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Creo saber todo de ti.

Sé que el día de pronto se te hace noche, sé que sueñas con mi amor, pero no lo dices; sé que soy un idiota al esperarte...

—Mario Benedetti, "Espero".

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VII—

Ni poco, un mucho, eres suficiente.

··•··

Tres golpes en la puerta. Un sonido vacío. Tres toques más. Ella seguía encerrada en el baño.

Creía que se trataba de él por ser tan directo, por querer dárselas de controlador. Creía que había sido su culpa por ordenarle que estuviera lista o le obligaría a estarlo, por enamorarle, por intentarlo, pero no se trataba de él. No se trataba del hoy ni del ayer, sino del pasado más alejado que había llegado de golpe, atropellando todo a su paso.

—Sora, abre la puerta, por favor —volvió a pedir.

No se iría. Por más silencio que esta le regalase, no se iría. Taichi no le dejaría, porque Taichi no era de los que abandonaban a nadie. Sacrificaba su propio tiempo con tal de ayudar a quien lo necesitase. Así era él, incapaz de negar su hombro para que alguien —especialmente ella— pudiera llorar sobre él.

—¡Lárgate! —le respondió a gritos desesperados.

El muchacho suspiró largo y hondo antes de pegar su frente contra la puerta del baño. Cerró sus ojos e hizo lo único que podía hacer ante aquella circunstancia: esperar.

—¿Por qué estás molesta, Sora?

El silencio volvía a ser lo único que se escuchaba.

Con su frente todavía contra la madera, negó, arrastrando su piel con frustración, algo molesto consigo mismo y un poco más dolido por las cosas que pasaban sin que él pudiese evitarlo.

Esto era lo que tanto temía que pasara.

Dio dos pasos hacia atrás, alejándose para poder contemplar mejor aquella puerta que los separaba. Pasó dos dedos por el puente de su nariz y pidió una vez más que le abriera.

—Por favor —imploró.

Pero nada pasaba. Seguía sin responderle, sin decirle lo que le sucedía. El tiempo seguía transcurriendo, segundos nuevos nacían y morían con la misma rapidez y ella continuaba siendo terca y obstinada. Estaba encerrada en aquel estrecho lugar, quizá lamentándose, quizá enojada por algo que él dijo, castigándole con el hecho de no saber realmente lo que le pasaba a ella.

Sin despegar sus ojos marrones de la entrada al baño, caminó hasta encontrarse con la cama doble de roble. Se sentó en calma, esperando. Nada más podía hacer y ella en cualquier momento tendría que salir. Sí o sí.

El pomo de la puerta se movió y esta se abrió de golpe. Taichi se puso de pie y caminó apurado al ver los ojos hinchados y llenos de lágrimas de su amiga. Iba dispuesto a preguntar, a consolar de ser necesario, pero los puños y golpes de Sora le hicieron retroceder.

Takenouchi gritaba histérica, bufaba y decía cosas que Tai no lograba entender.

—¡Idiota, tonto, idiota! —mascullaba—. Dime que no es cierto, dime que miento. No es cierto -Golpeaba su pecho con fuerza.

El joven le tomó por ambas muñecas, deteniendo la agresión. Como si de magia se tratara, Sora dejó de gritar tan pronto sintió las manos de Taichi tomarle, gradualmente bajó el ritmo, comenzaba a tranquilizarse, también. Él miró directo y fijo aquellos ojos húmedos que transmitían dolor, se fundió con ellos, porque no los entendía. No la entendía. Buscaba cualquier indicio, algo, que le dijera que Sora lloraba por cualquier cosa, menos por su culpa.

—Lo siento —Terminó diciendo él.

¿Qué más podía hacer? ¿Quién más podía hacerle llorar de ese modo? Es que era él el culpable de tanto llanto.

Sora miró hacía el suelo. No podía mantenerle la mirada a Taichi. Cada milímetro de su cuerpo se sentía miserable. La culpa se movía por sus venas y no podía soportarlo.

—¿Dime desde cuándo? —inquirió ella siendo presa de las emociones.

—¿Desde cuándo qué?

La necesidad de gritarle y volver a pegar regresaba con mayor fuerza a medida que sentía aquél abismo en su pecho. El deseo culpable. El desasosiego incesante merodeando por sus entrañas le hizo moverse e intentar agredirle una vez más, se sentía menos insoportable todo aquello cuando la ira tomaba todo el control sobre ella.

Taichi tensó sus brazos y apretó el agarre, deteniendo las visibles intenciones de su acompañante. Le mantuvo la mirada dura y seria. Todo el ambiente tenso dentro de la habitación podía cortarse con un cuchillo.

Entonces ella levantó su rostro derramando algunas lágrimas en el camino, sin importarle en absoluto aquello y gritó una vez más, histérica:

—¡¿Desde cuándo?! ¡¿Dime desde cuándo, Taichi?! ¡¿Desde cuándo sientes cosas por mí?! ¡Dime!

Tai le soltó, como si de pronto sintiera que las muñecas de Sora estuviesen quemándole.

—¿Qué? —preguntó por inercia.

—Aquellas noches colgados en el teléfono mientras me escuchabas hablar y hablar de Yamato, las veces que llegué sin avisar a tu apartamento buscando tu consuelo, cuando me abrazabas y hacías reír para no verme llorar, nuestras salidas, nuestras risas, ¿todo ese tiempo, me estuviste amando? ¿Durante todos esos eventos, me amabas y no hiciste nada al respecto?

Aquellas preguntas le tomaron desprevenido. Sus pupilas se dilataban y sudaba frío. Tiritaba y aquél temblor delataba todos sus miedos. Balbuceó, sin saber qué responder. Todas las respuestas quedaban atropelladas dentro de su garganta, no podía articular palabra alguna, aunque quisiera.

Ante su silencio, Sora reformuló la pregunta, siendo consciente de que su tono de voz era cada vez más penoso y lamentable:

—¿Todavía me amas?

Espero un segundo antes de contestar. Quería estar seguro de decir algo que luego no lamentaría:

—Siempre lo he hecho —sinceró.

Sora tapó de inmediato su boca, de esa manera impidió que su quejido saliese y así él pudiera ver, aún más, lo quebrada que estaba por dentro:

—¿Por qué? —su voz se le fue en un hilo, apenas y fue audible—. ¿Por qué no dijiste nada, Taichi?

—No lo sé.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—No lo sé.

—¿Desde cuándo te diste cuenta, Tai?

—Sora, yo... no lo sé.

—Cuando me viste al frente de su camerino...

Frustrado pasó sus manos por entre sus alocados y cortos cabellos. No imaginó que su día se volvería así: oscuro de pronto. No se sentía preparado para dar respuestas, porque él no sabía cuáles eran aquellas respuestas. Cuando decidió darse la oportunidad con Sora creyó que tendría tiempo para preparase ante la indiscutible y evidente platica que les aguardaba, que pasara tan pronto, lo hacía sentir como un completo y reverendo tonto.

—... Oh, Cielos —gimió ella—. Lo sabias. Sabías que iba a declarármele a Yamato y aun así... ¿Por qué?

—¡Porque tú lo querías a él! —explotó ante el bombardeo de preguntas.

—¿¡Cómo lo sabías?!

—¡Porque estabas delante de su camerino, porque ibas a declarártele, porque estabas buscándolo a él, maldición!

Sora no pudo evitar no sentir la creciente culpa. Sus lágrimas no eran lo único que le acompañaban en su llanto, todo el pesar, todo los años de silencio de Taichi le hacían peso sobre sus hombros. No era una opción no sentirse como la malvada en todo el asunto. Seguía haciéndole daño, porque seguía cavando y clavando el dedo en la herida.

Ni siquiera podía mirarla a los ojos. Estaba agazapado y viendo hacia el suelo. Cualquier cosa era mejor que mirarle y que ella se diera cuenta de cuánto le dolía el decir todo aquello en voz alta.

—Lo siento —dijo ella en medio de un hipido.

Taichi levantó su rostro, confundido. No estaba seguro de haber escuchado bien.

—Lo siento, Tai, en serio. Lo lamento tanto —Y se derrumbó. Caminó de espaldas hacia la pared y se dejó caer al suelo—. Fui tan tonta al no querer ver lo que estaba frente a mis ojos. Soy una tonta, nunca he sabido tomar buenas decisiones.

Taichi caminó y llegó hasta ella. Estando a su lado, con una rodilla en tierra, se apresuró en limpiar los rastros de lágrimas muertas.

—No, Sora, no llores —su voz fue condescendiente y arrulladora.

Sora sintió una calma momentánea que solo él podía regalarle con tan poco y en tan poco tiempo.

—No llores, Sora, por favor. No ha sido tu culpa, uno no elige a quien querer.

—Pero te herí.

Taichi sonrió de medio lado y negó con la cabeza:

—No. No lo hiciste. Fui feliz, Sora, fui feliz porque eras feliz, todo eso es lo que cuenta. No te puedo mentir, por momento lo olvidaba y me daban ganas de ser egoísta y contártelo todo, pero sufrirías por mí y contigo no puedo serlo, no puedo ser egoísta, Sora. Menos viéndote cómo reías, cómo siempre brillabas llena de vida y alegre, eso siempre me recordaba por qué nunca dije nada y por qué siempre seguía adelante: por ti.

No supo que más decir y Sora qué responder, así que se dejaron llevar por el silencio chirriante. Él fue quien le abrazó y ella quien apretó el abrazo.

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—No lo comprendo —dijo Sora más tranquila, al cabo de un rato—. ¿Cómo pudiste estar tanto tiempo en silencio?

—Ya te lo dije.

—¿Nunca quisiste decírmelo?

—Todos los días, pero ya vez que al final nunca hice nada. Aunque hubo una vez en que creí que era el momento.

—Ah, ¿sí?

—Fue esa vez cuando amanecimos en tu cama individual. Ya sabes, cuando te vi con el peto puesto luego de la graduación —rio ante su broma.

Ella también rio, mientras le recordaba que era un tonto.

Taichi no mentía. Aquella noche sí estuvo dispuesto a decirle lo que sentía por ella. Ese día que pasaron la madrugada juntos, cuando despertó, quiso decirle que todo lo que pasó luego de la fiesta de graduación para él significaba más que un simple morreo y caricias sin control, pero cuando abrió los ojos ella ya no estaba. Se había ido y dejado una nota en la que le decía que Yamato había llamado, avisándole que estaba en Japón e iría a por él. Eventualmente Tai nunca habló ni volvió a mencionar sucedió, hasta hace unos días en la playa nudista.

Todo pasó aquella madrugada. Todo pasó aquél veinticuatro de diciembre. Todo acababa de pasar en ese instante dentro de la isla Phuket. Pero en realidad parecía como si nada hubiese sucedido. Como si el tiempo se detuviese de pronto y luego comenzase a ir hacia atrás, haciéndoles olvidar lo malo y conservando solo las risas. No se percataban de su facilidad para reconciliarse, para sanar heridas rápidamente. Eran su propia enfermedad y el otro su cura.

Eso Taichi lo sabía.

Su palma acariciaba el hombro desnudo de su acompañante, quien aún tenía algunos retazos de la última risa causada por él. Todo estaba en calma. Era como antes. Siempre era distinto pero como antes.

La tranquilidad reinó, hasta que Taichi preguntó, dispuesto a no dejar que las cosas volviesen a pasar como aquella vez. Yamato no volvería a llamar, no dejaría que Sora lo pensase mucho, era su momento:

—¿Entonces qué? Ya lo sabes, ya sabe lo que siento por ti, ¿ahora qué?

No pudo evitar ser tan directo, quizá también fue a causa de sus propios nervios. Fuese lo que fuese, sabía que había sido muy tosco. Se maldijo internamente por ello. No deseaba asustarla.

—Tai...

Sora se removió incomoda dentro del abrazo que aun compartían. Se alejó intranquila, poniéndose de pie y caminando lejos del cuerpo de Taichi. Pensaba cómo responder aquello, porque tenían que ser responsables, al tomar una decisión lastimarían a alguien más y si no tomaba una, también.

Se devolvió sobre sus talones, dispuesta a dar una contestación, pero al final terminó topándose y sorprendiéndose con la proximidad de Taichi. Este se las había arreglado para estar a su altura, para pegar su frente contra la de ella y para, por primera vez, mirarse tan cerca y fijamente.

—Tai —repitió su nombre, con las mejillas coloradas.

—Sora.

Algo se sentía mal, prohibido. Dentro de sí la sensación de estar haciendo lo incorrecto se vinculaba con el deseo de querer vomitar, como en una montaña rusa, que a su vez causa una vivaz emoción y la excitación a mil por horas. Así se sentía ella y esa sensación no le dejaba decir palabra. Abrió la boca para intentar decir algo, pero entonces Taichi cerró los ojos, intranquilo, frotando su frente contra la suya, procrastinado sus verdaderas intenciones, ansioso, quizá. Mordió su labio, él estaba tan metido en el momento que resultaba tentador para ella no hacer lo mismo.

—Yo... —lo intentaba pero era inútil. Nada más que balbuceos salían de su boca.

Estaba siendo seducida como la cobra venenosa es seducida por la melodía de una flauta.

La mano de Taichi guio la suya hasta su pecho. El latir del corazón del muchacho era considerablemente rápido y fuerte. Desenfrenado.

Apenas su mano le tocó, un chispazo eléctrico surcó ambos cuerpos. Fue como el choque de una paleta desfibriladora contra un pecho desnudo que trae a la vida a aquél cuerpo sin vida.

—Solo una. No pido más. Solo una oportunidad —susurró.

—Taichi... —Ahogó su nombre. No podía hacer nada para tranquilizar su cuerpo que sucumbía ante la voz rasposa y suplicante de Taichi, ante su aliento que chocaba contra el suyo. No podía hacer nada ante el deseo de romper el espacio, de olvidar todo y de besarlo en los labios. Había deseado eso desde hace mucho y apenas se daba cuenta de que quería volver a saborear su carne.

Era inevitable no recordar como entregados al alcohol ambos terminaron besándose en el salón de fiesta, cómo sus besos continuaron en la cama pequeña dentro del apartamento de Sora. Cómo disfrutaron cada caricia y beso.

Pero esta vez, todo era diferente.

No tenían ni una gota de alcohol fluyendo en sus torrentes sanguíneos y eran completamente conscientes de la química que sentían el uno por el otro. Comprendían que aquella atracción era genuina. Todo era real ahora, como lo fue en aquella ocasión, como lo fue a sus trece años, a sus dieciséis, como lo fue siempre.

Esa atracción que les hacía volver una y otra vez, como si fuesen viciosos del otro, siempre estaría acompañándoles. Él llenaba su mundo, ella el suyo, ¿a dónde huir? Si para donde fuesen se encontrarían. Ya bastaba de huidas sin sentido. Era inevitable no encontrarse. Camino que tomasen, caminos que le llevaban hasta el otro y si no era ahora, sería más tarde, seria mañana o cualquier otro día, pero sería.

—Siente como aceleras mi pulso —habló Taichi siendo preso del deseo—. Lo que provocas al soltar a desmedida mi nombre, inocente, ignorante.

—T-Ta... —Respiraba fuerte, tragó pesado, ya ni su nombre podía decir sin que le hirviera la cara, orejas, el pecho, todo su ser.

Un dedo en Taichi delineaba su boca. Hiperventiló, poseída por el deseo infinito de aceptar que él le amara. De rendirse de una vez ante la tentación de hacer lo incorrecto, y con Taichi todo parecía serlo.

—Para mí no eres poco, Sora, para mí no eres mucho. Tú eres suficiente, eres lo que necesito, lo justo. Yo solo pido que me des una oportunidad, una sola. Permíteme demostrar cuan loco estoy de amor por ti, las cosas que sería capaz de hacer para que sonrías y seas feliz a mi lado. Mira cómo me tienes rendido a tus pies. Mira cómo me haces suplicar. Apiádate de mí, dame solo un chance de amarte, solo uno necesito... solo uno.

Imposible ser inmune ante aquella voz que imploraba una oportunidad. Era desgarradora, seductora, totalmente convincente. Sin embargo, ella seguía siendo Sora y ser Sora era sinónimo de terquedad inhibida.

—Tú estás con Pao. Y Yamato es...

Pero Taichi significaba todo lo contrario: atrevido, osado.

—Quiero besarte —dijo, interrumpiéndole.

Sora abrió sus ojos por la sorpresa. Una corriente le erizó todo el vello de su piel cuando la mano que sostenía la suya emprendió un camino por todo su brazo, pasando por su hombro y cuello, hasta llegar a su cara, donde tomó posesión de ella.

La sostuvo con ambas manos, con la frente aun sobre la suya, con los ojos aun cerrados, respirando hondo, largo y pesado. Su corazón seguía acelerándose y el deseo de hacer lo que minutos antes profesó le consumían. Solo esperaba su permiso, solo esperaba que le permitiese llegar hasta ella. Casi podía saborear, como una vez lo hizo, sus labios carnosos.

Su nariz tocó la de ella, sintiendo como el cuerpo delante suyo reaccionaba estremecido, como el de él.

Con todo el autocontrol que le quedaba, Sora rompió la cercanía y se alejó, sintiendo el sonoro suspiro que Taichi ahogaba a sus espaldas.

Todavía temblaba cuando se sentó sobre el colchón. Su piel aún estaba sobrecogida y en su mente repasaba esa caricia mortífera a lo largo de su brazo.

Él se giró a verle, esperando la excusa que vendría.

—¿Qué hay de Pao o de Yama? —inquirió la muchacha.

—¿Qué hay de nosotros?

—Tengo miedo de que salga algo mal —sinceró Sora.

—Yo también.

—Y si...

Tai caminó y se acercó hasta su acompañante. No tenía pinta de estar molesto. Daba la impresión más bien de ser paciente.

—... si dejamos de pensar en lo que los demás sentirán —completó él—, en lo que nuestras acciones causarían y actuamos de una vez. No podemos evitar que alguien salga lastimado, si no son ellos, seremos nosotros —Una risa con desasosiego salió de entre sus labios.

Negó incrédulo. Era un tonto.

—¿Qué sucede? —le preguntó.

—Nada. Es que di por sentado que tú también seguías sintiendo algo por mí. Algo más que amistad. Pero acabo de recordar que, al igual que los poemas, eso es cosa del pasado. ¿O me equivoco?

Sí, se equivocaba, porque no había nada más alejado de la verdad. Ella le amaba. Cielos que sí. Le amaba como idiota. Pero no era lo suficientemente valiente como para decirlo en voz alta. Quiso pensar que lo que la detenía a dar el siguiente paso era Yamato o la desinhibida de Pao, pero no era cierto. Eran todas puras mentiras que se convencía en creer. No sabía qué, pero algo le asustaba.

Le asustaba sentir y perderse tanto en una misma persona. Le asustaba ser presa de las emociones que este le hacía sentir. No quería depender solo de él para poder ser feliz, y es que no se daba cuenta de que eso era así, por lo menos en gran parte, ya que parecía ser la única relación sólida que podía mantener. Ni siquiera con su madre podía ser ella misma, con Yamato nunca lo fue, con su padre —el más cercano a lo que tenía con Taichi— era momentáneo, solo cuando le visitaba cada cierto periodo podía contar con él. Pero con Tai, él siempre estaba, siempre la escuchaba. Era su pilar y le costaba aceptar que era él quien sostenía esa alegría desmedida sobre sí, y si se iba, y si se alejaba, todo caería a pique.

Tenía miedo. No sabía por qué, no sabía desde cuándo, solo sabía que temía dejar sus sentimientos al desnudo. Le dolía querer tanto.

Taichi interpretaba su silencio. Sus ojos marrones buscaban sobre su rostro agazapado, sobre su cuerpo tembloroso. Esta sonrosada. Jugaba con sus manos, nerviosa. El muchacho no lo pensó dos veces. Nunca pensaba y cuando lo hacía, perdía. Esta vez no se la jugaría, fue por lo seguro: confío en sus instintos.

Levantó el rostro de la muchacha con una de sus manos y con la otra sujetó su nuca, la atrajo hasta él, se movió al tiempo para romper el espacio y, de ese modo, besarla.

La besó y ella le correspondió.


Actualicé rápido, pero algo me dice que me odiaran igual.

Gracias doy a todo los que me ha leído hasta ahora. Debo anunciar que esta historia picó y se extendió, pero ya estamos llegando a su final, final de la primera parte, porque creo que esto continuará picándose y extendiéndose. Ya saben, las historias tienen vida propia y mi musa decidió que no sería una historia corta. Esa desgraciada.

¡No, mentira, bebé! Sigue siendo buena e inspírame.

Algo que me inspira también, y mucho, es leer sus bellos reviews. Así que estoy ansiosa por leerlos.

Me despido dejándoles un gran abrazo y mil gracias, gracias por ser fieles y no abandonarme. Por gustarle mis historia, por sus favs, por sus follows y mensajes hermosos. Si no respondo algún MP es porque o están bloqueados (SylSora lo tiene bloqueado), o el tiempo no me alcanza, pero sepan que los aprecio mucho y leo todos, y cada uno.

Me emocionó este capítulo. ¿Te emocionó a ti también?

Ciao~ :*