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VII

A falta de Ignatius, Lucretia fulmina con la mirada la entrada de la biblioteca. Aún no ha nacido nadie capaz de dejarla con la palabra en la boca, y ese idiota no va a ser el primero. Por muy guapo que sea y muchos incendios en los que salga herido con tal de salvarla.

No.

Ignorando sus deberes, que se quedan abandonados en la mesa junto a los del joven, se pone en pie y sale a grandes zancadas de la biblioteca. Sabe que Ignatius ha salido del castillo porque es donde parece ir siempre que discute con ella –aunque nunca había tenido la última palabra, hasta ahora–, de modo que baja las escaleras a toda velocidad y se estremece al notar el aire helado en cuanto cruza las puertas del castillo. Merlín sabe lo friolera que es.

No le cuesta deducir adónde ha ido Ignatius. El joven debe de estar realmente enfadado; sus huellas se hunden profundamente en la nieve, y se dirigen, sin duda alguna, al campo de quidditch. Lucretia se pregunta si a ese descerebrado se le ocurrirá volar con el frío que hace, y aprieta el paso.

No obstante, las pisadas de Ignatius guían a la joven hasta la parte posterior de las gradas. Lucretia mira el suelo, pero ahí, el suelo no está cubierto de nieve, ya que las gradas están sobre ellas, de modo que no tiene la menor idea de a qué parte ha ido el joven.

Mordisqueándose el labio, la joven sube las escaleras y llega a las gradas. Mira alrededor, pero no ve a Ignatius. Sólo cuando está dando un segundo repaso al estadio descubre una cabeza rubia a unos cincuenta metros de ella. Ignatius también la ve a ella, porque se da la vuelta y desaparece por otras escaleras.

—¡Ignatius!—frustrada por ese comportamiento tan infantil, Lucretia echa a correr tras él, aun a riesgo de resbalarse. Patina cuando llega a las escaleras por las que el joven ha descendido y empieza a bajarlas.

Ignatius no se ha dado tanta prisa como ella, por lo que la joven lo alcanza cerca de la base de las escaleras. Se vuelve con desgana hacia ella, y algo en sus ojos hace que Lucretia se sienta intranquila en su presencia.

—¿Qué quieres ahora?

Lucretia respira hondo y baja dos escalones, de forma que sus ojos y los de Ignatius están a la misma altura.

—Que me digas de una vez qué te pasa conmigo, en lugar de andarte con tonterías. Que cualquiera diría que estás en primero, en lugar de séptimo.

Ignatius sacude la cabeza.

—Lo sabes. Pero prefieres hacer como si no.

Es la chispa que basta para que el interior de Lucretia estalle en llamas.

—¿Ves? ¡Eso es lo que me molesta! Que no eres capaz de decir las cosas claras, sólo sabes bailar y ser encantador y rescatar damas de incendios y hacer como si no hubieras querido besarme.

La boca de Ignatius se abre y sus labios forman una o completamente redonda.

—¿Qué?—Lucretia se muerde el labio, pero no dice nada—. Eres la que no lo menciona. Dijiste que no lo recordabas.

La joven se pregunta cómo diablos ha acabado cavando ella su propia tumba. Intenta salir del hoyo, sin embargo.

—No estábamos hablando de eso.

Por un momento, los ojos de Ignatius no reflejan ninguna emoción. Situado dos escalones por debajo de ella, con el rostro a la misma altura del de Lucretia, parece que le da exactamente igual lo que acaba de decir la joven.

Luego, Lucretia ve, en su mirada gris, cómo la máscara de impasibilidad y autocontrol se rompe, y da la impresión de que los ojos de Ignatius arden, con un fuego que se dirige directamente a los labios de Lucretia.

La muchacha tarda unos segundos en percatarse de que Ignatius Prewett está besándola como no pudo besarla en el invernadero. Nota las manos del joven, tan cálidas como sus labios, en su cintura, atrayéndola hacia sí, y rodea el cuello de Ignatius con los brazos, enredando los dedos en su pelo y sin oponer resistencia al ardor del beso, dejándose abrasar por él.

En algún momento el beso termina, y Lucretia se encuentra con más de la mitad de su peso apoyado en Ignatius.

—¿Hay que explicártelo todo?—murmura él.

Lucretia alarga una mano para acariciar la mejilla de Ignatius. El calor de su piel contrasta con el frío que los rodea; y a la joven, que desde que tiene uso de razón es la que más se pega a la chimenea en invierno, le encanta.

—No hace falta—responde, antes de besarlo y perderse de nuevo entre el incendio que es Ignatius.


Notas de la autora: No os quejaréis. Al final los he juntado antes de que arda Troya... (bueno, ha ardido el invernadero, pero eso no cuenta).

Y eso. ¿Reviews?