CAPITULO 7
Disclaimer: Derechos de autor de Misuki e Igarashi. Solo con fines de entretenimiento.
Terry se había ido de madrugada a Londres, después de dejar el recado para su esposa y haberse comido el último pedazo de pastel, probablemente no podría desayunar al llegar, así que eso lo mantendría durante el camino. Había tomado una decisión, las lecciones servían para hacernos aprender, y necesitaba finalizar todo aquello en calma. Se hospedaría en una de las propiedades de su padre en las afueras de Londres, donde sabía que sus medios hermanos jamás ponían un pie, y le daría tiempo además de escribir, de hablar con el abogado sobre la decisión que había tomado, era ahora o luego podrían haber más complicaciones.
Luego de llegar a Londres, se encaminó a la oficina de su abogado, era alguien diferente a los que trabajaban para su padre, y de los que el imperio Andley tenía a disposición de su familia; no quería que por alguna indiscreción, la familia Leegan o la tía abuela Elroy conociesen sus planes o las vueltas que daba su vida. Sería un escándalo cuando esto se colara pues nadie en ambas familias había tomado decisiones así, ni siquiera su padre, el poderoso duque de Grandchester, pero era hora de marcar un precedente y parece que él siempre tenía que romper brecha en tantas cosas.
El sencillo pero inteligente hombre que lo recibió era recomendado por George Johnson, que conociendo a Terry, no podía enviarlo con un pomposo abogado londinense, ni exponerlo a un petimetre que quisiese avalarse en trabajar para los Grandchester Andley, o vender su historia como abogado de estrellas.
Le debía tanto al buen George pensó, incluso lo consideraba un amigo, título que cuando lo mencionó al fiel administrador, lo rechazo diciéndole que el solo hacía su trabajo, y que jamás se atrevería a relacionarse de una manera tan personal con alguien de la familia, menos con el yerno del patriarca. Terry aún no asimilaba que su suegro fuera un hombre que le llevaba 10 años y a quien veía más como un trotamundos que como un impenetrable hombre de negocios.
Después de finalizar los trámites con el abogado, y pasar al banco, se dispuso a ir a la casa donde se hospedaría, ya no era inusual en las últimas semanas para los sirvientes, verlo ahí, llegar sin previo aviso.
Se encerró en el estudio, señal que no debía ser molestado. Sacó de su portafolio aquel cuaderno que se estaba convirtiendo en su compañero más fiel.
Cuando George dijo que saldríamos en un par de horas, no mentía, exactamente dos horas después estaba de regreso en el hotel, esperando por mí, para dejar Los Ángeles. Empezaba a comprender como Albert se movía por tantos lugares a la vez; ni siquiera terminé de empacar, tomé lo básico, me despedí de mi madre y le pedí que Mary recogiese cualquier cosa que hubiese olvidado. Realmente pasé ese tiempo buscando el dinero o alguna otra pista dejada por Karl. Solo con el periódico me había revelado mucho, aunque luego comprendí que George y yo habíamos visto dos cosas muy diferentes en aquel periódico.
Lo único que pude encontrar fueron cosas de Karl y las cartas que le pedí pusiese en el correo, nunca llegaron a Candy. Esperaba me entendiera cuando regresase, si conocía a mi mujercita, estaba hirviendo por decirme todo lo que pensaba por no haberle escrito en estos meses.
George no me llevó a Nueva York en tren como las personas comunes lo hacían, que bueno que solo empaqué lo básico. En lugar de ir a la estación de trenes, me llevó a un aeródromo. De acuerdo, en que debo regresar a Inglaterra, y que mi padre fue piloto, pero de aviones de guerra; y aun así el inventor se fue a estrellar, que me garantizaba que un avión americano pudiese llevarnos a través del país.
- George, no creo que esto sea buena idea.
- Señor Terruce, me temo que es la única forma de superar a los trenes.
- Pero no creo que podamos atravesar el país en esto.
- Así es señor Terruce, tomaremos 5 aviones para poder llegar a Nueva York, me temo que nos tomará casi 3 días, pero es mejor a lo días que haría el recorrido en tren.- lo dijo tan sereno como si fuese algo que hiciese todos los días.
Antes de que pudiese protestar nuevamente, estaba subiendo a un aeroplano que estaba ocupado por muchos paquetes y cuatro ocupantes, más el piloto. He de decir que fue muy bueno, no tener nada en mi estómago en los próximos días. George comía y bebía al descender de los aviones como si nada pasase, incluso tuvimos que aterrizar fuera del lugar señalado en el último tramo, y para él fue lo más placentero del mundo. Definitivamente ese hombre era una caja de sorpresas. Fuera de la turbulencia y los continuos cambios de avión en hangares improvisados, debo decir que el buen hombre intentó que yo estuviese lo más cómodo posible; y en todo momento me recordaba que debía llamar a Candy al llegar a Nueva York. Discutimos además sobre las fotografías que Karl había señalado en aquel periódico. Estaba molesto al reconocer a Tomas Spencer, que hacia ese tipo siguiendo a mi esposa; pero lo que más me molestaba era esa mujer a quien no esperaba ver en Stratford, siendo parte de la preparación de la gala en compañía de la dichosa Lady Cadawell.
Esas fueron mis primeras impresiones más sin embargo George vio algo más, la otra mujer que estaba en esa fotografía había pasado desapercibida para mí y probablemente también para Candy.
- George, tú conoces a una de esas mujeres y yo a la otra. Cómo crees que llegaron a coincidir siendo de estratos sociales tan diferentes; siendo que la primera nunca ve hacia otro lado que no sea su propia nariz.
- Es probable que la mujer que no aparece en la fotografía sea la impulsora de todo este conflicto.
- Siempre pensé que eran tontas, pero su estupidez rompe la estratosfera.
- Puedo proceder a informar y saber el siguiente paso si usted lo desea señor Terruce.
- No George, esta vez va por mi cuenta. Nadie va a volver a ponerme en riesgo y mucho menos a mi esposa.
- Algo que pueda hacer cuando lleguemos a Nueva York.
- Necesito si puedes apoyarme, en proteger mis cuentas en Nueva York, y de alguna manera en Inglaterra. Además que busques la ubicación de la mujer de quien sospechamos y no está en la fotografía, la relación de estas mujeres con Cadawell y Karl, y sobretodo, que encuentres la manera de hacerme llegar a Inglaterra lo más pronto posible.
- Lo primero ya está realizado, al llegar a Nueva York estará esperando un representante del banco que le entregará un número secreto que hará que su cuenta requiera además de su firma este número para transacciones arriba de $1,000; y lo mismo se hará cuando usted llegué a Inglaterra. He avisado ya a su banco en Londres que no puede nadie tocar su dinero hasta que usted no se presente.
- Y con lo siguiente
- Temo que esa persona está también en Inglaterra, estos son los momentos en que pongo en entredicho su decisión y la del señor Andley de que ustedes no tendrían servidumbre ni seguridad por parte de los Andley.
- No George, agradezco tu preocupación, pero no voy a permitir que otras personas interfieran en mi vida, eso no es negociable.
- Comprendo, aun así no debe preocuparse por la seguridad de la señora Candice, no se atreverá a tanto, pero si preocúpese por la suya. Con relación a su último pedido, me temo que tardará 10 días en llegar a Inglaterra, lo único que puedo hacer es ponerlo en un barco que lo llevará a Liverpool para que no tenga que desviarse hacia Stratford. Abran dos vehículos esperándolo, con una distancia de 70 millas. Así estaremos seguros que pueda hacer el trayecto a la mayor velocidad.
- Cómo voy a reconocer los vehículos
- No se preocupe señor Terruce, ellos lo reconocerán a usted
Habiendo llegado con el tiempo justo a Nueva York, solo pude revisar el número del banco, y abordar; no pude llamarle a Candice antes de iniciar los últimos 10 días de mi recorrido de regreso a casa. Durante el camino traté de pensar cómo abordar la situación, ahora los Spencer con aquella otra mujer comenzaban a tener sentido. Traté de permanecer en mi camarote, ya que al subir no había tenido cuidado y más de alguna jovencita estaba a la caza de un autógrafo. No tenía problema en firmar libretas, pero dada mi última experiencia en Hollywood, no quería tener ninguna situación que pudiese dar lugar a otro escándalo o habladuría.
Mi otro pensamiento fue mi pecosa, no volvería a irme tanto tiempo de su lado, ni por el mejor contrato del mundo o ella tendría que ir a mi lado, no solo habían personas que estaban siempre personas dispuestas a entrometerse entre nosotros, también era imposible para mí estar lejos de la calidez y ternura de mi esposa. Extrañaba a mi cómplice, a mi amiga, y a mi amante; extrañaba sus muecas, sus pecas, su sonrisa, embromarla, encontrarla con sus flores. Y tenía que admitirlo extrañaba sus besos, su pasión, el sentirla en toda mi piel. Debía alejar estas imágenes de mi cabeza, antes que mi cuerpo despertara, no quería que la distancia se volviese más dura; enfocarme en lo que podría encontrar al regresar a Inglaterra y revisar el guión de Hamlet para mi presentación en el Memorial Theatre, debería ser lo único que mi cerebro debía enfocar durante la travesía en barco.
Los días pasaron afortunadamente sin ningún otro contratiempo, y tal como George lo dijo un vehículo se encontraba esperándome, y otro hizo el relevo a la mitad del camino. Estaba en Stratford Upon Avon con tiempo suficiente para averiguar que sucedía, y prepararme para la gala. Hervía en deseos de ver a mi esposa, de prevenirla sobre aquellas personas que estaban detrás de nosotros, sabría que estaría molesta por no haberme comunicado con ella, pero llevaba las pruebas de mi inocencia en las cartas que Karl nunca puso en el correo, y si no quedaba la mirada Grandchester, a la cual sabía no se podría resistir. Sí ya sé que se soy un arrogante, pero me conozco y conozco a la pecosa; así como ella sabe proceder con la indiferencia Andley cuando quiere tenerme a sus pies.
Entré a la casa rápidamente, pero al ser domingo los sirvientes estaban en su día de descanso, y probablemente Candy estaba en la iglesia. Tiré mis cosas en el salón, cuando escuche que alguien se aproximaba a la entrada, nada me preparó para lo que escuche.
- Señor Spencer, era la voz de Candy. Le sucedió algo a Rose.
- Candice, no puede un caballero saludar a una hermosa mujer en un día como este.
- Señor Spencer, que tenga un buen día.
Candy entró al jardín de la casa, vi a Spencer que tiraba de ella, mientras mi mujer trataba de soltarse, y solo la escuché gritar.
- Suélteme,- fue todo lo que alcanzó a decir.
Solo pude decirle a ese desgraciado.
- La dama dijo que la soltaras.
Tiré al idiota del cuello para que soltara a mi mujer, nadie tocaba a mi esposa, mucho menos contra su voluntad; comencé a golpearlo, mis puños no respondían a mi cerebro, respondían a la necesidad de descargar mi furia y frustración en aquel idiota que me dio problemas desde mi primer día en Eton gracias a la recomendación de su tía, y su ponzoñosa familia. El tipejo comenzó a gritar algo entre más lo golpeaba, ni siquiera recordaba que era lo que había dicho, lo único que mi cerebro procesaba era que si no hubiese llegado en ese momento pudo haber abusado de mi mujer, las manos comenzaron a dolerme pero no podía parar. De repente percibí que se quedaba sin aire, y sentí las manos de Candy sobre mí diciéndome:
- Está mintiendo, detente vas a matarlo.
Paré no porque entendiese lo que me estaba diciendo, o porque aquel idiota se lo mereciera; pero temía lastimarla si se colocaba en medio; lo siguiente que mi mente proceso fue a Candy arrastrándome hacia el salón de la casa, y su chal secándome la sangre que tenía en las manos. No sabía si era mi sangre o la de Spencer, o ambas. Comencé a ver la preocupación en el rostro de Candy, la había asustado; vi alrededor y observé unos botones similares a los que se usaban de reconocimiento en Estados Unidos, habían cientos cubriendo las mesas del salón; no sé porque en ese momento salió de mi boca:
- Veo que has estado ocupada en mi ausencia.
Candy me miró con rabia, soltó su chal y corrió a la segunda planta; me quedé sentado sin saber que había dicho para se molestase tanto, regresó corriendo para tirarme algo en las piernas.
- Me puedes decir, en que has estado ocupado tú, y no se suponía que estaría aquí en dos semanas.
Perfecto… vi lo que ella traía, eran las infames fotografías de la noche de la intoxicación en Hollywood; era lo último que yo esperaba, me estaba acusando después de no haberme visto en meses, después de haberla rescatado de ese idiota. Traté de conservar la frialdad en la sangre pero no lo estaba logrando. Acaso ella creía que le había sido infiel con esa actriz, ni siquiera entendía como ella tenía esos recortes. Decidí levantarme para jugar yo también mi carta, si ella quería ver pruebas, yo tenía las mías.
Fui por mi maleta y saque el periódico que Karl me había dejado, yo estuve enfermo por culpa de terceros, y ella estaba celosa. De acuerdo, entonces que me explicara cómo no pudo darse cuenta quien estaba en esa reunión y que hacia Spencer tomándola de las manos. Le tiré el periódico tal como ella había hecho con las fotografías esperando su reacción.
- No tienes derecho a reclamar nada, mientras yo estuve trabajando, tú estabas emborrachándote y dejando que te humillaran en Hollywood.- sus palabras me hirieron.
De acuerdo, eso era lo último; para ella yo estaba emborrachándome en Hollywood, probablemente pensaba que estaba con esa actriz, acaso no confiaba en mí, tenía que huir de ahí antes que mi temperamento me ganara y pudiese decir algo que lastimara más. La tomé de los hombros y le dije:
- Veo que no eres capaz de ver nada, y que lo más importante, no confías en mí. Te sugiero veas bien esas fotografías, y no te preocupes, no te molestaré con mi humillante presencia en la casa. Regresaré tres días antes de la reinauguración para cumplir con mis compromisos profesionales, solo te pido que le pidas a la señora Jones que arregle la habitación de invitados y que deje ahí mis trajes.
Ella se quedó parada en el salón, mientras yo tomaba la maleta y me dirigí a mi vehículo. Terruce Grandchester, no había recorrido la tercera parte del planeta, para que su mujer le reclamase sin dejarle explicar mientras ella había estado entretenida con Rose Cadawell y sus amistades. Si luego de tantos años de conocernos Candice no había entendido que jamás permitiría que alguien más que yo se le acercase, y que yo no permitiría que ninguna actriz de quinta interfiriera entre nosotros era porque estos años de matrimonio no habían servido de nada. Escuché mi nombre a lo lejos pero que ni crea que voy a quedarme para que siga acusándome, mientras ella ha pasado estos días haciendo listones y jugando a las joyas con su nueva amiga.
Comencé a manejar a toda velocidad, no podía parar, hasta que me di cuenta que me había salido del camino. Me bajé del vehículo y por primera vez en años, quería un cigarrillo. Tenía que calmarme si no quería agregar a tantos problemas un accidente o quedarme varado a medio camino; así que espere a calmarme y reconduje el vehículo camino a Londres. Era ahí donde estaban las respuestas que buscaba.
Llegué a Londres y decidí buscar un pequeño hotel, no tenía deseos de explicarle a mi padre que hacía ahí un domingo cualquiera, con evidentes signos de cansancio y mi humor de adolescente triplicado. Tenía que asearme y prepararme para lo que me esperaba al día siguiente.
Al amanecer me alisté para comenzar el día comenzando por la lista de cosas que haría durante la semana que pensaba quedarme en Londres. Lo primero era localizar donde estaba esa mujer y sus cómplices; lo segundo hablar con George para saber que había averiguado y cuáles eran los pasos para proteger mis cuentas en Londres; tendría que hablar con mi padre aunque no quisiese, también hablaría con mi madre, ella no había tenido noticias desde mi partida de Hollywood; y luego de eso, lo más importante, visitar a aquella familia que había sido mi pesadilla durante tantos años.
Me dirigí a las oficinas de mi padre en el Parlamento, estaría desayunando con sus asistentes para iniciar las reuniones del día, y conocer que sucedía en los periódicos del país; por un momento dude, que pasaba si en lugar de los cambios en los comodities de Europa mi padre estaba viendo mi fotografía semidesnudo en Hollywood. Tenía que calmarme, ningún periódico en Londres se atrevería a ir contra la casa de Grandchester, aunque podría ser que estaban prontos a mostrarle a mi padre las fotografías.
Fui recibido por mi padre un poco extrañado por verme ahí un día lunes tan temprano, pero contento que estuviese visitándolo. No podía describir completamente el cambio de expresiones en el siempre adusto rostro del duque de Grandchester; pasó de la incredulidad, a la rabia, la indignación, la conmiseración, la furia, la resolución. Al terminar de contarle todo lo que sucedió en resumen, puse ante él dos cosas; uno, las bochornosas fotos de Hollywood; dos, las fotos de la reunión en Stratford Upon Avon.
El rostro de mi padre no expresó ninguna emoción. Tomó ambos periódicos, les dio un vistazo, y se levantó para luego dar una vuelta alrededor de la sala donde nos encontrábamos.
- Terruce, - dijo el duque de Grandchester con solemnidad. No voy a negarte que me duele que mi nuera fuese tan descuidada con las joyas que te di como herencia y que como sabes son de las pocas no ligadas al ducado y que le pertenecerían a tus dos hermanos o que no le haya dado a tu hermana Caroline como mi única hija; sin embargo, lo que realmente me molesta es la ingenuidad y poca cabeza de ustedes dos que siguen actuando como niños cuando ya son adultos. Y no me mires de esa manera, porque aunque Candice fue quien perdió las joyas, tú fuiste el que contrataste a un hombre de quien no tenías referencias para que fuese tu sombra en un lugar donde nunca habías estado teniendo a tu disposición personal de la casa Grandchester o de los Andley.
- Padre, usted sabe mi postura…
- Déjame terminar. Tu postura puede haberte convertido en una estrella del teatro y a tu esposa en una eficiente enfermera, pero aunque a ustedes les cueste aceptarlo son un Grandchester y una Andley, por lo tanto su vida nunca será como la de cualquier hijo de pueblo. No te estoy diciendo que te unas al parlamento y Candice se convierta en la matriarca Andley, pero al menos deberían tratar de contar con el señor William y conmigo para asesorarlos. Si ambos hubiesen hablado desde un principio entre ustedes, y conmigo o con William, muchas cosas pudieron evitarse.
- Lo siento padre…
- No lo sientas, simplemente trata de ver tu entorno antes de tomar una decisión. Te dejaste llevar por tu esposa y tu madre en esto, sin estar preparado; y el buen corazón de Candice no ayudó mucho frente a esas víboras. Ahora sabes lo que puede suceder, si no toman las decisiones adecuadas; sé que pueden recuperarse las joyas, detener esto antes de que llegue a Inglaterra. Lo que no estoy seguro si puede detenerse es la grieta que se está abriendo entre Candice y tú cuando esto termine.
- No hay ninguna grieta entre Candice y yo, solo tuvimos una discusión.
- No lo veo así Terruce, pero en este momento concentrémonos en lo que debe hacerse para detener a estas tontas mujeres y a Spencer.
- Ese idiota debe tener demasiadas costillas rotas para atreverse a acercarse a mi mujer nuevamente.
- Definitivamente Candice debe amarte demasiado para soportarte, pero tienes razón no se atreverá a acercarse.
- Dime donde esta esa mujer y la pondré en su sitio junto con sus cómplices.
- Deja de actuar como un adolescente atolondrado y pensemos bien lo que harás.
Tenía que darle la razón a mi padre, no era de llegar donde ella y reclamarle como un chiquillo. Tenía que asegurarme que todo estuviese en su lugar y que sus cómplices también corrieran con la misma suerte, además de los secuaces en Stratford.
Regresé al hotel por mis cosas para instalarme en el lugar donde mi padre me sugirió que me permitiría tener todo a disposición, y a la vez, mantenerme en las sombras por unos días. Lo primero fue ir al banco para asegurarme que todo estuviese en su lugar, y tal como George lo había dicho nadie podía mover mi cuenta hasta que yo no regresase a Londres. Me informaron también que una mujer que se hizo pasar por mi esposa trató de retirar una fuerte cantidad, pero no pudo probar su identidad, ya que George ya había advertido sobre el desfalco en los Estados Unidos. Era imposible que hubiese sido Candice, jamás había retirado dinero en mi nombre.
Lo siguiente fue enviar notas de invitación al castillo Grandchester, donde mi padre y yo teníamos asuntos pendientes. Luego, me comunique con George, para saber que informes tenía sobre el proceso a Karl, y sobre las pistas de la mujer que no estuvo en Stratford pero a quien suponíamos la cabeza de este enredo. Lo que sabía era que Karl sería juzgado por traición en Alemania donde ya había sido embarcado; de la justicia americana no podíamos esperar mucho pues lo único que teníamos era la sospecha del desfalco, el testimonio de un fotógrafo comprado por Karl que según George no hacía más que llorar y decir que a él solo le pagaron por las fotografías.
Debía reconocer que un juicio por traición a la patria significaría para Karl el fusilamiento o la horca, probablemente la horca pues el derecho a ser fusilado y no prolongar la muerte era dado generalmente a militares o personas de altos cargos, lo que me producía escalofríos de imaginarlo. Tenía que reconocer que el tipo tenía agallas para demostrar entereza en estos momentos.
Necesitaba pensar que haría para recuperar el dinero que había perdido, sabía que podía recuperarme haciendo otro tipo de interpretaciones como pasar la temporada de invierno en Broadway donde siempre habría contratos, o pensar en el cine en Europa, porque a Hollywood no pensaba volver en mucho tiempo.
Mi antiguo asistente no había querido revelar nada sobre quien lo había contratado, y en la habitación del hotel solo se encontraron $10,000 más; lo que significaba que de los $50,000 solo recuperaría menos de $25,000, había cosas que dolían más que perder ese dinero como el hecho de que mi esposa estuviese más preocupada por los periódicos que por lo que había sucedido al llegar a la casa, cuando pensé que estaría feliz de verme. Pensaba dormir esa noche en mi cama, y terminé recorriendo 144 kms. más para dormir en un pequeño hotel lleno de ruidos.
Mi padre tenía razón en algo, una grieta se había abierto entre Candy y yo; jamás, ni en los años de la adolescencia, cuando nuestro nerviosismo le ganaba a la lógica, nos habíamos tratado de la manera como lo habíamos hecho. Esperaba poder hablar las cosas al regresar, pero prefería quedarme el mayor tiempo posible en Londres, tenía que admitir que estaba resentido con Candice, y dado mi carácter era difícil no responder con algo peor en mi enojo.
Más de una semana después cuatro mujeres esperaban en una de las salas de té del castillo Grandchester, recibiendo las cuatro la misma nota:
He sido informado por terceras personas de la escandalosa conducta de mi hijo Terruce y su esposa Candice, siendo referido por mis informantes a su persona como la responsable que me ha abierto los ojos ante la verdadera naturaleza de Terruce; por lo que deseo entrevistarme con usted para que me verifique esta información.
Su excelencia Lord Richard de Grandchester.
Una aristócrata, una heredera, una dama de compañía, y la hija de una de ellas eran las mujeres que se encontraban reunidas. Habían sido informadas que su excelencia las acompañaría en un momento para tomar el té con ellas, y rogaba le disculpasen pues asuntos de gravedad en el parlamento lo habían retrasado, pero ansiaba discutir la bochornosa situación de la que había sido informado.
- Esto ha salido mejor de lo planeado, - se escuchó a la mujer mayor decir con ánimo alegre.
- Es una lástima que Spencer no haya logrado asustar lo suficiente a esa tonta, o al menos haberla comprometido. – continuó la heredera.
- No digas eso, sea lo que ella sea; debe ser horrible ser comprometida. – defendió la más joven.
- Señorita, - intervino la dama de compañía. Usted porque es una dama de cuna noble, pero las mujeres como ella no tienen su sensible naturaleza.
- Es por eso que me cortaste con aquel cuchillo, no creas que lo he olvidado. – le recriminó la mujer mayor.
- Mi lady, teníamos un trato y su exabrupto estuvo a punto de echar a perder las cosas, tenía que tomar acciones. Si no lo hubiese hecho usted se hubiese presentado ante Candy como la duquesa de Grandchester y todo se hubiese arruinado.
- Después de esto, intervino la heredera. Hemos de asegurarnos que ambos sean desacreditados, él a través de esas fotografías y ella no requerirá mucho, lo más seguro es que él con lo celoso que es la repudie.
- Seré feliz de ver a ese bastardo en la calle, sin nadie que lo contrate, desheredado, y separado de esa mujer. No me extrañaría que después de esto terminé sus días en una acera alcoholizado.
- Aún puede volver a Broadway, indicó la dama de compañía.
- No lo hará, siempre hay forma de desacreditarlo en Nueva York, no como lo hicimos hasta ahora, pero podemos hacer que no pueda cumplir con sus compromisos. Nadie se escandalizaría en Nueva York por alcohol o mujeres, pero la élite neoyorkina no soportaría la irresponsabilidad de la estrella principal de cualquier espectáculo.
- No creen que con alejarlo de Inglaterra sería suficiente, realmente no nos ha hecho mayor daño. Es cierto que es un arrogante de origen dudoso pero tanto como acabar con él, siento que es demasiado.- se escuchó decir a la menor de aquellas mujeres.
- Calla niña tonta, es poco lo que hemos hecho a él y a ese deshonrosa mujer, solo su existencia ya es un insulto, él te quitó lo que te correspondía. Aunque es más listo de lo que pensé, y esos periodistas americanos que no pudieron extender más la noticia. En Inglaterra será diferente, ningún periódico aceptaría publicar algo sin vérselas con el duque de Grandchester; pero las secciones de rumores de las revistas lo harán, la sociedad londinense lo repudiará, y a su mujer; por lo que le guste o no al duque tendrá que despreciarlo públicamente, y si jugabas bien nuestras cartas los Andley también dejarán de involucrarse.
La puerta se abrió para que el mayordomo, dijese:
- Su excelencia, el…
Entré con los emblemas de mi padre en la solapa del saco ante la mirada atónita de aquellas mujeres, para proceder a saludarlas.
- Duquesa Margaret Spencer de Grandchester, Lady Caroline Grandchester, señorita Elisa Leegan, y señorita Mary Dawson, saludos damas.
No me alcanzaría el tiempo para describir las expresiones en los rostros de aquellas cuatro mujeres que se encontraban en el salón de té del castillo Grandchester; había escuchado todo lo que habían hablado. Sus caras pasaban en el orden que se encontraban de desprecio, miedo, desdén, pánico.
- Creo que he expresado el saludo adecuado para tan distinguidas damas y espero que lo recuerden porque será la última vez que lo escuchen de mi boca. Desde este momento pueden prepararse para recibir no más que improperios de mi boca, tanto en lo privado como en lo público. Si no tuve reparos en escupir a una de ustedes y gritarle a otra durante mi adolescencia no tendré ningún reparo en hacerlo públicamente ahora que soy adulto; y no solo eso, tengo suficientes pruebas para llevarlas a juicio por difamación, robo, e intento de asesinato; así que o veo las joyas y firman el documento que llevo conmigo o prepárense para las consecuencias.
- No tienes pruebas bastardo
- Mi querida madrastra cara de cerdo, créame que aun un bastardo piensa las cosas antes de hablar. Karl ha negociado el evitar la horca que le espera en Alemania por dar unos nombres, y el servicio para el que fue contratado, de no hacerlo iría directo al patíbulo al llegar a Berlín; el tipo no es tonto y su vida no vale, como fueron sus palabras: No valía perder la vida por proteger a una amante de arrabal y a unas brujas adineradas. Me pregunto a quien se refería.
No fue necesario que alguien contestara pues en ese momento Mary, la dama de compañía de Elisa caía desmayada sin que a ninguna de las mujeres ahí presentes hiciese nada por ayudarla. Suelo ser un caballero, pero no me importaba en ese momento si se tiraba por la ventana del castillo o se arrancaba los ojos con sus propias manos. Karl era un tipo listo, y aunque en un principio no quiso delatar a sus contratantes, por ese extraño orgullo que el tipo tiene hacia la calidad de su "trabajo"; al enterarse que no habría forma de escapar y que el juicio ya le había sido realizado en su ausencia, mi padre negoció con el gobierno alemán, el cambiar su pena de la horca a cárcel de por vida por la información que nos permitiera probar la culpabilidad de estas mujeres y ponerlas lejos de Candice y de mí.
Aunque no me gustase hacer cosas que dependieran de mi padre o de Albert, esta vez sabía que eran los únicos con las influencias suficientes para apoyarme en esto, y para detener a Candice si quisiese intervenir. Conozco a mi esposa y lo más seguro era que perdonase a todas esas mujeres, especialmente a su prima Elisa, a pesar de todo lo que le ha hecho; y a mi hermana, por su juventud, pero esta vez no dejaré cabos sueltos.
- Terruce, es la palabra de un ladrón contra la de tres damas de alcurnia; en último caso puedo decir que fuimos engañadas por mi dama de compañía y su amante. – respondió con su arrogancia habitual Elisa.
- Eres tan tonta Elisa, para olvidar que tú y la señora duquesa intercambiaron cartas con Karl y con Lady Cadawell antes de mi viaje; además de las cartas de Mary a Karl. Su ansiedad por acabar conmigo las hizo cometer muchos errores.
- No tienes pruebas, insistió la mujer.
- Puedes ver por ti misma.
Desplegué a sus ojos el telegrama de la guardia alemana, donde comunicaban que el presidiario Karl Weber había testificado y enviarían posteriormente las pruebas de su participación y sus cómplices.
La cara de aquellas mujeres fue de espanto, pasando de la incredulidad y la arrogancia a la desazón y el aturdimiento.
- Terrence, - habló con voz ahogada mi hermana Caroline. – somos tu familia, harías mucho daño a padre si haces esto público.
- Caroline, Caroline… si la memoria no me falla jamás he sido considerado por ustedes familia, tampoco mi esposa. Yo soy el bastardo reconocido, que se convirtió en un indecente actor; mientras mi esposa no era digna de pertenecer a su círculo por ser adoptada, a pesar de ser una de las herederas más grandes de Estados Unidos, a diferencia de la señorita Leegan que solo es un pariente advenedizo; así que no me hables de familia porque nunca la he tenido.
- Pero Terruce… qué piensa hacer, - gritó Caroline.
- Me alegra Caroline, que a pesar de no creer mucho en la capacidad de tu cerebro, me hayas probado que en contra de mis creencias, pareces ser la única en hacer una pregunta coherente y esencial.- no me iba a tragar el veneno esta vez, fuese mi hermana o no.
Deberán devolver los zafiros, que pertenecen a la rama Salfok de la casa de Grandchester, mi anillo, y firmar este documento en el que aceptan que de sucederme algo a mí, a mi esposa o descendientes, ustedes son las principales sospechosas en una investigación; además de su firma en el intento de difamación de mi persona.
- Estás loco si crees que firmaremos algo de eso, replicó la cara de cerdo. No sé en qué pensaba el duque cuando te trajo a Inglaterra, debió dejarte con la americana esa que es tu madre, y solo llamar hijos a quienes llevan la verdadera y legítima sangre de los Grandchester; pero no bastándole con eso, te cedió uno de sus títulos menores en vida, luego de haberte convertido en un indecente actor de teatro; y tu enlodando nuestro apellido, pues además al recibir el título no solo seguiste con eso que llamas profesión, sino que esa mujer con la que te casaste, sigue trabajando como enfermera, sin otra necesidad más que escandalizar y hacer su capricho. Ni creas que voy a descansar hasta verte hundido, después de tantos años de humillación, de tener que soportar al bastardo de mi marido. Esas joyas le pertenecen a Caroline, como una verdadera Grandchester, como parte de su dote, al igual que las propiedades no ligadas al ducado.
- Me temo que eso no será posible, no creo que a Caroline le convenga una demanda por usurpación de unas joyas que no están ligadas al ducado para su presentación en la temporada de caza de maridos; y lamento, que las cualidades que Caroline debe tener sean desplazadas por lo que una buena dote debe aportar a otra familia sin escrúpulos, para pagar deudas de juego o malos negocios; pero que podría esperar de ustedes.
- No te atreverías…
- Pruébeme… y Elisa no creas que estarás libre de esto; aunque la tía abuela siempre ha estado en contra de nuestras decisiones, le desagradara enterarse que su sobrina, vino a Inglaterra a ponerse en contacto con la duquesa de Grandchester para difamar y dañar a la hija y yerno del patriarca; en lugar de estar pescando un marido que requiera los fidecomisos de los Legan.
- Sabes que no puedes tocarme. – refirió Elisa con su siempre cansante arrogancia.
- Tienes razón, yo no te tocaría ni con un tronco, pero tu tío William ha dado órdenes de que seas llevada a Estados Unidos para de ahí partir a una de las propiedades Andley en Montana, donde te quedarás hasta que mi suegro decida que hará contigo y tu fidecomiso; en caso, quieras correr donde tu padre, créeme que sus negocios con los Andley serán más importantes para él que los caprichos de su solterona hija.
Antes que ninguno pudiese decir nada más, la puerta se volvió a abrir dando paso al duque de Grandchester que había estado escuchando desde la habitación contigua. Como siempre mi padre entró con aquel grado de solemnidad y arrogancia, que hacía temblar en el parlamento hasta a sus más arduos contrincantes políticos.
- Es suficiente Terruce; Caroline entrégame las joyas.
- Richard no puedes permitir esto, - gritó histérica la duquesa.
- Margaret, si no firmas, personalmente me encargaré que tengas que ir a un juicio, aunque no seas condenada, pero me encargaré que tengas que pasar la humillación pública de tener que escuchar del abogado de Terruce las razones que te llevaron a esto. Además de firmar, ni creas que permitiré que sigas intentando desquitarte de Terruce o de su esposa; te irás a la finca de Glastonbury para que la compañía de las ovejas te haga pensar un poco si acaso puedes hacerlo; volverás en dos años para la presentación en sociedad de Caroline, si acaso tu conducta es la apropiada para una duquesa en esos años. En cuanto a ti Caroline, irás a un internado mientras tanto, y como con 17 años eres demasiado mayor para un internado regular, la hermana Grey y las otras monjas del San Pablo estarán felices de recibirte nuevamente, ya que al parecer no completaste tu educación.
- Padre…
- En cuanto a la señorita Leegan y la señora Mary, lamentablemente será el señor Andley quien deberá responsabilizarse por ustedes, de haber estado en mis manos me habría encargado que conocieran la amabilidad de las cárceles para mujeres en Inglaterra; a fin de cuentas ninguna de las dos es noble, por lo tanto no tendrían ningún privilegio.
No pude evitar pensar que mi padre sabía cómo poner a Elisa en su lugar al recordarle que por mucho dinero que fingiera tener, jamás tendría un título fuese escocés o inglés como su prima adoptiva; a este tiempo Mary ya había recobrado la consciencia y solo temblaba de pensar lo que le esperaba al regresar a Estados Unidos; el despido y una búsqueda interminable de un nuevo lugar sin ninguna recomendación.
La pobre Caroline temblaba ante lo que le esperaba, no solo se retrasaría en dos años su presentación en sociedad, para la que su madre debió haberla preparado toda una vida; sino además estaría en compañía de la hermana Grey.
Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, Caroline, abrió su bolso y extrajo los zafiros rusos, y mi anillo de barón de Salfok, pidiéndome con la mano el documento que tenía que firmar. Estampó su firma y luego, se desplomó en uno de los sillones del salón al haber perdido el poco valor que le quedase. La duquesa solo vio a su hija de reojo y no pudo evitar soltar un bufido.
La siguiente en acercarse fue Mary que se vio acorralada desde un inicio, firmó el papel y se apresuró a salir, pero volvió para preguntarme:
- No van a matarlo, verdad?
- Señora, si no tiene más que hacer retírese, - intervino mi padre.
Elisa Leegan tomó la pluma y procedió a firmar sin dejar de verme con odio en la mirada; luego de eso, tomó su bolso, hizo una venia al duque y salió de la estancia, esperando que Albert cumpliese su palabra y la alejase de nosotros al menos por un buen tiempo.
Solo Margaret Spencer de Grandchester seguía en actitud de desafío
- Su turno madame… le dije
- Prefiero podrirme en la cárcel, dijo con evidente deseo de golpearme.
- Señora, por mí eso no es problema, pero creo que sería motivo suficiente para que el duque pudiese repudiarla y pasar el ducado a otras manos.
En menos de 10 segundos, la duquesa firmó el papel, y salió del lugar. Caroline fue la única que continuaba en el salón viendo con terror a su padre. No pude evitar acercarme para ayudarle a incorporarse.
- Terruce, yo no quería que llegasen a tanto, pero madre dijo que a menos que yo tuviese la mejor dote de Inglaterra, nadie querría casarse conmigo; y cuando te vi con tu esposa en Londres comprendí que tenía razón, no tengo ni belleza, ni talento para que alguien me ame, solo mi fortuna y el apellido de padre.
- Caroline, no puedo decirte que comprendo lo que dices y sé que tu madre te habrá dicho durante años que tu futuro es casarte por dote con algún aristócrata; pero eso no necesariamente tiene que ser así, si es tu deseo casarte puedes hacerlo con alguien que vea más allá de tu apariencia, además la belleza es sugestiva, lo que es bello para un hombre puede ser indiferente para otro. No supongas que solo puedes encontrar a alguien por tu apellido, trata de encontrar tu talento y que eso te lleve a tu camino y al de la persona que logre quererte por ti, no por tu dote.
La vi por primera vez desde que era un bebé sonreír, dirigiéndose luego a la salida del salón, probablemente preparándose para los dos años que estaría interna.
Cuando salió mi padre se acercó para levantar los zafiros y el anillo, entregándomelos y dirigirse a la salida.
- Padre, dije. – gracias.
El viejo duque sonrió como pocas veces lo hacía, y salió con el natural orgullo que siempre le había visto, aún en las peores circunstancias. Mi trabajo en Londres había terminado faltaba convencer a Candice de que era hora de desenmascarar a Lady Cadawell.
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Terry soltó su cuaderno, estaba agotado, y las sombras de la noche empezaban a colarse en el estudio donde se encontraba recluido, cerró el cuaderno y se preparó a dormir un rato, estaba a un paso de finalizar aquella tarea que le permitiría explicar lo que había sucedido sin interrupciones, sin terceros cerca, sin justificaciones a cada palabra; no sabía si funcionaría o no, pero era la última carta que podía jugar.
Agradecimientos. A todas las que continúan atentas a esta lectura, pero especialmente a aquellas personas que me dejan un review, dándome su opinión y agradables palabras para continuar esta historia. Espero sigan disfrutándola.
