Capítulo 7: Asignaciones Especiales.

—Que solito estás gatito. Intuyo que Eetrin se marchó hace ya mucho rato a la Isla de Milos.

—Hablas como si lo necesitara para divertirme.

— ¿No es así?

La amazona de piscis lanzó una sonora carcajada. Siroe se sintió irritado por su comentario, pero mejor no dijo nada. ¿Para qué desmentir algo que era verdad? Se estaba aburriendo y mucho. Era como si todos se hubieran esfumado del refugio. Ni siquiera los guardias estaban ahí. Claro, a excepción de Haeilk pero él no podía ir a ninguna parte porque tenía que quedarse con los gemelos. Estaba tan entusiasmado con ellos, que se pasaban casi todo el día entrenando. Pobres niños.

Helga suspiró.

— ¿Ocurre algo?

—Si, para ser franca. Parece ser que eres el único que se quedará sin un alumno al cual entrenar.

— ¿Cómo?

— ¿No te había dicho?

—Nunca me dices nada…

—Ejem… bueno, el punto es que yo… debe de venir un niño estos días para que yo lo entrene.

— ¿Un niño¿Tú?

— ¿Qué tiene eso de malo? —Inquirió enojada la amazona.

El león no contestó. De hecho no tenía nada de malo. La amazona era una mujer muy fuerte y con muchas más agallas que algunos de sus compañeros.

—Lo siento.

—No te preocupes…

— ¿Y cómo vendrá?

—Desde Suecia, por lo que sé. El Patriarca no quiso darme más detalles.

—Te deseo suerte.

—No creo necesitarla.

La amazona se puso de pie. Sus largos cabellos negros jugaban con el viento. Siroe la contempló un momento antes de que ella se encaminara de regreso a su casa. El león se preguntó porqué él no tenía alumno… ¿no era apto, acaso? Gruñó y estiró los brazos al cielo. ¿Y tan malo era no tener alumno?


Avanzaba a grandes zancadas, sin poner demasiada atención a su alrededor. Apretaba los puños con firmeza y con su mirada registraba los lugares por donde pasaba. Nada. Otra vez se habían perdido.

— ¡Saga, Kanon! — Gritó.

Nadie le respondió. De repente recordó. Ya sabía donde estaban. Siempre iban ahí a jugar y a bromear. Cabo Sunion. A él le producían escalofríos¿cómo un par de niños consideraban ese lugar apto para sus juegos?

Llegó al lugar y ahí estaban. Los gemelos simplemente estaban sentados observando el mar. A puntillas, Haeilk se acercó a ellos y se sentó a su lado. Saga fue el primero en percatarse de su presencia.

—Reaccionan muy lento.

—Maestro, lo sentimos…

—No, no se preocupen. Deben de estar cansados. Si fueran unos niños comunes, en estos momentos estarían haciendo la tarea de la escuela.

—Eso suena aburrido. — Comentó Kanon. El Santo de géminis sonrió.

—Oh, sí. Lo es. Pero son Santos de Athena y eso los hace ser especiales…

—Aioros dice lo mismo. Aunque siempre agrega que nuestro futuro es incierto.

Haeilk frunció el ceño. El alumno de Algernón era un prodigio, un niño dedicado en cuerpo y alma a su entrenamiento y nunca se quejaba por nada. El Santo de sagitario constantemente repetía lo orgulloso que estaba de él. Y si bien eran ciertas sus palabras, no pensaba decírselas a sus alumnos hasta que portaran sus armaduras. Corrección. Hasta que sólo uno de los gemelos portara su armadura.

—Todo futuro es incierto. Yo mismo temo por el mío.

— ¿Cuándo llegará la diosa Athena a la tierra? — Preguntó Saga, el mayor.

—Muy pronto niños… — suspiró — Creo que ya es hora de cenar… Vamos, o nos quedaremos sin comida.

Los tres se pusieron de pie. Los gemelos se retaron para ver quien llegaba primero. El semblante del Santo de géminis se nubló. Últimamente los presentimientos no lo dejaban en paz.


Reunión. Hacía mucho que no estaban todos juntos ante la máxima autoridad del Santuario. Muchos de ellos tamborileaban sus dedos en la mesa, unos más preferían simplemente conversar con sus camaradas. Si bien era cierto que siempre se reunían a comer, esta vez el Patriarca les había hecho quedarse y además de todo, tenían que esperarlo. No es que tuvieran mucho que hacer, pero no tenían muchos ánimos de enfrascarse en misiones cuando la paz reinaba en el lugar.

— ¿Dónde están ese Escorpión molesto y esa jarra engreída? — Preguntó con indiferencia el Santo de cáncer, Johan, meciéndose en una silla.

—En una misión, supongo. — Contestó meditabundo Algernón — Lo cual no estaría nada mal, porque si estuvieran aquí ni siquiera podríamos conversar.

—Nah, son divertidos. Siempre le he apostado al egipcio. Lástima que nunca ha habido sangre.

Algernón soltó un bufido. No le extrañaba de su compañero cáncer, siempre con sus métodos tan poco convencionales y su manera tan soez y despreocupada de expresarse.

— ¿Alguien sabe a que puede deberse esto? — La amazona de piscis tenía la mala suerte (bueno, depende de que punto de vista se vea) de ser la única chica ahí.

—Lo ignoro. Pero necesito llegar urgentemente a mi templo. Me preocupa haber dejado solos a los gemelos.

—Por todos los dioses, Haeilk parece que fueras su madre.

—Cierra la boca, Johan.

—Caballeros, por favor… — Los acalló la amazona. — Creo que nadie, en serio, nadie quiere que sustituyan al Acuario y al Escorpión.

Los hombres guardaron silencio. El resto de los Santos se paseaban simplemente porque se habían dado cuenta de que no tenían nada que conversar con sus compañeros. La distancia había hecho mella en ellos.

El Patriarca llegó. Todos se pusieron de pie. Él hizo que se sentaran.

—Se preguntarán de esta inusual reunión, jóvenes. Me alegra ver que están todos los que deberían.

Silencio. Si hubiera sido por ellos, hubieran hecho que el Patriarca hablara más rápido.

—A algunos ya les informé, a otros no. Bien. Para dejar de lado toda habladuría y rumores, hoy les voy a asignar a sus alumnos, aquellos niños que portarán su armadura cuando ustedes ya no estén en condiciones de hacerlo o bien…

—¿Nos maten? — Preguntó con presteza Enoc, el Santo de Tauro. Murmullo generalizado.

—No, nadie va a morir. — Acalló Shion. — Nadie debe morir. Hasta que sus alumnos los superen…

—¿Superarnos? Debe de estar bromeando. — Sonrió Johan con malicia.

—¿Le parece que soy de las personas que bromea, joven Johan?

El Santo de Cáncer guardó silencio.

—Como les decía, — continuó el lemuriano al no obtener respuesta — esta generación tiene una misión que cumplir. Algo que yo viví hace en 1743 —su voz tembló—. Una Guerra Santa se aproxima y ellos son los elegidos. Futuros portadores de armaduras que protegerán a la diosa Athena.

— ¿Nosotros no pelearemos? — Preguntó tímidamente la amazona.

—No señorita, me temo que no. Las estrellas tienen algo diferente para ustedes.

Los Santos se miraron nerviosos. Todos estaban ahí: tauro, cáncer, géminis, leo, virgo, sagitario, capricornio y piscis. Aunque ha de aclararse que géminis y sagitario simplemente estaban cumpliendo con el compromiso de asistir.

—Comencemos, porque quiero que partan ahora mismo por los niños.

Asintieron. Ninguno sabía realmente que decir.

—Tauro. Tendrás que ir a América, para ser más concreto Brasil. El niño a quien buscas se llama Aldebarán.

—Sí, señor.

—Cáncer…

— ¿Yo? — Preguntó el Santo Johan sorprendido.

— ¡¿ÉL?! — Preguntaron todos al unísono.

—Sí, él… —Gotitas en la nuca de Shion—. Sicilia, Italia.

— ¡Es inaudito¡No voy a ser niñera de nadie!

—No te estoy preguntando, joven Johan.

—Demonios… — Masculló el Santo de cáncer.

Aunque si hemos de ser francos, todos compartían la misma opinión que el cangrejo dorado.

—Virgo… joven Himrar, tendrá que viajar a la India. Sólo que quiero advertirle que su alumno es muy especial. Un niño considerado como la misma reencarnación de Buda en donde vive. Y de hecho, lo es.

—Pierda cuidado, gran Patriarca.

—Deberías de aprender de él, Johan. — Dijo el Patriarca. Éste sólo refunfuñó. — Capricornio, partes a España. Y querida Helga, supongo que ya sabes que Suecia te espera.

—Sí.

—Bien, gracias por regalarme un poco de su valioso tiempo. Márchense. Y quiero verlos aquí en una semana con los niños.

El Patriarca salió de la habitación. Los murmullos se convirtieron en reclamos, alegrías y una que otra grosería del Santo que todos suponen.

El Santo de leo estaba intrigado. ¿Se habían olvidado de él¿Qué rayos había ocurrido? Corrió para alcanzar al Patriarca, justo antes de que éste cerrara la puerta de su habitación.

—Señor, temo que ha olvidado mencionar mi nombre.

—Joven Siroe, lo hice deliberadamente.

— ¿Pero de qué habla¡Hasta el sádico de Johan tiene un alumno!

—Lo sé. Y un poco más de respeto por tu compañero.

— ¡Debe haber un error!

—No lo hay. El futuro portador de tu armadura ya está aquí, en el Santuario.

— ¿Y dónde está?

— ¿Me pusiste atención, Siroe?

— ¡Por supuesto!

—Bien… las estrellas tienen algo diferente para ti.

Y cerrando la puerta, el Santo de leo se quedó solo, confundido y un poco humillado. Prefirió volver a su templo que regresar con sus compañeros. Odiaba el misticismo que el Patriarca tenía que imprimirle a todo lo que decía.


— Carajo, esto… es… muy… ¡humillante!

— ¿Me ayudas?

—Demasiado… muy… humillante…

— ¡Cuidado, que hay cosas que se pueden romper!

El Santo de cáncer soltó otro improperio y sostuvo con firmeza la maleta de su compañera pisciana. Se encaminaban los dos al aeropuerto y en todo el trayecto, él no había dejado de lado su mal humor.

—Quizá hasta lo encuentres divertido.

— ¡Es un niño! Los niños son desesperantes, juguetones y curiosos. Y todo les asusta… No sé porque el Patriarca cree que seré un buen maestro. — Rezongó Johan.

—Confía en ti.

—Bah.

—Escucha, tómatelo con calma. Yo después de que me comentaron un poco de Afrodita, supe que sería un alumno excelente…

— ¿Alumno? Parece nombre de niña. — Dijo sonriendo el cangrejo dorado.

—Si, alumno ella— Y muy bueno.

—Ya, lo siento.

Siguieron caminando un buen rato hasta que…

— ¡Carajo! — Gritó el Santo de cáncer, llevándose una mano al frente.

— ¿Qué ocurre? — Inquirió asustada la amazona.

—Soy… un… estúpido… Olvidé preguntarle al Patriarca el nombre del niño.

La amazona prefirió no hacer ningún comentario. Con todos los gruñidos que había proferido antes de quitarse del lugar, era obvio que lo último que recordaría sería preguntar el nombre de su futuro alumno.

— ¿Qué, no me dirás nada?

—Si. Suerte. — Dijo la amazona, tomando su maleta.

Ya era su hora de abordar. Y dejó solo y abandonado al Santo de cáncer, que maldijo por… bueno, ya perdí la cuenta; y se sentó en una silla jugueteando con su boleto en sus manos. Es que… ¿por qué no comprendían que él no era apto para eso? Suspiró y esperó. Bueno. Quizá no fuera tan mala idea. ¡Más le valía al mocoso!


El Santo dorado de géminis estaba recostado en el sofá, leyendo un libro. Más bien, fingiendo que leía. La mayoría de sus compañeros ya se habrían marchado por sus correspondientes alumnos, muchos de ellos con demasiadas expectativas y con una mezcla de alegría y terror. Haeilk bajó un poco el libro. Kanon y Saga parecían estar concentrados, mirándose fijamente…

—Una…

—Dos…

— ¡TRES!

— ¡PIEDRA!

— ¡TIJERA!

— ¡Gané! — Gritó Saga entusiasmado.

El geminiano prefirió seguir leyendo. Pero si sólo eran unos niños. Aunque había tratado (en verdad) de explicarles la responsabilidad que se les imputaba desde el mismo día en que ponían un solo pie en el Santuario, ellos lo miraban intrigados con sus grandes ojos esmeraldas unos minutos. Cuando acababa su perorata, ellos salían corriéndose a entretenerse en algo mejor.

Cerró el libro. Tenía que hablar con ellos.

—Saga, Kanon. Vengan aquí.

Los gemelos se acercaron y sentaron cada uno a un lado de su maestro.

—En una semana, más o menos, llegarán sus compañeros. Son más pequeños que ustedes así que quiero…

—Dígale a Kanon.

— ¡Saga! Eres un traidor.

—Les digo a los dos. Ustedes saben lo dificultoso que es adaptarse, sobrellevar esto. Ustedes han estado juntos y por eso no ha sido difícil. Sean buenos…

Los géminis asintieron. Haeilk consideró que ya había dicho demasiado.

—Bien, ya vayan a seguir jugando…

—No estábamos jugando, entrenábamos. — Comentó Saga.

— ¿Entrenaban con ese juego?

—Sí. El que pierda recibe los golpes… — Dijo enojado Kanon.

—¿Saben qué, muchachos? Prefiero que jueguen.

Ellos lo miraron confundidos. Pero optaron por marcharse. Tal vez, pensó el Santo de géminis, después de todo ya no eran unos niños.


—Me alegra ver que progresas rápido.

—No hay mucho entretenimiento en Jamir¿qué otra cosa podría hacer?

—Dime como están las cosas ahí.

—La señora Tess dice que está enloqueciendo. Las cosas se mueven de lugar.

—Pequeño Mu, esa buena mujer te da de comer y procura tu bienestar… no le hagas broma de ese tipo.

—Pero si estoy entrenando.

Shion sonrió. Telequinesia. Que rápido la había dominado Mu.

—Maestro¿aún no llegan los demás?

—No Mu, ya deberían venir.

— ¿Me avisará?

—Iré por ti como he hecho hoy.

El pequeño de cabellos morados se recostó en un sillón.

— ¿Cansado?

—Disculpe, maestro. — Dijo, reaccionando y sentándose de nuevo.

—No, no. Duerme. Ya entrenaremos después. Francamente, yo también me siento muy agotado.

El buen Shion no lo tuvo que insistir. Mu sólo se recostó de nuevo y se quedó profundamente dormido. El lemuriano lo observó. Su respiración acompasada, su rostro sereno y relajado. Se acercó a él y lo cubrió con una sábana. La noche no estaba tachonada de estrellas y pronto seguramente, comenzaría a llover.

Serenamente, se sentó al borde de su cama.

"— Dohko…"

Esperó. Probablemente su amigo estuviera ocupado.

"— ¿Shion?... ¿Ocurre algo"

El Patriarca sonrió. Su viejo amigo siempre se preocupaba innecesariamente de todo.

" — No¿acaso tiene que ocurrir algo para que pueda charlar contigo?

Dímelo tú a mí. Me llamas cuando hay problemas nada más.

Lo lamento.

No te preocupes. ¿Cómo estás?

Mal.

Dioses¿qué ocurre¿Necesitas que vaya?

No, de verdad. Tal vez soné demasiado exagerado.

Silencio.

¿Me dirás que ocurre?

Hoy los envíe, Dohko. — Suspiró Shion.

Ya era tiempo. ¿Opusieron resistencia?

Nada más Johan, tal y como habías predicho.

En una semana el Santuario será una Guardería. — Sonrió el Santo de libra.

Con un viejo gruñón como niñera.

No digas eso, amigo. Los niños te querrán.

Me odiarán. Cuando sean mayores, me odiarán…

¿Cómo puedes decir eso, Shion? Serás su mentor, su padre.

Los criaré para morir. Yo también me odio por eso.

Es su…

Destino, lo sé. Lo hemos platicado un millón de veces y aún me da jaqueca nada más de pensarlo.

Golpe en la puerta. Shion se giró sobresaltado.

— ¿Patriarca? — Dijo una voz.

Me llaman, siempre es bueno charlar contigo amigo.

Igualmente, viejo amigo.

La conexión se rompió. Con paso lento, el Sumo Pontífice abrió la puerta.

— ¿Haeilk?

—Señor, necesito hablar con usted.

— ¿Ahora? Es tarde y pensaba descansar.

—Disculpe la impertinencia, señor. Pero…

—Está bien. Espérame afuera.

Un par de tazas de café esparcían su olor en todo el lugar. El Santo de géminis removía nervioso su cuchara, aguardando el momento oportuno para hablar.

—Dime¿qué ha ocurrido¿Le ha pasado algo a los gemelos?

—No, están perfectamente. Pero necesitaba hablar con alguien como usted.

—Te escucho.

—Señor, he tenido una pesadilla recurrente en estas últimas noches. Al principio, pensé que eran producto de una exacerbada imaginación, pero durante tres días consecutivos soñé lo mismo. — Haeilk se sonrojó — Pensará que es estúpido.

—De ninguna forma, joven. A veces los sueños son premoniciones.

—Eso es precisamente lo que temo. — Haeilk bajó la mirada. — Es respecto… dioses, algo va a ocurrir con los niños.

— ¿Qué¿De qué hablas?

—Su cosmos. En mis sueños, los gemelos tienen el cosmos manchado de maldad. Hay muerte… incluso la suya.

Shion dio un respingo. Que alguien más soñara su muerte no era algo muy usual.

—Me siento estúpido diciendo esto.

—No, Haeilk. Has hecho bien. Pero… ve a descansar. Agradezco que confíes en mí.

—Pero señor¿no teme por ello? Quiero ser un ejemplo para los niños, quiero evitarlo.

—Sigue haciendo lo que haces. Eres un maestro perfecto para ellos. Temer a la muerte cuando he vivido tanto es absurdo. Estoy preparado para ella y sólo quiero dejar todo listo para cuando esta llegue.

—Lamento haber…

—No, no tienes nada que lamentar.

El Santo de géminis se puso de pie y con una pequeña reverencia se retiró. Shion contempló la puerta que se cerraba. Hundió su rostro entre sus manos. Había actuado bien para tranquilizar al muchacho. No tenía porque saber que él había estado soñando exactamente lo mismo.


—Aioros.

El niño se levantó. No llevaba mucho rato durmiendo cuando escuchó que su maestro lo llamaba. Algernón estaba de pie ante él, sosteniendo una vela que lo iluminaba tenuemente. Afuera, se escuchaba la lluvia torrencial que caía en el Santuario.

— ¿Maestro?

—Que bueno que despiertas, muchacho. Debemos hablar. Aprovechemos que el pequeño Aioria duerme.

Aioros asintió. Siguió a su maestro hasta la cocina del lugar.

—Aioros, necesito que concluyas tu entrenamiento rápido.

— ¿Cómo…?

—Ocurre que el Patriarca ha hablado conmigo y tu hermano es el sucesor de la armadura de Leo. Y ha decidido que tú serás su maestro. Por eso necesito que te esfuerces más.

— ¿Yo¿Pero no se supone que el señor Siroe…?

—Parece —contestó con una débil voz—, que no te dije que hagas preguntas o protestes.

—No, no me lo dijo. Por eso le pregunto.

—No puedo responder eso. Nosotros estamos para acatar órdenes, no para discutirlas. Ahora, ve a dormir.

El niño se puso en marcha a regañadientes. Un par de lágrimas resbaló del rostro del Santo de sagitario. Una lágrima inexplicable, pero que pugnaba por escaparse. Apagó la vela y con paso sigiloso, se dirigió a dormir.