Capítulo 7: Antes de que se nos lleve el tiempo
Una cosa tenía clara, y es que nada de lo que había pasado tenía nada de claro. Más bien era de un color oscuro, uno de esos colores que no están bien definidos en la gama y que cada uno lo veía de una manera especial. Para ella, aquel asunto se había convertido en un color azul oscuro casi negro.
Y si creía que a partir de ese día iba a volver a ver más a Malfoy, estaba completamente equivocada. Una semana después, Ginny no tuvo más remedio que rendirse ante la evidencia de que el slytherins no solo se encerraba en su cuarto para no tener que bajar a la Sala Común; tenía la impresión de que también la estaba evitando. Y encima, ahora acarreaba con más dudas que antes de que hubiese interrogado a Malfoy. Al final, subir hasta la torre de Astronomía solo había conseguido dejarla más preocupada y con extraño sabor a derrota.
Dos semanas después, a pesar de que no había vuelto a pasar nada excepcional, Ginny no podía dejar de enumerar lo que ya sabía o lo que creía saber, o lo que intuía, que era más bien mucho: Si la que le había dado la botella a Malfoy era Pansy, por ende, lo más seguro es que fuese ella la que se había chivado. O tal vez no. O tal vez era solo una botella con tierra, sin más. O tal vez había sido otra persona la que le había contado a Pansy donde estaba enterrada la botella, y esa persona fuese la que realmente se había chivado. Fuera como fuera, la única solución que había intentando ignorar hasta ahora era su única salvación: tenía que ir a ver si verdaderamente la botella seguía allí. La única razón por la que no había ido antes, tenía que reconocérselo, había sido por algo parecido al miedo. Y no era un miedo cualquiera, nunca lo había sido, desde un principio. Ginny siempre había temido el culpable de todo aquello fuese Malfoy. Pero lo que le dijo aquella noche había cambiado las cosas, ¿verdad? Si había sido Pansy la que le había dado la botella…
Dos semanas después se encontró escarbando justo debajo de la ventana donde vio a Lavender escarbar aquella vez. Y encontró lo que más se temía: nada.
El dulce dolor de las tinieblas
Si aquel octubre llegó callado y de puntillas, noviembre entró con un vendaval de lluvia que parecía llenarlo todo. Faltaban dos meses para la Navidad y la poca nieve que había caído se había derretido con las constantes lluvias que amenazaban grises desde el cielo. Aquel mes se estrenaba así, aguado y oscuro, pero con una sorpresa especial: una excursión a Hosgmeade que haría que pudiesen estirar las piernas y salir por fin de la aburrida y tediosa rutina de siempre.
Ginny se estaba poniendo un jersey, justo antes de salir, cuando llamaron a la puerta de su habitación.
—¡Pasa! —le ordenó a la persona que estaba tras la puerta—. Ya casi estoy.
—Hola, Gin…
Hermione entró en su cuarto casi de puntillas, como si no quisiese molestar, y se dirigió furtivamente hacia su cama. Ni siquiera la había mirado al cruzarse con ella y Ginny la observó un instante, mientras la chica se perdía detenidamente por la piedra del suelo. Parecía ausente. ¿Qué diablos le pasaría?
—¡Eh! —la llamó, dispuesta a salir de dudas—. ¿Qué te ocurre?
Hermione no dijo nada por un momento. Se limitó a mirarla quedamente, como si pudiese hablar por los ojos mas que por la boca, hasta que finalmente empezó a despegar los labios con lentitud.
—Verás...—se perdió, dudando, tal y como había imaginado—. ¿Cómo te lo explico?
Si Hermione no encontraba las palabras adecuadas es que algo verdaderamente grave estaba pasando. Ginny terminó de ponerse el jersey y se acercó a su lado, sentándose en la cama.
—Empieza por el principio —le aconsejó.
—Sí, será lo mejor...—Pero al final solo apretó los labios y se quedó mirándola fijamente, sin decidirse.
Ginny empezaba a perder la paciencia.
—¿Vas a decírmelo o no?
—Sí, claro...
—¿Entonces? ¿Porqué no empiezas?
—Mmm...Es que Ron...
—¿Rooon, qué? ¡Vamos, Herm!
—Eh, bueno...—dudó, con un poco de timidez.
¿Lo estaría haciendo adrede?
—¿¡Ron, qué!?— le espetó— ¡Habla!
—¡Pues...! ¡Qué me ha invitado a ir a Hogsmeade con él! ¡Ya está!
Hubo un silencio intenso antes de que Ginny pudiese reaccionar.
—Espera un momento...¿Qué has querido decir con eso?
Se rieron. Se rieron durante un buen rato. Se rieron tanto que acabaron tiradas en la cama sin poder parar de reír. Hacía tanto tiempo que Ginny no se reía así que se sintió aliviada y confundida al mismo tiempo. ¿Qué le estaba pasando últimamente? Se preguntó. Antes solía hacerlo a menudo, sin importar lo que pensaran los demás. ¿Porqué, entonces, había dejado de hacerlo y desde cuando? Sin tener respuestas para estas preguntas y sin querer aguar la felicidad de Hermione, se levantaron de la cama y se miraron como solo dos amigas que se quieren se pueden mirar. Aquello era una buena noticia y Ginny la felicitó, dispuestas ya a decirse adiós sin muchos más preámbulos, ¿qué más podían decirse que no se hubiesen dicho ya? Pero antes incluso de empezar si quiera a despedirse, alguien llamó a la puerta y Hermione, más cerca de esta, se dispuso a abrir.
Desde donde estaba no podía averiguar quién había llamado, pero tampoco le hizo falta.
—Ron me ha pedido que te diga que bajes, que te está esperando en la puerta del Gran Comedor y que no tardes, que hace frío.
—Oh, ¿en serio? —escuchó a Hermione dudar, pero enseguida se recompuso—. Pues...¡Muchas gracias, Parvati! Enseguida voy.
Inmersa en aquella burbuja de felicidad que la aislaba del mundo, Hermione salió corriendo sin despedirse y sin cerrar la puerta y por supuesto, sin darse cuenta del tono lastimero que Parvati usado en todo momento. Ginny lo notó desde donde estaba, perfectamente, a pesar de que ni siquiera la había visto marchar. Indudablemente, Parvati estaba triste. ¿Quién no lo estaría después de todo lo que había ocurrido a raíz de aquella noche? Ginny no la culpaba en absoluto y no porque ella hubiese salido mejor parada. Pero las gemelas no habían previsto jamás aquel desenlace jamás; eran alumnas modelos. Siempre lo habían sido. Y de pronto, un día, la imagen que tenían de ellas desapareció. Había sido duro, muy duro, verse relegadas a cumplir un castigo y a recibir una dura reprimenda, cuando siempre habían sido objeto de los premios y de los cumplidos de los profesores. Y mientras se dirigía hacia la puerta para cerrarla, no podía dejar de pensar que aquella noche en el Lago había sido desastrosa para todas. Primero, Lavender. Y ahora, Parvati. Que de pronto seguía allí contra todo pronóstico, bajo el dintel de la puerta, con los ojos bajos. Esperando.
—Ah, hola, Parvati —la saludó Ginny, sin saber muy bien qué decir y un poco asombrada—. Pensé...pensé que te habías marchado con Hermione.
Ginny se quedó al lado de la puerta con la mano sobre el pomo, también esperando. Sin embargo, la chica que tenía frente a los ojos no parecía dispuesta a hablar. Parvati parecía estar rodeada de esa aura plomiza de las personas que llevan una gran carga encima, con las manos entrelazadas y la cabeza gacha. Pero después de varios segundos de intenso silencio, Ginny no aguantó más y la abordó:
—¿Necesitas alguna cosa?
Parvati no se movió por un momento, pero cuando por fin lo hizo, dirigió sus grandes ojos negros hacia ella y susurró con temor:
—No dejes que te vea con él...
Ginny dudó por un momento, pero enseguida se apresuró a preguntar:
—¿Cómo has dicho?
Pero Parvati insistía, visiblemente nerviosa y sin dejarla acabar.
— No dejes que te vea hablando con él. Si te ve, no te dejará en paz.
—¿Pero de quién diablos me estás hablando? —preguntó, totalmente confundida.
Aquello tenía que ser parte alguna broma. Seguro. No cabía otra posibilidad. Una broma estúpida y sin gracia pero broma después de todo. Iba a decírselo directamente cuando la miró fijamente a lo ojos buscando algún signo de burla en ellos, pero Parvati no parecía estar bromeando. En absoluto. Mucho menos cuando volvió a insistir.
—No dejes que te vea hablando con él y no se lo digas a nadie. Solo aléjate de él y ella se alejará de ti. Por eso te busca. Ella te está observando.
—¿Quién? —balbuceó, pillada por la sorpresa—. ¿Quién me observa?— Pero Parvati creía que ella conocía la respuesta.
—No es la primera vez —volvió a susurrar. Y por fin, cuando pensaba que aquello se iba a alargar y alargar como una pesadilla de la que jamás obtendría respuesta, Parvati empezó a retroceder por las escaleras con gesto decidido—. Me tengo que ir. Lo siento.
Ginny intentó detenerla y avanzó:
—Espera un momento, por favor, no te marches...
Pero a cada paso que daba Parvati retrocedía tres.
—No volveremos a hablar del tema, nunca más. Si me preguntas, lo negaré todo. —Dio otro paso más. Siempre hacia atrás—. Si intentas abordarme de alguna manera, no diré nada. Esta conversación se acaba aquí y ahora. Este colegio es demasiado grande como para no encontrarnos durante algún tiempo así que no lo intentes. Si se entera de que te lo he dicho, tampoco me dejará en paz a mí. ¿Aceptarás mi consejo?
—Pero yo...
—Acéptalo, por favor —le pidió, como si se estuviese disculpando. Bajó el último escalón y la miró por última vez—. Si no lo quieres hacer por ti... hazlo por él.
Un paso hacia atrás y dos más hacia la izquierda
Hacía diez minutos que llovía copiosamente, pero Ginny no se había dado cuenta. Andaba sin mirar hacia ninguna parte por el camino empedrado, perdiéndose entre las calles, ajena a todo: ajena al agua, ajena al pelo que le caía chorreando por detrás de la espalda y que empezaba al filtrarse a través de su túnica. Pero sobre todo, ajena al hecho de que alguien la estaba siguiendo sin darse cuenta.
No podía dejar de pensar en la confesión de Parvati. En sus ojos asustados, en la manera que había huido. Y empezó a desmigar cada palabra de la conversación, intentado darle un orden concreto, una explicación, una salida. Parvati había dicho: «No dejes que te vea hablando con él» y eso solo podía significar una cosa. O dos, si se apuraba. Porque solo había dos él constantes en su vida, mal que le pesara: Harry y Malfoy. Fuego y hielo. Rojo y verde.
¿Se habría vuelto loca? Porque aquello no tenía ningún sentido...¿O tal vez si? ¿Sería la misma persona que la atacó de la que tenía que tener cuidado? ¿Sería la misma persona, una y otra vez, la que estaba poniendo todo su mundo patas arribas?
¿Sería acaso...?
—¡Ah!—Alguien la había asaltado de pronto desde detrás de una esquina y la había agarrado de la túnica, resguardándola bajo un portal—. Por favor, no vuelvas a hacer eso nunca más —dijo finalmente, con una mano en el corazón—. Si quieres que siga viviendo, no.
Harry por fin se había bajado la capucha y le sonreía divertido, mostrando sus enormes ojos verdes empapados por la lluvia.
—Estás aficionándote a hacer cosas extrañas, Ginny—le contestó este a su vez—. Bañarte en el Lago a media noche, andar bajo la lluvia...
No era el primero que le decía aquello y no pudo evitar compararlos. Pero Harry la seguía mirando como si fuera la cosa más mona del mundo, y tuvo que bajar enseguida de la nube de pensamientos que amenazaba con rodearla.
—¿Siempre me lo vas a estar recordando?
—Hasta el día que me muera. ¿Adónde ibas, por cierto?
—No lo sé —Ginny se encogió de hombros, pegándose a la pared cuando la lluvia empezó a apretar de nuevo—. Ya sabrás lo de Ron y Hermione, ¿no?
Harry asintió.
—Fue idea mía. Estaba harto de oír a Ron murmurar en sueños e intentando mirarla a hurtadillas siempre que podía. Cuando empecé a salir con Cho, creí que ya era hora de que aquellos dos se pusieran de acuerdo.
—¿Porqué, para que te dejaran en paz?
—Venga, Ginny, no seas así—Harry le quitó importancia con un gesto de la mano—. Es verdad que al principio pensaba que si ellos dos salían juntos iba a quedarme un poco colgado, pero luego lo pensé. Si yo estaba tan feliz con Cho, ¿porque ellos dos no se merecían lo mismo?
Harry, que siempre anda pensando en los demás y no se olvida de sus amigos.
—Por cierto—recordó de inmediato—, ¿qué haces que no estás con Cho?
Cuando Ginny mencionó aquel nombre, Harry arrugó la frente como si le doliera.
—Bueno, se puede decir que hoy no ha sido nuestro mejor día.
—¿En Madame Pudipié no tenían mesas? —bromeó.
—No seas tonta, no ha sido por eso.
Pero Ginny no quiso seguir preguntando. Conocía a Harry desde la primera vez que entró en su casa sin los dientes de delante y de la mano de su padre. Lo había visto crecer, jugar, bailar, montar por primer vez en una escoba. Incluso tuvo uno de sus dientes entre las manos cuando se cayó. Harry le enseñó todo lo que sabía sobre quidditch, pero nunca se atrevió a confesarle la verdad. Prefería ver como se le caía el mundo encima a que Harry la mirara como a una extraña. Y fue por eso por lo que no preguntó. Por lo que nunca preguntaba. Porque temía que si lo hacía, lo que había sentido desde siempre podía salirle de entre los labios en forma de pregunta. Pero Harry estaba allí de pie, a su lado, y lanzándole miradas de soslayo cada dos por tres, como si esperara que Ginny le dijera algo.
Cuando presintió que ella no iba a volver a abrir la boca, suspiró con nerviosismo y se puso delante de su mirada. Abajo, en la lluvia.
—Ginny...
—Dime, Harry.
—¿Tú…?—se quedó con las palabras en la boca un momento, aguantándolas— ¿Tú vendrías conmigo al Café París?
Café y libros
Aquel sitio era el típico por el que todo el mundo pasaba y nadie se fijaba en él. Encajado entre dos casas antiguas llena de ventanas cerradas, verde manzana y casi escondido, se encontraba el Café París.
Cuando entró, no entendía muy bien a que venía aquel nombre. Todo forrado de madera y con estanterías hasta el techo, el Café París más bien parecía una tienda de libros antiguos que una cafetería, ya que había libros por todas partes. Libros en las paredes, libros en el suelo, libros en unas escaleras que intuía que llevarían al primer piso pero que no podía ver. Y por supuesto, el olor. Cuando una persona está acostumbrado a lo viejo, el olor es lo primero que detecta. Y Ginny se dio cuenta casi de inmediato que aquellos libros tenían mucho, pero que muchos años.
Harry la agarró de la mano y Ginny tuvo el impulso de soltarse, pero éste ya la estaba llevando hasta el piso de arriba. Allí estaba la famosa cafetería parisina que prometía el título de la puerta. Un tocadiscos hechizado en una esquina confesaba palabras francesas con una música cadenciosa.
—¿Qué es este sitio, Harry? —le preguntó, una vez que se hubieron sentado.
—Lo encontré una vez paseando con Cho. Está muy lejos del centro, aunque nada comparado con Madame Pudipié. No tiene una gran clientela, pero es bastante tranquilo.
Y Ginny entendió tranquilo por apartado de las miradas de todos.
La habitación estaba decorada austeramente y sin embargo, no dejaba de ser bonita. Las mesas y las sillas eran, extrañamente, de forja blanca y decorando las paredes colgaban unos cuadros de gente en blanco y negro que se movían como las películas antiguas de los muggles, que Hermione se empeñaba en proyectar en las noches de verano en la Madriguera. Para acabar, aparte del tocadiscos y cubriendo toda la pared izquierda, enfrente de las mesas, había una barra de madera con la que intuía que era la cocina. Una puerta, al lado, dejaba pasar la luz de una antorcha azulada.
El camarero se acercó y Harry pidió dos cervezas de mantequilla bastante calientes. Luego se la quedó mirando. Parecía nervioso.
—¿Qué es lo que ocurre, Harry? —le interrogó, nerviosa también.
—Nada, ¿no puedo invitarte a una cerveza?
—Si dejaras de apretarte las manos así, a lo mejor sonaría hasta convincente.
Harry miró hacia abajo, descubriendo los nudillos blancos de sus manos apretadas.
—Perdona, Ginny. No creas que te he traído aquí para hacerte perder el tiempo, ni nada de eso.
—No te preocupes. Si quieres contarme algo, solo tienes que hacerlo. No diré nada, ya lo sabes.
Harry parecía aliviado y alarmado, y se notaba que no sabía por donde empezar, pero Ginny empezaba a impacientarse. Se secaba con un hechizo y sin embargo, no había lugar dentro ella que no estuviera mojado. Y sabía, como saben las mujeres, por intuición y por inteligencia, que Harry quería hablarle de Cho.
—Bueno, yo...Mira, yo quería...Vamos, preguntarte cosas sobre las chicas. Y tú eres una chica.
—Vaya, te has dado cuenta —comentó sarcástica. Algo dentro de ella, sin embargo, explotó en mil pedazos. Ginny se removió inquieta en la silla mientras guardaba la varita en el bolsillo, intentando ignorar el desbarajuste de su interior.
—¡Lo siento Ginny, no quería decir eso!—Harry parecía preocupado y se llevó una mano al pelo, alborotándoselo. Apenas la miraba a los ojos—.Yo...es que estoy muy nervioso.
En ese momento, el camarero apareció con dos jarras bastante grandes y espumosas, con un vapor denso y oloroso. Aquello le dio un respiro a Harry que enseguida se la llevó a la boca, aunque terminó resoplando.
Ginny soltó una risita malévola.
—Vaya, esto quema.
—¿Vas a ir al grano de una vez, Harry?
Harry se sorprendió, pero terminando cabeceando.
—Está bien, no me andaré con rodeos —asintió—. Ya sabes que Cho y yo llevamos un tiempo saliendo. Cinco meses, exactamente. Y han sido los mejores de mi vida. Pero de aquí a un tiempo, las cosas no nos van bien. Sobre todo, desde el baile —Ginny también asintió, soplando en su vaso—. No me ha dicho lo que le pasa—siguió contando—, pero yo se lo noto. Yo creo que ella espera «algo más».
—«¿Algo más?»
—Si, ya sabes —Pero Ginny no sabía—. Creo que quiere ir más «allá».
—¿Al otro mundo?
—Ginny...
Esto no le podía estar pasando a ella. Por favor, aquello no.
—Quieres decir que quiere que os acostéis juntos, ¿verdad? —terminó por reconocer, llevándose una mano a la cara.
El chico miró por todos lados con aprensión. Luego se inclinó hacia ella interrogante.
—¿Crees que quiere hacer eso?
Ginny abrió la boca, totalmente sorprendida.
—¡Y yo que sé Harry, es tu novia!
—Porqué yo no tengo ni idea de hacerlo.
—¿Y crees que yo sí?—Ginny estaba empezando a perder la paciencia—. ¿Crees que voy acostándome con todo el mundo?
—Yo no he dicho eso, yo no quería...
Ginny ya sabía que él no quería, lo sabía desde el principio, pero eso no le importó en absoluto.
—¡Mira, Harry!—exclamó levantándose, mientras se quitaba el pelo mojado de la cara en un gesto furioso—. Creo que esto ha sido un error. No debería de haber venido aquí contigo. Si tienes algún problema de esos, ¿porqué no se lo dices, simplemente? ¿En vez de ir por ahí juzgando a los demás?
—Ginny, por favor...—suplicó el chico, pero Ginny lo ignoró, dándose la vuelta.
—Nos vemos en el castillo, Harry —murmuró enfadada, mientras bajaba por las escaleras y salía por fin a la calle. Aún no había dejado de llover.
Cuando nunca es nunca y siempre, también lo es
Estaba más asustada que enfadada. Y más enfadada que triste. Aunque la realidad ya era inalterable al hecho de que había corrido de Harry como quien huye de un sueño que nunca se cumplió, deseó en el acto dar media vuelta y volver por donde había venido. Pero lo único que le respondían con total atino eran las piernas, que la llevaban hacia adelante.
La cosa estaba clara: Ella había huido porque en el fondo le dolía que Harry solo la viera como quien se mira en un espejo. Como de igual a igual. De chico a chico, incluso. ¿Le había molestado, sin embargo, cuando Harry empezó a salir con Cho? No lo recordaba. Y solo podía apretar el paso y seguir.
Pero al cruzar una esquina suprimiendo un escalofrío, como parte de un teatro callejero que le era totalmente ajeno, la imagen de dos personas abrazadas la detuvo.
No sabía muy bien donde empezaba el cuerpo de Pansy ni donde acababa el de Malfoy, ni que hacían allí bajo el aguacero que descargaba sobre ellos más temores que agua. Porque se abrazaban como con miedo, como si no tuvieran el derecho inalienable de quererse así, en la calle y sin premura. Porque se estrechaban como si no hubiese espacio y la vida se les acabara en ese abrazo. Como si no existiese nada más. Pansy había apoyado la cabeza en su hombro y no la veía, pero Malfoy miraba hacia adelante con los ojos cerrados y el pelo de la chica enredado entre las pestañas.
El fuego de un tortura sin nombre la quemó por dentro y tosió. Supo, como supo lo de Harry, que el sentimiento era el equivocado aunque no le importara equivocarse. Que no tenía derecho de sentir nada y sin embargo, no dejaba de sentir. Aunque no lo entendiera. Porque si se suponía que lo habían dejado, ¿que significaba aquello?
¿Y Lavender, en dónde encajaba? ¿Lo sabría Pansy? ¿Sabría qué Malfoy se había acostado con Lavender y por eso lo dejó? Y ahora que Lavender ya no estaba, ¿habrían vuelto por eso?
Demasiadas cuestiones, demasiadas preguntas que obviamente no sabría jamás, y que por supuesto, ni siquiera tenían que ver con ella.
Cuando se cansó de estar allí como una observadora nata de la felicidad ajena, pasó por su lado con la cabeza tan alta como le dejaba la lluvia que caía como un torrente. Intentó alejarse, pero la calle era estrecha. Y allí no cabían ni ellos dos, ni ella misma, ni todos sus pensamientos fluyendo a la vez como demonios.
Cuando llegó a su altura, Draco fue el primero que levantó la cabeza y la miró. Y ella no pudo controlar el impulso de mirarlo a la cara como un desafío. Y brotó de sus labios una frase ambigua pero que sin embargo, resumía toda una vida de amores frustrados. La suya.
—Quererse así no es bueno.
Lo que le contestó Draco no lo oyó, porque al cruzar de nuevo la otra esquina y al sentirse liberada de cualquier respuesta por su parte, corrió como quien vuelve a escapar de otro de sus destinos malogrados.
Todos los hombres de mi vida
El camino que subía hacia los terrenos de Hogwarts, lejos de Hogsmeade y perdido entre la maleza que no dejaba de crecer, estaba solitario y vacío y casi lo agradeció. Seguía lloviendo pertinaz y sonoramente sobre todas las cosas. Y Ginny solo deseaba llegar a alguna parte donde poder desenterrar sin testigos eso que la estaba carcomiendo por dentro.
Resoplaba a causa del esfuerzo de luchar contra la empinada cuesta y la lluvia, pero sobre todo, por sus pensamientos subversivos y encontrados, que ni ella misma podía controlar.
No es amor, se repetía. No es amor, se decía como una súplica muda, incapaz de dilucidar nada más. No es amor, porque el amor es más inabarcable, más ancho que todo éste mundo. No es amor porque el amor no se puede explicar, y ella era capaz de ordenar sus sentimientos con una precisión absoluta.
Cuando empezó a divisar las puertas lejanas de un Hogwarts gris y en penumbra, cansada ya de pensar, alguien la agarró del hombro y tiró de ella.
—¿Qué quisiste decir con eso? —Malfoy se protegía de la lluvia con las manos bajo las axilas. Encogía los hombros y los ojos, alzando la voz—. ¿Me lo puedes explicar?
Así era él. Reclamaba lo que era suyo con una avidez de un niño que no entiende de la generosidad ni del altruismo. Y si él deseaba saber, sabría.
—¡No fue nada, una tontería! —Ella también alzaba la voz, intentando rehuirle, pero sus palabras la traicionaron. Aquel nada lo era todo y tenía miedo de contarle la verdad.
Parados bajo la lluvia en un camino donde podría verles cualquiera, se apresuraron a separarse para dejar claro que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder terreno.
—¿Entonces para qué dices nada?—Touché. Malfoy era capaz de hablarle al oído y contarle como era el mundo y a la vez, era capaz de decir dos palabras que la aplastaban irremediablemente contra el suelo de la realidad.
¿Qué decirle? ¿Qué estaba envidiosa porque a ella nadie la había abrazado así? ¿Qué el único amor que tuvo la había llevado por primera vez a una cafetería solo para hablar?
Ginny estornudó por toda contestación y se abrazó a a sí misma. Aquello empezaba a parecer irreal, pero se concentraba en rodar las piedras bajo sus zapatos y en el repiqueteo de la lluvia que iba cediendo.
Malfoy, sin embargo, seguía delante de ella, aguantado el chaparrón con estoicismo.
—Podemos quedarnos aquí todo el día —le dijo. Y ella pensó que seguramente eso era verdad—. Me gusta la lluvia, ¿sabes?—«Nunca me lo dijiste»—. Y a lo mejor si no fueras tan orgullosa podríamos zanjar este asunto aquí y ahora.
Y volvía a dar en el clavo, como si tuviera en una mano las verdades del mundo y en la otra, las palabras justas para decirlo.
Ginny se quitó el pelo que le chorreaba de los ojos con una dignidad fingida. No quería demostrar lo tonta que se sentía y sin embargo, estaba tan avergonzada de sus actos que pensó que meterse un poco más al fondo del pozo no le iba a perjudicar. Malfoy parecía estar esperando una respuesta y Ginny no sabía ya qué decirle.
Un buen ataque es una buena defensa, se dijo, a la desesperada.
—¿Y Pansy?—Directo y en el blanco. Malfoy también se quitó el pelo rubio de la frente, en un gesto que Ginny interpretó como la pausa a una pregunta de la que no se tiene respuesta.
—Así que es por eso, ¿no? —Ginny fingió no saber—. ¿Estás así porque me viste con Pansy?—Y sonrió de lado, entre confuso y divertido. Seguía con las manos debajo de las axilas y la túnica le goteaba en los zapatos. Lo supo porque empezó a mirar el suelo en un intento de que su expresión no la traicionara.
—No estoy de ninguna de las maneras. No sé que te has creído pero...—Pero se detuvo al escuchar como Malfoy avanzaba hacia ella lentamente, de lado a lado, con un pie detrás del otro, como si tuviera que tener cuidado por donde pisaba.
—¿Me estas diciendo que...—un paso—, estás así porque...—otro paso—, estás celosa?
Directo y en el blanco. Ginny levantó la mirada con gran suficiencia para enfrentarse a su acusación, cuando notó la presencia real y tangible de su cuerpo a solo diez centímetros de su cara. Le hizo gracia pensar que a pesar de que llovía, aquel cuerpo despedía una especie de calor que llegaba hasta a ella en forma de bocanadas.
—No digas estupideces, yo no...—empezó a decir. La verdad es que temblaba, pero se consoló pensando que Malfoy podía interpretarlo como frío. No sabía ni a donde mirar—. ¿Celosa yo? Ya, claro...Por supuesto.
—Si no eres capaz de decir algo con un mínimo de coherencia, es mejor que calles esa bocaza, pelirroja —Quiso creer que lo decía amenazante. Que lo había dicho incluso para reírse de ella. Pero la verdad, lo que sintió entre sus piernas como una bola caliente que le pesaba, es que cada palabra que dijo sonó mas erótica que la siguiente.
Alzó la cabeza para decir algo, pero la visión de la boca entreabierta de Malfoy la dejaron en un estado de profunda turbación y ansiedad. Aquello no podía estar ocurriendo y sin embargo sabía, que si levantaba las manos solo un poco más y salvaba aquella distancia que le parecía casi nula, podría tocarle el pecho y casi gimió.
¿Porque todos los hombres de su vida jugaban con ella de esa manera? ¿Porque paseaban con otras y se abrazaban a otro cuerpo, y luego volvían a ella como si no tuvieran otro lugar en ese mundo?
Todos los hombres de su vida, que eran dos pero hacían por veinte. Y que la habían dejado siempre para encontrar solaz en una cama que no era la suya.
¿Era amor eso acaso? ¿Qué era?
—¿Estás llorando?—le preguntó Malfoy. Y su voz resonó en sus oídos como si no hubiera otro sonido más que ese—. ¿Estás llorando o no? —le exigió.
Y Ginny no pudo más y lo hizo. Llevaba queriéndolo hacer mucho tiempo.
N.A: ¡Hola a todos!Para empezar deciros que muchísimas gracias por haberme leído hasta aquí, los que me han dejado review como los que me siguen o han puesto mi historia en favoritos. De corazón. Y un guiño especial a mi querida rojita, Rougeness, por supuesto. Sin ella quizás no os hubiérais enterado ni de la mitad de las cosas xD
Otra vez muchísimas gracias con todo mi cariño, ¡y bendito seáis, si soñáis con Hogwarts!
