No le dejaron lavarse las manos hasta que llegó la unidad científica. Kyoko no dejaba de mirárselas, como si fueran un objeto extraño, como si no fueran suyas, sus propias manos… De un rojo oscuro, con brillos de otro rojo, vivo y vital, que se iba oscureciendo a medida que se iba secando sobre su piel, cuarteándose y llenándose de grietas y rayas pequeñitas cada vez que abría y cerraba las manos.
Su primer muerto (como si fuera encontrándoselos todos los días…) había tenido el buen gusto de llevar muerto el tiempo suficiente, cubierto en la hojarasca, por lo que nunca se manchó de él. Pero ahora… Esas manos rojas… Ahora temía que nunca pudiera limpiárselas, por más que su mente racional le dijese que solo era sangre. Sangre de otro cuerpo, de otra persona… Sangre que hasta hace no mucho corría veloz dentro de otra carne, llenándola de vida…
¡Era horrible! ¿Por qué tenía que pasarle esto a ella? ¿Por qué otra vez? ¿Por qué los muertos le perseguían? ¿Por qué demonios no hacía otra cosa que encontrarse muertos en el bosque?
Con los primeros gritos de Kyoko acuchillando el silencio del alba, acudieron corriendo empleados del hotel y algún huésped madrugador como ella… Higurashi-san también lo hizo, con su pañuelo flameando tras él. Y siguiendo a la gente que corría, encontró a la pequeña Kyouko-san de rodillas en el suelo, mirándose las manos rojas, los ojos brillando en lágrimas, junto al cuerpo sin vida de Mifune Sakiko, la viuda.
Ren apareció más tarde, cuando le despertó Yashiro golpeando la puerta a punto de un ataque de nervios. El pobre hombre había bajado temprano a desayunar y se había encontrado con todo el revuelo. Matsudaira-san ya estaba corriendo para allá, para ver cómo se encontraba su actriz principal. Otro retraso más y corrían el riesgo de alterar toda la programación. Pero lo primero era la muchacha… ¡Pobre chiquilla!
A Ren, arrancado del sueño de la peor forma posible, se le salió el corazón por la boca cuando Yashiro gritó tras la puerta "¡Es Kyoko-chan!". Se vistió con lo primero que encontró (que probablemente sería la misma ropa de ayer) y sin lavarse la cara siquiera, bajó las escaleras de tres en tres, con Yashiro detrás perdiendo el aliento, incapaz de mantener el paso de sus largas piernas. El ascensor era demasiado lento…
Para cuando llegó él, ya le habían permitido limpiarse las manos. Alguien (uno de los paramédicos, sin duda) le había puesto una manta térmica por encima (una de esas que parecen sacadas de la NASA, plateadas y muy ligeras) y la había sentado en la parte trasera de la ambulancia que habían metido en las lindes del bosque. Ella no miraba a la multitud (cada vez más grande) que se había congregado allí, siempre curiosa y morbosa con la desgracia ajena. No, ella miraba a la mujer muerta (convenientemente cubierta ya, resguardada de ojos indiscretos), espantada y horrorizada aún por la saña con que había sido apuñalada. Cinco, seis, siete veces… Y su cuerpo, desmadejado, tirado de cualquier manera, a plena vista, para que se lo comieran los cuervos o se lo encontrara cualquiera. Lo que sucediera primero… Y resultó ser ella…
A Kyoko le llega lejana la voz de Satoki-san. Estaba hablando con ella, pero la muchacha apenas era capaz de registrar nada del mundo que la rodeaba, perdida en la imagen ensangrentada de Mifune-san. Ya se estaba preocupando Satoki sobre cómo hacerla reaccionar y hacerla salir de donde quiera que su mente la tuviese atrapada, cuando la solución se presentó por sí misma. Al otro lado del cordón policial, Tsuruga Ren era retenido por dos agentes que le impedían el paso, mientras su mánager y el director intentaban que lo dejaran pasar. "¿El caballero japonés? ¿Cordialidad y cortesía? Y un cuerno… Pura fachada, eso es lo que es… Cualquiera que tenga ojos, podría ver que ese hombre no es más que fuerza contenida. Y ahora mismo, está a un pelo de perder el control…", pensaba Satoki.
Efectivamente, a Ren le estaba costando todo su autocontrol no deshacerse a empujones de los dos agentes que le impedían llegar a su Kyoko. ¿Es que no la veían? ¿No ven cómo está? Perdida, desolada, rota… Sufriendo… Tenía que llegar hasta ella. Tenía que alcanzarla…
Finalmente, Satoki le hizo una seña a uno de los agentes para que le franquearan el paso a Tsuruga Ren. Con un gruñido entre dientes, que tan solo oyeron Yashiro y Matsudaira, atravesó el espacio que le separaba de la muchacha en dos zancadas. Las manos le picaban para alzarla en sus brazos y estrecharla contra su pecho. La llamó por su nombre "Mogami-san", pero ella no le escuchaba… Su voz no le llegaba. "Mogami-san", repitió. Sus ojos, perdidos, tampoco le veían. Miraba a través de él, hacia la figura inerte sobre el mar de hojas. Como aquella otra vez, hace ya tanto tiempo, se agachó frente a ella, situando el rostro a su misma altura. "¿Dónde estás, amor mío?", le susurró. "Vuelve a mí, Kyoko-chan". Y sin importarle un comino ni Satoki ni los curiosos más allá del cordón, su mano tocó su fría mejilla, sus dedos acariciando su tersa piel. "Vuelve a mí, mi vida". Ah, ahí. Justo ahí. Una chispa en el fondo de sus ojos turbios.
Y luego las lágrimas.
La chaqueta de Ren se empapaba y su pecho escondía los sollozos de desconsuelo.
Satoki les permitió unos minutos de privacidad antes de tener que tomarle declaración.
—Mogami-san, parece tener usted un don especial para encontrar cadáveres... —le dijo—. Y para meterse en problemas... —sin duda, frases desafortunadas que le valieron una mirada oscura por parte de Ren.
Kyoko se negó en redondo a irse a su habitación (suite, mejor dicho), haciendo caso omiso de las insistencias de todos. Del director, de Yashiro, de sus compañeros… De Ren… ¿Es que no lo entendían? Si volvía a quedarse sola, sin nada que hacer, sus manos volverían a teñirse de rojo y sus ojos solo verían la imagen de la pobre Mifune-san… No podía, no quería regresar al hotel. Además, ella no era tonta y sabía bien que el rodaje ya iba con retraso. Y no podía permitir uno más por causa suya. Así que no. No la iban a convencer. Ni consejos, ni recomendaciones, ni amenazas vagas ni evidentes… Ni siquiera Ren pudo.
Matsudaira-san en el fondo estaba orgullosísimo de la muchacha. De seguro tenía que estar afectada por todo lo que había sufrido en tan poco. ¿Pero qué hacía ella cuando se hundía? ¿Qué hacía cuando la realidad la hacía caer al suelo? Pues volver a ponerse en pie. Más fuerte que antes, más decidida... Más valiente… Ah, así que no es extraño en absoluto que alguien como ella haya enamorado a Tsuruga Ren. No, para nada…
Estaban en la pausa para el almuerzo y había un ambiente un tanto tenso entre los miembros del equipo. Todos miraban a la joven Kyouko con ojos llenos de compasión y conmiseración y ella podía sentirlos clavados en su nuca. Se removía inquieta, nerviosa, sin tener que fingir ahora que no estaba actuando ni discutiendo. Yashiro los vio y les dirigió una mirada pétrea que hizo que dejaran de mirarla y volvieran a sus bentos.
Justo entonces se presentó en la locación Satoki con dos agentes. Las conversaciones enmudecieron, los bentos quedaron olvidados y los ojos lo seguían. Satoki lucía serio, molesto consigo mismo y con lo que tenía que hacer.
—Lo siento, Tsuruga-san. Pero tiene usted que acompañarme a la comisaría.
