7. Densa niebla en Alemania
Estar tan sólo en un país tan grande y desconocido como Alemania ponía nervioso al detective. Sabía hacia dónde tenía que ir y qué hacer, pero la idea de no tener a nadie que le ayudase en aquel caso le producía escalofríos y un miedo que jamás había experimentado. Era consciente de que estaba a punto de caer en la trampa, pero debía hacerlo aún arriesgando su vida.
Anduvo por calles y parques llenos de vida, pasó por un bulevar repleto de restaurantes, casinos y tiendas, hasta que finalmente llegó a su destino. Era un barrio marginal y potencialmente peligroso, el lugar perfecto para cometer un crimen sin que nadie reparase en ello. Entre un hotel abandonado y un edificio aparentemente en ruinas se encontraba el callejón donde había quedado con su presa, aunque en aquel momento el cazador había sido cazado. Aquel lugar le recordaba mucho al callejón londinense donde se escondió de la guardia inglesa con Watson. El remordimiento atacó con fuerza al detective. Estaba angustiosamente arrepentido de excluir a su compañero de aquel caso. Lo necesitaba más que nunca, aunque por otra parte se alegraba de que John no estuviese allí corriendo peligro junto a él. Unos pasos alteraron a Holmes.
-Profesor Moriarty, sabe que uno contra tantos no es justo…
De entre las sombras apareció su enemigo más letal vestido con un precioso traje gris. Era evidente que Moriarty no se había arreglado así para un combate de boxeo con el detective.
-Me habría gustado hacerlo de otra forma, Holmes, pero me temo que no tengo suficiente tiempo para demorarme. Debo ir a Inglaterra. Asuntos de negocios… Aunque eso carece de importancia para usted. Antes de poner un pie en mi tren, usted será un cadáver más. Ha sido un placer, Holmes.
Sherlock intentó ir tras él, pero de su espalda salieron dos hombres que lo agarraron con violencia de sus brazos. Forcejeó todo lo que pudo y se libró de los agarres. Acto seguido corrió hacia el interior del callejón. Frente a él, un solar abandonado y repleto de explosivos le cortaba el paso y lo alejaban aun más de Moriarty, que ya había desaparecido entre la niebla que aquella noche lo inundaba todo.
Media docena de hombres salieron del callejón a toda prisa en dirección al detective. Holmes comenzó a correr intentando esquivar las cajas de explosivos que permanecían ocultas entre la niebla. Un gran estruendo perforó sus oídos y no pudo evitar caer al suelo violentamente. Los hombres habían empezado a disparar a los explosivos, y uno de ellos casi acaba con la vida del detective.
Holmes se puso de pie como pudo y echó a correr de nuevo sin prestar demasiada atención a lo que se cruzaba en su camino. Las balas caían y resonaban a escasos centímetros de sus pies, y las sucesivas explosiones le aturdían cada vez más mientras que el humo y la niebla le cegaban totalmente. No había donde esconderse ni objetos que utilizar como armas. En aquel momento, Sherlock Holmes era consciente de que perdería la vida en aquel sitio y de que no había ninguna escapatoria. Se detuvo poco a poco y se dio la vuelta para encarar a aquellos hombres que aquel día ejercerían de verdugos para Holmes. Esperaba que un disparo certero lo matase, o una fuerte explosión destruyera todo rastro de su existencia en el mundo. Cerró los ojos y antes de meditar su último pensamiento, una voz escalofriantemente familiar gritó su nombre con fuerza.
-¡Holmes!
Un rayo fulminante proveniente del sol le obligó a abrir los ojos. Permanecía tumbado boca arriba, y su primera visión fue la de un solar totalmente devastado por numerosas explosiones. Comenzó a recordar lo sucedido. La niebla brillaba ahora por su ausencia, y no había rastro de los hombres que intentaban matarlo. Holmes sentía una presión sobre su pecho que casi le impedía respirar. Intentó incorporarse y descubrió un cuerpo inerte que yacía sobre su abdomen y sus piernas. Las lágrimas llenaron los ojos de Holmes sin poder evitarlo.
