Hola de nuevo, aquí más capítulos de Piratas del Caribe, El reloj de Arena, como me pedisteis. Espero que os gusten y que me dejéis muchos reviews. ¿ A ver si alguien adivina por qué el hijo de Will se llama así? (Dejadme un review con posibles respuestas).
oo Saludos oo
Cap. 12
Uno de esos días en que estábamos en el barco, de camino a nuestra siguiente parada para reponer comida y bebida y descansar un poco del agua, ocurrió algo.
Yo, al igual que los tripulantes del barco, sabía muy bien qué era. Al amanecer, un vivo destello de luz verde inundó el horizonte, cegándonos por un momento. El mar comenzó a agitarse, la Perla tembló, y de las aún oscuras aguas emergió un barco que yo conocía. Con el bauprés imitando a una gran caracola y las velas remendadas con gigantescas algas, el Holandés Errante, ese barco que antes perteneció a Davy Johnes y que, según la historia que yo conocía, ahora era capitaneado por Will Turner, surgió ante nosotros y con una excelente maniobra se colocó a nuestro lado, justo en el momento en que Jack y Jacke salían a cubierta.
-¡Will¡Amigo mío! –gritó Jack con su característico tono mientras entre los dos barcos se tendía una pasarela- ¡Cuánto tiempo sin verte!
-Sí –contestó Will- ha pasado una eternidad desde... ¿Jacke¿Eres tú?
Jacke sonrió.
-Hola señor Turner.
-Vaya, Jacke, sí que has crecido...
-Pues ya verás el tuyo –interrumpió Gibbs.
-Hablando de eso –recordó Will- Jack, amigo, me tienes que hacer un favor.
-¿Es algo que incluya arriesgar mi pellejo, mi dinero, el ron o la Perla? –preguntó éste suspicaz.
-Nunca cambiarás, Jack –sonrió Will- no, no es eso. Es que como sólo tengo un día y mi tripulación se quiere ir a descansar a algún... lugar con ron... ya sabes...
-A Tortuga –le aclaró Jack como si eso no fuera ya obvio.
-El caso es que como yo sólo tengo un día para pisar tierra, me preguntaba si me podrías llevar con Elizabeth y con Jimmy, sólo están a dos horas de aquí.
Jack pareció pensárselo.
-¿Y qué gano yo a cambio?
-La última vez que fui Jimmy había encontrado bodegas de ron de los contrabandistas abandonadas y escondidas por ahí y ellos dos no es que beban mucho.
-¿Cuánto?
-¿Tres barriles?
-Trato hecho –aceptó Jack contento- bienvenido a bordo de la Perla Negra, señor Turner –agregó mientras retiraban la pasarela y el mono se subía a su hombro (recordándome junto con la frase cierta escenita de la historia que yo conocía)- ¡maldito mono! –gritó el Capitán mientras sacaba el trabuco y el pobre animal (a quien yo llamaba Minijack) salía disparado trinquete arriba y él apuntaba su trabuco.
-¡Diez puntos en la punta del rabo! –gritó alguien mientras Jack disparaba y acertaba al mono justo en el extremo el rabo.
-No te asustes –me dijo de pronto Jacke, yo levanté una ceja- es un mono inmortal.
-¡Ah! Ya –respondí con media sonrisa y cara de abstracción- lo sé –(me estaba acordando de una escena de aquella historia: "un mono inmortal, supéralo")- me pregunto por qué a él no le afectó cuando revocaron la maldición...
Jacke se encogió de hombros.
-Oye Jacke –pregunté entonces -¿Jimmy es...?
-El hijo único de Will –sonreí, ya me lo imaginaba- tiene un año más que yo.
Entonces mi sonrisa quedó paralizada en mis labios y mi expresión se trocó en una de pura concentración; estaba atando cabos muy rápidamente: Jacke tenía diecinueve años, Jimmy tenía uno más, por lo tanto tenía veinte; la historia que yo conocía acababa cuando Jack izaba por primera vez su bandera con el gorrión rojo en la esquina y Elizabeth y Will concebían al niño (aunque luego hubiera conocido un flash de Will apareciendo cuando el niño tenía diez años), luego, entre mi historia y el momento en el que estábamos había un vacío de casi veinte años.
Claro, así se explicaba que la bandera de Jack ondeara en la Perla y no en un pequeño esquife, que Jack tuviera un hijo más mayor que yo, que el mono estuviera de nuevo con Jack cuando se suponía que estaba con Barbossa, ídem de los dos guardias que se convirtieron en piratas, que Jack me hubiera parecido más... ¿maduro? No, esa palabra nunca entró en su vocabulario, mmm... ¿crecido? Sí, esa podría servir...
Pero aclarar eso sólo suscitaba más preguntas para mi insaciable curiosidad (¿Qué pasó con el agua de vida de las cartas de navegación que Jack se llevó dejando a Barbossa con un una esterilla de bambú agujereada¿Qué pasó con Barbossa y por qué Minijack y los dos guardias-piratas estaban con Jack¿Cómo recuperó éste su preciada Perla Negra?, entre otras); preguntas que, poco a poco, iría sacando a la luz...
Cap. 13
Llegamos a la isla cuando el sol ya estaba alto en el cielo. No era una isla desierta como yo me la esperaba, de hecho, nos acercábamos al gran puerto de una gran ciudad.
El faro que lo guardaba era gigantesco y los atolones a ambos lados de la entrada del puerto estaban rodeados de peces y animales marinos de todo tipo de formas y colores imaginables (incluso vi dos tortugas marinas).
Cuando entramos en el puerto, una pequeña tartana nos salió al encuentro y nos guió hasta el pantalán donde podíamos atracar. Poco después todos estábamos abajo y la mitad de la tripulación ya había desaparecido.
-Gracias, Jack –decía Will en ese momento- bueno, yo me voy a verlos.
-Dile a Jimmy que iré mañana a verle –pidió Jacke y Will, asintiendo con la cabeza, se marchó.
-Bueno qué –apareció de pronto Ana María detrás de nosotros- ¿vas a quedarte con mi ropa toda la vida o me acompañas a comprarte algo?
Yo bajé la cabeza.
-Bueno, yo no tengo dinero para comprarme...
-Yo sí –dijo Jack sacando tres monedas de una pequeña bolsita que llevaba colgada al cinto. Yo intenté protestar, pero los tres me acallaron y tuve que seguir (a regañadientes) a Jacke y a Ana María hasta una pequeña tiendecita en una callejuela que, según ella, era de las mejores que iba a poder encontrar. Jacke se quedó fuera y a los diez minutos me vio salir con unos pantalones largos de cuero que llevaba remangados, unas botas altas que se podían arrugar y acortar, una camisola de mangas anchas (como las que me gustaban a mí) un pañuelo a la cabeza y unos pendientes de aro cortesía de la simpática dueña; y aún en una bolsa llevaba dos pantalones, tres camisas más, un chaleco y una larga levita para cuando hiciera frío.
Así que volvimos al barco a dejar mi nueva ropa y después Ana María se fue con Jack a una taberna cercana.
Nosotros les vimos marchar con una sonrisa en la cara y en cuanto doblaron una esquina nos miramos y asentimos con la cabeza, los dos habíamos pensado en lo mismo. Sin ni siquiera tener la necesidad de hablar Jacke salió disparado hacia su camarote y yo alcancé al señor Cotton cuando regresaba al barco a dejar sus adquisiciones.
Cuando Jacke regresó traía en la mano un pequeño trozo de papel manuscrito, que parecía arrancado de una composición mayor, y yo ya había convencido al loro para que se quedara a vigilar el barco (a cambio de una bolsa de cacahuetes a mi vuelta).
Jacke y yo nos recorrimos la ciudad entera en busca de algún lugar donde pudiera haber libros y llegamos a una pequeña tienda en una esquina con un letrero en la puerta que advertía a las personas que no superan leer de que no entraran a molestar bajo terribles circunstancias (y, como una seña de mal fario para todos aquellos, una pequeña gota de tinta se había desprendido al final de la frase formando una mancha negra).
A Jacke se le veía reacio a entrar a causa de esto, pero yo le dije que si entraba conmigo no pasaría nada puesto que yo sí sabía leer y no íbamos a molestar, además, él también sabía leer según lo que había podido averiguar viendo su camarote.
Al entrar nos recibió un viejo hombre con hábito de monje y una larga barba blanca que decía llamarse Adam y que se sorprendió al ver entrar a unos tipos que muy bien podían haber sido piratas, en su tienda, a pesar del letrero.
-No se preocupe –dije al ver su cara de preocupación, componiendo una buena sonrisa- sabemos leer y no hemos venido a molestar.
Al hombre pareció complacerle mi saludo, pues sonrió y dejó disimuladamente el bastón que había cogido apoyado en la mesa.
-¿Y qué buscáis, mis queridos clientes?
-Nos preguntábamos si tendría algún diccionario de latín –Jacke fue directo al grano.
El monje alzó las cejas, asombrado por la pregunta.
-¿Y eso?
-Es que tenemos que traducir una cosa –dije intentando no dar muchos detalles- y lo llevo bien, pero hay alguna palabra que no consigo descifrar.
-Bueno, si sólo es alguna palabra yo podría ayudaros.
Sus intenciones parecían buenas, pero Jacke me había advertido que las personas cuyas intenciones parecían buenas, a menudo eran las que las traían peores, así que salí del paso como pude.
-Es muy amable con su ofrecimiento, pero... no quisiéramos molestarle ni quitarle su tiempo...
-Además, es mejor que lo compremos porque seguramente lo necesitemos más adelante –salió Jacke en mi ayuda- ¿tiene uno?
-Por supuesto –dijo entonces el hombre acercándose a una estantería y sacando un pequeño volumen manuscrito- ¿algo más?
-Ahora que lo dice, creo haber oído a mi padre diciendo que se le había acabado la tinta¿tendría un frasco? –preguntó Jacke.
-Claro –el anciano se acercó a la estantería opuesta y sacó un pequeño botecito lleno de líquido negro- ¿más? –nosotros negamos con la cabeza- muy bien, serán cinco reales.
Jacke los sacó y se los pagó, cogimos lo nuestro y salimos a la calle, cuando nos pudimos acostumbrar a la luz, descubrimos que ya se había hecho la hora de comer (además yo tenía que encontrar los cacahuetes)...
