Inuyasha todavía no me pertenece (todavía), sólo la historia es mía.


Unlimited

By Lovergreen

Capítulo VII: Invernadero

Cuando pienso que todo cuanto crece
dura en su perfección un breve instante,
como de la mañana el sol radiante
que, al avanzar la tarde, se oscurece;
cuando miro que todo se envejece
como flor mañanera y rozagante
que pronto se deshoja, agonizante,
y al morir el crepúsculo perece;
se aflige mi alma y por tu suerte llora;
mas todo cuanto pierdes en frescura,
con sus matices el ensueño dora,
y a medida que el tiempo tu hermosura
con implacable saña decolora,
con desquite, mi amor te transfigura.

William Shakespeare

Jadeaba, estaba completamente cansada y el sudor era sólo la evidencia de la dura pelea que había estado llevando a cabo en el último periodo de tiempo. ¿Cuánto había pasado? ¿Media…? ¿Una hora? No lo sabía con certeza, pero escuchaba la respiración acelerada de su hermano y eso la preocupaba más que el hecho de que no tenía idea en cómo salir de allí con el velo sin que la Diosa Kaguya los asesinara primero.

Había algo extraño en el aire, al parecer provenía de la mujer que estaba frente a ellos. Ella lucía perfecta, sus cabellos estaban en su lugar y no había una gota de sudor en su rostro. Su kimono lucía como nuevo y las varias capas que este poseía le daban un aire de realeza indescriptible. Pero en su rostro se veía la furia. Estaba muy enojada.

-No saldrán de aquí. Al menos, no vivos- habló la mujer. Sango vio como comenzaba a recitar un encantamiento, al parecer una clase de conjuro.

Unas vigas del palacio se desprendieron de sus bases y, luego de mantenerse en el aire por unos segundos, fueron arrojadas con violencia hacia Kohaku. Sin embargo, con las fuerzas que le quedaban, éste logro esquivar el ataque, colocándose de espaldas a su hermana.

-Mantente detrás de mí- le dijo Sango a su hermano, sin despegar la vista de la mujer delante de ellos.

Pero al parecer algo captó la atención de la Diosa, la cual se giró a su derecha como si estuviera buscando algo. No sabía que podía ser, pero Sango aprovecho su distracción para atacarla con su Boomerang, el cual se mantuvo silencioso a su costado mientras había sido su espada la que la había ayudado en lo que iba de batalla. En el momento en el que el arma estuvo cerca de la mujer, con un rápido encantamiento pronunciado en palabras extrañas, este se detuvo, devolviéndose con fuerza hacia Sango.

El palacio era totalmente extraño y solitario. Los guardias estaban desmayados en un pasillo que daba a la entrada de lo que parecía el recinto del castillo. Había en el aire un ligero olor a somnífero y estaba seguro que ese olor venia de una de las bombas de Sango. Pero no era muy fuerte, significaba que fueron arrojadas hacía ya casi una hora.

Esperaba no haber llegado demasiado tarde.

Entró al recinto en el momento en el que el Boomerang de Sango iba directamente hacia ella. Con todo lo que sus piernas daban, llegó delante de la exterminadora protegiéndola del ataque y haciendo que el arma gigante rebotara y se estrellara contra una viga y posteriormente con el suelo en un sonido seco.

Notó inmediatamente la confusión en el rostro de la Diosa y con un movimiento rápido, les indicó a Sango y a Kohaku que no dijeran que él estaba ahí. Con las yemas de sus dedos sintió las cuentas del collar y el rostro de su dueña lo hizo renovar fuerzas. Así fuera un sentimiento incorrecto, haría todo por ayudarla.

La furia en el rostro de la Diosa se hizo presente, dando paso a la mención de un nuevo conjuro, fuera como fuera, destruiría a esos dos intrusos. Nadie se llevaría el velo que con tanto esfuerzo logró conseguir.

Sango, Kohaku y Kouga no apartaban la vista de la mujer, mientras que a su alrededor un nuevo temblor se acrecentaba haciéndolos tambalear. Pero la mujer no miraba a Kouga, estaba seguro que el collar funcionaba.

-Por última vez… devuelvan mi velo- pidió con un voz suave que no parecía provenir de un cuerpo lleno de furia.

-Deberías cerrar la boca- habló Sango perdiendo la paciencia. Tenía una herida en el brazo izquierdo que ya le estaba incomodando.

Con un rápido movimiento Kouga invocó sus garras, regalo de sus ancestros. No por nada era el líder del clan de los lobos.

-¡GORAISHI!- gritó mientras golpeaba con una onda eléctrica a la mujer, la cual fue sacudida violentamente estrellándose contra una pared.

-¡¿Cómo hiciste eso mujer?!- espetó mirando a Sango con ojos desorbitados. En esos momentos Sango pensó que si era mejor que no pudiese ver a Kouga o que lo viera. Ahora ella era el blanco de esa Diosa con sed de venganza.

El rostro de la mujer comenzó a cambiar, en lugar de unos ojos seductores y suaves, unos ojos rasgados como los de un demonio surcaban su rostro, mientras que sus labios se tornaban rojos como la sangre. Ahora entendían todo, esta mujer no era la Diosa del castillo, era sólo un demonio.

-¿Quién eres? Tú no eres la dueña del velo- dijo Sango al ver el cambio en la mujer. Escuchó como esta reía, con un tono de voz más grave y cruel que el anterior.

-La Diosa es… esa- riéndose apunto con su fino dedo hacia la estatua donde había estado el velo anteriormente- Sólo es un rumor que me encargue de esparcir. La gente es muy crédula. Sí, es cierto que el velo pertenecía a la Diosa del castillo pero, como verán, ella ya no existe- miró duramente a Sango, la cual tomó con más fuerza la empuñadura de su espada- Tú, me servirás para seguir manteniendo mi juventud eterna… te comeré junto con el chiquillo y pagarán por haber querido robar mi velo.

-No, gracias- respondió Sango mientras se arrojaba hacia ella con la espada en alto. Pero eso solo era una distracción para darle chance a Kouga de llegar hasta la mujer que estaba más preocupada en pelear con Sango. Kouga no dudó un momento en dar un nuevo zarpazo a la mujer, pero antes de eso se quitó el collar que impedía que supiera que él estaba ahí, se sentía como un cobarde escondido y quería destruirla con ella consiente de quién era su adversario.

La mujer se giró en el momento en el que sintió la presencia de Kouga, asombrada por no haberlo visto antes. Pero reaccionó muy tarde cuando en un borrón, Kouga se lanzó contra ella, atacándola con sus garras con aún más fuerza.

Una nube de humo gris y verde se elevó desde el suelo donde había estado la falsa Diosa, dejando sólo partículas como restos de la misma. Debían llevar el velo ahora con la Princesa Kikyou para completar el mandado.


-Consiguieron la manera de saber dónde está Kagome. Ya Kikyou tiene en su poder el espejo de la Diosa Kanna, está esperando el velo de la Diosa Kaguya. Para estas alturas, ya deben tenerlo en su poder.

Con calma, Tsubaki jugaba pasando sus dedos lentamente sobre la flama de una vela, mientras le daba la espalda al hombre de cabello oscuro que estaba de pie frente a la ventana de la habitación. Al parecer, a éste ser le gustaba mucho contemplar los alrededores del castillo.

Había valido la pena hacer ese trato con la hechicera, atrás había quedado el cuerpo del anciano que lo mantenía preso y ahora sentía la vitalidad correr por sus venas. Su mirada rojiza estaba clavada en la lejanía del bosque que rodeaba el castillo. Debía pensar muy bien como haría para que los súbditos del Shogun Onigumo siguieran obedeciéndolo sin dudar de él. Hasta ahora lo habían hecho porque pensaban que él era el Shogun, pero haberlo asesinado igualmente le daba sus ventajas. Miró de reojo a la hechicera que estaba viendo la vela como si fuera lo más interesante del mundo; la lealtad para él no era lo primordial, pero trabajaría con ella para conseguir la perla.

Hojo se mantenía quieto mientras la extraña conversación se desarrollaba. No sabía porque razón era la mano derecha de éste hombre, le tenía confianza y él aprovecharía eso para obtener información para sus reyes y proteger a sus princesas.

La hechicera se posó a la espalda del hombre que seguía mirando por la ventana, ambos tenían el cabello negro, sólo que la mujer lo tenía liso hasta casi rozar el suelo, en cambio al hombre, tenía el cabello rizado hasta la mitad de la espalda; pero ambos brillaban a la luz del atardecer y un destello macabro resaltaba de ambos. Hojo debía informar a Kouga lo que ocurría, esos dos estaban enterados de todos los movimientos del castillo Higurashi, tal vez por la conexión que tenía la hechicera con el castillo.

De su Rey no había tenido noticias, sabía que se la pasaba encerrado y la verdad estaba preocupado por su salud.

Salió de sus pensamientos cuando el hombre se giró y pudo observar su rostro joven, desprovisto de arrugas, con ojos rasgados y que brillaban maliciosamente en un rojo intenso, una sonrisa atravesaba su rostro y posó una mano sobre el hombro de la hechicera, la cual con delicadeza y algo de asco, la retiró.

-No es tiempo de intervenir, si lo hago, no encontraremos la perla, tampoco a Kagome- dijo el hombre sin que la sonrisa abandonara su rostro- Esperaremos que la encuentren, cuando lo hagan, iremos tras ella.

-Espero que no tardes, te devolví la juventud, cumple tu parte del trato y déjame el alma de la niña- habló Tsubaki demostrando su desconfianza. Este hombre no la haría ver como una estúpida, tenían un trato y se aseguraría de que él lo cumpliera.

-Tranquila, cumpliré- levantó su rostro y con una expresión casi paternal, miró a Hojo- Necesito un favor, hijo- Hojo asintió obedientemente esperando la orden de Su Señor. No le gustaría, pero necesitaba que él siguiera confiando que era un súbdito obediente- Reúne a cincuenta soldados, visitaremos a un viejo amigo…


Esperaba en su habitación pacientemente, la noche ya había caído y estaba inquieta, confiaba en sus amigos, en sus habilidades, pero no dejaba de preocuparse por ellos. Sobre una mesita en su habitación estaba el espejo de la Diosa Kanna, esperaba que le ayudara a saber algo sobre su hermana.

Se acercó lentamente al espejo dudando un poco sobre lo que haría. Estaba consciente de que no debía buscar en el pasado de Kagome, en el castillo eso era casi un tabú. Desde que pasó el accidente de hacía cinco años, hablar de los poderes de Kagome y también de su misión sobre la perla era algo de lo que no debía hablarse, mucho menos con Kagome. Tomó entre sus pálidas manos el espejo y decidida a obtener información, concentró toda su energía a su alrededor.

Se dirigió hacia la puerta corrediza de la habitación y colocó una barrera espiritual que evitaría que alguien entrara o supiera lo que ella hacía, su madre ya había pasado por mucho y no quería exponerla a un nuevo dolor reviviendo momentos tristes para ella. Luego de que la barrera estuvo en su lugar, se sentó en el centro de la habitación con el espejo frente a ella. Comenzó a conjurar un encantamiento y lentamente el espejo levitó hasta posarse delante del rostro de Kikyou. Abrió sus ojos marrones y fijó su mirada en el espejo, el encantamiento la ayudaría a conocer las raíces de Kagome, pero aun así, se sentía intranquila por lo que estaba a punto de descubrir.

"Ella crecerá, será el portal de vida…"

¿Portal de… vida? Hablaba de la perla…

"Cuando su cuerpo de frutos, la perla reclamará el sello…"

¿Frutos? Sus poderes, cuando sus poderes se hicieran mucho más fuertes…

Había una niña jugando con una flor, era Kagome. Corría por el jardín de un lado a otro entre las flores. Pero la perturbó la manera en la que una energía la rodeaba, era rosada, como si estuviera tratando de liberarse. A lo sumo, Kagome debía tener en esa imagen unos cinco años.

No podía ver quien decía esas cosas, pero a voz le parecía muy familiar y la manera en la que decía las frases, parecía un sello o algún encantamiento.

"No detendrá el flujo del portal, el sacrificio será la solución… Sangre por Sangre, Alma por Alma"

Kikyou abrió los ojos inmensamente, en el espejo se había reflejado una imagen, era un hombre, estaba vestido con un traje rojo y tenía el cabello blanco, podía apostar que casi plateado, pero estaba segura que no era un anciano. Su aura y su energía eran tan fuertes, que incluso aunque sabía que era un reflejo de la vida de Kagome, se sentía intimidada por él. La fuerza del hombre sólo indicaba algo… era un demonio, de las tierras del Oeste.

Un Demonio Perro.

¿Cómo era posible que la vida de Kagome estuviera relacionada con alguno de ellos? Si, bien. Ellas estaban esperando el resguardo de ellos, los demonios perro tenían la misión de protegerlas pero… nunca había visto a éste demonio en particular.

A menos… que esto no haya pasado todavía. ¡El espejo le estaba reflejando algo que pasaría!

El hombre se giró y su imagen dejó a Kikyou sin aliento.

Era un hombre muy, muy apuesto. Su rostro varonil imponía respeto, denotaba fuerza. Tenía marcas moradas surcando sus mejillas, dos en cada una. Su mentón fuerte y su nariz recta daban a su expresión dureza, pero una dureza que también resultaba atrayente.

Lo más impresionante, eran sus ojos. Dorados. Parecían oro fundido, el más puro y hermoso oro.

La imagen cambió y observó a Kagome en medio de un bosque, todo estaba oscuro, vestía un traje de sacerdotisa rojo y blanco, estaba rodeada de una luz rosada pero no era como cuando la vio de niña, era una luz intensificada, una luz devastadora y hermosa.

Podía ver su perfil y aseguraba que estaba enojada. Miraba fijamente hacia el frente como si estuviera con alguien. Kagome sostenía un arco y tensó una flecha, dirigiéndola hacia el frente. La soltó y un brillo cegador hizo que Kikyou cerrara un ojo.

Luego, la imagen volvió a cambiar.

Kagome… frente a un hombre de cabello negro rizado. Estaban frente a frente y el hombre levantó su mano dirigiéndola a su hermana, en la cual empuñaba una espada. Con fuerza la dejo caer sobre ella…

-¡NO!- gritó Kikyou al espejo, tomándolo entre sus manos. ¿Qué significaba todo eso? Nada tenía relación entre las escenas que había visto.

Kagome pequeña…

Un encantamiento…

Un demonio perro…

Un hombre de cabello negro…

Debía averiguar que era todo eso, ni siquiera sabía si estaban en orden, si pasarían una tras otra como las vio. Limpió las pequeñas lágrimas que se habían formado en sus ojos y escuchó el toque suave en la puerta de su habitación. Se dirigió con prisa y deslizó la puerta.

-¡Gracias al cielo!- Exclamó cuando vio entrar a Sango Kohaku y Kouga. Éste último cerró la puerta luego de mirar alrededor y asegurarse de que nadie viniera.

Kikyou abrazó a Sango y luego de soltarla, esta se desamarró la tela negra que estaba a su espalda, entregándosela a la princesa. Kikyou le sonrió agradecida y desenvolvió la tela y descubrió que estaba dentro el velo rosa de la Diosa Kaguya.

-No sé cómo agradecérselos- dijo Kikyou conmovida con la lealtad de ellos.

-Todo sea por el reino, alteza- Sango inclinó su cabeza en una pequeña reverencia.

Ahora podrían encontrar a Kagome…


Nunca había visto una tarde tan maravillosa, de hecho, nunca se había detenido a observar la tarde. Sus días siempre se reducían en ir al trabajo muy temprano, estar todo el día en su oficina encerrado trabajando, para luego ir a su casa a cenar y dormir. Y luego repetir todo al día siguiente.

Ahora su visión había cambiado desde la noche anterior. No se arrepentía de la conversación que había tenido con Kagome en la Plaza Sakura. No podía decir que había sido una declaración o algo así, porque en realidad no lo era. Solo se sentía extraño con los sentimientos que ella despertaba en él y quería que ella estuviera enterada, pero no se apartaría, seguiría a su instinto a ver qué pasaba.

Kagome le había pedido a Kaede que lo llamara al trabajo. Al principio no había creído cuando su secretaria le había dicho que era la Señorita Higurashi la que llamaba sin embargo, pensando que era Kaede, atendió. Su sorpresa fue grande cuando escuchó la voz de Kagome, en la cual se sentía el miedo y la timidez.

Lo que pasó después fue confuso. Cuando él habló queriendo saber que era lo que Kagome necesitaba, escuchó un ruido que lo obligó a retirar el auricular de su oído.

Estaba seguro que Kagome había lanzado lejos el aparato. Escuchó vagamente como Kaede le explicaba a Kagome que era algo normal, que él no estaba atrapado o algo así. Eso hizo que sonriera sinceramente.

Cuando por fin la chica se decidió a tomar de nuevo el teléfono, él le preguntó nuevamente que qué se le ofrecía.

-Quería saber…- había comenzado a hablar Kagome con algo de vergüenza- …si podía salir un rato…

-¿Salir?- preguntó Inuyasha confundido- ¿Salir a dónde?

-Bueno, ayer me llevaste a un parque y… me gustó mucho.

Inuyasha entendió a lo que ella se refería. Estaba aburrida y quería ver nuevos lugares.

-Está bien- respondió Inuyasha reclinándose en su asiento mientras una pequeña sonrisa aparecía en su rostro- ¿A dónde quieres ir?

-Me gustaría ir… a un lugar con muchas flores- escuchó que ella pedía desde el otro lado de la línea.

-Y… ¿sabes dónde está ese lugar?

-No…

-¿Cómo irás entonces?

-Tú me llevarás.

Oh claro, ella se las sabia todas.

-¿Quieres que yo te lleve?

-Sí, me divierto mucho cuando estoy contigo.

Bueno, eso le había gustado. Él también se divertía con ella, siempre hacia algo nuevo que lo sorprendía.

-En ese caso, llegaré a casa en unas tres horas. ¿Estarás lista?

-¡Claro que sí! ¡Adiós!

Escuchó como la llamada se cortaba y suspiró. Miró el aparato con el ceño fruncido un poco contrariado. Sucumbía muy rápido a lo que ella pidiera, pero en realidad, estaba bien con eso.

Cuando llegó a su casa, Kagome estaba lista y esperándolo en el hall. Llevaba una hermosa falda hasta los tobillos de color lila, una camisa manga larga blanca y su cabello estaba suelto y sus rizos caían gráciles por sus hombros.

-¡Vamos Inuyasha!

Ni siquiera lo dejó entrar bien a la casa cuando ya ella lo había arrastrado a la salida y llevado hacia el auto. Provocó una carcajada en Inuyasha cuando en vez de ser él quien le abriera la puerta a ella, fue Kagome la que abrió la puerta del conductor y lo instó a entrar, se inclinó dentro del auto y le colocó el cinturón, ya era una experta en eso de la seguridad vial.

Dando saltitos rodeó el auto y se situó en su lugar al lado de Inuyasha. Se colocó su cinturón y esperó que Inuyasha encendiera el automóvil. Al pasar unos diez segundos sin que él se moviera de su lugar, ella lo miró para saber que pasaba. Con sus ojos le hizo una pregunta muda de: ¿pasa algo?

-No pasa nada- respondió Inuyasha- es sólo que… estás distinta, en el buen sentido.

-¿Qué quieres decir?- preguntó Kagome.

-Cuando nos conocimos… eras callada, reservada y desconfiada. Me gusta mucho más la nueva Kagome…

-No hay una nueva Kagome. Es sólo que, después de tanto… dolor… estaba algo perdida- dijo mientras sus ojos se nublaban y una expresión triste se apoderaba de su rostro. Pero tan rápido como apareció, se fue- Pero, me siento bien. Tenía mucho tiempo sin sentirme… yo. Me siento segura y… por más que me duela decirlo, al estar lejos de mi familia, me siento libre.

-Ya no hay razón para que tengas miedo ni para que sufras, aquí siempre estarás segura. Yo siempre te cuidaré, nada te va a faltar y contarás conmigo todos los días.

"Kagome, ¿quieres que vivamos aquí? Tu y yo… siempre…"

"¿Qué dices? Siempre voy a cuidar de ti, nada te faltará y como tu compañero me tendrás todos los días…"

Las frases que decía Inuyasha se parecían cada vez más a las que decía ese hombre en sus sueños. A pesar de que ya no había tenido más sueños con él, lo tenía siempre presente, tratando de imaginar su rostro.

Kagome lo miraba fijamente, sentía que había algo más por decir, ella debía responder algo.

-Si- dijo segura- Quiero quedarme aquí… contigo.

Inuyasha sonrió de lado. Que ella se quedara con él lo alegraba más de lo que había pensado. Escucharlo de sus labios era el mejor regalo.

En realidad, la tarde era hermosa.

Iban camino a un invernadero, Kagome quería muchas flores, él le daría muchas flores.

El lugar era inmenso, con muchas flores de diferentes colores. El techo estaba alto y era de vidrio, lo cual dejaba ver las nubes pasar y como era apenas media tarde, la luz del sol se reflejaba en algunos estanques que estaban dentro del invernadero.

Había una sección donde estaban los árboles frutales. Ese fue el primer lugar que llamó la atención de Kagome. Dejándolo atrás a Inuyasha rápidamente fue directo hacia los árboles, mientras él hablaba con el cuidador y los dejaba entrar sin problema. Claro, Kagome ya había entrado.

Ella observaba con una expresión de infinita alegría y admiración los árboles y las frutas que estaban ellos. En su castillo no la dejaban estar tanto tiempo fuera para observar las diferentes flores que con tanto esmero cuidaba en los momentos que la dejaban salir. Tocó una fruta naranja que todavía tenía partes verdes. Sonrió maravillada cuando sintió el tacto rugoso de la fruta en su palma, podía estar allí todo el día.

Inuyasha llegó a su lado y la miró sin reparos. Estando cerca de ella podía sentir su aroma a lirios. Toda ella tenía una aroma refrescante que calmaba sus sentidos y lo transportaba.

-¿Te gustan?- le preguntó cuando la vio soltar la fruta y tomar otra un poco más madura.

-Me encantan- respondió con una sonrisa cuando se giró a observarlo. Caminó más adelante entrando a un pequeño túnel, el techo era más bajo y dentro de él, había macetas que colgaban del techo con distintas flores en tonos amarillos, lilas, blancos y rosados. Debajo de las macetas, había jardineras con más flores y el color verde del pasto bien cuidado resaltaba en todas ellas.

Kagome se agachó y tomó un pequeño botón de una rosa que había en una de las jardineras. Era blanca y en la punta de sus pétalos había un tono más rosado. Inuyasha la miraba atentamente, esperando a ver qué haría ella. Entreabrió sus labios en sorpresa cuando el botón en sus manos empezó a crecer y abrirse, convirtiéndose en una hermosa rosa blanca con rosa. Kagome se giró hacia él y le extendió la rosa, acompañando el gesto con un sonrojo de sus mejillas. Inuyasha acercó su mano a la de ella y, en vez de tomar sólo el tallo de la rosa, tomó también la mano de Kagome.

El sonrojo en las mejillas de Kagome pasó de un leve rubor a un tono más rojo, su corazón empezó a latir con violencia. A su tacto, ella sentía que perdía control de su energía, pero esta vez, era diferente…

Inuyasha acercó su rostro al de ella y suavemente colocó un beso en su mejilla.

-Gracias- dijo suavemente mientras tomaba la rosa luego de incorporarse. Kagome lo miraba e Inuyasha pudo apreciar de cerca el brillo de sus ojos. Estando así, tan cerca, notaba las pecas casi invisibles que se esparcían por su nariz y mejillas, incluso, en sus ojos llegaba a ver un destello azul en un ojo y dorado en otro…

-De nada…-suavemente se alejó se él dándole la espalda e Inuyasha sonrió de manera pícara. Ella no era muy indiferente a él.

Kagome avanzó por el túnel y salió a un lugar más amplio, donde había hileras de flores y el verde era más intenso. Caminó con un poco más de velocidad, pero un sentimiento de vacío la detuvo de repente y su visión se cegó.

Inuyasha notó como Kagome se detuvo en medio de uno de los carriles y rápidamente llego hasta ella, pero al mirarla a la cara, un sentimiento de amenaza se instaló en él, no le temía a ella, temía por ella.

-¡Kagome!- la llamó y posó sus manos en sus hombros para sacudirla un poco, pero ella no le respondía, su mirada estaba perdida en algún punto que él no lograba ver. No podía ayudarla en esos momentos, cuando sus ojos cambiaban, él no podía ayudarla. Al menos no sabía cómo.


Miró hacia sus pies, y la tela roja del traje de sacerdotisa cubría sus piernas, su agarre se intensificó en el arco que estaba en su mano derecha. Levantó su mirada y delante de ella había un hombre, era joven, de cabello negro y rizado, pero su mirada le infundía temor.

El hombre mostró su sonrisa y lentamente caminó hacia ella. El rostro de Kagome tomó una expresión de furia, tensó una flecha en su arco y disparó. Pero no logró alcanzar al hombre.

Lo perdió de vista, para luego darse cuenta que estaba a su espalda.

-¿Dónde está?- se giró rápidamente dando unos pasos hacia atrás cuando escuchó la voz grave y áspera tan cerca de ella. Quería llamar a alguien, pero ¿a quién?

-Inu…- comenzó a salir de sus labios el nombre que se repetía en su mente. Pero no podía llamarlo a él. Él no pertenecía a su mundo.

Él no vendría.


Había sido fácil hacer contacto con su mente, a pesar de no saber dónde estaba. No importaba si ella estaba en el más allá, en el futuro, en el pasado o escondida en la montaña más inaccesible. Él tenía una parte de su alma dentro de él.

Hacía cinco años había logrado atraparla y en ese momento, trató de robar su alma. Cuando el ritual había comenzado, la chica perdió control de su energía y eso la salvó. Sin embargo, él logró hacerse con una parte de su esencia.

Le estaba mostrando escenas de ellos dos. Estaba tratando de infundirle miedo. Que le temiera, que supiera quién era él. Ella estaba viendo lo que él quería mostrarle. Este truco no podría hacerlo siempre, había requerido de mucha energía y para volver a entrar a su mente necesitaría más tiempo, o la perla Shikon.

-¿Dónde está?- preguntó cuándo se posó detrás de ella. La chica se giró y se alejó unos pasos de él, sosteniendo de manera más firme su arco.

-Inu…

-¿Dónde. Está?- preguntó nuevamente con impaciencia.

-No sé de qué habla- respondió dejando notar el asco y la furia que sentía por él.

-Oh, pequeña… claro que sabes de qué hablo- la sonrisa no abandonaba su rostro y a pesar de mantenerse calmo, quería atravesar el pecho de la mujer que estaba frente a él. Pero la necesitaba. Viva.

-No tengo nada que le pertenezca. Ni siquiera sé quién es usted.

-Pequeña niña, ¿tan rápido me olvidaste?

Kagome arrugó su ceño en confusión.

-Soy Naraku…

Kagome se alejó de él rápidamente y la furia se apoderó de su cuerpo una vez más. Tensó una nueva flecha y un brillo cegador se desprendió de ella cuando la lanzó hacia su oponente.

-¡Kagome!

¿Pero que dem...? ¿Quién era ese sujeto? Él no había planeado que apareciera en su visión.

Sus ojos rojizos se abrieron y al mirar a su alrededor notó la habitación del castillo de la cual no había salido. Maldita sea, tanto que le había costado entrar en su mente, ella todavía era mucho más fuerte que él. Necesitaba la perla.

-Mi Señor, los soldados están listos- escuchó como Hojo anunciaba desde el otro lado de la puerta corrediza. Tomó una profunda respiración tratando de calmarse nuevamente. No gastaría tanta energía de manera innecesaria nuevamente.

Se dirigió hacia la puerta corrediza de la habitación y al deslizarla, vio la expresión de sorpresa de Hojo. Él nunca había salido de la habitación y de un tiempo para acá, cuando había recuperado su salud, los sirvientes habían dejado de desaparecer. Hojo sabía que él los asesinaba y los utilizaba para sanarse.

-Es hora, hijo. Hora de saldar viejas cuentas.

Iba con una sola idea en su mente: Tsukoi Higurashi.


-¡Kagome!

Miró sobre su hombro y un hombre se acercaba a ella, su energía era inconfundible. Era él. Podía ver su cabello blanco y su traje rojo, corría y en dos segundos estuvo delante de ella.

-¡Quédate detrás de mí!- le ordenó mientras desenvainaba su espada. Era enorme y de ella se desprendía un poder increíble.

-Mírame, ¡Mírame!- lo llamó casi en un grito desesperado. El hombre giró hacia ella y todo pasó en cámara lenta cuando pudo ver su rostro…


Su visión regresó y cuando logró enfocar su mirada, vio como Inuyasha la observaba con preocupación. Cerró los ojos sintiéndose débil y las lágrimas empezaron a bañar sus mejillas. Su garganta se cerró en un nudo espantoso y sentía que nada tenía sentido…

-Tú…-

-¿Qué te pasó Kagome?

-Eres tú… tu eres él…- las lágrimas caían sobre sus mejillas. Inuyasha la abrazó y Kagome se aferró a su pecho llorando con más fuerza. No entendía nada, pero por ahora, esperaría que ella se calmara.

Continuará...


N/A: Ustedes dirán: ¿KOUGA Y KIKYOU? Bueno, yo pienso que ella merece tener un enamorado que no se divida con otra, que la quiera siempre sólo a ella y bueno, pensé en Kouga.

Tal vez luego de este capítulo estarán más confundidos pero de verdad puse mi mayor esfuerzo en aclarar varias cosas, sólo deben prestar mucha atención. A medida que avanza la historia será más entendible y dirán: Ahhh, por eso pasó aquello. Soy una zorra lo sé. No me maten.

He estado bastante ocupadita y aunque me atrasé un poco, traté de cumplir lo antes posible.

¡Dejen sus reviews! Son mi medicina, mi aliento y mi pago.

Nos leemos pronto.

Besitos.