El mundo y los personajes de Digimon no me pertenecen. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.
Personajes:
Taiyo Yagami. Hijo de Taichi y Ayane. Nueve años
Saori Ishida. Hija de Sora y Yamato. Nueve años.
Yoshiro Ishida. Hijo de Sora y Yamato. Cinco años.
Yuko Izumi. Hija de Koushiro y Tomoyo. Recién cumplidos nueve años.
Kevin Ryouta Washington. Hijo de Mimi y Michael. Nueve años.
Kazuma y Makoto Kido. Hijos de Jou Kido y Mariko Inoue. Once años.
Daiki Motomiya. Hijo de Daisuke y Mitsuko. Doce años.
Reiko Ichijouji. Hija de Miyako y Ken. Trece años.
Ozamu Ichijouji. Hija de Miyako y Ken. Diez años.
Yusei Ichijouji. Hijo de Miyako y Ken. Ocho meses.
Hoshi Hida.Hija de Iori y Ume. Once años.
Koichi y Tsubasa Takaishi. Hijos de Hikari y Takeru. Doce años.
Digimon Adventure:
Alfa y Omega
Parte II
Los signos desoídos
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2 de Agosto de 2027.
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Sus ojos cobrizos se encontraron con los de los demás adultos. Las expresiones de sus rostros se debatían entre la extrañeza, la confusión y el enfado. Escuchó un sonido de exaltación, proveniente de algún lado y luego, fue dolorosamente conciente de que algo estaba sucediendo, algo malo.
Los digivices, que no había vuelto a aparecer en más de veinte años, se hacian presentes en las manos de sus portadores y eran la más fiel significación de que algo estaba sucediendo.
La antigua portadora de la luz frunció el ceño, ya que las palabras de Takeru, un Takeru más joven pero indudablemente sabio, resonaron dentro de su mente.
'Los niños elegidos existen porque se los necesita'
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— ¿Crees que deberíamos decirles a los niños? — Dudó una voz inquieta. La sorpresa inicial había desaparecido, ahora, los cuatro adultos se miraban unos a otros, dubitativos. El silencio había ocupado un importante lugar en esa conversación.
— ¿Estás loco? — Fue la única respuesta que fue dicha. El silencio entre los adultos, mientras risas infantiles se oían, generaba un molesto contraste en el Digimundo. Los humanos eran incomprensibles, a decir verdad, en especial en casos así.
— Querrán saber porqué se suspende el campamento — Protestó la primera voz — No digo que le digamos lo que ha sucedido, sólo... una explicación coherente
— ¿Y que propones? — Quiso saber una voz tensa, que hasta entonces no había hablado — Sólo quiero llevarme a mi hijo, enseguida. No quiero detenerme a explicar nada, en este momento.
— Takeru... — Hikari vio, a lo lejos, que los niños aun estaban examinando sus nuevas adquisiciones. Jou seguía dentro de la carpa, revisando y supervisando los signos vitales de Tsubasa. Mariko Kido estaba con Kazuma, que continuaba inconciente — Tu hermano tiene razón. Los niños merecen una explicación...
— No digo que no la merezcan, pero ¿Que vamos a decirles?
El silencio se formó otra vez.
— Llevaremos a Taiyo con su papá, ya que él no puede venir por él. Se quedará con nosotros hasta que Taichi llegue a su casa — Susurró Sora, rompiendo la tensión — Ken vendrá por sus hijos, y Daiki y Tomoyo por Yuko, así que si ustedes quieren marcharse en cuanto Jou acabe la revisión, por mi está bien. Mariko no se despegará de Kazuma ni de su esposo. Sé que quieren pasar antes por la clínica
— Gracias, Sora.
Entonces, de improviso, todos los d-terminales recibieron un mismo mensaje. 'El señor Gennai se contactó conmigo hace unos momentos, tenemos trabajo que hacer. Tentomon estará pronto allí. Nuestros amigos deben comprobar el estado de las piedras sagradas, pero creo que deberían vigilar cualquier anormalidad. Saquen a los niños del Digimundo, no es seguro. Koushiro'
— Creo que eso lo dice todo — Determinó Yamato — Y me repito. Estás cosas sólo nos suceden en Agosto...
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Koushiro bufó, por tercera vez.
Otra vez, debía reiniciar su equipo de trabajo. La información que le había enviado Gennai y que él había almacenado en el disco duro, parecía haber dañado el equipo. El pobre Tentomon había tenido que pagar su irritación y no había vuelto a aparecer desde que, prácticamente, lo echó del estudio. Ahora, al menos, el digimon estaba ocupado en el digimundo, reunido con el señor Gennai. Aunque estaba ligeramente arrepentido de su actitud con su compañero del alma, el cientifico sabía que eso era lo mejor, sabía que Tentomon lo comprendía y no juzgaba. Koushiro no quería destruir nada que no fuese a Gennai o la computadora, dos cosas que no podía hacer aunque lo desease con todas sus fuerzas. Una, porque al ser un ser digital, dudaba de que pudiese ser asesinado, y si podría, seguramente se arrepentiría de cometer un asesinato. Y la otra, porque era su principal elemento de trabajo.
— ¡Papá! — La voz de Yuko sonó lejana, ansiosa, extraña, mientras Koushiro se percataba de que su hija estaba ahora en la casa. Se giró bruscamente, dispuesto a pedirle a su hija que hiciese silencio, pero no logró hacerlo. Yuko estaba radiante. Su amplia sonrisa despejó las lágrimas que tenían sus ojos en la mente del cientifico. A su lado, Tomoyo tenía una extraña expresión que él no logró descifrar — ¡Mira, papi! ¡Tengo un digivice!
Koushiro abrió los ojos, sorprendido por ver el aparato, de un color blanco puro, que resplandecía entre las manos de su hija. Era parecido a un D3, salvo que no tenía ningun color en específico y, a simple vista, parecía más grande, pero el formato era, esencialmente, el de un D3. Tragó saliva, sintiendo una opresión enorme en su pecho ante la sonrisa de su hija.
Era una sonrisa inocente, dulce, cariñosa. Reflejaba todo lo que ella era. ¿De verdad estaba tan contenta por haber sido una niña elegida? ¿O pensaba que era una forma de hacerlos sentir orgullosos?
No estaba seguro.
Lo único en lo que podía pensar era en el aparato que su hija sostenía como si se tratase de una figura de cristal, un tesoro invaluable… Y esa sonrisa que resplandecía en su pálido rostro. Deslizó sus ojos por el cuerpo de la pequeña, temiendo encontrar alguna herida, algun raspón, algo. Pero suspiró con alivio cuando la vio en perfectas condiciones.
¿Era egoísta al pensar en que su hija no merecía tener que sufrir las penurias que él padeció a los diez años en el digimundo? ¿Era demasiado sobreprotector?
Debía haber comprendido antes ese lamento de Gennai al contactarse con él.
No lamentaba lo sucedido con Makoto, como él había interpretado, lamentaba la elección de nuevos niños, porque, eso sólo tenía un significado, una batalla entre la luz y la oscuridad estaba cerca. Y Koushiro sintió que algo frío se deslizaba por su espalda, cuando se percató de que su pequeña e inocente Yuko tendría que pelear en esa guerra. Levantó la mirada y sus ojos se toparon con los de Tomoyo, que brillaban con una emoción similar.
— No — Dijeron al mismo tiempo, inconcientemente, poniéndose de acuerdo por primera vez en días.
Yuko, por vez primera, parpadeó confusa — ¿Qué sucede?
— Tesoro, ¿Por qué no me dejas el digivice, para que lo examine? — Aseveró el cientifico, extendiendo la mano para tomarlo. Yuko asintió, con plena confianza y se lo entregó a su papá.
— Devuelvemelo pronto, ¿Sí, papi?
— Yu—chan — Tomoyo sintió un nudo en la garganta al ver que su hija estaba tan entusiasmada con todo lo sucedido. Ella no podía evitar sentirse débil. Nunca, desde que Koushiro le contó lo que vivió siendo un niño, estuvo tan segura de querer alejar a Yuko de esas locuras — ¿Por qué no vas a jugar a tu habitación con Motimon? Tengo que hablar con papá
Yuko sonrió. La sonrisa la tomó desprevenida, porque Tomoyo pensó que su pequeña pelirroja se iba a quejar de su petición.
— ¿Eso quiere decir que nos quedaremos en casa, verdad mami? — Tomoyo asintió, tragando saliva, con nerviosismo. Le encantaría que su hija mantuviese esa sonrisa en su rostro durante todo el día.
— ¡Bien! — Y la figura de la pequeña abandonó la habitación con aquella aura radiante que la acompañaba desde que había recibido el digivice.
— El señor Gennai no mencionó que ella… — Koushiro cerró los manos en puños al imaginarse a su hija en medio de una batalla — Apenas ha cumplido los nueve años…
Tomoyo se sorprendió. No sabía que era la única preocupada por esa noticia — Pensé que Sora te lo había dicho — Comentó.
Koushiro negó — No he hablado con Sora más que para concertar una reunión mañana
— Ya veo — Replicó ella, con la voz queda. Los ojos amatista se cruzaron con los negros, firmemente — No quiero que a mi bebé le suceda algo, Kou. Ella ya tiene tanto que…
Sin saber bien que hacer, Koushiro se acercó hacia su esposa y la sujetó de los brazos, para tranquilizarla.
— Tomoyo, por favor. Necesito que estes conmigo en esto — Ella sintió que los ojos se abrían, con sorpresa. Casi nunca había pensado en oír que él la necesitaba — Tienes que ayudarme a resolver esto. Te prometo que Yuko estará bien.
— Kou… — Suspiró ella, y le sonrió. Acarició la mejilla de su marido, con dulzura, con delicadeza — Eres un gran hombre, Koushiro. Estoy tan orgullosa de ti
El cientifico sintió que se ruborizaba y apartó las mano de sus brazos, sintiendo que repentinamente, la piel de Tomoyo ardía contra las yemas de sus dedos. La mirada cálida en los ojos amatistas le provocaron una extraña sensación en su interior. Le devolvió la sonrisa, y ambos permanecieron mirandose, sin decir nada. Los ojos del otro eran un mar en el que se hundían en ese absoluto silencio.
— ¡Papi! — Yuko entró en la habitación repentinamente, interrumpiendo aquella escena extraña. Tomoyo desvió los ojos, y Koushiro miró a su hija. La pequeña sostenía el telefono inalambrico en sus manos — Es la tía Miyako — Comentó la niña.
Koushiro miró a Tomoyo. Tomoyo miró a Koushiro. Sonrieron.
— Iré… A preparar la cena — Susurró ella, con un deje de nerviosismo traspasandose en su voz. Se apartó ligeramente de su esposo.
— Yo… Atenderé la llamada… Y… — Se colocó el auricular al oído, antes de que su esposa y su hija abandonasen el estudio al mismo tiempo. — Hola, Miyako. — Saludó.
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Taiyo Yagami hizo una mueca mientras su padre le colocaba una bolsa de hielo sobre el golpe, con un poco de brusquedad (claro que Taichi no se había percatado de ello porque, en su opinión no había herida alguna). El embajador no había dejado de reírse al enterarse cual había sido la causa de la herida de su hijo, y no había podido ocultar su diversión, en ningún momento, ni siquiera ahora que ya habían pasado varias horas desde ese hecho. Le dirigió una mirada totalmente cómplice a Sora, que sonreía abiertamiente mientras una ruborizada Saori encontraba el suelo mucho más atractivo que el rostro de su padrino. Ella seguía sintiendo vergüenza por haber lastimado a Taiyo, en un juego amistoso como el que no habían tenido en meses.
No se sentía orgullosa, en lo absoluto, aunque las primeras palabras de Taiyo habían sido: "¡Que buena puntería!"
— Sólo estabamos jugando. Me distraje un segundo — Recordó Taiyo, mientras trataba de quitarse la bolsa helada del rostro. No quería que su padre siguiese riendose a costa suya — Y Saori es muy buena — Comentó, por debajo.
— Tendrás un buen moretón — Comentó Agumon, examinando al terremoto castaño. Taiyo suspiró ante las palabras del digimon de su padre, eso ya lo preveía. Koromon hizo una mueca de dolor, menos mal que él no había visto lo sucedido, porque tendía a exagerarlo todo.
— ¡Lo siento! — Se disculpó Saori, aun con las mejillas encendidas. No había podido completar, en todo ese día, una frase de disculpa completa. Nunca había sido su intención lastimar a su… ¿Amigo? Frunció el ceño, con tristeza, al pensar en que ni ella ni Taiyo eran amigos.
— No te preocupes — Replicó el pequeño Yagami, apartando, con dificultad, la mano de su padre de su frente. No quería que lo atendiera. Sólo había sido un golpe. Taichi sonrió, con todo su ánimo. Su hijo era un poquito orgulloso, también — No ha sido nada
— No creo que debamos hospitalizarlo — Anunció el embajador — El daño cerebral es anterior al golpe
Taiyo miró fijamente a su padre, con molestia — Es hereditario. De la rama paterna, tía Hikari siempre me lo dice — Replicó, mientras Sora comenzaba a reírse al ver la expresión de su mejor amigo de la infancia. Yamato, que hasta entonces, había permanecido en silencio, especialmente porque su hijo estaba durmiendo en sus brazos, comenzó a reírse sonoramente.
— ¿Por qué no le das algo de comer a Agumon, Tai—chan? — Murmuró el antiguo portador del valor. Indignado, el pequeño terremoto castaño, entró a su casa.
Taichi sonrió con todas sus ganas, una vez que su hijo se adentró en la casa. Le fascinaba el carácter de su hijo. Yamato le hizo una señal, a manera de saludo y el antiguo portador del valor, inclinó la cabeza, en un asentimiento.
— Las espero en el auto — Susurró Yamato, luego de unos minutos. Temía despertar a Yoshiro, que estaba dormido. En verdad, su hijo era capaz de dormirse en cualquier sitio.
Saori sonrió, sin saber bien como despedirse pero resolvió que el beso acostumbrado por su padrino estaría bien.
Tras un rápido saludo, siguió los pasos de su padre. Gabumon y Biyomon, se habían quedado en el digimundo, como la mayoría de los digimon "adultos". Taichi enviaría a Agumon luego, porque apenas habían regresado de una reunión y necesitaba reponer energías (o llenarse de comida hasta no poder). Yokomon y Tanemon los esperaban en el automóvil, que habían aparcado frente al edificio donde vivían los Yagami.
Una vez que Saori desapareció, la expresión de Taichi cambió.
— Me ha dicho Hikari lo que sucedió con Tsubasa pero me ha pedido que no me aparezca por su casa — Susurró, en voz baja.
Sora asintió, sintiendose pesada.
Hikari, Takeru, Koichi y Tsubasa habían desaparecido casi al instante en el que se decidió suspender el campamento. Aunque habían acudido, en primer lugar, a un hospital, el niño no estaba herido ni nada, y fue dado de alta a las pocas horas.
Sinceramente, no iba a comprender nunca como tantas cosas podían suceder en un mismo día. Se sentía agotada, pesada, hastiada. A veces, le parecía que aun seguían en el digimundo y cada día era insoportablemente largo.
— ¿Sabes también lo de Kazuma? — Dudó ella, con la voz queda. El embajador suspiró, nervioso. Negó, por lo que Sora decidió no decir nada que pudiese alterar aun más a su amigo. — Me preocupa que nos estemos perdiendo de algo, Taichi.
— Es imposible, Sora. — Como siempre, prefería ser optimista — Sabes que Kou…
— Tampoco es como sí él pudiese verlo todo, Taichi.
El embajador asintió, totalmente de acuerdo.
Koushiro era un ser humano, después de todo. Le sonrió a su mejor amiga, aun con la idea de ser optimista. Él era de los que siempre ponían al mal tiempo, buena cara. Eso lo caracterizaba. No iba a cambiarlo ahora, a los treinta y nueve años.
— Sólo no te preocupes, por ahora, Sora. Ya veremos como arreglarlo mañana, cuando nos reunamos. Hoy ha sido un día largo. Ve a casa, mima a tus hijos y diviértete con tu esposo… — Le guinó un ojo, sin decir nada más.
Ambos se rieron en la puerta del hogar de los Yagami. Taichi miró el lugar donde Yamato, Yoshiro y Saori, aguardaban por el regreso de Sora.
— Bueno, Taichi. Nos veremos pronto, espero — Indicó la diseñadora. El embajador asintió.
— Por supuesto, Sora — Replicó el castaño, a modo de despedida — Por favor, convence a Saori que no se preocupe por Taiyo. Es un niño más fuerte que el golpe de una pelota de futbol.
— Lo sé — Aseveró ella, con una sonrisa — Y tú sabes que ella lo lamenta de verdad
— Sí, no se parece a su madre, que cuando me golpeaba, no se deshacía en disculpas
— ¿Será porque Taiyo no se parece a su padre y no merece los golpes? — Se burló ella, con diversión.
— ¡Hey! — Protestó él, pero no pudo disimular una sonrisa.
— Adiós, mi capitan — Susurró ella, despidiendose de su mejor amigo con el saludo militar. Con una de sus manos tocó su frente y luego, lo señaló, firmemente. Taichi se rió, diverido, antes de corresponder al saludo de su mejor amiga.
Se quedó en la puerta, bajo el umbral, despidiendose con la mano desde los Ishida. No se movió hasta que los perdió de vista y no logró distinguir la silueta del vehículo de Yamato.
Sonrió, con una confianza que no tenía, y entró en su casa.
Su máxima tarea, por el momento, era distraer a su hijo, que seguramente estaría preocupado por lo que sea que les estuviese ocurriendo a sus primos. Pensó, durante un largo minuto tomar el telefono y llamar a Hikari, pero desistió. Su hermana no quería que nadie la llamase, en esos momentos. No pensaba molestar a su cuñado, tampoco y mucho menos a Koichi. Se moría de ganas por preguntar por Tsubasa, el sobrino de ojos azules, como él le decía pero debería ser paciente, algo que le costaba bastante.
Sabía que Taiyo estaba igual que él.
Agumon le hizo señales, desde la computadora y Taichi caminó hacia su compañero digital. El digimon sostenía, entre sus pequeños pero robustos brazos, algunos bocadillos que se llevaría al digimundo.
— Cualquier novedad, deberás contactarme a mi o Kou. ¿De acuerdo, Agumon? — Tras un leve asentimiento, el digimon desapareció, sumergiendose en la pantalla.
Taichi se pasó una mano por el cabello y sus ojos buscaron las dos figuras que, se suponía, debían estar por ahí. Taiyo Yagami y Koromon estaban en el comedor, el niño sentado frente a la mesa y el digimon sobre ella, tragando el pastel que Azumi Mihara, la abuela del niño, le había enviado esa mañana. Taichi reprimió una sonrisa. De las cosas que Taiyo había heredado de él, el apetito Yagami era una de ellas. Yamato se refería a él como el barril sin fondo Yagami. Sorprendido, Taichi observó que Koromon devoraba la mitad del pastel de un solo bocado, provocando que su hijo se adueñase de la poción que quedaba en la bandeja, y la sostuviese con firmeza en sus manos, elevandola, para que su compañero no la alcanzase. Sin decir nada, el diplomatico, se acercó hacia su hijo y le tocó el hombro, para llamar su atención. Al distraerse el pequeño, Koromon utilizó sus orejas para envolver las muñecas de Taiyo, y bajar la bandeja, lo que le permitió comer el resto del pastel.
— ¡Koromon! — Protestó su hijo, mientras fulminaba al digimon rosado con la mirada. Sus ojos chocolate pasaron de la pelota rosada a él — ¡Papá!
No pudo evitar reírse a carcajadas de la indignación verdadera que el rostro de su hijo demostraba.
— ¿Me muestras el digivice? — Dudó el embajador, recuperando la compostura. Taiyo buscó en su bolsillo y levantó el brazo derecho, empuñando un digivice de color blanco. Se lo entregó a su padre, para que lo viese mejor.
Taichi lo examinó, con atención, como si en verdad supiese lo que estaba haciendo. Taiyo rodó los ojos y extendió su mano, en dirección a su padre, para volver a tomar el digivice.
— Se parece al de Hikari — Dijo distraídamente el embajador.
No estaba pensando en eso.
En realidad, lo primero que había pensado al ver el digivice en el cinturón de su hijo, donde él lo había colocado, era en Ayane. ¿Qué diría su esposa si viese que su hijo estaba metido en un lío? Porque sí, Taiyo era mas fuerte que un golpe con un balón de futbol, y era más fuerte de lo que él creía, por supuesto. Despues de todo, era un Yagami Mihara. Y Ayane había sido la mujer más fuerte que él había conocido pero…
… Taichi se sorprendió pensando en que quizás él mismo no fuese lo suficientemente fuerte para dejar que su hijo afrontase las duras pruebas que le deparaban al ser un elegido.
— ¿Papá? ¿Sucede algo? — Ese aire de inocencia que brillaba en sus ojos le recordaba a la mirada de su hermana a los ocho años.
Pura, limpia, pero custodiada por sombras.
Hundió sus dedos en el cabello castaño, y lo desordenó. Taiyo frunció el ceño, como cada vez que su padre jugaba con su pelo, ya de por si, alborotado.
— Nada — Replicó sonriente. — ¿Quieres ver una película? — Cuestionó el embajador, mientras se apresuraba a sujetar a su hijo entre sus brazos y lo colocaba encima de uno de sus hombros. Taiyo comenzó a reírse cuando sintió que los dedos de su padre le hacían cosquillas.
— Si, sí, ¡Sí! ¡Basta ya, papá! — El niño a duras penas logró contener las carcajadas — ¡Basta, por favor! — Koromon saltó encima de la espalda de Taiyo y ayudó a Taichi a cumplir su proposito. Ninguno de los dos desistió hasta que los ojos del pequeño derramaban lágrimas por contener la risa.
Si Taichi hubiese sabido las experiencias que le deparaban a su hijo en el futuro, no lo hubiese dejado en el suelo, y lo hubiese retenido en sus brazos eternamente, pero él no era adivino, y nunca consideró la posibilidad de que las pruebas del niño apenas habían comenzado.
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Daiki Motomiya se arrojó sobre la cama, derrumbandose sobre el mullido colchón y hundiendo su cara en la almohada, antes de exhalar un suspiro de frutración e irritación.
¡Había estado tan, tan cerca!
Chibimon, de inmediato, comenzó a saltar animadamente en su espalda, mientras en la televisión sintonizaba el programa favorito de ambos, Pokemon. Una serie televisada que, en uno de los canales que mostraban la programación del siglo pasado, había comenzando a retransmitir. Los pokemon son una clase de criaturas basadas en muchos casos en animales reales o criaturas míticas y mitológicas orientales. Otros se inspiran en cosas inanimadas y legendarias. A Daiki le divertía encontrar un parecido con los digimons. En su mente, él era Satoshi, sin la gorra o el cabello negro, el protagonista, y Chibimon era su Pikachu, uno especial, azul sin electricidad.
A su digimon no le gustaba la comparación.
Ignorando a su compañero digital, que hacia animos al protagonista, que siempre ganaba todas las batallas de una manera tan sencilla, que probablemente, ya lo había agotado. ¿No era acaso eso, ser repetitivo? Un momento después, el joven Motomiya se dijo que repetitiva era esa situación. Él quejandose de su situación amorosa con un hiperactivo Chibimon que parecía escucharlo aun menos que una pared. Por suerte, para momentos así, estaba Cutemon, la compañera digital de su madre, que, como ella, solía escucharlo con tal atención que todo lo que él decía parecía ser importante.
Volvió a suspirar, y levantó en su mano el digivice color blanco que había entrado en la tienda, justo cuando el estaba a punto de confesarle a Reiko lo que sentía por ella. Aun seguía lamentando que esa esfera de luz haya golpeado su cabeza en ese momento tan crítico y que Reiko haya soltado aquel chillido ensordecedor ante la sorpresa. Ella iba a dejarlo sordo si se le ocurría gritar con toda la potencia de sus pulmones. Ese aparato digital, además de Bukamon, Poromon y Chibimon, le habían imposibilidado sincerarse con su mejor amiga.
Otra vez.
¿Qué número era?
Se alegraba de no llevar la cuenta.
Los intentos fallidos para lograr confesarse comenzaban a incomodarlo. ¿Cuántas veces debería intentarlo? ¿Valía la pena seguir intentando?
La imagen de su amiga no abandonó sus pensamientos, como solía ocurrir cada día de los últimos meses. Y aquello, si uno lo piensa, es algo frustrante. ¿Enamorado? Recordaba la vez que Tsubasa, ¿Quién sino? Se había burlado de él, diciendo que estaba enamorado de Reiko. De eso habían transcurrido unos meses, y parecía que su corazón, tras haber descubierto ese sentimiento, había ansiado expresarlo. Daiki no tenía idea, a sus doce años, lo que significaba, en realidad, el amor. Quizás, sus sentimientos por Reiko Ichijouji se parecieran al llamado amor, pero el no lo sabía, a ciencia cierta. De lo que estaba seguro, sin embargo, era que Reiko tenía un sitio muy especial en su corazón…
Y pensó en ella, otra vez. Los ojos, de un azul profundo, brillantes ante cada una de sus ocurrencias, fríos en sus enfados, llenos de fulgor en sus alegrías. La sonrisa, tímida o divertida, encantadora, o irritante. Su rostro entero, amigable, comprensivo, histérico, nervioso.
Reiko.
Su amiga.
Su mejor amiga.
Enamorado.
Y, por décimo octava vez, sintió ganas de decírselo.
De un salto, impulsándose con los brazos que antes colgaban a ambos lados del colchón, se levantó de la cama. Le dirigió una mirada al reloj, una mirada rápida, fugaz, que lo convenció.
Apenas eran las ocho treinta.
En verano.
Con suerte, su padre no se opondría a nada de lo que él dijese esa noche. Sonriendo, Daiki se avalanzó hacia la puerta, y se dirigió hacia la cocina, donde su madre estaría preparando la cena de esa noche. Ignoró las protestas de Chibimon, que lo acusaba de maltratarlo, y aseguraba que iba a denunciarlo por agresión.
— ¿Qué sucede, Dai? — Dudó su padre en cuanto lo vio aparecer en la cocina.
Daisuke no se había separado en ese día de su esposa. Estaba junto a la heladera, apoyado contra la alacena, como si de una pared se tratase, y con los brazos cruzados. Mitsuko, de vez en cuando, le apuntaba con un cuchillo para que no se le acercase. A ella le encantaba que él quisiese cuidarla con tanto cariño, tanto amor pero sus cuidados excesivos tendían a agobiarla, despues de una mala noche.
Daisuke no sabía recibir una negativa.
Y ella, quizás, no supiera darsela, pero esa era otra cuestión.
— Mmm… — Daiki se sintió un poco cohibido con su padre allí. Sus mejillas lo delataron más que su silencio.
— Quería ir a dar una vuelta… Con… ¡Veemon! — El hijo de Daisuke sabía que no podía contar con Chibimon luego de haberlo arrojado violentamente al suelo, aunque no había sufrido daño alguno.
El empresario enarcó una ceja — ¿Con el mismo Veemon que está ausente por estar patrullando en el Digimundo?
— ¿Por qué Veemon está patrullando el Digimundo? — Dudó Daiki, confuso.
Esta sorprendido con aquella noticia. A diferencia de Cutemon, que se dedicaba a la curación, Veemon solía estar en el mundo real, acompañando a su padre.
Recordó, entonces, que algo había sucedido con Tsubasa. Su rubio amigo le había dicho que se había descompuesto y nada malo sucedía, pero los rostros de todos le indicaban lo contrario. Y es que Daiki tenía, por costumbre, ser distraído. Todos se lo criticaban, especialmente, su padre, cosa que el muchacho no comprendía realmente.
Su padre era aun más despistado que él.
— Yo pregunté primero — Refunfuñó el empresario.
Y más infantil, también.
Daiki sonrió, ignorando la rabieta de su progenitor. Mitsuko se rió — Mamá, ¿Cutemon también está patrullando?
— Así es
— ¿Es por lo de Tsubasa?
— Ajá. Takeru estaba muy preocupado por tu primo… No sé que le habrá sucedido, mi primo parecía alterado.
Daiki vio que su padre cuadraba los hombros y tensaba la espalda. Estaba escondiendo algo, y le pareció evidente. De hecho, le parecía aun más evidente que algo estaban ocultandole. Algo malo ocurría en el digimundo. Algo le ocurría a su primo. Algo, y detestaba no saber que era ese algo.
— ¿Qué me están ocultando? — Inquirió, entrecerrando los ojos. El nerviosismo de su madre le sorprendió. Mitsuko abrió los ojos como platos al volverse hacia su hijo.
— ¿Por qué dices eso, hijo?
— Mamá, ustedes dos son unos pésimos mentirosos. Digan que está sucediendo… — Murmuró, cruzandose de brazos.
Sus padres se miraron. Daisuke sonrió, y extendió su brazo para sujetar la mano de Mitsuko. El cambio en el ambiente desconcertó a Daiki, que creía que le darían malas noticias. La sonrisa en sus padres le indicó exactamente lo contrario. Se veían tan absurdamente felices que Daiki se perdió, de verdad. Sus ojos examinaron la expresión de su padre y siguieron la sonrisa de su madre. Estaba oficialmente confundido.
— Vas a tener un hermanito, Dai. Estoy embarazada — Anunció la sonriente mujer.
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Reiko Ichijouji hizo que Ozamu se retirara de su habitación intempestivamente. El pequeño de diez años, a veces, no comprendía a su hermana. Reiko cambiaba de parecer, en ocaciones, tan velozmente que le sorprendían. Ese mismo día, un par de horas antes, había asegurado que ya no le interesaba Tensho, en lo absoluto. No es que Ozamu tuviese algo en contra de Tensho Kido Motomiya, pero para el niño, su hermana estaba dejando pasar por alto a otro Motomiya que la quería mucho.
Y por mucho, era, simplemente, mucho.
Ozamu no era hablador, no era del tipo que platican todo el día como su hermana, ni era exactamente amable, como su padre. Ozamu era… Simplemente, él.
Muchos decían que se parecía a su padre, que era muy maduro e inteligente. Algunos comentaban que se parecían a su tío materno, que era centrado y meticuloso. Y otros, específicamente su abuela paterna, le decía que se parecía a su tío tocayo, de quien había heredado el nombre.
Por algun motivo, eso le hacia sentirse bien, aunque mal.
Curioso, extraño, inevitable. Él esperaba, en realidad, parecerse a su tío en aquellas cosas bonitas que decían de él, cosas que nadie sabía más que sus dos abuelos paternos. Y su padre, que no solía hablar de eso, aunque sonreía.
No obstante, la descripción que más le gustaba era otra.
Taiyo y Yuko, sus mejores amigos de toda la vida, decían que Ozamu era una caja de sorpresas.
Y es que, aun siendo niño, Ozamu parecía ser una fuente constante de palabras justos y gestos cariñosos. Un gesto dice más que mil palabras, y eso describía a Ozamu. No era un niño muy dado a las palabras, a expresar por medio de ellas, pero cuando las utilizaba, su efecto era inesperado. Bueno o malo. Ese día, por ejemplo, Ozamu se culpaba por haber hecho llorar a Yuko. Si bien Ken, su padre, le había indicado que eso la había ayudado, eso no lo había hecho sentir mejor.
Y no se sentiría mejor hasta no ver sonreir a Yuko… Pero sonreír, de verdad.
Así que, antes de que su hermana lo sacase violentamente de su dormitorio, Ozamu se había dedicado a cuestionarle que podía regalarle a una niña. Como siempre, cada vez que él decía algo sobre niñas, su hermana comenzaba a molestarlo. Y mucho. Por eso, por primera vez, había agradecido que Tensho haya llamado a Reiko, para distraerla, para… dejarlo pensar.
Su madre siempre sonreía cuando su padre le daba regalos, pero él no sabía que darle a Yuko que le hiciera sonreír de verdad.
Caminó tranquilamente hacia su dormitorio, y miró a Minomon, que estaba jugando junto a Leafmon sobre su cama, saltando en el colchón como si este fuese una cama elastica. Sonrió, porque le daba alegría verlos juntos.
— ¿Pudiste hablar con tu hermana, O—kun? — Dudó Minomon, deteniendo su juego. Leafmon continuaba saltando como si nada hubiese cambiado, haciendo rebotar a su compañeo de juegos.
— Sí, pero Reiko no me ayudó. Se puso a hablar con telefono…
— ¿Y si le regalas una flor? ¿O dulces?
Ozamu dudó — No, no es buena idea. Yuko piensa que las flores son más bonitas cuando están en la tierra. Y no come dulces.
— ¿A quién no le gustan los dulces? — Ozamu se encogió de hombros — ¿Y si le preguntas a Taiyo?
— No creo que Tai—kun tenga más idea que nosotros.
— Pero él y Yuko son muy cercanos, como hermanos, tu lo dices.
— Sí, pero si Daiki me preguntara que le puedo regalar a Reiko, entonces no sabría que decirle y…
Un extraño sonido interrumpió la conversación. Ozamu le dirigió una extraña mirada al digivice blanco que había llegado a sus manos ese mismo día. Rápidamente, se dirigió hacia la mesa de la computadora, donde lo había dejado apoyado al llegar a su casa, despues de que su hermana lo hubiese traido al mundo real. Lo cierto era que no se había permitido observar, con detenimiento, el aparato blanco que lo marcaba como un niño elegido. ¿No había dicho eso su madre cuando lo vio? Si, ella se había puesto pálida cuando Reiko y él le enseñaron esos dispositivos digitales que arribaron a sus manos sin previo aviso.
A todos, verdaderamente a todos, les había sorprendido que hubiesen nuevos niños elegidos.
Tomó el digivice en sus manos, y este dejó de sonar, sorpresivamente. En la pantalla comenzaron a dibujarse numerosos caracteres desconocidos. Caracteres que él había visto antes…
— ¡Mamá! ¡Papá! — Exclamó, sorprendido, cuando el digivice comenzó a vibrar en su mano, imprevistamente.
Sus padres llegaron un par de segundos después, al instante, y Ozamu le indicó que mirasen la pantalla del digivice, que mostraba una y otra vez conjunto de caraceres extraños, como jeroglificos. Miyako frunció el ceño.
— ¿Qué sucede, Miyako? — Dudó Ken, que sostenía entre sus brazos a un atento Yusei, que con sus grandes ojos, examinaba todo lo que estaba a su alrededor.
— Se… — Sujetó el digivice color blanco en sus manos y lo acercó a su rostro, examinandolo con atención — Se repiten. Son los mismos caracteres una y otra vez.
— ¿Qué significan, mamá? — La curiosidad habló por Ozamu.
— No lo sé — Miyako se veía frustrada con ese hecho. Acababa de cortar la llamada con Koushiro, donde platicaron de unas alteraciones que se produjeron en el Digimundo y ahora debería volver a llamarlo, para decir que los digivices habían enloquecido — Podría tratar de traducirlos, pero… Necesito llevarme esto — Le indicó a Ozamu, refiriendose al aparato digital.
Él niño asintió — Puedo ayudarte, si quieres — Miyako le acarició el cabello, con ternura, con dulzura, pero negó.
— Kou y yo nos ocuparemos mañana, luego de la reunión.
— ¿Tendrán una reunión? — Quiso saber, alerta — ¿Por qué? ¿Sucede algo malo en el Digimundo? ¿Es por los Digivices?
— Ozamu, no lo sabemos, hijo — Replicó Ken, sintiendose orgulloso de que su hijo, con tan solo unas pocas palabras haya ideado un montón de suposiciones e hipótesis. Miyako no se veía tan contenta.
— Pero me lo dirán, ¿verdad? Soy uno de los niños elegidos, ¿no? Tengo….
— Ozamu, cariño, debes entender que esto no es ningún juego de niños — Regañó la mujer, levantando la mano que sostenía el digivice. La pelilila recordó la primera vez que fue al Digimundo, y lo preocupada que estaba ante la perspectiva de pelear. Le molestó comprobar que Ozamu no pensaba como ella. Había interumpido violentamente el discurso de su hijo, pero no pareció notarlo — La gente ha corrido peligro por los problemas en el Digimundo. Muchas veces tuvimos que luchar contra enemigos poderosos, corrimos grave riesgo. No es ningún juego, Ozamu Ichijouji.
— Lo siento, mamá — Musitó el pequeño, bajando tímidamente el rostro. Ken tocó el brazo de Miyako, para atraer su atención, y negó con la cabeza. No debía ser tan dura con él.
Ella suspiró, y se inclinó, para hacer que su hijo la mirase. Los ojos azules se veían, en verdad apenados.
— Ozamu, tesoro, quiero protegerte. No quiero que tengas que sufrir las batallas, los enfrentamientos, las peleas…
— Eso no es lo único que significa ser niños elegidos, mamá — Indicó el niño, sorprendido por esas palabras — Los niños elegidos defienden la Esperanza, el Valor, el Amor, la Pureza, el Conocimiento, la Sinceridad, los Milagros, la Bondad, la Amistad, el Destino y la Luz. Luchan por mantener la luz, unidos, por un mundo mejor. ¿No es así? No es sólo guerra o destrucción.
Miyako sintió que sus ojos se perdían en la mirada de Ozamu. El pequeño la miraba serio, sin decir nada, con una expresión de tristeza mezclada con extrañeza. Parecía tan sereno. Ken sonrió, desconcertado, con esas palabras.
A veces, Miyako y él olvidaban que siempre un padre puede aprender de sus hijos, también.
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N/A: ¡Segunda parte! Habrá una tercera parte para este capítulo, con los demás niños que no he incluido en este cap. XD No estaba muy inspirada hasta hoy, aunque, me sincero y admito que estoy escribiendo sólo para canalizar un poco de energía… Es como terapia, a decir verdad… En fin.
Y, nuevamente, gracias por todos los comentarios...
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Saludos ^^
