Capítulo 7. En el sitio correcto a la hora correcta
Steve se despertó con un ronquido; tenía las imágenes vívidas en la mente.
La mayor parte de los recuerdos que conservaba del campo de entrenamiento militar, por alguna razón eran difusos y vagos, casi completamente olvidados. No obstante, el recuerdo de un encuentro un tanto torpe pero increíblemente hermoso, sostenido con un hombre llamado Tony Starling, permanecía grabado a fuego en su memoria, tan claro como el día.
Steve gimió y se llevó las manos a la cabeza.
—Cap, ¿estás bien? —Bruce apoyó gentilmente una mano sobre el hombro de Steve.
Las últimas veinticuatro horas habían sido una pesadilla para todos, pero no tanto para los demás como para Steve. El soldado parecía encontrarse en un estado de perpetuo aturdimiento o estupor. Se quedaba sentado mirando hacia la nada durante largos periodos de tiempo, sólo para caer dormido de repente sin previo aviso.
—Sí, estoy… bien —murmuró, sus ojos azules distantes.
—¿Te sientes con ánimos de comer algo? —preguntó Bruce. Steve asintió y, arrastrando los pies, lo acompañó hasta la cocina del cuartel.
El Capitán América apenas sí se enteraba de lo que pasaba a su alrededor. ¿Cómo podía el mundo continuar girando cuando el suyo estaba tan fuera de control? Steve no tenía idea de qué era lo que le estaba pasando, sentía la cabeza como si la tuviera llena de algodón. Pensando en eso, se sentó a comer de manera mecánica, masticando sus alimentos con desgana.
Los demás Vengadores estaban preocupados por él. El hombre normalmente alerta ni siquiera se percataba de que Clint, Natasha y Bruce lo estaban observando atentamente mientras comía. Entonces, sin ninguna advertencia, Steve se desplomó hacia delante para recostarse encima de la mesa y se quedó dormido de inmediato.
—¿Por qué el Capitán no deja de echarse siestas todo el tiempo? —preguntó Clint, mirando inquisitivamente a Bruce en búsqueda de respuestas.
—Mi mejor suposición es que lo hace como un mecanismo de defensa. Debe ser una manera que tiene su mente de ajustarse a lo que está pasándole.
La Viuda Negra frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Tony está cambiando el pasado, así lo quiera él o no, y el proceso está influenciando a Steve y a sus recuerdos. Creo suponer que lo está confundiendo, metiéndose con su mente y trastornando su memoria —dijo Bruce y suspiró. Entonces hizo una pausa porque se le acababa de ocurrir una idea—. ¿Steve? —empujó suavemente al hombre dormido, tratando de despertarlo—. ¿Steve, puedes escucharme?
Los soñolientos ojos azules del Capitán se abrieron y lo miraron parpadeando con solemnidad.
—¿Steve, cuál es tu último recuerdo de Tony? —le preguntó Bruce.
Steve arrugó el entrecejo y apartó la vista, como si hiciera memoria.
—En los shows para vender bonos de defensa —murmuró antes de que su cabeza pareciera pesarle demasiado y se hundiera entre sus brazos una vez más.
Bruce se movió hacia atrás como si Steve lo hubiese quemado.
—¿Qué? —preguntó Clint mirando alternadamente entre Steve y Bruce.
—Las líneas de tiempo no están sincronizadas —dijo Bruce, mirando a Nat y a Clint con los ojos muy abiertos. Una leve llama de esperanza comenzaba a encenderse en su pecho.
—De nuevo no te estoy siguiendo, Doc —masculló el arquero, quien no era fan de no comprender las cosas.
—Tony en el pasado está moviéndose a través del tiempo mucho más rápido que nosotros en el presente. Sólo hace algunas horas, Steve nos dijo que lo había visto en la Expo, y ahora están en los shows de las Organizaciones de Servicio. —Bruce les sonrió—. Eso nos brinda esperanza.
Tony trataba de no canturrear, de veras que sí, pero que un rayo lo partiera si la maldita canción no era pegajosa con ganas. En aquellos días la traía constantemente en la cabeza. Había pasado los últimos meses viajando a través del país con Steve Rogers como el Capitán América, quien vendía bonos de defensa, levantaba chicas bonitas por arriba de su cabeza, golpeaba a Hitler en la mandíbula, e inclusive había protagonizado un par de películas.
El Capitán había sufrido otro intento de asesinato mientras habían estado en Nueva York haciendo el show. Aunque ese nazi seguramente había desertado de la escuela de asesinos sin recibir su título, porque Tony no había hecho otra cosa más que gritarle, y con eso había bastado para que el supuesto asesino mordiera prematuramente su cápsula de cianuro y estirara la pata. Asqueado, Tony le había quitado de entre las ropas los papeles de siempre antes de dejar el cuerpo tirado en un callejón.
Todo eso mientras el Capitán América saludaba a la multitud, sonreía y firmaba autógrafos.
Pasándose una mano a través de los largos mechones negros, Tony arrugó la nariz. Su cabello había adquirido la distintiva apariencia que estaba de moda en los 40, una señal de que estaba comenzando a integrarse. En lo más profundo de su mente, Tony sabía que estaba empezando a aceptar con algo de renuencia que probablemente jamás conseguiría regresar a su propia época. No obstante, neciamente se negaba a darse por vencido por completo.
Mientras Steve cautivaba a la multitud en cada uno de sus espectáculos, Tony solía sentarse tras bambalinas y trataba de recordar cómo era la máquina que lo había llevado ahí; reescribía ecuaciones y dibujaba piezas de una maquinaria que apenas si había alcanzado a vislumbrar. Iba a ser sumamente difícil sin la ayuda de JARVIS resolviendo las ecuaciones y corriendo todas las variables para él. Hacerlo todo de manera manual era un proceso que le llevaría muchísimo tiempo, pero… En verdad, ¿qué otra cosa tenía que hacer?
Escuchó a la gente aplaudir con fuerza y levantó los ojos de su cuaderno. Vio a las risueñas chicas del coro pasar junto a él a toda prisa entre los bastidores. Tony, quien iba vestido con su traje militar de gala, observó divertido a las coristas mientras éstas esperaban por Steve, esponjándose el cabello, riéndose nerviosamente y mirando con impaciencia hacia el escenario.
Negando con la cabeza, Tony regresó a sus garabatos. Se rascó distraídamente el pecho y escuchó a sus plaquitas de identificación golpetear contra su corazón de metal. La peor parte de estar ahí era que no tenía la libertad de desnudarse y darse una ducha cada vez que tenía ganas de hacerlo.
Vivía con el miedo constante de que alguien descubriera el reactor arc que tenía en el pecho. La paranoia entre la población era alta… La propaganda les hacía creer a todos los norteamericanos que los nazis estaban asechando en cada esquina, que estaban ocultos entre las sombras y debajo de sus propias camas. Cualquier cosa fuera de la norma era una amenaza para el país, y Tony, con su reactor, definitivamente era algo fuera de la norma.
En ese momento, las chicas del coro estaban casi histéricas. El show había terminado y el extremadamente sexy y apuesto Capitán América estaba a punto de dejar el escenario.
Era una realidad extraña, pero en ese tiempo y lugar, Steve Rogers era considerado un icono sexual. Tony no podía evitar sonreír ante la ironía. En el 2013, Steve estaba considerado como alguien pasado de moda, una reliquia de una era antigua. Usualmente era Tony quien se encontraba debajo de los reflectores, quien era el centro de atención, amado y odiado por la Prensa y la gente. Sin embargo, en 1943, Steve era lo que toda la gente quería. Lo amaban.
Y Tony, por primera vez en toda su vida, era un donnadie. Era extrañamente liberador.
En ese momento, Steve estaba bajando del escenario y las chicas se juntaron a su alrededor como una manada de lobos hambrientos. Con amabilidad, Steve rechazó los avances más agresivos y les sonrió amistosamente mientras se alejaba de ellas y caminaba hacia Tony. Decepcionadas y sonriendo tristes, las bailarinas se retiraron a sus camerinos a cambiarse de ropa y a alistarse para moverse a la siguiente ciudad.
Pensativo, Tony las vio alejarse mientras una idea preocupante invadía su mente. Desde la noche en el campamento de entrenamiento donde Steve y él se habían besado por primera vez, Tony se había sentido torturado por esos mismos pensamientos. ¿Qué era lo que estaba haciendo con Steve? El Capitán América seguramente estaba destinado a salir con esas chicas y llevarlas a tomar una malteada, no a estar tonteando con un hombre viejo como él.
—¡Tony! —exclamó Steve mientras se apuraba a llegar a su lado. Se retiró la capucha de su disfraz y le sonrió ampliamente—. ¿Adivina qué? —jadeó con emoción.
Tony cerró su cuaderno y lo dejó a un lado para brindarle su total atención a Steve.
—Vamos a salir —le dijo Steve con una gran sonrisa.
Tony arqueó una ceja.
—¿A salir?
Asintiendo, Steve tomó a Tony de una mano, lo hizo levantarse y lo acercó a él. En ese momento estaban a solas; los miembros del personal se encontraban ocupados desmantelando el escenario, alistándose para partir.
—¡Sí! A salir del país. Vamos a viajar para presentar el show a las tropas en batalla.
Tony sintió que el nudo que tenía en el estómago se apretaba todavía más; había estado temiendo que llegara ese día. El día del gran rescate de los prisioneros de guerra y la gloria que daría inicio a la leyenda del Capitán América estaba acercándose con rapidez. Y Tony tenía la inquietante sospecha de que su amigo del 2013 iba a estar ahí para tratar de asegurarse de que el Capitán América nunca saliera vivo de aquella fábrica de Hydra. Pero Tony también estaba alistándose para ello. Iron Man Mark VII Retro, como lo había bautizado, iría a hacer su debut.
Steve arrastró a Tony hasta su camerino, entró con él y echó un vistazo alrededor antes de cerrar la puerta tras ellos. Tony trató de no tomárselo personal: aquello era simplemente una señal representativa de los tiempos que corrían. Los años 40 no eran precisamente muy amistosos con los gays.
Tony se sentó en el banquito junto al tocador.
—¿Estás emocionado por salir del país? —le preguntó a Steve.
Steve le respondió con un beso brusco y ardiente. Tony le correspondió al instante; sus manos se movieron hasta las caderas envueltas en el disfraz azul de algodón y se sostuvo de ahí. Steve y él tenían casi tres meses juntos, compartiendo ratos perdidos como aquel. Se besaban fervientemente, abrazándose con fuerza, obteniendo lo más que podían uno del otro antes de verse obligados a separarse otra vez.
Desde aquella noche en el cobertizo, no habían ido más allá de ardorosas sesiones de besos y abrazos, más que nada porque no tenían suficiente tiempo ni privacidad, pero también debido a que Tony se sentía sumamente culpable. Había caído en la tentación aquella única noche, y su debilidad le pesaba terriblemente en la consciencia desde esa ocasión.
Suspirando, Tony se movió hacia atrás. Steve frunció el ceño con preocupación.
—¿Tony?
Con suavidad, Tony tomó ambas manos de Steve y se las apretó firmemente. Respiró con profundidad y levantó la mirada hasta encontrase con los ojos azul cielo de Steve.
—Steve, ¿tú has…? Creo que… —comenzó, pero entonces suspiró de nuevo y apartó la vista—. Creo que necesitamos dejar de hacer esto —soltó finalmente.
Tony pudo sentir cómo el cuerpo alto de Steve se tensaba, pero fue incapaz de mirar hacia su cara honesta o de encontrarse con sus hermosos ojos.
El corazón de Steve dio un doloroso vuelco dentro de su pecho. No podía respirar; sentía como si el asma hubiese regresado de nuevo. ¿Por qué Tony estaba diciendo esas cosas? ¿Por qué estaba haciendo eso?
—Tony, pero… ¿por qué? —preguntó desesperadamente mientras estiraba las manos para tocar al otro hombre—. ¿Qué fue lo que hice? ¿Necesito cambiar? Sólo dímelo y haré lo que sea.
Con cada palabra dicha por Steve, Tony se sentía cada vez más infame y miserable.
—No, Steve, no eres tú. —Finalmente se atrevió a encontrarse con aquellos ojos afligidos; Steve lucía agobiado y asustado, como si estuviera a punto de llorar—. Steve, no… por favor… Soy patético con este asunto de los sentimientos —murmuró Tony mientras se pasaba una mano agitada a través del cabello—. No eres tú, Steve. Soy yo… Es que no quiero que te arrepientas de esto —dijo mientras movía la mano entre ellos dos, sus ojos oscuros llenos de honestidad—. Esas chicas de allá afuera estarían encantadas de salir contigo. Peggy también. ¿Qué es lo que haces perdiendo tu tiempo con un hombre viejo y acabado… como yo…? —fue bajando la voz hasta enmudecer.
Steve parpadeó con sorpresa al tiempo que comprendía qué era lo que estaba pasando.
Era como si estuviese experimentando mil sentimientos diferentes en milésimas de segundo. Se había aterrorizado ante la perspectiva de que Tony lo estuviera dejando, de que él hubiese echado a perder lo mejor que le había pasado en toda su vida, suero incluido. Tony lo había querido desde antes del suero, tal como era él. No iba a permitirse perder eso.
Negando con la cabeza, Steve acercó a Tony a su cuerpo.
—Tony… —murmuró contra el cabello oscuro de su compañero—. Pensé que entendías.
Suspirando, Tony se apoyó contra el pecho ancho de Steve.
—¿Que entendía, qué? —preguntó, sintiendo que su resolución de dejar libre a Steve comenzaba a derrumbarse.
—Que las damas, las mujeres, ellas no… ya sabes… No para mí —intentó explicarse Steve con un gran sonrojo en la cara.
Tony parpadeó al comprender. Aparentemente, al "Hombre de las Estrellas con un Plan" sólo le iban los chicos.
Tony lo miró a la cara, negando con la cabeza. Se sentía lleno de remordimiento.
—No voy a deshacerme de ti, ¿cierto?
Steve volvió a sonreír; todavía estaba bastante sonrojado.
—No. De ninguna manera.
Se besaron de nuevo, ardiente e intenso, mientras Tony finalmente se rendía ante lo inevitable. Con los sentimientos a flor de piel, Tony profundizó el beso durante unos segundos antes de apartarse. Steve lo miró con preocupación, pero esa vez Tony estaba sonriendo.
Tony se deslizó del banco para bajarse y se arrodilló delante de su compañero. Mirándolo con curiosidad, Steve permitió que las manos diestras de Tony se apoyaran en sus caderas y tiraran de su disfraz azul para bajarle el pantalón. Tony se relamió cuando la erección nada despreciable de Steve quedó libre de su ropa. La lamió desde la base hasta la punta, provocativamente, antes de tomarla por completo con su boca, chupando fuerte.
Steve estaba seguro de que las rodillas no iban a sostenerlo; temblando, trataba de ahogar sus gemidos. Con los párpados entrecerrados, observaba la cabeza morena de Tony moviéndose entre sus piernas al mismo tiempo que su boca ardiente estaba trabajándolo. Steve nunca había sentido nada como eso. Era como si estuviera a punto de desmoronarse de la cabeza a los pies, de caerse a pedazos.
Enterrando las manos enormes entre el cabello oscuro, Steve trató de hablar:
—Tony, yo… —fue todo lo que dijo. Entonces Tony murmuró algo con su erección en la boca y Steve se estremeció. Algo apretado y caliente estaba girando en espiral dentro de su vientre. Jadeó, doblándose hacia delante—. Oh Tony, voy a… —Steve se interrumpió mientras sentía que se derrumbaba y eyaculaba dentro de aquella boca caliente.
Tony se sentó en cuclillas; sentía su propia erección pesada entre las piernas. Limpiándose la boca con el dorso de la mano, elevó los ojos para admirar el hermoso rostro de Steve. Era un momento completamente surreal: él acababa de hacerle una mamada al mismísimo Capitán América en la soledad de su camerino.
El simple pensamiento era bizarro, asombroso y totalmente excitante. Tony clavó sus ojos en los azules de Steve, quien, aturdido y alucinado, se apoyó contra el tocador. Con la cremallera abierta y las mallas azules apretadas alrededor de sus muslos, se veía absolutamente pervertido y sensual. Tony no pudo evitarlo: caliente como el infierno, se cubrió su erección con la palma de la mano por encima de los pantalones de su uniforme de gala, y gimió apenas perceptiblemente.
Tomando nota de la situación incómoda de Tony, Steve se dejó caer de rodillas delante de él. Las manos ansiosas del rubio abrieron su cinturón y le bajaron los pantalones, y entonces, Steve tomó su erección. Comenzó a acariciarla con entusiasmo y energía.
—Mierda, Steve… —Tony se inclinó hacia delante y se sostuvo de uno de los anchos hombros de su compañero. Estaba tan cerca de terminar…
A pesar de la inexperiencia de Steve, era él quien estaba tocándolo y acariciándolo, y Tony ya se encontraba más allá del punto de retorno. Sólo le tomó un par de caricias más antes de culminar encima de la mano de Steve. Jadeando, se dejó caer hacia delante. Apoyó la frente contra Steve, cerró los ojos y sonrió.
—¿Estuvo bien? —preguntó Steve con voz dudosa, besándolo en la mejilla.
Tony le reciprocó el dulce gesto.
—Muchísimo más que bien.
Era una sensación demasiado familiar: la sangre agolpándosele en los oídos, la explosión de adrenalina que era la mejor droga de todas las que había probado alguna vez.
Tony Stark nunca se sentía más vivo que cuando estaba dirigiéndose hacia una batalla.
El traje estaba funcionando mejor de lo que había anticipado. Reducido al máximo hasta haber dejado sólo lo esencial, estaba lleno de poder gracias a la energía del reactor del pecho de Tony. El pulso azul era reconfortante mientras Tony seguía en silencio a la silueta que zigzagueaba en el bosque oscuro debajo de él.
Steve estaba dirigiéndose a toda prisa hacia la base de Hydra, brillantemente iluminada y estancada en el medio de la nada. El Cap no tenía idea de que Tony estaba ahí, siguiéndolo en silencio. Hasta donde Steve sabía, Tony continuaba en el campamento, esperándolo preocupado mientras que el Capitán América salvaba el día.
Tony trató de concentrarse, de aclararse la cabeza y estar listo para enfrentar cualquier eventualidad. No obstante, los recuerdos de lo sucedido durante la semana anterior se introdujeron sin permiso a través de su mente inquieta…
Los shows del Capitán América en el extranjero no habían ido nada bien como los del interior del país, ni de cerca. El corazón de Tony sufría por Steve. Éste se veía perdido y frustrado; sabía que estaba listo para cosas mucho mejores que esas. Todavía continuaba luchando por encontrar su lugar en ese nuevo mundo. Le habían dado todas las herramientas, pero nadie estaba dispuesto a ofrecerle una oportunidad.
Tony sabía que las cosas necesitaban desenvolverse de aquella manera; ese era el modo en que la leyenda del Capitán América había nacido. Sin embargo, saberlo no impedía que el corazón de Tony se rompiera cada vez que miraba las humillaciones a las que Steve tenía que enfrentarse.
Entonces, Peggy hizo acto de presencia.
Tony estaría mintiendo si no admitiera que se había sentido celoso de que fuera la agente Carter quien finalmente motivó a Steve. Sabía que sentirse así era irracional; incluso tonto. Al final, no importaba quién era el que lo conseguía… Lo importante era que Steve recibiera ese empujón.
No obstante, Tony no podía evitar sentirse de ese modo, aun si estaba preparado para seguirlo al campo de batalla.
Desde que habían llegado al frente, ambos habían estado compartiendo apretados alojamientos en aquellos cuarteles. Tony se sentía agradecido de que Steve no tuviera idea de qué era en lo que él constantemente estaba trabajando, ya fuera con planos o con piezas de su traje.
Tony había estado dándole los toques finales a la pieza del pecho cuando Steve había entrado corriendo a la tienda; venía todo mojado ya que estaba lloviendo afuera. Su aspecto era solemne y resuelto.
—No van a mandar a nadie en misión de rescate. Tengo que ser yo quien vaya, Tony. Tengo que hacerlo —había dicho Steve mientras apretaba con fuerza las manos callosas de Tony, mirándolo a los ojos con determinación, rogándole que lo comprendiera.
—Lo sé —respondió Tony. Su contestación claramente sobresaltó a Steve, quien parpadeó con sorpresa.
—¿Lo sabes?
Asintiendo con lentitud, Tony le brindó a Steve una sonrisita triste. Fue incapaz de evitar lo que dijo a continuación:
—Quizá no me creas, Steve, pero tú estás destinado a realizar grandes hazañas.
La sorpresa de Steve no se disipó, pero una chispa de curiosidad brilló en sus inteligentes ojos azules.
Pero Tony no le dijo nada más; en vez de hablar, se inclinó hacia delante y besó a Steve con pasión, intentado hacerle comprender tan sólo con eso. La lluvia torrencial golpeteaba rítmicamente sobre el techo de la tienda mientras ellos dos se perdían el uno con el otro, hasta que el ruido de pasos de soldados corriendo cerca de ahí los regresó a la realidad. Apresuradamente, ambos se separaron.
—Vete —dijo Tony, empujándolo con suavidad—. Sólo… mantente a salvo.
Y entonces, Tony observó, fascinado, cómo la expresión en el hermoso rostro de Steve se transformaba por primera vez en una bastante conocida por él; era una expresión llena de firmeza y valor. Ese era el Capitán América, el Primer Vengador.
Steve acababa de llegar a la fábrica de Hydra en ese justo momento. Tony esperó hasta que la silueta con casco desapareció dentro de las instalaciones antes de enfocarse en su propia misión.
Sabía que el hombre estaba ahí, el fulano que había iniciado con toda aquella cadena de eventos. Tony podía sentirlo; su instinto se lo decía. Aquel hombre iba a tratar de hacer una desesperada jugada final para asegurarse de que el Capitán América nunca completara esa misión.
Iron Man tenía toda la intención de asegurarse de que Steve sí lo consiguiera.
nota:
Hello! Perdón por la tardanza, estaba muy ocupada con mis hijos, la entrada a la escuela, un perrito nuevo en casa, y bla-bla. Pero aquí arrancamos de nuevo. ¡Gracias por leer y comentar! Saludos a todos.
