veintiuno.
Sherlock vive en un apartamento cerca de la academia de magos. Le había enviado a John una llave cuando John le escribió una corta nota para decirle que había completado su entrenamiento en Al de Baran. Le lleva a John un buen rato encontrarlo con el absoluto caos y el gran número de calles que se cruzan en la parte residencial de Geffen. Unos niños pasan corriendo cuando John entra en la entrada sin puerta, las manos de los chicos brillando con magia descontrolada y sus carcajadas resonando en las paredes.
Sherlock vive en la tercera planta. John abre la puerta y entra.
- ¿Sherlock?
Silencio.
John echa un vistazo al piso. La pequeña cocina es un absoluto caos, artículos de vidrio y de cerámica esparcidos por la mesa o al lado del fregadero con restos incrustados de los intentos de alquimia de Sherlock. Su escritorio está cubierto de notas garabateadas con su letra cursiva, y libros tirados por el suelo. John reconoce el libro abierto en la silla: un manual de instrucciones para la creación de prototipos de pociones para el despertar que John le había enviado desde Al de Baran.
Hay un delgado colchón en el suelo junto al escritorio. Unas ropas están enredadas con las sábanas. La puerta del armario está entreabierta y la mitad de las perchas están vacías. Una chaqueta extra con capucha de monje cuelga en el respaldo de la silla del escritorio.
John la toca. La tela es suave bajo sus dedos. Hay una oleada de algo dentro de John que le aprieta la garganta. John quiere ver el rostro de Sherlock, quiere escuchar su voz.
Coloca su lanza contra el armario. Se desabrocha el pesado escudo de alrededor del pecho y se lo quita de la espalda antes de apoyarlo también contra el armario. ¿Sería apropiado que se quitara la armadura? ¿Cuándo volvería Sherlock?
Duda pero empieza a desabrocharse el peto.
Despierta cuando alguien le toca el hombro. Sherlock baja la mirada hasta él y John se avergüenza por haber sido atrapado. Solo había querido cerrar los ojos un momento pero el largo viaje desde Al de Baran debe de haberlo agotado más de lo que creía.
- Lo siento – dice John y se mueve para sentarse. Sherlock, entrando y viendo a John durmiendo en su cama... John no puede pensar en una forma peor y más inapropiada de anunciar su llegada.
Sherlock no responde pero mantiene la mano en el hombro de John. Parece el mismo Sherlock que John recuerda, todo rizos salvajes y ojos intensos. Después de un momento, su mano empieza a brillar y John siente la familiar y cálida magia deslizarse bajo su piel, hundiéndose en sus músculos y envolviéndole los pulmones, alejando los dolores que ni siquiera John sabía que tenía.
John alarga la mano y rodea la muñeca de Sherlock con la mano. Duda un momento antes de sumergirse dentro de él mismo y abrir la mente a las reservas de magia que no había sabido que estaban hasta principios de ese año. Lentamente esta se derrama fuera de él, una luz plateada se canaliza a través de su mano y se introduce en la piel de Sherlock.
Ya ha curado a otros antes, normalmente a los alquimistas que acompaña hasta el Monte Mjolnir. Tiene un idea aproximada de qué esperar, el como viaja la magia a través del cuerpo buscando heridas, el como concentrarse y estimular el tejido dañado a unirse de nuevo. Pero esto es diferente... más íntimo, más como si estuviera acariciando con las yemas de los dedos la piel de Sherlock buscando algo que reparar.
John siente la magia viajar por el brazo de Sherlock, extenderse por su pecho. Ahí hay un constante latido del corazón y John siente la magia detenerse un momento como si estuviera trazando y memorizando los contornos del corazón de Sherlock. Y entonces se mueve hacia abajo y John entra en pánico, no quiere ver, no puede...
La magia se para en el tobillo izquierdo de Sherlock. Allí hay moratones por donde Sherlock se lo ha torcido en algún momento a principios de semana. Eso es algo con lo que John está más familiarizado y se pone a trabajar, aliviando la tensión de los tendones y reparando los desgarros diminutos. No puede verlo pero está seguro de que el moratón está desapareciendo.
La luz desaparece. Tras un momento, Sherlock levanta la mano y John le deja ir.
- Que malgasto de tu energía – dice Sherlock con el roce de una sonrisa – Se habría curado en una semana.
- Porque mis dolores por el entrenamiento son mucho más importantes que tu tobillo torcido – dice John.
Sherlock se vuelve hacia el escritorio y cierra el libro. Rebusca a través de algunas de sus notas. La sonrisa de John se desvanece.
- Lo siento – dice John mientras se pone en pie. No sabe si lo dice por dormir en la cama de Sherlock sin ser invitado, por estar lejos por casi un año y medio, o por el extraño algo sin nombre que hay entre ellos y que no pueden tener. Tal vez lo dice por todo.
Sherlock le mira.
- ¿Tienes hambre? - pregunta.
- Me muero de hambre – responde John.
Hay una conferencia sobre la magia del agua en Geffen así que todas las posadas están llenas.
John se pasa la mayor parte de la noche completamente despierto y apretado contra la pared en un intento de dejar el mayor espacio posible entre él y Sherlock. John creía que por fin se había mentalizado, que había encerrado esa estúpida y primaria parte de él. Pero es difícil cuando Sherlock respira quedamente detrás de él, lo suficientemente cerca como para que John pueda sentir el cosquilleo de una exhalación contra el cuello. No sabe si Sherlock lo hace a propósito pero tiene el dorso de la mano entre sus omóplatos, con los nudillos rozándole la columna a través del algodón.
Por la mañana, John despierta para encontrar a Sherlock sentado en la silla de su escritorio con la armadura de John en su regazo. Está bebiendo té de un vaso de vidrio y mirando abajo a la insignia grabada en el peto. Hay uno igual también en la hoja de la lanza de John.
Sus ojos se encuentran cuando Sherlock le mira. John se lame el labio inferior y aparta la mirada. No dicen nada.
Toman prestado un carromato de uno de los pocos conocidos de Sherlock en Geffen, aunque porqué alguien le dejaría algo a Sherlock, John no está seguro, y lo carga con todos los libros de Sherlock mientras este envuelve su cristalería en papel de periódico y la pone en cajas de madera, rodeada de paja. John convence al encargado del establo que les preste dos pecos, y solo capitula después de que John prometa que los devolvería personalmente a Geffen en dos semanas.
Los pecos avanzan lentamente cuando el camino a Prontera deja de estar pavimentado y tienen que abrirse paso entre grava suelta y grandes piedras que sobresalen del suelo. John camina junto a los pecos con el escudo y la lanza atados a la espalda mientras Sherlock se sienta en la parte de atrás del carromato con los pies apoyados en una caja de madera. Va alternando entre leer uno de sus libros de alquimia y asegurarse de que nada caiga de la parte trasera cuando se topan con bache especialmente rocoso en el camino.
A veces charlan. John le cuenta a Sherlock su entrenamiento en Al de Baran. Se avergüenza cuando describe la primera vez que curó a alguien porque Sherlock ha sido capaz de usar ese don durante años, pero Sherlock solo le mira con el libro abierto en el regazo, silencioso y contemplativo.
Sherlock no habla de su tiempo en Geffen pero le muestra a John su maestría con la magia arcana: helar flores en el río cuando se paran por agua o conjurar rayos durante una tormenta que les golpea a medio camino en su viaje de vuelta a Prontera. John se esconde de la lluvia bajo su capa de viaje y mira hacia donde está Sherlock haciendo arder al cielo con destellos de luz que están demasiado cerca. Pero John no está asustado, está seguro de que Sherlock sabe lo que está haciendo.
Por la noche Sherlock sopla fuego por la boca en un viejo periódico rasgado de uno de los envoltorios de la cristalería y lo usa para encender la hoguera. John observa la forma en la que la luz del fuego juega en el rostro de Sherlock y pregunta:
- ¿Cómo convenciste a un mago para que te enseñara?
Sherlock se encoge de hombros.
- La lealtad al gremio no cuenta mucho de cara a un decente soborno.
Más tarde, cuando Sherlock atenúa las llamas hasta las brasas con un movimiento de la mano, John exclama:
- ¿Hay algo que no puedas hacer?
Sherlock levanta la mirada hacia él en la casi oscuridad y sonríe.
El edificio a donde se muda Sherlock en Prontera pertenece a la familia Holmes y solían ser los viejos aposentos de Mycroft cuando se estaba preparando para ser sacerdote en el convento. Está en un barrio tranquilo habitado en su mayoría por clérigos religiosos y estudiantes ricos. Hay una panadería calle abajo donde John solía comprar pasteles en las ocasiones especiales como regalo.
Sherlock se toma la alegre vengativa de arrastrar toda la ropa vieja de Mycroft al patio detrás del piso y prenderle fuego con algunos hechizos que elige.
- Tampoco le cabían ya – dice Sherlock cuando John aprieta la mandíbula.
Piensa en los restos de la pesada tela elevándose con las llamas pero no dice nada. No entiende la relación que Sherlock tiene con su familia y Sherlock nunca se molestó en explicarla.
Al menos no tira el mobiliario al fuego. John apila cajas de libros en la sala de estar, mientras que Sherlock coloca los libros en las estanterías. Abre las ventanas para airear el olor a humedad mientras desempaqueta la cristalería en la cocina. Hay una gruesa capa de polvo en casi todo. John se pasa un momento preguntándose donde podría encontrar una criada antes de que se de cuenta de que se está preguntando dónde encontrar ayuda doméstica para Sherlock y que eso puede ser algo extraño e inapropiado.
- Hay una habitación en la planta de arriba – dice Sherlock sin levantar la vista de la cristalería. John recoge la lanza que había apoyado contra la separación entre la cocina y el salón. Sherlock coloca dos frascos redondos en el puesto que ha configurado en la mesa – Es tuya si la quieres.
- No puedo mudarme contigo – dice John inmediatamente.
Sherlock le mira.
- Los dos viviendo juntos – continúa John – No puede ser posible que pienses que es una buena idea.
- Si la quieres – repite Sherlock y sigue desempaquetando otra caja.
El problema es que John realmente la quiere.
Los cuarteles donde solía dormir son ahora casas para nuevos reclutas. Pasear por sus antiguos campos de entrenamiento no es lo mismo con William, Richard, y Arthur fuera y dispersos por todo Rune-Midgard. Lo último que John había oído, es que todos habían elegido la caballería sobre la sagrada devoción.
El sol se pone detrás de los muros de la ciudad y John se da la vuelta.
Cuando Sherlock abre la puerta de su cuarto por la mañana, John está a cuatro patas, fregando el suelo de la cocina. Todas las cortinas están recogidas y el canto de los pájaros se cuela a través de las ventanas abiertas.
- Podemos contratar a alguien para la limpieza – dice Sherlock mientras sofoca un bostezo.
- No gano lo suficiente para pagar a alguien que limpie – dice John.
- No seas ridículo – dice Sherlock, haciendo un gesto con la mano hacia la cocina que se enciende sola. Pone encima la tetera.
- ¿Aceptarás un alquiler?
Sherlock se vuelve y entorna los ojos.
- No seas idiota. Estás patrocinado por la familia Holmes.
- Exacto – dice John, dejando el cepillo y poniéndose en pie - ¿Qué he hecho para merecer tanta generosidad?
Sherlock le mira durante un largo rato. Entonces hace un gesto con la mano hacia el suelo que John está limpiando.
- Vale. Si eso te hace sentir más cómodo.
Suena el timbre. John levanta la vista de la armadura que está puliendo. Sherlock mantiene los ojos en la instalación de vacío que está usando para filtrar algo que se recristaliza en un frasco de cristal.
- ¿Vas a...? - empieza a preguntar John pero se interrumpe a si mismo a mitad de frase porque por supuesto que Sherlock no lo hará. Deja las grebas a un lado y baja las escaleras.
La mujer de la puerta lleva las ropas de una alquimista y sonríe a John insegura. Está sujetando una pequeña caja de madera en sus manos y pregunta:
- ¿Está en casa el Hermano Holmes?
- Sí – John se aparta – Por favor, entra.
Ella mira a su alrededor a la elaborada talla de la barandilla y a los diversos escudos que cuelgan en el pasillo. John cierra la puerta y la guía escaleras arriba. Mira con curiosidad a John pero no dice nada.
- Molly – reconoce Sherlock, recogiendo el tubo de su puesto mientras la mira.
Ella sonríe y se sonroja ligeramente mientras le tiende la caja. John se encuentra a si mismo en el borde antes incluso de saber que está pasando. Es obvio que ella tiene un interés en Sherlock. Pero no es otra alfa, es solo una beta y no representa una gran amenaza por la forma en la que Sherlock toma la caja y se aparta de ella como si cualquier cosa.
La abre para comprobar su contenido antes de colocarla en la mesa. Se mete la mano en el bolsillo de la túnica y saca un saco con zenys que deja caer en las manos de ella.
- Gracias.
- Oh um. ¿Estás intentando sintetizarlo por tu cuenta? - pregunta Molly, señalando el desastre de la mesa.
Sherlock esboza una sonrisa. No le llega a los ojos.
- Solo estoy aprendiendo lo básico.
- Si necesitas ayuda – dice Molly – O si necesitas equipo especializado o algo.
Sherlock lo considera. John quiere que se vaya, aprisiona el aumento de tal irracionalidad.
- Gracias Molly – dice. Ella se retuerce las manos y le devuelve la sonrisa. Sherlock se vuelve hacia la mesa - ¿Entonces hasta la próxima?
- Vale – dice ella. Merodea un momento, insegura de si ha sido despachada sin un adiós. Mira alrededor de la habitación antes de sonreirle a John y decir – Que tengas un buen día.
Él asiente y la ve bajar las escaleras. Su capa desaparece al final de la calle y John cierra la puerta. Se queda al pie de las escaleras un momento, intentando lidiar con la repentina pelea territorial por la posesión que se levanta en el fondo de su mente.
Sherlock está en medio de la disecación de los cristales recuperados usando una llama que se eleva desde la yema de su dedo índice. La caja de madera descansa en el borde de la mesa, aparentemente olvidada.
- ¿Qué es? - pregunta John - ¿Qué creía que estabas sintetizando?
La llama parpadea hasta desaparecer mientras Sherlock le mira.
- Estoy seguro de que te has preguntado como me las arreglo para mantener mi estatus en secreto para el clero – dice Sherlock – Son particularmente estrictos con a quien entrenan. Después de todo, tener un sexo secundario es una maldición, un castigo por las malas obras realizadas en vidas pasadas, la marca de un alma particularmente impura.
Eso no es justo, quiere decir John. Nunca ha leído nada acerca de ser un alfa o un omega en alguno de los libros que Sir Baldwin le había dado, simplemente evitando cuidadosamente el tema como si el diez por ciento de la población general ni siquiera existiera.
- Los monjes no tienen ninguna atadura terrenal – Sherlock suena aburrido pero sus ojos están fijos en el rostro de John – Tener un cuerpo es un inconveniente, visto nada más que como un recipiente para canalizar la magia hasta el mundo. El alma y la mente son los que viven hasta mucho después de que el cuerpo fallezca.
John no sabe qué decir, los espadachines disfrutan a menudo de su estatus de alfa porque les hace físicamente más fuertes que el hombre promedio, haciéndoles más propensos a la sed de sangre en una cultura de la guerra que elogia la violencia como una característica que es usada contra los enemigos.
- No hay absolutamente nada bueno en ser un omega, John – dice Sherlock, moviendo su mirada hacia la ventana abierta por encima del hombro de John - Apenas puedes mantener a tu propio cuerpo bajo control, y mucho menos dominarlo lo suficiente como para superar sus necesidades.
- Lo se – dice John. Los ojos de Sherlock vuelven a su rostro.
- Extracto de raíz de yggdrasil* – dice Sherlock después de un momento, golpeando con los dedos la caja de madera – Contiene un componente bastante similar a la hormona del embarazo de los omegas y evita que entre en celo. Y también tiene un olor de beta sintético, el mismo que usan los asesinos alfas cuando van encubiertos.
- ¿Estás intentando sintetizarlos por ti mismo?
Sherlock se encoge de hombros y vuelve a mirar la mesa.
- Estoy aprendiendo.
No es hasta un par de días después que John regresa a casa una tarde y reúne el descaro suficiente para preguntar:
- ¿Hay algo como tu supresor del celo para alfas?
Sherlock levanta la vista de donde está garabateandos compuesto químicos en retazos de pergaminos. Por un momento no responde, entonces dice:
- Es un fenómeno bastante raro que un alfa quiera deshacerse de su sexo secundario.
John se queda de pie en el marco de la puerta con su lanza aún en una mano y cargando con el peso de la armadura y el escudo. Ha tenido la fuerza de un alfa toda su vida, nunca sabría lo que era ser un beta.
Pero es difícil de olvidar la forma en que Sherlock le había mirado, empapado por el agua del río.
Mycroft los visita por primera vez tres meses después de que se hayan instalado en el piso. John vuelve de visitar a su familia en Elysium para encontrar a Mycroft de pie en su salón y a Sherlock con el ceño fruncido en el suelo. Está sudando bajo la armadura ligera y no se ha lavado el polvo del camino por dos días consecutivos.
- Hola John – dice Mycroft, sus ojos yendo al escudo de la familia Holmes de su pecho antes de subir hasta su rostro. Sherlock levanta la mirada hacia John pero mantiene el ceño fruncido.
- Hola – dice John – Espero no interrumpir.
- Él ya se iba – escupe Sherlock.
Mycroft sonríe y se vuelve hacia la puerta.
- Considéralo como una tarea delegada, Sherlock. Tus deberes hacia la iglesia tienen prioridad sobre tus propios intereses.
Pasa de largo a John.
- Buenos días, John.
John mira a Sherlock mientras los pasos de Mycroft bajan las escaleras. Sherlock mira a la silla de enfrente de donde está sentado. El sonido de la puerta cerrándose señala la salida de Mycroft.
- ¿Qué quiere que hagas?
- Investigar un suicidio – responde Sherlock – Estaría interesado si no fuera una orden real – dice las dos últimas palabras con desdén.
- Sin embargo, lo vas a hacer.
Sherlock se levanta de su asiento y empieza rebuscar entre sus libros de la estantería. John espera un momento antes de decidir que no va a llegar ninguna respuesta y se vuelve hacia las escaleras para poder cambiarse y lavarse.
- Mycroft excomulgó a la mitad de nuestra familia – dice Sherlock.
John se da la vuelta de nuevo. Sherlock está mirando un libro pero está pasando las páginas demasiado rápido para estar leyéndolo.
- Nuestra madre tendría cuarenta años ahora si él no fuera tan egoísta.
- Lo siento – dice John porque no sabe que más decir. No parece un momento apropiado para preguntar el porqué.
Sherlock se vuelve y se dirige a la cocina.
Aparece un halcón con un mensaje acerca de un segundo suicidio y una dirección antes de que Sherlock pueda empezar a limpiar su equipo alquímico. John alimenta al halcón con un poco de jamón de su bocadillo antes de que levante el vuelo desde la ventana abierta.
- Vamos, John – dice Sherlock, y John solo tiene tiempo de recoger su lanza, solo por si acaso, antes de seguir a Sherlock por la puerta.
- Entonces tú debes de ser el otro de los hermanos Holmes – dice un caballero canoso cuando Sherlock atraviesa la multitud de personas de fuera y cruza la puerta de la posada donde han sido enviados. El caballero le tiende una mano cuando avanza hacia ellos – Inspector Lestrade.
Sherlock ignora la mano.
- ¿Está el cuerpo aún aquí?
Lestrade retira la mano pero no parece particularmente ofendido.
- Aún está en la planta de arriba. No lo hemos movido. ¿Quién eres tú? - dirige la última pregunta a John.
- Mi ayudante – dice Sherlock por encima del hombro, ya subiendo las escaleras. John permanece indeciso un momento pero Lestrade no dice nada más así que John se vuelve para seguir a Sherlock.
Hay un hombre con ropas de sacerdote tumbado en la cama boca abajo. Sherlock se inclina para examinar el barro en la suela de los zapatos del hombre antes de apretarle una mano en el hombro. Susurra algo para si y su mano brilla de un azul pálido. John mira las cosas de la mesita de noche: una copia del libro sagrado y una pluma dorada.
- Veneno – dice Sherlock cuando aparta la mano – Aunque no puedo decir qué veneno – empieza a hurgar en los bolsillos del hombre, alejándose del cuerpo cuando encuentra una agenda negra.
Es difícil para John creer que un sacerdote cometería el imperdonable pecado de la violencia contra su propio cuerpo y maldecirse a si mismo a una eternidad de sufrimiento. Pero no hay señales de una entrada forzada u otro tipo de lucha.
- Creo que aquí hemos terminado – dice Sherlock, cerrando de golpe el libro y metiéndoselo en el bolsillo.
- ¿Qué? - pregunta Lestrade mientras entra en la habitación – Acabas de llegar.
- He recolectado toda la información necesaria – dice Sherlock.
- ¿Cómo es posible que hayas...?
- Sacerdote – dice Sherlock – Obviamente. Veinte... no, veinticinco años en una parroquia en Izlude donde se sentaba en un escritorio y realizaba tareas principalmente administrativas. La última vez que estuvo en batalla fue cuando aún era un acólito. Vino a Prontera por negocios de la iglesia, esperaba concluirlos en el plazo del día. El hombre con quien se encontró en el convento debe de haber sido un viejo amigo porque los negocios no se acabaron y se vio forzado a conseguir esta habitación. De hecho, ese mismo amigo es seguramente el que lo asesinó.
- Espera – dice Lestrade - ¿Has sacado todo eso de un cadáver?
- Es fantástico – dice John.
- Es solo por respeto al Padre Holmes que estamos considerando este caso de suicidio – dice Lestrade – Pero si vas a salir con conjeturas...
- Apenas tiene un callo en las manos, arrastra los pies al caminar, ese color de barro se puede encontrar en la costa pero vino en peco. Se que no lo hueles – añade Sherlock, mirando entre John y Lestrade – Estás rodeado de pájaros con demasiada frecuencia. Sus ropajes no están lo bastante sucias para más de un día de viaje, así que debe de haber venido de Izlude. No hay equipaje lo que sugiere que no estaba planeando quedarse mucho tiempo... si miras su agenda, tiene una cita programada para esta tarde así que estaba planeando regresar ayer por la noche.
- Tienes su agenda – dice Lestrade – Voy a tener que confiscar eso como prueba si lo que dices es cierto.
- No te lo puedes quedar – dice Sherlock.
- Probablemente tiene el nombre del sospechoso...
- Tiene el nombre del sospechoso – dice Sherlock.
Lestrade lo mira. Su mirada es firme.
- Estás obstruyendo a la justicia.
- Preferiríamos ocuparnos de esto de puertas para adentro – dice Sherlock – Por eso mi hermano me llamó para consultarme.
- Voy a necesitar eso – insiste Lestrade.
Mueve su peso ligeramente, su postura adelantada y volviéndose más agresiva. John da un paso hacia delante a pesar de su falta de armadura, su agarre tensándose alrededor del asta de la lanza mientras la hoja lanza destellos por la luz de la ventana. Lestrade tiene una armadura apropiada y años de experiencia pero John está seguro de que puede aguantar lo suyo.
- Esta innecesaria postura es tediosa – dice Sherlock incluso mientras saca dos esferas del suelo y empiezan a dar vueltas alrededor de su muñeca – Informaré a Mycroft, ¿de acuerdo? Estoy seguro de que le encantará dirigirte desde aquí.
Lestrade mira entre los dos antes de volver al pasillo, haciéndoles un gesto para que se vayan. Parece cansado cuando dice:
- Entonces esperaré pronto el halcón de Mycroft.
- ¿De verdad está ahí el nombre del sospechoso? - pregunta John.
- Vayamos a ver, ¿no? - responde Sherlock mientras empuja para abrir las puertas de la iglesia.
- ¿El Padre Clyde? - pregunta la sacerdotisa – Fue llamado a una misión de emergencia a Einbroch a principios de semana. No volverá hasta dentro de un mes.
- Entonces no estuvo aquí ayer – dice Sherlock.
- No – coincide ella.
Sherlock saca una libreta y un lápiz.
- Necesito una lista de todos los que estuvieron aquí ayer.
Sherlock está mirando el techo con los dedos estirados debajo de la barbilla cuando John vuelve del mercado. Coloca el pan en una parte de la mesa que no está ocupada con el material de cristal alquímico y abre el pescado envuelto en papel en el fregadero.
- ¿Ha habido suerte? - pregunta John, raspando las escamas y el interior del pescado. El agua oscurece el papel antes de que John saque el pez y lo tire todo.
Sherlock no se mueve. John empieza a filetear el pescado.
Está echando aceite a una sartén cuando Sherlock se apoya contra la separación entra la cocina y el salón.
- Ella podría habernos dado solo una lista parcial – señala a la cocina y una llamarada parpadea en su existencia.
- ¿Todavía odias la piel de pescado? - pregunta John en respuesta.
Hay un golpeteo en la ventana. Sherlock la abre y el halcón salta dentro con un mensaje atado en la espalda. Sherlock lo desenrolla antes de señalar con el dedo a la cocina para extinguir el fuego y meter los brazos en la chaqueta.
- ¡Vamos!
John se queda de pie en la cocina con una sartén llena de aceite tibio y trozos de pescado. Suspira y pone el pescado en la nevera justo cuando Sherlock grita desde abajo:
- ¡John!
- Los vecinos se estaban quejando del olor – dice Lestrade cuando llegan al piso de arriba – Creemos que es el mismo veneno. Tampoco no hay señales de lucha.
El olor a descomposición se vuelve incluso más fuerte cuando abre la puerta del piso y John resiste el impulso de apretarse la manga contra la nariz. No parece afectar a Sherlock que inspecciona la habitación y mira a su alrededor un momento antes de agacharse en el suelo junto al cadáver de la mujer. Ella no lleva ninguna ropa distintiva de ningún gremio pero hay una vara apoyada contra la pared junto a la cama.
- Mmm – dice Sherlock mientras tira de un colgante de debajo de la camisa del cadáver. Mira la cruz que le cuelga del dedo antes darle en un tirón.
Se levanta y empieza a hurgar por las cosas del escritorio. John se rinde ante el impulso y se aprieta la parte posterior de la muñeca contra la nariz mientras mira las cosas de la estantería.
- ¿Cuánto tiempo crees que ha estado aquí el cuerpo? - pregunta Sherlock mientras mira la vara.
- ¿Con este tiempo? - John vuelve a mirar a la mujer – Por lo menos unos días.
- Los vecinos la vieron el pasado martes – ofrece Lestrade.
- Creo que tenemos que volver a la iglesia – dice Sherlock.
Sherlock apoya la cabeza en el muslo de John cuando se estira a lo largo de uno de los bancos, con los ojos cerrados y murmurando quedamente para si. La iglesia está casi a oscuras con solo unas pocas velas encendidas en el púlpito lanzando sombras a las vidrieras. Están sentados en una esquina del fondo, lejos de la gente que ha ido brevemente a rezar.
John intentó rezar una vez, pero se sentía estúpido al decir palabras en voz alta a alguien que debería ser capaz de ver directamente en su corazón y leer sus pensamientos más profundos. Ahora está esperando por perdón... perdón por la forma en la que quiere acariciar con la mano los rizos de Sherlock, por la forma en la que quiere inclinarse y besar a Sherlock y entregarse voluntariamente a la tentación. Si fuera un hombre mejor, estaría concentrado en el caso, no estaría teniendo esos pensamientos en absoluto.
Alguien está tocando el órgano en una habitación diferente. La melodía se cuela a través de las paredes, lenta y cautivadora.
Sherlock abre los ojos. Parece distraído cuando dice:
- Deberías volver. Hacer la cena – se sienta.
John recoge su lanza.
- ¿Qué hay de ti?
- Tengo que comprobar algo – dice Sherlock – Es en una parte de la iglesia a la que no puedes acceder.
- Puedo esperarte aquí – dice John.
- No – dice Sherlock y se pone en pie – Vete a casa.
John está a medio camino de casa cuando su desazón por dejar a Sherlock solo le fuerza a darse la vuelta. ¿Qué parte de la iglesia no estaba abierta para un cruzado? John no sabe porqué Sherlock mentiría.
- ¿Sabe a dónde a ido el Hermano Holmes? - pregunta a la acólita que sostiene una vela enfrente del gran salón.
- No se quien es ese – dice ella.
John mira a su alrededor. ¿A dónde podría haber ido a Sherlock? Reajusta el agarre de su lanza y empieza a andar rápidamente a una parte de la iglesia donde no ha estado nunca. Allí hay dos alas de clases y de dormitorios para los acólitos cuyas familias no son de Prontera.
Comprueba cada habitación en busca de una señal de Sherlock cuando pasa. Está a punto de volver a la puerta principal del convento y dirigirse a la otra ala cuando echa un vistazo al otro lado a través del patio.
Sherlock está sosteniendo algo contra la luz. Un sacerdote con una sonrisa en su rostro tiene un arma apuntando a Sherlock.
John ni siquiera se lo piensa.
Las palabras suben hasta sus labios espontáneamente: un canto que va más allá de su nivel de conocimientos y que nunca ha utilizado antes con éxito. Su lanza se ilumina con una brillante luz blanca y John la lanza a través del aire.
Cuando llega al otro lado, Sherlock ya ha sacado la lanza del pecho del sacerdote. Hay una parte de él que siente completamente entumecida por el hecho de que acaba de matar a un hombre.
- Tenemos que enviar un mensaje a Mycroft – dice Sherlock, limpiando la lanza de John en las vestiduras del hombre muerto.
Finalmente John aparta los ojos de la figura desplomada y mira a Sherlock. El sordo rugido en la fondo de su mente se levanta con toda su fuerza, una parte de él está complacido de que haya un hombre muerto en el suelo si eso significaba proteger lo que era suyo. John siente como si pudiera conquistar el resto del mundo con las manos desnudas si eso significaba hacerlo por Sherlock.
- Eres idiota – dice, después de calmarse – Deberías haberme traído contigo.
NT:
yggdrasil:
Árbol del juego de Ragnarok.
Perdonad el retraso imperdonable (incluir aquí excusas de carrera, líos familiares y personales, etc xDD) Espero que os guste este capítulo y esperemos que pronto haya más.
¡Un saludo y perdón de nuevo!
