Disclaimer: Ninguno de los personajes aquí mencionados me pertenecen, todos son propiedad del estudio Seven Arcs.

Persecución

Capítulo 6

I. Día 38. 10.47 h en el huso horario de la Administración.

La chica dio otro doblez a su uniforme, colocado con cuidado a los pies de la cama ya hecha. La habitación doble estaba sola, su compañera estaba en los entrenamientos de la mañana, quizás preguntándose cuándo se uniría. Siguiendo las órdenes de su superiora le había mentido al sugerirle que se adelantara mientras ella terminaba de prepararse. Luego de eso se había encontrado a Fate y la comandante, ambas, uniformadas y serias ante la ocasión, le habían presentado el papeleo final. Su consentimiento de liberar de responsabilidad a la Administración si desaparecía en servicio.

Irían de incógnito y tanto como su identidad como su ubicación quedarían guardadas como un gran secreto. Si algo llegase a pasarle, sus seres queridos nunca llegarían a saber qué fue.

Subaru nunca sabría cómo fue.

Suspiró y sacudió la cabeza.

Era hora de partir.

Dio un último vistazo al cuarto antes de cerrar la puerta tras ella, solo con su dispositivo en el bolsillo. Los pasillos de la sección estaban vacíos a esa hora de actividad para todos sus integrantes, caminó con rapidez hasta la sala de teletransporte y se encontró con la enforcer Testarossa, que parecía un reflejo de ella misma. Si alguno de los agentes de la sección las viera así las escoltaría fuera de las instalaciones militares con algunos cargos de traspaso y una amenaza bastante seria sobre sus cabezas.

Si alguien las hubiera visto. Pero Fate había elegido la hora con cuidado y conocimiento. Teana recorrió la habitación con la mirada, esperaba encontrarse con la comandante o el almirante para recibir un último adiós antes de partir. Estaban solas a excepción de un par de mochilas cargadas que esperaban pacientes junto a la plataforma que las llevaría lejos. La rubia esperó a que su subordinada terminara su inspección del lugar para hacerle un gesto ligero con la cabeza, invitándola a empezar lo antes posible su misión. Sin mediar palabras, la joven pelinaranja levantó una de las mochilas que constituían su equipaje y se la colgó al hombro. Le temblaban las manos ante la perspectiva de desaparecer ante todos.

La primera vez siempre era difícil.

Fate tomó la otra parte de equipaje y le puso una mano en el hombro, un poco de ánimo antes de dar el paso sin vuelta atrás.

«Bueno, el que parece el punto sin retorno, la verdad es que desde que firmamos esos papeles ya no nos podemos echar atrás», se recordó la mujer subiéndose a la plataforma para ingresar las coordenadas de recepción.

Ella tampoco se había despedido. Nanoha la había besado con cierta amargura en la mañana antes de partir para preparar el entrenamiento del día. La había visto partir y luego había llamado a su hija con una sonrisa bien armada. No tenía tiempo para más, no había hablado ni con su hermano o madre.

Gajes del oficio.

Miró su reloj, once de la mañana justa.

Sin que se notara un asomo de indecisión en sus gestos, inició la transportación.

Afuera, en el campo de entrenamiento donde los agentes de campo apretaban los dientes e intentaban evitar los enemigos que habían sido programados con cuidado, Nanoha observaba todo desde cierta altura, flotando con ligereza, los brazos cruzados y Raising Heart como un bastón entre ellos.

Sabía que su novia se había marchado, casi podía sentirlo, una carencia física que se hacía palpable cuando se iba. Siempre tenía la misma sensación de inseguridad cuando Fate se iba en misiones de investigación o de irrupción en terreno enemigo.

Una explosión bajo sus pies devolvió su mirada y toda su atención al terreno de entrenamiento, alguien había decidido que un enfoque directo a explosiones era la mejor manera de abrirse paso sin importarle que sus compañeros de equipo pudieran salir mal parados. Mala decisión, les había recordado lo importante que era desactivar a los enemigos sin daños colaterales, si una explosión se daba en el terreno la programación se volvería mucho más agresiva. Ahora los equipos tendrían que esforzarse más para llegar a la meta como un grupo y sin perder su testigo que hacía las veces de objeto importante a transportar en una misión de escolta.

Nunca tenías que causar una explosión si no eras capaz de soportar las astillas luego.

Siguió los movimientos de sus antiguos estudiantes, recordaban lo que les había enseñado hacía años y eso llenaba de orgullo y alegría una parte de ella. Ya no eran los reclutas suaves y tiernos que había conocido, ahora podrían soltarlos en un combate real, donde el caos y el fuego cruzado predominaban, y salir en una pieza sin perder de vista el objetivo de la misión.

Se alejó un par de metros más y volvió a mirar hacia el edificio.

Se había malacostumbrado a tenerla cerca. Ahora tendría que volver a la rutina de tenerla lejos.

Una espina en su costado con la que a veces costaba convivir.

II. Día 38. 17.05 h hora local del planeta no administrado b17.

Cuando sus pies tocaron una superficie sólida, su estómago había dado tres vueltas y amenazaba con actuar de manera muy poco profesional. La agente Lanster aspiró una bocanada de aire, con los ojos aún cerrados, intentando concentrarse en los dispares estímulos que su cuerpo recibía para ordenarlos y no permitir que la dominasen.

Levantó las manos y se topó con la espalda de Fate, que se erguía en toda su estatura y examinaba la zona.

Lo primero que sorprendió a Teana fue el olor, olía a ciudad, a un millón de habitantes confinados en la jungla de concreto que solía ser una metrópoli. Olía a encierro y a humedad.

Olía como si las hubieran aparecido en el centro de una capital palpitante en el armario de escobas más recóndito que hubieran podido encontrar. Lo cual, apreciaría luego, no estaba lejos de la realidad.

Lo segundo que llamó su atención fue el ruido, bocinas, pasos, murmullos, motores, todo llegaba ahogado por las paredes que la rodeaban a sus oídos. Cuando por fin se animó a abrir los ojos, sus alrededores no cambiaron mucho. Una pieza cerrada en la que apenas cabían las dos, una puerta las invitaba a salir y adentrarse en un mundo desconocido.

―¿Lista? Sígueme y ni una palabra fuera por ahora ―ordenó la enforcer, mirando de soslayo antes de abrir la puerta y zambullirse en un mundo nuevo.

La joven agente la siguió, con la cabeza dándole vueltas. De alguna manera esperaba un mundo más recóndito, un emplazamiento más salvaje. Hasta ahora las misiones solían llevarse a cabo en planetas desiertos o con poblaciones primitivas muy separadas y dispersas, lo que facilitaba el trabajo. Hasta ese momento, solo se había movido en ciudad cuando el enemigo llevaba la pelea a ese ámbito.

Sacudió la cabeza, reajustando sus expectativas para la misión y obligándose a cambiar los parámetros con los que se había mentalizado para ese trabajo. Necesitaba estar en condiciones óptimas, en algún lugar de esa ciudad escondían secretos, una pista o incluso una persona que las llevaría a la siguiente pista del rompecabezas, a la explosión que lo había iniciado todo. Siguió a la enforcer con paso vigoroso, su apreciación de un armario de útiles de limpieza había sido acertada, pero en lugar de encontrarse en un subterráneo, estaban en la azotea de lo que parecía un edificio público. Le llamaron la atención las mallas metálicas que rodeaban la zona, pero no se detuvo a pensar en ellas, por el contrario, se dedicó a seguir la melena dorada que cortaba por entre las personas con una seguridad que envidió.

Fate, sin percatarse de ello, se llevó la mano al cuello donde colgaba su alianza.

Sus pensamientos conscientes le dictaban fielmente el camino aprendido para llegar a su zona segura, que sería su hogar, en ese mundo desconocido.

Empezaba a correr el tiempo para ambas.

III. Día 38. 23.38 h en el huso horario de la Administración.

―Master?

―Un poco más, ¿sí?

―All right.

Nanoha recuperó su aliento como pudo, sosteniendo con firmeza su dispositivo entre las manos. La noche era cerrada y todas las actividades se habían acabado, tenía el campo para ella sola. Un mes de inactividad la había dejado fuera de forma y no tenía tiempo que perder. Tomó una bocanada grande antes de erguirse y prepararse para una siguiente oleada de enemigos automatizados.

Había pasado por la enfermería y Shamal le había dado su último visto bueno. Estaba lista para volver a escena, pero no podría hacerlo en esas condiciones. Zigzagueó evitando un par de enemigos, antes de atravesarlos a ambos con un disparo potente y certero de energía mágica.

Algunos de sus alumnos levantarían una ceja si alguien les dijese que esa mujer estaba luchando a mitad de su capacidad. O menos.

Habrían levantado ambas si les hubieran dicho que, además, tenía limitadores de magia encima. Pero esos chicos no la conocían, no conocían los estándares mínimos con los que se juzgaba y no conocían el alcance de su verdadera fuerza.

Para ser honestos y justos, ella tampoco lo conocía, solo podía suponerlo.

Voló entre dos enemigos, percibiendo la turbulencia que producían en el aire al pasar tan cerca de ella. Hasta ahora todo iba como lo había planeado. Aprovechando que se alejaban, aún sin detectar la finta con que los había burlado, los derribó a ambos con sendos golpes de energía.

Solo un par más.

La visión se le estaba nublando por el sudor y el cansancio que tomaban posesión de su cuerpo, inexorablemente. En lugar de deslizarse como esperaba, cayó unos metros sin mucha gracia, lo que llevó a los enemigos a lanzarse sobre ella, sintiendo una apertura. Un gritó se le atravesó en la garganta, pero logró controlarse y detener el golpe creando una barrera con su puño derecho. El impacto la envió al suelo, en lugar de buscar otra vez una posición vertical, apuntó y disparó con rapidez, con ambos robots a tiro, desintegrándolos en un haz de luz ardiente.

―Master! ―El dispositivo inyectó un cartucho mágico y aumento la energía que destinaba al vuelo, Nanoha se reposicionó en el aire con una soltura envidiable. A pocos metros, el suelo las había estado esperando frío e inmisericorde. A su alrededor yacían sus enemigos destruidos.

La cobriza miró a su alrededor y se dejó caer con un suspiro, se sentó en el suelo sin ánimo siquiera de sacarse su Barrier Jacket.

Estaba agotada y ofuscada.

―Eso podría haber salido mucho mejor…

―We'll get there, my master

―Gracias, Raising Heart. ―Ambas guardaron silencio, la noche no pareció notar el cambio de ánimo de la mujer, ni se dio por enterada de la batalla que habían librado ahí hacia solo unos momentos.

Se había exigido casi al máximo, oleadas de enemigos unas tras otras para volver a punto, en parte por esa necesidad de regresar a su estado anterior, pero también porque deseaba caer rendida y no volver a pensar en que esa noche su cama estaría vacía.

Que una parte de su ser se había ido y no tenía manera de contactarla, aún.

Se miró la mano izquierda, donde descansaba Raising Heart. A pesar del agotamiento, su cuerpo le respondía y tenía una reserva de magia que empezaría a recuperarse con cada segundo.

Estaba lista para batallar otro día más.

Pero esa noche no lo había estado…

El bastón se activó, sintiendo el cambio en la dirección de sus pensamientos.

Master?

―¿Por qué? Es lo más cerca que he estado de perderte, casi te destruyes… casi me matas.

―I do not have any memories of the incident, but I am certain that, if needed, I would do anything to fly again with my master (No tengo memorias del incidente, pero estoy segura de que, si fuera necesario, haría cualquier cosa por volar con mi maestro otra vez).

Su estado emocional, aún desequilibrado, se inclinó peligrosamente ante la afirmación. Aspiró un par de veces, intentando llenar de aire sus pulmones y darle claridad a su mente.

Abrió la boca para agregar algo más, a pesar de que la comunicación se estuviese haciendo por telepatía, pero no encontró nada para agregar. En su mente, de una manera poco articulada, se agolparon promesas o decisiones para tomar, un pacto a un cambio, a un nunca volver hacia atrás. Pero se dio cuenta de que no podría cumplir nada de eso.

Y que no podría mentirle a Raising Heart. Que nunca podría.

Gracias ―logró armar como un pensamiento coherente. El dispositivo brilló un par de segundos más, antes de volver a ser una joya en el centro de su palma y su uniforme de entrenamiento volvió a cubrir su cuerpo. La primavera seguía reinando en Mid Childa, una brisa fresca le removió su flequillo y levantó el polvo de los robots que había convertido en chatarra.

Sonrió con culpa, tenía un desastre que limpiar.

―Somebody's coming, Master ―informó el dispositivo. La joven reaccionó, levantándose con algo de esfuerzo, pero alerta ante cualquier cambio en el aire. Estaban dentro de una instalación militar y necesitarían de una fuerza de asalto desmedida para ponerlos en aprietos, como habían hecho la otra vez. Pero la figura que se acercaba era la de una niña que se le hacía conocida, sobre todo por las orejas naranjas que sobresalían a pesar de la oscuridad de la noche.

―¿Arf? ―inquirió, más como un saludo que una pregunta de verdad. El familiar de su mujer levantó la mano a medida que se acercaba, la otra la traía firmemente cerrada.

―¿No es un poco tarde para estar entrenándote, Nanoha? ―preguntó, cuando estuvo a su altura. La maga amplió un poco su sonrisa. El tono de Arf siempre le transmitía la misma calidez.

―Tengo mucho para ponerme al día…

―Intenta no sobre exigirte o será peor… ―La familiar le hizo un gesto con la cabeza, una invitación a que se le uniera en el camino de regreso al edificio principal. Iniciaron el camino con pesadez, la instructora estaba cansada y a cada paso sentía como si sus muslos tuvieran piedras en lugar de carne y músculos―. Pero sí, supongo que tienes que volver a tu estado físico anterior.

―Un mago aéreo no puede dejarse estar nunca ―afirmó, su mirada clavada en su acompañante con rasgos lobunos.

―Llegado el caso, nadie puede dejarse estar, ni siquiera nosotros cuando trabajamos ordenando libros, ¿no?

―La biblioteca infinita requiere de un compromiso y un trabajo a tiempo completo, Yuuno-kun y tú tienen una misión muy grande entre manos.

―Puede ser, pero estoy aquí por otra misión que me entretiene más… ―Levantó el puño que aún tenía cerrado, para que pudiera ver en su interior. La alianza de oro que habían comprado en la tierra hacía casi un mes―. ¿Lista para completarla?

A Nanoha le picaron las manos. Un medio para poder comunicarse con Fate inclusive en medio de sus misiones. Un canal seguro para que nunca más la sorprendieran por la espalda.

Una manera de saber que el amor de su infancia, de su vida, seguía respirando y en buen estado.

No había suficientes leyes y reglas que romper que pudieran valer más que eso.

Pero la palabra final no la tenía ella, sino Raising Heart.

El dispositivo en su mano brilló tenue, casi como si estuviera riéndose entre dientes.

―I'm ready.

IV. Día 38. 19.23 h hora local del planeta b17.

La puerta del edificio abandonado era pequeña y estaba cerrada a cal y canto. Teana cuidaba de su espalda mientras Fate se ocupaba del candado que mantenía las cadenas en posición. Le habían dado una pequeña llave que entró con un suave clic en el mecanismo y luego se negó a moverse. La enforcer maldijo por lo bajo y aplicó algo más de fuerza, forzando la cerradura.

Habían deambulado por horas siguiendo las indicaciones de la misión, en un lugar desconocido, sorteando los choques culturales y los obstáculos esperables de moverse en otra civilización. Teana sentía cierta impaciencia por sacarse su equipaje y empezar a armar planes para abordar su misión, pero ahora estaban atascadas ante una simple puerta de metal que en otras condiciones habría podido volar de un golpe con sus dispositivos.

―Es una mierda de escondite ―apreció la chica, con los brazos cruzados. En una mano su dispositivo descansaba listo en caso de ser necesitado, estaban en una zona peligrosa de esa ciudad. El edificio completo estaba pintado por grafitis inexpertos y marcas de territorio, la puerta era cruzada por una pintada con el nombre de algún músico en ciernes que, además de plantar su nombre en ella, había dejado detalles para contactarlo en caso de querer hacer negocios. La rubia negó con la cabeza, no era el momento para soltar ese tipo de comentarios. El candado cedió y la cadena cayó a sus pies con el sonido característico del metal al chocar. La mujer se dedicó una sonrisa antes de intentar abrir la puerta, la cual no cedió con sus goznes oxidados.

Esta vez lo que soltó por lo bajo fue un insulto.

Apoyó su hombro derecho en la superficie metálica, oxidada y pintada y aplicó fuerza súbita. Un chirrido seco y la puerta abriéndose tres palmos casi la desestabilizan, pero se recuperó a tiempo, agachándose y flexionando las rodillas para pasar por la pequeña abertura que era el marco de entrada. Teana la siguió sin dilaciones y cerró tras ellas la malograda puerta. Con un sello mágico se aseguraron que estarían solas, sin visitas innecesarias ni indeseadas.

Fate se giró y se quitó la capucha de la chaqueta que usaba como parte de su papel encubierto, mirando su escondite, el gesto de sus labios se torció un poco. Tal vez Teana tenía razón. La penumbra lo era todo en ese lugar, las pocas ventanas que daban a la calle estaban tapiadas y solo rendijas de luz se abrían paso hasta la edificación. El olor penetrante a humedad y abandono hizo que arrugara la nariz.

La chica, compañera que Fate había seleccionado de una larga lista de posibles ayudantes, alumbró parte de las paredes con una linterna de mano, aún mantenían el uso de la magia en un mínimo. En una de las paredes un mensaje que incluía los genitales masculinos y su deseo de consumo para el lector las recibió.

―Qué lindo detalle ―comentó, irónica, ante la bienvenida.

―Bienvenida al glamour de un enforcer, subamos, ocuparemos las instalaciones del último piso. ―No le dio tiempo a responder, tampoco esperó un gesto de su parte. La enforcer estaba a cargo de la misión, empezaba a dar órdenes y no apreciaciones. Caminaron por la habitación en ruinas, buscando las escaleras a los pisos más altos.

La rubia se movía con la soltura de la familiaridad, una vez hubieron subido tres pisos y se encontraran en el piso superior, buscó por las paredes en silencio hasta que encontró algo que a sus ojos era distinto del cemento descolorido. Le hizo un gesto para que se acercase y le señaló la pequeña hendidura en la pared, similar a tantas otras que habían visto antes.

―¿Te suena? ―preguntó, mientras rebuscaba en sus bolsillos con rapidez. La joven examinó la muesca, se le hacía familiar y no podía entender el por qué. Pasó su mano por sobre ella y el rastro que dejaba la energía mágica le cosquilleó en la punta de los dedos. Se giró para encarar a su superiora, pero la mujer sacaba al fin de su bolsillo su placa de enforcer.

―Claro. ―Alcanzó a articular antes de que el metal encajara en la pared a la perfección y un set de escalerillas se dejara caer con suavidad desde el techo.

―Ahora sí, bienvenida a nuestra base de operaciones temporal. ―La invitó a subir con la mano extendida. Las escaleras daban a una buhardilla de techo bajo, pero al menos más limpia que el resto del edificio y sin grafitis en las paredes o paredes derruidas por el tiempo o grupos de personas alcoholizadas divirtiéndose con la propiedad ajena. Un par de colchonetas enrolladas les servirían como camas, el resto del mobiliario se reducía a una mesa baja y unos cuantos cojines esparcidos. Se preguntó con seriedad cuán cansada tendría que estar para sentarse en esos pedazos de tela y relleno patéticos. Una puerta en una esquina podría ser un baño, un armario o un pedazo de madera que alguien olvidó pegado a la pared.

Dejaron las pocas provisiones que habían llevado y Teana observó con una ceja enmarcada como Fate se sentaba en el piso cubierto de polvo y empezaba a rebuscar cosas en su equipaje. Ella no sabía cómo proceder, dada la ocasión creía que tendrían que ponerse a maquinar planes para cumplir el objetivo, una especie de conspiración que las llevase a las entrañas mismas de la organización enemiga. En lugar de eso la enforcer seguía sacando ropa y algunos trastos mágicos que ella no conocía del todo.

―¿Cómo consigue estos escondites la Administración? ―articuló al final, acuclillándose y apoyándose en sus talones. Fate no la miró, mientras seguía revisando sus cosas, en búsqueda de un objeto en específico.

―Depende, existen escondites y bases de distintos tipos a través de la galaxia. Esto en algún momento fue un edificio residencial junto a un estacionamiento de varios pisos, la economía se fue al garete y las familias abandonaron la zona. Ahora estos pisos están abandonados y el estacionamiento es usado como edificio de departamentos, ¿no te parece curioso cómo la gente se adapta? ―Sacó un pequeño estuche de cuero y sonrió, para luego guardárselo en el bolsillo. Se levantó sin necesidad de usar las manos como apoyo, la coronilla dorada casi rozaba el techo de ese lugar. Teana tomó nota de todo eso casi de manera inconsciente. Necesitaba tener una mente atenta al detalle si quería ser una enforcer. Si quería seguirle el paso a Fate Testarossa.

Desde su posición menos elevada, observó a la mujer en ropa de civil que intentaban hacerla parecer una mujer más cercana al crimen que a la academia, más cerca de un bar y una pelea callejera que a las oficinas de un banco.

Teana supo que si el rostro que la examinaba tuviera una sombra más oscura, una expresión menos risueña, el efecto se habría conseguido. Se preguntó cómo se manejarían en todo un mundo desconocido.

De pronto se sintió muy pequeña.

Al parecer ignorante a todo lo que pasaba por su cabeza, Fate sacó el estuche de su bolsillo y lo lanzó antes de atraparlo de nuevo, ruido de metal entrechocándose llegó de él.

―¿Tienes hambre? ―inquirió, dispuesta a acallar sus dudas.

Esa sería la primera orden consciente que recibía. La seguirían muchas más.

V. Día 38. 23:12 h en el huso horario de la Administración.

Verossa caminaba por la noche con confianza, la suela de sus zapatos apenas pisaba la loza del suelo antes de levantarse en otro paso ágil.

Llevaba en su andar la decisión de quien conoce su camino. Y él lo conocía muy bien. Sabía perfectamente a dónde tenía que ir para empezar a tirar un hilo, donde lo mejor y lo peor de la sociedad en Mid Childa se juntaba, se confundía, se mezclaba e influenciaba. Cualquier idea millonaria, cualquier desastre armamentístico, cualquier conspiración militar iniciaba ahí.

En un bar en el centro de la ciudad, un edificio de varios pisos, generoso en mesas, en música y en comodidad para alejarse de la luz y esconder el rostro a la hora de hablar.

Generoso por las dos mujeres que lo regentaban y mantenían.

El Soaked Wolf no era un nombre que fuese de su agrado, pero eso poco importaba cuando contenía información que ni siquiera la biblioteca infinita podía soñar con poseer. Información que aún no estaba en la historia, pero que decidiría su futuro en ocasiones.

Entró acompañado por el suave tintinear de la campanilla que recibía a cada cliente al entrar. El local estaba casi vacío, la mayoría de las mesas de color caoba estaban vacías, aunque el hombre suponía que el piso superior tendría más personas, en pequeños grupos, rehuyendo de la luz y aferrados a las penumbras de una lámpara intencionadamente leve. La barra, por suerte, tenía unos espacios desocupados, se encaminó ahí sin prestarle demasiada atención a la gente que ocupaba las mesas y se inclinaban sobre ellas más de lo necesario.

Le gustaba la barra, en ese lugar estaba la gente que solo quería beber y no hablar, y si intentabas darle conversación a la persona a cargo, esta te pediría con menos amabilidad de la indicada que trajeses a tus amigos y los llevases a una mesa si querías hablar.

Y esa misma persona estaba ahí ahora mismo, detrás de la barra preparando un trago con una mirada gélida y un rostro impasible. Sus tragos eran buenos y ayudaba a la fama del bar, pero era su compañera la que lo había llevado a lo que era ahora mismo.

Se sentó en el banco y descansó los codos sobre la mesa. No le llamó la atención a la mujer ni ella pareció darse cuenta que estaba ahí, pero una rápida mirada de sus ojos verdes le había dejado claro que había notado su presencia y que estaría con él en un segundo.

En esos momentos amaba su trabajo.

Ante él se materializó la mujer, su camisa negra y tirantes negros resaltaban gracias a los brillos de las botellas tras ella, y hacían un contraste con su piel blanca y pelo azulino suelto. Sin intercambiar palabras, la bartender sacó un agitador y un vaso grande y bajo, se giró para buscar unas tres botellas y, del gran contenedor que ocupaba la mesada de trabajo, extrajo un par de cubos de hielos que dejó en el vaso, antes de mezclar los alcoholes en cantidades justas y, con presteza, preparar un trago rojizo que era de su preferencia.

Verla trabajar era un arte en sí, con la rapidez y la naturalidad de quien lo hace todos los días. La seguridad detrás de cada acto era la mejor prueba de su maestría. Cuando sacó en un movimiento fluido el posavasos para depositar ante él la bebida ya preparada, no pudo menos que sonreír.

Valía la pena pagar un poco más solo para ver eso.

Lo levantó y le dio un sorbo pequeño, degustando el sabor. Dulce y frío, perfecto.

―Siempre te superas, Natsuki ―bromeó, mientras la aludida guardaba las botellas y lavaba sus utensilios con rapidez, serían necesitados pronto esa noche.

―Siempre quieres lo mismo, a esta altura puedo hacer un Negroni con los ojos vendados. ―Su cabello, atado en una coleta, cayó con suavidad, mientras se inclinaba para secar una de las copas que tenía estilando y alinearla con el resto, colgando del techo de la barra. El resto de los comensales ahí sentados le dirigieron una mirada algo sorprendida.

No iban a la barra a hablar y, cuando lo intentaban, no conseguían que la mujer les dijera más de tres palabras conectadas y que dieran pie a una respuesta.

―Mi gusto tiene clase ―objetó, levantando el vaso otra vez, los hielos repicando suavemente dentro de él.

―Ara, estoy segura que sí, Verossa-san. ―Y ahí estaba, el segundo secreto del éxito que había llevado el negocio de un pequeño local al bar más importante de la ciudad―. Es un gusto verlo de nuevo por acá.

―Shizuru, creo que el gusto es siempre de la otra persona cuando te conoce. ―Sonrió a la vez que soltaba esa frase galante, no podía evitarlo aunque con la mujer no tuviera ningún tipo de relación más que la estricta formalidad de quien sabe en qué trabajas y los ambientes turbios que frecuentas. La mujer castaña sonreía con la costumbre de quien se divierte con los planes ajenos, o enarca una ceja cuando le llegaba el rumor de una conquista mundial. Sus ojos carmesí le recordaban en color a los de la enforcer Testarossa, pero lo que se ocultaba tras ellos era diametralmente distinto.

Quizás le gustaría averiguarlo, quizás no.

Pero prefería estar en buena lid con las dueñas del local, su mayor fuente de información y barra de tragos favorita.

La mujer descansó una mano en su cintura, resaltando más el vestido morado oscuro que utilizaba.

―¿Esperas quedarte mucho tiempo?

―Creo que hoy estaré toda la noche, sí. ―Se acomodó un poco más en el piso que usaba, conseguir la atención de ambas a la vez era una hazaña que no se veía a menudo, ahora el resto de los participantes de la barra los miraban abiertamente. Eso era algo que no le gustaba demasiado al agente de la TSAB. Aunque tampoco llegaría a interponerse realmente en sus planes.

―Entonces esta primera la invita la casa ―concedió la castaña, señalando de manera casi imperceptible el vaso frente a él―. Disfruta de la noche, Verossa-han. Volveré pronto.

Observó cómo se marchaba, su figura bien delineada no acusaba más de treinta años. Él había tenido la oportunidad de ver a incautos que se habían intentado acercar a la anfitriona oficial del establecimiento, sin éxito alguno. A veces era la amable pero fría negación lo que los desalentaba, otras veces era la bartender que jugaba con cuchillos detrás de la barra y con cara de muy pocos amigos en su dirección.

En sus antebrazos descubiertos por la camisa arremangada se delineaban a la perfección los músculos bajo la piel pálida.

No sabía si alguna de las dos era una poderosa maga, pero sí sabía que habían surgido de lo más bajo y, para hacer algo así, tenían que saber defenderse y moverse por los ambientes más peligrosos de Mid Childa.

Natsuki se alejó cuando un cliente se acercó con un pedido para preparar una bebida. Volvería luego, tantos años sentado en la misma barra forjaban un lazo difícil de explicar con quien te proporciona el alcohol. Al agente le gustaba la mujer, seca y de pocas palabras, sus conversaciones siempre eran directas y al grano.

Era más fácil hablar cosas con ella que con su pareja, la anfitriona que recibía a los políticos importantes y grandes figuras de las altas esferas de la capital. Tomó un sorbo de su bebida y sintió el calor expandirse a la punta de sus dedos. Aún faltaba un poco más para empezar su investigación.

Faltaría menos para que Shizuru regresase a su lado y, con esa sonrisa enigmática, le pidiera más detalles de su visita. Ser un punto neurálgico de la vida política y táctica de la ciudad conllevaba enterarse de todo lo que uno necesitase saber para hundirle la vida a quien quisiese. Eso, en parte, era lo que mantenía y mantendría el bar en su lugar por mucho tiempo más, a pesar de que actividad ilegal o al borde de leyes se llevase a cabo de manera recurrente.

«Como lo que estoy a punto de hacer», pensó, apartándose parte del cabello que le cubría el rostro y una oreja para escuchar mejor. Los murmullos empezaban a crecer y la campanilla de la entrada sonaba con cierta regularidad. Miró su reloj de muñeca, habían pasado unos veinte minutos desde que había entrado.

Esperaría media hora más antes de dejar sueltos a sus «amigos», de las dos a las tres era el punto álgido de cualquier lugar de tragos, pero la gente empezaba a soltar la lengua antes cuando bebían y luego se acordaban de cerrarla cuando estaban discutiendo los asuntos más gordos. Aun así, Verossa había obtenido más información escuchando las conversaciones familiares de los implicados que leyendo entrelíneas cuando se reunían a discutir sus intenciones.

Fiel a su palabra, la castaña regresó a su lado, aunque con una orden de pedidos que hacerle a la mujer al otro lado de la barra. Natsuki se puso a trabajar en silencio, con la rapidez que la caracterizaba. A pesar de todo, el mago sabía que estaba atenta a sus interacciones y a la conversación que se desarrollaría. Tenía que pensar en ellas como una unidad, un equipo que conocía los movimientos de la otra y actuaba en concordancia.

En los siete años desde que las conocía nunca habían mostrado fisuras en público. Envidiaba esa fortaleza para enfrentar los desafíos, presiones y traiciones del secretismo. Serían una excelente adición a la unidad, Hayate las pondría al frente de muchas misiones sin pensarlo. Pero ya habían rechazado su propuesta dos veces.

«Al final todo se resume a estas conversaciones veladas…». La castaña, como pensaba, se sentó a su lado con elegancia, cuidando su aspecto, un arma en sí misma, mientras esperaba a que la bandeja con bebidas estuviera preparada.

―¿Qué buscas hoy, Verossa?

―Puede ser cualquier cosa, desde un rumor sobre cambios de mandos, ya sabes cómo abundan esos, hasta alguna noticia sobre magia inusual… ―Cruzó las piernas y bebió el último trago. Levantó la vista a Natsuki, quien le hizo un gesto, observándolo por el rabillo del ojo―. Quizás algo simplemente fuera de lo común.

Shizuru había levantado una ceja mientras lo escuchaba, a muchas personas les parecería atractiva en ese momento, a otras, además, peligrosa como una espada desenvainada. La peliazul depositó ante ellos la bandeja y le cambió el vaso al mago, siempre sin palabras. Un intercambio de miradas entre ambas suplantó cualquier conversación. Estaba claro que se decían cosas sin tener que verbalizarlas. El pasado de ambas era un misterio para la mayoría y él había tenido la decencia de no rebuscar demasiado en su historia.

Aunque a veces se moría de ganas.

―Esa es una búsqueda demasiado amplia, incluso para nuestro bar… pero tal vez, deberías pensar en darte una vuelta por el tercer piso, Verossa-han. ―Shizuru se levantó, llevando consigo la bandeja recién preparada―. No olvides despedirte cuando te vayas. ―Le recordó antes de marcharse, un grácil caminar marcando sus pasos.

Ni se le ocurriría, nadie entraba o salía del Soaked Wolf sin que ella lo supiera, y él no quería ponerse en la lista negra. Pagaría sus tragos con algo más que dinero. Algo más valioso.

Resistió el impulso de suspirar y frotarse las sienes. Uno no podía ganarse la vida en esos negocios si no controlaba sus impulsos primarios y la impresión que daba al resto.

Jugó con su vaso frío unos momentos, viendo cómo las luces se reflejaban en la superficie mansa del líquido. Quizás tendría que empezar antes.

Cerró los ojos y reunió su energía mágica, necesitaba concentrarse y darles forma a sus sabuesos, pensar en las habilidades que necesitaban, el número que serían, el tamaño que tendrían. En su mente, con el entrenamiento de los años, los esculpió a consciencia, concentrando más energía hasta que, si alguien lo hubiese mirado con atención, habría visto el resplandor verde que salía de sus palmas apoyadas sobre la tabla.

Natsuki las veía, mientras limpiaba el agua que dejaba el hielo sobre la barra. Había visto eso cientos de veces y siempre era un espectáculo digno de ver.

―Unendlichjagd ―susurró, dejando libres a sus sabuesos. Como si una hoja rasgara el aire, la magia abrió un corte en la realidad, una puerta a una dimensión alterna donde descansaban los espectros sabuesos, tres de ellos salieron sigilosamente de la abertura que había nacido justo detrás de su barra, acariciándole las piernas a medida que iniciaban un trote silencioso y se escurrían fuera de la vista. El vínculo mágico que los mantenía unidos al mago era silencioso, también. Magia que no se sentía, que no podía detectarse con facilidad. Eso era lo que hacía de Verossa un investigador sin igual, su capacidad de estar ahí sin estarlo. De escudriñar sin tener que acercarse lo suficiente como para arriesgar la piel.

El hombre abrió los ojos y se bebió la mitad de su vaso de una sentada. El ejercicio mental lo dejaba cansado y la magia empezaría a drenar sus fuerzas. De ahora en más estaría anclado a ese sitio hasta que sus sabuesos regresaran. Natsuki observó el bar, los clientes de siempre y los nuevos que parecían perdidos. Miró a Shizuru, siempre solícita para ayudar y escuchar los problemas de los demás, fluyendo entre grupos como si fuera un baile intrincadamente coreografiado, volvió a mirar al hombre, el temblor de sus manos y la gota de sudor que le caía desde la frente. Sacó un plato y preparó un aperitivo ligero, luego lo puso ante él con un ruido seco.

―La casa invita. ―Necesitaba mantenerlo alerta y enérgico dentro de lo posible. Aún le faltaba pasar por el interrogatorio de la castaña al finalizar la noche.

Una búsqueda así nunca arrojaba resultados estériles, solo había que saber dónde mirar.

O eso le había dicho su mujer esa mañana, y ella confiaba en su juicio plenamente.

Verossa agradeció la comida con un murmullo y se llevó un par de bocados a la boca.

Decenas de voces empezaban a retumbar en su cabeza, las palabras cayendo a raudales y distintos planes desplegándose ante él.

La campanilla sonó nuevamente y un grupo numeroso se adentró. Sería una noche larga.

VI. Día 38. 21.41 hs hora local del planeta b17.

Teana estaba sentada sobre la colchoneta que sería su cama, aún reacia a usar cualquier otra cosa en la habitación. Mientras ordenaba un poco sus cosas pensaba en Subaru, en su habitación luego de un día de entrenamiento, su ducha caliente y su amiga haciéndole bromas subidas de tono de las que casi no se daba cuenta.

Una punzada le atenazó el pecho.

Era mala idea pensar esas cosas lejos de casa y, a la vez, era inevitable. Observó a la rubia, que sentada disponía de la comida con una despreocupación que le llamó la atención. Ella había dejado mucho más atrás. Había dejado a su compañera de aventuras lejos y parecía no importarle.

Antes de poder reprimirla, la pregunta nació, invadiendo su garganta y materializándose sin su permiso.

―¿No está preocupada por Nanoha?

La actividad se detuvo por un segundo, Fate sintió como su sangre se hacía de plomo por ese instante, pero se recuperó con rapidez y siguió actuando con normalidad.

―Trátame de tú de ahora en más ―indicó, levantando los palillos que usaría para atacar la caja de fideos que tenía en las manos. Luego de vagabundear un poco, con la noche mordiéndole los hombros, habían conseguido algo de comida caliente para llevarse a la buhardilla. ―No, ella tiene que volver a ganar su naturalidad habitual en el aire. Estoy segura que está reventando un par de edificios en el campo de entrenamientos ―aseguró. El anillo le pesó lo suficiente como para notarlo en esos momentos.

Aún solo recibía silencio de él.

Por lo menos ya habían dilucidado su siguiente movimiento, con un plano, uno de los «trastos» mágicos que había visto Teana antes, recorrerían la ciudad buscando concentraciones de magia. Luego de comer podrían trazar la ruta a seguir cerca de posibles escondites.

―¿Cómo hacen en la tierra o en este mundo para comer pasta con palillos de madera? Se resbalan… ―Teana intentó sin éxito armar un bocado de la caja de fideos preparados que habían comprado. Con un bufido de exasperación rebuscó en sus pertenencias un pequeño tenedor con el que empezar a comer.

―Es solo cosa de práctica ―comentó la mujer rubia, señalando la comida con su set de palillos y usándolos con habilidad. Parte de su infancia y toda su adolescencia la habían dotado de muchas habilidades que, en su momento, no sabía que necesitaría para sobrevivir en Japón.

Miró la caja, rebosante de fideos sazonados y salteados con verduras y la nostalgia la golpeó.

Esa comida, con los palillos en mano, en un edificio abandonado de un planeta no administrado la llevó de regreso años atrás.

A su pubertad.

A como había crecido junto a sus amigas en un mundo que las acunó y las guio con algo parecido a la indiferencia.

La adolescencia, como esperaba, había sido un periodo tormentoso para ella. Y sospechaba que para Nanoha también. Su cuerpo había decidido crecer de una sola manera, a lo alto. Siempre había sido alta, pero cuando alcanzó los trece pareció que su cuerpo inició una carrera de fondo, con un vigor interminable que la dejaba adormilada y cansada sin motivo aparente.

Pronto su ropa tuvo que ser cambiada constantemente y su uniforme siempre terminaba por ser demasiado pequeño para sus piernas que no cesaban en su intento de separarla de suelo.

A los quince ya tenía la estatura de su madre, a los dieciséis rivalizaba con su hermano, cinco años mayor. Y mientras ella cambiaba y se desconocía en el espejo, su amiga florecía como un diamante que emergía bajo el cuidado de las manos de un hábil joyero.

Sacó otro bocado de los fideos en la caja con los palillos, absorta en sus recuerdos, sin prestar atención a la mirada extraña que le dirigía su compañera de misión.

Nanoha irradiaba luz propia, o eso le parecía a Fate. Su cuerpo cumplía con las expectativas impuestas, suavizando sus rasgos, ensanchado con delicadeza sus caderas, llenando su busto. Fate le sacaba una cabeza y al caminar a su lado se sentía como una chica torpe, demasiado larga para caber junto a ella.

Pero eran sus momentos favoritos del día.

Caminar junto a su amiga y sonreír solo por su presencia, por ver sus movimientos, por tenerla cerca. La rubia entonces no comprendía lo que era estar enamorada. Aún ahora, no sabía en qué momento se había enamorado de Nanoha, pero ese amor le era tan natural como respirar. Era un axioma, la cobriza en su vida representaba cientos de cosas. Pero la principal era amor.

Había llegado a ella a través de la calidez de su cariño y había logrado conseguir un lugar irreemplazable en el corazón de Fate.

A su lado ella era una niña.

Si Nanoha tuvo alguna oposición, alguna observación, jamás la hizo patente. Nunca escatimó en cariño, nunca soltó su mano y el afecto con el que decía su nombre no disminuyó.

Y en algún momento, cuando su madre empezaba a preocuparse de lo alta que era su hija y su hermano la miraba a los ojos con sorpresa, la larga carrera de su genética acabó. A su metro ochenta su cuerpo empezó a cambiar de manera distinta, y lo que pensó que sería un alivio, se transformó en otra fuente de preocupaciones. Lo que era peor, en todo el proceso sus hormonas nunca habían dejado de correr.

A sus catorce era feliz de volar junto a ella.

A sus quince disfrutaba más del tiempo que pasaban juntas y del contacto físico.

A los dieciséis era consciente de dos cosas, que ya no veía a Nanoha como una amiga y que se moría de ganas de descansar sus manos en la cintura y cadera de la cobriza.

También que, si su amiga la encontraba mirando sus labios, leería sus intenciones como un libro abierto.

¿Y si eso la alejaba? Se sentía enferma de solo pensarlo.

Pero… ¿Y si la acercaba?

Sus dilemas personales solo crecieron cuando las misiones empezaron a alejarlas de casa, de sus rutinas, de ellas mismas.

Cada segundo que pasaba con sus amigas era más atesorado. Alisa y Suzuka se negaban a que las misiones las alejaran a las tres magas, y ellas, por su parte, hacían todo lo posible por mantenerse juntas. En ese marco, y para alivio de la joven destinada a convertirse en Enforcer, Nanoha había rechazado a todos sus pretendientes a la fecha. Fate respiraba aliviada cada vez que la chica negaba amablemente al aspirante de turno. Pero no se atrevía a hablarlo con nadie.

Solo Hayate le palmearía el hombro y le guiñaría el ojo ante la situación.

Para Fate solo había un peligro real: Yuuno.

Nanoha no tenía las mismas sonrisas, ni los mismos gestos o abrazos para el chico que los que tenía para ella. Nunca la había descubierto mirando al chico, ni dedicándole una mirada que durara un segundo más de lo necesario, pero aun así, descubrió algunas de sus peores facetas al verlos juntos.

La cobriza era demasiado para él.

¿Pero no era demasiado también para ella?

Su ansiedad la encontraba en las noches, regalándole veladas insomnes.

Parpadeó un par de veces, sus palillos se habían topado con el final de la caja. Revisó su improvisado plato y notó que los costados aún tenían resquicios de comida. Dejó que sus manos se entretuvieran manejando los palillos para sacar esos restos.

Era un jueves cuando su esperanza empezó a florecer.

El verano había traído consigo el festival escolar y el grupo de amigas se había unido a la actividad frenética que embargaba la escuela. Presentaciones, atracciones y puestos de comida ocuparon las mentes de las jóvenes magas que, gracias a la mano providencial de Lindy, podían disfrutar de una vida estudiantil normal por esos días.

Era un jueves, las actividades habían terminado al fin y las chicas caminaban hacia el Midori-ya, su centro de reunión favorito. Los padres de Nanoha se habían tomado unas cortas vacaciones para visitar a sus hijos mayores en la capital y la más pequeña de los Takamachi había quedado a cargo del hogar. Esto solo espoleó la decisión de refugiarse en la cafetería, más aún luego de que Hayate les sonriera misteriosamente y les confiara que guardaba una sorpresa para las cinco en su mochila. Cuando las luces del establecimiento estuvieron prendidas y las chicas se habían despojado de sus zapatos, la castaña sacó varias botellas de sake de su bolso con un gesto travieso.

Las interjecciones de sorpresa solo lograron aumentar su sonrisa.

Insegura, Fate miró a Nanoha, pero esta solo se encogió de hombros, indecisa de cómo actuar. Luego el tsunami que era Alisa borró todo tipo de resistencia.

Cinco vasos pequeños fueron repartidos y el sake vertido en cada uno de ellos.

―¿Deberíamos hacer un brindis? ―inquirió Suzuka, con su pequeño vaso en la mano. El solo olor del alcohol la mareaba.

―¿Uno porque al fin no están en misiones arriesgando su cuello a pesar de que aún no tienen edad suficiente como para beber en público? ―complementó Alisa, levantando su trago con una sonrisa que buscaba esconder su nerviosismo.

―Por ejemplo.

―¡Brindemos por otro festival escolar exitoso! ―Hayate levantó su vaso y lo vació de una sola sentada. Las chicas siguieron su ejemplo.

Ardía.

El verano, de por sí tórrido, se hizo algo más caliente.

Alisa escupió parte del alcohol que aún tenía en la boca, manchando la mesa y el uniforme de gimnasia que la chica castaña portaba, ganándose unas cuantas maldiciones poco santas de paso.

―¡Esto es un asco! ―declaró vehemente antes de llenar el vaso y empinarlo otra vez. Las chicas rieron y siguieron su ejemplo, aunque con algo más de moderación. Como resultado, las adolescentes que probaban por primera vez ese límite, se emborracharon en menor o mayor medida. Para sorpresa de Fate, Alisa y Nanoha se llevaron la peor parte.

El sol se había ocultado y las cinco conversaban más fuerte de lo acostumbrado y, para el observador algo más atento, sus movimientos eran toscos e irregulares. En su ignorancia no sabían lo pasadas que estaban.

Se enterarían cuando sus padres las vieran. O cuando intentaran levantarse. Lo primero que pasara.

Alisa fue la primera en intentarlo, se trastabilló un par de pasos antes de estabilizarse y mirar sus pies, confundida.

―Alisa-chan, ¿estás bien? ―Suzuka se levantó con más decoro, gracias a su idea de pasarse al agua antes de que la primera botella se acabara.

―No pasa nada… ―aseguró, con una voz patosa que no reconocía del todo.

―Quizás sea hora de volver a casa ―La chica sostuvo a su amiga por el brazo. Las tres magas en ciernes no parecieron darse por aludidas. Nanoha estaba echada sobre la mesa y Fate jugaba con los cabellos cobrizos a su alcance. Hayate las miraba entretenidas, con una ceja levantada y jugando con las botellas vacías―. ¿Chicas? ―llamó, con más insistencia.

―Está bien, llamaré a Signum y a Zafira… ―La castaña hizo un amago de levantarse, pero, para su sorpresa, terminó en su silla otra vez.

―Tal vez necesitas un poco de agua. ―Fate se levantó, no sin cierta dificultad, y fue por un vaso de agua. Ella se quedaría con la joven Takamachi, acompañándola para que no se quedara sola esos días. Solían estudiar juntas y conocía la cafetería como su propia casa. Volvió con cuatro vasos de agua que Hayate y Alisa apuraron antes de intentar adecentarse.

Pasaron diez o quince minutos, en los que todas intentaron aclarar su mente antes de que la caballero apareciera acompañada del guardián en su forma de bestia.

Con una media sonrisa inescrutable, la mujer saludó a las adolescentes y procedió a llevarse a las jóvenes algo alcoholizadas. A Fate le dio la impresión de que tenía práctica en ese tipo de situaciones. Cuando las despedidas estuvieron completas y la casa quedara solo para ellas dos, Nanoha se apoyó en su hombro y cerró los ojos. Un rubor generalizado cubría sus facciones.

Su amiga sintió que su sangre corría más caliente ante la vista.

―¿Nanoha…?

―No sé si pueda subir las escaleras a mi cuarto, Fate-chan ―susurró, más dormida que despierta. La rubia sonrió, «una sonrisa enamorada» habría dicho si pudiera verla, y se echó a su amiga a la espalda, sosteniendo su peso sobre sus propios pies vacilantes.

―Recuérdame cobrarle esta, Raising Heart ―le dijo al dispositivo inseparable de la cobriza.

― All right!

―Yo también lo recordaré… ―Las palabras se perdieron en su cuello, provocándole escalofríos. Subió con todo el cuidado que sus piernas algo torpes pudieron aunar y, sin mucha delicadeza, dejó a la chica en su cama. La joven Takamachi se giró sobre sí misma, ocupando todo el colchón con un suspiro de satisfacción.

―Vamos, Nanoha, ¿ahora dónde voy a dormir? ―bromeó, apenas empujando a la chica en la cama. Una mirada cobalto la calló, algo chisporroteaba en sus ojos, una invitación que no entendía y que no había visto antes.

―Ven ―ordenó con una voz cercana a la súplica. Fate sintió que su boca se secaba. La joven la miraba con los labios entre abiertos, esperándola en la cama, la camiseta de gimnasia algo levantada, mostrando parte de la piel de su abdomen. Por todos los dioses, Nanoha era hermosa.

Esa era una batalla que siempre estuvo destinada a perder.

Con cuidado se recostó a su lado, rodeándola con brazos tímidos. Como respuesta la cobriza se resguardó en ella, enredando sus piernas y acunándose en sus brazos. Ese no era un abrazo de amigas. Esa no era la manera en que dormían juntas en su infancia, cuando incontables veces habían compartido el mismo lecho, en esa misma casa.

Un chasquear de dedos frente a ella la sacó de su ensoñación―. Enforcer Testarossa, ¿quiere revisar el plano de la ciudad y los pasos a seguir en esta misión? ―Teana ante ella la había sacado de sus cavilaciones luego de mucho intentarlo. En sus recuerdos la mujer se había sentido tan a gusto que se había abstraído por completo del mundo.

―Por supuesto ―concedió, dejando la caja de fideos vacía a un lado y centrándose en el mapa que la chica extendía ante ellas. Aun así, una parte de su mente siguió en esas memorias, demasiado preciosas como para dejarlas ir.

Esa noche su relación cambió. No por lo que pudieran decir o hacer. Que no fue nada.

Pasaría tiempo antes de dar el siguiente paso.

Pero esa noche la una reconoció en la otra la misma necesidad.

La misma atracción cruda que habían encadenado por miedo. El mismo anhelo acallado en la inseguridad.

Esa noche de jueves, la esperanza nació para ambas.

VII. Día 39. 10.15 h hora local del planeta b17

―No entiendo por qué…

―No hagas preguntas ridículas. ¿Cómo si no? ―La voz de Fate era dura, una que Teana nunca había escuchado. Una que la rubia reservaba para situaciones especiales.

O misiones encubiertas.

La enforcer le había advertido de los peligros de un mundo nuevo, a la vez de cómo camuflarse entre tantas personas que parecían similares a ella, pero que en el fondo no lo eran. La chica había escuchado, pero poner en práctica siempre era más difícil que poner atención y asentir al recibir las órdenes. Más cuando apenas habían llegado a ese planeta tan similar y a la vez tan distinto. Las volutas de humo se unían y creaban una enmarañada capa que hacía difícil el respirar. Los vehículos rugían como bestias agitadas, sufrían cada vez que se ponían en movimiento y resoplaban al detenerse.

El ruido de los autos, el olor de la ciudad, el murmullo de un millón de voces discutiendo día a día que no entendía.

La rubia la observaba de reojo, dispuesta a intervenir de ser necesario. En lugar de eso la chica se acomodó un poco más en el fondo del bus que montaban y pateó una de las barras que servían de apoyo, su pie envuelto en una bota desgastada. La gente que las rodeaba la miraron de soslayo y se alejaron casi imperceptiblemente.

―Puta mierda… ―masculló casi desganada.

Fate sonrió, eso se adecuaba más a los papeles que les tocaba interpretar.

A ella tampoco le gustaba mucho, por no decir nada, la situación en la que estaban, embutidas en un pedazo de lata en lugar de cubriendo el cielo para recorrer la ciudad. Pero la prudencia debía imponerse a los deseos locos. Llevaba el mapa escondido en su bolsillo, la magia que le suministraba de manera continua lo actualizaba, mientras Bardiche leía las cifras que iban apareciendo y le comunicaba cualquier anomalía.

Hasta ahora todo era despreciable.

Un mundo sin energía mágica no significaba la falta de esta, sino su desconocimiento. Seguramente había personas haciendo deporte cerca, jugando un partido importante, ante un público en una exposición que los catapultaría a la fama. Todas esas cosas detonaban pequeñas descargas en personas aptas a practicar la magia. Lecturas irrisorias, pero que eran los primeros indicios en Mid Childa para entrenar magos.

Miró por la ventana, mirando calles pasar que realmente no le decían nada. Había memorizado el recorrido y dentro de cinco paradas se bajarían y buscarían el siguiente bus para seguir la ruta pautada. Su itinerario incluía muchos trasbordos para cercar la ciudad y luego atravesarla dos veces en diagonal. Estaban cubriendo toda la superficie que podían antes de empezar a hilar más fino. La enforcer sabía que su compañera estaba algo decepcionada, no se parecía en nada a las grandes misiones y los planes al milímetro que adornaban los libros de historia y las anécdotas de los reclutas.

La realidad que a veces costaba digerir era que no había nada de especial o distinto en el plan pensado para derrocar a un dictador de pacotilla al de uno para tomar control de una base enemiga y acabar una guerra. La vida se componía de esos momentos llenos de decisión y era difícil distinguirlos de otros «normales».

«Así muchos dejan escapar oportunidades», pensó con cierta amargura. Estaba en misión y parte de ella no podía evitar que le pesara.

Recorrían una zona comercial, el ruido apenas era ahogado por las ventanas de su transporte.

Cuatro paradas.

Teana también miraba por la ventana, miraba a las personas, observaba todo y tomaba apuntes mentales. Fate estaba segura que si le preguntaba al finalizar el día sobre lo que había visto, le haría un informe detallado y extraería conclusiones lógicas importantes. Esa era una de las razones por las que la había elegido para esa misión. Necesitarían ojo crítico.

Su siguiente parada era un barrio residencial de clase relativamente alta. En un principio nada parecería indicar que pudieran encontrar algo ahí. La única razón por la que estaban en esa ciudad en primer lugar era por las investigaciones de Verossa y el Almirante Harlaown, pero cuando se vivía tanto tiempo cerca de la acción desarrollabas un sexto sentido para las pistas. O, en este caso, llegabas a conocer a tu oponente, y Fate sabía una cosa por seguro, a menos de que fueses un devoto de la causa, siempre exigirías el mejor trato posible.

Y si a quien fuera que estuvieran cazando podía darse el lujo de tener una base secreta en medio de un planeta desierto con magia peligrosa almacenada, podía ofrecerles un emplazamiento con más comodidades a sus subordinados. Otra de las razones por las que había pedido una base de operaciones donde las personas fuesen, en cierta manera, más prescindibles.

Debían moverse como no se lo esperaban.

Una parada.

Ambas se levantaron para seguir con su trayecto, caminarían unas manzanas antes de tomar el siguiente bus, Bardiche aún no leía ningún tipo de información de provecho. Pero era cosa de tiempo, o por lo menos eso esperaban.

Entraban en invierno, el día estaba nublado y frío, Teana sentía como la punta de sus dedos y orejas se entumecían, caminó con bríos intentando calentar su sangre. El cambio de estaciones había sido brusco y su cuerpo aún no se terminaba de acostumbrar. En su bolsillo Cross Mirage descansaba listo en caso de necesidad, aunque cada vez la posibilidad de usarlo se veía más remota.

No había margen de error, por tanto, tampoco de hacer tonterías.

Sin darse cuenta, en un hábito adquirido por los años, escaneó la calle y las casas a los alrededores. Eran edificios altos, pero de cierta manera elegantes, limpios, con balcones adornados por sillas o plantas que daban a entender que sus ocupantes tenían tiempo y dinero para dedicarles. El ruido de la ciudad parecía acallarse en esas zonas, como si estuvieran en otro tiempo y vivieran a un ritmo distinto.

Quizás era uno de los pocos lugares donde se podrían resguardar de la locura de la ciudad.

Donde personas que no estuvieran acostumbradas podrían llevar una vida relativamente normal.

Se detuvo. Fate caminó un par de pasos más antes de girarse y levantar una ceja en su dirección, con un gesto memorizado.

―Tiene que ser acá. Nadie de Mid Childa aguantaría en esta ciudad si no pudiera alejarse de ella ―dijo, plantándose en medio de la vereda casi vacía a esa hora y repasando con la mirada todo a su disposición. La enforcer cambió el peso en sus pies y se cruzó de brazos. Era una posibilidad y no perderían mucho tiempo para cerciorarse.

Quizás valdría la pena confiar en la intuición de Teana, esa era una de las razones por las que la había llevado.

―Te sigo ―concedió, volviendo a su lado y cediéndole el mando por unos momentos. La chica miró a sus alrededores, los edificios eran altos, pero guardaban cierta calidez que la reconfortaba.

En realidad, le recordaban los de su hogar en Mid Childa. Caminó siguiendo su intuición, mientras Fate iba tras ella con una mano cerrada sobre Bardiche, por ahora todo se mantenía tranquilo. Se perdieron por cuadras limpias, calles con autos más lujosos estacionados en los alrededores, árboles en cada esquina y una sensación de estar en un lugar más limpio.

Haciéndole caso a su instinto y a lo que había aprendido en la academia y otras misiones, la chica empezó a rastrillar la zona, moviéndose en un zigzag que cubría toda el área para analizar cada detalle. Un escaneo completo que no esperaban hacer hasta dentro de unos días más. Un silencio algo tenso se había instalado entre las dos. Ambas esperaban que resultase.

Tena por sobre todas las cosas esperaba no haberse equivocado. La intuición era vital para los investigadores. Fate sentía ese nerviosismo y estaba por decirle algo para asegurarle que los pasos equivocados nunca eran una pérdida real de tiempo cuando Bardiche la detuvo.

A signal has been detected. Shall one announce it, Sir? (Se ha detectado una señal. ¿Debería anunciarla, señor?

―Sí, por favor, Bardiche.

―A high magical signal has been detected. 200 meters north. (Una fuerte señal mágica se ha detectado. 200 metros al norte) ―anunció el dispositivo, lo suficientemente fuerte como para que Teana pudiese oírlo. La pelirroja se detuvo, miró a Fate, luego su bolsillo donde el dispositivo descansaba y, por último, al norte, a los edificios que se extendían por la calle que surcaban. Caminaron a buen paso, ahora con el objetivo en mira, siempre intentando parecer unas transeúntes desinteresadas.

El edificio tenía balcones de vidrio con plantas y ornamentos colgando de ellos. Parecía desierto dada la hora, pero debía ser ahí.

Debían estar ahí.

La rubia miró sus alrededores, buscando un lugar donde sentarse o quedarse de pie sin llamar la atención. No encontró nada.

―Ahora es cuando se necesita un auto… ―murmuró, ahogando una maldición en su garganta. Teana la tiró del brazo, haciéndola girar en la esquina y sacando el objetivo de su línea de visión. Fate dejó que la guiara, esperando que la chica demostrara sus dotes de deducción nuevamente. En lugar de eso la chica se sentó en la berma y sacó algo parecido a un cigarrillo de su bolsillo.

―¿Vamos a montar guardia mientras fumamos? ―inquirió Fate, sentándose al lado de ella.

―Ahora mismo no creo que tengamos otra alternativa. Además, esto no es tabaco, es un sustituto poco agresivo.

―Si tú lo dices… ―Estiró las piernas y se sentó en una actitud relajada, fruto de los años que llevaba en misiones, si parecía relajada y en su papel sería poco probable que las molestaran.

Escuchó como la chica a su lado encendía su no-cigarro y olió el humo algo aromático del tabaco en cuestión.

Se preguntó qué harían ahí, qué tendrían guardado y dónde lo esconderían.

Era claro que ahí no, sino Bardiche habría saltado como un loco ante las mediciones.

Mordiéndose el labio inferior, agradeciendo por la capucha que se podía colgar en la cabeza si quería, se dispuso a esperar como tantas veces había hecho antes.

El viento frío les acarició las manos a ambas, entumeciéndoles las puntas de los dedos.

Sí, como había hecho tantas veces.

VIII. Día 40. 00:13 h en el huso horario de la Administración.

Caminaba por las calles oscuras con despreocupación. El mago se había acostumbrado a ellas desde hacía mucho tiempo y casi se consideraba su amigo. Había muy pocas personas o cosas que podrían dañarlo en ellas.

Esa noche no había nada ahí que fuese un peligro real para él.

Giró a la derecha para internarse en un callejón sucio, buscando una puerta de metal pintada. Si supiera que iba tarde estaría de mal humor, pero ahora inclusive estaba de ánimo como para tararear una canción.

Shizuru lo había escuchado luego de que el bar cerrase, con un rostro casi inexpresivo de no ser por los destellos rojizos que lanzaba su mirada.

―Te estás metiendo en algo muy grande. ―Había sentenciado, antes de despedirlo con un gesto más cálido. Natsuki le había palmeado el hombro y deseado suerte. La necesitaría luego, no esa noche. Abrió la puerta sin tocar y se encontró con el hombre que buscaba, una sombra casi detrás de un escritorio mal iluminado y muchas colillas de cigarro descartadas a su alrededor.

No lo saludó, a la sombra tampoco pareció importarle.

Se sentó en la pequeña silla ante el escritorio con gracia y apoyó los codos en la mesa. Lo que aquí importaban eran los negocios, y él solo iba por eso.

―Quiero saber en qué andan los altos cargos del consejo ―preguntó, directo al grano. El hombre ante él se rascó la barba oscura y suspiró.

Le dio mala espina, siempre hacía lo mismo cuando la información que buscaba estaba fuera de alcance.

―Los secretos que quieres comprar, Verossa, ya fueron vendidos. Si los quieres vas a tener que sacárselos por la fuerza a quien los tenga…

La mano que había puesto sobre su rodilla se crispó al oírlo. Podría sacarle la información a él, claro, pero luego perdería uno de sus contactos más preciados. En lugar de eso se inclinó un poco más en el escritorio e hizo la siguiente pregunta lógica.

―¿A quién tengo que robárselos?

La sombra sonrió, eso era algo por lo que podía cobrar.

IX. Día 39. 19:22 h hora local del planeta b17.

―Hay tanta gente que casi no puedo verlos…

―Sígueme, yo aún los veo. ―Fate hacía uso de su estatura para abrir un camino entre el mar de gente que luchaba por transitar en las calles más concurridas de la ciudad. Algunos solo querían llegar a sus hogares luego de un día largo, otros empezaban a salir para distraerse con las bondades nocturnas que podría ofrecerles la capital. En el medio, las dos magas seguían de cerca la pista de dos chicos que habían dejado el edificio en dirección desconocida. Según Bardiche ambos presentaban un nivel de magia común al de un agente en descanso.

Tenían que ser ellos.

Con una mano siempre sobre Bardiche, recorrió la zona con rapidez, sin nunca sacar la vista de la nuca de ambos. Si los perdían tendrían que empezar todo de nuevo. Era un golpe de suerte que no podían dejar escapar.

Cruzaron una avenida, corriendo los últimos metros para evitar los autos que atronaban bocinazos y empezaban a moverse, Teana siempre detrás de ella confiando en la visión de su superiora para orientarse.

Se internaron por una calle peatonal, donde el movimiento de la masa fue peor y tuvieron que zigzaguear para no retrasarse. Fate estaba dispuesta a usar sus hombros y repartir un par de empujones en su intento de abrirse camino de no ser porque habrían llamado demasiado la atención. Si esta fuese una persecución aérea ya los habría atrapado.

Era la maga más rápida de la agencia, o una de las más rápidas. Estar pegada al suelo cuando se necesitaba ser veloz la sacaba de sus casillas.

Teana se golpeó contra su espalda cuando la enforcer se detuvo. La miró sorprendida por un segundo, antes de saltar y ponerse casi al trote detrás de ella cuando volvió a moverse ahora más rápido. Los hombres parecían haber desaparecido por un segundo, pero en realidad estaban bajando escaleras, no había notado los letreros que señalaban el subterráneo a los costados y por donde se habían deslizado. Ambas se detuvieron a los pies de las escaleras, donde lograron ver las dos figuras que seguían por última vez antes de perderse por los túneles que recorrían cientos de kilómetro bajo la piedra y el asfalto de la ciudad.

Haciéndose hacia un costado para no interferir con el paso usual de las personas, Fate se pasó una mano por el rostro y se mordió una uña. Al menos ya tenían una pista algo más sólida.

No le gustaba para nada, la magia poderosa se guardaba bajo tierra para contenerla en caso de ser necesario. En el fondo sabía qué había allí abajo, pero no quería aceptarlo.

No quería otro incidente ahora en un lugar donde miles de civiles podrían verse involucrados.

―¿Fate…? ―tanteó Teana, al ver el silencio en el que se había sumergido la rubia. La aludida levantó la cabeza y se disponía a dar sus órdenes, cuando otra voz, ahora dentro de su cabeza, la dejó anonadada por unos segundos.

¿Fate-chan?

NdA: Por una hora no llegué al sábado. Espero que este capítulo algo más largo enmiende el pequeño retraso, gracias a mi editora por sacarlo en tiempo record... Ahora, la trama avanza y el próximo capítulo tendrá algo más de emoción, ¿alguien adivina qué puede pasar?

Saizoouuuh: ¿Alguien dijo Nanofate? ¡Traigo Nanofate!

Luna del Desierto: A mí también me gustaría sacar más seguido, pero no alcanzaría a escribir cada capítulo antes de tener que publicarlo. En este ya me atrasé... espero que estés mejor y te guste esta entrega.

Nadaoriginal: Se nos vienen unas cuantas misiones encima, nuestras chicas tendrán mucha acción.

Queridísimos lectores, nos vemos dentro de dos semanas como pactamos (me esforzaré para mantener este ritmo de publicación). Espero sus comentarios y opiniones respecto a este cap.

Hasta entonces, ¡saludos!