Capítulo 7

Sargón se acostó en el campo de dientes de león. A su lado, el esqueleto de su esposa. La mejor sherden que había navegado a su lado. La que logró deslumbrarlo con su valor en combate y astucia al lidiar con otros sherden.

La madre de su hijo. El pequeño que jamás conocería a su madre.

-Tu madre te amó desde antes de que nacieras -le dijo al pequeño que mecía en brazos. Su llanto había menguado, al fin satisfecho. La cabra, una de las pocas sobrevivientes del naufragio, sorbía agua del pequeño lago.

Debía tener hambre. Llevaban semanas encerrados en las cuevas sin alimento alguno y, pesar de eso, no habían muerto. Ni él ni su hijo. Ni siquiera la cabra. Sed les daba y podían tomar agua del lago, pero hasta allí. No era la primera vez que Sargón meditaba sobre ese misterio al descansar al lado del cuerpo de su esposa. Seguía sin tener una respuesta y aunque tenía una hipótesis, no dudaba ni por un segundo que la responsable era Arthania.

Debió pedir el tercer deseo. Uno que destruyó su nave y a la mayor parte de sus hombres. Los que cayeron dentro de la cueva venían tan heridos que no sobrevivieron. Al final solo quedaron la cabra, su esposa y él.

La muerte cambió la vida de Anki por la de su primogénito. La pérdida de sangre no se detuvo al caer en su prisión. La labor de parto se extendió por unos minutos, pero el desenlace fue igual de aparatoso. El bebé sobrevivió, sus llantos llenando el recinto de piedra. Su Anki, murió desangrada.

Su único consuelo fue que ella logró verlo antes de morir. De ver a su hijo, besarlo y decirle que siempre estaría con él.

Ya habían pasado dos meses o por lo menos eso creía. Anki no era más que un armatoste de huesos a su lado, descansando sobre una cama de dientes de león. Eran las únicas plantas en todo el lugar, con excepción de los hongos que aparecieron después.

Otro misterio, pero uno para el cual pensó que tenía una respuesta y que, en cierta forma, explicaba el de su aparente resistencia al hambre, pero no a la sed. Ese lugar era parte de Nunca Jamás y la isla creada por Arthania una extensión de su creación. Un santuario para proteger a sus preciosas hadas y, como tal, una fuente de vida.

Nunca Jamás no lo dejaría morir de ser posible. Sus hombres y Anki llegaron demasiado heridos, fuera del poder curativo o protector de la isla. No había comida, así que no tenía hambre ni requería sustento. Le daba sed, porque la cueva tenía agua dulce.

La isla debía saber que un niño nacería pronto y sabía suficiente de las hadas como para saber unas cuantas cosas de las hadas. Los dientes de león, justo en ese lugar, tenían un propósito, al igual que la raíz afuera que destilaba polvillo. A él no le servía de nada, pero si sus sospechas eras ciertas, pronto podría verificar si estaba loco o no.

El niño se agitó en sus brazos y abrió los ojos. Sargón sonrió y pasó su dedo calloso por su frente. Con cariño rascó su pequeña nariz y le sonrió.

Y en ese momento, el niño echó a reír.


Periwinkle le dijo a Fiona que se quedara en la cueva y salió a vigilar lo que ocurría con el hada de las alas negras. Regresó por el túnel en la pared y, desde su escondite, pudo estudiar con calma a la pequeña criatura y al niño que la acompañaba.

-¿Ya terminaron de ver, Pandora? -preguntó el niño, jugando con una pequeña piedra de colores.

-Pronto -dijo ella-. Ten paciencia. Es mucha información.

Un sonido ininteligible hizo que la hada dejara de contemplar a las burbujas. Se volteó y clavo sus pequeños ojos, un tono más claro que las alas, en el niño.

-¿Qué pasa?

-Se siente extraño, ¿sabes? -dijo él sin mirarla, haciendo girar la piedra de colores entre los dedos-. Por primera vez en mucho tiempo alguien sabe la verdad. Estamos a pocos minutos de salir de aquí. ¿Qué hay afuera, Pandora? No sé si estoy listo.

El hada sonrió y se acercó. Se paró en su brazo y estiró la mano para tocar su mejilla.

-Siempre fuiste un niño dulce. Te preocupas demasiado.

-Tú no deberías hablar. Tú tampoco sabes que hay afuera. Lo único que conocemos del exterior es la ventana que nos permite ver el bosque de abetos y eso fue gracias al rayo verde. De no ser por eso, seguiríamos aquí, esperando.

Pandora alzó los hombros.

-Tienes razón, pero no podemos hacer nada al respecto-. Se detuvo pensativa y chasqueó los dedos-. Se me olvidaba. No te conté que averigüé la causa del rayo verde.

-No, no me habías dicho -y la voz del niño sonó excitado-. ¿Cómo lo hiciste?

-Los recuerdos de la Reina Clarion. Así como puedo trasmitirles los recuerdos del Maestro, puedo ver lo que está dentro de su cabeza. Hace un año ocurrió un evento que no se esperaban y al tratar de resolverlo, sin saberlo, nos ayudaron.

El niño dejó la piedra de colores y se sentó erguido.

-Dime.

-Clarion no sabe la causa, pero creo tener la respuesta. ¿Recuerdas el cometa verde? ¿El que describió el Maestro en el cielo el día que la maldita Arthania nos traicionó?

El niño asintió.

-Creo que aparece cada cierto tiempo. Según mis cálculos, cada mil años

-Sé que estás mintiendo -dijo el niño arrugando los labios-. No tienes idea de cuánto tiempo pasa allá afuera. ¿Cómo puedes saber lo del cometa?

-Tú no eres hada. Creo que tiene algo que ver con las estaciones. Conozco el número exacto de estaciones que han pasado desde el momento de mi nacimiento. Eso me permite tener una idea bastante precisa del tiempo.

-Nunca me habías contado eso -y su voz sonó sentida.

Pandora se acercó y palmeó su rodilla.

-No era importante. El tiempo aquí adentro no tiene valor y para ti, solo te confundiría. ¿Recuerdas a Luk?

La sonrisa triste en el rostro del niño fue una emotiva respuesta.

-¿Cómo olvidarla? Era un niño apenas. Padre le puso el nombre.

-¿Recuerdas qué le pasó?

El niño se quedó pensando un momento, unas pequeñas arrugas marcando su frente.

-Padre me dijo que murió, pero… ahora que lo pienso, es imposible. No morimos. No aquí.

-Exacto. El Maestro piensa que no lo sé, pero soy más observadora de lo que piensa. Luk no murió. Desapareció y, si mis cálculos son correctos, fue 1000 años después de nacer.

-¿Desapareció? Eso es imposible.

-Nada es imposible. Muy difícil, tal vez.

Miró por encima de su hombre, para asegurarse que las esferas de colores seguían allí, pulsando con su energía vital. Al ver que todo seguía igual, regresó su atención al niño. Su voz un poco más baja y apremiante.

-Hace unos tres mil años… eso es mil años después de nacer, usando los parámetros cronológicos de allá afuera, sentí una vibración. Un temblor.

-Aquí no tiembla. Aquí nunca pasa nada.

-No sé cómo explicarlo mejor-dijo Pandora exasperada-. Las energías mágicas que nos mantienen encerrados aquí vibraron. Se desplazaron y, en cierta medida, se debilitaron.

-¿Debilitaron? -exclamó el niño levantándose de improviso-. ¿Quieres decir que se van reduciendo con el tiempo? ¿Por qué no hiciste...?

-Porque mil años después se endurecieron. Más que antes.

El niño volvió arrugar la frente.

-No entiendo.

Pandora resopló por lo bajo y voló hasta quedar frente a frente.

-Creo que las energías que protegen esta prisión son finitas. Van menguando con el tiempo y, si no son reforzadas, tarde o temprano desaparecerán. Arthania no lo sospechó en un principio, sino hubiera hecho algo al respecto.

-¿Cómo sabes?

-No lo sé. Es más bien una sospecha. Esa es la razón por la que mencioné a Luk. Mil años después de quedar aquí, Luk desapareció un día. Yo estaba cerca. Estaba por la grieta, solo que en ese momento no había nada. Sentí la vibración y Luk debió presentir algo también. Se emocionó y salió corriendo hacia la pared. Pensé que se había vuelto loco y justo antes de estrellarse con el muro, desapareció.

-¿Cómo que desapareció?

-Lo que oyes. Por un instante vi un bosque de árboles y una sustancia blanca que Maestro después me enseñó era nieve. Luk corrió hacia la grieta y después solo estaba el muro.

-¿Me estás diciendo que esto ya ha pasado antes? ¿Por qué no saliste también? ¿Por qué no salimos todos?

-No pudimos. Le dije a Maestro y él trató. Era demasiado grande y, a pesar de que yo era pequeña, mis alas casi se derriten al tratar de atravesar la grieta. La magia todavía era suficientemente fuerte como para detenernos, pero no a la pequeña cabra. Ella logó escapar y Maestro te dijo que Luk había muerto. Después de varios años de estudio, llegamos a la conclusión que el proceso de decaimiento seguiría. Decidimos esperar y mil años después, empezamos a sentir las barreras debilitarse un poco más. No te puedo explicar nuestra alegría, hasta que, de repente, fue como si hubieran vertido hierro fundido en un agujero. Las paredes de magia se endurecieron y la grieta desapareció. No podíamos ni ubicar su localización anterior.

-¿Qué pasó? ¿El cometa?

Pandora sonrió al ver que empezaba a captar.

-Exacto. Creo que Arthania se dio cuenta de que la prisión se debilitaba e ideó una forma de reforzarla. Logró canalizar la energía del cometa y nos selló aquí para siempre o, por lo menos, eso pensó que lograría. Para nuestra fortuna, creo que trató de ocultar la verdad. Después de todo, traicionó a los otros miembros del Círculo y causó la muerte de decenas de humanos.

-¿Qué viste en la cabeza de Clarion?

-No solo en la de ella, pero empezaré por allí. Hace un año apareció una criatura que nunca habían visto. Fue al mismo tiempo que reapareció el cometa verde. La llamaron la Bestia de Nunca Jamás.

Pandora le relató toda la historia. Periwinkle, desde su escondite, escuchó asombrada.

-Así que -dijo el niño cuando la hada terminó su cuento-Arthania creó una criatura para que cada mil años canalizara la energía del cometa verde con el único propósito de mantenernos encerrados. ¿Por qué el odio? Somos un viejo, un niño y tú. No puede ser que nos pensará un peligro tan grande.

-Te olvidas que Arthania no tenía forma de saber cuántos seguían vivos. Para ella, todos los sherdan estaban vivos. Todo un ejército de humanos que lo primero que harían sería destruir a las hadas.

-Cierto, cierto. Entonces, ¿qué pasó? ¿Por qué falló esta vez?

-Las hadas. Ya no saben para que fue creada la bestia. Una exploradora llamada Nyx trató de detenerla y destruyó uno de los pilares que llevarían la energía del cometa a la prisión. La bestia logró evitar que las energías liberadas destruyeran todo Pixie Hollow…

-¿Pixie Hollow?

-La ciudad donde viven las hadas. La bestia los salvó, pero no completó el ritual. Uno de los pulsos de magia golpeó en la vieja grieta y la abrió lo suficiente como para que tu pudieras pasar. Fue gracias a eso que pudimos secuestrar a Lord Milory.

-¿Eso ocurrió cuando la raíz empezó a liberar más polvillo?

Pandora se le quedó mirando con seriedad, para luego sonreír.

-No se me había ocurrido. Tienes toda la razón. Al debilitarse las energías, esa solitaria raíz permitió más polvillo caer aquí. Fue como abrir una llave. Sin saberlo, nos dieron todas las herramientas necesarias.

Pandora miró las burbujas y sacudió la cabeza.

-Eso es lo malo de las mentiras. Tarde o temprano regresan y se las cobran.

-¿Y la otra hada? -preguntó el niño en un tono muy diferente-. ¿Algo en ella?

La mirada que le clavó Pandora lo hizo retroceder un paso.

-¿Qué?

-Es la segunda vez que me preguntas por ella. ¿Qué te importa esa miserable hada?

-No me importa, es solo que es… no sé, diferente. Milory y Clarion son líderes. Ella no lo es. Es más como tú y no se parecen en nada.

Periwinkle entrecerró los ojos. El niño no tenía otras personas con las cuales interactuar, así que no debía tener mucho tacto. No se dio cuenta del efecto que esas palabras tuvieron en el hada de alas negras. Su piel mantuvo el mismo tono gris, pero se tornó más oscuro en las mejillas.

-Yo no tengo la culpa -dijo Pandora y casi parecía al borde de las lágrimas-. Yo no pedí ser así.

Estiró las manos señalando su cuerpo. Ropas sin color. Alas negras, cabello blanco, piel gris que, aunque brillaba, no despedía ni un solo color.

El niño se acercó a ella, una amplia sonrisa en los labios.

-Eres hermosa, ¿lo sabes, verdad?

Pandora se echó a reír y se secó la lágrima que apenas empezaba a asomarse en su ojo derecho.

-Eres un adulador, pero no quita el hecho de que esa hada tiene colores brillantes. Tal vez un día la prefieras a ella…

-Shhhhhh -respondió el niño, apoyando el meñique sobre sus labios-. No quiero a otra hada. Eres mi hija y eres perfecta. Me perteneces más que mi propia sombra y así será por siempre.

Pandora asintió sonriendo. Más aliviada, miró por encima del hombro una de las burbujas.

-Eso espero -dijo ella-. Pase lo que pase, ten cuidado con esa hada del traje verde. Vi una parte de sus recuerdos y tiene que estar demente. Lo que vi no tiene sentido y…

-¿Qué no tiene sentido¾ dijo una voz grave que disparó alarmas por todo el cerebro de Periwinkle.

Una figura imponente salió de una cueva oculta por las esferas de colores. Vestía una túnica de color marrón y llevaba en la mano una espada larga. Se arrodilló al lado de las tres burbujas y las estudió con cuidado, mientras esperaba una respuesta a su pregunta.

-Nada, Maestro Sargón -dijo Pandora, tomando un porte casi militar-. Una locura que vi en una de las prisioneras. Nada que deba preocuparle.

-No me preocupo -dijo el hombre haciéndole un gesto al niño, que se acercó ante la orden. Sus siguientes palabras fueron dirigidas a él-. ¿Emocionado, hijo?

-Sí, padre -respondió, con los ojos puestos en una de las esferas. Pandora arrugó el ceño, pero no dijo nada.

Periwinkle, en su escondite, empezó a retroceder.

No se había equivocado. El hada de las alas negras había nacido de la risa del niño. Según las tabletas y papiros de la mesa en la playa, se llamaba Ur-Zagesi. El hombre de la espada tenía que ser Sargón, su padre. Pandora lo llamaba Maestro y con razón. Todavía tenía escalofríos al recordar la descripción de las torturas a las que sometió a Nazcar. Sargón no los mató en el acto. Se los quedó para sacarles todos sus secretos. Conocía unos pocos gracias a Arthania, pero no consideró que fueran suficientes.

Gradilansio se negó a hablar al principio, pero obligado a ver la tortura a las que sometió a Nazcar, no soportó y respondió todas sus preguntas. El miedo lo cegó a una simple realidad.

No podía confiar en Sargón.

Cuando le sacó todos sus secretos, mató a Nazcar y empezó a torturarlo a él. No por información, sino por el simple placer de causarle dolor.

Y de alguna forma tenía que encontrar la forma de rescatar a su hermana, a Lord Milory y a la reina Clarion, para luego escapar de una prisión creada por la mítica reina Arthania y el espejo de Encanta. Todo eso, mientras evitaba ser capturada por una familia involucrada en la muerte de dos hadas, el secuestro de tres y que tenían todos los motivos del mundo para odiar a toda la raza de las hadas.