo, con ganas de ir a por todas, y así se lo hizo saber gimiendo mientras se acariciaba a ella misma: los hombros, los pechos, la cintura... Castle la observaba jadeante queriendo ser él quien la acariciase; ella siguió deslizando sus manos por las caderas y después a su sexo, para darse placer a ella misma y fue cuando él cerró los ojos no queriendo ver más porque si no hubiese terminado ahí mismo, y no quería aún.
Kate se dio cuenta de su reacción y lo torturó aún más exagerando algún que otro gemido y Castle se aguantó las ganas de terminar girando la cabeza y mordiéndole la pierna, ella intensificó su movimiento de cadera para sentirlo más dentro de ella, él apretó los dientes mientras le marcaba las manos en los glúteos a puntito de terminar, Kate se carició como sólo ella sabía para disparar por fin su orgasmo, liberando sus músculos de toda la tensión contenida a ráfagas de placer, a la vez que Castle se rendía ante su propio climax y el temblor de todo su cuerpo se apoderaba de él.
Los latigazos de placer se fueron diluyendo y llegó el momento en que con mucho cuidado y haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, Castle se separó de su mujer y la empujó un poco para que descansara plácidamente en la cama. Ella se acurrucó sonriéndole con dulzura y mirándole a los ojos. Él, exhausto, hizo una valoración de si subirse a la cama o quedarse ahí, sentado en el suelo y apoyado en el colchón, admirándola a ella tumbada en la cama, como cuando celebraron su segundo aniversario, que también acabó in extremis.
Cuando Castle abrió los ojos a la mañana siguiente, se encontró a sí mismo apoyado en la cama en la última posición que se recordaba despierto, como Leonardo di Caprio en Titanic sin llegar a subirse a la tabla. Lo único que encontró fue el vacío colchón con la sábana ya fría y la sensación de que anoche cayó dormido fulminantemente antes de que pudiera decidir si subir a la cama o no.
Se levantó del suelo dolorido en muchos puntos de su cuerpo, sintiéndose desilusionado por no haber podido despedirse de Kate. Al menos esta vez no le había borrado la memoria, eso le animó y se dirigió al baño con una sonrisilla en la cara.
Mientras el escritor canturreaba en la ducha, un zumbido salió de un bolsillo de su maleta, pero él no llegó a escucharlo. En su mente sólo flotaba la idea de que si todos sus viajes a Los Ángeles iban a ser así tendría que pedirle a Alexis hacer giras de firmas mucho más a menudo.
FIN SEPTIEMBRE 2017
