CAPITULO SIETE: DE ACUERDO A SU NATURALEZA

Lakewood, 17 de agosto de 1922

El interior de la construcción estaba casi en silencio y si en estos momentos alguien venía hacia el establo, el único ruido que escucharía serían los esporádicos sonidos de las colas agitándose, pisadas de cascos por aquí y por allá y el masticar del heno. Si alguien se acercaba a la última fila de corrales, prestaría atención al sonido del cepillado y escucharía algunos suaves susurros, pero por el momento, estos solo eran audibles para el hombre rubio que se encontraba dentro.

"Por fin sé lo que realmente pasó entre ellos en aquel entonces…" le susurró al oído a la yegua, "… y no ha sido lo que pensé…"

El animal parecía escuchar; su pequeña cabeza se giró hacia la voz del hombre y un gran ojo café siguió los movimientos que éste hacía. Y si alguien más excluyendo al caballo pudiera ver en este momento la esperanzada sonrisa en el rostro del hombre, podría darse cuenta que estaba expresando la felicidad interna de este. Y lo que sea que causó esta felicidad, él la estaba compartiendo con el caballo que estaba acicalando.

"¿Sabes lo que esto podría significar, Rhailla?" le preguntó. "Parece como si en verdad podríamos tener la oportunidad para un nuevo comienzo…" el resoplido de un caballo se escuchó detrás de la espalda del hombre pero este lo ignoró. "¿Qué crees que debería hacer?" continuó. "¿Realmente puedo confiar sus sentimientos? ¿Puedo?"

El resoplido detrás de él volvió a repetirse, esta vez más fuerte y esto sacó al hombre de sus cavilaciones. Giró su cabeza levemente y miró al otro lado del pasillo, al corral opuesto. Dentro se encontraba un semental negro y las únicas partes de su cuerpo visibles por encima de la puerta cerrada, eran el cuello y la cabeza.

"Cálmate, Godo…" dijo el hombre amigablemente, "Ya casi termino y entonces estaré pronto contigo."

Ante el sonido de su voz, el semental pareció tranquilizarse y Albert sonrió para sus adentros. Ya había terminado con otros dos caballos y se encontraban en el potrero, no se asombraba por qué el semental, dejado de último, se estuviera impacientando, queriendo unírseles. El cepillado de los caballos era parte del ritual matutino y Albert estaba cumpliendo con esta tarea, disfrutando cada minuto y cada segundo. Y hasta ahora los caballos no parecían quejarse. De hecho, les encantaba este prolongado momento de placer. Pero hoy le estaba tomando de manera excepcional mucho más tiempo de lo que le había tomado en los últimos días, especialmente con Rhailla y eso era mucho más de lo que Godo podía soportar.

Albert hizo a un lado sus pensamientos y se concentró en la yegua. Sus manos recorrieron el largo de su cuello y una vez más una sonrisa apareció en sus labios. Rhailla, una yegua de dos años de edad, era la última adición al establo. Siendo un caballo Árabe de raza pura era realmente hermosa para contemplarla y él no podía evitar sino sentir un poco de debilidad por ella. Todo en ella era distinguido, empezando por la pequeña cabeza bien formada, el cuello arqueado a la perfección, el corto lomo, la postura alta de su cola y terminando por sus largas, poderosas y musculosas pero delgadas piernas. Todo en ella era simplemente perfecto, incluso su coloración gris claro. Pero su bella apariencia no era la única razón de la debilidad de Albert. Lo que realmente lo había conquistado era su espíritu. Mientras que la mayoría de los caballos Árabes son amables y dispuestos a complacer, este era inquieto y desobediente. Cuando estuvo en el Cairo, había ido a buscar un caballo apropiado para dárselo como regalo a Archie y la vio, parada sola en la esquina del potrero. "Ella es un purasangre pero con mal carácter. A veces sucede; nosotros llamamos a eso 'un error de crianza'." Eso fue lo que el criador le había dicho. "Nadie es capaz de montarla. No piense en comprarla, señor, tengo para usted mejores caballos domados. Este es hermoso pero no le dará más que problemas." Y Albert no necesitó mejor razón para comprar solamente a ella. Había esperado una semana para que el transatlántico llegara y pasó la mayor parte del tiempo con esta salvaje yegua, tratando de ganar su confianza. Y lo había conseguido lo suficiente para hacer que abordara el barco. Durante los seis días de navegación, pasó la mayor parte del tiempo debajo de la cubierta, con ella, tranquilizándola y hablándole. Y allí fue cuando formaron un vínculo. Ahora, a pesar de que todavía era desconfiada, permitía que él la montara. Y él comenzó a darse cuenta por qué el contacto con ella se sentía tan maravilloso. Al igual que Godo antes, Rhailla también le recordaba a Ruano… tal vez mucho más que Godo - ¡Ella era tan difícil de domar!

Albert cepilló el lomo de la yegua por última vez y estiró sus brazos para abrazar su cuello con suavidad. "Eres una espléndida criatura, Rhailla." Le dijo con cariño.

Y entonces, el semental de al lado relinchó, golpeando impacientemente contra el suelo de madera. Albert dejó el corral de Rhailla y fue directamente hacia el semental. "Godo, ¡más vale que pares con esta conducta en este instante a no ser que quieras que piense que estás celoso!" le dijo de manera jocosa. "Ven acá, bestia negra, es tu turno…"

Abrió la puerta y Godo inmediatamente salió, entusiasmado por recibir su porción diaria de cepillado. Y en realidad estaba tan entusiasmado que cuando sintió el cepillo sobre su piel, empezó a presionar firmemente su cuerpo contra este.

"Tranquilo, Godo, tranquilo…" Albert se rió, obligado a retroceder, "¿Se te pegaron las pulgas anoche o qué? ¡Deja de empujarme o ambos terminaremos sobre Rhailla!"

Con un ligero golpe movió al semental de regreso a su lado del establo. Este movimiento reveló el reloj sobre su muñeca e inconscientemente miró la carátula de éste; ya iba a ser medio día. La hora le recordó una vez más a otra persona, la única excluyéndolo a él, que estaba residiendo en Lakewood por el momento. Ya era bastante tarde pero intencionalmente dejó que Candy siguiera durmiendo; al final de cuentas, ella realmente necesitaba descansar un poco y esa era una de las razones por las que hizo el arreglo con el director del hospital en primer lugar. Y hasta donde recordaba cómo eran sus hábitos de sueño, cuando no estaba trabajando, dormía. No esperaba que fuera a levantarse hasta dentro de una hora o más…

"Entonces… aquí es donde te has estado escondiendo…" una delicada voz resonó desde atrás, ligeramente amortiguada por las paredes de madera.

Bueno, tal vez en menos de una hora entonces… pensó Albert sonriendo internamente. Dejó de cepillar a Godo y se giró hacia la voz. "¡Buenos días! ¿Cómo me has encontrado aquí?"

"Bueno…" Candy respondió en tono bromista, arrugando la nariz, "…después de buscar infructuosamente por todo Lakewood y por todos los pueblos adyacentes, el establo era el único lugar que quedaba…" esperó por su reacción, probablemente por alguna señal de diversión pero él fingió tomar su explicación con seriedad, asintiendo lentamente y tratando de no sonreír. Él sabía que no pudo engañarla ni por un segundo. "Oh, vamos," se quejó, rodando los ojos juguetonamente "este fue el primer lugar en el que pensé. ¿Dónde más podría ser?"

"Bueno, ya me conoces… la compañía de los animales me trae paz."

Candy solo sonrió levemente. Él se dio cuenta que todavía tenía esos círculos oscuros bajo los ojos pero parecía más relajada, lucía como alguien que ha sido liberado de la carga de llevar un peso enorme. Y hasta donde él sabía, ella lo llevaba; la charla de ayer debió haber sido realmente liberadora. Una buena noche de descanso también era una de las razones de su buen humor ya que cuando se acercó, pudo ver cuán curiosa estaba por el nuevo caballo.

"Su nombre es Rhailla." Le dijo antes de que preguntara.

Y antes de que pudiera advertirla de cuán impredecible era Rhailla, Candy le dio la espalda. "Hola, Rhailla…" la saludó dulcemente, dirigiéndose hacia la yegua.

Rhailla, viendo aproximarse a la recién llegada, resopló con nerviosismo. Pero no había necesidad pronunciar una sola palabra de advertencia. Al parecer, Candy no requería ninguna. Viendo la ansiedad de la yegua, disminuyó la velocidad de sus pasos y en silencio se detuvo frente a la yegua. Rhailla volvió a resoplar y retrocedió, pisando furiosamente con los cascos. Pero Candy volvió a acercarse, esta vez sin quedarse completamente de frente a la yegua, lenta y suavemente extendió su mano y la mantuvo inmóvil en el aire en un gesto como si estuviera saludando. En menos de un segundo él entendió que Candy estaba esperando para que Rhailla decidiera si ella era digna de confianza o no. Buena jugada, admitió impresionado. Y de hecho, fue, una buena jugada; Rhailla se acercó más, estirando el cuello con cautela y oliendo la palma de Candy.

Como si estuviera dando una respuesta en este silencioso diálogo, Candy dio otro paso acercándose más. Mientras que una de sus manos estaba acariciando el hocico de la yegua, la otra lentamente se movió más arriba y abrazó con suavidad el grisáceo cuello. Demasiado rápido, pensó él cuando Rhailla se tensó al principio y luego, repentinamente empezó a empujar la parte superior del cuerpo de la chica. La empujó más y más lejos, tanto que como el peso del cuerpo de Candy no era para ella ninguna competencia, causó que la chica perdiera el equilibrio. ¡Va a pisotear a Candy! Se imaginó. Estaba a punto de correr para detener a la yegua, pero una vez más, no hubo necesidad de ello. Él malinterpretó la situación. En lugar de estar asustada, Candy se reía en voz baja y para evitar caer en el suelo, se abrazó con más fuerza al cuello de la yegua y se colgó de este con todo su peso. Y Rhailla se detuvo. No se empinó como él había esperado. Por alguna razón permaneció inmóvil y únicamente volvió a resoplar pero esta vez, se oyó más amistoso que el anterior resoplido. Era increíble para él pero parecía que ella aceptaba la presencia de Candy. También debió haber sido una señal para Candy ya que lentamente se puso de pie sobre el suelo de madera, bajó ambas manos y comenzó a rascar la mandíbula de la yegua. Y para la sorpresa de Albert, Rhailla fue sobornada al instante. No tomó más que unos pocos segundos para que él observara, completamente embelesado, cómo ésta yegua generalmente desconfiada, casi metía su hocico a la fuerza debajo del brazo de Candy exigiendo más caricias.

Albert se puso de pie, fascinado, pero por alguna razón, no pudo decir palabras de apreciación por lo sucedido. "No escuchó ningún fuerte rugido esta vez…" se escuchó decir a sí mismo, "…así que supongo que debiste haber encontrado tu desayuno en la cocina." ¡Oh, brillante, idiota, simplemente brillante! ¿Acabas de presenciar un asombroso ejemplo digno de alabanza, del contacto entre un animal y un ser humano y de lo único que puedes hablar es sobre algo tan trivial como la comida?

Pero a Candy no pareció molestarle este detalle, estando completamente centrada en jugar con la yegua. "¿Querrás decir almuerzo?" la escuchó decir alegremente, "¡Es increíblemente tarde! ¿Por qué no me has despertado antes?"

"Estás de vacaciones," respondió tranquilamente, levantando la mano y reanudando el cepillado de Godo. "¿Tienes prisa por ir a alguna parte?"

Candy se dio la vuelta sin interrumpir la caricia a la yegua y por un instante, su mirada recorrió la mano con la que él sostenía el cepillo. Los movimientos eran firmes pero al mismo tiempo suaves y delicados y no se le pasó por alto como la piel del garañón se fruncía en el temblor de un innegable placer. Y entonces, miró el sereno rostro de Albert. Él estaba tan alegre antes de que se diera cuenta que yo estaba aquí… pensó. Me paré allí, temerosa de que el relinchido de Godo hubiera podido descubrir mi presencia y lo escuché, bromeando con los caballos… ¡Qué no daría porque él se sintiera tan cómodo en mi presencia como lo está con los animales…!

"No, no tengo ninguna prisa." Respondió. ¿Podría ella decirle que simplemente lo extrañaba? "Es solo que… yo… yo… me estoy perdiendo un hermoso día."

Albert la miró por encima del hombro, encontrándose con la mirada esmeralda de la chica. "No es tan malo, solamente es medio día." Habló en tono suave. "Relájate, Candy, puedes hacer todo lo que desees. Haz que este día esté lleno de alegría."

"Si ese es el caso," dijo rápidamente, "hay algo que en verdad me gustaría hacer. ¿Podemos ir al Hogar de Pony?"

Él ya sabía eso incluso antes de que ella lo dijera. El Hogar de Pony; su primer hogar, el amado refugio al que ella siempre había acudido para recobrar la paz interior. Y el lugar de decisiones importantes… él tenía una sola respuesta.

"Claro que podemos, querida."

Y lo que él acababa de decir debió haberla complacido ya que su sonrisa se hacía cada vez más amplia. "¿Puedo montar a Rhailla?" preguntó.

"Temo que no puedes," negó con la cabeza, "ella todavía requiere entrenamiento. No voy a dejar que montes un caballo medio salvaje. No podrías controlarla… si… ella…" balbuceó. Mientras le estaba hablando, Candy se volvió hacia la yegua, agarró su crin y como si fuera la cosa más fácil del mundo, haló la cabeza de la yegua hacia abajo, hacia ella. Por un momento él las observó a ambas mientras se quedaron quietas, la chica y la yegua, mirándose a los ojos y se dio por vencido quejándose. Lo que le había llevado casi un mes desde que la compró, Candy logró hacerlo en unos cuantos minutos. Y finalmente cuando Candy movió a Rhailla de regreso hacia su corral y la yegua obedeció voluntariamente, él ya no tenía más dudas. No solo había apaciguado a Rhailla instantáneamente; la había apaciguado completamente.

"Solo tengo que traer a aquellas dos bestias que ya están listas." Dijo con una voz de por-qué-siquiera-me-molesto.

"¡Y yo solo necesito ir a cambiarme!" Candy gritó alegremente y entonces, al siguiente instante, se había ido.

No me extraña que esas dos se llevaran bien tan rápidamente… pensó, divertido. Ambas son salvajes…

Un poco más tarde cuando montaron los caballos, Godo, vigoroso como siempre, esperó pacientemente, como era de esperarse que fuera el comportamiento adecuado de un semental de cuatro años de edad. Por el contrario, la joven yegua casi bailó debajo de su jinete. Al jinete, sin embargo, no parecía importarle en absoluto y solo haló las riendas suavemente de vez en cuando para mantener el control del animal. Ambas, la chica y la yegua, parecían estar vibrando, unidas por una misma fuerza de impaciencia.

"¡Ya veo que tienes todo bajo control!" bromeó, "No sé quién tiene más energía, si tú o Rhailla."

Candy se rió en voz baja. "Oh, mi cuerpo está aquí pero mi espíritu ya se encuentra allá."

Seguro que enseguida iba a hacer correr a la yegua a todo galope, Albert se irguió ligeramente en una posición de salida, "¿Lista?" le preguntó.

"Lo estoy" respondió Candy, asintiendo, "y mi osada princesa cree que también lo está pero sin embargo diría que ambos caballos necesitan calentar. No quiero forzarlos a galopar sin hacer eso primero."

Sus ojos se abrieron ampliamente en asombro y luego se relajó en su montura. ¿Qué te pasó, Candy? Pensó. A ella siempre le encantaron los animales, pero… Primero, lo que hizo en el establo y ahora… él percibió en ella consideración y una habilidad para comprender las verdaderas necesidades de las criaturas que no tienen voz. Fuiste hecha para cuidar de los demás y siempre he sabido eso pero… ¡Realmente has madurado! ¿Cómo pude perdérmelo? ¿El trabajar con pacientes ha abierto tus ojos a lo invisible? ¿Qué te pasó, Candy, cuándo yo no estuve?

"…pero solo hasta el cruce de caminos, ¿verdad, mi niña?" Candy acarició el cuello de Rhailla y la yegua resopló con impaciencia, como si estuviera confirmándolo. "Tu dueño ha sido malo contigo solo permitiendo que te empolves en los establos…" agregó juguetonamente.

Era una maravillosa visión para él el verla, ¡Sonriendo de esta manera!

Ambos hicieron caminar a los caballos para que entraran en calor y cuando llegaron al final del camino, les permitieron ir a medio galope. Él continuaba observando a la yegua, todavía un poco preocupado de que pudiera espantarse y sacarse de encima a Candy. Pero la yegua a pesar de cabriolar un poco, no mostraba ninguna señal de su habitual hostilidad. No tenía por qué preocuparse.

El viaje, sin embargo, no podía ser predecible. Candy sostuvo su palabra; cuando llegaron al cruce de caminos, sin ninguna advertencia se impulsó con los talones a los costados de Rhailla. Y, como si solo estuviera esperando por este 'permiso', la yegua salió rápidamente disparada hacia adelante llevando a su jinete en un galope impresionantemente veloz, y además, fácil.

Albert fue tomado por sorpresa pero un segundo después ya se había unido al galope. Candy, eres una adulta, sin embargo, ¡todavía eres una pequeña cosa salvaje! Sonrió para sí mientras intentaba alcanzarlas haciendo su mejor esfuerzo. Me había convencido que tenía que ayudarte a convertirte en una dama. Y lograré eso, pero por favor, nunca dejes que te cambie por completo. La Señorita Marimacho también es la parte de Candy que me encanta tanto…

O O O

"¡Señorita Pony! ¡Hermana María!" un grupo de niños corrían hacia la casa gritando a todo pulmón "¡Candy está llegando!"

Ambas mujeres se apresuraron a salir. "¿Qué están diciendo?" preguntó la hermana María, "¿Candy? ¿Cómo puede estar aquí?"

"¡Sor—pre-sa!" una conocida y alegre voz se escuchó, aumentando en volumen como si su dueña estuviera todavía en marcha. Dos caballos a todo galope aparecieron en el camino entre las colinas y en unos cuantos segundos se detuvieron bruscamente en la pequeña puerta de madera. Dos jinetes se reían sin aliento mientras desmontaban, todavía sonrojados por el rápido y estimulante viaje.

"¡Candy! ¡Señor Andrew!" los saludó la Señorita Pony, sonriendo, "¡Qué bueno verles otra vez!"

"Querida… Señorita… Pony…" Albert manifestó, jadeando, "Por favor… hágame el favor… y deje el ´Señor Andrew´, ¿De acuerdo? Aquí solamente soy Albert y me gusta que sea así."

"Pero…"

Albert inhaló profundamente y por fin logró controlar su respiración. "A cada lugar que voy tengo que pensar en mi reputación y tengo este horrible estatus social que me fue impuesto y que nunca pedí." Insistió. "Por lo menos aquí ¡Quiero creer que sigo siendo yo mismo!"

Después de un cariñoso saludo, Albert y Candy se quedaron unos minutos afuera para ocuparse de sus caballos y aunque era obvio que los animales definitivamente estaban sedientos, no los dejaron beber primero. No importaba cuan cruel podría verse esto, semejante a algo depravado, ellos sabían que no había nada peor para un caballo acalorado que el agua fría. Desensillaron a Godo y a Rhailla y dejaron que se refrescaran poco a poco mientras trataban de secar las sudorosas pieles de los caballos con algunas toallas traídas por los niños. Este simple acto debió haber traído los resultados esperados, porque después de escuchar brevemente el latido cardiaco de los animales, Albert asintió. Contento y complacido, guio ambos caballos a un pequeño y cercado prado. Dentro, les quitó las riendas a ambos caballos y los dejó en el improvisado potrero, cerrando la puerta detrás de él. Los caballos, una vez liberados, inmediatamente trotaron hacia el abrevadero que estaba lleno hasta el borde con agua fresca. Ahora se les permitió beber.

Después de lavarse las manos, Candy y Albert no tuvieron tiempo para hacer nada más. Antes que pudieran siquiera parpadear, repentinamente estaban rodeados por una manada de neandertales entre los tres y los diez años de edad. Eran los impacientes niños. Entonces se encontraron siendo arrastrados hacia el edificio principal. Los niños estaban tan impacientes y tan emocionados, que no podían esperar más y simplemente tenían que mostrarles a sus invitados la obra de construcción. Las reparaciones y mejoras del edificio empezaron en la primavera de ese año y la nueva estructura del orfanato, vista previamente solo en planos, ahora se estaba convirtiendo en una realidad.

Después, el día se llenó de carcajadas y se escucharon gritos desde las colinas y pasos corriendo de grandes y pequeños… los niños los llevaron hasta los más inesperados lugares para mostrarles sus más amados tesoros ocultos. Allí, les contaban todo respecto a sus nuevas ideas como solo un pequeño niño puede confesar sus secretos. A pesar de sus protestas, no escatimaron nada, dominando a la perfección hasta el más mínimo de los detalles.

Ambas maestras no podían soportar romper los corazones de los niños obligándolos a ir clases en un día como este; entonces en lugar de esto, Albert los reunió a todos alrededor de su banco y empezó a contarles historias acerca de los animales salvajes en África. Los entretuvo con sus historias, especialmente aquella sobre cómo había sobornado a un grupo de gorilas, los niños estuvieron ahí impresionados, inmóviles, escuchando cada palabra que era hablada. Les encantaba como él imitaba el sonido y los movimientos de los gorilas. Esto fue fácil para Albert ya que había recordado como hacerlo, cuando tuvo que imitar ser un gorila por meses solamente para poder ganar su confianza. Cuando Albert llegó a la parte de la historia donde un espalda plateada cargó contra él, los ojos y bocas de los niños se abrieron aún más en asombro, como si tal cosa fuera posible. Pequeñas manos se levantaron con la esperanza de hacer una pregunta. Albert hizo lo todo lo posible para responder a todas y cada una de ellas para que nadie se sintiera excluido.

Mientras tanto Candy, estaba ayudando a las dos mujeres a preparar la mesa para la cena. Tenía una amplia sonrisa en el rostro cada vez que escuchaba los gritos de alegría de los niños. Aquellos gritos de alegría eran más que suficiente para decirle lo que los niños pensaban sobre su nueva clase de 'lección'… y cuando la cena fue finalmente servida, quedó claro que el aire fresco y el esfuerzo físico, siempre eran la mejor combinación para estimular el hambre, incluso en los más quisquillosos. Agregar una historia interesante a la fórmula y una cena sencilla servida en el sol de la tarde, había sabido mejor que cualquier otra exquisitez gastronómica que pudiera encontrarse en cualquier parte del mundo.

Al caer la tarde los niños más pequeños estaban cansados… tan cansados que se fueron a dormir sin que una sola palabra de protesta pasara por sus labios. Había sido un largo día e incluso los mayores se fueron a dormir más temprano sin hacer ninguna pataleta. Después de ponerlos a todos en la cama, Albert se sentó y tuvo una larga charla con la Señorita Pony y con la Hermana María sobre los cambios. Estaban tan ocupados discutiendo sus sugerencias de mejores maneras de mejorar la construcción que solo fue hasta un poco después que se dieron cuenta que Candy no estaba en la habitación con ellos.

Albert se puso de pie. "Deberíamos irnos pronto." Dijo. "El sol ya se está poniendo."

"Es una pena…" dijo la Señorita Pony. "Es tan raro verlos a ambos aquí. Me gustaría que pudieran quedarse por más tiempo…"

"A mí también me gustaría que pudiéramos quedarnos más tiempo, Señorita Pony," respondió, "pero no quiero que Candy monte en la oscuridad. Ella monta muy bien pero soy yo quien tiene la aburrida tarea de tener en cuenta que Rhailla es un caballo medio salvaje e impredecible."

"Si, eso es más que razonable." La hermana María asintió. "Vaya y encuéntrela, Albert."

Albert salió del edificio. Al igual que ella supo con anterioridad en dónde buscarlo exactamente cuando se escondió en el establo, ahora él no tenía ni la menor duda que cualquiera que fuera el sitio en donde ella pudiera estar; solo había un posible lugar. Y de hecho, en cuanto estaba llegando allí, vio parte del traje rojo de montar, en lo alto, casi escondido entre las hojas en la cima del Padre Árbol.

"Candy, pequeña cosa salvaje, ¡baja ahora mismo!" gritó con una carcajada.

"¡Mejor acompáñame!" la escuchó reírse.

Él no podía creer cuán alto ella había llegado. Saltó para agarrar la rama más baja, balanceando su cuerpo por un momento y con dos firmes movimientos, se impulsó hacia arriba. Ahora que estaba en la primera rama, trepar más arriba se hizo más fácil ya que habían más ramas encima de él. Solo era cuestión de saltar de una rama hacia la otra. Cuando había conseguido llegar a medio camino, se detuvo. No se atrevía a ir tan alto como Candy lo hizo. No era porque tuviera miedo, era porque sabía un simple hecho; él era sencillamente más pesado que ella y era consciente que más arriba las ramas eran más delgadas y podrían romperse con su peso en cualquier momento.

"¡Hola, Príncipe!" le gritó atrevidamente desde arriba.

"¡Ten algo de misericordia y por lo menos baja aquí, hacia mí!" se quejó y se echó a reír, "¡Me voy a romper el cuello solo por tratar de mirarte hacia arriba!"

Ella respondió con otra risita y momentos después apareció del otro lado del tronco. "Solo quería ver la puesta del sol. Nada puede compararse con eso. ¡Mira!" señaló hacia las colinas, sobre el horizonte y hacia la intensa y resplandeciente puesta de sol de agosto. El paisaje de hecho era increíble. El cielo parecía como si estuviera en llamas, pintando las delgadas nubes con tonos progresivamente más oscuros de oro blanco, dorado, naranja y rojo. Solo se sentaron allí en silencio, embelesados por esta obra de arte de la naturaleza. Y solo cuando el sol había desaparecido por completo, Albert volvió a hablar.

"Ya entiendo por qué te gusta tanto este lugar. Realmente es hermoso aquí."

"¿Verdad que si?" sonrió. "Pero bajemos, está oscureciendo y no quiero que te caigas…"

"¿Dudas de ? Bien entonces, ¡Es un reto! ¡Veamos quien es el más rápido en bajar!" sonrió y comenzó a descender. Escuchó a Candy gritar "¡Eso no es justo!" mientras ella comenzaba también a descender con prontitud y un momento después, él se dio cuenta que nunca tuvo oportunidad de ganar. Y de hecho, cuando llegó a la rama más baja, Candy ya estaba sentada en el suelo. "¡Me rindo!" se rió, saltando de la rama. "¡Este árbol hace trampa! ¡Yo tenía más ramas en el camino y a los lados, creo que tuviste algo de ayuda!"

Ella se rió de nuevo y luego escucharon un chillido.

"¡Clin!" dijo en voz alta mientras el mapache saltaba sobre ella. "¡Mis nueve libras de locura! ¡Pensé que nunca ibas a aparecer!"

"¿No lo extrañas?" le preguntó cuándo estaban jugando con la mascota.

"Oh, ¡Lo extraño muchísimo!" le dijo. "Pero no puedo condenarlo a vivir dentro de una jaula en la ciudad. Además, mi apartamento es demasiado pequeño y de todas formas, casi no estoy en casa…"

"Sabes que siempre puede quedarse conmigo en la mansión… allí hay suficiente espacio."

Candy negó firmemente con la cabeza. "Lo sé, ¡Pero eso todavía estaría en la ciudad! Sé que él podría lograrlo, es lo suficientemente listo… pero no importa cuánto yo lo extrañe, sé que él pertenece aquí. Y él es feliz, ¿Verdad, Clin?" preguntó, inclinando su cabeza por encima de la mascota. El mapache presionó la nariz bajo su mano. "Él tiene un espacio amplio y abierto aquí, la montaña, el bosque y libertad. Vive aquí de acuerdo a su naturaleza. Creí que tu serías quien entendería eso…"

"Lo entiendo, Candy, realmente lo entiendo." Manifestó de forma animada. Lo que ella acababa de decir solo confirmó su anterior conclusión respecto a su punto de vista sobre los animales salvajes. Ella realmente ha madurado. "Si, el pertenece aquí. Tienes razón. A veces, cuando amas tanto a alguien, tienes que reconocer cuándo dejarlo ir, si eso es por su bien." Agregó, poniéndose serio.

Candy miró detenidamente a Albert y algo en la expresión de su rostro le dijo que no estaba hablando solamente del mapache. "Y eso fue exactamente lo que tú hiciste, ¿no es así?" le preguntó suavemente y él asintió. "Creo que lo necesitaba." admitió. "Tuve que valerme por mi cuenta para verdaderamente poder enfrentarme a mí misma. Tenía que perderte para descubrir lo que realmente tengo y lo que realmente eso significa para mí. Resultó una vez más que fuiste más sabio que yo…" dijo y luego sonrió pensativamente. Con delicadeza tocó sus labios con las yemas de sus dedos y llevó un beso hasta los labios de él.

O O O

"Espero que finalmente Candy abra los ojos." Dijo la hermana María mientras se servía otra taza de té.

"Oh, estoy segura de eso, María. ¿Acaso no los vio, allá, debajo del árbol?" la señorita Pony sonrió con complicidad. "Cuando estaban diciendo adiós, había algo entre ellos. Creo que ella vio por fin lo que tiene, o para ser más específica, lo que podría tener, si tan solo quisiera alcanzarlo."

"¡Ya era hora! Empezaba a preocuparme que no viviría lo suficiente para ver su boda."

La señorita Pony bebió el resto de su té. "No se preocupe, María. Ambas viviremos lo suficiente para eso, ¡Se lo garantizo!"

O O O

Muchísimas gracias a Quevivacandy (www . fanfiction / u /4715731 / ), por traducir mi historia.