CAPÍTULO 7
NACER, MORIR, OLVIDAR
Era el día de Halloween y nadie se esperaba lo que iba a ocurrir. Todo el día estuvo nublado, ya que el otoños estaba pegando mucho más fuerte que en años anteriores. Los niños muggles habían salido a pedir calaverita antes del anochecer para evitar la lluvia que prometía el clima. Los escaparates de las tiendas estaban adornados con telarañas y dibujos de algo que no creían que fuera real: magia. Poco a poco llegó la noche con una lluvia típicamente Inglesa. No era muy fuerte, pero era lo suficiente para mojar los zapatos de los peatones y niños disfrazados. Sin embargo, la lluvia no duró mucho; se podría decir que las nubes habían comenzado a separarse pero aún se mantenían oscuras y amenazantes.
El viento era espeso y Sirius Black tenía un mal presentimiento, era una sensación extraña. Todo el asunto del traidor lo había torturado mentalmente. Acababa de enterarse del ataque que recibieron los Lupin en su casa, que tuvieron que huir y que Laurie había desaparecido. Esto le había provocado una muy mala espina, entonces sólo quedaba un sospechoso, uno que incluso minutos antes no lo había pensado. Se dirigió en su motocicleta a la Guarida de Colagusano. Tenía que responder ciertas preguntas antes de que fuera demasiado tarde. Estacionó su motocicleta, llamó a la puerta y nadie contestó. Entró y encontró las luces apagadas, la puerta no estaba forzada y no había signos de pelea. Eso no estaba bien, eso no estaba para nada bien.
Su mente comenzó a trabajar rápidamente y sus ideas quedaron claras en un instante. Entonces se alarmó, tenía que correr y avisar a James. Qué estúpido había sido confiar más en Colagusano que en Remus, pero ya no había vuelta atrás. Salió de la casa, montó su motocicleta y se perdió en la oscuridad rogando que no fuera demasiado tarde.
El viento soplaba fuerte, y él se deslizaba con la sensación de determinación recorriendo su cuerpo, poder y potestad que siempre experimentaba en ocasiones como aquella. Por fin iba a lograr su cometido. No sentía rabia, pues sabía que esa sensación se las reservaba a las almas más débiles que la suya. Lo que sentía era triunfo, era la sensación de gloria después de esperar tanto tiempo para ese momento, lo había deseado tanto…
- ¡Bonito disfraz, Señor! – le dijo un niño con la inocencia en su rostro.
Pero cuando Voldemort volteó a mirarlo, el niño sintió el miedo recorriendo su pequeño cuerpo y su expresión cambió notoriamente debajo del maquillaje. Entonces, el niño dio media vuelta y huyó. Voldemort aferró su varita bajo la túnica… un solo movimiento, ligero y sin esfuerzo sería lo suficiente para que el niño nunca llegara a los brazos de su madre. Pero hacía falta, no hacía ninguna falta…
Continuó deslizándose por otra calle más oscura, hasta que por fin divisó su destino no muy lejos de donde estaba. El encantamiento fidelio no funcionaba más, pero los dueños de la casa aún no lo sabían. Hizo mucho menos ruido que las hojas secas que se deslizaban por la acera, cuando llegó a la altura del oscuro seto y miró por encima de éste. No habían corrido las cortinas, por lo que pudo ver claramente el interior. Ahí estaba él (alto, moreno y con lentes), quien se divertía creando nubes de humo de colores para complacer a un niño de pelo negro y pijama azul. También se encontraba una pequeña niña de cabello rizado oscuro y ojos verdes. El niño reía e intentaba atrapar el humo, la niña sólo aplaudía riendo…
Se abrió una puerta y entró la madre; dijo algo que Voldemort no pudo escuchar, pues el largo y rizado cabello pelirrojo le tapó la cara. Entonces el padre levantó al niño del suelo y se lo entregó a la madre, luego cargó a la niña del sillón y también se la entregó. Luego, dejó su varita encima del sofá y se desperezó bostezando…
Lord Voldemort abrió la puerta de entrada, que chirrió un poco, pero James Potter no la oyó. Entonces Voldemort sacó la varita de debajo de la capa y apuntó a la puerta, que se abrió de par en par. Ya había traspuesto el umbral de la casa cuando James llegó corriendo al vestíbulo. Entonces se percató que James no traía su varita en la mano, la había dejado en el sofá.
- ¡Toma a Harry y a Laurie y vete, Lily! ¡Es él! ¡Corre, vete! ¡Yo lo contendré!
Riéndose por la ironía y facilidad de la situación, Lord Voldemort levantó la mano y dijo la maldición:
- ¡Avada Kedavra!
Una luz verde inundó el estrecho vestíbulo y James Potter se desplomó en el suelo como si fuera una marioneta a la que le acaban de cortar los hilos. Entonces la oyó gritar en el piso de arriba, atrapada, pero si era sensata no tendría qué temer. Subió la escalera, escuchando con regocijo los ruidos que hacía la mujer por intentar atrincherarse, pues ella tampoco traía su varita mágica encima. Lord Voldemort se dio cuenta que los Potter habían sido muy estúpidos y muy confiados al pensar que podrían dejar su seguridad en manos de sus amigos y que podían separarse de sus armas durante un instante. El señor Tenebroso forzó la puerta, luego apartó con un ligero movimiento de varita la silla y las cajas que Lily había amontonado apresuradamente.
Ahí estaba Lily, tenía a los niños en brazos. Al verlo, dejó a los niños en una cuna que tenía detrás y extendió ambos brazos entre él y la cuna, como si eso pudiera ayudarla. Como si apartándolos de la vista de Lord Voldemort éste la fuera a elegir a ella en lugar de a Harry, pues era bien sabido que sólo quería a uno de los hermanos.
- ¡A Harry no! ¡A Harry no! ¡A Harry no, por favor! – suplicó Lily con lágrimas en los ojos
- Apártate, necia. Apártate ahora mismo…
- ¡A Harry no! ¡Te lo ruego, no! ¡Mátame a mí en su lugar!
- Te lo advierto por última vez… – dijo Lord Voldemort perdiendo la paciencia
- ¡A Harry no! ¡Por favor… Ten piedad, te lo ruego, ten piedad...! ¡A Harry no! ¡A Harry no! Por favor... haré cualquier cosa...
- Apártate, Apártate estúpida…
Lord Voldemort sabía que podía quitarla de entre la cuna con un solo movimiento, pero ya que estaba aquí le pareció que sería mejor acabar con todos. Una vez más levantó la varita y un destello verde iluminó la habitación, Lily se desplomó en el suelo igual que su esposo. Ninguno de los dos niños lloraba ni daban señas de llorar. La niña estaba arrodillada con las piernitas entre los barrotes observando a su mamá, pensando inocentemente que estaba dormida. El niño, en cambio estaba de pie sujetándose a los barrotes de la cuna y miró con expectación al Señor Tenebroso, creyendo que el que estaba bajo la túnica era su padre, preparado para hacer más nubes bonitas y que su madre despertaría riendo…
Lord Voldemort observó a la madre que yacía en el suelo y luego a la niña que la observaba. Ya había decidido acabar con todos y con los niños indefensos no habría ya ningún problema, pero la niña no estaba estorbando ni llorando, así que se dirigió hacia su objetivo principal. Podría mantener a la niña con vida y utilizar el favor que le estaría haciendo a Snape para un momento más interesante. Levantó la varita hacia el niño, queriendo y deseando ver cómo sucedía, saborear cada minúsculo instante y captar cada detalle de la destrucción de ése único e inexplicable peligro. Entonces el niño rompió a llorar: ya había comprendido que aquél no era su padre. La niña observaba a su madre, luego a Voldemort y al final a su hermanito como intentando descifrar porqué lloraba. A Lord Voldemort no le había gustado escuchar llorar al niño, en el orfanato nunca había soportado escuchar a los pequeños…
- ¡Avada Kedavra!
Y entonces hubo una explosión. Una luz brillante iluminó la casa por completo dejándola inhabitable. Lord Voldemort desapareció, pero no estaba acabado del todo. Estaba muy débil, sentía dolor y terror. Tenía que esconderse, pero no allí, no entre los escombros de la casa que ahora se encontraba en ruinas, donde ahora eran dos los niños que lloraban. Tenía que escapar de ahí e irse a un lugar lejos, muy lejos.
Los magos que vivían en los alrededores escucharon el estallido y acto seguido el llanto de los bebés. Algunos salieron a observar, mientras que otros comenzaron a mandar lechuzas a sus familias explicando que habían visto cómo Lord Voldemort había desaparecido y que sólo habían escuchado llantos de los niños. Dumbledore fue una de las personas que se enteraron de inmediato y al saber las circunstancias de las diversas situaciones tomó al Fénix y le colocó un pequeño frasquito (previamente hechizado con el encantamiento de expansión) en la patita. Luego lo acercó a la ventana y le dijo suavemente:
- Ya sabes qué hacer, fawks. – y lo dejó salir a que volara y recorriera toda Inglaterra con la velocidad que sólo los fénix pueden lograr.
Dumbledore sabía, en cuanto el humo que se encontraba en el frasquito se expandiera por todo el país nadie recordaría que los Potter tuvieron dos niños. Todos los escritos serían modificados para hacer olvidar a los magos que los Potter criaron a una pequeña. Todos olvidarían que una niña vivió ahí dos años, olvidarían las risas de una niña con cabellos rizados y ojos verdes, olvidarían a la hermanita del niño... que vivió.
