Capítulo [7]
Este 7mo capítulo ha sido inspirado a su vez en aquel episodio #4 durante la 2da temporada de la serie original. Titulado Las chicas sólo quieren divertirse (Girls Just Wanna Have Fun). Es uno de mis favs y uno de los que nunca olvido pese a que el papisongo de mi queridísimo y malvado dios Ares no se hizo de presencia. Aún así resultó ser un maravilloso episodio que acabó de atraer una gran masa más de publicidad a este TV show. Awwww como quisiera volver a esos time. :') Me da nostalgia. Y ahora más que estoy sentimental. Ufff creo que voy a llorar si es que no lo estoy haciendo ya internamente. ¡Jaja!
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DISCLAIMER:
La serie de Xena: Warrior Princess o como comúnmente le oíamos mencionar en nuestra lengua castellana, Xena: La Princesa Guerrera, fue creada para el año 1995 por los ingeniosos directores y productores Robert Tapert y John Schulian, con el respaldo de los igualmente productores Sam Raimi y R.J. Stewart. Por lo que no se necesita comentar que tal memorable producción, junto con todos los personajes que presentó en su trama, no han de pertenecerme. Que yo en este fanfic sólo les tomo para la elaboración de una secuela sin fines de lucro.
~Eterna Obsesión~
~o~
La última ménade
Regresar de una vez a la grande y arquitectónica Grecia a Ares nunca le pareció la cosa más anhelada después de su obsesionado amor por Xena y la edificación de su imperio con ésta. Deseo repetido una y otra vez mientras estuvo en el templo celta en la región de Panonia. Y hablando de tal zona indoeuropea de oscuras leyendas y relatos de sangre y muerte a través del tiempo, nos parece que la pareja de viajantes tuvo la oportunidad de creer en sus temerarios cuentos. Cuentos a los que nada más se les eran cambiados sus titulaciones. Porque la historia a fin de cuentas, venía siendo prácticamente la misma.
En no que conseguían unos nuevos corceles, puesto que con los que llegaron hasta el templo no dejaron rastro alguno de lo que les pudo suceder, Ares y Xena tuvieron que descender por la céltica tierra a puras pisadas de sus botas de cueros. Se podrá cuestionar el por qué simple y sencillamente el dios no hacía acto de su teletransportación. Lo que sucedía es que hasta un poderoso dios griego tenía sus momentos de agotamiento. Aunque fuesen por lapsos cortos y de minúscula gravedad. Siempre que se encontrara en su considerable nivel de poder y fortaleza, obviamente. Pues como bien Xena y muchos otros ya habían visto, los dioses llegaban a debilitarse y perder sus poderes. Nunca al grado de morir, claro debe estar. Eran seres inmortales. Por lo que nunca morían. Ah, más no indicaba que por eso podían dejar de existir, pues nada era eterno a excepción del tiempo. Y sí, como se ha entendido. Dejaban de existir tras la pérdida de su vital energía y sobre todo, tras el olvido de sus adoradores. Porque una parte de esa energía era obtenida de los rezos y devociones de cada mortal de la tierra de su origen. En este caso, Grecia.
Ares no era de esos que se desprendía de su orgullo tan fácilmente ni así se lo pidiera hasta la mujer que más amaba, la mortal que caminaba a su lado. Por eso le puso como excusa el querer que ésta se ejercitara por los caducifolios bosques del indoeuropeo territorio que iban atravesando. También que tuviera la oportunidad de estrenar su antigua y recién recuperada arma con alguna banda de ladrones que osara en atacarlos sin imaginarse quiénes realmente podrían llegar a ser. ¡Pero que considerado estaba siendo el dios de la guerra! Hasta hace poco estaba impacientado por acabar de salir de los muros de aquel arruinado templo, y de la tierra que le sostenía, y ahora resultaba que esa gran prisa que tenía por hacer sólo sabía él qué cosa, se acaba de disipar por la supuesta consideración hacia su obsesionada mortal. Mortal que no era ni mucho menos cualquiera, lo era Xena. Mujer con la más grande de las intuiciones que no se tragaba el más creíble cuento tan fácilmente. Mucho menos si este era narrado por el propio Ares.
―No tengo problemas en esperarte aquí, en no que te trasladas hasta el Olimpo y te recuperas de las maldiciones de ese detestable brujo del templo ―le paró en seco la guerrera al sugerirle tal cosa durante unos minutos de reposo que ambos tomaron en medio del bosque. Xena, que engullía las pocas reservas de alimento que le quedaban, unas almendras y ciruelas secas, observó como el dios se incomodaba con disimulo ante las heridas que lucía en su pecho. No es que fueran aberturas profundas de tipo mortal que expusieran la carne interna ni que tan poco provocaran la gran pérdida de sangre. Siendo esto lo descrito si el impacto lo hubiese recibido un mero mortal, pero Ares no lo era. Por lo que el daño se limitaba a una morada y algo caliente mancha. Una entre los pectorales alcanzando gran parte de éstos, y otras un tanto más pequeñas entre abdominales y costados. Siendo visibles anteriormente bajo la magullada y rasgada ropa afectada por todos los ataques del anciano druida junto con su mágico báculo de madera. Piezas que no eran otra cosa que un artificio adaptado a la forma corpórea de su divinidad que no tardaba en repararse igual a una herida que inmediatamente se sana tras un ataque. El problema radicaba en que esas manchas no lo hicieron igual. Y Xena las había logrado ver durante el ataque en el que Ares se le interpuso antes de que su imagen, al menos su destrozado atuendo superior, regresase a la normalidad.
―¿Qué? ―fingió duda el agotado de Ares quedándose sin habla después por no encontrar nada más que decir ante la mujer que tenía delante.
―Veo que sufriste daños por ese sacerdote. Al grado de que no puedes teletransportarse por la gran falta de energía. Sin mencionar que llevas más de tres horas sin apenas abrir la boca y mucho menos sin fastidiarme con tus idiotas comentarios. Observación que me lleva a concluir que realmente debes de estar bien mal como para que te limites a transitar como un simple humano y como para que hayas dejado de comportarte tan cretinamente como generalmente has de ser.
Ante sus palabras y azules ojos, Ares no encontraba como desmentir lo detectado por su preciada mortal. Siendo al fin y al cabo toda una mera verdad. Una prueba más de que no existía otro ser en cielo, tierra, mar y niveles subterráneos que le conociera como ella. Aunque tan poco se necesitaba tener el más grande de los dotes para percatarse de que el dios se encontraba herido por aquellos amplios moretones en su pecho. Pero si ser alguien cercano a su mente, corazón y espíritu como para presentir que éste a su vez se encontraba diferente.
―Tonterías, mujer. ¿El aire que inhalaste de aquella vasija se te subió al cerebro? Ya te dije que nada más quiero que vivas al máximo tus últimos días como mortal. Sé que cuando te haga mi reina extrañarás las aventuras y el peligro que provoca los asechos de la muerte ―intentó mantener su falsa el dios acercándose ante Xena y tomándola por la cintura. Ésta permitió que el acercamiento se intensificara cuando Ares fue aproximando su rostro al suyo. Al punto de rozar sus narices y luego sus labios. Sintiendo la respiración del otro.
―De no haberte interpuesto entre los ataques que aquel druida me lanzaba, yo no estaría aquí, Ares ―rompió el instante con sus palabras de lo que seguramente hubiese sido uno de esos apasionados besos que ya el dios andaba extrañando―. Sé que hasta Zeus se hubiese encomendado hace horas al venerado dios de la medicina, Asclepios. O sino a los mellizos de Apolo o Artemisa siendo éstos padre y tía de éste primero compartiendo entre sus dotes el mismo don de sanación. Para que así le restaurara su cuerpo de esas heridas.
―¡Pero yo no soy como mi padre ni como ningún otro dios que conozcas o dejes de conocer! ―se ofendió el orgulloso de Ares ante la sugerencia de que acudiera a su verdadero mundo, el Olimpo, por un pasajero malestar dejado por un simple mortal―. Ni aunque estuviera al borde de la desaparición acudiría ante la ayuda de ese medio sobrino y medios hermanos míos que has mencionado. ¿Cómo crees que les daría el gusto de tener que atenderme bajo los dones de sus manos?
―Creo que exageras. ¡Y tan poco tienes que gritarme! ¡Si te molesta que se preocupen por ti pues entonces no andes por ahí brindando ayuda para que no se sientan en deuda contigo o al menos sientan lo que padeces! ―vociferó a todo pulmón Xena que en aquella ocasión, no pudo soportar el orgullo de su dios ni que éste cogiera con ella los problemas que durante toda su existencia con su divina familia ha tenido.
Tomando su espada enterrada en la hojarasca, Xena la guardó en su funda y de paso en su cinturón. Acompañando a su recuperado Chakram y dando muestra de emprender su marcha, con o sin su dios a sus espaldas. Entre largas y tronantes zancadas avanzó unos cuantos pasos pero antes de llegar al minuto, ya tenía un dios a su frente que al parecer al menos si tenía fuerzas para teletransportarse a cortas distancias.
―Escuché mal princesa mía, ¿o acaso acabas de declarar que te preocupas por mí? ―le aseveró al sujetarla por segunda vez por su cintura y repetir aquel acercamiento anterior―. Se me hace posible que así sea, pues no encontrarías a ningún otro que te haga sentir lo que yo te provoco. ―Y con esto, le lamió todo su cuello obligándola a echar la cabeza hacia atrás en un intento de impedir el contacto. Por más que su cuerpo tal vez le pidiese que le aceptase, su mente junto con su enfado le decían que le rechazara. Negativa que se veía cada vez más lejos cuando tenía a un dios como Ares besando, succionando y hasta mordisqueando todo cuanto fragmento de piel podía alcanzar con su boca. Provocando descargas en su cuerpo y el entrecerrar de sus ojos―. Lo que realmente podría llegar a matarme, algo que hasta ese momento sería completamente imposible, es que te sintieras en deuda conmigo y hasta te apenases por lo que me pudiese llegar a pasar ―le despertó de su placentero estado con estas últimas y ególatras palabras.
Como respuesta ante tan engreído comportamiento, Xena se separó del dios de la seducción propinándole un fuerte golpetazo en su mandíbula. Mandándole la cabeza hacia atrás en esta ocasión a él. Un acto parecido al llevado a cabo aquella vez en el comedor. Como bien que lo recordaba, esta vez no daría la espalda. Su dios podía amarla como decía o demostraba, pero no por eso contenía su furia ni medía sus fuerzas. Así que le encaró a distancia dispuesta a defenderse ofensivamente ante el menor movimiento. Espera que nunca llegó. Para su asombro, Ares no reaccionó como la vez anterior. Sino que mostró una de sus retorcidas sonrisas mientras se manoseaba su golpeada mandíbula que no le decía otra cosa más que había hablado de más.
―Con esto me acabas de dar tu inquebrantable afirmación de que he acertado en lo que creía ―enunció más que complacido―. Lo cual me resulta sumamente interesante ya que se me ocurren muchas y deleitantes formas en las cuales podrías pagarme. Tu boca podría ser más sabia lamiendo que hablando. ¿Sabías? Y lo mejor de todo es que estarías dispuesta a dármela gratis nuevamente con tal de que los ánimos se me subieran, por eso de si algo malo me llegase a pasar.
Xena no tenía que darle vueltas a las palabras del cínico de Ares como para entender a lo que se referían. Furiosa por saberlo, se encaminó con profunda seriedad ante el dios y antes de que éste se imaginara lo que le pudiese decir, un segundo golpe impactó en su rostro. Una cachetada resonó entre el eco del bosque espantando a un búho que entre alguna rama dormitaba en lo que de día quedaba. Ante su respuesta, Xena pensó que lo más probable es que ésta vez no se salvaría de unos buenos golpetazos por parte del encolerizado dios. Golpes que no aceptaría y de los que se defendería, pero si a los que siempre se arriesgaría con tal mantener en lo alto todo su orgullo. Si había algo en lo que se asemejaba a Ares, lo era en ese aspecto hasta llegar a hacerle la competencia.
Ares obviamente no se quedó de brazos cruzados. Nada más que al parecer ahora era a él el que le tocaba sorprender a su mortal amante. Pasmando la cara y el cuerpo de ésta con un fiero y frenético beso que quién lo viera, juraría que su meta era el devorarle hasta la garganta. Más si escuchaba los gemidos de asfixia que brotaban de la apenas visible boca de la aprisionada de Xena. La cual se defendía con puñetazos contra su fornido pecho. Y éste pese a que por esta vez le dolían por su herida, por nada del mundo estaba dispuesto a separarse de ella. Aprisionándola prontamente contra el tronco de un árbol cercano y asegurándose que su espalda se impactara fuertemente en la dura madera como venganza. Si Ares no paraba, Xena pronto sucumbiría ante un desmayo por la falta de aire. Estando consciente de eso, se separó de ella pero no sin antes clavar sus dientes entre el labio inferior de ésta. Provocándole un sangrado que gustosamente lamió y chupó hasta que ni una roja gota más pudo salir. Quedando solamente una hinchazón como efecto de lo causado.
Con ojos de espanto, Xena se le quedó mirando a su apresador en la espera de lo que se le pudiera ocurrir después de aquello. Tal vez al dios si le surcaban nuevas ideas por su mente. Pero debido a la nueva presencia que se les presentó a ambos, éste tuvo que dejarlas para más tarde. Pues unas pisadas sobre la seca hojarasca les hizo voltear las miradas a la inentendible pareja.
―Algo me decía que ese sutil y leve aroma a sangre que flotaba en el aire ya lo había olfateado antes. Sin embargo, el haber sabido que pertenecía a una de mis más grandes enemigas, creo que me hubiese apurado un poco más ―anunció una fémina pero fría y algo cantarina voz perteneciente a la recién aparecida presencia. Un blanquecino ser de brillantes ojos amarillos se mostró al descubrirse de la negra y mugrienta capucha con la que se ocultaba. Haciendo que una larga e igual negra y desaliñada cabellera se derramara por toda su espalda. Una criatura que pese a que era hermosa, no tenía pinta de haber llevado una buena vida en los últimos años. Su blanca piel cargaba consigo la suciedad adherida de una larga estadía a la intemperie. Hasta en su cabello se veían una que otra hoja seca enredada. La deteriorada ropa hecha jirones bajo la capucha, y los descalzados pies también dejaban mucho que decir. Sí, aquella extraña mujer de joven apariencia no pisaba un pueblo o una ciudad desde hacía años.
―¿Quién diablos eres tú, pedazo de escoria? ―le escupió con toda la repugnancia posible un Ares que no le simpatizaban para nada los inoportunos que interrumpían sus mejores momentos.
―Oh, dios. Cuando drene tu divina sangre y la de esa maldita mujer con la que te relacionas, creedme que dejaré de ser la escoria que afirmas.
―Ni en tus mejores sueños lograrás lo que dices ―salió en defensa una Xena que rápido blandía su espada en dirección hacia la nueva presencia.
―Eso es otra cosa que obtendré cuando te de muerte en especial a ti, maldita traidora ―indicó entre dientes la pálida mujer―. Mis sueños, mi descanso.
―¿Qué dices?
―Lo que escuchaste. Siempre me decía que algún día volvería a ver tu cara por más muerta que dijeran que estuvieses. Y me prometí a mi misma que te dejaría completamente vacía. Drenando hasta tú última gota de sangre y haciéndote pagar lo que nos hiciste.
―Mira, cadáver viviente. Márchate que ya sé lo que eres y no me agrada tenerte más a mi frente ―irrumpió Ares que no tenía planeado demorar su ya de por si retrasado viaje por una criatura recién salida de la nada con sed de venganza. Como bien acababa de decir, tras un escrutinio con la mirada, reconocía la clase de ser que era. Y no le agradaba en lo absoluto―. No sé qué problemita o mal entendido hayas tenido con ella ―habló al señalar a Xena―. Solo sé que a mí no me causa el más pequeño interés. Así que te lo diré lo más claro posible, lárgate y vive, o estorba en nuestro paso y extínguete.
Ante la amenaza del dios que tenía delante, la extraña mujer no hizo otra cosa que echarse a reír a profundas carcajadas que retumbaron en cada rincón del bosque. Producían tanto eco, que daban la impresión de que provenían de varios seres y no de uno solo como ella. Xena no pudo evitar mirar hacia varios lados para asegurarse de que nada más se trataban de aquella criatura solamente y no de una masa de semejantes a ésta.
―¿Ajá? ―articuló esta vez con seca voz al interrumpir sus carcajadas y volver aquella fiera mirada a su rostro―. No creo que estés en condiciones de realizar amenazas ―le dictó a Ares―. No soy tan estúpida como para acercarme a un dios así no más porque lo vi de vagante por este bosque. A menos, claro, que ese dios se encuentre… agotado y sin energías ―explicó lamiéndose los secos y agrietados labios―. Esa mancha que tienes en el pecho lo dice todo. Me parece que son responsables del olor a muerte que detecté en el antiguo templo celta no muy lejos de aquí. Solo un druida como el que ahí habitaba podría dejar semejante daño en una divinidad como tú, dios griego. Por algo me encuentro deambulando sola durante estos últimos cincuenta años. La poca compañía que me quedaba y que sobrevivió a esa desgraciada mortal que te acompaña, fue exterminada por ese maldito druida que nos llamaba siempre vampiros. Qué ridiculez y que ofensa. He llegado a conocer a criaturas como esa y no se comparan con nosotras. Primero porque solo existimos si somos mujeres y segundo, porque el sol jamás nos hace daño ―explicaba la mujer―. Fue un error que las pocas que quedaban de mi clan viniéramos a refugiarnos a estas tierras internas luego de que la prodigiosa XENA, destruyera a varias de mis hermanas y nos dejara sin la protección de mi señor ―relató.
―Tú historia personal tan poco es de mi incumbencia ―le salió el dios de la guerra que no tenía el menor interés por seguir escuchándole―. Y no te confundas, muerta andante, porque puedo demostrarte cuando menos te lo esperes que no estoy tan débil como piensas ―intentó intimidar y hacer cambiar de opinión sin jamás perder fe en su sentido de persuasión―. Y puedo devolver a la tierra a un asqueroso cuerpo sin vida como el tuyo.
―¡Wao! Mirad como tiemblo del miedo ―se burló la advertida.
―Ya te lo dije, haré que te acabes de pudrir sino te largas ahora mismo, pestilencia.
―¡Diantres, tantos insultos hacia alguien como yo y ver a la que llevas por acompañante! ¿No que se supone que debe de estar muerta? ―cuestionó―. En verdad que no me explico cómo es que ha vuelto a la vida después de haber renunciado al don y regalo que una vez se le otorgó por parte de mis hermanas e hijas de mi señor. Sería como único que aun pudieses estar viva, maldita mal agradecida ―le estrujó la señalada de Xena que emitió:
―Yo no tengo ni la menor idea de lo que me hablas, aberración. Nada más tengo consiente que tu presencia me asquea.
Con ese último insulto, la criatura entrecerró los ojos con furia y mostró sus garras.
―¡Vasta de charla, porque hoy moriraaaaaaaaaaas! ―gritó ésta abalanzándose sobre la sentenciada.
Como era de esperarse, antes de que la vengativa criatura lograra sacudirle un solo cabello con su celaje a Xena, ya Ares la había impactado con uno de sus brazos y lanzado a varios metros detrás de unos arbustos en una parte oscura del bosque. Condición que favoreció a la criatura en no que se dispuso a intentar su próximo ataque.
―¿Pero qué rayos quiere esa cosa conmigo? ―preguntó una Xena que por nada bajaba la guardia por si la referida se abalanzaba nuevamente hacia ella desde lo alto de los árboles.
―Si no lo sabes tú, menos yo ―le contesta Ares que le imitaba―. No estuve contigo toda tu vida, ¿sabes? Después de conocerte fueron más veces las que me abandonaste y te distanciaste de mí que las que yo lo hice contigo.
―¿Al menos podrías saber lo que es? Creo que sin conocerla me causa antipatía.
En no que Ares se debatía entre si decirle o no, la amenazante criatura salió del lugar menos esperado, de la tierra. Ya la pareja iba sintiendo que por el suelo andaba algo raro. Sintiéndose a su vez una especie de temblor y erupción. Hasta que algo brotó en las cercanía de sus pies, en medio de ambos. Dirigiéndose específicamente hacia Xena y obteniendo su cometido. La terrorífica criatura se lanzó sobre ésta y ahora la contenía bajo su cuerpo. Xena luchaba contra ella pero su fuerza no era la de una mujer normal. Sino la de al menos unos cinco hombres. Y a esto, por más guerrera que fuese, no iba a poder con ello. Suerte a que Ares le acompañaba en esos momentos y la pudo librar de la fiera que tenía sobre sí y que no mostraba querer otra cosa que clavarle unos largos colmillos en su cuello.
Para el pesar de la criatura, Ares la separó de su presa tirándola rudamente de sus largos cabellos, levantándola en el aire y luego terminar de sujetarla con su otra mano por el cuello. A tiempo que la que dejaba en libertad la ocupaba de nuevo con su espada. Espada que usó para atravesarle en el vientre. Causando un alarido de dolor por parte de la herida. El chillido que propició provocaba dentera escucharlo. Y los movimientos incontrolables de sus extremidades le daban el aspecto de un insecto en agonía.
―Te dije que te largaras o te morirías, miserable pestilencia ―le recordó Ares que se encontraba entre la ira y el gozo de ver morir a alguien que se atrevió a estorbarle su paso.
Por un par de segundos más la criatura continuó con su convulsión corporal hasta que llegó el momento en el que se quedó estática dejando caer la cabeza hacia atrás. En dirección hacia Xena. Ares entonces comenzó a reírse por lo fácil que le había resultado acabar con la mugre que ahora colgaba de sus manos. En cambio, Xena no dejaba de mirar el colgante cuerpo. Algo le decía que aquello no había acabado y no se equivocó. Porque antes de que Ares diera por finalizadas sus carcajadas de falsa victoria, la blanquecina pero endemoniada criatura abrió grandemente las orbes de sus ojos y sin moverse aun y le sonrió macabramente a una estupefacta de Xena.
―¡Aún sigue con vida!
Xena no tuvo que terminar sus palabras para que Ares se percatara del hecho una vez recibido por parte de la criatura una poderosa patada justamente en su adolorido pecho. El dios no pudo ocultar por medio de un ahora doloroso quejido de su parte lo mucho que le afectó el impacto y tomando ventaja de ello, la criatura no esperó más para repetir su ataque contra Xena. Quién ahora no se dejaría tomar por desprevenida y actuando lo más deprisa posible, enfrentó a la fiera que corría a su frente. No tenía que haberse batallado con éste ser por mucho tiempo como para conocer sus más efectuados impulsos de ataques. Por lo que resultándole predecible lo que iba a hacer, en vez de blandir su espada hacia su frente, Xena lo hizo hacia arriba. Acertando en lo imaginado. En que la criatura al lanzarse sobre ésta con un alto salto como típicamente estaba dejando ver, terminara clavada en el filo de la hoja de su espada. Y esta vez en el centro de su corazón. Produciendo un segundo grito más sonoro y rechinante que el anterior.
―Una vez que beben la sangre de Dioniso se vuelven inmortales ―explicó Ares―. De nada servirá herirlas con armas. Sólo existen dos cosas que les otorgan muerte segura.
―Pues veamos cuan cierto es el mito si esta vez le cortamos la cabeza.
Tirada en el suelo, y con las mismas convulsiones anteriores, la criatura trataba de sobreponerse pero una pesada bota en medio de su burbujeante y desangrado pecho se lo impidió. Xena esperaba que tras herirle en su corazón la criatura sucumbiera gravemente para tener toda libertad de decapitarle. Mas cuando dos fuertes manos le levantaron el peso de su pierna, se arrepintió de no haber sido más rápida.
―Ninguna de sus estúpidas armas puede darme muerte ―siseó la agredida con buches de sangre derramándosele por su boca―. Sin embargo, hay infinitas formas de matar a una mortal como tú, mi detestable Xena.
―Y ante todas no lograrás ninguna ―salió en defensa Ares cuando la amenazante criatura planeaba volver a atacar a su amada―. No eres más que un asqueroso cuerpo con el alma vendida ―describía la deidad al enterrarle su espada esta vez por la espalda y elevarla en el aire en esa misma posición para evitar que se le zafase o le pateara como minutos atrás sucedió.
―¿Cadáver viviente? ¿Muerta andante? ¿Cuerpo sin vida? Y ahora… ¿Alma vendida? ―cuestionaba una Xena que no entendía para nada las palabras de Ares―. ¿Me podrías decir de una vez lo que es ésta cosa y por qué te refieres así hacia ella? Digo, si está tan muerta como dices, ¿entonces cómo demonios la matamos?
―Enciente una fogata ―ordenó Ares que hacía de su escasa reserva de fuerza para mantener retenida aquel endemoniado ser que no paraba de retorcerse en los aires.
―¿Una fogata? ―se extrañó la guerrera transmitiendo una cara de duda por lo pedido. Para nada le cruzó por la mente que con fuego le darían muerte a aquel ser.
―Sí, una fogata, mujer. ¡Fuego! Quiero mucho fuego para destruir a ésta cosa que no para de moverse ―bramó con los niveles de paciencia iguales a los de sus fuerzas, relativamente escasos en comparación con su habitual potencial.
Con aquel grito y explicación, Xena se sintió la más estúpidas de las mujeres por lo que corrió rápido a hacer un montículo de hojas y ramas. El problema era encender el fuego. Por lo general Ares lo hacía con sus poderes pero ahora él…
―Eh, ¿podrías… ―atinó inquisitivamente la guerrera sin llegar a finalizar lo que seguramente iba a ser una petición.
―Me parece que claramente puedes ver que tengo las manos ocupadas, Xena. Además, como que ya te percataste también de que no tengo la suficiente energía ni como para provocar una chispa. Por mi padre Zeus, ¿acaso los enigmas en aquel jodido templo te desgastaron las neuronas? ¡Enciende un fuego de una buena y maldita vez!
En otros momentos y circunstancias, Xena le hubiese transmitido una buena contestación ante lo gritado por Ares. Pero en esta ocasión, sabía que tenía toda la razón. Que se estaba comportando algo torpe por no deducir lo obvio.
Sin perder más tiempo y tomando las primeras secas rocas que sus manos palparon entre la tierra, Xena pasó a impactarlas y flotarlas velozmente con la esperanza de que pronto produjeran la más pequeña pero efectiva chispa. Así llegaron a pasar los tres minutos sin tener éxito y ya Ares se encontraba con sus ojos en blancos por la poca eficacia que mostraba su amada. Sí, aquel retraso lo tenía con el peor de los humores.
―¿Piensas echar canas ahí? ―le ajoró de mala gana.
―¡No me presiones!
«¿Qué no te presione?», protestó Ares en su interior. Haciendo una mueca de fastidio. «Pues entonces encárgate de sujetar a la endemoniada fiera tú», pensó en su adentros sin llegar a decírselo pues seguro que ella no podría. Pero si se seguía demorando, pronto él tan poco podría con la criatura y en menos de un pestañear se le escaparía. La herida que el atravieso de su espada mantenía como que luchaba por cerrarse al igual que lo había hecho las primeras dos de su vientre y su corazón.
―Vamos, vamos, enciéndete ―pedía con desesperación la guerrera mientras al dios se le ocurría golpear la cabeza de la criatura contra la suya propia y luego contra el tronco de un árbol para ver si dejaba de retorcerse.
―¡¿Ya acabaste?!
―Arggggggggggg ¡NO ME MATARÁN! ¡NO DESCANSARÉ HASTA VENGARME! ¡OH, SÍ!
―Tú cállate mientras te mueres, aberración ―se desquitaba Ares golpeándola con más fuerzas ahora contra el suelo y tirándosele encima para aplastarle con su cuerpo e impedir que se le escapase.
Mientras tanto, a pocas distancia Xena ya no encontraba de qué forma pedir al fuego que se dejara ver entre el cúmulo de hojas y ramas que preparó para él. No supo hasta que recordó la persona de Prometeo, el titán venerado por los hombres en la tierra por haberles regalado el elemento del fuego junto con el don de la sanación.
―Prometeo, tú que a diferencia de los dioses y el resto de los titanes te sacrificaste por los hombres mereciendo de éstos una verdadera y agradecida adoración, si me escuchas, por favor, bríndame el fuego que imploro.
Culminada su oración, entre el montículo de hojarascas y ramas se hizo la aparición de unas llamas que fueron creciendo más y más. Exigiendo a su vez más materia que consumir. Con ojos perdidos, X ena se quedó estática por unos segundos sin creerse que su simple rezo tuviera tan rápido efecto. Ese fuego no había brotado de las rocas que impactaba. Había nacido entre las hojarascas y ante su vista.
―Hasta que al fin acabas ―le sacó de su asombro un impaciente de Ares que se aproximaba hasta el nacido fuego a tiempo que tiraba de los cabellos a la criatura que entre tantos y tantos golpes, ya apenas se movía como antes―. Ahora alimenta las llamas en no que le brindamos el platillo predilecto.
Xena buscó más ramas y hojas hasta que la pequeña fogata pasó a tomar el aspecto de una hoguera.
―¡Noooooooooooooo! ¡Apártenme de las llamas! ¡De las llamas no!
―Ah, ¿te asustas? Bueno saberlo porque así tu muerte resultará más divertida. Pero siéntete afortunada de que primero te picaremos la cabeza para que no te escapes cuando te arrojemos.
―¿Seguro que con esto ahora se muere? ―dudó Xena que después de lo visto, ya no se asombraría por nada más en aquella criatura. O eso creía.
―Decapítala y luego veremos.
―¡Ahahaha! Nunca mi señor y dios Baco debió de antojarse de ti ―se quejaba la criatura instantes antes de su muerte―. Argggg pero mucho menos debió pedirnos que transformáramos a esa chiquilla que contigo andaba. Por el aprecio que le tenías es que llegaste hasta nuestra morada, mataste a unas de mis hermanas y le distes el mismo fin a mi señor dejándote convertir en una de nosotras por esa misma chiquilla que acabábamos de transformar ―narró la criatura.
―¿Chiquilla? ¿De qué niña me hablas?
―No era una niña en sí, sino una…
Ares no le permitió proseguir porque no le simpatizaba para nada la descripción próxima a dar por la mugre que mantenía contra el piso. Silenciándola con un golpe en su mandíbula.
―¡¿Qué esperas para cortarle el cuello?! Podría escapárseme de las manos, Xena ―previno preocupándole más lo que pudiese llegar a decir la criatura que apresaba que lo que llegase a hacer.
―Si tan solo hubiese bebido la sangre de mi señor, se hubiese transformado en una de nosotras permanentemente y no la pudieras a ver recuperado ―prosiguió en su narrativa el blanquecino ser gracias a que Xena no atacaba aún la orden del dios―. Y mucho menos ella hubiese podido obedecerte cuando le pediste que te mordiera para obtener la maldición y lanzársela a nuestro señor. ¡Maldita sea la hora en la que llegaron a nuestras vidas! ¡Y maldita sea la hora en la que mi señor me liberó a mí y a unas pocas de mis hermanas con un segundo sorbo de su sangre! Si no hubiese muerto con él! ¡Ah, maldita sea!
―Estúpida, Baco o Dioniso nunca murió. Es un dios y hasta el día de hoy sigue más vivo que tú. Sólo las abandonó asustado por la mujer que tienes delante. ¡Perfecta imbécil! ―le restregó la verdad en la cara un enfadado Ares que en vez de impedir que en medios de insultos que se continuara brindando información, acababa de hacer todo lo contrario proporcionando una propia de su boca.
―Por lo visto conoces sobre esta historia, Ares ―le pilló Xena causando que éste tragara hondo en medio de su error. Si algo no le apetecía ni ahora ni nunca, es que Xena le invadiera con preguntas en cuyas contestaciones se encontrara la viva imagen de cierta rubia parlanchina como según le clasificaba a la innombrable barda―. Tal vez puedas abundar en lo que dice ella. ¿Cómo a quién se refiere por ejemplo? ¿De qué chiquilla habla? ¿A caso es la misma a la que se refería la sacerdotisa del templo? ¿La misma en la que en ocasiones hasta tú has mencionado como mocosa?
―¡Jajajaja! No me digas que no te acuerdas ―regresó al morboso dialogo la que pronto ardería en las llamas―. La grandiosa y renombrada Xena no recuerda sucesos de su pasado. ¿Qué te sucedió querida, al resucitar de entre los muertos se te borró la memoria? ¿Eh?
―¡HE DICHO QUE TE CALLES!
―Y yo quiero que hable, Ares. ¿Por qué no quieres que prosiga? ¿No ves que podría ayudar a recordar lo que aun no acabo dar en mi mente?
―¡Jajajaja! Si que estás jodida, mortal. Que mal te va. Porque yo al menos seré un cuerpo sin alma pero tú que ambos tienes, lastimeramente te falta la memoria. Y eso es igual a no tener nada. ¡AHAHAHA!
―¡Ya me cansé de esto! ―expresó Ares que con la propia espada que mantenía clavada al suelo por la espalda a la criatura, se planeaba decapitarle él mismo. Lo que no se esperó, es que ésta sacara fuerzas de donde sólo el mundo de las oscuras criaturas podría llegar a saber, y se le escapara en sus propias narices.
―¡Dije que no me matarían con sus simples armas! ―salió diciendo a toda carrera el endemoniado ser de regreso hacia el oscuro bosque dejando a una Xena preocupada y a un más endiablado Ares.
―¡TE DIJE QUE LA DECAPITARAS! ¡MALDITA SEA, CUANDO TE DIGA QUE HAGAS ALGO, HAZLO! ―rugió el dios que sin medir sus fuerzas tomaba por los antebrazos a Xena y la hamaqueaba frenéticamente.
―¡SUELTAME Y NO ME GRITES!
Al darse cuenta de lo que hacía, Ares se separó de la mujer que amaba para no hacerle más daño y menos descargar su ira contra ella. Respiró profundo, pero siempre manteniendo la alerta por si el demente ser se les lanzaba de nuevo.
―Espérame aquí que iré tras ella y la traeré con su cabeza rodando por el piso como hace rato debía de estar.
―Pero yo…
―Tú sólo mantente alerta y si se aparece, pega un grito y procura que no te muerda. De hacerlo, como bien escuchaste, te convertirás en una de ellas, en una ménade. Féminas criaturas sedientas de sangre y en ocasiones de carne. Sirvientas y esclavas de Baco encargadas de dirigir sus banquetes y ceremonias en el interior de los bosque en donde atraen jóvenes mujeres para depararles el mismo fin de lacayas. Si llegas a tener el mismo fin, Baco lo sabrá desde su trono o en medio de la orgía que esté llevando a cabo. Y estoy seguro de que no le importará que hayan pasado más de cien años porque el interés por ti sigue siendo el mismo. No creas que toda tu vida he sido el único dios que se ha arrastrado por la tierra con tal de tenerte. Y apostaría mi divinidad entera que ha tenido que ver en el ataque de ésta última lacaya suya para hacerse contigo y vengarse al mismo tiempo. Detectándote a través de ella. Una pobre desgraciada que no tiene ni la menor idea de que su querido señor la está usando así se ponga su "vida" de por medio.
―Comprendo. Esta ménade es lo que comúnmente denominaban como bacantes en los bacanales o fiestas de puro vino en honor a Baco.
―Así es.
―Mujeres que le entregan su alma en vida y a partir de ahí no son más que unos cuerpos andantes sometidas a su voluntad. Como unos cadáveres vivientes como has dicho. Ha de ser por eso que…
―¿Qué?
―Las dríades de bosques, las ninfas de los árboles ―respondió con sus ojos hacia el ocaso como si algo le hubiese surgido en la memoria―. Yo, yo una vez… No sé bien… Pero algo me dice que una vez utilicé un hueso de estas ninfas para defenderme de unas ménades. Tal vez sea un suceso de esa historia que cuenta la criatura y…
―Lo más seguro. Las ninfas de bosques son pura vitalidad. Lo opuestos a las ménades cuya alma entregan a Dioniso. Por eso son enemigas de éstas, porque su organismo le es completamente venenoso. Una de las formas que indiqué sobre la manera de acabar con esta aberración hace un momento. Pero como no hay una dríade que por casualidad también aparezca por aquí, es con el fuego lo único que nos queda para destruirle.
En un intento de recordar más sobre ese hecho del pasado en el que ella se veía partícipe, y encajar todo lo que ahora Ares le acababa de decir, Xena se quedó allí parada y en silencio. Tomando esto por una perfecta comprensión de su orden, Ares se hundió en la espesura del bosque. Siempre teniendo en mente el de no alejarse del punto en el que se encontraba su amada por si las leguas a ésta se le ocurría hacer todo lo contrario a lo dicho y se terminaba exponiendo ante la clasificada ménade.
No pasaron unos ocho minutos cuando Xena recibió una nueva orden por parte de su dios. La cual decía:
―Xena… ¡CORREEEEEEEEEEEEE!
La nombrada se mantuvo por un intervalo de segundos con la vista en la dirección de dónde provino el grito de su dios. Entre el hacer lo mandado o detenerse a ver el por qué de salir huyendo. Testadura como en su primera vida, optó por lo segundo. Desperdiciando unos buenos diez segundos después del aviso que le hubiesen garantizado ventaja de escape.
―¡TE HE DICHO QUE CORRAAAAAAAS!
Por los siguientes gritos de no podré detenerla más por parte de Ares, se entendía que el "buen" dios se encontraba batallándose con la ménade en lo oscuro del bosque. Cuando ésta se reapareció ante Xena brincando desde lo alto de las ramas, se entendió también que Ares no bromeaba en lo que decía. La criatura había adquirido más fortaleza ahora. Luciendo más como una verdadera bestia, con largas y negras garras y una boca cuya mandíbula se abría más de lo normal mostrando numerosos y afilados colmillos amarillos en su interior.
El momento de curiosidad de Xena fue llenado hasta el tope con esta nueva forma. Decidiéndose a echar carrera al fin. Del claro del bosque en el que estaba, terminó entrando en la profundidad oscura de éste que se alimentaba cada vez más con la puesta del sol en aquella tarde que nada prodigiosa les resultaba a ningún viajante que tuviese la mala suerte de toparse con una ménade en su camino como la que justamente ahora perseguía a la guerrera de Xena.
«¿Y ahora qué diablos le ha sucedido a ésta condenada chupa sangre que luce más fuerte y fiera?», se preguntó en su mente sin dejar de correr por cuanto espacio abierto se le presentaba en el bosque. Cosa que no podía seguir haciendo porque podría perderse en el mismo. Aunque, se trataba de Xena, una mujer que toda su vida la pasó de nómada. Viajando del norte al sur y del este al oeste. Lo más seguro es que encontraría el camino de vuelta. Y así fue. Se fijó claramente en la puesta del sol. Ese astro que salía por el este y se ocultaba por el oeste. Y ella, que vio sus últimos rayos coloreando las ramas de un árbol a su izquierda, cambió de rumbo y comenzó a correr a su derecha en vez de a su frente en donde el norte se encontraba. De plano que había llegado corriendo desde el sur. Entendiendo que acababa de dar menuda vuelta por todo el bosque. Pues bien claro tenía en mente la dirección que había tomado Ares, la más oscura del bosque. La que ya rayos del sol no recibía desde hacía una buena hora. ¿Conclusión? Ese era el este, la dirección en la que esperaba encontrarlo.
―¡No te escaparás de mí!―siseaba con voz seca la ménade a sus espaldas.
Xena nunca imaginó que sus piernas podían llegar a ser tan rápidas. Pero ya se estaba cansando. Por lo que no podía continuar así por los siguientes minutos.
―Tu sangre me pertenece, con ella me vengaré y terminaré de fortalecer mi cuerpo.
«¿Terminar de fortalecer su cuerpo? ¿A qué se refiere con eso?», sumó más preguntas en su interior mientras seguía corriendo. Se entendía que dijera y comenzaré a fortalecer mi cuerpo, o fortaleceré mi cuerpo. ¿Pero terminar de fortalecerlo? Eso sólo caería si ya había comenzado a vitalizarlo. Y como su manera era absorbiendo la sangre de sus víctimas… Pues tendría que haber bebido de alguien ya para haber dado un comienzo. «¿Pero de quién?», se preguntó una vez más en su mente. Allí sólo estaba ella a la que aun y agraciadamente aun no mordía y…
―Ares ―terminó de pensar en voz alta mientras también pensó en todo lo dicho. Temiendo que sus sospechas fuesen reales. Preparándose para lo peor. Encontrar a su débil y obsesionado dios, con los ojos cristalizados, sin una gota de su divina sangre en sus venas. Con nada más que un cuerpo sólido y petrificado como el mismo mármol. Un espanto le corrió de pies a cabezas. Su corazón palpitaba velozmente por el exceso de adrenalina y temor. Deteniéndose por un momento y subiéndosele hasta la boca cuando algo a sus espaldas la jaló de un brazo y rápidamente le privó de un grito al taparle dicha cavidad. Llevándola consigo tras el tronco de un árbol. Comenzó a forcejear por intentar escaparse de lo que más temía, de una destinada mordedura en su cuello. Terminando completamente imposibilitada cuando su recostado cuerpo fue levantado del suelo no pudiendo hacer otra cosa que patalear en el aire igual que como lo hizo la frenética criatura de la ménade.
―Shshshshsh, tranquila, soy yo. ¡Tranquila!―le escuchó decir a su captor.
―¿Ares? ―resopló con alivio, más que preguntar, en cuanto éste le quitó la mano de la boca, ganando por ello que se la volviera a colocar.
―Silencio, querida. Que está allí ―pedía entre susurros el dios. Pero Xena estaba demasiado angustiada por lo que podía haberle sucedido como para entender y recordar el significado de la palabra silencio―. ¡Ares, te mordió! ―se espantó al verle una gran marca de colmillos en su antebrazo izquierdo―. ¿Te mordió, cierto?
―No es nada―susurró entre sílabas y con los ojos en blancos como ya estaba acostumbrando a poner cuando daba sin remedio a su querida amante.
―¿Por eso es que está así de fuerte, porque bebió tu sangre? ―inquirió en voz baja la guerrera provocando que ahora sí Ares casi le aplastara la boca con su mano para que no hablara más―. ¿Pero cómo pudo? No que los dioses no revelan su sangre a cualquiera y…
―Quédate quieta.
La ménade se apareció a unos vente pies de distancia de ambos. Buscándolos, olisqueando el aire y agudizando el oído ante el menor ruido. Con sus garras abiertas y preparadas para blandirlas ante los primero que se moviera. Ni hablar de sus colmillos. De los que se escurría la peligrosa ponzoña que infectaba y transformaba a las mujeres que deseaba transformar. En definitiva se tenía que acabar con ella ya.
Ocultados tras el tronco y echando mirada de vez en cuando para ver los movimientos de la ménade, Ares fue bajando una de sus manos por el torso de Xena hasta llegar a sus caderas. Una vez allí husmeó en su cinturón a tiempo que una Xena aun con la boca una vez más tapada abría los ojos mal interpretando las intensiones de su dios.
―¿No crees que no es momento para… ―articuló Xena a medias quitándose la mano con enfado por medio de las suyas, obviamente, y enviándole una enfadada e igual confundida mirada.
Ignorándola, Ares le extrajo su Chakram del cinturón, lo que andaba buscando.
―Ten, es momento de que lo uses ―le cuchucheó a tiempo que ésta le negaba rotundamente con la cabeza.
―Aun no sé ni cómo lanzarla― aseguró una vez Ares le descubrió su boca―. No estoy preparada.
―Xena nunca esperó estar preparada para actuar ―le hizo saber que no estaba para negativas.
―Mejor úsala tú ―se negaba una vez más a cogerla en sus manos.
―¡Maldita sea, mujer! ¡Qué no ves que la tenemos…
Olvidándose de que no debía elevar su tono de voz, la cólera de Ares le traicionó revelándole por medio de su estruendo a la ménade la ubicación de éstos a su espaldas.
Un agudo y carrasposo chillido brotó de la garganta de aquel ser al descubrir a sus presas. Agachándose para tomar impulso del siguiente salto y abalanzada que le tenía planeado a los que veía como sus perfectos platillos. Ya no quedaba más tiempo. Ares tenía el Chakram en una de sus manos, o lo lanzaba él e impactaba en la ménade, o se quedaba ahí en espera de que ésta los atacara a los dos. Por nada del mundo aceptaría lo último. Lanzando el Chakram a los aires en dirección hacia el cuello de la ménade. Criatura que para su temporera fortuna, logró esquivar el filo del arma. Mostrando una amplia y terrorífica sonrisa por el fallo del dios. Lo que no se esperaba, es que esta arma regresaba a su punto de origen, sufriendo la pérdida de un brazo cuando esta venía de regreso. Expidiendo un chillido de dolor por el impacto.
―¡Maldición, fallé!
―¿Qué dices? Al menos le dejaste manca.
―Su cabeza era lo que quería ver rodando. No su mugriento brazo dando saltos ―protestó al recibir el Chakram y pasárselo a Xena con mala cara.
La ménade entre chillidos y chillidos trataba de recuperar su desprendido brazo. Miembro que aun no estaba perdido puesto de que se le podía volver unir a su cuerpo si así se permitía.
―Ah, no harás nada de eso ―le advirtió un Ares que con espada alzada no veía la hora, el minuto y el segundo de decapitar a ese ser que le asqueaba la vista.
A todo esto la ménade mostraba como prioridad recuperar su brazo que escapar del dios y salvar su vida. Brazo que Ares pateó justo cuando la criatura le dio alcance con las yemas de sus dedos.
―¿Para qué quieres un brazo si no vas a poder dirigirlo sin cabeza?―Y cuestionado esto, Ares atestó el filo de la hoja en dirección hacia la ménade. Con el objetivo de decapitarle al fin y llevar sus restos a la hoguera. Hoguera que por cierto, ya había comenzado a incendiar el bosque. Produciendo una humeada que se levantaba hacia el cielo contándole a los dioses del Olimpo lo que allí pasaba.
Cuando la ménade vio venir el filo de la espada contra su cuello, sus amarillos y brillantes ojos grabaron lo que serían sus últimos instantes de vida. Rendición que a Ares tomaba como la mejor parte de sus enfrentamientos. La pérdida de toda esperanza. Esperanza que aun se negaba a abandonar el ser de la ménade. Porque en no que aquella espada descendía hasta el cuello de ésta criatura, cortando el aire a su paso, un descontrol por parte de Ares le hizo cambiar de dirección. Impactando contra la hojarasca del suelo en vez de contra la ménade. ¿La causa? El brazo desprendido de la ménade reconocía la persona de Ares como una amenaza hacia el cuerpo al que pertenecía y entre arrastradas llegó a tomar una pierna del dios, tirando de ésta y provocándole una pérdida de posición.
―¡¿Qué maldición te dio de beber Baco a ti que no te acabas de rendir?! ―inquirió Ares al levantarse furiosamente del suelo con el deseo de acabar con su espada a aquella condena que ya le tenía carcomida su paciencia.
Con una sonrisa que se veía más como una mueca, la ménade saltó sobre el dorso de Ares en dirección hacia su presa principal, Xena. La guerrera acaba de ver todo aquello en cuestión de segundos. Y en cuestión de segundos, veía como ahora la diabólica criatura se dirigía hacia ella con unos largos y afilados colmillos que ya querían verse enterrados sobre la carne de su cuello. No tuvo que esperar a que Ares le gritase que corriera para poner a trabajar a sus fuertes piernas. Piernas que le vinieron a fallar antes de que cubriera los siete metros de distancia. Tropezando con una levantada raíz de sauce y cayendo de boca al suelo. Ignorando el dolor que le provocó el impacto, se volteó para encarar a su perseguidora. Viéndola con esa mueca de satisfacción al verla así de vulnerable. Bien, Ares estaba algo lejos como para ayudarla. Aun le faltaban casi el doble de distancia que ella había corrido. Y aunque ya estaba casi cerca, más cerca tenía a la ménade. Que acababa de saltar sobre ella. Entonces, hacer uso de su espada era lo mejor que podía hacer para defenderse. No obstante ya sabía que atravesarla nada de daño le causaba. Arriesgándose a que llegase a morderla. ¡O por todos los dioses del Olimpo! ¿Qué usaba entonces? ¡¿Cómo no!?
―¡Toma estoooooo! ―gritó Xena al lanzarle el Chakram que tenía en sus manos y rodando de costado en caso de que a todo esto la ménade aun callera sobre ella y tuviera fuerzas para morderle.
El Chakram impactó contra la cadera de la criatura. Fallando en el blanco elegido por Xena. Su cuello, tal y como pedía Ares. Dios que al llegar a la escena, se tuvo que arrojar al piso para esquivar el arma lanzada que irónicamente venía en subida justo hacia su cabeza.
―¡Es a la ménade a la que tienes que matar, no a mí! ―se quejó el recién llegado que con espada en mano se ponía en pie para acabar con el trabajo de una vez. Siempre velando por la seguridad de Xena, aproximándose a su lado y apuntando los dos juntos hacia la criatura.
Ares se preparaba para recibir el ataque de la ménade. A diferencia, Xena buscaba con la mirada el lugar en donde había impactado su Chakram. Y lo encontró. El arma se encontraba a unos nueve pies de alto clavada en el tronco de un árbol de roble. Un poco alto pero no imposible de alcanzar.
―Mantente siempre tras mi espalda ―pidió el dios que ya entendía que aquel asunto se les estaba saliendo de las manos. Pero la ménade no permitiría que aquella divinidad la siguiera apartando de su presa principal. Por lo que no importaba que aquel dios le clavara de nuevo su espada o hasta le llegase a picar el otro brazo o así el mismo (recién unido cuando éste se arrastró y atacó a Ares en donde ella tuvo oportunidad de tomarlo).
La criatura sabía que lo único que tenía que cuidar de su cuerpo lo era su cabeza. Y no era porque moriría al ser decapitada. Más bien porque como en todo ser, perdería el dominio de su cuerpo. Quedando vulnerable y en manos de la pareja que eligió como sus enemigos. Así que conociendo cuál era el objetivo principal del dios, tendría cuidado de no exponer ese blanco débil ante sus manos. Sin embargo, ella también conocía un temporero punto débil en éste. La mancha sobre su pecho. Y fue justamente ahí en donde clavó sus garras cuando se enfrentó contra él. Dios que se confió al intentar darle en su garganta. Encontrándose con que la ménade acaba de sacrificar su brazo derecho, recibiendo en éste el impacto y cubriendo por lo tanto su cuello. A tiempo que con el recién unido izquierdo, le hería de aquella forma.
Ares cayó de rolillas al suelo. Murmurando una y mil maldiciones por el dolor que sentía. Ser un dios no te salvaba de todas. Ahí tenía el precio de sentir los placeres carnales. El dolor también les acompañaba.
―¡No! ―se apenaba una furiosa Xena por todo lo que estaba causando la ménade―. ¡Acaba y desaparécete de una vez maldita cosa! ―encaró a la criatura blandiendo su espada con amabas manos y con todas las fuerzas que sus miembros le eran capaz de brindar. La ménade, que también estaba cansada del juego de espadas de la pareja, esta vez ni se inmutó en esquivar el golpe. Ya sabía en donde impactaría, en su hombro. La desesperación de Xena provocó ese fallo. Y brindándole una sonrisa cortada por ello, la ménade se quedó mirando por un segundo la espada clavada en su carne y sin dejar de sonreírle a su rival, se la desprendió del cuerpo, arrebatándosela de las manos a la mortal y haciendo uso de ésta para volver a herir a un Ares que se ponía de pie para atacarle por la espalda.
―¡Maldita seas! ―le rugió Xena enviándole un puñetazo con toda la intensión de romperle la cara. Deseo que no se cumplió porque la ménade lo sostuvo en la palma de su mano. Y aprovechando los instantes de perplejidad de Xena, la ménade la pateó por su abdomen lanzándola por los aires y dejándola golpeada en el suelo. Antes de que Ares pudiese detenerla, la ménade corrió hasta la casi achocada de Xena.
―¡Va hacia ti, Xenaaaaa! ―le previno éste que por más que corría apenas podía rozar la negra capa de la ménade.
Xena, no quiso ni voltearse para comprobar que el aviso de Ares tenía razón de ser. Las pisadas de la criatura a unos cuantos pares de pies se lo decían todo. Sí, una vez más tenía que levantarse y correr. Pero entonces, cuando alzó la vista para elegir algún claro por el que se le facilitaran los pasos, vio su Chakram aun clavado en el roble en el que minuto atrás la había divisado. O era ahora, o nunca. Así que brotando ese gritó de guerrera típico de ella, corrió hacia el árbol cuando estuvo a un segundo de que la ménade le atrapase. Trepó a puros pasos y saltos por el tronco como si se tratase del mismo suelo que instantes atrás pisaba, y al alcanzar su Chakram, se dio la vuelta en el aire cayendo exactamente a diez pies de distancia a espaldas de la ménade. Ciertamente al lado de un Ares que si no fuera porque la conoció en su primera vida, no creía en el brinco que su amada mortal acaba de dar. Y sin dejar escapar ni un segundo más, Xena lanzó su Chakram ante una desprevenida ménade, que lo único que logró ver al voltearse, y encarar a la guerrera, fue un celaje entre plata y oro que se dirigía justamente a su cuello. Rasgándolo por completo hasta dejar de sostener y mantener su cabeza.
―Tú te lo buscaste ―gruñó la victoriosa de Xena antes de tomar la decapitada cabeza por su melena y arrojarla a las candentes llamas que se acercaban consumiendo los árboles y arbustos cercanos. Llamas que no conforme con tal parte desmembrada, se arrastraron hasta llegar al cuerpo que de un modo asqueante, Xena y Ares le dejaron allí a su suerte.
REVIEWS
Como dije al principio, ese dicho episodio que tildaba al vampirismo y a lo oscuro de la noche captó mi total atención desde que comenzó a correr en el TV. Todavía recuerdo a mi padre criticando la música de fondo porque era en inglés y la trama del episodio se llevaba a cabo en la antigua Grecia en una época donde tal lengua inglesa aún no existía. Válgame que sí tenía razón, pero si nos vamos por eso, media madre de producción estaría mal tanto en la serie de Xena como en cualquier otra. Pero bueno, como decía, el episodio siempre estará entre mis favoritos. El makeup de las chicas, ufff brutal. La entremezcla gótica y mítica que dieron los productores fue súper wao para mí. Me dieron por dos áreas que me encanta. :D
Y vamos, respóndanme ahora ustedes. ¿Fue este episodio también uno de sus favoritos? De ser así, yo encantada de saber su opinión por un review. Lo mismo que la de este capítulo. Vamos, comenten. :)
Respuestas a REVIEWS
~GilNar
A ti, mi querida GilNar, que hasta el momento ha tenido la osadía de comentar en los pasados capítulos, espero que tras finalizar este 7mo, no desees matarme ni mal decirme mi madrecita que ahora se encuentra lo más feliz durmiendo sin imaginarse que después de tantos años, su hija aún sigue profundamente obsesionada con la gran Xena y toda su historia. ^-^' Lo digo porque te había comentado que este próximo capítulo, ósea éste, tendría una parte bien HOT, bien buena. Pues como habrás visto, si es que leíste claro, eso no se presentó por ningún lado. Aush, sorry en verdad. Es que la trama se me alargó sinquerer queriendo, de veritas de veritas. Y vi necesario hablar sobre esta escena pasada porque así Xena se va a ir preguntando con más frecuencia quién rayos es esa chiquilla de la que todos hablan. Pero ya dentro de poco comenzaré a hablar de ello o al menos dirigirle la trama a ese tramo. Lo anuncio también por si hay algún lector silencioso y anónimo por ahí. ;)
Mientras tanto, seguiré encantada de leer y hasta repasarme tus lindos reviews en los que claramente se ve que las dos compartimos el mismo modo de pensar respecto a esta grandiosa serie. ^-^' Y sí, creo que las dos estamos tan tostadas y estortillás porque por lo que a mí respecta, no sé de más nadie a parte de ti que ame tanto a esta pareja de Xena y Ares. Pero vuelvo y repito, a Gabrielle le guardo mucho cariño. Como dijiste fue un personaje bien significativo e importante en la trama. No más que me hubiese gustado que dejara respirar a Xena para que se nos fuera con el lindo de Ares. O que sino, pues que se fueran los tres juntos felices y campantes, amándose y peleando al mismo tiempo por siempre. Aunque bueno, con lo celópata que es nuestra pareja, tal vez algo así no hubiese funcionado mucho.
