Bueno, aquí les va un cap corto para calmar un poco las ansias hasta el próximo. :)
Disclaimer: Glee no me pertenece, al igual que sus personajes.
VII
Rachel recordaba demasiado bien su primer vez con Finn: había sido torpe, rápida, inesperada y maravillosa. Se habían pasado meses rondando en todas las bases posibles, hasta que una tarde de lluvia se habían dejado llevar (más Finn que ella, a decir verdad) entre partituras del Club Glee y aquellos muñecos de felpa que Rachel solía tener sobre su cama de adolescente. Durante meses, si no años, ambos habían esperado por eso, y aunque no había sido tan romántico como ella lo esperaba ni tan sensual como él lo esperaba, definitivamente ocuparía por siempre uno de los lugares más importantes en las memorias de su vida juntos. Así que ése día, años después, Rachel pensó que tal vez podrían reivindicarse por esa primera vez. Que esta… segunda primera vez podía ser todo lo romántica y sensual que la primera (por falta de preparación) no había sido. Puso en aquél día toda su energía y esfuerzo en pensar hasta el último detalle y, en cuanto Finn tocó la puerta, Rachel pensó que el factor nervios había sido poco considerado en su planificación. Ni siquiera habían intercambiado propiamente los saludos que Finn ya se las había ingeniado para llevarlos hasta el cómodo sillón, cargándola al estilo de los recién casados, y clavándole un beso que la dejó sin aliento. Rachel sintió como la lengua de Finn rozaba contra la suya, y recordó entonces (como en muchas otras ocasiones en aquellos días a su lado) porqué lo amaba tanto. Verán, Finn la hacía sentir viva. Más que cantar la nota más alta del mundo sin desafinar, más que el sonido de la multitud aplaudiendo, o las gotas de lluvia mojándole el rostro. No, Finn era lo que hacía que a Rachel se le diera vuelta el mundo, se le enmudecieran los sentidos.
- Espera.- murmuró, cuando sintió su torpe mano tratando de desabrocharle el vestido. Finn se incorporó, para no aplastarla, y se rascó nerviosamente la parte de atrás de la cabeza.
- Lo siento. No pude contenerme.- se disculpó de nuevo, tal como en el día anterior.
- No, no debes disculparte, lo que ocurre es que… ¡Te quitaste la barba!- gritó Rachel, de forma casi divertida, al notar que Finn ya no llevaba la tediosa barba.
- Si. Dijiste tantas veces que no te gustaba que creí que… así era mejor.- se explicó. Rachel le acarició la ahora limpia mejilla, sonriendo: aparentemente Finn había pensado (al igual que ella) en hacer esto de la forma correcta. Ahora fue Rachel la que no pudo contenerse, y se acercó a Finn para besarlo con aún más pasión y determinación que antes (si eso era posible). Éste no puso reparos, y aprovechó su fuerza y el pequeño tamaño de ella para volverla a recostar sobre el sillón, retomando en donde habían dejado. Rachel pensó, al sentir la mano de Finn acariciarle la espalda en cuanto pudo desprenderle el vestido, que la cena, las velas y la chapagna podían esperar, pero que ellos ya habían esperado demasiado para retrasar aun más su encuentro. Por un segundo, sintió la leve música de fondo, el olor a vainilla de las velas aromáticas que había encendido y el sonido de los autos en la calle. Y entonces, cuando la mano de Finn encontró ese punto en su estómago que la hacía perder la cabeza, no sintió más nada que no fuera él, o ella… o ellos. Le costaba, en situaciones como ésta, distinguir adonde empezaba uno y terminaba el otro.
- OO –
Estaban tan tranquilos que a Rachel le costó unos segundos darse cuenta de que no estaban dormidos del todo. Nueva York (la ciudad que nunca duerme) había decidido tomarse una noche de descanso, puesto que todo permanecía calmo. Se movió un poco entre los brazos de Finn, mirando por la amplia ventana hacia el Central Park, tratando de calcular que hora era. Sintió el estómago de él vibrar, y no pudo contener la sonrisa.
- ¿Porqué te ríes, Berry? No puedes pretender que haga todo este ejercicio sin engullir las cantidades adecuadas de calorías posteriormente.- se quejó, en tono de broma.
- ¿Con cuántas… con cuántas has estado?- soltó, formulando la pregunta que hacía un rato le revoloteaba en la mente.
- Que yo recuerde… unas nueve.- dijo, inflando el pecho casi con orgullo.- ¿Y tu?
- Tres. Tu y otros dos. Y si quieres saberlo si, tú eres el mejor.- confesó ella, sin apenarse. Finn sonrió.
- Contigo es distinto. Tan distinto que las demás… son aburridas. Pero todo contigo es distinto. Caminar contigo, hablar contigo, discutir contigo… todo es mejor.- dijo él, girándose en la cama para verla a los ojos. Rachel volvió a acariciarle el rostro por millonésima vez en aquella noche.
- Y… ¿a qué se deberá eso?- inquirió, adivinando la respuesta.
- Puede ser porque eres una persona increíble, o porque nos conocemos desde hace mucho. Puede ser porque siempre has confiado en mí (aún cuando yo no lo hago) o porque tienes esta sonrisa hermosa. Porque cantas como los dioses o porque sabes que hacer para volverme loco.- aventuró, ganándose un beso apurado en la oscuridad y una sonrisa.- Puede ser porque te amo.- dijo, con total seguridad de que nunca habría un momento más preciso para declararle su amor que aquel, de la misma forma en que años atrás las primeras notas de Faithfully lo habían hecho. Sintió como Rachel contenía la respiración, y temió por un momento (al igual que en aquél lejano día) que ella no fuera capaz de devolverle la confesión. Pero entonces la sintió moverse a su lado, chocando sus labios con los propios, y entendió que siempre iba a amarla, aún si ella no podía hacerlo.
- Yo también te amo.- le murmuró al oído, abrazándolo fuerte, casi cortándole la respiración. Aparentemente, no había distancia, ni tiempo, ni fama o barba alguna que pudieran cambiar lo que una vez (y más de una) ambos habían sentido.
Más tarde, cuando desayunaban el complicado plato que Rachel había preparado para la cena que nunca había sucedido, Finn confesó que hacer el amor no había sido, en primer lugar, la excusa para reunirse solos. Que ese había sido el complemento perfecto. Que desde hacía unos días estaba buscando, sin encontrar, la forma de decirle que aun la amaba. Rachel le contestó, con sorna, que podría haberle explicado eso antes de gastar una fortuna en la divina pieza de lencería que había comprado (y que Finn se había encargado de inutilizar de por vida al romperla). Tal como aquella primera vez, la vida volvía a enseñarles que mientras menos se planeaban las cosas… mejor salían.
