Bueno
Había sido en una de esas noches frías, una de esas noches en las que dormir solo en Invernalia llegaba a ser tedioso. Robb Stark se coló en su habitación y en su cama, el muchacho ya había cumplido los dieciséis años y aún seguía con las costumbres que tenía a los diez años.
A Theon no le importaba, eran unas costumbres placenteras.
Robb era cálido, su cuerpo permanecía caliente aun cuando había camino hasta allí descalzo, con el frio emanando del suelo. El de Theon estaba helado, las cientas de cobijas que lo cubrían no servían para apaciguar la brisa que se filtraba entre el marco de las ventanas.
—Buenas noches, Theon.
Levantó las cobijas, hallándose con el intruso que había hecho que sus pies se enfriaran al dejar entrar el invisible frio. Robb le regaló una dulce sonrisa al tiempo en que se acurrucaba entre su pecho. Estiró sus brazos, uno debajo del cabeza contraria y el otro por encima de los hombros del mismo. Robb ladeó su cabeza, sus rizos cosquillearon en su piel, erizándola por la emoción.
—No puedo dormir lejos de ti. —La voz era tan dulce. —No sé qué haría sin ti.
—Nada. —Sus dedos se enredaron en la pelirroja cabellera. —Siempre vas a necesitar de mí.
—Lo sé. —Robb bostezó. — ¿Y tú vas a necesitar siempre de mí?
—Sí, te necesito, ahora y siempre.
Theon se acomodó, moviéndose con exageración. Sus manos se encontraron en los omóplatos del Stark, jalándolo más hacia sí. Colocó su mandíbula por encima de la cabeza de este. Sus piernas se rozaban a cada nuevo segundo.
— ¿Le hiciste el amor? —Robb preguntó, la respiración de este chocaba contra su clavícula.
— ¿Qué?
—Esa chica del puerto, ¿le hiciste el amor?
—Por supuesto. —Theon sonrió, una divertida risilla rellenó el aire. — ¿Acaso estas celoso?
En su visita al puerto se encontró con una particular belleza. Tres años menor que el, piernas largas y esbeltas, sosteniendo el firme trasero que se meneaba con la danza de la cadera, pelo largo hasta los hombros, rojo al igual que los labios, muy rojo. Lo único que recordaba eran los carnosos labios, húmedos entre gritos. Pero no muy especial, fácil de olvidar.
—Sí. —Robb alzó el rostro. —Estoy celoso, dejaste que esa noche ella durmiera en tu cama.
Robb se volteó, posicionando el pecho sobre las sábanas. Los dedos del Stark recorrieron su cuello, deslizándose hasta sus mejillas. Las yemas contornearon la silueta de sus labios y la sombra que creaba el inferior sobre su barbilla.
—Pensé en ti todas las noches en las que me dejaste fuera de tu habitación.
Un ligero beso fue depositado en la punta de su nariz. Los labios de Robb se percibieron suaves y húmedos en su piel. Sus mejillas se fueron rellenando de un matiz rojizo de un momento a otro, estaba sorprendido.
Tampoco se quedó sin su oportunidad.
Se aferró a los hombros de Robb, acostándolo y presionándolo desde encima. Relamió sus labios, pudo escuchar una risita salir de la boca contraria al tiempo en que el mismo se estremecía entre sus manos.
—Puedo darte lo mismo que le di a ella.
Theon le tomó la mandíbula, enderezándole la cabeza. Los azules ojos de Robb brillaban de deseo. Los párpados de este se fueron juntando a medida que su rostro se acercaba, demasiado cerca.
—Dime, ¿qué es lo quieres? —Susurró, le gustaba aprovechar de esas situaciones para ser parte del control.
—Theon…—Robb jadeó.
—Dígame, Capitán. —Dijo fanfarrón.
Levantó las cejas, expectante. Las respiraciones de ambos se conectaban en el aire al tener tal cercanía entre sus narices. Sus labios se separaron, próximos a pegarse con los contrarios.
—Dame más de lo que le diste a ella. —Tal vez fue una queja, Theon la escuchó como una súplica. Los brazos de Robb rodearon su espalda, apoyando las manos en torno a su nuca.
—Lo haré complacido.
Robb se retorció cuando sus labios estuvieron juntos. Con delicadeza le tomó el inferior, colocando un beso en este, separándose y volviendo otra vez sobre su boca. Con timidez el Stark fue abriendo la boca, cediéndole el paso a su lengua.
Él había dado tanto, y tan poco se le había remunerado.
Desde el ojo de buey observaba las estrellas acoplándose en el oscuro cielo, estiró su mano y siquiera estuvo cerca de rozarlas, estaban demasiado lejos ahora. Tenía el mismo frio que tuvo esa noche en Invernalia, por primera vez hacia días su espalda ya no se sentía dura, pero las mantas de piel de lobo le causaban comezón y debía destaparse para no terminar arrancándose la piel o partiéndose las uñas, ese era el trabajo de Ramsay Bolton.
Aquella noche la cama había sido pequeña para los dos, aunque sus cuerpos no se juntaron precisamente por eso. En esos momentos la cama era mucho más extensa, con tranquilidad podría dormir cómodo. Sin embargo, los gruesos brazos contrarios lo sujetaban y atraían hacia el desnudo y ancho pecho.
La respiración del Capitán del Sangre alcanzaba sus pestañas, haciéndole bajar los párpados. Uno de sus desgarbados dedos se apoyó sobre el labio inferior, el vapor también se escapaba por el hueco que se formaba junto al superior.
Seco, el andar de su dedo fue seco como el propio labio. Ramsay siempre se lo lamia, una y otra vez, salvo en los sueños y Theon conseguía sentirlo tal cual era. Se detuvo entre las ralladuras hechas por la sequedad. Un nimio ronquido aumento la separación de los labios y lo hizo temblar.
Era tan diferente a Robb, desde la aplastada nariz hasta los gruesos muslos. «Si, te necesito, te necesito ahora.» Ese había sido el primer beso que tomó de Robb y el primero del mismo, Theon se burló con una larga curva en su boca al enterarse y lo besó otra vez, dos veces más, tres si mal no recordaba. Robb siguió siendo tan incapaz como en el primero, tuvo que enseñarle muchas veces, algunas tardes escondidos en el establo, en la madrugada cada uno escabulléndose en el lecho del otro y otras noches en el callejón junto al bar cerca del puerto.
En cierta ocasión, el Joven Lobo mostró sus dientes. Con suavidad, en la última etapa de uno de sus numerosos encuentros, le sostuvo su labio inferior entre los dientes. Apenas lo rozaba, era agradable, y se lo tironeó unos cortos segundos. En la oscuridad del camarote, al instante en el cual las velas se consumieron una a una, Ramsay asimismo le mordisqueó el labio. No hubo alguna sutileza de por medio, los dientes estaban tan afilados como los cuchillos.
Aburrido, estaba aburrido. No alcanzaba el don del sueño, tan solo respirar le causaba dolor en sus huesos, teniéndolo en desvelo. Tampoco es que quisiera dormir, así el tiempo pasaría rápidamente y el tortuoso día llegaría, acompañado de un nuevo pesar. O quizás, con mucha suerte, no volviera a abrir los ojos.
Él no tenía suerte. La suerte fue uno de los que lo abandonó el día en que piso la cubierta del Sangre.
Los negros mechones se interponían en la mejilla del capitán y su dulce criatura se los pasó por detrás de la oreja. Por detrás del desagradable rostro traslucía la mesita, la mayoría de moscas volaban encima de los huesos del pollo y un par se asomaban entre la copa. Si iba a ellos, nadie lo detendría, podría roer los huesos hasta que dejara de sentir sus dientes y sus encías sangraran.
Apartarse de los brazos de Ramsay y arrastrarse hasta el borde de la cama le demoró infinitos minutos. Con esfuerzo se levantó y no fue pasado el inicial movimiento que se desplomó en sus rodillas.
Gimió por lo bajo, ya considerable estrépito causa la caída. La sangre y el espeso semen que aún conservaba en su interior se escurrieron por las caras internas de sus muslos. Algo de lo mismo se concentró en lo largo de sus piernas como costra.
Separó sus piernas y rascó la suciedad. Solo consiguió lastimarse, se causó aberturas y la sangre emanó, en la próxima hora las costras se harían más gruesas y extensas. Acuclillado se largó a llorar, despacio, no quería despertar a la bestia.
Portó la postura de un perro, comenzaba a parecerse a uno. Las lágrimas continuaban constante cayendo hacia su mentón. Tenía mucho tiempo para lamentarse, de día, de noche, en la cama de Ramsay, en cualquier momento podía llorar hasta secarse. Mas este era el momento que debía aprovechar, quizás el único que tendría.
Antes de caer en el sueño, Ramsay le quitó las cadenas y aun así la marcha seguía siendo ardua. Con un largo preliminar las cadenas jugaron en los dedos, cada choque era tortuoso. Sus dientes crujieron cuando le quitaron ambas, de las muñecas y los tobillos, y unas intensas betas rosadas pasaron a apretarlo.
Sus rodillas pesaban y se alzaban con lentitud, sus muslos interrumpidos por el malestar se chocaban entre sí. Ni sus muñecas contaban con la fuerza necesaria, el capitán se encargó de magullarlas; se las apretó con tal intensidad que pensó que los flacos huesos se quebrarían.
En un firme agarré de sus nueve dedos en una de las patas de la mesa, se impulsó. Traqueteó antes de establecerse. Con desesperación se abalanzó a los huesos de pollo y el vino, una que otra mosca también se introdujo en su boca.
En un costado, en medio de los pantalones del capitán se hallaba el cuchillo, un buen amigo del mismo. Theon llevaba el recuerdo en su piel, la que desapareció por este. Ramsay había mantenido el acero por encima del fuego y luego lo apoyó sobre la herida en su dedo. Lloró y gritó el doble de lo que hizo cuando se lo arrancó.
Una pizca de valentía afloró en su pecho. Si moriría, no sería en vano. «Lo que está muerto no puede morir.» Se dijo las palabras que a su tío Aeron le encantaban pronunciar. Se agachó, sin dejar de tener dificultades en su andar y maniobrar.
Un escalofrío colmó su desgarbado cuerpo, el tacto con el acero le rememoraban el dolor de las malas experiencias. Jamás en su vida experimentó un corte, hasta ese entonces. A veces su piel se resecaba por la sal del mar y causaba nimias aberturas, una muy escasa cantidad de sangre salía en consecuencia. El acero acechándolo era algo totalmente nuevo.
Fue con miedo, cual se mezclaba con la exaltación pero que no llegaba a silenciar la bravura. Su corazón se aceleró al acercarse a su captor, su respiración se agitó en el acto de aproximar el cuchillo al cuello. Una rápida y eficaz inclinación, seria tarde para el capitán cuando lo notara.
—Ahora, me gustaría recomendarte que no hicieras malas decisiones.
Era simple, demasiado como para ser real. Y la simpleza se escurrió entre sus dedos, al igual que lo hizo la esperanza de ser Theon Greyjoy un día más, el hijo de Balon Greyjoy, príncipe y heredero de Pyke. No una simple criatura que intentaba imitar a un perro.
—Me entristeces. —Ramsay bostezó.
Theon chilló, la ronca voz lo paralizó. Tan cerca, estuvo tan cerca de triunfar. El cuchillo se le fue arrebatado y su cuerpo devuelto a la cama. Escuchó el crepitar de sus huesos al ser acarreados bruscamente. Pataleó y peleó incompetente hasta que las piernas contrarias presionaron sobre las suyas y los dedos se clavaran en su cuello.
—Después de todo el amor que te he dado, terminas pagándome así. —Ramsay dijo con suavidad, en verdad parecía dolido.
Los dedos hicieron énfasis en su nuez, tirando esta hacia abajo y ahogando las palabras que hubiesen llegado como súplicas, y en ese momento únicamente servían para quemar su garganta.
—Sucia criatura. —El capitán gruño. —Estas corrompida.
Los pulgares levantaron su barbilla, sus ojos se centraron en el techo del camarote. Ramsay frunció el ceño, sus pequeñas pupilas se dilataban en rabia. Theon cerró sus ojos, en su mente se iba bosquejando el castigo. Había sido un perro desobediente, los perros desobedientes necesitan ser corregidos.
—Tienes que valorar lo que he hecho por ti.
El cuchillo, en la mano derecha del capitán, bailó entre sus labios. Una ligera abertura se creó en estos, absorbiendo el gusto a acero revestido con su propia sangre y algo de pollo, el delicioso pollo. Los dedos se inclinaron en un ángulo de noventa grados, la filosa punta besó la delgada fibra de su labio inferior y descendió, un hilillo rojizo lo sombreó.
—L-lo siento.
Por sus húmedos y enrojecidos ojos corrieron otra vez las lágrimas. No por el dolor que soportaba y el que vendría, el lamentaba haber confiado en esa oportunidad, desde un principio tuvo que saberlo, estaba en el Sangre y nada bueno pasaba allí.
Los dedos se apartaron y el cuchillo ralló su cuello, despacio apuntando a cada uno de los huesos que denotaban a través de la piel. Se detuvo por encima de la nuez, al tragar saliva hacia que la punta profundizara sobre esta.
—Dime, ¿qué parte de mi cuello pensabas cortar?
Él pensaba en algo rápido, que ensuciara y dejara marcas, y que sin duda fuera severo. Luego dormiría tranquilo, interesado en lo que el mañana le traería, sería mejor de lo que venía trayendo hasta el momento.
Y ahora no tenía sueño, tampoco se sentía atraído por el mañana.
—Por favor… mi Lord. —Rogó sorbiendo por la nariz.
—Te he hecho una pregunta y "por favor" no es la respuesta que quiero. —Se lo dijo con suavidad, en discordancia con el cuchillo que abrió un diminuto agujero en su cuello. —Te preguntare una vez más, escucha y responde debidamente. ¿Qué parte de tu lindo cuello debería cortar?
Un estremecimiento le provocó un inminente retorcer. Un punzante gemido fue expulsado en el desplazar del frio acero, cual adoptó una postura horizontal.
—Por favor, mi Lord. Por favor. —Repitió con la energía que aún conservaba en sus pulmones.
—No, no, no. —Movió la cabeza, negando. —Te lo dije, "por favor" no es la maldita respuesta. —Ramsay suspiró. —Oh, tonto criatura, ¿qué hare contigo?
Antes de que pudiera volver a suplicar, los dedos del capitán oprimieron su cuello impidiendo las palabras y el cuchillo bajó a su pecho, calvándose en el lado derecho de este. Volcó un agonizante grito, y seguido a él, anduvieron unos cuantos más entre sus dientes.
—Mira lo que me haces hacer. Eres una criatura codiciosa, ni siquiera ha pasado una hora desde que te atendí y ya quieres más de mi amor.
El cuchillo se movió en diagonal, con furia. El corte se entablaba por debajo de su clavícula y finalizaba en el borde de su tetilla. El acero pasó unas tres veces más sobre la misma, aumentando el arremetimiento en cada ocasión. El nivel de sangre también se multiplicaba, tal a sus gritos y llantos.
—No… misericordia… por favor. —Las náuseas revolvieron su estómago. —Perdóneme, mi Lord.
—Ojala pudiera, pero te has portado muy mal. —Ramsay ronroneó. —Y sabes que es lo que le sucede a los perros que intentan morder la mano de su dueño ¿no es así?
Otro corte, superpuesto al anterior, una misma diagonal con el sentido distorsionado. En medio de la sangre podía notarse la equis que se formó con los cortes. Su torso quemaba como si estuviera en el mismísimo infierno, la carne expuesta palpitaba y las aberturas picaban.
—Mi dulce criatura. —Ramsay pronunció melancólico. —Nunca volverás a hacer algo así ¿verdad? ¿No tendré que volver a castigarte?
—No… no… seré bueno… seré muy bueno. —La saliva se desparramaba por sus comisuras y en la boca del capitán brillaba.
Ramsay lamió el cuchillo, donde figuraban las consecuencias de su mal comportamiento. Le besó el pecho, pasando la lengua por los profundos huecos y limpiando la cálida sangre. La misma le pintó los labios. Theon jadeó y rasguñó las sabanas, tratando de mantener un ritmo estable en su respiración. Los dientes aparecieron, mordiendo la sobresaliente piel. La erección del capitán golpeaba sus muslos, esa sería una larga noche.
—Seré bueno, mi Lord. —Dijo con una mueca en su boca, algo parecido a una sonrisa.
