Hi, personitas!

¡He vuelto! Después de mil ochocientos años, ¡lo siento mucho! He dejado el fic abandonado por más tiempo del que tenía planeado, han pasado tantas cosas los últimos meses... que perdí el hilo de lo que estaba escribiendo, así que espero que no se note mucho en este capítulo. Por eso decidí hacer algo diferente, ya se darán cuenta cuando empiecen a leer el capítulo, decidí que el punto de escribir esto en tercera persona era intercalar distintos personajes, así que ... díganme por favor como ha quedado al finalizar, ¿sería mucho pedir?

Mil gracias a todas las personas que estuvieron mandándome mensaje de apoyo estos meses, realmente me motivaron a continuar porque no tenía mucho escrito... así que, mi infinito agradecimiento por su espera y por su paciencia.

¡A leer!

Besos, S.


Capítulo 7: Detrás de una mirada

Ansiaba una taza de café con todas sus fuerzas. El sabor amargo en su boca era éxtasis en ese tipo de momentos. La verdad era que prefería mil veces el sabor de té, pero aquella era otra situación. Totalmente diferente y por esa razón, sentía que necesitaba algo que lo sacara de la rutina. Una desnuda espalda era iluminada por la luz que se colaba por las ventanas, y no podía dejar se observarla, aquello parecía como pinceladas, los músculos tenso y al mismo tiempo tan delicados, le hicieron pasar sus dedos por aquella superficie. Un ronroneo femenino lo hizo sonreír. Aquella caricia pareció gustarle, y aprovechó para deslizar el dedo índice por toda la línea de la columna vertebral. Arqueó la espalda un poco y descubrió una piel de gallina por toda la piel de la espalda.

Era fascinante su cuerpo, realmente perfecto. No había un solo defecto y aunque costaba admitirlo, no lo había recordado de esa manera. Pequeños músculos marcados, líneas curveadas y definidas, piel de porcelana con subtonos rosados. La sabana blanca apenas tapaba su trasero, pero una pierna rebelde se estiraba en toda su extensión. Incluso su pequeño pie era atractivo, con pequeños dedos regordetes que no había duda en besar uno por uno. Había sido una noche espectacular, lo habían hecho solo un vez, pero después de terminar con la espalda adolorida por el duro suelo, y con rodillas moreteadas. Decidieron seguir divirtiéndose en su habitación, había acariciado y besado cada rincón de su cuerpo, logrando otro orgasmo con sus dedos. Se regodeaba de lograr esas sensaciones en ella, era una picara y atrevida, pero una total contradicción. Pues aunque gustaba del sexo sin compromiso, elegía con cuidado a sus víctimas y nunca se portaba como una mujer fácil. Había una delgada línea entre eso, y ella estaba en la cuerda floja logrando un balance perfecto. Era lo que más le gustaba.

Continuó acariciando la espalda con delicadeza, hasta alcanzar su cintura. Quería despertarla, pero con caricias para que no se negara a hacerlo una vez más con él. Quería colmarla de deseo, y sentirla vibrar bajo su cuerpo. Bajó los dedos por el plano vientre hasta el gracioso ombligo, e inclinó su cabeza sobre su hombro, depositando su aliento en la curva del cuello femenino. Estaba despierta, lo sabía pues se estremecía con cada caricia, pero parecía dispuesta a fingir siempre y cuando sus dedos no pararan.

-Despierta –susurró consiente de que su voz sonaba más grave de lo normal.

La tomó del hombro y con poco fuerza la hizo acostarse boca arriba, donde podía observar su angelical rostro y aprovecharse de los pechos que habían rebotado un poco acomodándose en su lugar. Cambió las caricias en el ombligo por besos con todo el vientre, muy cerca de la línea que tapaba aquella parte con las sabanas, la sintió aguantar la respiración pero no abrió los ojos. Rio un poco divertido por aquel pequeño juego. Los pezones se habían puesto en punta, y sin apartar el aliento del ombligo, subió sus manos hasta los dos pechos acariciando las puntas con los pulgares.

Un gemido salió de los labios femeninos.

-Despierta, preciosa –dijo con una risita.

Como respuesta se volvió a colocar de lado escondiendo la cara en la almohada. Pero James era insistente, así que nuevamente deslizó sus dedos por las largas piernas, y sintió la piel de gallina bajo su tacto, pero aquello no era suficiente, subió aún más hasta aquel punto donde se unían las piernas, rozando apenas la zona, pero con la firme decisión de abandonar los tensos muslos. Deslizó un dedo por aquella unión y sonrió cuando la descubrió tan húmeda, aquello estaba funcionando. Primero un dedo dentro, y otro involuntario gemido, con el segundo dedo fue un poco más benévola. Estaba lista y no se había quejado. Apartó las sabanas fuera del cuerpo desnudo, y colocó su miembro también preparado en la pequeña abertura. La descubrió abriendo un poco más las piernas para darle acceso, y la tomó de la cadera deslizarse en su interior. No lo pudo evitar, emitió un gemido de placer, aquello sería incomodo, pero una de las piernas de Lily estaba perfecta sobre sus caderas dándole más acceso; además quería intentarlo de esa manera, a sus espaldas, llenando sus manos con los redondos pechos.

Las envestidas eran agotadoras, pero disfrutaba viendo la pálida piel cubierta de una estela de sudor, y escuchar los gemidos que cada vez eran más fuertes. Estaba a punto de correrse, pero quería que ella lo hiciera primero así que bajó una de las manos por su vientre hasta el botón que adornaba su sexo. La reacción fue inmediata, se retorcía bajo sus caricias y de un momento a otro, sintió las contracciones musculares alrededor de su miembro, para después correrse él mismo.

Aún no recuperaban el aliento cuando la música de un móvil los trajo a la realidad. Se apartó del cálido cuerpo de la chica y tomó el aparato con las manos inspeccionando la pantalla, leyó "Kurt" y una risa casi se escapó de sus labios. Si tan solo el cretino supiera lo que estaba pasando.

Dejó el móvil frente al rostro de Lily que aún recuperaba el aliento con la almohada entre las manos. Ella gruñó pero él simplemente se apartó en dirección al cuarto de baño para darse una merecida ducha.

Tenía tantos pendientes en el trabajo pero en esos momentos nada le importaba, había llegado a un punto en el que el Banco no le interesaba más. Después de tantas discusiones con Charlus para que mejorara procesos, se había hartado y por fin había tirado todo a la basura, sí, seguía asistiendo –cuando quería-, pero no se preocupaba porque las cosas salieran bien y a tiempo. Por lo que ese día, no tenía ni la más mínima intención de ir a trabajar, seguramente Lily tenía muchas actividades pero quizá podría ir a practicar un poco de box o incluso ver la serie que lo traía pendiendo de un hilo.

Se secó el cuerpo con la toalla fina para después atarla a su cintura, se colocó un poco de loción y desodorante antes de tener intensiones de salir del baño; pero la dulce voz de Lily le hizo permanecer en su lugar. No era costumbre indagar en conversaciones ajenas, pero parecía que estaba llorando y no quería incomodarla.

-Déjame en paz –dijo la voz de Lily congestionada por el llanto-, no quiero verte, vi suficiente el día de ayer… No me interesa escuchar tus explicaciones, el daño ya está hecho.

Escuchó la voz distorsionada en el teléfono, y juró que si el tipo estuviera ahí ya le hubiera partido la cara, por atreverse a gritarle a una chica.

-¿Y qué esperabas? Que te dijera, lo siento mucho vuelvo más tardes, ¿es eso? –exclamó exaltada, parecía realmente molesta- Estás completamente loco, sabía que lo hacías pero me había negado a creerlo porque confiaba en ti, Kurt, íbamos a casarnos…

Es cierto, un pequeño detalle que había olvidado, Lily estaba comprometida con el imbécil de Kurt, o por lo menos hasta el día anterior. Realmente no le importaba mucho las personas con las que se relacionaba, pero con Lily era diferente, porque se había vuelto su amiga. No se arrepentía de nada de lo que había pasado, ¿cómo podría? Era preciosa, ningún hombre heterosexual podría resistirse a ese cuerpo y cara. Pero le preocupaba un poco que la relación cambiara, aún más si ella decidía que volvería con Kurt, sería un poco incomoda la situación.

-No es el momento de hablar… ¡No tengo por qué darte explicaciones! –gritó lo último.

Lo que escucho a continuación fue silencio y decidió que seguramente Lily había colgado el teléfono. Abrió la puerta de manera casual como si no supiera lo que pasaba, la encontró sentada en la cama con un nudo de sabanas bajo sus piernas. El cabello pelirrojo estaba alborotado y cubría sus hombres, pero no los pechos desnudos que gritaban por atención.

Cuando se dio cuenta que se limpiaba lágrimas de la cara, se sintió mal por pensar tan pervertidamente cuando ella se estaba sintiendo tan desconsolada.

-¿Qué sucede? –preguntó apresurándose a sentarse a su lado.

-Hablé con Kurt –susurró aún con el móvil en la mano.

Lo miró con las lágrimas perdiéndose entre las pestañas y James decidió que jamás había visto ojos más bonitos. Apartó unos mechones desordenados de la cara femenina y los escondió detrás de las orejas.

-¿Y qué pasó?

-Él simplemente… al inicio parecía que quería disculparse pero… -añadió apartando la vista-, después comenzó a exaltarse y dijo que yo no debía aparecerme sin avisar. Como si fuera mi culpa por llegar de sorpresa, no, él no debería de haberme engañado.

Los hombros de James se descuadraron incómodo. No entendía a las mujeres, Lily se estaba quejando porque él le había sido infiel, pero ella tampoco era la persona más leal del universo, de hecho… bueno, las condiciones donde se habían conocido, simplemente.

-Lily, tal vez no está bien que te lo diga pero… -murmuró indeciso rascándose la nuca-, tú también lo haces.

Las lágrimas desaparecieron y una arruga de molestia se instaló en la frente de Lily. La había cagado, definitivamente.

-¿Y tú qué sabes? –dijo empujándolo con su pequeña mano. No se movió ningún centímetro, pero estaba furiosa. Se puso de pie y caminó al lugar donde estaba su bolso.

Los ojos castaños la recorrieron entera, y se maldijo internamente porque debía concentrarse en la conversación, Lily estaba cometiendo un grave error y debía hacérselo saber. Por la amistad que tenían.

-Cuando nos conocimos le fuiste infiel y ni corta ni perezosa me lo dejaste bien claro ese día.

-Sí, el día que te portaste como un imbécil. Igual que ahora –murmuró dándole la espalda y corrigiendo su maquillaje frente al espejo.

James se talló el rostro frustrado. No se estaba portando como un imbécil para nada, en aquella ocasión quizá sí, le había molestado como el demonio su actitud. Pero ahora las cosas eran distintas, quería ayudar.

El problema era que le costaba concentrarse cuando Lily se paseaba por toda la habitación completamente desnuda recogiendo sus cosas. Quería decirle las cosas claras pero tampoco era la persona más elocuente del mundo, además jamás se había metido en temas tan personales de la vida de ella.

Anteriormente se había burlado porque Kurt no le prestaba suficiente atención, y había cometido el error de decírselo. Recordaba cómo había tenido que ir a buscarla a un club para pedirle disculpas por aquel comentario. Kurt era el talón de Aquiles de la pelirroja, todo podría estar fabuloso, pero cualquier cosa relacionada con su prometido –o exprometido- siempre resultaba terriblemente mal.

-Deberías de tranquilizarte y escuchar por favor, no quiero discutir- habló lo más calmado que pudo.

-Si lo que estás intentando es que regrese con Kurt puedes ir despidiéndote porque no lo haré. No sé ni por qué lo defiendes si lo nuestro no tiene nada que ver con que esté con él o no.

-Lily el punto no es ese, lo que te estoy tratando de decir es que deberías pensarlo…

-¡No tengo nada que pensar! ¡Todos los hombres son unos imbéciles! Seguramente todo esto lo estás haciendo porque quieres tomar el papel de mi amante en esta relación, y si yo no estoy con Kurt simplemente seriamos…

-¡Suficiente! –exclamó James perdiendo la paciencia. Sus ojos chispeaban, Lily había cruzado la línea.- Nosotros no somos nada, te lo deje bien en claro el día de ayer. Ni lo seremos, a excepción de una amistad. Esto te lo estoy diciendo por ti, porque sé que lo quieres y no dejaré que por una estupidez arruines tu compromiso. Sí, la cagó, ¿y qué? Tú también lo haces, quizá cambie, quizá no; pero eso no lo sabrás si no hablas con él de frente. Tienes que enfrentarlo, Lily, esa llamada telefónica no fue más que una estupidez. Sé valiente y habla con él de frente, entonces sabrás si está arrepentido o no.

Los hombros de la pelirroja fueron cayendo poco a poco confirme el discurso iba avanzando, hasta que al final, la mirada de furia había desaparecido y solo quedó una pequeña niña con deseos de ser abrazada. James se puso de pie y tomó su rostro para que lo mirara a los ojos.

-Ey, solamente te estoy diciendo las cosas para que reacciones, no puedes dejar todo sin pensarlo. No estás hablando de una relación por conveniencia, lo de ustedes va más allá, me lo has dicho un montón de veces, tú lo amas; y es mi deber como amigo decirte que deberías reconsiderar las cosas.

El rostro pecoso estaba elevado pero los ojos verdes estaban clavados en los labios de James. Casi perdió el aliento cuando asintió levemente y hundió la cara en su pecho. James la rodeó con los brazos, consolándola con pequeños círculos en la espalda formados por sus dedos. Plantó un beso en los cabellos pelirrojos, sintiéndola más cerca que nunca.

-Dime por favor que lo pensarás –susurró cerca de su oído.

-Lo pensaré –respondió Lily apretando más su cintura con los brazos.


El día había ido como el demonio, después que Lily había abandonado el departamento recibió una llamada por parte de Eufemia diciendo que habría una cena familiar con los Duncan. Los Duncan eran una familia colega de los Potter, pero James los odiaba, ya que siempre se regodeaban de ser la familia más exitosa en el mercado de la banca, a pesar de que su giro se enfocaba más en venta de seguros, que en la banca en sí.

Donald Duncan había crecido en el mismo vecindario que los hermanos Potter, Charlus y Fleamont, por lo que también había sido educado en prestigiados Institutos Suizos. Aún sin llegar a un alto nivel académico, en aquella época se utilizaba que el hermano mayor se hiciera cargo del negocio de la familia al terminar la universidad, por lo que no pasó mucho tiempo antes de que Fleamont asumiera el papel que le correspondía en las empresas Potter, seguido unos años después por Donald en la empresa de la familia.

Fleamont y Donald habían llevado la práctica en paz por bastantes años, ya que eran diplomáticos y elocuentes, pero cuando Charlus asumió el papel, el acuerdo tácito se había roto. Se trataban con amabilidad y respeto, pero no dudaban ningún segundo en tirar la mordida directo a la yugular, esto era uno de los temas que quizá más le interesaba a James. Se divertía viendo como trataban de dejar mal al otro, a pesar de que siempre había sido muy curioso y terminaba sabiendo la verdad antes de que la dijeran, por alguna razón.

Tuvo que vestirse formal, y no le importó llegar con el cabello un poco húmedo echándolo para atrás. Bien, no había mucho que pudiera hacer, pero por lo menos lo había intentado, ese era su consuelo.

Eufemia bajó como un rayo las escaleras y se apresuró a ajustarle el moño.

-Mamá…

-Está torcido, James, quiero que luzcas espectacular, quizá alguna de las hijas de Duncan se fije en ti.

Puso los ojos en blanco. En cada reunión era la misma historia, Eufemia siempre trataba de que sentara cabeza pues bien conocía la lista de corazones rotos que había detrás de él, pero por ninguna razón James podría fijarse en alguna de las chicas Duncan, por lo menos no para algo serio.

-Dios mío, James, ¿cómo pudiste presentarte con el cabello de esta manera? –preguntó pasando los dedos por el largo cabello de su hijo- Te había dicho que lo cortarás.

-No me gusta corto.

-Claro, te gusta lucir como una nenaza –dijo una voz a sus espaldas.

James trató de respirar profundo, debía controlar sus fuerzas si no quería romperle la nariz en cualquier momento. Tener a Jeremy cerca era aún peor que cenar con la familia Duncan.

-El que terminará llorando como una nenaza serás tú una vez que te ponga una mano encima –exclamó James entre dientes, trató de dar unos pasos para acercarse a su primo, pero las manos de su madre tomándolo de los hombros lo mantuvieron en su lugar.

-¡A pelear al jardín par de niños! No permitiré que arruinen una noche tan importante.

-¿Importante? –alzó una ceja Jeremy-, no es más que otra aburrida noche con los Duncan.

Los ojos de James se entrecerraron por la anticipación cuando distinguió la expresión de su madre, aquello pintaba muy extraño. Debió haberse dado cuenta de que algo andaba mal cuando le mandaron llamar para asistir a la cena y además pedirle uso de smokin obligatorio, el vestido lleno de pedrería de Eufemia lo confirmaba. ¿Era acaso una celebración?

-¿Qué está pasando, madre?

-Arianne está comprometida –murmuró la mujer con las mejillas rebosantes.

James recordó a la delgada chica que tenía un coqueto lunar junto a la boca, el amor imposible de Jeremy desde los quince años, con la cual se había acostado más de una vez, claro, para molestar a su primo. No había sido un gran sacrificio tampoco, porque la chica tenía un porte elegante y vaya que sabía cómo usar aquella boquita.

Casi sonrió al ver la cara de desconcierto de Jeremy. Se equivocó, aquello pintaba fenomenal, sería una noche grandiosa.

-¿Esta-tás bro-bromeando? –preguntó tartamudeando el rubio.

-Por supuesto que no, querido, el compromiso se celebró hace un par de días. No es con nadie más que el hijo del Duque de Wellington.

-¿We-wellington?

James alzó la barbilla en una carcajada sonora. Eufemia lo fulminó con la mirada pero Jeremy parecía tan afectado que ni siquiera le prestó atención.

-¿Está todo en orden, querido? –preguntó la mujer desconcertada, sin entender el chiste que circulaba entre los primos.

-Sí, todo está bien –fingió una sonrisa Jeremy-, no hay problema. No puedo esperar para darle mis felicitaciones a los Duncan.

Eufemia palmeó su hombro orgullosa, pero la mirada seguía clavada en su hijo que no dejaba de reírse apoyado contra un muro. Se alejó haciendo sonar sus zapatillas contra el suelo de mármol.

-A-a-a-ria-a-anne s-se casar-r-ra con We-we-we-we-we-llington –se burló James imitando el tartamudeo de su primo.

Jeremy se acomodó el cuello de la camisa, decidiendo no hacerle caso a las provocaciones de su primo se alejó también de la estancia, dejando a James con una gran sonrisa en los labios.

La familia Duncan llegó unos minutos después, compuesto por la cabeza de la familia Donald y sus tres hijas, Arianne, Jules y Teressa. Arianne era la mayor y más guapas de las tres hermanas, mientras que Jules se encontraba aun estudiando el bachillerato y tenía una cintura de avispa difícil de ignorar, por otro lado Teressa era la más seria y estudiosa de las tres, quizá la que heredaría el negocio familiar.

James había conocido a la familia de toda la vida, pero jamás se había dado cuenta hasta ahora de la mirada constante de Jules durante la cena. La chica batía sus pestañas descontroladamente, y se acomodaba el cabello cada dos por tres, ignorando por completo las palabras de felicitación por parte de los Potter. Trató de concentrarse en el filete delante de él, ya que la conversación le importaba un comino. Aparentemente la cena era tan importante, ya que el hijo de Wellington tenía un puesto importante en el área de Finanzas del estado, por lo que podría apoyar a los Duncan en su negocio, y si Charlus lograba agradarle a Donald seguramente también saldrían beneficiados. Por el momento, era lo que menos le importaba a James.

-Teressa se ha vuelto una señorita muy hermosa –murmuró Charlus cuando estaban todos en el salón.

Los varones jugaban una partida de cartas, mientras que Eufemia entretenía a las muchachas con un álbum de fotografías contándoles historias de su juventud. James alternó su mirada del juego a Teressa que estaba sentada recatadamente con un álbum sobre sus piernas.

-¿Quieres decir que el resto de mis hijas no son hermosas? –preguntó Donald con voz rasposa. Su tono de voz era una locura, ya que parecía de un continuó bloqueo traqueal que ocasionaba se le fuera la voz más de lo normal. Lo cual contrastaba un poco con la barriga sobresaliente, y la barba de candado.

-Nadie quiso decir eso, Don, tus tres hijas son bellísimas –corrigió Charlus rápidamente.

James sonrió, de haber sido dos semanas atrás, le habría dicho que sus hijas eran horribles; pero ahora le convenía estar bien con los Duncan.

-Pero no lo fueron lo suficiente para que alguno de tus muchachos se fijara en ellas, las pobres se quedaron mucho tiempo en espera de que las invitaran a salir.

Los ojos de Charlus se iluminaron de alguna manera, y tomó a Jeremy del hombro sobresaltándolo.

-Jeremy podría salir con Teressa en cualquier momento, obviamente sin ningún compromiso, para que los muchachos se conozcan mejor –murmuró.

Donald se llevó las cartas a los labios meditando un poco su respuesta. James no podía con la emoción, la cara de Jeremy le daba la satisfacción suficiente para saber que estaba sufriendo. A Jeremy le desagradaba Teressa, porque además de que no era la más hermosa de las tres, era la más pesada, lo cual la bajaba a una categoria casi impensable. James había llegado a la conclusión años atrás, que a su primo le gustaban las mujeres hermosas y sumisas, que podrían acompañarlo a cualquier evento social y quedar bien con las personas. Ese no era su caso, sin embargo.

-¿Qué hay de James?

El trago que se había llevado a los labios estuvo a punto de escupirlo, ¿había escuchado bien o Donald había preguntado por él en lugar de Jeremy? Tal vez Duncan le agradaba más de lo que pensaba.

-Jules es muy joven para salir con James, le lleva casi diez años –respondió Charlus.

La chica parecía haber oído la conversación porque levantó la vista y la clavó en los ojos de James. Distinguió el destello pícaro en la mirada y se dio cuenta, que si lo intentara un poco, podría lograr algo con la pequeña de los Duncan, tal vez debía intentarlo.

-Estoy seguro que mi hijo no tendría ningún problema en salir con Teressa un día de estos, ya sabes, para afianzar la relación entre familias.

-No suena del todo mal –coincidió Donald un poco después, llevándose el trago a la boca.

-Full –cortó la conversación Jeremy mostrando sus cartas.

Todos bajaron las suyas mostrando que efectivamente era el mejor juego, así que Jeremy se llevó las fichas a las torres que tenía acomodadas. Una nueva partida inició, James tomó su mano y se maldijo por la pésima suerte que tenía, aquello debía ser una maldita broma, ni siquiera un par. Se llevó el trago a los labios y unos ojos avellana lo atravesaron cuando bajó el vaso, Jules lo estaba acosando y además estaba aburrido.

Se disculpó y se encaminó al despacho que estaba al final del pasillo. Casi podía adivinar lo que pasaría, así que se sentó en uno de los sillones a jugar un poco en el celular, el cual no había dejado de vibrar durante la cena, pero decidió leer los mensajes después. No pasó mucho tiempo para cuando escuchó que la puerta del salón se abría y en solo unos minutos, una figura cerró la puerta del despacho. No le sorprendió descubrir a Jules con las mejillas sonrosadas y la boca húmeda.

Zorra, pensó James mientras se acercaba a ella. Debía tener unos diecisiete años, pero no le importó cuando la subió en el escritorio delante de él, tampoco cuando descubrió que no usaba ropa interior, ni mucho menos cuando gemía su nombre en la piel de su cuello.

Regresó a la sala de estar unos minutos después de que ella lo había hecho. Seguían jugando a las cartas, pero las mujeres se habían entretenido en una conversación acerca de cómo se había declarado Wellington a Arianne, y James trató de ignorar la mirada insistente de Jules que había arrugado un poco su vestido. Pero se sentía tan atraído por el descaro de la chica que le importó poco que el padre estuviera sentado a su lado, porque no podía apartar los ojos de las largas piernas se empeñaba en mostrar más de la cuenta.

Sonrió un poco mientras escuchaba la conversación:

-Incluso podríamos arreglar una entrevista, necesitamos alguien que le ayude a James con la Gerencia de Prestamos, tal vez alguien con más experiencia –decía Charlus, mientras el chico trataba de alejar sus pensamientos de aquellas palabras, no podía controlarse cuando lo atacaban de aquella manera.

-No sé si tenga más experiencia pero es una señorita con muchas ganas de crecer, es joven y tiene disponibilidad de horario –sonrió Donald mostrando sus dientes despostillados.

-Si es tan buena como espero, debido a las referencias que me das, tal vez pueda controlar el libertinaje de este chico –palmeó su espalda Charlus.

James entornó los ojos. Una más, otra "asistente" con la intensión de hacerlo trabajar como se "debería", aunque en realidad sería una infiltrada de Charlus para enterarse de todo lo que hacía. Lo que continuaba era, por supuesto, lograr que renunciara lo más pronto posible, ¿cuál era el record? ¿un mes? Bueno, esta chica tendría que irse en menos de cuatro semanas.

-¿Te parece bien, hijo? –preguntó por mera cortesía y James asintió por educación, aunque en silencio ya se habían declarado la guerra tres veces.