CAPITULO 7
POCO después, Bella entraba en el restaurante del hotel junto con Edward. Jake estaba sentado con una chica que debía de ser Rosalie. Esta tenía la piel muy blanca y el pelo rubio con mechas rosas recogido en un moño de bailarina. La mirada marrón clara era desafiante e insegura al mismo tiempo.
Bella fue directa a ella y le ofreció la mano.
—Hola, supongo que eres Rosalie. Yo soy la hermana de Jake, Bella. ¿Qué tal lo estás pasando en Montecarlo? Es un lugar increíble, ¿verdad?
Rosalie le dio la mano y esbozó una sonrisa que la hizo todavía más guapa.
—Hola, Jake me ha hablado mucho de ti. Me alegro de que estés aquí —contestó la chica mientras fulminaba a Edward con la mirada—. Él no me va a escuchar. Y no voy a ir a un internado, diga lo que diga.
Bella se dio cuenta de que iba a hacer falta tiempo y confianza para convencer a Rosalie. Por su parte, Jake también estaba mirando a Edward con desconfianza y antipatía.
—Sentémonos a desayunar —añadió Bella—. Rosalie, Jake me ha contado que estás trabajando en una tienda de moda. ¿En cuál exactamente?
No le costó mucho esfuerzo conseguir que Rosalie se relajase, pero seguía habiendo mucha tensión entre Jake y Edward.
Después de que el camarero retirase los platos, Bella sonrió a Rosalie y a Jake, que estaban de la mano, y les dijo:
—En fin, yo os veo muy bien juntos. Ambos tenéis trabajo para todo el verano y parece que vuestro alojamiento es agradable. Edward va a ir a recoger su coche y Jake le va a devolver el dinero que tomó prestado poco a poco. Nosotros también nos vamos a quedar por aquí unos días, por si necesitáis algo, ¿de acuerdo?
Jake torció el gesto.
—¿Te vas a quedar con él? —inquirió con desprecio.
Bella sintió calor en las mejillas.
—Hacía siglos que no me tomaba unas vacaciones y Rosalie me ha contado que en Niza hay muchas tiendas de antigüedades interesantes. Tal vez pueda encontrar algún libro que merezca la pena para mi jefe. Será como buscar un tesoro.
Jake fulminó a Edward con la mirada.
—Como le pongas un dedo encima a mi hermana...
—Mi vida sexual no es asunto tuyo —replicó Edward con los ojos brillantes—. Ni la de tu hermana, tampoco.
Jake miró a Bella.
—¿Te estás acostando con él?
—Esto... ya has oído lo que ha dicho Edward. No es asunto tuyo.
Jake se mostró ligeramente avergonzado.
—Siento todos los problemas que he causado. No sabía que salíais juntos. Espero no haberte perjudicado, Bella.
—Por supuesto que no —respondió ella—. Edward es muy comprensivo, ¿verdad?
—Mucho.
—No se lo contaremos a nadie —intervino Rosalie—. Lo siento, Edward. Siento haberme portado así contigo. Tal vez, si fueseis a vivir juntos, podría mudarme con vosotros. Eso sería estupendo.
«En menudo lío nos estamos metiendo», pensó Bella.
—Bueno, entonces todo arreglado. ¿Alguien quiere otro cruasán?
...
Edward mantuvo la mano alrededor de la cintura de Bella después de que los chicos se hubiesen marchado.
—Me sorprende que todo haya ido tan bien.
—¿Te parece que ha ido bien? Se suponía que íbamos a mantener lo nuestro en secreto.
—No voy a permitir que un adolescente me diga con quién tengo que acostarme —comentó Edward mientras salían del restaurante e iban en dirección a los ascensores—. Y tú tampoco deberías hacerlo.
—Lo sé, pero...
—Pero nada, Bella —la interrumpió Edward—. Eres una adulta y tienes derecho a tener vida privada. Lo has hecho muy bien con Rosalie, te ha escuchado. Tal vez hasta la convenzas de que lo mejor es que vaya a un internado.
—Parece una buena chica. Me gustaría pasar más tiempo con ella, pero tú deberías intentar ser un poco más suave con Jake. No te lo vas a ganar si eres tan duro con él.
Edward tocó el botón de su piso.
—No me interesa ganármelo. Lo único que quiero es recuperar mi coche y mi dinero.
—Entonces, ¿por qué no llamaste directamente a la policía? ¿Por qué me metiste a mí en esto?
Él tenía la mirada clavada en el panel que mostraba el piso por el que iban pasando.
—Soy consciente de que no ha tenido una niñez fácil —contestó por fin—. Tú lo has hecho lo mejor posible, pero necesita un modelo masculino en su vida. Alguien estable y de fiar, que lo apoye.
Bella se sintió esperanzada.
—¿Te estás ofreciendo voluntario?
Las puertas del ascensor se abrieron y Edward la agarró de la mano y salió.
—Ya tengo que ocuparme de una adolescente de la que, en realidad, no soy responsable. No necesito otro más.
—Quiere trabajar en hostelería —le contó Bella una vez dentro de la suite—. Es la primera vez que tiene un objetivo y quiero que intente conseguirlo. Por eso me parece perfecto que se pase el verano aquí, trabajando. Además, así estará alejado del grupo con el que solía salir, y pienso que Rosalie es una buena influencia. Saca la parte protectora que hay en él.
Edward espiró.
—No puedo evitar pensar que Rosalie es demasiado joven para quedarse aquí con un chico que podría dejarla tirada en cualquier momento.
Bella volvió a pensar que ella no había tenido a nadie que la protegiese de niña. Y se dijo que Edward sería un padre estupendo algún día.
—Rosalie te importa, ¿verdad?
Él se encogió de hombros y tomó sus gafas de sol de la mesita del café.
—Tengo que ir por el coche. La agencia de alquiler va a pasar a recoger el que alquilamos. ¿Quieres acompañarme o prefieres quedarte aquí?
Bella intentó descifrar su expresión para ver si él prefería que lo acompañase o no, pero solo vio que tenía el ceño fruncido.
—¿Qué prefieres tú?
El rostro de Edward se relajó. Levantó la mano y le acarició la mejilla con los nudillos.
—¿No quieres ir a ver esas tiendas de antigüedades?
Bella le sonrió.
—Si no te importa.
—Por supuesto que no.
...
Aproximadamente una hora después Edward estaba observando a Bella en una tienda de antigüedades. Parecía una niña a la que le hubiesen dado carta blanca en una tienda de caramelos. Su expresión era de entusiasmo, le brillaban las mejillas mientras tomaba un libro y después otro, y los trataba todos con el mayor cuidado. En la tienda había de todo: joyas, vajillas, porcelana, figuras de bronce, muebles y relojes, pero lo que le interesaba a ella eran los libros. Libros viejos que olían a polvo y estaban estropeados, pero que ella trataba como si fuesen objetos impagables.
Bella levantó la vista desde su rincón y miró a Edward.
—Siento tardar tanto —se disculpó—. Supongo que te estás aburriendo mucho, pero es que este lugar es increíble. He encontrado tres primeras ediciones y una copia excepcional de un libro de poemas de Tennyson.
Bajó la voz para susurrar:
—No creo que el dueño sepa el valor que tiene todo esto, porque algunas ediciones están en inglés en vez de en francés.
Edward tomó uno de los libros que Bella había apartado. El precio era, no obstante, alto. Pensó que era gracioso, que todas las mujeres con las que había salido hasta entonces se habían vuelto locas por las joyas y la moda, mientras que a Bella lo que le fascinaba era los libros viejos.
—Pediré que los envuelvan y te los envíen, porque no te van a caber en la maleta.
Ella se mordió el labio inferior.
—No puedo comprarlos todos... solo me voy a llevar un par de ellos.
Edward sacó la cartera.
—Yo los compraré. Al fin y al cabo, soy el que te ha traído hasta aquí. Regalártelos es lo mínimo que puedo hacer.
Ella se ruborizó, pero Edward no supo si era por vergüenza o gratitud. Tal vez ambas cosas.
—Gracias.
Cuando salieron de la tienda de antigüedades, Edward sugirió ir a Cannes a comer y la llevó a un restaurante que estaba cerca del Palacio de Festivales y Congresos en el que todos los años, en el mes de mayo, se celebraba el Festival de Cine. Si Bella había pensado que Montecarlo estaba lleno de gente guapa, Cannes le pareció todavía peor. Edward había sido muy amable al regalarle los libros antiguos, pero cuando entraron en el local lleno de mujeres vestidas de diseñador ella volvió a sentirse fuera de lugar. Se preguntó si Edward lo habría hecho a propósito para que se sintiese así.
Fue como volver a aquella horrible fiesta, ver a las chicas susurrando y señalándola, oír al chico con el que se había acostado reírse con sus amigos y haciendo comentarios acerca de lo gorda que estaba. Siempre que entraba en un lugar lleno de personas guapas retrocedía al pasado.
—¿Qué vas a beber? —le preguntó Edward cuando estuvieron sentados.
—Agua.
Él la miró con el ceño fruncido.
—¿Te pasa algo?
Bella lo fulminó con la mirada.
—¿Qué me va a pasar?
Edward dejó la carta encima de la mesa y la estudió con la mirada.
—Dímelo tú.
Ella apretó los labios y clavó la vista en la carta.
—Apuesto a que todas las mujeres del restaurante se están preguntando qué haces aquí sentado, conmigo.
—Bella...
—Salvo que me estés utilizando solo para...
—Ya basta —la interrumpió él.
Bella lo miró a los ojos.
—Este sitio no es para mí. Y tú lo sabes.
La expresión de Edward se suavizó, alargó la mano para tomar la suya.
—No tienes derecho a sentirte fuera de lugar. Eres mucho más guapa de lo que piensas. Y la ropa no lo es todo, ma petite. La ropa no te define como persona. El comportamiento y los valores, sí.
Ella clavó la vista en sus manos unidas.
—Después de aquella fiesta... la que te conté... en la que se rieron de mí. No fueron solo los chicos, sino también las chicas. Se rieron de mi figura y de mi ropa, de mi pelo y de mi piel. De todo.
Edward le apretó la mano para reconfortarla.
—Ojalá pudiesen verte ahora. Estoy seguro de que les ganas a todos, tanto por fuera como por dentro.
—Mi madre se gastaba todo el dinero en ropa. En vez de gastárselo en sus hijos, se compraba ropa que solo se ponía una o dos veces. Y yo me negaba a utilizarla porque era demasiado atrevida. Nunca quise que me comparasen con ella.
—Personalmente, yo prefiero cómo te vistes tú, pero si quieres que te ayude a renovar el armario, aquí hay tiendas estupendas. Considéralo un regalo.
Bella quiso decirle que no, pero la idea de pasar toda la semana vestida de negro y gris cuando hacía tan buen tiempo tampoco le gustó.
—Te devolveré el dinero si me das un par de meses.
—Olvídalo. Te lo debo. No habría podido hablar con Rosalie si tú no estuvieses aquí. Has sido maravillosa con ella.
—Bueno, tú también la estás ayudando mucho.
—Solo cumplo con mi deber moral —respondió Edward—. Supongo que en cuanto se gradúe no volveré a tener noticias suyas.
—Yo no lo tengo tan claro —comentó Bella—. Me parece que siempre vas a estar a su disposición. Eres una buena persona, Edward, y me gustaría que mi hermano aprendiese de ti.
Él sonrió de medio lado.
—Ten cuidado, ma petite, o voy a pensar que te estás enamorando de mí. ¿Recuerdas las reglas del juego?
¿Cómo se le iban a olvidar? Bella puso los ojos en blanco y tomó su vaso de agua.
—Tendrías que comprarme mucho más que ropa para que me enamorase de ti. No es que no me guste cómo eres, pero el amor es otra cosa. Yo no soy como mi madre, que se enamora y desenamora con facilidad.
—¿Y qué es de tu madre ahora?
Bella se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? Supongo que está por ahí gastándose mi dinero, con algún hombre del que piensa estar locamente enamorada.
—¿Tu dinero?
—Lo sé, lo sé, pero no es de las que aceptan un no por respuesta. Y no puedo evitar pensar que es capaz de hacer cualquier cosa si no la ayudo yo.
Edward frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
Bella clavó la vista en el mantel blanco.
—A hacer lo que sea necesario para sobrevivir.
Edward volvió a tomar su mano.
—¿Así es como te chantajea? ¿Con que va a vender su cuerpo si no la ayudas?
—Chantajear es una palabra muy fuerte...
—¿Desde cuándo lo hace?
Bella intentó apartar la mano, pero él no se la soltó.
—Prefiero no hablar del tema.
—Bella —le dijo él con firmeza—. ¿Cuánto tiempo hace que te pide dinero?
Ella lo miró a los ojos azules grisáceos y sintió que se venía abajo. Se preguntó cómo iba a mantenerse fría, cómo no iba a enamorarse un poco de él. Era la primera vez que alguien se preocupaba por ella.
—Desde que conseguí mi primer trabajo a tiempo parcial de adolescente —le confesó—. No se le da bien administrarse. Es demasiado impulsiva. Sé que, a estas alturas, debería negarme, pero sigue habiendo en mí una parte de niña pequeña que desea ser querida por su madre.
—Le tienes que decir que no, Bella. Si no, esto no se va a terminar nunca.
—Lo sé, pero...
—Te está utilizando. Si de verdad te quisiera antepondría tus necesidades a las suyas, pero eso es algo que nunca ha hecho, ¿verdad? Se supone que es el adulto el que debe cuidar del niño, no al revés. Si te llama, quiero que me dejes hablar con ella.
Bella supo que no lo haría, sobre todo, porque sabía que su madre era capaz de decirle cualquier inconveniencia a Edward.
Después de comer fueron de compras en Cannes. Por una vez, Bella se sintió como una princesa, intentó no darle vueltas al tema y decidió disfrutar de aquella oportunidad por una vez en la vida. Según se fue probando ropa y mirándose al espejo, se sintió como otra persona, una persona sofisticada y glamurosa incluso en bañador.
Cuando terminaron las compras Edward le preguntó si quería ver algo más antes de que volviesen al hotel. Ella estaba deseando volver a la suite y estar entre sus brazos, pero también deseaba volver a ver la casa de la colina en la que había veraneado de niña. No estaba segura de dónde estaba, pero recordaba que el pueblo se llamaba St. Paul de Vence, y había visto en un cartel que se encontraba a solo media hora de Cannes.
—¿Viniste aquí de niña? —le preguntó Edward cuando ella le contó lo que quería.
—Sí. Fueron las mejores vacaciones de toda mi vida. Bueno, las únicas. El novio de mi madre era muy agradable, ojalá no lo hubiese dejado por otro que nos trató fatal a Jake y a mí. Sus padres tenían una casa en las colinas y pasamos una semana allí. Me pareció un lugar increíble... Aunque tal vez lo recuerde como algo que no es, me encantaría volver a verlo.
Edward le abrió la puerta del coche.
—Entonces, vamos a intentar encontrar esa casa. En cualquier caso, tengo entendido que merece la pena visitar el pueblo, dicen que es uno de los más bonitos de la Costa Azul.
Durante el viaje, Edward le habló de la historia del pueblo, que estaba rodeado por una muralla construida en el siglo XIV por orden de Francisco I. Mientras escuchaba su voz profunda, Bella se dijo que no le vendría nada mal levantar alguna muralla alrededor de su corazón.
El pueblo era tal y como Bella lo recordaba, rodeado de bosques, con las calles empedradas llenas de maravillosas tiendas, cafeterías y galerías de arte. Edward la tomó de la mano, pasearon y le hizo fotos.
—¿Les hago una a los dos juntos? —preguntó un turista que pasaba por su lado.
Bella iba a contestarle que no cuando Edward le dio el teléfono a la señora.
—Estupendo, muchas gracias.
Luego abrazó a Bella por los hombros y sonrió de oreja a oreja mientras les hacían la fotografía.
—Algún día se la enseñarán a sus nietos —comentó la señora.
Bella forzó tanto la sonrisa que le dolió la cara.
—Sí.
Cuando la señora se alejó, Edward enlazó el brazo con el de ella y le dijo:
—¿Sabías que la petanca de aquí es la más famosa de toda Francia?
Ella se alegró de que continuase con la clase de historia. Pensar en el futuro, en un futuro que jamás compartiría con Edward, era demasiado doloroso. Continuaron paseando por el pueblo y se sentaron en una cafetería a tomar un refresco. Estaba allí sentada, esperando a que Edward terminase de atender una llamada de trabajo, cuando Bella vio la casa en la que había estado de niña. Estaba fuera del pueblo, en una colina, rodeada de viñedos y en peor estado de lo que recordaba.
—¡La he encontrado! —exclamó, mirando a Edward—. Estoy segura de que es esa. No está en el mismo estado que entonces, pero es esa.
Él se llevó la mano a los ojos para hacerse sombra.
—Tiene un cartel de Se Vende. ¿Lo ves?
Bella solo podía ver la casa y el jardín desde allí.
—¿De verdad? Me pregunto cuánto costará.
Él la agarró de la mano y dejó dinero encima de la mesa.
—Vamos a averiguarlo.
...
Edward llamó a la inmobiliaria y organizó una visita de la casa quince minutos más tarde. La situación de la finca lo fascinó. La casa en sí era un sueño a pesar de necesitar una reforma y estaba rodeada de bosque, viñedos y un olivar.
Notó a Bella emocionada cuando llegó el agente inmobiliario y todavía más cuando este les enseñó la casa. Su amor por todo lo antiguo se reflejaba en su rostro, en el rubor de sus mejillas, en el brillo de sus ojos. Era evidente que se sentía como pez en el agua.
—Es preciosa... —susurró maravillada.
Edward se la imaginó de niña, con la misma actitud que en esos momentos. Intimidada por la belleza y la historia de aquel lugar, consciente de que jamás podría vivir en un sitio así.
—El dueño la heredó de sus padres, pero ahora vive en América con su esposa e hijos y quiere venderla —les contó el agente—. Lleva bastante tiempo a la venta. Necesita una buena reforma, pero es una casa que merece la pena, no se encuentran propiedades así en el mercado todos los días.
Edward tomó el folleto que le ofrecía el agente.
—Lo pensaremos. Gracias por habérnosla enseñado.
El agente sonrió.
—Sería una estupenda casa familiar, ¿verdad? Es un lugar hecho para vivirlo con niños, ¿oui?
Bella se ruborizó de nuevo.
Y Edward no pudo evitar imaginársela de madre, embarazada de otro hombre, radiante. Se preguntó cómo se sentiría si se enteraba, en unos años, que salía con otro y era feliz con él, y que tenía niños a los que quería como no la habían querido a ella. Como Bella quería a su hermano, por el que hacía todo lo que podía. Llevaba toda la vida haciéndose responsable de las personas a las que quería, incluso de su madre, que nunca había estado a la altura.
Pero, ¿y si no daba con el hombre adecuado? ¿Y si le ocurría como a su madre y escogía a la persona equivocada? ¿Y si daba con un hombre que la trataba mal o que le hacía promesas que no iba a respetar?
En ciertos aspectos, Bella le recordaba a su propia madre. Tenían la misma belleza tranquila, grandes valores, una naturaleza generosa. Y eran muy sentimentales. Era posible que Bella se enamorase y fuese feliz, como su madre, que se había engañado durante años para intentar que su matrimonio funcionase. Su padre, por su parte, jamás había crecido e iba a terminar solo. Él no pretendía imitarlo. Quería ser admirado por su trabajo, el resultado de su creatividad, esfuerzo e intelecto. Aquella casa merecía su atención. Sería un reto combinar lo viejo con lo nuevo, el pasado y el futuro.
Dobló el folleto y se lo metió en uno de los bolsillos del pantalón. Tenía que pensarlo bien. Ya tenía un proyecto en marcha que, por cierto, estaba desatendiendo mientras disfrutaba de la Riviera francesa con una chica con la que solo podía tener una aventura. Aunque todo el mundo pensase que eran la pareja ideal. Él no era el hombre ideal para nadie, mucho menos para Isabella Swan, con su complejo de Cenicienta.
—¿Puedo ver otra vez el jardín? —preguntó Bella después de que el agente cerrase con llave la puerta de la casa y se despidiese de ellos.
—Por supuesto —respondió Edward, tomando su mano porque no quería que tropezase, o eso se dijo a sí mismo.
Bella se aferró a él y le dedicó una sonrisa que hizo que a Edward se le encogiese el pecho.
—Gracias por haberme traído aquí. Ha sido mi mejor día.
Él le dio un beso rápido en los labios, pero Bella no le dejó apartarse y lo profundizó mientras apretaba el cuerpo contra el suyo. Y Edward pensó que lo que más deseaba en esos momentos era hacerla suya en aquel jardín.
Se excitó todavía más solo de pensarlo y Bella no lo ayudó, todo lo contrario, empezó a desabrocharle la camisa.
—¿Alguna vez has tenido sexo al aire libre? —le preguntó Edward.
—¿Aquí? —preguntó ella muy sorprendida.
—¿Quién va a vernos? La vegetación está muy alta y el agente inmobiliario se ha marchado porque tenía otra cita en Grasse. Solo estamos tú y yo. ¿Qué me dices?
—Que nunca he tenido sexo fuera de una cama. De hecho, lo he hecho muy pocas veces.
—¿Cuántas?
Ella bajó la mirada.
—Tres antes que tú, y ninguna había merecido la pena.
Edward no pudo evitar sentirse orgulloso de haber sido el único hombre que le había dado placer. «Es prácticamente virgen», pensó. Era todo un honor. La había enseñado a sentirse cómoda con su cuerpo, a relajarse y a disfrutar del sexo.
¿Sería su inexperiencia lo que había hecho que el sexo con ella fuese diferente, tan especial? Había sido más íntimo. No había esperado conectar tanto con Bella, ni mental ni físicamente. Esta hacía que se sintiese más hombre que nunca.
Le hizo levantar la barbilla para mirarla a los ojos.
—Tal vez este no sea el mejor momento ni el mejor lugar para hacer el amor.
Ella puso gesto de decepción.
—Si prefieres no...
—Estoy pensando en ti, Bella.
Ella esbozó una sonrisa.
—Gracias.
Edward le dio otro beso y no pudo evitar recordar que solo tenía unos días para disfrutar de ella. Después sus caminos se separarían y ya no podría besarla, tocarla ni hacerle el amor. Tal vez no volviesen a verse en otros diez años o más. Y él se quedaría solo con el recuerdo de sus caricias y de una conexión que le había hecho sentirse más cerca de ella que de ninguna otra mujer.
Hicieron el viaje a Mónaco en un cómodo silencio. Edward lo rompió de vez en cuando para señalar algún aspecto interesante del paisaje, pero Bella iba sumida en sus pensamientos y tenía el ceño ligeramente fruncido.
¿La habría disgustado el viaje y los recuerdos que este le había despertado? La niñez de Edward había sido muy distinta a la de Bella y a este le costaba imaginar cómo debía de haber sido tener que cambiar de casa en casa, sin poder establecerse en ningún sitio. ¿Sería ese el motivo por el que a Bella le fascinaban todas las cosas antiguas? No solo los libros antiguos, había visto cómo miraba el resto de objetos de la tienda de antigüedades, como si fuesen tesoros.
Si le daba dinero a su madre y tenía la responsabilidad de su hermano, ¿cómo iba a vivir su vida? Bastante hacía teniendo un techo bajo el que vivir y ropa que ponerse.
Al menos él había podido mimarla. Había disfrutado mucho comprándole ropa. Sabía que no era de esas mujeres que se aprovechaban del dinero de los demás. Bella era muy independiente y resuelta, y la admiraba por ello.
Más que admirarla...
Frenó al pensarlo. No iba a comprometerse con nadie ni aunque el sexo fuese el mejor de su vida. Prolongar aquella aventura no sería justo para Bella, que podía empezar a verlo como el padre de sus hijos, de hecho, algunos extraños estaban empezando a verlo ya así y eso lo molestaba.
¿Qué derecho tenían esas personas a meterle semejantes ideas en la cabeza? Él no quería tener hijos. Al menos, por el momento, tal vez nunca. No quería la responsabilidad, los gastos ni el sufrimiento de tener hijos. Había visto llorar a su madre la pérdida de su hermano. El dolor había empezado el día de su nacimiento y había terminado destruyendo a la familia.
Él estaba contento con su vida tal y como era... o lo había estado hasta que Bella había vuelto a entrar en ella.
«Tú la has hecho volver».
Era cierto. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué no había ido directamente a la policía y había permitido que esta lidiase con el hermano de Bella?
Porque una parte de él siempre se había preguntado qué habría sido de Bella. Había querido verla, y su hermano le había dado la excusa perfecta para hacerlo. Y algo había ocurrido el día que había entrado en su tienda. Algo inexplicable. Había sentido una conexión, como una corriente eléctrica que emanaba del cuerpo de Bella y entraba en el suyo, uniéndolos como nunca se había sentido unido a nadie. Bella lo fascinaba. Lo intrigaba. Le encantaba.
La miró y se le encogió el pecho como si le hubiesen metido una mano dentro y le hubiesen agarrado el corazón.
No podía imaginarse lo que sería no volver a verla. No volver a ver su sonrisa. No volver a ver cómo lo miraba, con los ojos brillantes. No volver a sentir su delicioso cuerpo cuando llegaba al clímax con él.
Tendría que mantener las distancias con ella. No podía pasar por su tienda solo para ver cómo le iba. Tendría que permitir que continuase con su vida y hacer lo mismo por su parte.
¿Pero qué clase de vida iba a tener sin ella?
