Holi.
Ya estoy de vuelta con un nuevo capítulo en el que pasan COSAS. Pido disculpas por si recibistéis miles de notificaciones de mi fic, tuve un problemilla gestionando mi cuenta y borré algunos capítulos sin querer y tuve que resubirlos.
Como siempre, mil gracias por leerme y por seguir, favoritear y comentar esta historia. Los reviews, sobre todo, son un maravilloso aliciente para seguir escribiendo, aunque mi principal objetivo sea mejorar mi escritura y entretenerme. Pero siempre es precioso conocer y saber de gente que también le gusta esta historia. Así que gracias, de verdad.
Espero que os guste este episodio.
Pasad un bonito día.
Capítulo 7 - Inflamables
Astrid apenas durmió aquella noche.
Volvió de la herrería de puntillas y subió hasta su cuarto por la ventana. Podía escuchar los estruendosos ronquidos de Gothi en el piso inferior, por lo que supuso que la vieja no se había percatado de su ausencia.
Astrid se metió en la cama con la sensación de que su cuerpo entero ardía. Sentía la humedad resbalando por sus muslos, su respiración entrecortada y sus mejillas calientes. Pero lo que peor llevaba eran las mariposas en el estómago, que le hacían sentirse como una adolescente humana, estúpida y enamorada. Aquel vínculo se estaba volviendo ridículo y la muy idiota de ella ha estado a punto de dejarse besar —otra vez— por un humano.
Astrid soltó un quejido, se hizo un ovillo y cerró los ojos con los fuerza. Pero la cara de Hipo se le apareció, sus ojos verdes mirándola con lujuria y sus labios entreabiertos suplicantes de que se los mordiera. Astrid empezó a enumerar mentalmente plantas medicinales para distraerse de la imagen de Hipo y de su propia excitación.
Lavandula Angustifolia, Aloysia Triphylla, Malva Sylvestris, Viscum Album…
En algún momento se quedó dormida, pero la sensación de descanso era nula cuando la despertaron de una sacudida.
—¡Astrid, despierta!
Astrid entreabrió los ojos y vio a Brusca con rostro impaciente.
—¡Por fin! ¡Pensaba que no te despertarías nunca!
—¿Qué haces aquí? —preguntó Astrid apartándola de un empujón mientras se incorporaba.
—Hoy es el Día de Aseo —respondió ella sentándose en la cama.
Astrid soltó un suspiró de cansancio. Una luz tenue entraba por su ventana, por lo que debía estar amaneciendo. ¿Cuánto había conseguido dormir? ¿Tres horas tal vez? Era difícil saberlo.
—Apenas ha amanecido Brusca, así que lárgate y déjame dormir —se quejó Astrid mientras volvía a tumbarse.
—¡Ah, no! ¡Tú no te vuelves a dormir! —Brusca se levantó y la cogió de su pierna.
—¿Qué haces? ¡Espera!
Demasiado tarde. Brusca la empujó fuera de la cama y Astrid se dio de bruces contra el suelo. Se golpeó la cabeza y se llevó las manos por detrás de su cráneo para aliviar el dolor.
—¡Oops! —exclamó Brusca con una carcajada.
Astrid tuvo que utilizar todo su autocontrol para no tirarla por la ventana. Se tuvo que conformar con darle una patada en el estómago que hizo que Brusca cayera sobre sus rodillas.
—Vale, no te gusta madrugar tan temprano, lo pillo—dijo Brusca con voz de hilo.
—¿Por qué demonios estás aquí, Brusca? —demandó Astrid mientras se sentaba en el suelo, aún frotándose la cabeza.
—Ya te lo he dicho, hoy es el Día de Aseo —respondió Brusca—. Esperaba que fuéramos juntas.
—¿Quieres que me bañe contigo? ¿Sabes lo horrible que suena eso?
—Aquí es normal que las mujeres nos bañemos juntas, As, nunca te he visto ir a los manantiales con nadie, así que hice mis indagaciones y he descubierto que sueles ir tú sola a primera hora de la mañana —explicó Brusca—. Así que aquí estoy.
—Se supone que un baño es una cosa privada, Brusca.
—No en Mema, Astrid.
A Astrid no le gustaba nada la idea de bañarse con otras personas. La cicatriz de su espalda generaría demasiadas preguntas y Brusca no presumía de ser la persona más discreta del Archipiélago. Pero sí que era cierta que necesitaba bañarse, ya que no podía soportar tener rastros de su vergonzosa excitación en el cuerpo y casi podía oler a Hipo en su piel.
Le entró un escalofrío cuando se levantó. Se recogió el pelo en una trenza despeinada mientras Brusca silbaba sentada sobre su cama. Astrid cogió una túnica y unas mallas del baúl de su ropa y cogió sus cosas de aseo. Brusca sonrió triunfante y Astrid no pudo evitar poner los ojos en blanco.
Bajaron al piso de abajo, donde el suelo vibraba por los ronquidos de Gothi y Astrid cogió una capa para refugiarse del frío y evitar que los vecinos madrugadores y curiosos de Isla Mema la vieran vestida en camisón. Salieron al exterior una vez que Astrid se calzó sus botas de piel de conejo.
Isla Mema no presumía de tener los amaneceres más bonitos del mundo, principalmente porque siempre estaba o nublado o lloviendo. Sin embargo, aunque aún quedaban unas semanas para la llegada de la primavera, ya se apreciaba un cambio en el aire y en el paisaje. El sol intentaba burlar a las nubes y el cielo nublado estaba adquiriendo un tono rosado. Seguía haciendo muchísimo frío, pero Mema ya no amanecía con una capa de rocío helado, señal de que el invierno acabaría pronto.
Atravesaron el bosque en silencio hasta que llegaron a los manantiales. Para alguien obsesa con la limpieza como Astrid, las piscinas naturales y calientes de Isla Mema se habían convertido en uno de sus espacios favoritos de toda la isla. Como Brusca buenamente había investigado, venía siempre a primera hora de la mañana en días alternos para evitarse la marea de gente, sobre todo los Días de Aseo.
Brusca empezó a desnudarse sin vergüenza alguna y a la bruja no le pasó por alto su extrema delgadez. Podía apreciar perfectamente sus costillas y el hueso de su cadera, sus pechos destacaban por su casi inexistencia. Brusca se giró y rió.
—¿Te gusta lo que ves, Astrid?
Astrid sacudió la cabeza un tanto avergonzada por su indiscreción, pero Brusca no pareció darle más importancia de la que se merecía. La vikinga se zambulló en el agua sin ni siquiera soltarse el pelo. Astrid no pudo evitar una carcajada ante la actitud tan despreocupada de la joven.
—¿Vas a meterte en el agua o te vas a quedar ahí como un pasmarote? —preguntó Brusca mientras empezaba a deshacer sus trenzas.
Astrid se quitó el camisón y se soltó el pelo procurando no darle la espalda a Brusca. La vikinga no le quitaba ojo de encima, pero su mirada no era de lujuria sino más bien de curiosidad. Astrid no pudo evitar sentirse incómoda ante su desvergüenza.
—¿Te estás ruborizando? —dijo Brusca con picardía.
—No —respondió Astrid cortante metiéndose en el agua.
—Creo que ahora entiendo porque Hipo te mira tanto —comentó la vikinga terminando de soltarse el pelo.
—No sé de qué me hablas —dijo Astrid antes de meter la cabeza en el agua.
—Era un halago, tonta —pudo escuchar la bruja.
Astrid sacó la cabeza y dio una bocanada de aire. Frunció el ceño y empezó a desenredarse el pelo con los dedos.
—Menuda mierda de halago, Brusca.
—¡Vamos Astrid! Hipo nunca ha tenido ojos para nada que no fuera un dragón.
Aquello era algo a lo que Astrid no podía discutir. Hipo era un obseso de los dragones y también era cierto que nunca le había visto prestando atención a nadie más que no fuera ella. Pero era evidente que su atracción era por el vínculo; no había otro motivo que le empujara a ello.
Aunque la noche anterior había admitido que le parecía guapa y atractiva.
Astrid sintió la sangre subir a sus mejillas y sumergió su rostro hasta la nariz para ocultar su rubor.
Estúpido Hipo.
Astrid se dispuso a lavarse el pelo cuando se dio cuenta que se había dejado el jabón lejos de su alcance. Suspiró de rabia y salió de la piscina para cogerlo. Mientras se impulsaba con los brazos para subir, escuchó a Brusca ahogar un quejido. Entonces preguntó:
—¿Qué tienes en la espalda?
Mierda.
Astrid se dejó caer de nuevo en el agua y se puso contra la pared de piedra, sin apartar la vista de Brusca. Podía borrarle la memoria, no sería la primera vez que lo hacía, pero había algo dentro de ella que le pedía que no lo hiciera porque no era justo. Brusca se acercó con cierta prudencia al ver que Astrid estaba indecisa de responder.
—¿Te lo ha hecho alguien?
Astrid frunció el ceño. ¿Brusca estaba preocupada de que alguien pudiera haberle hecho daño? No era propio de ella, más teniendo en cuenta que normalmente era ella la que disfrutaba hiriendo a los demás.
—No, fue un accidente —respondió Astrid sin mirarla.
—¿Qué clase de accidente te hace una herida como esa? No se parece a nada que haya visto antes.
—Es que ocurrió en unas circunstancias...extraordinarias —explicó Astrid con recelo.
—¿Qué pasó?
A Astrid le daba vergüenza recordarlo y era evidente que no podía decirle la verdad a Brusca. Hace años ya de todo aquello, pero aún recordaba el rostro de decepción de la Reina Le Fey mientras le curaban la herida de su espalda.
—Me cayó un rayo encima.
Brusca soltó una risotada, pero al ver el rostro serio de Astrid torció el gesto.
—¿Cómo sobrevives a eso?
—Supongo que fue un golpe de suerte; no lo sé, apenas recuerdo nada y estuve varios días inconsciente.
Aquello evidentemente era mentira, Astrid sólo se desmayó cuando el rayo cayó sobre ella, pero se despertó a los pocos minutos con el dolor más insoportable que jamás viviría. Tenía sólo diez años y la recuperación fue larga y dolorosa. Pero ninguna herida podía ser peor que la ira de la Reina Le Fey dibujaba en decepción en su cara cada vez que la miraba.
—Pues mola —comentó Brusca observando las finas líneas de su cicatriz que se extendían por su espalda como si fuesen ramas de un árbol—. Quién iba a decirlo, Astrid, estás llenas de cicatrices. Es raro en una simple ayudante de curandera.
¡Claro que lo estaba! Había estado toda su vida luchando y entrenando y había sido de las mejores guerreras de su clan pese a su juventud. Sería una afrenta no portar cicatrices de sus batallas. Ahora su antigua vida se veía muy lejana, como si hubiera pertenecido a otra persona. Su vida en Isla Mema era tranquila, monótona y aburrida, pero a medida que pasaba más tiempo allí menos presión cargaba sobre sí misma. Al no tener a nadie que contentar, Astrid se había dado cuenta que había estado tensa toda su vida. Su obsesión por agradar a sus hermanas, sobre todo a la Reina Le Fey, le había quitado el sueño innumerables veces y no fue hasta que empezó a cuestionar las decisiones de su clan y a indagar ciertas cuestiones por su cuenta que empezó a dudar de si realmente le gustaba la vida que estaba llevando o no.
Astrid salió de la piscina para coger el jabón mientras que Brusca se sumergía otra vez en el agua. La bruja comenzó a lavarse a conciencia con la pastilla de jabón que ella misma había elaborado a base de aromas de lavanda, el cual era infinitamente mejor que el que elaboraba la gente de la aldea a base de grasa de cabra. Brusca siguió jugueteando en el agua hasta que Astrid, un tanto irritada por su actitud infantil, preguntó:
—¿No vas a lavarte?
Brusca arqueó una ceja.
—Ya lo estoy haciendo.
—Mojarse con el agua no es lavarse, Brusca —replicó Astrid.
Brusca sacudió los hombros con una mueca molesta dibujada en su boca. Entonces Astrid se dio cuenta de que quizás Brusca se lavaba sólo con agua porque no disponía de otra cosa. Le resultó exasperante que los estamentos sociales también existieran entre los humanos, ya que entre las brujas era un hecho que siempre había molestado a Astrid. No tenía problemas en seguir órdenes, pero nunca había soportado que la gente la mirara por encima del hombro. En Isla Mema, había familias adineradas y familias pobres. Hipo, como era evidente, pertenecía a uno de los clanes más adinerados que, además, poseía la jefatura de la tribu, por lo que a nivel social se encontraba bastante por encima que todos los demás. Los Gordmsen era una familia rica con numerosas propiedades que les convertía en uno de los clanes más influyentes. ¿Pero los Thorston? Probablemente no eran de los más pobres, como la familia de Brenna, pero estaban lejos de ser de los más adinerados. El problema era que Brusca era mujer y tenía un hermano, por lo que todas las atenciones iban dirigidas a él como heredero del clan. Tan pronto murieran sus padres y Chusco se casara, si Brusca no contraía matrimonio pronto, era probable que se quedara en la calle. Por eso Brusca había ambicionado el puesto de Astrid, para vivir acomodada y con un puesto que le garantizara una casa y manutención de la Jefatura por el resto de su vida.
Pero, pese a que la bruja le había robado el puesto de sus sueños y no disponía de lujos, Brusca le había regalado un vestido para el funeral del viejo Gordmsen. Se preocupaba por ella, aunque Astrid la despreciara en muchas ocasiones, y la había tratado como su igual; aunque Astrid probablemente estaba un estamento todavía más bajo que ella por ser una mera ayudante de Gothi proveniente de una aldea extranjera.
Astrid sintió un nudo en el estómago. Nunca se había portado bien con Brusca, siempre se enfadaba con la vikinga por su manía de fastidiarla cuando tenía ocasión y porque se pegaba a ella como una lapa en muchas ocasiones. Pero aquella era la forma de Brusca de decirle que la consideraba su amiga.
Se sintió como una idiota.
—Toma.
Astrid le tiró su pieza de jabón. Brusca lo atrapó al vuelo sorprendida. Observó el trozo de detergente morado fascinada, hasta que frunció el ceño.
—¿Por qué me lo das?
—Porque ya he terminado —respondió Astrid mientras se aclaraba el pelo.
—¿Me lo estás dando por pena?
—¿Me diste tú el vestido por pena?
Brusca titubeó un segundo.
—Sí.
—Pues yo te lo doy porque apestas —replicó Astrid sin perder su expresión seria.
Brusca soltó una carcajada y Astrid también rió. Dejó que Brusca terminara de lavarse mientras ella se secaba junto al manantial. Sus dientes castañeaban por el frío, por lo que fue rápida al vestirse con una túnica azul y unas mallas verdes. Cuando Brusca salió por fin del agua, ya había amanecido del todo y podían escuchar a la gente de la aldea amaneciendo y dirigiéndose hacia los manantiales.
Las dos jóvenes se cruzaron con varios grupos reducidos de mujeres que no prestaron mucha atención a su presencia. Caminaron juntas hasta el pozo que se encontraba en el centro de la aldea, lugar donde se separaban sus caminos.
—¡Ey! —llamó Brusca cuando Astrid cogió la ruta hasta su casa.
—¿Qué?
—Esta noche el grupo vamos a reunirnos para volar por los alrededores, sé que no tienes dragón, pero puedes volar conmigo y con mi hermano —propuso Brusca y dibujó una sonrisa pícara—. O si no podemos decirle a Hipo que te monte en su Furia Nocturna.
Astrid le golpeó el brazo y Brusca rió mientras se lo frotaba.
—Esta noche no puedo —ni Hipo tampoco, pensó—. Tengo que hacer mi colada y la de Gothi y me espera una noche larga de elaboración de brebajes.
—Suena a peñazo —comentó Brusca— ¿No te puedes escaquear?
—Me temo que no —insistió Astrid en su mentira.
Brusca soltó un gruñido escéptico, pero Astrid sólo pudo sacudir los hombros. Por muy bien que le cayera la vikinga, tenía otras prioridades más importantes: romper el vínculo con Hipo y largarse. Se despidió de Brusca con la mano y bajó la leve pendiente que llevaba a su casa. Pasó junto a la herrería, que estaba todavía cerrada, pero en el que se oían voces dentro. La voz profunda del Jefe era inconfundible y no parecía contento. Parecía hablar sobre un asunto que Astrid no pudo escuchar bien, pero era evidente que era un tema delicado, ya que su voz iba subiendo de tono cada vez más.
Astrid decidió marcharse, aunque no pudo evitar girar la cabeza un par de veces, preguntándose qué demonios habría enfurecido tanto a Hipo Haddock para que anoche olvidara la maldición que había caído sobre ellos dos.
Xx.
—Durante generaciones, la Jefatura ha tenido la obligación de velar por la aldea por encima de cualquier interés personal. ¿Sabes a cuántas cosas renuncié yo por Mema?
Hipo se mordió la lengua. No iba abrir la boca. La ley del silencio era la mejor medicina contra su padre. Dos no discuten si uno no quiere, esa era su norma a partir de ahora. Era difícil de cumplir, porque su padre le estaba provocando para que saltara, pero no iba a dar su brazo de torcer.
Hipo no se iba a casar, fin de la discusión.
—¿En serio no vas a decir nada? —preguntó Estoico controlando la furia de su voz.
Hipo, que estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados, no cambió su cara de indiferencia. Desdentao observaba la escena preocupado.
—¿Ya es sabio que le cabrees todavía más?
A Hipo le hubiera gustado responderle, pero aunque Desdentao hablara en su cabeza, él sólo podía comunicarse con él mediante el lenguaje oral.
—Jamás pensé que volvería a verte comportándote como un crío.
Vale, aquello sí que le había dolido. Su padre se había levantado de su asiento e Hipo podía apreciar ese sentimiento que él conocía bien en sus ojos: decepción. Hipo apretó los puños para contener su ira.
—Estoico, no te pases, está en su derecho de estar enfadado —replicó Bocón—. La situación no es justa para él.
—Un Jefe debe asumir sus responsabilidades.
—¡Pero él no es Jefe, Estoico!
—¡Lo será algún día, Bocón! —gritó Estoico dando un golpe contra la mesa.
Su padre y el herrero empezaron a discutir acaloradamente. Hipo puso los ojos en blanco y acarició la cabeza de Desdentao para después ponerse el delantal de trabajo. Miró el listado de pedidos que Bocón le había asignado y se puso a trabajar, captando una vez más la atención de los dos adultos ahora estupefactos.
—¿Te vas a poner a trabajar así sin más como si esto no fuera contigo?
Sí, pensó Hipo. Ese era justo su plan.
—Será mejor que te marches Estoico, dale espacio y espera que se calme —insistió Bocón.
—¿Calmarse? ¡Si parece que le da igual! Con esto sólo consigue que todos los años de esfuerzo que hemos invertido en que aprenda a ser un líder digno para su pueblo se queden en nada.
Hipo sintió algo arder dentro de él. Era instantáneo, vibrante y candente. Una sensación reciente y familiar que ya había sentido la noche anterior en sus dedos y que ahora se extendía por todo su cuerpo. De repente, escuchó algo estallar. Estoico y Bocón gritaron cuando la piedra del afilador se rompió en mil pedazos.
—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó Estoico.
—No lo sé, esa piedra era nueva, es imposible que se haya roto así sin más.
Hipo sentía la sangre bombear en sus sienes. Las manos le temblaban y tenía mucho frío. Estoico y Bocón ya no le prestaban atención, así que aprovechó para acercarse a uno de los toneles de agua para echársela a la cara.
—Has sido tú —afirmó Desdentao.
—No he podido ser yo —siseó Hipo sin apartar la vista de los adultos que observaban las piedras incrédulos.
—¿Te has vuelto a besar con la bruja?
—¡No! —negó Hipo más alto de lo que le gustaría.
—Entonces, ¿cómo demonios explicas el truco de magia que acaba de pasar?
No lo sabía. Era sencillamente imposible. Lo de hablar con los dragones era genial y lo aceptaba con gusto, ¿pero usar magia de verdad? No. Para nada. Hipo no deseaba volver a experimentar esa sensación nunca más. Era terrorífico, desconocido y, sobre todo, inhumano. Podía haber herido a su padre y a Bocón por un simple ataque de ira y el sólo pensarlo le daba escalofríos.
Tenía que hablar con Astrid. Aunque las probabilidades de que le torturara fueran muy altas si efectivamente había tocado el vínculo —otra vez— sin darse cuenta. Aprovechando la distracción de los adultos, quienes no cesaban de discutir sobre qué demonios había destruído la piedra, Hipo se acercó de puntillas hasta la salida. Habría conseguido irse con éxito de no ser por Cubo, quien casi le tiró al suelo por la premura con la que entró en la herrería.
—¡Jefe! ¡Mis ovejas!
—¿Otra vez? —preguntó Estoico atónito— ¿Cuántas veces tengo que decirte que arregles esa maldita verja?
Estoico siguió a Cubo hasta la salida. Lanzó una mirada severa a su hijo, pero éste sacudió la cabeza de forma hostil para ignorarlo. Hipo no vio el rostro herido de su padre al marcharse.
—Deberías ser menos duro con tu padre, chico —le dijo Bocón con los brazos en jarras.
—¿Duro? ¿Yo? No es que quiera someterme a un matrimonio concertado con una perfecta desconocida. ¡Oh! ¡No! ¡Espera! Eso es exactamente lo que está haciendo —replicó Hipo con un amargo sarcasmo.
Bocón suspiró, cansado de tener que lidiar tanto con el padre como el hijo.
—A tu padre tampoco le hace gracia esta situación, Hipo. Él pasó exactamente por lo mismo, ¿sabes? —explicó Bocón.
—Creía que mis padres se casaron por amor —comentó Hipo confundido, sentándose sobre la mesa de trabajo de Bocón.
—Tus padres se amaban, pero no desde el principio —dijo Bocón con una sonrisa nostálgica—. Tu padre se enamoró a primera vista de tu madre, pero Valka… digamos que era un hueso duro de roer. Al principio les fue complicado conectar, porque eran totalmente contrarios. Si Estoico opinaba una cosa, Valka creía que era otra totalmente distinta. Cuando se casaron siempre estaban discutiendo, pero Estoico siempre terminaba cediendo cuando se trataba de tu madre.
Le resultaba extraño escuchar el nombre de su madre, pero era agradable escuchar sobre ella. Ni su padre ni Bocón lo hacían a menudo, Hipo sabía que era muy doloroso recordarla.
—¿Crees que mi madre apoyaría esto del matrimonio concertado?
—Ni en broma, si estuviera aquí es probable que persiguiera a Estoico por toda la aldea gritándole al oído por el simple hecho de mencionártelo —respondió Bocón con una carcajada—, pero tu padre no lo hace con mala intención, ¿lo sabes, verdad?
—No entiendo por qué está tan insistente con que tenga que casarme ahora. Me gustaría tener derecho de escoger y conocer a la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida, ¿sabes?
—Es perfectamente lógico que lo quieras, pero Hipo, tú al menos puedes escoger entre varias candidatas, tu padre ni siquiera pudo hacerlo. Conoció a Valka el mismo día de la boda.
Hipo se quedó mudo. ¿Conocer a su futura mujer en el mismo día de su boda? Su padre había tenido que estar aterrorizado.
—Al menos tuvieron suerte y aprendieron a quererse, aunque no fue fácil —insistió Bocón—. Tu padre se está esforzando en hacértelo lo más fácil posible y lleva años retrasando esto para darte la libertad que él sabe que mereces.
—Ya, lo sé, pero soy demasiado joven todavía y no me siento preparado en absoluto —se quejó Hipo amargamente ocultándose la cara en sus manos.
—Hipo, tu padre siempre ha querido lo mejor para ti pero, sobre todo, ha buscado la mejor manera de protegerte.
Hipo levantó la cabeza confundido y frunció el ceño.
—¿Como va este matrimonio a protegerme? —Hipo reflexionó un momento— ¿De qué me tiene que proteger mi padre, Bocón?
Bocón chasqueó la lengua, como si hubiera hablado demasiado, y torció el gesto de su boca.
—Tu padre me ha dicho que no te lo diga.
—Bocón…
—¡Vale, vale! ¿Recuerdas al viejo Gordmsen?
—¿Cómo olvidarlo? —alegó Hipo con sarcasmo.
—Su familia te acusa de haber hecho algo con el cadáver.
Hipo puso los ojos en blanco, harto de oír esa historia.
—Lo sé, pero creía que esas acusaciones había quedado en nada por falta de pruebas.
—Y así sigue siendo, pero eso no ha evitado que los Gordmsen hayan decidido hacer campaña contra ti y tu padre en el Consejo —explicó Bocón con voz sombría.
—Pero… no tienen pruebas, ni siquiera llegué a ver el cadáver porque Astrid no me dejó —razonó Hipo desconcertado.
—Todos estamos convencidos de tu inocencia, Hipo, pero la muerte del viejo ha sido clave para que los detractores de tu padre lo utilicen en vuestra contra y...
—Por eso mi padre ha decidido que un matrimonio sería la mejor solución a todo este embrollo —terminó Hipo por él.
—En realidad, ni siquiera fue idea suya; es más, al principio se opuso fuertemente a la propuesta, pero incluso sus partidarios consideran que es la mejor solución para reforzar tu imagen como heredero de Isla Mema y eliminar cualquier indicio de deslealtad hacia las familias del Consejo.
Hipo volvió a ocultar su cara entre sus manos y ahogó un quejido. Su padre había estado cargando con esto él sólo para protegerle del Consejo. Ahora comprendía su insistencia en el asunto del matrimonio y en su obsesión de que se casara lo antes posible. Y lo peor de todo es que sabía que no le quedaba más opción que acatar lo que su padre le pedía. Hipo sintió que le pesaban aún más los hombros, como si hubiera añadido más carga sobre ellos.
—Dale un respiro a tu padre, ¿quieres? —dijo Bocón poniendo su mano en su espalda— Sé que sus formas contigo no son las mejores, pero si no pones de tu parte sólo harás que la cosa se ponga más tensa y sólo vosotros acabaréis perjudicados de todo esto.
Hipo asintió la cabeza y Bocón respondió dándole una palmada en la espalda. Hipo recordó que tenía que ir a ver a Astrid y se bajó de la mesa, pero su leve cojeo captó la atención de Bocón enseguida:
—¿Qué demonios le ha pasado a tu otra prótesis?
Señaló la vieja prótesis que llevaba Hipo, mucho menos sofisticada y moderna que la que llevaba habitualmente.
—Se ha roto.
—¿Otra vez?
—Fue un accidente —se excusó él.
—Siempre es un accidente contigo, ¿no? ¡Menos mal que tu padre no se ha dado cuenta!
—No le digas nada, por favor.
Bocón le puso mala cara, pero asintió de mala gana. Bocón siempre cubriría sus espaldas, pasara lo que pasara.
—Por cierto, no sé si tenías intención de marcharte, el Festival del Deshielo está a la vuelta de la esquino y no paran de entrarme pedidos, por lo que escaquearte no es una opción. Y, además, tienes que arreglar tu prótesis. Así que no tengas tanta prisa de largarte de aquí.
Hipo suspiró.
Iba a ser un día muy largo.
Xx.
Astrid no soportaba la impuntualidad. Llevaba al menos media hora esperando a Hipo en el inicio de la ruta que llevaba a los Archivos. Se sintió tentada de ir a buscarle, pero algo dentro de ella le decía que no sería buena idea. Su instinto no le había fallado nunca y no iba a empezar a cuestionarlo ahora, por lo que se redujo a esperar.
Había sido un día de mierda.
Gothi le había encargado que hiciera las rondas con los pacientes ella sola, ya que la anciana se excusaba en encontrarse indispuesta. Astrid, a sabiendas que la vieja mentía, no tuvo otro remedio que obedecer. Había tenido que utilizar toda su fuerza mental y voluntad para no matar a nadie ese día, sobre todo porque los vikingos eran enfermos desquiciantes. Lo peor había sido ir a casa de Ingrid Gordmsen, quién la recibió con cara de pocos amigos y preguntando por Gothi. Astrid ofreció marcharse, pero la mujer finalmente la dejó entrar. Al parecer, la matriarca de los Gordmsen estaba resfriada y tenía mucha fiebre. Astrid rezó a los dioses para que no se muriera, no por lástima, sino porque no soportaría otro funeral de esa familia.
La anciana, de nombre Kaira, no era tan mayor como el viejo Gordmsen. Era muy delgada y tenía las manos finas, típicas en una mujer que apenas había trabajado en su vida. Astrid la atendió intentando disimular su disgusto de estar allí. Le dio el mejunje que Gothi había dejado preparado y controló sus pulsaciones y su respiración. Astrid recomendó reposo, control sobre la fiebre y que tomara la poción hasta que terminara. Hasta ahí todo había ido bien, hasta que la bruja se puso a recoger sus cosas y la mujer preguntó:
—¿Asta?
Astrid levantó la cabeza de su bolsa y observó que Kaira la miraba fijamente. Astrid frunció el ceño.
—Es Astrid, madre, la ayudante de Gothi —corrigió Ingrid, quién no había quitado ojo de Astrid en el tiempo que había estado allí.
—No, Asta.
Astrid miró a Ingrid sin saber qué hacer. La mujer puso los ojos en blanco y suspiró impaciente.
—Madre, tenéis que dormir. Astrid ya se marcha.
—¿Has venido a jugar, Asta? Lo siento, pero hoy no me encuentro muy bien.
El delirio era un síntoma entre los humanos que habitualmente divertía a Astrid, pero en aquella mujer le resultaba inquietante. Nunca se habían visto, ni siquiera en el funeral de su marido; y, sin embargo, parecía reconocer a Astrid como si la conociera de siempre.
—Creo que debes irte, sólo estás alterándola, Astrid —le pidió Ingrid con voz envenenada.
—S-sí, disculpa —balbuceó Astrid sin apartar la mirada de la anciana.
—Ahora, Astrid.
Astrid recogió el resto de sus cosas y se dispuso a salir cuando Kaira exclamó:
—¡Asta! ¡Ven mañana, por favor!
Astrid se despidió con un ligero asentimiento con la cabeza. Ingrid la acompañó hasta la puerta y fue bien clara:
—No quiero que vuelvas más. Dile a Gothi que sólo queremos que nos atienda ella.
—Lo siento, pero a veces la gente delira, yo no tengo la culpa de que tu madre lo haga —expresó Astrid ofendida.
—No queremos forasteras en esta casa —escupió la mujer con desprecio—. No vuelvas.
Astrid estuvo tentada en romperle el cuello. Sólo supondría una pequeña rotación de su muñeca y hasta nunca Ingrid Gordmsen. Era un pensamiento atractivo que se quedó en nada, porque la mujer le cerró la puerta en sus narices.
Astrid estuvo malhumorada el resto del día. Gothi no se sorprendió cuando le comunicó que Ingrid Gordmsen había prohibido la presencia de la bruja en su casa y Astrid se preguntó si la vieja la habría mandado allí para fastidiarla. No se volvieron a hablar en todo el día y Astrid estuvo entretenida en elaborar pociones y en mirar a las musarañas mientras esperaba impaciente a que anocheciera.
Y ahí estaba, esperando al hijo del Jefe quién llegaba tres cuartos de hora más tarde de la hora acordada.
Hipo terminó apareciendo una hora después cojeando más que corriendo, sudoroso y con la cara marcada por el estrés. Se sorprendió que viniera sin el Furia Nocturna.
—Por favor, antes de que empieces a torturarme, escúchame —suplicó él al ver la cara de pocos amigos de la bruja—. No había forma de que Bocón me dejara marchar y he tenido que inventar varias excusas hasta encontrar una que colara, pero es que luego me encontrado con la panda. Iban a salir esta noche a volar y querían que fuera con ellos, por tanto me he tirado otro buen rato intentando escaquearme para venir aquí.
—¿Dónde está el dragón? —preguntó Astrid con sospecha.
—¿Desdentao? Se ha quedado en casa, todavía necesita recuperarse del incidente de ayer —explicó él incómodo.
Astrid sacudió la cabeza un tanto azorada. La noche anterior había perdido el control sobre sí misma y se dejó llevar por su rabia. No se sentía orgullosa por sus actos y la vergüenza no era una sensación a la que estuviera acostumbrada. Hipo, sin embargo, había preferido dejar el tema a un lado e ir directamente al grano mientras cogían la ruta hacia los Archivos.
—¿Cual es tu plan?
—Dormir al guarda, entrar y buscar la información que necesitamos —respondió ella.
—Suena demasiado fácil —comentó él con recelo.
—Es que es muy fácil —concordó Astrid.
Aunque seguía bien el ritmo del paso acelerado de Astrid, Hipo cojeaba más de lo habitual. La bruja se dio cuenta que todavía no había arreglado su prótesis y llevaba una que se le quedaba un poco corta. A Hipo no se le escapó la mirada que Astrid lanzó a su piernas, pero no dijo nada. Sin embargo, la bruja no pudo evitar preguntárselo:
—¿Te duele?
—No, pero tampoco me conviene llevar durante mucho tiempo una prótesis que no tenga a medida —explicó él—. Sufro dolores de espalda y de cadera si lo hago. Sin embargo, para mañana tendré de nuevo mi prótesis preparada, así que no te preocupes por esto.
—No me preocupo —replicó ella—, aunque no debe ser fácil vivir así.
—Me imagino como en tu caso el no volar, ¿no?
Astrid se paró en mitad de camino y le observaba con una expresión claramente confundida.
—¿A qué te refieres?
No había enfado en su voz, pero era evidente que estaba sorprendida por su comentario. Hipo chasqueó la lengua incómodo.
—Por lo que me has dado entender, tú siempre has volado por tu cuenta. Eso me lleva a pensar que cuando pasó lo que pasó —Astrid asintió la cabeza entendiendo a qué se refería—, te quitaron algo que siempre tuviste. No es que sepa al cien por cien el dolor que ha supuesto para ti perder tu don de volar, pero me imagino que a día de hoy todavía sufres por ello —la bruja se mordió el labio, pero dejó que continuara—. Perder parte de mi pierna supuso un trauma, pero es un precio que tuve que pagar para salvar a mi gente y a los dragones. Volvería hacerlo sin dudarlo, pero aún sufro las consecuencias de la decisión que tomé hace siete años cuando decidí enfrentarme a la Muerte Roja. Desconozco tu caso y no quiero meterme donde no me llaman, pero me imagino que si las de tu aquelarre iban a matarte es porque estabas dispuesta a sacrificarlo todo por algo.
—¿No crees que iban a matarme porque hice algo malo? —preguntó Astrid sorprendida.
Hipo reflexionó un momento su respuesta.
—No me has dado razones para pensarlo —respondió él sacudiendo los hombros—. Quiero decir, tienes un humor de perros y eres sumamente agresiva, por no decir sádica; pero creo que se debe más a tu naturaleza de bruja que a tu propia persona. Por lo demás, pienso que cuando estás a buenas eres bastante agradable. Eso no te hace menos aterradora, por cierto.
Hipo retomó el camino, pero Astrid seguía parada, atónita por sus palabras. Negó con la cabeza, sin entender si estaba enfadada con él o abrumada por la empatía del vikingo.
—Jamás me he portado bien contigo, no entiendo por qué me estás diciendo todo esto.
Hipo se giró en su dirección con un gesto confuso.
—Astrid, nos salvaste de morir a causa de la epidemia. Ya te lo dije, siempre voy a estarte agradecido por eso —razonó él—. Aún sigo molesto por lo que nos hiciste ayer, pero después te redimiste y nos ayudaste. Te preocupas por los demás, aunque trabajas intensamente para que no se te note.
Astrid estaba totalmente desconcertada por sus palabras y por la sonrisa cansada que Hipo le regaló antes de ponerse en marcha. Se quiso golpear a sí misma al sentir el rubor en sus mejillas y quería que la tierra le tragase. La había expuesto de una forma tan humana y sincera que Astrid no podía siquiera enfadarse con él.
Algo dentro de ella le urgía a que le dijera la verdad sobre su expulsión del aquelarre. Era más que probable que Hipo le escuchara y la entendiera; hasta ofrecería su ayuda sin que Astrid se le sugiriera siquiera. Pero la bruja era demasiado orgullosa para aceptar el apoyo de nadie, más aún de un humano. No. Su prioridad era romper el vínculo con él y aprovechar la oportunidad que se le había dado para acabar lo que había empezado antes de que sus hermanas la descubrieran. Todo lo demás carecía de importancia si lo conseguía.
Los dos jóvenes se escondieron tras unos matorrales cuando llegaron a la entrada de los Archivos. Un hombre, de aspecto aburrido, rondaba la puerta arrastrando los pies y bostezando. A Astrid le llamó la atención la majestuosidad de las puertas de piedras que estaban decoradas con simbología antigua del pueblo de Isla Mema. La biblioteca vikinga se había construido hacía seis generaciones dentro de una caverna que se encontraba dentro la montaña de Isla Mema. Hipo le había explicado que hasta hace pocas generaciones cualquiera podía acceder a los Archivos, pero hace años, a causa de un invierno apoteósico, los ciudadanos de la aldea iban a los Archivos para robar libros y quemarlos para resguardarse del frío. La acceso restringido a la biblioteca había sido ordenada por el bisabuelo de Hipo, Horrendus Haddock II, y así había continuado hasta día de hoy.
—¿De verdad crees que encontraremos aquí algún tipo de información útil? —preguntó Astrid observando la actividad del guarda.
—El Archivo tiene más libros de los que he podido leer nunca y tiene varias secciones a las que nunca me he aventurado a investigar —explicó él en voz baja—. Esta biblioteca es de las más grandes del Archipiélago. Si hubo actividad de brujería hace generaciones por las islas, tiene que haber registros e investigaciones sobre eso aquí.
—¿Cómo estás tan convencido? —insistió Astrid con desconfianza—. No quiero burlarme todavía más de tu gente, Hipo, pero no presumís de ser la sociedad más avanzada e inteligente del continente.
—No somos tan adelantados como los romanos, si es que nos comparas con ellos —replicó Hipo molesto—, pero algunos vikingos también respetamos el arte y la literatura a nuestra forma. Este Archivo ha sido siempre el tesoro de Isla Mema, aunque muchos no lo valoren como tal, y me aseguraré que siga siendo así.
El guarda de la puerta se paró de repente y agacharon aún más sus cabezas entre los matorrales conteniendo la respiración. El hombre miró a su alrededor y sacó de su pechera una petaca de la que dio un trago largo. Hipo observó la escena indignado, mientras que Astrid puso los ojos en blanco por la escasa inteligencia que mostraba tener el guarda. No iba a ser un trabajo complicado dormirle.
—Espérame aquí —le ordenó Astrid.
Hipo obedeció, curioso por observar lo que la bruja había planeado. Cuando el guarda les dio la espalda, Astrid se deslizó entre los matorrales hasta estar a una distancia prudencial del guarda. Esperó a que éste volviera a sacar el alcohol de su pechera y atacó. Hipo esperaba que la bruja usara su magia, pero le sorprendió con un ataque físico al guarda. Fue tan rápida al noquearle, que el hombre apenas tuvo tiempo para darse cuenta de quién le había atacado. Cayó inconsciente y el alcohol que quedaba en su petaca se derramó por el suelo, mojando su barba rubia. Hipo salió de su escondite fascinado y aterrado por la frialdad y la efectividad de la bruja en suataque. Astrid se agachó junto al guarda y puso los dedos sobre el cuello del hombre. Después recitó unas palabras en voz baja e Hipo sintió la ya conocida vibración mágica en sus dedos.
Entonces recordó que todavía no le había contado a Astrid sobre el incidente "mágico" que había sucedido esa misma mañana en la herrería.
Sin embargo, aquel no era ni el momento ni el lugar para hacerlo. Probablemente nunca sería un buen momento para decírselo.
—Éste ya no se levanta hasta el amanecer —dijo Astrid levantándose y sacudiendo su manos—. ¡Ey! No te quedes ahí como un pasmarote y ayúdame con las puertas.
—S-sí, perdona —tartamudeó Hipo saliendo de su ensoñación.
Entre los dos abrieron una de las puertas de piedra y entraron a una sala que estaba tenuemente iluminada por un par de antorchas. Al fondo del lugar se encontraban unas escaleras que llevaban hacia el interior de la montaña. Hipo agarró una de las antorchas, pero Astrid invocó una pequeña llama en su mano que alumbraba mucho más. Hipo podía sentir el calor en su mano, pero estaba lejos de quemarle.
Bajaron la escalera en silencio. Hacía mucho frío y la escalera estaba tan desgastada que Hipo tenía que estar mirando constantemente al suelo para no caerse, lo cual retrasaba considerablemente el paso. Astrid estuvo a punto de ofrecer su ayuda, pero temía que aquello resultara ofensivo para él. No obstante, Hipo perdió la paciencia enseguida y preguntó:
—¿Te supondría mucha molestia si me apoyo en ti? A este paso, va amanecer y no habremos terminado de bajar estas malditas escaleras.
Astrid asintió con la cabeza e Hipo dejó la antorcha en el suelo. Evidentemente incómodos por la situación, Astrid rodeó con su brazo la cintura de Hipo mientras éste hacía lo mismo rodeando los hombros de la bruja.
—A este paso vamos a convertir esto en una costumbre —bromeó Hipo nervioso.
Astrid tenía que haberse reído por su chanza, pero estaba tan abrumada por el calor que el vikingo expulsaba de su cuerpo que apenas podía concentrarse en bajar las escaleras. Al menos esta vez Hipo contaba con sus dos piernas y no tardaron tanto en llegar hasta el final del camino, que daba a una puerta antigua de madera. Hipo se soltó del agarre de Astrid para abrir la puerta y la bruja fue inundada por una sensación de frío que le dolió en el pecho. Sabía que aquellas impresiones físicas —y muchas veces emocionales— las producía el vínculo, pero no las hacían menos reales. Respiró hondo antes de seguir a Hipo al interior de los Archivos.
La sala estaba más iluminada que las escaleras y la entrada, pero Astrid tuvo que forzar la vista para poder determinar la inmensidad del lugar. No era la biblioteca más enorme que Astrid había visto, en el continente las había visto más grandes, pero se sorprendió por la cantidad de estanterías y libros que se escondían en el interior de la montaña de Isla Mema. Ahora entendía porque Hipo consideraba este lugar como el tesoro de su pueblo.
La bruja nunca había estado especialmente interesada en leer a menos que fuera estrictamente necesario. Durante toda su vida había sido forzada a estudiar medicina, hechizos e idiomas por sus superiores. Nunca había disfrutado del estudio porque siempre la habían considerado de menos por no ser tan talentosa e inteligente que sus hermanas. Astrid se había pasado la mayor parte de su infancia y pubertad estudiando para demostrar que ella no era inferior a las demás y lo había pasado fatal. Lo mismo había pasado durante su entrenamiento para convertirse en una de las guerreras de la Reina Le Fey. Astrid siempre estaba o entrenando o estudiando para demostrar que no era una don nadie.
Era triste pensar que todos aquellos esfuerzos habían resultado en balde y ahora estaba perdida en ninguna parte rodeada de humanos y sin poder marcharse.
—¿Te importa apagar tu llama? —preguntó Hipo de repente, sacándola de sus pensamientos.
Astrid observó el fuego de su mano y arqueó la ceja.
—No me mires así, este sitio es altamente inflamable —insistió cruzándose de brazos.
—No tenía intención de quemar este sitio, Hipo.
—Lo sé, pero me quedaría infinitamente más tranquilo si apagaras la llama.
Astrid puso los ojos en blanco, pero obedeció sin discutir. Aprovechando que ya no era un peligro andante para el lugar, se acercó a la estantería más cercana y cogió un libro al azar. Las tapas de cuero estaban muy desgastadas y Astrid sólo pudo leer "Erik el Ro…" que estaba escrito en nórdico antiguo. Volvió a dejar el libro en su sitio y escuchó la voz de Hipo a su espalda.
—Por aquí.
Siguió al vikingo por un laberinto de estanterías. Observó que la biblioteca se dividía por secciones según la temática. Había toda clase de áreas, desde metodologías para el tratamiento del metal hasta minerales, piedras y otras piedras preciosas. No le pasó por alto el barrido que Hipo le dio a la sección que rezaba "Dragones y dragomaquia", pero no se detuvo. Caminaron hasta un reducido conjunto de estanterías que estaba catalogada como "Mitos y leyendas". Astrid arqueó las cejas e Hipo se defendió con una sonrisa:
—¿Esperabas una sección de "Brujas y vínculos mágicos con humanos"?
—No, pero tampoco me esperaba que mi raza estuviera catalogada como un mito aquí.
—Tú misma me dijiste que hacía años que las brujas no vivíais en el Archipiélago —intentó Hipo comprender.
—Y así es.
Se acercó a la estantería y acarició los libros con delicadeza, como si fueran a deteriorarse entre sus dedos.
—¿Por qué estabais aquí cuando iban a matarte?
Astrid se quedó en silencio. Leyó los títulos y, curiosamente, reconoció un par de ellos de la biblioteca de su aquelarre que estaban escritos en un lenguaje que Astrid chapurreaba. Lo llamaban inglés. Estaba convencida de que nadie en la isla podría leerlos. Hipo suspiró a su espalda y empezó a observar los antiguos tomos en la estantería que estaba a su lado.
Astrid se sintió culpable.
—Vine aquí a buscar algo —soltó casi sin pensar.
—¿Qué? —preguntó Hipo sorprendido.
—Que vine aquí a buscar algo que me prohibieron investigar y quisieron matarme por eso —explicó ella sin apartar la mirada de los libros.
Astrid odiaba sentirse vulnerable, pero lo que ya no podía soportar eran las ganas de llorar. Hacía años que había conseguido controlar sus lloros, puesto que la Reina Le Fey odiaba a las niñas lloronas. Astrid no era alguien que tendiera a llorar y mucho menos a verse vulnerable, pero no supo si era por el vínculo influenciado por la cercanía de Hipo o por el peso que llevaba cargando desde hacía meses en su pecho que le era difícil controlar sus propias emociones. Se mordió el inferior y levantó la vista hacia Hipo, quién la observaba con tristeza.
—¿Llegaste a encontrar lo que buscabas?
Astrid se esperaba otra pregunta mucho más evidente que esa. Pero la discreción de Hipo era un rasgo que Astrid siempre había admirado de él. Siempre había respetado la intimidad de ella, aunque sabía que se moría por saber muchas más cosas de su pasado. Pero Astrid no se sentía ni preparada ni convencida de que Hipo necesitara conocer toda la verdad.
—No —respondió ella simplemente.
—Lo siento.
Sus palabras eran honestas. Astrid lo sabía. El muy bobo era como un libro abierto para ella y era tan fácil de leer.
—Lo encontraré, pero ahora mi máxima prioridad es encontrar la forma de romper el vínculo para que pueda seguir buscándolo.
—Pensaba que querrías romper el vínculo para volver con tus hermanas —comentó Hipo desconcertado.
—No pienso volver nunca más —afirmó ella cogiendo un libro al azar—. Sólo quiero ser dueña de mi propio destino, nada más.
—¿No es al final lo que buscamos todos? —declaró él con amargura.
Hipo caminó hasta una mesa que se encontraba cerca cargado con un par de libros y se sentó sobre la misma. Hizo un gesto de dolor y se masajeó la parte baja de su espalda. Astrid se acercó, desconcertada todavía por lo que acababa de decir.
—¿Estás bien?
—Sí, sí, la pierna, ya sabes —dijo Hipo quitándole importancia abriendo uno de los libros.
—No me refiero a eso.
Hipo se hizo a un lado cuando Astrid se sentó también en la mesa. La bruja encendió una vela que se encontraba sobre la misma con su magia para poder observar con atención su rostro cansado. No por ello le hacía menos atractivo. Hipo presumía de tener una belleza masculina poco común entre los vikingos, pero su cara angulosa llena de pecas le fascinaba, por no hablar de sus ojos verdes.
El vikingo no apartó la vista cuando ella clavó sus ojos azules, como el cielo en verano, en los suyos. Tampoco rechazó su mano al posarla sobre su mejilla e Hipo apreció algo que nunca pensó que vería en ella: ternura.
—¿No te cansas de cargar con el peso del mundo sobre tus hombros? —preguntó Astrid.
—¿Tengo acaso otro remedio? —replicó él con aflicción.
Astrid sabía que Hipo cargaba con demasiadas responsabilidades, pero había algo que se le escapaba. Hipo había nacido para ser un líder, lo llevaba en la sangre y tenía madera para ello. Pero, ¿qué le estaba torturando tanto como para que la noche anterior quisiera escaparse de Isla Mema? Casi podía sentir su dolor y su cansancio dentro de ella, como si le estuvieran rascando el cerebro para que lo sufriera tanto como él.
Quería apaciguar su mal. Necesitaba hacerlo.
Y casi sin darse cuenta, la bruja acercó su rostro al del vikingo sin apartar por un segundo sus ojos de los suyos. Hipo no se alejó, probablemente emborrachado por la influencia del vínculo en él, pero sí consiguió balbucear:
—A-Astrid, ne-necesito decirte algo.
Astrid acercó su cuerpo al suyo e Hipo pudo sentir su cálido aliento en su cara. Hipo tuvo que emplear toda su voluntad para no alcanzar sus labios.
—Astrid —consiguió decir con voz firme.
—Hipo —repitió ella con el mismo tono.
—N-no quieres hacer esto —dijo él.
—Tú no decides sobre lo que quiero y lo que no —replicó ella—. La pregunta es, ¿quieres hacerlo tú?
Hipo no respondió. Sabía que aquello no estaba bien, que probablemente estaban embriagados por la influencia del vínculo. Pero se preguntó a qué sabría la boca de Astrid cuando no estaba ebria de hidromiel. Era una mala idea. Terrible. Y le generaba cierta incertidumbre el sólo pensar en las consecuencias les traería ese beso.
Pero, ¿acaso importaba eso ahora?
Pronto se casaría y ya no sería libre para hacer estas cosas. Quería darse el lujo, por una vez, de hacer lo que realmente haría cualquier chico de su edad libre de responsabilidades.
Astrid lo leyó en sus ojos y se adelantó a besarle.
Aquel beso fue totalmente distinto al primero. El primero fue apasionado, húmedo y alocado, pero Hipo apenas fue consciente de lo que hizo por el exceso de alcohol en sus venas. Este fue lento, casi delicado y tímido, como si ambos estuvieran controlando la pasión que guardaban el uno por el otro. Hipo se arriesgó a profundizar beso, permitiendo que su lengua se adentrara más en la boca de Astrid. Ésta gimió satisfecha y le imitó.
No supo en qué momento Astrid se puso sobre él y le agarró del pelo. Hipo tembló excitado al notar el cosquilleo de su cuero cabelludo, agradecido por el tacto de los vibrantes dedos de la bruja. Él no pudo evitar colocar sus manos en su cintura y empujarla más cerca de su cuerpo. De repente, Astrid rompió el beso, pero antes de que Hipo pudiera quejarse, la bruja empezó a succionar su cuello. Hipo ahogó un gemido al escuchar el provocador sonido de la boca de Astrid chupando la zona más sensible de su cuello. Estaba convencido de que quedarían marcas del paso de su labios por él, pero esa era la menor de sus preocupaciones.
Agarró con suavidad el pelo de Astrid y la llevó de nuevo a sus labios, no sin antes dar una suave mordida al labio inferior. Astrid suspiró contra su boca y comenzó a bajar su manos dirección a su estómago. Metió una de sus manos bajo su túnica y acarició su abdomen. La bruja rompió el beso una vez más, con el ceño fruncido, aunque con una pícara sonrisa dibujada en sus labios.
—¿Tienes abdominales? Y yo que pensaba que eras un saco de huesos.
Hipo no pudo responder ya que la mano de Astrid le tenía demasiado distraído. Volvió a besarle en el cuello, mientras la mano de la bruja empezaba a descender lentamente por su bajo vientre directa a su entrepierna.
Pudo escuchar en el fondo de su cabeza una vocecita que le decía que estaban cruzando el límite de lo establecido. Una cosa era besarse, otra muy distinta era todo lo demás.
Pero Hipo no le hizo caso. Es más, se atrevió a subir una de sus manos hacia los pechos de Astrid. Ésta soltó un quejido contra su cuello cuando Hipo apretó uno de ellos. Comenzó a masajearlo con suavidad disfrutando del peso del seno en su mano, aunque molesto por la intromisión de su ropa y sus vendas. No obstante, no tardó en sentir el pezón erecto de Astrid en la palma de su mano.
Astrid volvió a besarle mientras encontraba la hebilla de su pantalón. Los dos jóvenes estaban tan concentrados en poseerse sus bocas que no oyeron el chirrido de la puerta de la puerta de la entrada abrirse. Hipo estaba a punto de quitarle la camiseta a Astrid cuando los oyó:
—¡Hipo! ¿Dónde demonios estás?
Se quedaron helados. Hipo con el pantalón desabrochado y con una erección que le estaba matando de dolor y Astrid con el pelo despeinado y jadeando. Había pánico en sus miradas, aquella voz pertenecía a Estoico el Vasto.
—¡Hipo! —volvió a llamar su padre furioso.
—Escóndete —susurró Hipo con voz tan baja que Astrid tuvo que leerle los labios.
La bruja no lo dudó. Bajó de un salto de la mesa y buscó un sitio donde ocultarse. Fue a esconderse entre unas estanterías, pero Hipo le cogió del brazo y la guió hasta el otro extremo del pasillo. La luz de la antorcha de Estoico se estaba acercando cada vez más.
Hipo sentía la sangre bombear en sus oídos. Astrid jadeaba a su lado nerviosa. Encontraron un pequeño hueco de estanterías e Hipo empujó a Astrid dentro. De repente, Astrid vio que una luz iluminaba el rostro de Hipo y la voz del Jefe de Isla Mema preguntando:
—¿Qué demonios estás haciendo ahí, hijo?
Xx.
