Me miró con una sonrisa pícara y yo no supe por qué. Continué esperando por su declaración, mientras ella cerraba los ojos y rememoraba lo que estaba imaginando. Suspiró e introdujo su mano en su bolsillo. Sacó una especie de cajita negra de terciopelo y me la enseñó con mucho cuidado. Era frágil, lucía vieja. La miré con mucho detalle, mientras ella sonreía de forma risueña. Estaba ilusionada con hablarme del tema.
— Este es el anillo de compromiso. Lo llevo puesto, usualmente, pero quería que lo miraras con mucho detalle. Esto es como el amor de mi vida, irremplazable. Lo tengo, al amor de mi vida, desde que comencé a estudiar. Hasta ahora. Jamás lo cambiaría por nada en el mundo ni a mi pasado.
— ¿Tendremos la suerte de conocerlo, algún día?
— Sí, le rogaré que venga a conocerles. Casi nunca me dice que no a lo que yo le pido. Entonces no veo por qué no pueda.
Miré el anillo, en silencio. Ojalá yo tuviera un amor que durara tanto. Inspiré y me preparé para un par de preguntas de rigor. Ella me miró, mientras yo la miraba con mucha curiosidad. Me acomodé en el asiento y me preparé para escribir.
— ¿Cuántos años tiene usted?
— Treinta y ocho, pero no se lo digas a nadie.
— ¿Y él?
— Treinta y ocho, unos meses más.
Vaya, la misma edad y unos meses más adelante. Sin duda las fiestas de cumpleaños debían ser muy entretenidas. Eso sí lo consideré de rigor y lo copié en la hoja que utilizaba para anotar las impresiones de los clientes. Ella me miró con una sonrisa suave y siguió su cuento. Yo escuchaba con mucha atención.
— Espero no demorar mucho. Ansío volver a casa y besar y consentir a mi esposo. Si vieras lo mucho que deteste que llegue en esas actitudes, de vez en cuando.
— ¿Y qué clase de hombre es él?
— Uno muy distinto. Expectacular.
No dije nada, pero una pregunta saltó a mis ojos y ella adivinó de inmediato. Inspiró y dijo algo como: ¿Por qué todos los jóvenes quieren saber lo mismo? Sonrió, se echó a reír y yo no dije nada.
— Sí, nuestra vida sexual es muy plena.
Estaba esa mañana, levantada desde muy temprano. Papá me había prometido que iríamos a pescar. Preparé mi caña favorita y mis pantalones de pesca. El sombrero para los mosquitos y el repelente. La carnada, mi tía la había cortado antes de que nos levantásemos. Tenía que estar muy fresca.
Nos preparábamos para partir, cuando la tía Margaret me dijo que tenía otras cosas que hacer y que seríamos papá y yo. Sabía que mentía. Solo quería que ambos pasáramos un día juntos y sin interrupciones.
Papá tenía listo el bote y yo tenía el resto. La tía había preparado ricos sandwiches de queso, que a mí y a mi papá, nos encantaban. Dijo que tendría una rica cena, en cuanto regresáramos a la casa.
Muy emocionada, me subí en el bote y comenzamos el viaje. Nos detuvimos en una esquina llena de árboles y nos sentamos a mirar el cielo y los pájaros que iban y venían. No solíamos hacer ruido para que los peces no se escaparan.
— Háblame de ti y dime... ¿no te has enamorado de alguien? Como tu padre, me pondría muy celoso, de ser así.
— No papá. ¿quién te dijo eso? ¿La tía Margaret? Yo no estoy enamorada de nadie.
— Vi cartas de un tal Snape.
— El correo confundió mi carta que iba hacia ti, recuérdalo que te dije. Se las envió a él y me ha estado insultando. Así que le respondo.
— ¿Por qué insistes? Si sabes que no tiene sentido, no te oirá, no debes insistir. Déjalo que crea lo que quiera.
— Porque quiero que me respete.
Mi papá se rió de mí y yo lo miré de mala gana. ¿Cómo osaba creer que me gustaba ese niñito? Me miró, mientras yo estaba enfadada y negó con la cabeza. No quería pelear conmigo, hacía tanto que no me veía. Se disculpó de inmediato y yo recogí mi sedal y me fingí muy enojada. Lo puse nervioso.
Me reía de eso.
Nos quedamos allí echados en el bote, esperando por los peces. Intentábamos que picaran, pero parecía pesca muerta. Mientras esperábamos, sentí que algo halaba con fuerza mi anzuelo y me levanté en la punta, para detenerlo.
Sea como sea, me caí tontamente y terminé dentro del agua. Papá me miró y se echó a reír de mí y mi pequeño accidente. Inspiré y traté de nadar hacia la canoa y tratar de voltearla. Pues no me creerías si te dijera que con mi magia lo conseguí.
Papá cayó dentro del agua y se rió, mientras yo miraba el pez que traté de atrapar. Se iba y yo lo miraba ir con mi anzuelo.
Se nos escapaba el pez y nos quedábamos sin alimento esta noche. Le habíamos prometido a Margaret que mientras ella nos daba la rica cena, nosotros le prepararíamos pescado. Nos quedamos sin la pesca.
— Hija, tenemos que hablar.
Lo miré en silencio y trataba de entender de qué quería hablarme, que lucía tan serio. Comenzaba a ponerme nerviosa. Lo miré, mientras nos secábamos el agua helada y prendíamos una fogata en el bosque.
— Acerca de tu madre.
— ¿Mi madre?
— Sí, tu madre. Su muerte.
Cuando lo dijo, comencé a sentir un nudo en mi garganta. Nos miramos atentamente, mientras él esperaba que yo procesara la información y entendiera lo que quería decirme. Asentí en silencio y escuché de fondo, el crepitar del fuego. El silencio del bosque muerto. Los pájaros se irían a dormir temprano. El invierno los había acabado y ahora reunían fuerzas para un intenso verano.
Para anidar. Para conocer y encontrar al ave que volaría junto a ellos, por el resto de sus días. Me quedé allí, esperando por escucharle.
— Tu madre era una gran mujer. Estuvo a tu lado, en todos los retos que tuviste que emprender. Como bebé, mientras duraba la guerra. Todo lo hizo y dio por ti. Lamento no haber pasado el tiempo que debía con ustedes, con la familia, pero Margaret fue de tanta ayuda.
— ¿Mi tía?
— Sí. Ella te vio nacer. Yo no pude llegar a tiempo, estaba embarcado en un viaje de negocios a través de las islas griegas y no volvía a tiempo. No podía detener al maquinista. Lo intenté todo, pero pude descansar cuando supe que habías nacido y que aparte de eso, tenías un curioso gusto por flotar en la casa.
Sonreí, me reí de lo que acababa de decir. ¿Yo? ¿Flotando? No podía ser cierto. Me sonrió, mientras comíamos los ricos sandwiches de Margaret. Suspiró y alzó su cabeza al cielo, señaló el mismo y me describió la osa mayor. Yo ya la conocía. Solía acampar con un grupo de exploradores que vivían ligeramente cerca.
Claro, ya eso era historia.
