7

Regina escuchó el timbre. Confirmó la hora, aún era temprano como para que Henry estuviese ya en casa. Sin embargo, reconoció las botas de la sheriff Swan en cuanto vio la sombra por debajo de la puerta. Henry tenía llaves, pero cada vez que Emma iba a dejarlo lo hacía personalmente, tocando el timbre, como era correcto. Regina agradecía el gesto, después de todo.

—Señora alcaldesa —saludó Emma con el gesto de siempre, un poco en broma.

—Señorita Swan —contestó Regina, con el mismo tono—. Henry, te esperábamos más tarde. Robin me dijo que estaban cenando en la cafetería.

—Hola, mamá —dijo Henry entrando al lobby con prisa—. Necesito mi computadora para hacer una tarea urgente.

—¿En viernes? —preguntó Regina con los brazos cruzados.

—Sí… larga historia —contestó Henry apurado—. ¿Dónde está Roland?

—Robin está dándole un baño…

Henry no esperó a que su madre respondiera. Echó correr escaleras arriba. Emma arqueó las cejas y soltó un suspiro.

—Bueno… buenas noches, Regina —dijo la rubia.

—Emma, espera —llamó Regina con un poco de preocupación—. ¿Acaso tú…?, ¿Henry te ha dicho algo sobre…?

—¿Sobre su extraño comportamiento? —preguntó Emma con las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta—. No, ni idea.

Regina resopló y se cruzó de brazos de nuevo.

—No sé si algo esté molestándolo —dijo Regina pensativamente—. No sé si esto de Robin y Roland, viviendo en la casa y…

—Oh, no, eso no debe preocuparte, ¿sabes? Henry está siendo un buen hermano mayor, estoy segura —dijo Emma con una sonrisa—. Además, creo que tener a Robin Hood como padrastro es una de las cosas más geniales que le han sucedido, ¿no?

Regina esbozó una sonrisa. Robin como padrastro, eso sonaba curioso, aún más viniendo de Emma Swan.

—Gracias… sheriff —dijo Regina un poco más tranquila.

—Por nada, señora alcaldesa. Buenas noches.

~OQ~

Robin despertó en medio de la celda. La oscuridad no lo dejaba distinguir si era de noche o de día. Estaba atado por una cadena y había sido arrojado, como un animal, a un rincón. Cuando abrió los ojos se encontró cara a cara con el rey. Éste lo miraba desde arriba, con un gesto adusto y de desprecio. Se le notaba más cansado y envejecido.

—No debiste despertar, ladrón —musitó el rey con rencor en sus palabras—. ¿Creíste que podrías llevarte a la reina y tu cabeza seguiría pegada a tu cuello?

Robin agachó la mirada. Esto exasperó a Leopold.

—¡Responde! —ordenó el rey soltando un puntapié en el esternón de Robin.

Sin embargo, Robin sólo torció el gesto y se dejó caer a un costado. Estaba herido, pero de algo más profundo que unos cuantos golpes.

—No morirás hoy, me encargaré de que tu tortura sea larga y dolorosa —dijo el rey saliendo de la celda—. Y después te mataré frente a ella.

Robin alzó la vista. El rey ya se había ido. Regina, sólo pensó en Regina y en el hijo suyo que ella llevaba. ¿Lo sabría el rey? No tardó mucho tiempo más consciente, cuando un par de guardias entraron en la celda con instrumentos de tortura.

Iba a ser valiente, soportaría lo necesario. Regina, sólo pensó en Regina.

~OQ~

Henry escuchaba las voces por detrás de la puerta del cuarto de baño. Robin y Roland conversaban, no se alcanzaba a distinguir de qué hablaban, pero hablaban demasiado y él necesitaba saber. Pensó en entrar en la habitación de Roland, pero no quería ser invasivo. Así que, un poco ansioso, Henry entró en su propia habitación, resignado a esperar lo que el baño de Roland tardase. Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, vio al resplandeciente encima de su propia cama: el pergamino, estaba allí.

El muchacho se acercó con cautela. ¿Dónde había estado todo ese tiempo?, ¿Roland lo habría tomado por la noche, mientras él dormía? Sonaba a algo que haría un Hombre Alegre, pero lo cierto era que el pergamino tenía voluntad propia, de eso ya no quedaba duda. Henry tomó el papel entre sus manos y con sumo cuidado comenzó a desplegarlo.

Ahí estaba: la historia de la reina y el ladrón, la que hacía falta en su libro de cuentos. Se sentó en el borde la cama y comenzó a leer con cuidado, pero conforme sus ojos bajaban por las letras del pergamino, la lectura se volvió un poco dolorosa.

—¿Henry? —la voz de Regina lo llamaba desde abajo.

El muchacho alzó la vista. Regina no podía ver eso, no podía enterarse. Y él no debía decir nada.

~OQ~

—¿Robin?

La voz de la reina era débil, había estado toda la noche inconsciente. El rey la observaba con los brazos cruzados detrás de la espalda. Su rostro estaba crispado, tenía la mirada fría y distante. Sin embargo, no decía una sola palabra. Esperó que Regina despertara completamente.

Ella abrió los ojos. El techo de la habitación le era conocido. Comenzó a incorporarse poco a poco. Intentó moverse, pero un mareo la detuvo al instante. Sintió un tirón en el estómago: Leopold estaba allí, frente a ella, mirándola con un gesto de desprecio.

—Está muerto —dijo la voz cansada del rey.

Regina no quiso entender aquello. Frunció el ceño, todavía mareada y deslumbrada por la luz del sol que entraba en su habitación. Robin no podía estar muerto. Leopold mentía.

—No, no puede ser —dijo Regina con los ojos invadidos de lágrimas.

—Ordené que lo mataran en cuanto lo capturaron —siguió el rey con la voz áspera y fría—. Ese es el precio que pagan los ladrones.

—¡No, no es verdad! —exclamó Regina intentando levantarse de la cama.

—¡Lo es! —gritó Leopold acercándose a ella y tomándola por el cuello, luego su mano subió hasta sus labios, apretándolos con fuerza—. Y el mismo destino puedes tener tú. No sólo has desprestigiado la corona, sino también mi honor y el del reino entero. ¿Te has dado cuenta? Si querías vivir una vida como una cualquiera pudiste decírmelo antes de que tu madre aceptara este matrimonio.

—¿Dónde está mi padre? —masculló ella, aún con los dedos del rey sobre su rostro.

Leopold soltó a Regina, ella lloraba en silencio, las lágrimas descendían de sus ojos igual que una tormenta. Sin embargo, permaneció con la mirada fija en él.

—Su majestad, ¿por qué no deja que yo me encargue de ella? —dijo de pronto la voz chillona de Rumpelstiltskin.

Regina miró con atención, El Oscuro se encontraba allí mismo, al fondo de la habitación, en el castillo. No podía comprender cómo ni porqué.

—Arregla esto, hechicero, que sea pronto —ordenó el rey y salió rápidamente de la habitación.

—Oh, por supuesto que sí, alteza.

La sonrisa de Rumpelstiltskin trajo un nuevo malestar para Regina. Ella se tocó el bajo vientre, cerró los ojos e intentó mantener la calma.

—¿Qué haces tú aquí?, ¿acaso eres el nuevo consejero del rey? —preguntó Regina con desprecio.

—Algo así, querida. Resultó que el rey y yo teníamos algo en común: encontrarte.

—Él no está muerto, lo sé —dijo Regina con la voz muy débil.

—¿Y cómo estás segura de eso, querida? ¿No crees que merecía estarlo después de todo? El famoso ladrón del bosque de Sherwood se llevó la joya más preciada del rey. Todo mundo lo sabe —rio Rumpelstiltskin.

—Dime qué hizo con él, ¿dónde está Robin? —preguntó ella con la mirada furiosa.

—Oh, cambiemos de tema, por favor…

—¡¿Dónde está?! —exclamó Regina desesperada.

—Shh… sh…

Rumpelstiltskin se acercó a Regina con cautela. Ella comenzó a llorar sin tapujos. El dolor era intenso, el dolor estaba en todo su cuerpo. Se cubrió la cara con las manos, pero parecía que las lágrimas le quemaban la piel.

—Ahórrate esas lágrimas, querida —comenzó Rumpelstiltskin—. Tal vez deberías comenzar a agradecerme que estás viva.

—¡Tú hiciste esto! —gritó ella levantándose por fin de la cama.

—Oh, no… ¡Tú lo hiciste! —exclamó la voz furiosa de Rumpelstiltskin—. ¡Tú escapaste, tú elegiste irte con el ladrón de quinta! Yo te he salvado la vida, le pedí al rey que conservara tu cuello en cuanto te encontrara.

—¿Por qué? —preguntó ella devastada—. ¡Debí morir con Robin también!

—¿Acaso no te das cuenta? —siguió Rumpelstiltskin con exasperación—. Tienes a tu alcance todo el poder del reino. Está aquí, aquí mismo, en tus manos.

Rumpelstiltskin tomó por la fuerza la mano de Regina, de pronto, de ésta, emergió un fuego radiante y enérgico.

—Es la rabia, querida, es el enojo… Es todo lo que tienes.

Regina miró su propia mano con horror. La magia volvía a estar allí, amenazadora.

—¡No, no puedo hacerlo! —negó ella, todavía sollozando—. No puedo hacerle esto a él.

—¡Está muerto! —gritó Rumpelstiltskin sentencioso.

—Estoy esperando un hijo suyo —confesó Regina de pronto.

Rumpelstiltskin se quedó frío. Regina lo miraba desafiante. Él no podía articular palabra. Ella lo estaba arruinando todo, definitivamente todo.

—¿Qué tu qué? —la voz de Rumpelstiltskin sonaba abatida.

—Voy a tenerlo, engañaré al rey si es necesario, pero no me desharé de este niño.

—¿Y cuánto tiempo crees que te tomará volver a estar en la cama del rey?, ¿eh? ¿Cuánto tiempo crees que tardará él en notarlo? ¡Chiquilla estúpida!

Regina miró a su maestro con furia.

—Escaparé.

Rumpelstiltskin soltó una risa, sonora y chillona.

—¿Acaso crees que podrás hacerlo con toda la guardia real vigilándote?

—Ayúdame, tú eres el único que puede. Seguiré tomando clases contigo. Pero necesito salir de aquí.

La voz de Regina era desesperada, quería salvar a su hijo. Rumpelstiltskin no podía seguir dándole instrucciones a una mujer que tuviese un motivo suficiente como para tener compasión. Él lo sabía, lo sabía muy bien: una mujer con un hijo no lanzaría ninguna maldición, no tocaría la oscuridad jamás. Una mujer con un hijo era capaz de cambiar, en cualquier momento. Así había sido Milah.

—Está bien —dijo de pronto la voz de Rumpelstiltskin—. Te ayudaré a escapar. Pero recuerda: todo tiene un precio. Tú seguirás tomando clases conmigo.

—Sí, lo haré —los ojos de Regina mostraron esperanza.

—Bien.

La voz de Rumpelstiltskin sonó sombría. Regina lo miraba con aprehensión. El hechicero sacó un frasquito de su manga, lo había aparecido en el momento, y lo extendió a Regina.

—Debes tomar esto.

—¿Qué es?

—Una poción para neutralizar tus poderes.

—¿Para qué?

—Tus emociones controlan tu magia, querida. No podemos arriesgarnos a que algún indicio de fuego escape de ti. Cuando estemos de vuelta en mi castillo entonces volverán tus poderes.

Regina dudó un poco, pero si quería salir de allí, Rumpelstiltskin era su única opción. Aquél, su maestro, por primera vez le dirigía una mirada confiable. Regina tomó el frasco y lo bebió hasta el fondo. En segundos, perdió el conocimiento.

El Oscuro la tomó entre sus brazos, la acostó sobre la cama y le colocó una manta encima. La miró con unos ojos paternales. Y luego desapareció de la habitación.

Regina dormía profundamente. En su camisón blanco comenzó a distinguirse una mancha de sangre que, poco a poco, fue extendiéndose.

~OQ~

El sábado por la mañana, Robin se preparó para salir con los muchachos —los niños, como Regina los llamaba— al bosque. Él y el Pequeño John les enseñarían algunas cosas básicas sobre el tiro con arco.

Regina estaba en el cuarto de baño, mirándose en el espejo. Pensaba, sólo pensaba. Quizá en el pasado. Miraba su rostro y casi no lo reconocía. ¿Dónde estaba ahora la Reina Malvada?, ¿dónde estaba la chica que iba a casarse con el muchacho del establo? Entre todos los siglos que había saltado gracias a su maldición, algo de ella se había perdido. Y estaba agradecida por ello.

El toquido en la puerta la sacó de sus pensamientos. Regina parpadeó muy rápido.

—¿Sí? —preguntó con la voz un poco nerviosa.

—¿Regina? Estamos por salir.

Era Robin. Su Robin. Regina abrió la puerta del cuarto de baño y sonrió. Robin la notó rara. Se acercó a ella y sostuvo su rostro entre sus manos, como le gustaba hacerlo.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí, perfectamente. Diviértanse —dijo ella depositando un beso en sus labios.

Robin asintió, estaba contento de salir con sus muchachos.

—Regresaremos al mediodía, ¿está bien?

—Sí, yo tengo mucho trabajo —respondió ella, distraída.

—Bien —dijo él besándola de nuevo—. Te amo.

—Yo también te amo.

Robin giró y llamó a los chicos. Henry salió de su habitación, su mirada se encontró con la de Regina.

—Abrígate bien, cariño —dijo ella, cubriéndose con las solapas de su propia bata de baño.

—Sí, mamá.

Henry miró a su madre con un gesto que ella no supo definir. Parecía algo así como empatía, una profunda empatía, con un poco de ternura. Regina tenía muchos pensamientos en la cabeza, pero era imposible que Henry pudiese adivinarlos. Ella le acarició la mejilla y luego le dio un beso en la frente.

—Prométeme que te divertirás mucho y dejarás de estar tan raro, ¿sí? —dijo Regina, despidiéndose de Henry.

—Lo prometo —asintió el muchacho y antes de bajar por las escaleras se giró—. ¿Mamá?

—¿Sí?

—Te quiero.

—Yo también te quiero, Henry.

En cuanto la casa se quedó vacía, con sólo ella adentro, Regina soltó un suspiro. Regresó al cuarto de baño y miró hacia el lavabo. Ahí encima estaba la prueba de embarazo: dio positivo.

~OQ~