VIENTOS DE ETERNIDAD
CAPÍTULO V
EN EL HOGAR PARA LA NAVIDAD
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La mañana de Navidad amaneció con una Ciudad Macross completamente blanca después de que la nieve hubiera caído toda la noche de manera incesante. El cielo gris, el clima helado y un viento suave que soplaba del norte pronosticaban una fría navidad.
Sin embargo para Rick Hunter aquella mañana parecía ser la más esplendorosa de la historia. Para él era como si el sol brillara en todo su esplendor y como si el mundo hubiera renacido tras un crudo invierno. Esa mañana era la más hermosa de su vida… era la mañana en la que había amanecido con su esposa en los brazos y sabiendo que entre los dos habían creado un nuevo ser. Que la vida había surgido de su amor.
Hacía ya un buen rato que el general Hunter estaba despierto. Había dormido profundamente y se sentía descansado y feliz. La emoción que sentía era tanta que simplemente no hubiera podido dormir más, aunque lo hubiera querido. Se sentía como un niño en una mañana de navidad… literalmente.
- Parece un sueño… - Rick pensaba, mientras acurrucaba a Lisa contra su pecho y le besaba la frente. – Parecen tan lejanos esos días en los que yo era un hombre tan solitario, sin ninguna razón y sin ningún propósito en la vida… parece tan lejano ese tiempo cuando yo me sentía tan triste, tan desprotegido, tan infeliz… ¿En qué momento mi vida dio este giro y se volvió tan maravillosa, tan increíble?
El piloto contempló a la joven mujer que descansaba en sus brazos y sonrió, sabiendo que la respuesta a esa pregunta estaba ahí, tan cerca de su corazón. Su vida se había vuelto una aventura y una hermosa realidad en el momento en el que Lisa Hayes había entrado en ella… en el momento en el que ambos habían admitido su amor.
- No puedo creer que hayamos llegado tan lejos. Aún recuerdo cuando iniciamos esta hermosa relación… cuando decidimos vivir juntos… cuando le pedí matrimonio… cuando nos casamos y esa maravillosa luna de miel en Villa Riviera… este año que termina y que fue tan difícil para los dos… y ahora— ahora además de toda la felicidad y toda la alegría que Lisa ha sabido darme… ¡Ahora esto!
Rick miró a Lisa, quien totalmente ajena al hecho de que su esposo ya estuviera despierto, seguía profundamente dormida en sus brazos. La expresión de absoluta paz y serenidad que ella tenía en su rostro cuando dormía hacían que el corazón de Rick se derritiera por ella. No podía entender la ternura que ella le provocaba… entre ellos había amor, había pasión, había necesidad, había muchas cosas… pero sobre todo había ternura, mucha ternura.
Él le acarició el rostro con la punta de sus dedos y sonrió cuando sintió como ella se estremecía levemente con aquella caricia sutil. Y en ese momento una verdad absoluta golpeó a Rick como si una tonelada de ladrillos le hubiera caído en la cabeza. En ese momento quizás finalmente pudo asimilar la verdadera dimensión de esa noticia que Lisa le había comunicado la noche anterior. En ese momento Rick Hunter comprendió que iba a ser padre del hijo que Lisa estaba esperando.
Y supo que ahora tenía una familia… una verdadera familia a la que debería de cuidar, de amar, de proteger. En ese instante él comprendió que todo lo que era importante en su universo lo tenía en esos momentos ahí en sus brazos: a su esposa y a su pequeño.
Y de pronto sintió un fuego ardiente que le quemaba el pecho. Era el fuego del amor… era esa necesidad inmensa de proteger a los suyos, de cuidarlos, de siempre estar ahí para ellos, de morir por ellos si fuera preciso.
- Lisa, mi esposa… y ahora… ahora mi hijo. – El piloto sonrió soñadoramente. - ¡Nuestro hijo! ¡Dios, me siento tan emocionado, tan feliz, tan…! Me pregunto si mi padre sentiría esto mismo cuando mi madre le dijo que yo venía en camino… ¿Qué sentiré cuando nazca, cuando lo sostenga por primera vez en mis brazos?
Los ojos del piloto se humedecieron y una sonrisa tierna apareció en sus labios. Lenta, tímidamente acarició los brazos de Lisa y su caricia bajó por su costado hasta sus caderas y de ahí su mano fue a posarse al abdomen – aún plano – de su esposa. Se acercó a ella para besarla en la frente y fue esa caricia la que finalmente hizo que Lisa comenzara a despertar.
Rick la observó, fascinado por aquel espectáculo tan hermoso que era el despertar de esa mujer a la que amaba con su vida. La manera en la que sus ojos verdes brillaban como si fueran sutiles destellos de fuego verde cuando sus ojos comenzaban a entreabrirse lo encantaba y lo fascinaba. Esa sonrisa adormilada que lentamente comenzaba a aparecer en sus labios lo enternecía y la manera como ella casi como por reflejo buscaba el calor y la protección de su cuerpo lo hacía sentirse el hombre más afortunado del mundo.
- ¡Buenos días, preciosa! – Él la saludó cuando ella comenzó a estirarse y a hacer suaves ruiditos con la garganta. - ¿Dormiste bien?
- Rick… - Lisa se acurrucó contra el pecho de su esposo. – Muy bien amor… ¿Qué hora es?
- ¡No tienes remedio, Hayes! Es día de Navidad, hoy el reloj no importa, ¿De acuerdo?
- ¡Me agrada la idea! – Lisa aspiró profundamente el aroma tan masculino y tan característico de Rick, mientras recargaba su cabeza en el hombro del piloto. - ¡Feliz navidad, amor!
- La más feliz de mi vida, bonita. – Rick la besó en medio de los ojos.
- No fue un sueño, ¿verdad? – Lisa lo miró a los ojos amodorradamente y una pequeña sonrisa apareció en sus labios. – Realmente sucedió…
- Así es, amor. – El piloto le devolvió la sonrisa. – Realmente sucedió… es un sueño, Lisa… pero uno verdadero.
- Vamos a tener un bebé. – Lisa cerró los ojos y se acurrucó aún más contra el cuerpo de Rick. – Amor… estoy emocionada… muy feliz.
- ¡Yo también, Lisa! Yo también lo estoy… pero Lisa, estuve pensando…
- ¿Qué cosa, pilotito?
- Bueno… - Rick la miró a los ojos. – No quiero que vayamos a tener ningún problema durante este embarazo. Así que el día que vayamos a ver a Tanya quiero que ella nos de todas las indicaciones necesarias… y las vamos a seguir al pie de la letra, amor. Todo lo que ella nos diga, todo lo vamos a hacer. ¿De acuerdo?
- Me parece una idea sensata, mi cielo. – Lisa sonrió emocionada.
- Además… yo—bueno, yo quería preguntarte si tú… si tú te sientes bien, si todo está en orden… si tú…
- ¡No te preocupes, Rick! Todo está bien…
- Pero es que con lo que sucedió antes… tu cansancio, tus mareos, todo eso…
- Es perfectamente normal, amor. Todas las mujeres embarazadas pasan por eso. No tenemos por que preocuparnos.
- Bien, en ese caso… - Rick sonrió tímidamente. – No quiero abrumarte con todo esto, Lisa… pero comprende que estoy emocionado y que quiero hacer las cosas bien… pero no sé mucho de esto y vamos a tener que aprender… vas a necesitar mucha paciencia conmigo, amor.
- ¡Toda la que sea necesaria, Rick! – Lisa lo besó en los labios. – Además recuerda que también es mi primera vez… yo también tendré que ir aprendiendo… pero lo haremos juntos.
- ¡Claro que sí! – Rick la besó en la frente.
- ¿Sabes algo, amor? – Lisa se recostó en su pecho y comenzó a acariciarlo perezosamente. – Ayer que Tanya me lo dijo… bueno, creo que de pronto no creía lo que estaba escuchando. Aún cuando salí del consultorio me sentía algo… extraña. No comprendía la magnitud de la noticia… es más, ni siquiera lo podía creer.
- ¿Y qué hiciste?
- Salí a conducir un poco por la ciudad… quería despejarme un poco, respirar algo de aire… fue cuando pasé por el centro comercial y te compré esos regalitos. El libro y la camiseta, quiero decir.
- ¡Ah! – Rick sonrió. – Voy a leer ese libro de principio a fin… y ¿sabes algo? Hoy mismo voy a estrenar mi camiseta.
- Me dijeron que ese libro era muy bueno… no es precisamente un libro científico, sino más bien las experiencias cotidianas de un papá, pero me dijeron que era muy ilustrativo y seguramente te será de utilidad.
- ¡Ya quiero comenzar a leerlo!
- En cuanto a la camiseta… simplemente me pareció apropiada.
- ¡Es increíble! – Rick se rió. - ¡No me la voy a quitar en estos meses!
- Rick, no seas sucio. – Lisa protestó pero su risa la traicionó.
- Bueno, la voy a lavar en la noche y en la mañana me la vuelvo a poner.
- Así sí. – Lisa suspiró profundamente. - ¡Rick, te amo tanto!
- Y yo a ti, preciosa… ¡No tienes idea! Pero me decías…
- ¡Ah, sí! Bueno… no sé porque, pero de pronto me encontré en las afueras del Museo Donald Hayes…
- ¿Sí? – Rick la animó a continuar.
- No sé… necesitaba estar cerca de mis padres. – Lisa explicó. – Quería darles la buena noticia… quería que ellos supieran que van a ser abuelos… que la sangre de la familia seguirá existiendo en este nuevo mundo.
- ¡Lisa! – Rick la besó enternecido.
- Bueno… quizás el nombre de la familia sea diferente, pero—
- ¡Claro que no lo será! Yo no sé tú amor, pero yo quisiera que nuestro bebé llevara el apellido Hunter-Hayes.
- ¿En serio? – Lisa lo miró y sus ojos resplandecieron.
- ¡Por supuesto! Así es como debe de ser, Lisa… imagina nada más el legado y la historia del apellido Hayes… ¡No hay forma de que yo vaya a permitir que se pierda, preciosa!
- ¡Oh Rick, te quiero tanto! – Lisa lo besó en la barbilla. - ¿Sabes qué? Sostengo lo que siempre he dicho, mi padre te hubiera adorado, piloto.
- Hay que estar en buenos términos con el suegro… donde quiera que esté. – Rick le guiñó traviesamente el ojo a su esposa.
- Aprovechando que estaba ahí también pasé por la sala Mitchell Hunter, ¿sabes? – Lisa le sonrió. – Digamos que yo también quiero estar en buenos términos con mi suegro.
- ¡Aw, Lisa! – El piloto la abrazó con cariño. - ¿Sabías que eres maravillosa y absolutamente increíble?
- Bueno… no me molesta que me lo digas y que me lo repitas, piloto. ¿Y sabes qué más? Me encanta escucharte decir que me amas… porque me amas, ¿verdad?
- ¡Hay que ser descarada, Lisa Hayes! – Rick se rió y atrapó a su esposa debajo de su cuerpo. - ¿Todavía lo dudas?
- Jamás lo dudaría, amor… pero me gusta escucharlo de tus labios.
- Pues entonces déjame decirte que te amo… - Rick comenzó a atacarla con lo que él solía llamar besos de ametralladora. - ¡Te amo! ¡Te adoro! ¡Te quiero!
- ¡Rick! – Lisa no podía dejar de reírse, pues aquellos besos le provocaban cosquillas. - ¡Ya basta! ¡Riiii—ck!
- ¡Ah no, almirante Hayes! Usted empezó y el que se lleva se aguanta…
- ¡Me haces cosquillas! ¡Detente! ¡Rick Hunter!
El piloto terminó abruptamente su ataque de amor. Los dos estaban jadeantes y despeinados. Se sostuvieron la mirada por un breve momento antes de comenzar a reír como locos. Rick recostó su cabeza en el pecho de Lisa y ella comenzó a acariciarle el cabello y la espalda. Aquella caricia pareció relajar al piloto rebelde que pronto se encontró prácticamente ronroneando contra el cuello de ella.
- ¿Sabes algo, Rick?
- ¿Qué pasa, amor?
- A veces me pregunto si realmente vale la pena dejar la vida en un ideal que muchas personas parecen no poder o no querer comprender… no sé, pero hay veces que me pregunto si realmente hay un motivo o una razón detrás de lo que hacemos… es decir, como militares vivimos y luchamos para proteger la Tierra y a sus habitantes… pero a veces parece que ningún esfuerzo es suficiente, que ningún sacrificio es bastante…
- Te entiendo, yo me he sentido igual y me he preguntado lo mismo. Pero… ¿Por qué lo dices, amor?
- Porque son momentos como este cuando me doy cuenta de que todo ha valido la pena… de que yo no lucho por una humanidad anónima… yo lucho por los que amo, Rick. Y ningún sacrificio y ningún esfuerzo serán jamás inútiles, porque los hago por ti, amor… por ti y ahora por este hijo que hemos engendrado. Ustedes son mi razón, mi motivo y mi inspiración.
- Lisa… - Rick levantó la mirada para encontrarse con esos ojos verdes que adoraba. – Tú sabes que pienso exactamente lo mismo, princesa… yo lucho también lucho por los que amo… por ti y ahora por él. – El piloto se movió un poco y colocó su mano sobre el vientre de su esposa. – Ustedes son mi vida… ustedes son mi todo.
Los dos se sonrieron con cariño y después de un beso tierno y cariñoso fue Rick quien decidió que aquel día de navidad era para celebrar… y lo harían, con sus amigos.
- ¿Qué dice, almirante? – El piloto se puso de pie y le ofreció sus manos a Lisa. – Creo que es hora de alistarnos para ir a la comida navideña de los Sterling.
- ¡Absolutamente! – Lisa se rió y se dejó llevar por Rick. - ¡No puedo esperar para darles la noticia!
- Pues espero que no vuelvas a hacerla de emoción, como lo hiciste anoche conmigo, amor.
- ¡Vamos Rick! Comprende que estaba nerviosa… ¿Qué querías que hiciera?
- Bueno… ya no podemos hablar del pasado porque no hay nada que podamos hacer para cambiarlo… pero te puedo decir que quiero que hagas en este momento.
- Déjame pensar… - Lisa se llevó un dedo a los labios en actitud pensativa. - ¿Ese algo que quieres que haga incluye besitos, abrazos y cariñitos?
- En una palabra, apapacho. – Rick asintió vigorosamente. - ¿Nos vamos entendiendo, almirante?
- Me parece que sí, general. – Lisa le echó los brazos al cuello y comenzó a besarlo en los labios. – Me parece que sí…
- ¡Feliz navidad, Lisa! – Rick murmuró contra sus labios.
- Y feliz navidad a ti también, amor…
- Otra cosa, pequeña… hay algo que tenemos pendiente antes de irnos con los Sterling.
- ¿Qué cosa, amor?
- Nuestras cartitas de navidad… para leerlas el próximo año. – Rick le guiñó el ojo a su mujer. - Creo que esta vez tengo mucho que escribir, Lisa… ¡El año que viene va a ser muy especial!
- ¡Lo será, Rick! – Lisa buscó ávidamente los labios del piloto para besarlo con pasión. - ¡Vaya que lo será!
- O mejor dicho, ya lo es…
Y mientras ambos se besaban frente a la ventana de su habitación, afuera seguía cayendo impasible la nieve que continuaba cubriendo la ciudad con su manto níveo. El frío no parecía ceder, pero para Rick y Lisa Hunter-Hayes aquella mañana era la más hermosa de sus vidas… una mañana de navidad que era más tibia y más luminosa que el día más esplendoroso del verano de Ciudad Macross.
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En la casa de los Sterling desde muy temprano había gran actividad. Había sido la menor de la dinastía quien había tenido esa mañana el papel de reloj despertador. Ni bien había amanecido cuando la pequeña Dana había aparecido brincando en la cama de sus adormilados padres, ansiosa por ir a abrir sus regalos que estaban debajo del arbolito de navidad.
Por supuesto que Max y Miriya no habían tenido nada que argumentar al respecto. Un trato era un trato y ellos le habían prometido a Dana que si se iba a dormir temprano la noche anterior – para que ellos pudieran dedicarse a sus propias actividades navideñas – por la mañana habría muchos regalos para ella debajo del arbolito.
Y Dana Sterling había cumplido con su parte del trato… era hora de que sus padres cumplieran con la suya.
Después de dedicarle a su hija toda la mañana, después de abrir todos sus regalos y de tomarse mil fotografías familiares, Max tuvo la encomienda de terminar de preparar los últimos detalles para la comida de Navidad que tendrían con sus amigos (que no tardarían en llegar) mientras que Miriya bañaba y vestía a su pequeña berrinchuda que lo único que quería era seguir jugando con sus juguetes nuevos.
Las cosas mejoraron cuando – puntual como siempre – Kelly Hickson hizo su aparición en la residencia Sterling con su inseparable Enkei. Casi fue como si llegara la caballería, pues Max y Miriya pudieron ir a prepararse para recibir a sus amigos sin tener que preocuparse por su pequeña aprendiz de terrorista.
Eran casi las 12 del día cuando el feliz matrimonio Sterling apareció en la sala de su casa, ataviado con sus mejores ropas navideñas y con enormes sonrisas en los labios… sonrisas que por otro lado le dieron mucho en que pensar a la teniente Hickson. Aunque, trabajando con los H2 Kelly ya estaba curada de espanto. Sabía lo que esas sonrisas significaban y ella misma se sentía feliz de saber y de comprobar que sus amigos se amaban de aquella manera. Tanto los Hunter-Hayes como los Sterling.
- ¡Casi una hora de retraso! – Miriya protestó. - ¿Qué les pasa a Rick y a Lisa que nunca pueden llegar a tiempo? ¡No se molesten en responder! Yo sé lo que les pasa…
- ¡Vamos amor! – Max trataba de calmarla. – Es navidad, seguro que anoche se desvelaron y hoy decidieron levantarse algo más tarde. Es perfectamente comprensible y además se merecen algo de descanso.
- ¿De descanso? Maximilian, te aseguro que lo que menos están haciendo esos dos es descansar. – Miriya intentó sonar ofendida, pero la sonrisa traviesa que apareció en sus labios la traicionó por completo.
Mientras Max y Miriya entraban a la cocina para seguir preparando la comida navideña y Dana y Enkei jugaban cerca del arbolito de navidad, Kelly se puso de pie y fue a asomarse a la ventana de la sala de la casa.
Justo en ese momento un automóvil Fiat de color oscuro se detuvo frente a la casa de los Sterling y una sonrisa comenzó a formarse en los labios de Kelly Hickson al darse cuenta de quienes habían llegado.
- ¡Los Azueta están aquí! – Canturreó alegremente la joven teniente, mientras brincaba hacia la puerta para abrirla.
- ¡Hasta los Azueta llegaron primero que los H2! - Miriya protestó desde la cocina.
- Me imagino que querrán llegar al final para hacer una entrada triunfal.
- ¡Triunfal voy a quedar yo cuando les diga unas cuantas verdades a ese par de insolentes, impuntuales, irresponsables! – Miriya seguía vociferando mientras iba a la puerta detrás de Kelly, pero de pronto y sin que siquiera tuviera que tomar aire, su tono de voz cambió. - ¡Buenos días, comodoro Azueta! ¡Nick Azueta! ¡Bienvenidos… adelante por favor!
Kelly miró a Max y él se encogió de hombros e hizo una cara de resignación.
- ¿Bipolar? – Preguntó inocentemente el piloto.
Kelly se encogió de hombros y los dos sonrieron ante aquel episodio tan típicamente Miriyesco que acababan de presenciar.
-¡Feliz Navidad! – Ya Nick Azueta se había acercado a saludarlos efusivamente. - ¡Capitán Sterling… teniente Hickson!
- Ya te dije que puedes llamarme Max. – El piloto as de la UNSAF respondió con una sonrisa. – Veo que trajeron provisiones.
- Sí, bueno… un pastel de frutas secas. – Nick le entregó el envoltorio a su anfitrión.
- Pues adelante y pónganse cómodos por favor. – Max se dirigió a la cocina.
- Y feliz navidad a ti también, Nick. – Kelly le sonrió a su amigo, quien en ese momento estaba distraído acariciando la cabeza peluda de Enkei que se había acercado a saludar.
- ¿Qué tal estuvo tu fiesta de nochebuena? – El marino preguntó interesado.
- Más o menos… - Kelly respondió, encogiéndose de hombros y dirigiéndose a tomar asiento en la sala frente al arbolito. – La cena estuvo bien, pero después los chicos quisieron salir… casi todos iban en pareja y yo la verdad no me divierto demasiado yendo a bailar a una discoteca. Volví a casa temprano en realidad.
- Hubieras llegado a casa de mi padre, Kel. – Nick se sentó a su lado. – Yo pasé una linda velada con él, pero se fue a dormir temprano y también pasé el resto de la noche por ahí, matando el tiempo…
- Sí, yo también…
- Viendo algunas películas… - Los dos dijeron al mismo tiempo y rompieron a reír.
- Bueno, no iba a desperdiciar la oportunidad. Además tenía que sacar ventaja de mi regalo de navidad. ¡Gracias Kelly! Lo digo en serio.
- Aw, de nada… ¿Le gustaron sus regalos a tu padre? – Kelly miró al comodoro que en esos momentos estaba totalmente concentrado en alguna conversación importante con Max.
- ¡Le encantaron! – Nick sonrió emocionado. – También eso tengo que agradecerte. De no ser por ti yo no hubiera sabido ni qué regalarle ni donde conseguirle los regalos. ¡Eres buena, Hickson!
- ¡Sí, lo soy! – Kelly se dio aires de suficiencia.
- ¡Y veo que estás usando el regalo que te di! – Nick sonrió emocionado al notar la sudadera roja que su amiga llevaba puesta.
- Sí, bueno… quería que vieras que sí lo voy a usar. Oye, ¿y qué película viste anoche entonces?
Mientras los dos jóvenes se perdían en su conversación, en la calle nevada fuera de la casa de los Sterling, una inconfundible camioneta negra se detenía después de un corto viaje desde la Casa del Almirantazgo. Rick apagó el motor y se quitó el cinturón de seguridad para después moverse levemente hasta una posición que le permitiera mirar a Lisa de frente. Ella le sonrió y él le acarició la mejilla con el dorso de su mano.
- ¿Estás lista para enfrentar a esa jauría de lobos que tenemos por amigos?
- No seas malo, Rick… lo que pasa es que ellos son un poco… efusivos, eso es todo.
- ¿Efusivos? – Rick se rió. – Explosivos sería un término más correcto… bueno, yo estoy listo si tú lo estás.
- Yo—estoy un poco nerviosa. No sé por qué, no hay razón para estarlo, pero… - Lisa se rió suavemente.
- Yo también, amor… nervioso pero muy emocionado… ¡Oh Lisa, te amo!
Rick se acercó a Lisa y la besó de lleno en los labios sin que mediara advertencia alguna. Ella cerró los ojos y sonrió contra los labios de su esposo cuando sintió aquel beso tan tierno y tan dulce.
- Bien… vamos.
El general Hunter se bajó de su camioneta y le dio la media vuelta para ir a abrir la portezuela del lado de Lisa. Galantemente la ayudó a bajar, aprovechando para darle otro besito y un abrazo cuando ella estuvo en el piso. Los dos fueron a abrir la portezuela trasera de la camioneta y a sacar varias bolsas llenas de regalos para sus amigos.
Fue Enkei quien alertó a los Sterling y a sus invitados de que los Hunter-Hayes habían finalmente llegado. El perrito estaba parado de manos en la ventana de la sala, ladrando con gran emoción y moviendo alegremente la cola. Eso hizo que Max se dirigiera a abrir la puerta de la casa solo para encontrarse cara a cara con un Rick Hunter que le apuntaba con el dedo directamente al rostro, en un gesto que hacía obvio el hecho de que había estado a punto de tocar el timbre.
- ¡Hola chicos! – Max los saludó alegremente. - ¡Feliz Navidad!
- ¡Ya era hora! – Miriya apareció al lado de su esposo. - ¡Una hora de retraso! ¡UNA HORA! Eso es demasiado incluso para ustedes… ¿Estaban demasiado ocupados esta mañana o amanecieron cansados después de su nochebuena? ¿Eh?
- Opción C, - Rick le guiñó el ojo. – ¡Todas las anteriores!
- ¡No lo puedo creer! – Miriya elevó las manos al cielo. - ¡Llegar tarde a mi comida de navidad! Eso es francamente impensable… voy a tener que considerar seriamente la invitación para el siguiente año.
Max ya había tomado las bolsas que Lisa llevaba cargando y había ido con Rick a dejarlas debajo del arbolito. El general Hunter sonreía entre divertido y resignado con las reacciones de Miriya.
- Ya sabes como se pone cuando prepara alguna celebración. – Max se disculpó por su esposa.
- ¡Ni lo menciones! Aún recuerdo mi boda. – Rick se rió.
La mirada del piloto se desvió hacia Lisa que en esos momentos estaba conversando animadamente con Miriya y con el comodoro Azueta, mientras que Kelly y Nick observaban la escena desde el sofá en el que estaban instalados. Una sonrisa soñadora apareció en los labios de Rick, lo cual no pasó desapercibido para su mejor amigo.
- Andas enamorado, Hunter. – Max le dio un empujón amistoso con el hombro.
- ¿Es tan obvio?
- Bien, supongo que pasaron una hermosa nochebuena juntos.
- ¡Ni te imaginas, Max! Realmente no te lo imaginas…
En ese momento Lisa buscó a su esposo con la mirada y cuando lo encontró una sonrisa esplendorosa apareció en sus labios. Rick comenzó a caminar hacia ella y extendió la mano para tomar la que Lisa le ofrecía. Sus dedos se entrelazaron y el piloto no perdió la oportunidad para besarla suavemente en la mejilla en cuanto la tuvo a su lado.
- ¡Feliz Navidad, Rick! – El comodoro Azueta saludó a su amigo.
- Para ti también, Azueta… me alegra mucho que hayan venido. – Respondió sinceramente Rick.
- ¡Realmente te luciste con ese regalo! – Miriya exclamó, sin poder apartar los ojos del pendiente de colibrí que Lisa llevaba puesto. - ¡Es hermoso!
- Lo que importa es que le haya gustado a Lisa. – Rick se acercó a ella para frotar juguetonamente su nariz contra la mejilla de su esposa.
Ella se rió y levantó su mano para acariciar el rostro de Rick que tampoco podía dejar de reír suavemente. Lisa movió un poco su cabeza para darle un besito rápido y suave al piloto en los labios.
- ¡Hoy de verdad que se están pasando de almíbar! – Miriya suspiró resignada.
Los ojos del general Hunter y los de la almirante Hayes se encontraron y sendas sonrisas aparecieron en sus labios. De ese tipo de sonrisas que hacían obvio el hecho de que ellos hablaban su propio idioma y que en ese momento se estaban comunicando algo que nadie más podía entender. El piloto pasó su brazo por alrededor de los hombros de su esposa y ella se abrazó a él, acurrucándose contra su costado.
- La verdad es que hay algo—hay algo que queremos decirles. – Rick no podía quitarse la sonrisa de los labios mientras miraba a Lisa.
- No me digan que solo vinieron a traer los regalos y que van a irse a seguir sus propias celebraciones. – Miriya se plantó frente a ellos desafiante y colocó sus puños cerrados en sus caderas. - ¡Max y yo pasamos horas y horas en la cocina! Así que nadie sale de aquí hasta que todas las ollas, cazuelas y refractarios estén limpios, ¿de acuerdo?
- ¡Amor! – Max fue a abrazar a su esposa. – Estoy seguro de que nadie va a ir a ningún lado…
- Yo no sé, Max… con este par yo ya no sé nada.
- Bien… - El comodoro Azueta intentó volver al cause original de la conversación. - ¿Qué nos querían decir entonces, Rick?
- Bueno…
El piloto miró a su esposa y ella le sonrió y recargó su cabeza en el hombro de él. Rick no desaprovechó la oportunidad para besarla en la sien antes de mirar de frente a sus amigos. Lisa parecía conforme y feliz de que fuera Rick el portador de las buenas noticias.
- Ayer Lisa y yo—bueno… - Rick se aclaró la garganta. - ¡Dios, tenías razón! Es difícil decir esto… - El piloto se rió y le dio un besito a su esposa en la punta de la nariz.
- ¡Y te quejabas de mí, piloto! – Ella le replicó cariñosamente y le plantó un beso suave y prometedor en los labios.
Sus amigos sonrieron, percatándose de que Miriya tenía razón en su comentario. Aquel día Rick y Lisa parecían destilar miel… y tratándose de ellos eso ya era mucho decir.
- Bien, entonces simplemente lo diré sin hacerla de emoción. – Rick tomó aire en sus pulmones y enseguida disparó: - Chicos… Lisa y yo vamos a tener un bebé… - Y su sonrisa se hizo aún más enorme y radiante cuando terminó aquella frase con cuatro palabras que sonaron suaves y muy sentidas. – Vamos a ser padres.
La sorpresa de todos los ahí reunidos fue patente. Todos los miraban boquiabiertos y con ojos desorbitados. Parecía que el tiempo de pronto se había detenido en esa pequeña casa del barrio militar y que todos sus habitantes misteriosamente habían quedado congelados por la nevada que seguía cayendo en el exterior.
Incluso Dana y Enkei, que hasta entonces habían estado jugando cerca del arbolito de navidad, se quedaron quietos al percatarse del silencio que de pronto reinaba en aquel sitio que tan bullicioso había sido hasta hacía unos segundos.
Fue Nick Azueta, quizás por ser el menos familiarizado con Rick Hunter y Lisa Hayes y su tormentosa historia de amor, quien fue el primero en reaccionar, poniéndose de pie y yendo a donde los dos militares esperaban ansiosos por la reacción de sus amigos.
- ¡Pues muchas felicidades a ambos! – Nick estrechó la mano de Rick y después la de Lisa.
- ¿Van a tener un—? – Kelly sacudió la cabeza, como para salir de su estupor y una sonrisa radiante comenzó a formarse lentamente en sus labios. - ¡Un bebé! ¡VAMOS A TENER UN BEBÉ DE LOS H2! – Finalmente Kelly explotó.
Y el pandemonium se desató en aquella pequeña sala de la cajita de fósforos de los Sterling. Ni Lisa ni Rick supieron exactamente qué era lo que había sucedido, pero de pronto los dos se vieron separados y todo el mundo comenzó a abrazarlos, a felicitarlos y a prodigarles todo tipo de muestras de cariño.
Los Azueta optaron por hacerse a un lado mientras contemplaban aquella escena con una sonrisa en el rostro. Nick miró a su padre y se encogió de hombros.
- Me parece que todos están contentos con la noticia.
- Así me lo parece, hijo. – Azueta le puso la mano en el hombro a su vástago. – La verdad es que hacía tiempo que todos esperaban una noticia de este tipo. ¡Rick y Lisa deben de estar felices!
- Te aseguro que lo están, padre. ¡Solo hay que verles los rostros! Esta es una noticia grande para todos en la UN Spacy y en la UNSAF, ¿no? ¡Es una noticia grande para todas las Fuerzas de Defensa!
Un gesto de preocupación apareció momentáneamente en el rostro del comodoro Azueta, pero fue algo efímero y fugaz que desapareció en el momento en que vio que Lisa había quedado libre de los brazos de Kelly y Miriya y se acercó a felicitarla con gran formalidad.
- Almirante Hayes, es una noticia extraordinaria. Estoy muy feliz por usted y por el general Hunter. Un hijo siempre es una bendición en la vida y si hay una pareja que merece todas las bendiciones que el Cielo pueda derramar sobre ella, esos definitivamente son ustedes… ¡Mis mejores deseos, almirante!
- Muchas gracias, comodoro Azueta. – Lisa tomó la mano que el buen hombre le extendía. – Realmente le agradezco sus palabras.
- ¡Ya te habías tardado, viejo! – Max le golpeó la espalda a su amigo. – Ya decía yo que tan mala puntería no podías tener.
- ¡Max! – Rick le lanzó una mirada precautoria.
- ¡Es en serio, Rick! Ya hacía rato que todos esperábamos esta noticia… ¿Cómo te sientes, hermano?
- ¿Cómo me siento? – Rick miró a Lisa, quien una vez más estaba siendo acaparada por Miriya y Kelly, quienes no dejaban de reír, de aplaudir y literalmente de rebotar en torno a su esposa. - ¡Me siento en las nubes, Max! Yo… no te lo podría explicar… aunque no creo que tenga que hacerlo, tú ya pasaste por esto.
- ¡Y créeme hermano, te espera la aventura de tu vida!
- Un bebé… un hijo de Lisa y mío. – Rick se rió y sacudió la cabeza. – Es que—es que todavía me parece tan increíble… no sé… es un misterio, es magia…
- Lo es… - Max le pasó la mano alrededor de los hombros a su amigo. - ¿Y cuándo sucedió? ¿Para cuando vamos a tener a nuestro sobrinito con nosotros?
Rick le sonrió a Max, feliz ante la idea de que su mejor amigo ya estuviera adoptando a su bebé como sobrino. Aunque aquello no era extraño en realidad, dada la relación tan fraternal y estrecha que existía entre ellos. Rick no mentía cuando llamaba a Max su hermano, porque en realidad lo era.
- Bueno, todavía no sé mucho. Tenemos una cita con la doctora Mikhailova pasado mañana y ya veremos esos detalles entonces. Lisa piensa que ocurrió antes de que saliera a su viaje espacial y cree que el bebé va a nacer para agosto.
- ¡Papá en entrenamiento! – Max se rió cuando se dio cuenta de la camiseta que Rick usaba debajo de su chaqueta de aviador. - ¡Parece que ya estás bien preparado y equipado para lo que viene!
- ¿No es increíble? – Rick le mostró la camiseta a su amigo. – Lisa me la regaló ayer que me dio la noticia…
- ¡Estás feliz, hermano!
- ¡Lo estoy! – Rick suspiró. – Créeme que lo estoy… y pensar que tenía tanto miedo, que pensaba que Lisa podría estar enferma, que ella-- ¡No, olvídalo! – El piloto sacudió su cabeza para exorcizar esos pensamientos. – Todo está bien, Max… ¡Y estoy tan feliz!
- Disfrútalo Rick… disfruta cada etapa del embarazo de Lisa. No te pierdas nada, jefe.
- ¡Voy a estar ahí a cada momento, Max! El año pasado tuve que ausentarme mucho tiempo pero eso no va a volver a ocurrir… te lo juro, hermano, si tengo que renunciar al trabajo para quedarme con Lisa, lo haré. Un militar sabe que hay prioridades en la vida y en estos momentos mi única prioridad son mi esposa y—y mi bebé.
Rick se rió suavemente, como si todavía no pudiera creer aquello o como si aquella palabrita le causara gracia. Iba a pasar algún tiempo antes de que él digiriera y procesara la idea de que iba a ser padre.
- ¡Entonces hay que festejar! – La voz de Miriya hizo que todos los demás callaran. - ¡Hoy es un día de mucha alegría! Vamos a comer y a comer hasta que ya no podamos más… sobre todo tú, Lisa. Ahora tú estarás comiendo por dos y más vale que te alimentemos bien. ¡Además hay mucha comida!
- ¡Y volvemos a la comida! – Rick se rió.
- Mi esposa es feliz alimentando gente, Rick. Tú lo sabes.
- Mientras no haya sido ella la chef detrás de este festival culinario…
- No te preocupes, jefe… yo me encargué de todo.
- Ah bueno, en ese caso…
Rick se acercó a Lisa y la abrazó por la espalda. Ella sonrió y se acurrucó contra el cuerpo tibio y fuerte de su piloto y se dejó consentir por él. Antes de que los tortolitos, como Miriya los había llamado, volvieran a perderse en su pequeño mundito, la Meltrán ya estaba arriando a todos hacia el comedor, en donde el gran festín navideño de los Sterling estaba por comenzar… y ahora que la celebración iba por partida doble, aquella fiesta debía prolongarse hasta que el cuerpo aguantara. La comida no escasearía, eso era seguro.
Y en efecto, la celebración se extendió por horas. El feliz grupo de amigos comió hasta saciarse entre risas, bromas, conversaciones que giraban en torno a las buenas noticias recibidas y miles de felicitaciones para los felices padres que se sentían henchidos de orgullo y realmente conmovidos por la recepción que la noticia había tenido entre sus amigos.
Después de la comida vino el intercambio de regalos… y apenas habían concluido con esa importante ceremonia, Miriya anunció que los postres venían en camino, acompañados con todo tipo de bebidas frías y calientes.
Fue en una escapada que la almirante Lisa Hayes se dio a la cocina, para buscar un poco de agua mineral, que se topó ahí con el comodoro Azueta que se ocupaba en prepararse un té caliente en la barra de la diminuta cocina de los Sterling.
- Cuando Miriya dijo que iban a cocinar para un ejército, no pensé que se lo fueran a tomar tan en serio. – Lisa comentó con una risita.
- Sí, es verdad. – Azueta le sonrió. – Yo les agradezco mucho a todos ustedes el que nos hayan invitado a esta reunión, almirante.
- ¡Ni lo mencione, comodoro! Aunque sé que usted no es particularmente amigo de este tipo de actividades… es decir, fiestas y todo eso.
- A veces es bueno compartir algo de tiempo con los amigos. – Azueta se encogió de hombros. – Además quiero volver a felicitarla por esa noticia tan maravillosa con la que nos alegró la navidad a todos. Como le dije antes, un hijo siempre es una bendición.
- Sí, así lo siento yo también, comodoro. – Lisa sonrió soñadoramente y sin siquiera percatarse de ello, se llevó su mano a su abdomen. - ¡Estoy muy emocionada!
- Debe estarlo, almirante… usted y el general Hunter serán unos padres extraordinarios, de eso no tengo la menor duda. – Azueta sonrió y la miró de soslayo. – Sé que su padre, el almirante Hayes hubiera estado feliz con una noticia como esta.
- ¿Usted lo cree, comodoro? – La sonrisa que Lisa tenía en el rostro se hizo más radiante al escuchar aquello.
- ¡Estoy seguro de ello, Lisa! Su padre siempre estuvo muy orgulloso de usted, de sus logros, de todo… siempre me hablaba mucho de su hija mientras servimos juntos allá en el Rim Pac. Usted siempre fue su orgullo y su alegría más grande, almirante. Donald Hayes siempre la amó con ternura y con un enorme cariño paterno. Es una lástima que a veces fuera tan parco al demostrar sus sentimientos.
- Tenía ideas muy arraigadas sobre el comportamiento que uno debería de mantener como militar. – Lisa asintió con una sonrisa triste. – Mi padre siempre fue muy apegado a la etiqueta y a los protocolos… él decía que los militares no debíamos mostrar emociones.
- Quizás el error que a veces comentemos como militares es que perdemos de vista los límites entre nuestra vida profesional y nuestra vida militar.
- Sí, me imagino que así es, comodoro. ¿Sabe algo? Mi padre siempre fue un hombre cariñoso y tierno conmigo… pero las cosas parecieron cambiar entre nosotros cuando yo entré a la Academia. Supongo que entonces dejó de verme como una hija y comenzó a verme como una militar a la que había que tratar con el formalismo correspondiente.
- Una oficial militar de la que siempre se sintió orgulloso. – Azueta sonrió. – Yo le puedo decir que es difícil ser padre y militar… sobre todo cuando uno llega a ser el superior de su propio hijo. Es difícil equilibrar las cosas para darle espacio de crecer a nuestros hijos lejos de la sombra paterna. Entiendo lo que Donald sentía con usted pero, ¡Créame, Lisa, usted siempre fue el orgullo y la alegría del viejo almirante!
- Gracias comodoro… - Lisa bajó la mirada para tratar de ocultar las lágrimas que de pronto habían anegado sus ojos. – Sus palabras significan mucho para mí… no tiene idea de lo mucho que le agradezco que me diga todas estas cosas.
- Es la verdad, almirante. – Azueta se permitió romper un poco su propio protocolo militar para posar su mano sobre el hombro de Lisa en un gesto cariñoso. – Yo conocí bien a su padre… serví bajo su mando durante muchos años… y sé que si algo movía a Donald y lo motivaba, era ese amor y ese orgullo que sentía por su hija.
El comodoro sonrió levemente y un inconfundible dejo de orgullo apareció en sus ojos claros y tristes.
- Yo he tenido la invaluable oportunidad de trabajar con usted ahora y es un orgullo para mi servir bajo el mando de la heredera del almirantazgo de Donald Hayes… pero he comprobado que él tenía razón al estar tan orgulloso de su hija… y donde quiera que el buen Hayes esté, sé que en estos momentos está feliz al ver todo lo que usted ha logrado, lo lejos que ha llegado y—y bueno, ahora esta noticia.
Lisa levantó la mirada, ya sin preocuparse de que el comodoro Azueta pudiera ver sus ojos húmedos. A la almirante Hayes la sorprendió un poco encontrarse con la sonrisa franca, cálida y sincera del comodoro Azueta, un hombre que rara vez se daba la oportunidad de sonreír. Ella reciprocó aquella sonrisa y en un arranque de agradecimiento se acercó al comodoro para darle un abrazo.
- ¡Gracias comodoro Azueta! Gracias de verdad…
El curtido militar se quedó momentáneamente congelado. Aquella reacción de Lisa lo había tomado por sorpresa y de pronto no supo como reaccionar. Finalmente lo único que atinó a hacer fue regresar torpemente ese sincero abrazo que ella le estaba dando y sonreírle cuando los dos se separaron.
- De nada, almirante.
- Usted conoció bien a mi padre. – Lisa comentó mientras los dos tomaban sus respectivas bebidas y volvían a la sala con el resto de sus amigos. - ¿Cree que algún día pueda contarme algo sobre él? No sé… de cuando ustedes sirvieron juntos en el Pacífico.
- ¡Cuando quiera, almirante! Ya le dará la oportunidad a ese viejo de pasear por la calle de la memoria…
Lisa le agradeció con una sonrisa, pero ya no hubo más comentarios entre ellos pues apenas Rick vio aparecer a Lisa en la sala, se movió un poco en el sofá donde estaba para hacer lugar para ella. La almirante no se hizo del rogar, fue a sentarse al lado de su piloto y lo saludó con un suave beso en la mejilla que él respondió con una sonrisa.
- ¡Imaginen nada más la locura que se va a desatar en la base cuando todos se enteren de la noticia! – Miriya estaba hablando, siguiendo con una conversación que a Lisa no le costó trabajo comprender. - ¡Todos van a estar felices por ustedes!
- Sí, supongo que a muchas personas les alegrará la noticia. – Rick sonrió y miró a Lisa.
- ¿Y cómo vamos a manejarlo? – Kelly quiso saber. – Me imagino que se enviará una nota informativa a Comunicación Social… ¿O es algo más personal? Se supone que tendrás un permiso por maternidad, ¿no es así, Lisa? Entonces también habrá que avisarle al gobierno… ¿O qué haremos? Nunca hemos tenido una situación así y yo no sé que se tiene que hacer.
- Si me permiten. – El comodoro Azueta habló, antes de que nadie más pudiera hacerlo. – Hay algo que a mi me gustaría expresar y espero que mi opinión sea válida.
- ¡Adelante, comodoro! – Rick le indicó con un movimiento de su mano que podía externar sus pensamientos. - ¿Qué es lo que piensas?
- Almirante Hayes, general Hunter… - La voz siempre formal de Azueta sonó grave y la mirada que les dirigió a Rick y Lisa hizo aún más notorio el hecho de que estaba habando muy en serio y que lo que tenía que decir era importante. – Salvo su mejor opinión, yo preferiría que esta noticia quedara entre nosotros por ahora.
- ¿Por qué? – Quiso saber Miriya. - ¡Tener un bebé es algo hermoso y yo creo que todos deben de estar felices por Lisa y Rick!
- Yo comparto su opinión, capitán Parino-Sterling. – Azueta asintió. – Pero me parece algo prematuro hacer un anuncio oficial del embarazo de la almirante Hayes-Hunter. No quiero parecer ave de mal agüero, pero a como están las cosas yo preferiría retrasar ese anuncio tanto como fuera posible… hasta que ya la evidencia sea demasiado obvia y no podamos seguir escondiendo el hecho de que la almirante está embarazada.
- ¿Algún motivo en particular, comodoro? – Rick preguntó, dándole además el beneficio de la duda a su colega y amigo.
- Motivos de seguridad, general. – Azueta respondió impasible. – Sabemos que la pacificación de los Zentraedis aún no es un hecho consumado… los avances han sido grandes, pero yo no me confío del todo aún. Y por otro lado los grupos opositores al gobierno se están moviendo… las elecciones vendrán pronto y la situación con la UN Spacy y la UNSAF estará en la mesa…
El comodoro hizo una pausa para permitir que sus jóvenes colegas pudieran procesar la información que él les estaba proporcionando. Después de unos segundos continuó:
- Yo no quiero arriesgar a la almirante Hayes presentándola como un blanco fácil… y no quiero que me malinterpreten. No estoy siendo misógino ni chauvinista, pero es un hecho que una mujer embarazada, sobre todo una que ostenta un rango tan alto en las fuerzas de defensa y que es una figura pública tan reconocible, sería un blanco perfecto para esa escoria… pongámoslo en términos simples, en su estado actual usted vale el dos por uno, almirante.
- El comodoro Azueta tiene razón. – Rick aceptó sin pensarlo demasiado. – Hay un viejo dicho que dice piensa mal y acertarás y en este caso yo no pienso tomar ningún riesgo innecesario… ni contigo ni con nuestro bebé, Lisa.
- ¿Y qué sugieren entonces? – La almirante quiso saber.
- Esperar un tiempo antes de dar la noticia. – Azueta puntualizó. – Que se mantenga todo en máximo secreto hasta entonces… y que antes de hacer el anuncio público de su embarazo ya tengamos montados todos los dispositivitos de seguridad necesarios para proteger su persona, almirante Hayes.
- ¡Y así se hará! – Rick remarcó categóricamente.
Lisa pasó su mirada del comodoro Azueta a Rick y después miró a sus amigos que la observaban expectantes. En cualquier otro momento ella se hubiera ofendido de que esos dos hombres estuvieran ahí, tomando decisiones sobre su persona sin siquiera consultarla. En cualquier otro momento, pero no en ese.
Lisa comprendía que Rick estaba preocupado por ella y por su seguridad y sabía que el comodoro Azueta era un hombre completamente comprometido con su labor y con su causa. Podía confiar en ellos… podía confiar en los Sterling, podía confiar en Kelly… podía confiar en sus médicos que, fuera de su grupo más cercano de amigos y colaboradores, eran los únicos que sabían de su embarazo.
Y en esos momentos lo que más le importaba, lo único que le importaba, era la seguridad y el bienestar de esa nueva vida que se estaba gestando en sus entrañas. En esos momentos su seguridad personal era prioritaria, no por ella, sino por ese hijo que llevaba en su vientre… ese pedacito de vida que era un testimonio del milagro del amor.
- ¡De acuerdo! – Lisa aceptó. – Pero me parece que estos asuntos hay que tratarlos en la oficina, caballeros.
- ¡Eso es cierto! – Miriya refunfuñó. – Si ya no vamos a poder compartir el chisme con todo el mundo, por lo menos tengan la decencia de no convertir mi fiesta de navidad en una junta de trabajo.
- Petición ha lugar. – Azueta asintió con una media sonrisa.
- Entonces… - Miriya se puso de pie. - ¿Quién quiere probar mi postre helado?
Un murmullo de aprobación se dejó escuchar en la sala. Miriya se dirigió a la cocina seguida muy de cerca por Max, quien había estado detrás de ella todo el día en prevención de que algún accidente doméstico pudiera ocurrir.
Rick y Lisa aprovecharon aquel interludio para acurrucarse uno con el otro, sonreírse y besarse suavemente. Pero en ese momento Dana se acercó a sus tíos y Lisa la tomó en brazos y la sentó en su regazo mientras la pequeña le mostraba uno de sus juguetes nuevos a su tía favorita.
El general Hunter y el comodoro Azueta sonrieron ante aquella imagen. Los dos continuaron una conversación que habían comenzado hacía rato, pero que habían interrumpido una y otra vez. Conversación que básicamente versaba sobre viejos aviones de combate y batallas aéreas de la Segunda Guerra Mundial.
Frente a ellos y observando aquellas imágenes tan navideñas y familiares que se estaban desarrollando en la casa de los Sterling, el joven teniente Azueta se inclinó sobre sí mismo en el sofá en donde estaba sentado y con un movimiento de su dedo le indicó a Kelly que se acercara.
- ¿Qué ocurre?
- Kelly, ¿puedo hablar contigo por un minuto?
- Claro…
La teniente Hickson miró a su alrededor y sin más explicaciones tomó a Nick por la muñeca y lo condujo hasta un rincón apartado de la casa: el pasillo que llevaba a los dormitorios. Aquel sitio estaba semioscuro y solo iluminado por la luz que llegaba desde la sala. Era un lugar privado y silencioso… y bastante estrecho.
- ¿Qué pasa, Nick?
- Yo… - El marino miró a su alrededor, casi como si temiera que alguien los estuviera escuchando y después miró a su amiga. – No sé… en realidad no sé.
Nick se encogió de hombros y Kelly levantó una ceja, sin comprender exactamente qué era lo que él estaba tratando de decir o porque los dos habían terminado en ese sitio.
- ¿Hay algún problema, Nick?
- ¡No! – Respondió él a la defensiva. – No, no es eso… es solo que me siento algo fuera de lugar, eso es todo… de una u otra manera todos ustedes se conocen y son familia… y bueno, mi padre trabaja con ustedes, él ya los conoce y está al tanto de las situaciones de cada uno. Yo admito que me he sentido como un intruso toda la noche. Y ahora, con esta noticia del embarazo de la almirante Hayes…
- ¡Es fantástico! – Kelly sonrió emocionada, pero de inmediato su expresión facial cambió. - ¡Pero escúchame Nicolás Azueta! Tú no estás fuera de lugar. Sé que es difícil estar en un lugar donde no conoces a las personas y no sabes que hacer o que decir pero… pero tu padre está aquí… yo estoy aquí… y somos amigos, ¿cierto?
- Lo sé y te lo agradezco… es solo que me siento algo… bueno, no sé. ¿Qué tal si mi presencia le molesta a la almirante o al general?
- ¡No digas tonterías!
- ¡Creo que he estado demasiado tiempo en el mar! – Nick lloriqueó mientras se recargaba en el muro a sus espaldas y se cubría el rostro con las manos.
- ¿Sabes algo? A mi me parece que sí. – Kelly le sonrió.
- ¡Gracias Kel! Siempre levantándome los ánimos.
- En serio, Nick… - Kelly se recargó a su lado. – Te entiendo y sé cómo te sientes… en honor a la verdad es así como me sentía anoche en la cena de nochebuena. Es decir, esos chicos son mis amigos desde hace tantos años… pero de pronto siento que hablo un lenguaje diferente al suyo… ¿me comprendes?
- Bueno, por supuesto. – Nick asintió. – Es difícil cuando tus amigos comienzan a formar parejas y tú te quedas a un lado… te sientes como si fueras la tercera rueda. Es incómodo.
- Lo es…
Se hizo un breve silencio entre ellos. Los dos miraban insistentemente el piso, como si todas las respuestas a todas las dudas existenciales de sus vidas estuvieran escritas ahí, en el suelo de la casa de los Sterling.
- Todavía es temprano. – Kelly murmuró por fin. - ¿Quieres… no sé, quieres ir a algún lado, hacer algo…?
- ¿Qué te gustaría hacer a ti? – Nick se encogió de hombros.
- Lo que sea. – Kelly respondió e imitó a su amigo, encogiéndose de hombros también.
- ¿Crees que vayan a estar mucho tiempo más por aquí? – Nick hizo un movimiento de cabeza, señalando hacia la sala.
- Sí, yo creo que sí… un par de horas más por lo menos.
- Bueno… en ese caso quizás tengamos el tiempo suficiente… - Nick sonrió traviesamente. – Tú sabes, de ir a casa de mi padre y—
- ¡Oh! – Los ojos de Kelly brillaron con emoción contenida. - ¿Estás seguro? ¿No crees que tengamos problemas?
- ¡Claro que no! ¿Qué dices?
- Tendríamos que escabullirnos sin que se dieran cuenta.
- No hay problema… no creo que noten nuestra ausencia. Pero ¿qué haremos con Enkei? – Nick palmeó la cabeza del perrito que hacía unos segundos había hecho su aparición en la escena.
- Que venga con nosotros… no creo que nos de lata. Es un perro muy bien educado.
- ¡Excelente! - El teniente Azueta sonrió.
- Este es el plan: yo voy con Enkei a la puerta trasera, tú ve al armario por los abrigos… me encuentras en la cocina y escapamos.
- ¡A sus órdenes, teniente! – Nick se cuadró e hizo un impecable saludo militar.
- ¡Nick! – Kelly lo detuvo. – Una cosa más…
- ¿Sí?
- Me reservo el derecho de elegir la película que vamos a ver.
El marino sonrió y le hizo un guiño a su amiga, dejándole saber sin palabras que él no tenía ningún problema con ello. Enseguida salió con rumbo del armario sigilosamente, cuidando de no ser visto. Kelly se rió y tomó a Enkei por el collar.
- Ven Enkei y no hagas ruido… estamos en una misión encubierta, ¿de acuerdo?
El perrito movió la cola y comenzó a hacer una serie de suaves ruiditos en su garganta. Kelly le rascó las orejas y sonrió.
- A mi también me agrada ese demente… lo voy a extrañar cuando regrese al Argos.
Dos minutos después tres figuras salieron corriendo por la puerta trasera de la casa de los Sterling. Las luces del alumbrado público del barrio militar ya estaban encendidas y el viento helado del norte presagiaba una nueva tormenta. Era por eso que a los dos jóvenes militares y a Enkei les urgía llegar sin demora a la casa del comodoro Azueta, situada en la esquina de Acacias y Pedregal, a unas tres cuadras de la casa de los Sterling.
Para todos ellos, aquella estaba resultando ser la navidad más emocionante y más memorable que hubieran pasado alguna vez en Ciudad Macross.
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-
Eran poco más de las 2100 horas cuando los invitados de Max y Miriya decidieron que ya era momento de volver a casa. A pesar de lo maravillosa que aquella navidad había resultado ser la realidad era que al día siguiente tenían que trabajar y dado que el fin de año se les venía encima, había mucho por hacer todavía.
Mientras Miriya y Lisa se despedían en el pasillo, cerca del guardarropas donde habían colocado los abrigos de los visitantes, Max, Rick y Azueta conversaban en la puerta de la casa, justo debajo del farol que alumbraba con luz mortecina esa noche invernal.
- ¡Es increíble que Nicolás haya tenido el descaro de irse sin siquiera despedirse! – Azueta comentaba. – Ni siquiera me di cuenta cuando se fue…
- Se escapó con Kelly. – Rick respondió. - ¡Mi prima se ha convertido en una rebelde sin causa!
- O con causa. – Max se encogió de hombros y se ganó una mirada de reproche de sus dos compañeros. Él decidió salir en defensa de los ausentes. - ¡Vamos, no me miren así! Son jóvenes, seguro que ya estaban aburridos de nuestras conversaciones de adultos… querían divertirse un poco. ¿Qué hay de malo en eso?
- Siendo totalmente honestos, - Rick opinó. – No somos tan adultos, Max… apenas y somos un par de años más grandes que ellos.
- Hay veces que la edad no se mide en años, hermano, sino en experiencias vividas. – Sentenció filosóficamente Max.
- De todas maneras voy a pedirle a Nicolás que mañana vaya a disculparse con tu esposa, capitán. Uno no puede salir a hurtadillas de esa manera. Ustedes fueron anfitriones muy amables y—
- ¡Tampoco es necesario que se disculpe! – Max levantó las manos. – En serio comodoro, todo está bien… su hijo ha pasado demasiado tiempo en el mar, alejado de la diversión de la ciudad… es lógico que quiera aprovechar sus días libres.
- Sí, tienes razón. –Azueta asintió levemente y una pequeña sonrisa apareció en sus labios. – Tampoco vamos a iniciar una cacería de brujas por esto. ¿Cierto?
- Por lo menos podríamos pretender que estamos enojados con Kelly y divertirnos un rato a sus costillas. – Rick se encogió de hombros.
- ¡Tu pobre prima! – Max lo reprendió. – En serio Rick, si así vas a tratar a tu bebé…
- ¡Aw…! – El piloto sonrió emocionado. – Cada vez que pienso en eso… - Pero de inmediato su expresión cambió. – Comodoro, hablando de ello… quiero que nos reunamos a la brevedad posible, mañana mismo, para hablar sobre la seguridad de Lisa. Es un asunto prioritario para mí.
- Y para mí también, Rick. – Azueta recuperó su aire grave y formal. – Mañana me parece bien… creo que deberíamos de comenzar a formar un grupo de escoltas que se encargaran de la seguridad de la almirante Hayes. Un grupo de élite con personal altamente entrenado y de nuestra absoluta confianza.
- Me parece una buena idea. – Rick asintió. – Pero necesitaríamos hacer una selección exhaustiva de los candidatos. Quien vaya a tener en sus manos la responsabilidad de la seguridad de mi familia debe de gente a prueba de todo.
- Créeme Rick, ustedes cuentan con la lealtad incondicional de los hombres y mujeres que sirven bajo sus órdenes. Encontraremos a las personas ideales y conformaremos un grupo altamente especializado y comprometido.
- Quiero estar involucrado e informado de todo lo que se haga al respecto, comodoro. ¿De acuerdo? Quiero revisar personalmente los expedientes y me reservo el derecho de hacer la selección final.
- ¡No hay problema, general! Se hará como tú digas.
- Y en otros asuntos, - Max entró a la conversación. – También necesitamos reunirnos para ultimar los detalles del Día de la Remembranza.
- Lo haremos mañana mismo. – Rick asintió. – El 27 voy a dedicarlo a Lisa… vamos a ir al médico y quiero que mi agenda esté limpia ese día. No quiero estar con prisas mientras estoy con ella. Así que si a ustedes les parece bien, mañana podemos encargarnos de todos esos asuntos.
- Si no hay inconveniente, podemos reunirnos a las 1000 horas. – Azueta propuso.
- A las 1000 horas en el Salón Azul. – Rick asintió. – Y citen al coronel Sidar también.
- Ahí estaremos. – Max completó.
- ¡No tienen remedio! – La voz de Miriya llegó hasta ellos. – Siguen hablando de trabajo… ¿es que jamás se cansan?
Los tres hombres bajaron la mirada avergonzados, como si fueran un grupo de colegiales a quienes la maestra hubiera descubierto en medio de una travesura. Lisa sonrió con ternura y se acercó a su esposo, abrazándose a él y dejando que él la recibiera con un beso.
- ¿Listo? – Rick preguntó mientras le acomodaba el cuello del abrigo a Lisa y se aseguraba de que estuviera bien cubierta. - ¿Nos vamos?
- Cuando quieras, amor.
- En ese caso nos vemos mañana. – Miriya se despidió de ellos con una sonrisa mientras Max la abrazaba contra sí para mantenerla caliente en ese clima tan helado. - ¡Muchas gracias por haber venido! Y gracias por los regalos… ¡Feliz navidad!
- ¡Feliz navidad a ti también, Mir! – Lisa se despidió de ella. – Max, comodoro… nos vemos mañana.
- ¡Hasta mañana, Lisa! Y una vez más, felicidades por la noticia.
- ¡Y que la sigan pasando bien!
Rick tomó a Lisa de la mano y los dos se dirigieron a su Freelander. El comodoro Azueta fue a abordar su Fiat y mientras lo ponía en marcha y esperaba que el motor se calentara un poco, su mirada se clavó en el general Hunter que, después de ayudar a su esposa a subir a la camioneta, ahora corría hacía el otro lado para entrar a su vehículo. Su mirada después se desvió hasta la puerta de entrada de la casa de los Sterling, en donde la joven pareja se despedía de sus amigos con un movimiento de mano, mientras los dos se abrazaban.
- Bendito amor joven… - Carlos Azueta pensó, mientras ponía su auto en marcha. - ¡La vida es tan bella cuando uno está enamorado! Esa nave que surca los mares y que empuja el vendaval y que acaricia la espuma de los hombres es la vida; su puerto, la eternidad.
Azueta recitó esa rima de Becquer y sonrió levemente antes de alejarse por la calle de aquella casa en donde ya Max y Miriya volvían a su íntimo refugio y la Freelander negra de los Hunter-Hayes diera vuelta en la esquina, llevando consigo a una pareja profundamente enamorada… y al fruto de ese amor.
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La noche era fría. Había estado nevando pero ya había amainado la nevada y ahora solamente el ocasional ruido del viento al filtrarse entre las ramas de los árboles que rodeaban la Casa del Almirantazgo era el único sonido que alteraba el silencio y la calma de aquella noche tan pacífica y tranquila.
No era muy tarde… apenas pasaba de la media noche. Sin embargo Rick y Lisa se habían retirado temprano a su habitación. Los dos estaban algo cansados y había que levantarse temprano por la mañana. Pero más que solo eso, ambos habían querido aprovechar esos momentos de paz para compartirlos el uno con el otro.
Habían pasado un buen rato metidos debajo de sus cobijas, conversando en voz baja sobre el futuro, sobre lo que ellos soñaban y lo que planeaban ahora que su vida había dado un vuelco tan trascendental como maravilloso. Hacía mucho que ambos soñaban con ser padres. Era un sueño que ambos compartían, aunque no hablaban mucho de eso. Simplemente no habían querido forzar las situaciones y habían preferido esperar y dejar que la vida siguiera su curso.
Y ahora, cuando menos lo habían esperado, el milagro había ocurrido. Ninguno de los dos alcanzaba a entender los alcances de ese suceso en sus vidas ni el milagro del amor que había permitido que una nueva vida comenzara a gestarse dentro de Lisa como resultado de ese cariño inmenso, de esa pasión, de ese amor que los unía y que cada día parecía hacerse más profundo y más poderoso entre ellos.
Los vínculos afectivos que se habían formado entre ellos desde el comienzo de la guerra – a pesar de sus altas y bajas – eran fuertes e indestructibles. Eran vínculos que se habían fortalecido y estrechado durante los años que habían pasado juntos y en particular desde que ambos se habían confesado su amor. Pero, por increíble que pudiera parecer, con esa noticia de su paternidad compartida, esos vínculos se habían consolidado a un punto en que ambos sentían que ahora eran indestructibles.
Los dos hablaron durante un buen rato. A ambos les emocionaba saber que esa noticia había sido tan bien recibida por el otro. Estaban felices y simplemente no podían ocultarlo. Habían hablado de mil cosas: habían especulado sobre las fechas probables del nacimiento de su vástago, de acuerdo a los días en los que ellos pensaban que podría haber sido concebido. Aquello los divirtió bastante pues ambos se dieron cuenta, al hacer sus cálculos mentales, que cada vez que estaban juntos simplemente no podían quitarse las manos de encima uno del otro… era uno de los síntomas de su amor.
Habían incluso hablado de los posibles nombres que les gustarían para su bebé. En realidad aquello no fue demasiado difícil de decidir. Hacía tiempo que ambos habían hablado sobre eso y la lista de nombres se reducía a dos: Erin, en honor a la ascendencia irlandesa de Lisa, si el bebé era una niña o bien Alexander, en honor al primer antepasado de Lisa que se había enlistado en el ejército, si el bebé era niño. Rick estaba emocionado y contento al rendirle honor a la familia de Lisa con el nombre que elegirían para su bebé, ya que como él mismo solía decir, si él iba a aportar el apellido, era justo que el nombre viniera de la familia de su mujer.
Durante un buen rato hablaron de los meses siguientes y de todos los cambios que habrían de hacer en su vida. Eran cambios que iban desde aspectos tan prácticos como las adecuaciones que habría que hacer en la casa para que fuera segura para un bebé y los muebles que habrían de comprar, hasta aspectos más idealistas, como por ejemplo la educación que ambos querían darle a su pequeño desde que este naciera.
El ver a Rick tan emocionado con todo aquello hacía que Lisa sintiera ternura por él y un amor profundo… más profundo que nunca. Aquel hombre al que ella amaba demostraba una y otra vez el amor que él sentía por ella y su compromiso, devoción y absoluta adoración por todo lo que ella era y todo lo que ella significaba en su vida.
La ternura que ambos sentían por el otro, aunado al amor tan profundo que esa noche parecía desbordarse en sus corazones los llevaron a lo inevitable. Ambos habían terminado haciendo el amor pero de una manera tan tierna, tan dulce y tan íntima como jamás lo habían hecho antes en su vida. Fue una experiencia nueva, única, especial… ahora la frase "hacer el amor" había adquirido para ellos un nuevo significado, uno casi místico y espiritual, pues sabían que su amor era tan poderoso y tan profundo que era capaz de crear vida… algo que ellos hasta entonces solo creían un atributo de la divinidad. Esa noche ambos estaban firmemente convencidos que su amor era divino, no había otra manera de explicarlo o definirlo.
Después de su sesión de amor, había sido Lisa quien primero se había quedado dormida mientras reposaba en el pecho de Rick y él la acariciaba y la besaba con amor… con adoración.
El propio piloto estaba al borde entregarse al mundo de los sueños, pero no quería hacerlo… sin importar el esfuerzo tan grande que tenía que hacer para mantener sus ojos abiertos. Pero él quería arrancarle unos minutos más a aquella experiencia… a aquella noche mágica.
Contemplar a Lisa durmiendo plácidamente, acurrucada en su pecho después de haber hecho el amor, era lo más cercano que él podía pensar al Paraíso. La respiración suave y acompasada de ella, el latido de su corazón contra el pecho del piloto, la expresión de absoluta paz y felicidad que tenía en el rostro, la manera en como sus labios se curvaban levemente en una incipiente sonrisa que demostraba que aún en sueños ella era feliz… su cuerpo tan tibio y suave, el aroma de su cabello… todo eso hacía enloquecer a Rick Hunter. Lo hacía desfallecer de amor y de ternura. Él podría pasar la vida entera así, contemplando a Lisa dormir a su lado, sintiéndola segura y protegida y sabiéndola suya.
La mano del piloto subía y bajaba suavemente por la espalda de su mujer mientras que él, con la mirada enternecida y nublada tanto por el sueño como por el amor que lo embargaba, admiraba el rostro perfecto de su esposa y se daba el tiempo para acariciar suavemente con sus labios la frente de Lisa, su nariz, sus mejillas, incluso sus labios.
- ¡Eres mi vida, Lisa Hayes! – El piloto susurró cuando sintió que ya no podía estar despierto un segundo más. - ¡Y te amo como no te imaginas! A ti y a nuestro pequeñito.
Rick bajó su mano y la posó suavemente en el vientre de Lisa. Ella se movió un poco y él se quedó perfectamente quieto, no queriendo despertarla. Ella hizo unos soniditos suaves con la garganta y Rick sonrió. La abrazó estrechamente contra su cuerpo y cerró los ojos al tiempo que dejaban escapar un suspiro profundo y satisfecho.
- Buenas noches, mi amor… te amo.
Y así el orgulloso y arrogante general de la UNSAF se entregó al sueño, mientras envolvía en su abrazo cariñoso y protector a esas dos personas que eran su mundo entero: su esposa y el hijo que ella llevaba en sus entrañas. Aquella sin duda había sido una navidad bendita en las vidas de Rick Hunter y Lisa Hayes.
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Ni el clima frío, ni el hecho de que al día siguiente hubiera que madrugar, ni siquiera el hecho de que ya fuera casi las 0100 horas habían impedido el que un par de jóvenes acompañados por un perro caminaran campante y apaciblemente por las nevadas calles solitarias del barrio militar.
Después de un maratón de películas de "Viaje a las Estrellas" aderezadas con la comida sobrante de la cena de navidad de los Azueta, Nick había decidido acompañar a Kelly a su casa. Hubiera sido fácil tomar prestado el auto de su padre y llevarla en él, pero la casa de la joven teniente estaba apenas a unas 3 cuadras de distancia y los dos decidieron que una buena caminata nocturna no les caería nada mal, sobre todo después de haber pasado tantas horas sentados – literalmente desparramados – en el sofá de la sala de estar del comodoro Azueta.
Mientras caminaban, sin prisas y dándose su tiempo, los dos conversaban alegremente, todavía comentando las películas que habían visto y riéndose de cualquier tontería que el otro dijera.
- Pues hay muchos detalles en esa película de "Primer Contacto" en los que jamás había reparado hasta hoy que los mencionaste, Kel.
- Bueno, es una de mis películas favoritas… creo que soy un poco obsesiva cuando se trata de esos detallitos. – Kelly se encogió de hombros.
Nick miró a Kelly y sonrió. Notó como ella se acercaba a él, quizás buscando un poco de calor en esa noche tan helada. Él mismo sentía que estaba congelándose y no tuvo problemas en imitar el gesto de su amiga hasta que los dos iban caminando prácticamente hombro con hombro, sus manos enfundadas en las bolsas de sus abrigos y los cuellos subidos para protegerles un poco del viento invernal.
- ¿De qué te ríes? – Kelly quiso saber, notando la expresión de su amigo.
- De nada… - Nick sacó su mano del bolsillo solo para tomar del visor de la gorra de Kelly entre sus manos – esa vieja gorra militar que ella adoraba – y bajársela hasta los ojos.
- ¡Hey! – Kelly protestó. - ¡Tienes agallas, marinero! Ya verás… mi venganza será terrible. Sentirás en carne propia lo que es enfrentarse a una oficial de la UN Spacy.
Nick se rió ya sin intentar ocultarlo y Kelly le lanzó una mirada que era juguetona y asesina a partes iguales.
- ¿Sabes algo, Hickson? Nunca había conocido a una chica como tú… es decir, una chica con la que puedo compartir cosas… no sé, es… es casi como tener un amigo, ¿sabes?
- ¿Un amigo? – Kelly respondió indignada. - ¡Vaya que resultaste misógino, Azueta!
- Tú sabes a lo que me refiero. – Se defendió él. – Es decir, generalmente las mujeres son más… no sé… uno tiene que comportarse con ellas como… bueno… - El marinero tenía problemas tratando de explicarse y aquello hizo reír a Kelly.
- Sí, entiendo… hay muchas mujeres que son quizás un poco más mundanas y frívolas que yo. Tuviste suerte, Nick.
- ¡Que modesta!
- Yo solo digo, después de que tantas mujeres deben de haber pasado por tus garras, seguro que alguien como yo te resulta extraña.
- ¡Claro que no! Extraña no… interesante.
- ¿En serio? – Kelly le sonrió.
- Sí, en serio… además ya te dije, yo no soy un mujeriego, Kel. No sé de donde sacas esas ideas, pero yo no soy así. Y en mi defensa tengo que decir que he pasado demasiado tiempo en el mar… no hay muchas oportunidades de conocer chicas por allá, fuera de las que trabajan en el Argos. Pero en realidad yo no…
- Eso no te da derecho a ser misógino, ¿sabes? – Kelly aprovechó la oportunidad para molestar a su amigo y hacerlo rabiar.
- ¡No lo soy! – Nick refunfuñó. – Además yo crecí entre mujeres… cuando yo era chico mi hermano Pablo y papá estaban siempre lejos y bueno, yo vivía con mi madre y con mi hermana. Eso es, hasta que ella se fue de la casa…
En ese momento iban llegando a casa de Kelly. Sin embargo era obvio que Nick quería seguir hablando y en honor a la verdad, ella quería seguirlo escuchando. Sin que ninguno de los dos tuviera que decirlo, casi por acuerdo tácito, los dos jóvenes se sentaron el escalón de entrada a la casa mientras que Enkei fue a echarse a sus pies.
- ¿La querías mucho? – Kelly quiso saber.
- Bueno, nos llevábamos muy bien. Siempre fue una hermana cariñosa y considerada conmigo… me ayudaba con la tarea, me llevaba a mis partidos de fútbol o a mis clases de dibujo cuando mamá no podía…
- No sabía que dibujaras.
- Un poco. – Nick sonrió, pero enseguida volvió al tema. – Ella se llevaba bien conmigo… a diferencia de cómo se llevaba con Pablo. Gabriela y mi hermano se la vivían peleando, creo que jamás llegaron a entenderse del todo y mucho menos cuando ella comenzó a participar en esos grupos pacifistas cuando se fue a la universidad.
- ¿En serio? – Kelly parpadeó. – Pero… ella era hija de una familia militar y aún así…
- Sí, aún así. – Nick asintió. – Es irónico que ella que tanto pregonaba la paz y la desmilitarización haya muerto durante la guerra… lo realmente triste es que jamás se haya reconciliado ni con Pablo ni con papá.
- Lo lamento mucho, Nick.
- Yo la quería, era una buena hermana y una mujer muy inteligente, pero… - El marino se encogió de hombros. – Cuando supo que yo iba a entrar a la Academia Naval se enojó muchísimo conmigo… hasta antes de eso seguíamos manteniendo contacto de una u otra forma, a pesar de que ella ya estaba con los pacifistas… nunca faltaba un correo electrónico o un mensaje de texto… pero después de eso ya jamás volvió a hablar conmigo…
En un gesto de apoyo, Kelly puso su mano en el cuello de Nick, dándole un apretoncito cariñoso en la nuca. Él la miró y sonrió agradecido.
- Gracias por escucharme, Kelly.
- Ni lo menciones Nick… a todos nos pegó muy duro la guerra. Todos tenemos historias que contar y si entre nosotros no nos apoyamos, ¿entonces en quién?
- Tienes razón… y me gustaría escuchar tu historia alguna vez.
- Bueno, no hay mucho que decir. – Kelly sacudió la cabeza.
- No importa, quisiera escucharla… dime, ¿te gustaría ir a tomar un café mañana después de que salgas de tu turno?
- Bueno… - Kelly sonrió. – Si tú invitas…
- Yo pongo el capital y tú sugieres la cafetería, ¿qué te parece?
- ¡Es un trato!
- Entonces ¿a qué horas quieres que pase por ti a la base?
- Salgo a las 1800 horas… si quieres nos vemos en la entrada de la base.
- ¡Hecho! – Nick se puso de pie y ella lo imitó. – En ese caso te veo mañana, Kelly… y muchas gracias por todo… de verdad aprecio todo lo que has hecho por mí y te agradezco tu amistad.
- Gracias a ti, Nick.
Él le extendió su mano y ella se la estrechó mientras ambos sonreían. Nick la acercó a él de improviso y la abrazó con fuerza, lo cual la tomó por sorpresa, pero se repuso rápido y reciprocó el abrazo.
- ¡Feliz navidad, Kelly! La pasé muy bien contigo.
- ¡Feliz navidad para ti también, Nick! Yo también me divertí mucho. Deberíamos de planear otro maratón de películas antes de que te vayas.
- ¡Considéralo un hecho!
Cuando se separaron los dos se sonrieron. El marino acarició la cabecita peluda de Enkei y el perro ladró con alegría mientras movía la cola entusiastamente.
- ¡Feliz navidad a ti también, Enkei! Cuídate mucho de tu ama y nos vemos pronto.
- ¡Hey! – Kelly protestó.
- ¡Buenas noches, Kel! – Nick comenzó a retirarse de ahí. - ¡Y suerte mañana en el trabajo!
- ¡Presumido! – Kelly le respondió, levantando un puño al aire. - ¡Te burlas de mi porque tú vas a quedarte dormido todo el día! ¡Flojo!
- ¡Hay que aprovechar las vacaciones mientras duren! – Nick respondió.
Kelly le sacó la lengua y el marino soltó una carcajada antes de darse la media vuelta y dirigirse a toda prisa de vuelta a la casa de su padre. Mientras Kelly abría la puerta de su cajita de fósforos, no podía dejar de reír.
- ¡Está más loco que una cabra! – Le dijo a Enkei. – Pero es un loco lindo, ¿no te parece?
El perrito ladró aprobatoriamente y aquello hizo reír aún más a Kelly, quien ya sin más preámbulos metió a Enkei a la casa y ella misma entró, dispuesta a darse una rápida ducha caliente que la hiciera entrar un poco en calor e irse directamente a la cama después. Le esperaba un largo día y había que descansar un poco.
-
-
La almirante Hayes había dormido muy bien. Había sido una noche tranquila de descanso reparador y dulces sueños. Pero ahora ella se encontraba en ese limbo entre el despertar y el sueño. Tenía la vaga sensación de que su despertador debía de haber sonado hacía rato, su reloj biológico se lo decía… sin embargo se sentía tan cómoda y tranquila en la cama, que no podía reunir las fuerzas suficientes como para abrir siquiera un ojo y mirar la hora.
De pronto, como si una revelación le hubiera venido de golpe, se dio cuenta de que lo que en realidad la había despertado era la dulce sensación de unos labios suaves y tibios que le besaban el rostro con cariño, ternura y casi con devoción. Una pequeña sonrisa comenzó a formarse en sus labios cuando sintió esos labios traviesos deslizándose impunemente desde su mejilla hasta su frente, para de ahí bajar por su nariz hasta posarse suavemente en sus labios.
- ¡Buenos días, dormilona! – La voz del piloto finalmente la hizo abrir los ojos.
- Hmmm… - Ella sonrió amodorrada y estirándose perezosamente. – Con un despertar como este, ya lo creo que son buenos.
- No creerás que iba a dejar que el despertador sonara y te asustara, amor. – Rick se recargó en las almohadas y continuó acariciando a Lisa, con su mano esta vez. – Pensé que es más conveniente un despertar algo más… tranquilo y relajado.
Los ojos de Lisa se entreabrieron y se clavaron el los de Rick. El piloto le sonreía cariñosamente y ella imitó aquel gesto tan tierno, devolviéndole una sonrisa tierna y llena de amor. El general Hunter tomó aquello como una invitación tácita a acercarse a ella y besarla de lleno en los labios. Aquel fue un beso que Lisa Hayes no objetó; antes bien, deslizó sus brazos alrededor del cuerpo de Rick y lo atrajo hacia ella, abrazándolo con amor mientras los dos se besaban.
- ¿Cómo está el día de hoy la mujer más hermosa e increíble del mundo?
- Hmmm… - Lisa lo observó con cariño innegable. – Muy bien… un poco sorprendida de ver que mi pilotito está despierto tan temprano.
- ¡Siempre me despierto primero que tú, Hayes! – Rick le tocó la punta de la nariz.
- ¡No es cierto! – Ella protestó y arrugó la nariz en un gesto que a él le pareció adorable. - ¿Qué haces levantado tan temprano? ¿Qué hora es?
- Son las 0700 horas. – Rick le informó.
- ¡Santo cielo! – Lisa se sentó de golpe. – Tenemos una hora para prepararnos e ir a la base… hay que preparar el desayuno y—
- ¡Shhhh…! – Rick la tomó por los hombros para tranquilizarla. - ¡No te aceleres, bonita! Mira, el desayuno ya está listo y tu pilotito ya está bañadito y listo para ir a trabajar. Así que puedes desayunar con calma y todavía tendrás tiempo suficiente para arreglarte sin prisas.
- Rick… - Lisa miró la bandeja de comida que estaba sobre la mesita de noche. - ¿Ya te bañaste y hasta tuviste tiempo de preparar el desayuno?
- No fue tan complicado. – El piloto se encogió de hombros y acercó el desayuno. - ¿Quieres queso o mermelada en tu tostada?
- Pues… - Lisa lo meditó unos segundos. – Las dos cosas…
Rick la miró y levantó una ceja, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar, por lo que decidió corroborarlo.
- ¿Queso y mermelada?
Lisa asintió vigorosamente y sonrió una pequeña sonrisa tímida mientras trataba de explicarse ante su esposo.
- No sé porque, pero se me antojó.
- Bien, no lo discuto más. – Rick sonrió divertido. – Es de conocimiento público que a las mujeres embarazadas les dan antojos muy raros… bueno, mientras no comiences a pedirme camarones bañados en salsa de chocolate todo está bien.
- ¡Camarones con chocolate! – Lisa sonrió y entrecerró los ojos golosamente.
- ¡Ni se te ocurra! – Amenazó Rick con el cuchillo untador que traía en las manos.
- ¡Claro que no! – Lisa hizo ahora un gesto de disgusto. - ¡Que cosas tan asquerosas dices, Rick!
- Pero… - El piloto miró perplejo a su esposa. – Hace un momento dijiste que—
- ¡Olvídalo! Mejor pásame mi pan tostado… ¡Me muero de hambre!
- ¿Sabes? – Rick le comentó, mientras se sentaba a su lado, recargándose en la cabecera de la cama. – Estuve leyendo un poco mientras preparaba el desayuno.
- ¡Ahora resultaste multi-tareas, amor! – Lisa se rió y le besó la mejilla.
- Algo así… - Rick también se rió. – Estuve leyendo algo sobre el embarazo y todas esas cosas. Y no tienes idea, Lisa… ¡No tienes idea de cómo te voy a cuidar y a consentir!
- ¿Es una amenaza, pilotito?
- ¡Es una amenaza, almirantita!
Los dos se rieron alegremente y aprovecharon ese momento para besarse en los labios antes de regresar a atacar su desayuno. Los dos estaban hambrientos.
- ¿Y cómo amaneció hoy nuestro pequeñito? – Rick colocó su mano sobre el abdomen de su esposa, ganandose una sonrisa por parte de ella. – Espero que lo hayamos dejado dormir anoche…
- ¡Rick! – Lisa protestó, pero terminó por reírse y posar suavemente su mano sobre la de su esposo. – Supongo que nuestro hijo está bien… es tan chiquito que todavía no siento nada. Bueno, fuera de las nauseas y mareos de días pasados.
- ¿Y de qué tamaño crees que esté ahora?
- No sé… ya Tanya nos lo dirá mañana.
- ¡Ah sí! Hoy voy a limpiar mi agenda de mañana Lisa… quiero tener todo el tiempo del mundo para nuestra cita con la doctora.
- ¡Gracias, Rick! – Lisa sonrió conmovida. – Pero me imagino que entonces el día de hoy va a estar lleno de trabajo.
- No importa. – Él se acercó para besarla en la mejilla con cariño. – Nada de eso importa, amor… en estos momentos solo tú y nuestro bebé me importan.
- ¿Y qué vas a hacer el día de hoy? – Lisa le respondió, sin dejar de acariciar su mano y sin dejar de besarle la mejilla.
- Tengo una reunión operativa con Azueta, Max y Joe. – Rick le informó. – Me imagino que eso nos llevará la mayor parte del día. Por la tarde tengo unas evaluaciones con algunos pilotos en el campo aéreo.
- Dudo mucho que podamos vernos el día de hoy entonces.
- Te estaré llamando al celular… además te prometo que saldremos temprano del trabajo y pasaremos el resto del día juntos. ¿Qué te parece?
- Me parece que usted está lleno de buenas ideas, general Hunter.
Rick sonrió y se acercó a Lisa; colocó su mano en la mejilla de su esposa para acariciarla y al mismo tiempo obligarla a mirarlo de frente. Una sonrisa esplendorosa apareció en los labios de ella cuando sus ojos se encontraron con los del piloto. Rick se acercó a ella y suavemente la besó en la mejilla. Un beso que se sintió más como una caricia.
- Cualquier cosa por ti, Lisa… ¡Te amo!
Ella no le respondió… al menos no con palabras. Se acercó a él y lo besó en los labios. Fue un beso suave, cargado de ternura y de cariño… un beso que al piloto le supo a miel. Cuando se separaron los dos se miraron a los ojos y recargaron su frente el uno en el otro sin dejar de sonreírse.
Y después de ese breve interludio, los dos terminaron de dar cuenta de su desayuno, mientras Rick se ocupaba de contarle a Lisa sobre las cosas que había estado leyendo, sobre los cuidados que deberían de tener y sobre los planes que él tenía en el corto plazo para tratar de que esos meses de embarazo fueran tranquilos, felices y relajados tanto para Lisa como para su bebé.
Después del desayuno y mientras Lisa tomaba una ducha y se uniformaba, Rick se encargó de tender la cama y limpiar la cocina. Aquellas tareas tan cotidianas e incluso tan tediosas le parecían al joven piloto entretenidas mientras pensaba que con ellas estaba ayudando a su esposa.
Faltaban 20 minutos para las 0800 horas cuando Lisa apareció en la sala de la casa, perfectamente uniformada y lista para ir a trabajar. Encontró a su piloto totalmente inmerso en la lectura del manual de paternidad que ella le había regalado en la nochebuena. Cuando Rick la vio aparecer sonrió radiantemente y se apresuró a ponerse de pie.
- ¿Listo?
- ¡Todo listo, amor!
Rick fue hasta el perchero que estaba cerca de la puerta de entrada y tomó de él la gabardina militar de Lisa. Le ayudó a que se la pusiera encima antes de que él mismo buscara la suya. Todavía se dieron un tiempo para arreglarse mutuamente el cuello de sus abrigos y fue entonces cuando Lisa notó aquella mirada de cariño absoluto que Rick le estaba regalando en ese momento.
- ¿Qué pasa, amor? – Ella respondió con una sonrisa.
- No lo sé… - Rick se rió y sacudió la cabeza. – No es nada… solo pensaba…
- ¿Y que pensamientos serán los que cruzan por tu cabecita loca esta mañana invernal, piloto? – Lisa remarcó sus palabras dándole un golpecito suave en la cabeza a Rick.
- Pensaba que desde que estamos juntos siempre hay algo que hacer Lisa… siempre tenemos planes a futuro. Cumplimos nuestros proyectos y vamos paso a paso alcanzando nuestros sueños… pero siempre hay algo con lo que podemos soñar… algo que podemos esperar, algo con lo que podemos entusiasmarnos… no sé, bonita… la vida contigo es una hermosa aventura.
- Creo, - Lisa respondió acercándose a él y mirándolo directamente a los ojos. – Que en eso estamos de acuerdo, mi cielo. ¡Y esa es una de las razones por las que te amo tanto!
- Lisa… - Rick la tomó de las manos, sin romper el contacto visual. Era obvio que había algo importante que él quería decirle.
- ¿Sí…?
- Estoy muy emocionado con la idea de ser padre… cada vez que pienso que vamos a tener un bebé simplemente… - Rick no encontraba las palabras para explicarse-. No sé ni que hacer conmigo mismo, amor… es algo grande para mí, algo hermoso.
- Para mi también, Rick… - Lisa se sentía subyugada por esa mirada intensamente azul que le atravesaba el alma.
- Pero hay algo… algo que quisiera que nos prometiéramos mutuamente, Lisa…
- Lo que sea, Rick… lo que sea.
El piloto asintió con la cabeza y se acercó a ella para besarla suavemente en la frente antes de volver a atrapar su mirada en la de él.
- Quiero que nos prometamos que sin importar lo que venga… sin importar lo mucho que amemos a nuestro bebé y sin importar el tiempo que tengamos que dedicarle… sin importar nada, quiero que siempre tengamos tiempo para nosotros, Lisa… tiempo para ti y para mí.
Lisa no respondió. Tan perdida como estaba en la mirada de Rick, por un momento pareció como si ella no hubiera siquiera escuchado lo que él le había propuesto. Aquello pareció incomodar levemente al piloto, quien de inmediato trató de hacer más clara su declaración.
- Es decir, sé que nuestro hijo va a necesitar de todo nuestro cariño, de todo nuestro cuidado, de todo nuestro tiempo… pero pienso que es importante que siempre tengamos tiempo para nosotros, amor… no sé, no pido mucho. Unos diez minutos antes de ir a dormir, para conversar sobre nuestro día… unas horas un sábado por la noche para salir a cenar… Lisa, te amo demasiado y quiero que siempre, siempre sigamos cultivando nuestro amor…
El piloto guardó silencio, ya sin saber qué más decir o como podría tomar su esposa aquella propuesta. Pero la sonrisa que lentamente comenzó a formarse en los labios de Lisa fue el preludio de aquella explosión de cariño y amor con la que ella se lanzó a los brazos de Rick, abrazándolo estrechamente y ocultando su rostro en el cuello de su esposo, quien la recibió con cariño y la abrazó con todas sus fuerzas.
- ¡Así será, Rick! – Lisa susurró en su oído, sin dejar de abrazarlo. - ¡Siempre tendremos tiempo para nosotros! Te lo prometo…
- Lisa… - Rick la abrazó aún más estrechamente. - ¡Te amo!
- Y yo te amo a ti, piloto… y cuando pienso que ya no es posible amarte más, sales con alguna cosa como esta y—me doy cuenta de que cada día que pasa me enamoro más y más de ti, Rick Hunter.
Rick la separó lentamente de su pecho, para poder mirarla a los ojos. Los dos se sonreían radiantemente y sus ojos parecían resplandecer. El piloto besó las manos de su mujer una y otra vez.
- ¿Entonces es una promesa?
- ¡Es una promesa, piloto!
- Bien… - Rick se rió emocionado. - ¿Y usted recuerda cómo se sellan las promesas entre nosotros, almirante?
La sonrisa de Lisa se hizo más radiante y sus ojos brillaron más intensamente mientras que, sin romper el contacto visual con el general de la UNSAF, se acercó lentamente a él, buscando ávidamente sus labios. Rick se rindió a aquel beso con el que ambos se hacían esa promesa de amor… esa promesa de ellos siempre tendrían tiempo el uno para el otro… de que jamás dejarían de darse motivos para enamorarse el uno del otro día a día.
Cuando se separaron, ya no había nada más que decir. Rick tomó las llaves de su camioneta y le ofreció su mano a Lisa. Ella la tomó y mientras sus dedos se entrelazaban, ellos se dieron tiempo de compartir un último beso antes de salir de casa e iniciar un nuevo día.
-
-
Mientras la almirante Lisa Hayes terminaba de revisar y firmar algunos documentos que tenía sobre su escritorio, de pie frente al mismo, la teniente Kelly Hickson no podía dejar de observarla con una pequeña sonrisa en los labios. Totalmente ajena al hecho de que era objeto de la admiración de la joven militar que tenía frente a ella, Lisa imprimió la última firma en el documento que tenía frente a ella y después comenzó a arreglarlos todos para regresarlos a la carpeta azul que estaba sobre su escritorio y regresárselos a Kelly.
- Bien, me parece que eso es todo… - Lisa comentó. - ¿Todavía no tenemos el orden del día para el Día de la Remembranza, Kelly? Creo que eso es lo que nos hace falta revi—
Hasta entonces Lisa clavó su mirada en su asistente y dejó su frase a medias al percatarse de la manera en como ella la estaba mirando.
- ¿Qué sucede, Kelly?
- Nada… - La joven teniente sacudió la cabeza. – Rick y el resto de los chicos siguen reunidos en el Salón Azul; me imagino que después de que salgan de su importante reunión a puertas cerradas ya me pasarán el orden del día y otros documentos que tenemos pendientes. Creo que lo que más urge es que envíe estos documentos al departamento legal para que se hagan los nuevos contratos para—
- ¡Kelly! – Lisa la detuvo a media frase y a media acción de recoger la carpeta azul. – No me refería a eso… ¿Por qué esa mirada y esa sonrisa?
- ¡Vamos, Lisa! – Kelly se rió ya sin poder evitarlo. - ¿De qué otra manera podría verte si estoy tan feliz y tan emocionada por ti? Bueno, por ti y por Rick… ¡Van a ser padres, Lisa! Y eso significa que yo—yo voy a ser tía.
Mientras Kelly reía con inocultable emoción y alegría, Lisa decidió que no era momento de ponerse oficial. Además la alegría que la embargaba era demasiada como para pretender mantenerla a raya. Se recargó en el respaldo de su silla y suspiró profundamente mientras que una pequeña sonrisa soñadora aparecía en sus labios.
- ¿No es increíble? – Lisa comentó retóricamente. – Es decir… yo—no sé, es algo tan grande y tan… bueno… ¡Todavía no puedo creerlo, Kelly!
- Me imagino… pero supongo que comenzarás a creerlo cuando comience a aparecer la pancita. ¡Lisa, te vas a ver tan tierna y tan hermosa con tu ropa de maternidad! – Kelly se llevó sus manos al pecho y comenzó a danzar emocionada.
- Todavía falta un tiempo para eso, Kelly.
- Bueno, pero el tiempo vuela. Mañana tienes tu primera revisión prenatal con la doctora Mikhailova a las 0900 horas y tienes tu agenda limpia, almirante. Rick también me pidió que adelantara todos sus compromisos… ¡Que emocionante! ¿Crees que sea niño o niña? ¿Ya han pensado en los nombres que piensan ponerle al bebé? ¡Tenemos que ir a comprar ropita y juguetes para él!
- ¡Kelly, Kelly! – Lisa comenzó a sacudir sus manos, como para atraer la atención de la chica y para detener su retahíla de expresiones de alegría. - ¡Paso a paso, teniente Hickson! ¡Dios! Definitivamente Rick y tú comparten el ADN.
- ¡Por favor, Lisa! No puedes decirme que no me emocione así… ¡Estoy feliz!
- Yo también. – Lisa sonrió. – No sabes cuanto… pero recuerda que por ahora conviene ser discretos respecto a este tema, Kelly.
- ¡Y todo se hará como usted lo ordene, almirante! De hecho, para evitar problemas mañana ya arreglé con Tanya que ustedes entren al hospital militar por la puerta trasera. Dentro de la agenda estoy marcando una revisión de rutina a las instalaciones hospitalarias.
- Bien… gracias Kelly. – Lisa sonrió, siempre sorprendida de la eficiencia de aquella chiquilla que siempre parecía ir un paso delante que ella.
- Ahora, si no hay nada más… quiero llevar estos documentos al jurídico para que los tengan lo más pronto posible. Entre más trabajo logremos sacar antes del fin de año será mejor.
- Puedes retirarte, Kelly…
- Oh… Lisa, yo—quería pedirte permiso…
- ¿De qué?
- De que me permitas salir a las 1800 horas el día de hoy… si no hay problema.
- Kelly, esa es la hora en la que termina tu turno.
- Sí, pero ya sabes que siempre sale algo de último minuto y pues…
- Bien, en ese caso, teniente Hickson le ordeno que se retire a las 1800 horas el día de hoy. ¿Entendido?
- ¡Sí, almirante! – Kelly se cuadró ante ella.
- Bien… ah, y una cosa más… gracias. Por todo, Kelly. ¡Muchas gracias de verdad!
La teniente Hickson sonrió levemente y se llevó la mano a la sien, saludando a su oficial superior en un saludo mucho más relajado que el anterior antes de salir de la oficina y cerrar la puerta detrás de sí.
- Bueno, que disfrute la compañía de Nick mientras él esté en la ciudad. Creo que hacen una pareja muy linda y parece que se están entendiendo bastante.
Lisa suspiró profundamente y giró en su silla, para quedar de frente al ventanal panorámico que había detrás de ella. El día era gris y la nieve amenazaba con volver a caer sobre Ciudad Macross en cualquier momento. La orgullosa almirante de la UN Spacy sonrió con ternura y su mano bajó hasta posarse sobre su vientre.
- ¡Todavía no puedo creerlo, amorcito! Todavía no puedo creer que existas y que estés creciendo dentro de mí… pero te amo, chiquito… ¡Te amo como no tienes idea!
-
-
En un salón de juntas cercano a la oficina de la almirante Hayes, el famoso Salón Azul, Rick Hunter miraba hacia la ciudad a través del ventanal mientras escuchaba lo que, a sus espaldas, el comodoro Azueta estaba informándoles a los ahí reunidos.
- Esta mañana recibí toda la documentación necesaria para hacer la transferencia de las naves que con fecha efectiva a partir del primero de enero del 2014 van a pasar a formar parte de la flota de la UN Spacy para uso exclusivo del Almirantazgo y su Estado Mayor.
- ¿Tan pronto? – Rick se dio media vuelta y miró a Azueta. - ¿Entonces ya es un hecho?
- Así es, general… en cuanto los documentos estén firmados y ratificados por la CONAMSE enviaremos a un grupo de pilotos a que traiga las naves a Ciudad Macross. Las naves que nos fueron asignadas son el VC 27 Altair y el VC 33 Cygnus.
- ¡Eso es eficiencia, comodoro! – El coronel Sidar comentó con un silbido de admiración.
- ¡Nunca dejes para mañana lo que puedes hacer hoy! – Sentenció categóricamente Max Sterling. – El comodoro obviamente se pone a hacer su tarea.
- Gracias capitán. – Azueta agradeció aquello con una leve inclinación de su cabeza. – Al menos ya podremos estar más tranquilos en lo referente a la transportación aérea y espacial de la almirante Hayes… en cuanto me lleguen los documentos ratificados los haré llegar a su oficina, general Hunter. Usted mismo solicitó estar a cargo de la Coordinación General de Transportes Aéreos del Estado Mayor.
- ¡Por supuesto! Yo mismo pienso asignar a los mejores ingenieros para que mantengan esas dos naves siempre trabajando en óptimo estado. Necesitaré que ustedes me hagan algunas recomendaciones. – Rick se dirigió a Max y a Joe.
- ¡Hecho! – El capitán Sterling le sonrió, mientras tomaba nota de aquello.
- ¿Y qué hay en lo referente a la unión de la Stonewell Bellcom y las Industrias Shinnakasu? – El coronel Sidar quiso saber. – Ya sé que los contratos para los nuevos VF4 que van a ser asignados al escuadrón de los abejorros ya están aprobados… pero aún así necesitamos estar seguros de la situación con la que estaremos trabajando dentro de la UNSAF a futuro con esas industrias.
- Hasta donde yo sé la firma de los acuerdos entre las dos empresas se llevará a cabo en estos días. – Rick comentó, yendo a sentarse a la cabecera de la mesa. – Tengo entendido que legalmente las Industrias Shinsei comenzará a operar con fecha del primero de enero del próximo año.
- Tendremos que darle seguimiento a esa cuestión. – Azueta puntualizó.
Por un momento se hizo el silencio en aquel salón de juntas. Rick observó a sus amigos y colegas. Max y Joe se notaban algo cansados y el general Hunter sonrió, pensando que con niños pequeños en casa ellos tenían una buena excusa. Aquello le causó cierta gracia y ternura pues se pudo imaginar a sí mismo, dentro de unos meses, desvelado por la mañana después de una noche de cambiar pañales y cantarle a un bebé con insomnio.
- Hay otra cosa, señores. – La voz de Azueta trajo a los tres pilotos de vuelta a la realidad. – En unas semanas vamos a tener la visita de unos observadores enviados por la Oficina de Vinculación y Desarrollo Político del gobierno. Aunque el general Hunter ya está informado y al tanto de la situación, me parece que ustedes deben de estar informados, como jefes de la UNSAF.
- ¿Observadores, eh? – Max se encogió de hombros. – Supongo que vienen a buscar las fallas, los errores y las miserias de la UNSAF y a magnificar cada diminuto traspié que podamos tener.
- ¡Políticos! – Joe Sidar refunfuñó, cruzándose de brazos. – Ni hacen ni dejan hacer. ¿Qué demonios quieren con nosotros?
- Se viene la temporada electoral, compañeros. – Rick comentó. – Y ustedes saben que la creación de la UN Spacy y la UNSAF estará en la mesa de debate, sobre todo considerando que los opositores al gobierno de las Naciones Unidas están enarbolando la bandera pacifista. Por eso quiero que todo esté en orden en lo que la UNSAF se refiere… no quiero fallas ni errores. No quiero darles a esos políticos material del que puedan echar mano para desprestigiar nuestro trabajo.
- No hay nada de que preocuparse, Rick. – Max respondió. – Tú sabes que todo está en orden en la UNSAF. Que vengan y busquen donde quieran… y si lo necesitan nosotros mismos les ayudamos a levantar las piedras para que busquen ahí abajo… de todas maneras no encontrarán nada con lo cual atacar a nuestras Fuerzas Aéreas Espaciales.
- A menos que vengan y nos siembren algo. – Joe respondió. – Si vienen esos observadores yo no pienso quitarles los ojos de encima.
- Vamos a tener que cerrar filas, caballeros. – Rick opinó. – Y este es un tema importante y prioritario.
- Tan importante y prioritario como el tema de la seguridad de la almirante Hayes, general. – Azueta comentó.
El coronel Joseph Sidar había sido puesto al tanto de la situación de la almirante Hayes y el general Hunter al inicio de la reunión. Y él compartía plenamente la opinión expresada por el comodoro Azueta en relación a mantener el embarazo de la almirante como un secreto por todo el tiempo que fuera posible y además cuidar de su seguridad.
- ¿Tiene ya algunos expedientes que podamos revisar, comodoro? – Rick respondió.
- Tengo algunos. – Azueta asintió y señaló hacia una pila de carpetas que tenía frente a él sobre la mesa. – Me gustaría que los revisáramos, general. Quiero darle celeridad al asunto.
- Bien. – Rick miró a sus compañeros pilotos. - ¿Podrían ustedes hacerse cargo de los asuntos relacionados con el Día de la Remembranza?
- ¡No hay problema, Rick! – Max se puso de pie. – De hecho en media hora tengo una práctica con el Escuadrón de Honor.
- Y yo voy a salir a campo a revisar los espacios para las ceremonias. – El coronel Sidar también se puso de pie. – Así que pedimos autorización para retirarnos, general.
- Adelante. – Rick asintió. – Y chicos… gracias por todo.
- No nos lo agradezcas, papá. – Joe Sidar le palmeó la espalda a su amigo. – Nosotros ya hemos estado ahí y sabemos por lo que estás pasando.
- ¡Y lo que falta! – Max se rió.
- ¡Y lo que falta! – El coronel Sidar aceptó con una risotada.
Rick comenzó a reír también… aunque una parte de él le decía que Max y Joe estaban hablando en serio y que en realidad lo que faltaba no sería motivo de risa. Pero ¿cómo no reír cuando se sentía tan perfectamente feliz?
- ¡Ya lárguense de aquí! – Rick los corrió con un movimiento de mano. – Antes de que los acuse de desacato y los mande al calabozo.
Los dos pilotos se cuadraron militarmente ante su jefe y salieron de ahí sin más protocolo o ceremonia. El comodoro Azueta, quien había observado la escena con una expresión divertida pero en completo silencio, aclaró su garganta y abrió el primero de los expedientes que tenía sobre el escritorio.
- Teniente Primero Michael Hawkins. – Le explicó al piloto. – Es un hombre de mi absoluta confianza. Era instructor de Defensa Personal en la Academia Militar durante mi gestión. Su expediente es impecable. Actualmente se desempeña como oficial de inteligencia en el comando central del ejército en Ciudad Monumento. Lo recordarás porque participó como oficial de enlace durante la Operación Clarión.
- ¡Claro que lo recuerdo! Yo lo conozco de hace tiempo. – Rick sonrió. – Durante la época de la reconstrucción estuvo trabajando en la división de inteligencia del SDF1. Llevamos a cabo varias misiones conjuntas. Es un buen tipo.
- En ese caso, su expediente pasa a revisión. – Azueta separó la carpeta de las demás. – El siguiente es el teniente Will Bloodworth—
Los dos militares se enfrascaron en aquella preselección de los candidatos a conformar el cuerpo de elite que estaría a cargo de la seguridad de la almirante Lisa Hayes. Afuera la nieve había comenzado a caer, presagiando otro día invernal tormentoso y helado en Ciudad Macross.
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Las melancólicas notas de una canción de los años 40's resonaban en el Café Stardust que a esas horas comenzaba a llenarse lenta pero constantemente de jóvenes militares que salían de su turno de trabajo.
Rick Hunter miró su reloj; eran las 1830 horas. Desganadamente sacó su celular del bolsillo y lo miró. Max notó el gesto que su amigo había hecho al darse cuenta de que aún no tenía noticias de la almirante Hayes y sonrió comprensivo.
- ¡Ya no te estreses, Rick! – Max le dio un empujón amistoso con el hombro. – La pobre Lisa debe de estar demasiado ocupada, con todos los asuntos que se han ido amontonando en estos días… con el fin de año y todo.
- Eso es lo que me preocupa. – Rick le dio un sorbo al café que tenía frente a él. – No quiero que se canse. En su estado debe de tomar las cosas con mas calma y—
- ¡Ya estás hablando como papá preocupado! – Max se rió. – Rick, hay dos verdades fundamentales que debes de memorizar. Primera, las mujeres son fuertes. Entiendo que te preocupes por Lisa y por su salud, pero un embarazo es algo perfectamente normal y ella es una mujer sana. Te aseguro que todo irá bien.
- Sí, yo lo sé. Pero no puedo evitar el preocuparme por ella, Max. No porque dude de su salud ni de su capacidad física sino simplemente porque—bueno, porque la amo y quiero que las cosas salgan bien. Quiero cuidarla y protegerla, no porque ella lo necesite, sino porque yo necesito hacerlo.
- Eso lo entiendo. – Max asintió.
- ¿Y cuál es la segunda cosa que debo memorizar?
- Bueno, estamos hablando de Lisa, jefe… y desde ahora debes de hacerte a la idea que embarazada o no, jamás lograrás hacer que descanse o que no se preocupe por su trabajo. Tú la conoces mejor que nadie, Rick. Te aseguro que va a estar trabajando hasta dos minutos antes de dar a luz.
- Lo más triste del caso es que tienes razón, viejo. – Rick se rió. – Pero te juro que voy a hacer hasta lo imposible por tratar de evitarlo. Ella debe de descansar, por ella y por el bebé… ¿Sabes? Todavía me parece tan increíble…
Max observó a su amigo por unos instantes mientras Rick se perdía en sus propias meditaciones. Aunque la incipiente sonrisa que había comenzado a curvar levemente las comisuras de los labios de Rick Hunter era bastante reveladora. El general de la UNSAF estaba feliz y no podía ocultarlo.
- ¿Entonces mañana tienen su primera revisión prenatal?
- Sí, mañana temprano… Kelly ya hizo todo un operativo para que nuestra visita al hospital no comience a generar rumores. Debemos irnos con mucho cuidado en estos tiempos.
- ¿Y qué decidiste sobre su equipo de seguridad, jefe?
- Azueta y yo elegimos a algunos candidatos. Vamos a trabajar sobre esos expedientes. Quiero integrar a un grupo altamente capacitado y entrenado, pero sobre todo que sean gente de mi absoluta confianza.
- ¡Por supuesto!
Las suaves notas de "Moonlight Serenade" habían comenzado a llenar el Stardust y aquella melodía había sido suficiente para hacer que Rick volviera a perderse en sus cavilaciones mientras sonreía emocionado, su vista clavada en el muro que tenía frente a él, profusamente decorado con aviones clásicos de la época de la Segunda Guerra Mundial.
- Antes pensaba que los aviones eran lo más importante que había en el mundo. – Comentó distraídamente. – Y que volar era mi vida… durante muchos años mi única pasión y motivación fue eso. Ahora me doy cuenta de que, aunque volar es importante para mí, no es lo que le da razón a mi vida… ya no.
- Ahora tienes dos muy buenas razones para vivir cada día, hermano.
- Dos muy buenas razones, Max. – Rick asintió. – Jamás me había sentido tan feliz… tan completo… tan… emocionado.
Max abrió la boca para decir algo, pero sus palabras jamás llegaron a formarse en sus labios, pues el teléfono celular de Rick fue más rápido que él y el general Hunter fue aún más rápido que ambos para contestar aquella llamada.
- ¡Hola amor! – Saludó alegremente y cualquier rastro de cansancio que tenía en el rostro desapareció al instante. - ¿Cómo estás? ¿Ya estás libre?
Max continuó tomándose su Petite Cola y comiendo la botana que tenía frente a sí mientras miraba de soslayo a su amigo y sonreía. Se sentía feliz por Rick y le alegraba que después de tantos descalabros y de tantas situaciones tan difíciles por fin él y Lisa hubieran terminado juntos.
- Son el uno para el otro. – Max pensó. – No podrían ser más perfectos esos dos juntos.
- Bien… entonces en cinco minutos te veo ahí, bonita. ¡Te amo!
Rick ya se había puesto de pie y se estaba colocando su chamarra de aviador encima mientras terminaba la llamada. Miró a Max y su amigo le sonrió comprensivo.
- ¡Date prisa, jefe! La almirante Hayes te espera.
- ¡Gracias, viejo! – Rick le dio un golpe amistoso en la espalda. - ¡Nos vemos pronto! Saludos a la familia.
- Igualmente, hermano. – Max levantó su Petite Cola como si estuviera brindando con su amigo. - ¡Saludos a tu señora y a tu bebé!
Una sonrisa esplendorosa apareció en los labios de Rick mientras se alejaba corriendo de ahí, haciendo verdaderas acrobacias entre los grupos de comensales reunidos en el Stardust.
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La puerta de la oficina de la almirante Hayes se abrió de golpe, sobresaltando un poco a la joven militar que en ese momento estaba muy ocupada ordenando su escritorio. Pero cuando levantó la mirada y se encontró que quien había aparecido tan súbitamente en su oficina era un joven y apuesto piloto de combate de cabellos ensortijados, su momentáneo susto se transformó en una sonrisa emocionada.
- ¡Rick! – Lisa lo saludó. – Llegaste rápido.
El piloto, quien se había doblado levemente sobre sí mismo y había apoyado sus manos en sus rodillas en un intento desesperado por recuperar el aliento, levantó su mirada y le devolvió la sonrisa a su esposa mientras se acercaba a ella.
- Kelly no estaba, así que decidí simplemente entrar… - Le dijo con voz entrecortada.
- Tú sabes que no necesitas anunciarte, amor. Esta oficina siempre está abierta para ti.
Lisa ya había extendido sus brazos para recibir a Rick en un abrazo cariñoso que él reciprocó, añadiendo además un besito suave en los labios de su esposa.
- ¡Te extrañé horrores, Lisa! No te veía desde esta mañana.
- Yo también te extrañé, piloto.
- ¿Cuánto me extrañaste? – Rick recargó su frente en la de ella, mientras la rodeaba con sus brazos y le sonreía.
- Mucho…
- ¿Mucho mucho o sólo mucho? – Rick replicó traviesamente.
Una sonrisa igualmente traviesa y un tanto predadora comenzó a formarse en los labios de la almirante Hayes, al tiempo que le echaba los brazos al cuello a su piloto y se acercaba peligrosamente a él.
El contacto visual se rompió cuando Rick no tuvo más remedio que cerrar los ojos y rendirse a ese beso cargado de pasión y de ternura con el que su esposa le estaba demostrando cuanto lo había extrañado durante el día… y lo mucho que lo amaba.
Lisa se separó de él lentamente, queriendo alargar aquel beso tan maravilloso como necesario por tanto tiempo como fuera posible y lo remató con un mordisco suave y travieso en el labio inferior de su piloto, dejándolo completamente rendido y atontado de amor y de placer.
- ¡Wow…! – Rick susurró, entreabriendo sus ojos.
- ¡Así de mucho te extrañé, piloto!
- Bueno… - Rick le sonrió. – La buena noticia es que ya no tienes que extrañarme más… ¡Ya estoy aquí!
El piloto levantó las manos con esa última frase, como si de pronto se hubiera materializado de la nada, lo cual hizo que Lisa se soltara a reír. Le plantó un beso juguetón a Rick en los labios y enseguida volvió a su escritorio a terminar de arreglar sus cosas.
- Espero que no por mucho tiempo.
- ¿Ah, no quieres que esté aquí? – Rick hizo un puchero. - ¡Mala! Pero bueno, si quieres me voy…
Rick había comenzado a caminar rumbo a la puerta, haciéndose el ofendido. Lisa se rió y se echó su bolsa de mensajero al hombro.
- Sí, quiero que te vayas… pero quiero que me lleves contigo.
- ¡Por ahí hubiéramos comenzado, almirante! – Rick le sonrió esplendorosamente y le ofreció la mano. - ¿Me acompaña entonces?
- ¡Hasta el fin del mundo, pilotito loco!
- Bueno, yo estaba pensando algo más cercano, de hecho. – Rick la miró y levantó una ceja. - ¿Qué tal el restaurante Irlandés que está cerca del Parque Lamont?
- ¿El Gallagher's? – Los ojos de Lisa brillaron. - ¡No sabes las ganas que tengo de un buen café irlandés y un—
- Sí, yo creo que sí sé. – Rick la tomó de la mano y comenzó a arrastrarla hacia la puerta.
- ¿Ahora eres adivino, Rick?
- Nah… bueno, algo así… o tal vez sean tus pistas sutiles.
- ¿Pistas sutiles? – Lisa se rió.
- Sip, esta tarde cuando te llamé por teléfono en vez de saludarme gritaste: "¡Mataría por un café irlandés y un pudín de queso del Gallagher's!"
- ¡Mentiroso! – Lisa se rió. – Yo no grité… y sí te saludé primero.
- No, no me saludaste.
- ¡Sí lo hice!
- ¡No lo hiciste! Y créeme que cuando la almirante Hayes revela sus más oscuros instintos asesinos, es algo que se debe de tomar en serio.
- Eso no lo discuto… ¡Pero sí te saludé!
- ¡Que no!
Y sumidos en esa profunda y atrapante discusión filosófica, los dos salieron de la oficina de la almirante Hayes, dando por terminado su día de trabajo y unos minutos más tarde la Freelander negra de los Hunter Hayes salía del estacionamiento de la base, tomando el rumbo del Barrio Alto de Ciudad Macross.
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Muy cerca de la oficina de la almirante Hayes, la sargento Sainz llamó a la oficina del comodoro Azueta y entró cuando él le autorizó a que lo hiciera. Ella fue directamente a colocarle unas carpetas sobre el escritorio en donde él trabajaba afanosamente en su computadora personal. La sargento dio un paso atrás y quedó ahí, en posición de firmes y esperando órdenes del comodoro.
- ¡Gracias Mary! – Él le respondió de pasada, apenas despegando sus ojos del monitor por un segundo. - ¿Hay algún otro pendiente por el día de hoy?
- No señor. – La sargento anunció. – Eso es todo por hoy.
- En ese caso puede retirarse y la veré el día de mañana.
- ¿No se le ofrece nada más, comodoro?
- Nada más, Mary. – Azueta la despidió con una breve sonrisa. - ¡Buenas noches!
- ¡Buenas noches, señor! – Mary lo saludó militarmente y después con garbo y elegancia salió de la oficina.
Al verse solo, Azueta se alejó de la computadora momentáneamente y comenzó a revisar los documentos contenidos en las carpetas que la sargento Sainz acababa de dejar sobre su escritorio. Pero apenas había comenzado con eso, un toquido a la puerta de su oficina hizo que levantara su mirada de los papeles que estaba leyendo.
- ¡Adelante! – Anunció, pensando que era su secretaria que probablemente había olvidado algo.
Pero quien entró fue el coronel Joe Sidar, vestido en ropas civiles y con su característica y ya muy desgastada chaqueta de aviador color marrón. Sonrió al ver que su colega seguía enfrascado en el trabajo y sin siquiera pedir autorización fue a sentarse frente al escritorio.
- ¿Todavía ocupado?
- El trabajo jamás termina, Joe. – Azueta se dio un tiempo para recargarse en el respaldo de su asiento y tallarse los ojos. - ¿Ya vas de salida?
- Sí, la familia está esperando… solo pasé a preguntarte como van las cosas con las autorizaciones de las asignaciones de los nuevos aparatos.
- ¡No te preocupes, Sidar! Ustedes tendrán sus aviones en la fecha que ya ha sido estipulada. Sé que están un poco aprensivos respecto a esa situación, pero ten la seguridad de que tanto la almirante Hayes como un servidor estamos trabajando en el asunto.
- Bien, en ese caso ya no te atormentaré más con eso. – Joe sonrió. – Por cierto, hoy tuvimos una reunión con los pilotos del Escuadrón de Honor para el Día de la Remembranza. Yo estuve en campo también para organizar un poco las cosas.
- ¿Ya no tenemos que preocuparnos por nada de eso entonces?
- Nope, todo está debidamente cubierto. – Joe sonrió. – Aquí en el Almirantazgo ya tienen suficiente trabajo con la preparación del segundo reporte de actividades de la almirante Hayes.
- Cierto, pero ya está prácticamente terminado… al menos el borrador. Solamente hace falta incluir algunas consideraciones finales, pero la almirante está trabajando en ello.
- Se nos viene un año complicado… - Joe comentó y se puso de pie para ir a hurgar el minibar de la oficina. – No sé como vayan a tomar en el Consejo el reporte de la almirante… sobre todo en lo concerniente a la participación que la UN Spacy y la UNSAF tuvieron en la Operación Clarión.
- Lo sé… - Azueta miró hacia el paisaje nocturno que tenía a sus espaldas. – Te confieso que estoy algo preocupado… respecto a esos observadores que el Gobierno piensa enviar a que auditen nuestro trabajo.
- Pero todo está en orden. – Joe regresó a su asiento con una lata de jugo de uva en la mano. – No tenemos nada que ocultar.
- Yo lo sé… pero me preocupa que esto sea una estrategia política de los grupos opositores en el Consejo… sé que los autoproclamados grupos pacifistas están haciendo mucho ruido y están ganando adeptos… y pienso que el ataque a la UN Spacy y su fuerza aérea espacial van a ser una de sus cartas fuertes.
- No lo dudo… pero… - El coronel Sidar se encogió de hombros. Jamás había entendido mucho de política. Él era simplemente un piloto de combate.
- Están perdiendo la perspectiva de las cosas, Joe. – Azueta comenzó a explicarle con vehemencia. – Ganamos una guerra contra un enemigo inimaginable… con todo en nuestra contra, logramos vencerlos y esa derrota marcó un punto culminante en nuestras fuerzas militares… esa victoria fue una hazaña impresionante, pero los últimos cuatro años nos han probado que la pacificación de la Tierra después de esa guerra y la organización del nuevo mundo constituyen una misión aún más difícil.
- Lo entiendo y comprendo tu punto de vista… lo comparto. Pero ¿Qué tiene que ver eso con el hecho de que el Gobierno piense enviar observadores?
- Después de la guerra y después de esos primeros años de reconstrucción, yo creo que la sociedad general, tanto la humana como la zentraedi, siguen consternadas y una de las principales misiones que el Gobierno debe de asumir es la devolver la calma e incorporar a los diferentes grupos sociales a una estructura institucional que garantice un grado razonable de orden… y eso jamás lo van a lograr si los pacifistas, para ponerse en el reflector y ganar notoriedad, utilizan a las fuerzas armadas como blanco en su campaña política.
Azueta hizo una pausa, como si estuviera meditando sus siguientes palabras y después siguió, finalizando su comentario de manera contundente.
- Para asegurar la paz social y la organización de nuestro nuevo mundo, es preciso mantener unas fuerzas armadas fuertes, unidas, bien equipadas y entrenadas a la par que un grupo de políticos capaces, comprometidos e inteligentes que sepan actuar con rapidez y de una manera certera para lograr consolidar políticamente a la nueva sociedad tan heterogénea que se ha formado en este nuevo mundo.
- ¡Ah…! – Fue lo único que acertó a comentar el coronel Sidar. – En pocas palabras, la unión hace la fuerza. ¿No?
- Sí. – Azueta continuó imperturbable. – El envío de observadores podría causar fracturas en esa unión que ahora más que nunca debe de existir entre el gobierno y las fuerzas armadas. Esto va mucho más allá que solamente la asignación de presupuestos que ellos tanto pelean y que usan como pretexto… esto es una estrategia de los pacifistas para irse ganando adeptos.
- Se ve que no les tienes demasiado afecto a los pacifistas, comodoro.
- ¡En lo más mínimo! – Azueta respondió y sus ojos parecieron centellear momentáneamente.
- ¿Y qué debemos hacer?
- Irnos con cuidado, Joe… irnos con mucho cuidado. Cualquier paso en falso y ellos se lanzarán sobre nuestro cuello… recibirlos amablemente, ser corteses pero no comentar más que lo absolutamente necesario, no polemizar con ellos… y mantener nuestras respuestas tan básicas como sea posible. Un sí o un no, de preferencia.
- Bueno, no te estreses demasiado con eso, Azueta. – Joe se puso de pie y le dio una palmada en la espalda a su amigo. – Todavía falta mucho para que esos observadores vengan… ¿Por qué mejor no vas a casa y cenas con tu hijo?
- Solo voy a terminar con esto. – El comodoro le señaló la pila de carpetas que tenía sobre su escritorio.
- Pues yo paso a retirarme… buenas noches, comodoro. ¡Y no trabaje tanto!
El comodoro Carlos Azueta miró a su amigo hasta que salió de la oficina y lo dejó solo. Sonrió levemente y sacudiendo la cabeza volvió a su trabajo.
- ¡Pilotos! – Comentó por lo bajo. – Espero estar exagerando con mis consideraciones pero sinceramente creo que el gobierno debe establecer su legitimidad mostrándose como una fuerza benéfica ante la sociedad. Solo espero que no comiencen a producirse enfrentamientos entre grupos rivales al interior del gobierno… y mucho menos enfrentamientos entre políticos y militares. Eso sería algo que una sociedad tan frágil como la nuestra no resistiría.
Azueta se detuvo, buscó encima de su escritorio hasta que encontró un pequeño control remoto que dirigió hacia un aparato que estaba en un mueble contra la pared. Las suaves notas de una melodía clásica comenzaron a inundar el ambiente y el comodoro sonrió levemente, tarareando la melodía en voz baja mientras se enfrascaba en su trabajo en la computadora.
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Lejos de la base militar y totalmente ajenos a las meditaciones políticas del comodoro Azueta, el joven matrimonio Hunter-Hayes cenaba en un pequeño pub irlandés, el Gallagher's, que era uno de los restaurantes favoritos de Lisa, por ser bastante privado y sin grandes aglomeraciones de gente. Además Rick opinaba que la comida era deliciosa y abundante, lo que para él era siempre una buena combinación.
El piloto en esos momentos observaba maravillado y con los ojos muy abiertos como Lisa se tomaba un vaso completo de limonada sin siquiera detenerse a respirar. Su sorpresa se hizo aun mayor cuando ella, al terminarse hasta la última gota de su bebida, coloco el vaso boca abajo sobre la mesa, como si fuera un vaquero del lejano oeste que hubiera dado cuenta de un buen vaso de whisky, con un golpe seco y contundente que hizo que Rick se sobresaltara un poco.
- ¡Deliciosa! – Lisa sentenció. – Tenía sed.
- ¡Wow! – Rick sacudió la cabeza. – Eso es obvio, amor… ¡Y hambre!
Frente a Lisa, sobre la mesa, había un enorme plato vacío en donde le habían servido a Lisa su Guisado Irlandés, un platillo elaborado a base de carne de cordero estofada, papas y verduras. Rick se preguntaba como es que Lisa se las había arreglado para comer ese enorme plato de guisado… acompañado por cantidades generosas de pan de soda. Aquello era un misterio.
- Bueno… - Lisa se sonrojó levemente y una sonrisa tierna apareció en sus labios. – Si consideramos que de la comida que me hecho al estómago, pierdo la mitad…
- ¡Aw! – Rick se apresuró a pasarle el brazo alrededor de los hombros en un gesto cariñoso. - ¿Sigues con las nauseas, amor?
- Un poco. – Ella admitió, encogiéndose de hombros. – Las pastillas que Tanya me dio han ayudado pero supongo que ya mañana sabremos que debemos hacer.
- Sí, por supuesto. – Rick le besó suavemente la sien.
- Bueno, - Lisa anunció gozosa y con una radiante sonrisa. - ¡Hora del pudín de queso y el café con crema irlandesa!
Rick hizo un gesto de asombro, pero enseguida sonrió y levantó la mano para indicarle a un mesero que se acercara. El muchacho lo hizo solícitamente y al instante.
- ¿Podrías traernos el postre? – El piloto le pidió.
- ¡Por supuesto, señor! ¿Qué va a ser?
- Un pudín de queso, una rebanada de tarta de manzana, una taza de café con crema irlandesa y un vaso de leche, por favor.
Cuando el mesero se alejó, Lisa miró a Rick y sonrió.
- ¿Leche, piloto? ¿Qué sucedió con tu café negro, bien cargado y sin azúcar?
- Oh no, almirante. La leche es para usted.
- ¿Para mí? – Lisa se escandalizó. – Pero… ¡Claro que no! El café de crema irlandesa es para mí, piloto. ¡Yo no tomo leche cuando puedo tomar café y tú lo sabes!
- Amor… - Rick se acercó, con su mejor sonrisa en los labios y tratando de razonar con ella. – La leche te hace bien… no sé si sea sano que tomes café. Es decir, considerando que—
El piloto no terminó la frase, en lugar de eso colocó su mano en el abdomen de su esposa y muy a su pesar ella sonrió. Pero cuando levantó su mirada y se encontró con los ojos enternecidos de Rick que la observaban con atención, arrugó la nariz y le lanzó una mirada criminal.
- Rick, no creo que haya problemas si me tomo una simple y sencilla taza de café.
- ¿Y cuántas simples y sencillas tazas de café te has tomado el día de hoy, bonita? – Rick la besó en la frente.
- Bueno… ¡Ese no es el punto, Rick! Tanya no me dijo nada respecto al café… me lo hubiera dicho si ella considerara que es malo para mí en estos momentos, ella sabe que yo tomó café todo el día… y ni siquiera lo mencionó.
- Quizás dio por hecho que tú reducirías su consumo… ¿Entonces cuantas tazas?
- Solo me tomé un latte en la mañana… y un par de tazas de café negro durante el día, eso no es mucho. – Lisa respondió tímidamente.
- ¿Tres tazas? ¿Segura? – Rick preguntó suspicaz.
- Bueno… pudieron ser cuatro o cinco… ¡No sé! ¡Rick, yo no ando por la vida contabilizando mis tazas de café! Además una más no me hará daño… ¡Es solo una más! ¡Y es café irlandés! – Lisa lloriqueó.
- No almirante, usted no va a tomar café esta noche. ¡Es leche para usted!
- ¡No es justo! Yo tomo leche y tú… ¡Tú pides café irlandés! Lo haces solo para provocarme antojo y que yo sufra por no poderlo tomar… ¡No! Si yo no tomo café, entonces tú tampoco… debes ser solidario, Rick. Después de todo tú también tienes tu parte de responsabilidad en el hecho de que no pueda tomar café, ¿sabes?
- Es un buen punto. – El piloto asintió con una sonrisa. – Bien, entonces hagamos un trato, cualquier comida que tú no puedas comer, yo tampoco la comeré. Y eso incluye el café.
- ¡No lo dices en serio! Tú tampoco puedes vivir sin café.
- Bueno, al menos te prometo que no tomaré café en tu presencia.
- ¡Malo! – Lisa le dio un golpe teatral en el brazo. - ¡Tonto! – Ahora el golpe fue en la cabeza y no fue tan teatral.
- ¡Hey! – Rick protestó. - ¡Deja de maltratarme! Esto se llama violencia conyugal, ¿sabías?
Lisa se cruzó de brazos y se hizo la indignada. El piloto no podía evitar el reír al verla actuar de esa manera. Había algo en ella que lo enternecía profundamente y lo único que él deseaba era abrazarla, besarla y decirle cuánto la adoraba.
En ese momento el mesero regresó con los postres que Rick había pedido… y con el café irlandés y el vaso de leche. El aroma del café hizo que ella volteara a mirar aquella taza con esa bebida maravillosa que estaba frente a ella.
- ¡Vamos, Rick! – Ella decidió que bien valía suplicar por su café. - ¡Tú sabes que el café irlandés que sirven aquí no es alcohólico… tú sabes que yo no consumo alcohol, si eso es lo que te preocupa!
- Lisa, yo—
- ¿Por favor? – Lisa se acercó al piloto y se acurrucó en su pecho, mientras comenzaba a plantarle besitos suaves en el cuello. - ¿Sí? Pilotito… amorcito… chiquito… solo un poquito… ¿sí?
- ¡Argh! – Rick protestó con un gruñido. - ¡No haces fáciles las cosas, Hayes!
- No seas malo conmigo… además tengo antojo de es café y bueno… no quieres que tu bebé salga con cara de taza de café irlandés solo porque su mamá no tomó ese café cuando se le antojó.
- ¿Cómo…? – Rick soltó una risotada. - ¿Cómo se te ocurren esas cosas? Lisa… ¡Lisa Hayes, eres imposible!
- ¿Entonces? – Ella lo miró con ojos de cachorrito, un truco que ella había aprendido de él y que jamás fallaba.
- ¡Está bien! – Rick suspiró derrotado. – Pero solo un traguito, ¿de acuerdo?
- Aw… la mitad de la taza…
- Lisa, tú tienes tu leche.
- Sí, pero tú puedes tomarte la mitad de mi leche y así quedamos a mano… - Los ojos predadores de Lisa se clavaron en la tarta de manzana de Rick. – Y ya que estamos en eso, podemos también compartir postres, ¿Qué te parece?
- Me parece, - Rick la amenazó con la cuchara. – Que eres una manipuladora que te aprovechas de tu pobre esposo, que lo maltratas, lo acosas, le provocas daño psicológico y lo manejas a tu gusto y conveniencia.
- ¿Aja…? – Lisa lo invitó a continuar, mientras una sonrisa lenta aparecía en sus labios.
El piloto suspiró y sacudió la cabeza, como dándose por vencido con aquella discusión inútil que sabía que no podría ganar.
- Pero ¿Qué le vamos a hacer? También eres la mujer más hermosa y tierna del mundo… contra eso no tengo defensa posible.
- ¡Aw, Rick! – Lisa se acercó con la clara intención de besarlo.
- ¡Un momento, almirante! – Rick la detuvo en el acto. – Antes debe prometerme algo.
- ¿Qué cosa, piloto?
- Que mañana que vayamos con Tanya, cualquier indicación que ella nos de, cualquier dieta que marque y cualquier cosa que nos diga, la seguiremos al pie de la letra. ¿De acuerdo?
La sonrisa de Lisa se hizo aun más radiante y más hermosa cuando escuchó aquello. Se acercó a su piloto y lo besó en la mejilla, sintiéndose enternecida y cautivada por aquel hombre que tanto la amaba y tanto se preocupaba por ella.
- Te amo… ¿lo sabías?
- Yo también te amo, bonita. – Rick le devolvió el beso. – Por eso me preocupo por ti… no creas que hago esto por molestarte, solo quiero que todo vaya bien con el embarazo y que tanto tú como el bebé estén bien.
- Lo sé, Rick… y te prometo que voy a cumplir todo lo que Tanya diga.
- Y yo te voy a ayudar.
- Bien… - Lisa miró hacia la mesa. – Entonces… volviendo a los postres y al café…
- Y a la leche…
- También a la leche… - Lisa aceptó con una risita.
- Bueno… espero sus órdenes, almirante.
- ¡Al ataque!
Los dos jóvenes se lanzaron sobre los postres que estaban sobre la mesa, esperando pacientemente su fatídico final. Mientras las alegres notas de la música irlandesa seguían escuchándose por todo el lugar, algunos comensales habían decidido bailar al centro del local.
Y en aquel ambiente tan alegre y festivo, en un rincón privado del pub irlandés, Rick y Lisa, totalmente perdidos en su pequeño mundo, se alimentaban mutuamente y compartían algún besito fugaz, una caricia sutil, un comentario gracioso o una mirada cariñosa mientras daban cuenta de sus postres, dejando en claro que entre ellos compartían algo que era especial, mágico y casi místico: su amor.
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-
La salida a tomar café que Kelly Hickson y Nick Azueta habían tenido esa noche había terminado convirtiéndose en una cena. El ambiente alegre y relajado del Stardust hacía que ambos jóvenes se olvidaran de la hora y que solo se concentraran en divertirse un rato. ¡Y ambos lo merecían!
Cuando Kelly y Nick habían llegado a la cafetería, el lugar ya estaba lleno. Providencialmente se habían encontrado con Max y Miriya que, en una mesa un tanto apartada, trataban de convencer a la pequeña Dana que las verduras eran comestibles… al menos las que servían ahí, pues Max no podía meter las manos al fuego por las verduras que su esposa cocinaba.
Los recién llegados se habían sentado con los Sterling, quienes no tardaron en retirarse ya que su hija estaba algo cansada y querían llevarla a casa. Miriya tenía un poco de temor de que incluso Dana hubiera atrapado algún virus en el jardín de niños, ya que varios de sus compañeritos se habían enfermado de gripe en los días anteriores. Así que antes de ir a casa, decidieron que no les haría mal hacer una parada en el hospital militar a consultar a la doctora Mikhailova, la pediatra de Dana.
Cuando los Sterling se retiraron, Nick y Kelly se enfrascaron en una profunda conversación aderezada por varios litros de café y cantidades industriales de galletitas y panecitos. Era una conversación que habían comenzado desde que se habían encontrado en la entrada de la base hacía un par de horas… una conversación que habían seguido mientras caminaban por un parque cercano y que ahora retomaban en la cafetería. Una conversación sobre sus historias personales, sobre sus familias, sobre su pasado, lo que habían vivido antes de la guerra… y después de ella.
Nick le había contado a Kelly todo lo que él recordaba sobre su familia. Aquellas memorias tan especiales que tenía de cuando él era pequeño y su padre lo había llevado por primera vez a ver el navío en el que servía en aquel tiempo. Le contó sobre su familia: sus hermanos y su madre. Esos días felices y despreocupados que él pasaba en la playa cuando era chico…
Pero también le contó sobre los problemas que se comenzaron a dar al interior de su familia: las constantes ausencias de su padre; la manera en como las relaciones entre sus padres comenzaron a enfriarse… esas constantes desavenencias que sus hermanos tenían entre ellos por motivos ideológicos. Poco a poco la familia se había ido desintegrando y eso lo había marcado para siempre.
Él, el más chico de los Azueta, había sido el único que había cerrado filas del lado de su padre. Su hermano mayor, Pablo, hacía tiempo que no visitaba la casa, temiendo los encontronazos que solía tener con su hermana. Pero al mismo tiempo Gabriela, su hermana, hacía tiempo que se había unido a los grupos pacifistas y no habían vuelto a saber de ella. Su madre culpaba a su padre… el entonces capitán Azueta trataba inútilmente de explicar sus ausencias… al menos tanto como podía, ya que estaban en guerra y él no podía dar detalles.
Y después había venido la enfermedad de su madre… y la muerte de sus dos hermanos.
La guerra les había pegado duro a todos y sobre todo a aquellos que servían en las Fuerzas Armadas. Ellos no solo habían tenido que luchar por su supervivencia, sino habían tenido que sacrificarlo todo por asegurar la supervivencia de todos los demás humanos. Quizás la humanidad jamás llegaría a entender ni a valorar el sacrificio que los militares habían hecho… ni su abnegación y entrega.
Kelly, por su parte, le contó que su padre también había muerto en servicio, durante las Guerras de Unificación. Su madre y ella habían quedado solas y desamparadas. A partir de ese momento su mamá había tenido que trabajar duro para sacar adelante a su hija. Trabajaba todo el día y se esforzaba mucho por darle a Kelly una vida digna… sencilla, pero digna.
Ella había tratado de retribuir el sacrificio que su madre hacía dedicándose por completo a sus estudios y ayudando en el mantenimiento de la casa y cuando podía con algún trabajo de verano que les ayudara a poner algunas monedas más en sus magros ahorros.
Kelly recordaba ese tiempo con cariño y alegría, a pesar de las privaciones pasadas. Su madre había sido una mujer fuerte, decidida, trabajadora, dulce y muy cariñosa. Ella la recordaba con cariño y con profunda admiración y respeto.
Su madre había muerto durante la Lluvia de la Muerte.
Los dos jóvenes se habían quedado callados después de escuchar sus mutuas historias. Pero no era un silencio incómodo, era más bien el silencio que uno comparte con un alma que entiende… con un alma que comprende. Con un alma que llega a ser tan cercana a la nuestra que uno siente que las palabras no son necesarias – ni suficientes – para expresar los sentimientos más íntimos y más profundos. Un alma gemela.
En cierto momento, Nick Azueta estiró su mano y tomó la de Kelly, dándole un apretón cariñoso antes de llevársela a los labios. Ella se ruborizó levemente, pero una pequeña sonrisa apareció en los labios de ambos.
Y justo en ese instante las alegres notas de la música de Glenn Miller se escucharon en todo su esplendor en el Stardust… era la hora en que aquella cafetería se convertía en un salón de baile. Una multitud de parejas abarrotaron la pista central y comenzaron a bailar al ritmo de esas viejas melodías que sus bisabuelos habían bailado.
- ¿Quieres hacer el ridículo conmigo? – Nick le habló al oído a Kelly, haciéndose escuchar por encima de la música.
- Jamás he bailado este tipo de música, Nick.
- ¿Y crees que yo sí?
El marinero de puso de pie y aprovechando el hecho de que todavía tenía la mano de Kelly aprisionada en la suya, la jaló hacia la pista. Aunque la teniente Hickson realmente no ofreció resistencia. Antes bien se soltó a reír y una vez que estuvieron mezclados con las demás parejas, Nick le indicó que simplemente hicieran lo que los demás hacían.
Después de algunos pisotones, de algunos empujones y de un par de maldiciones seguidas de una risa incontenible, los dos jóvenes se encontraron bailando alegremente y divirtiéndose horrores al hacerlo. Y siguieron bailando hasta que el cansancio los hizo regresar a la mesa… y todo ese ejercicio les provocó un hambre atroz – a pesar del café y las galletas que habían pasado por sus hambrientas garras hacía tan poco tiempo.
No pasó mucho tiempo antes de que Tessie pasara por la mesa de Nick y Kelly para dejarles un par de hamburguesas con doble queso, sendas latas de Petite Cola y una orden de papas que pensaban compartir. En la pista las parejas seguían bailando… aunque mientras más pasaban los minutos, la música comenzaba a sonar un tanto más melancólica. Ya no eran las melodías alegres y entusiastas de Glenn Miller las que se escuchaban en el Stardust, sino música más tranquila y calmada.
Ahora las parejas bailaban abrazadas, moviéndose lentamente al ritmo de la música. Sin embargo la teniente de la UN Spacy y el marino de la UNN no se quedaron a averiguar como terminaría aquella noche en el Stardust. Por desgracia al día siguiente había que trabajar temprano y considerando que la almirante Hayes no iba a estar en la oficina, Kelly tenía que hacerse cargo de que todo funcionara bien en su ausencia.
La noche era fría, sobre todo para un marinero de sangre caliente acostumbrado al clima del trópico. Los dos decidieron caminar hasta el Barrio Militar. Después de todo lo que habían comido, les caería bien un poco de ejercicio.
- ¿Entonces mañana en dónde y a qué hora? – Kelly preguntó, haciendo referencia a los planes que poco antes habían estado haciendo para el siguiente día. – Y más importante todavía, ¿Qué películas vamos a ver y quien va a llevar las provisiones?
- Si quieres podemos volver a tomar por asalto la sala de televisión de mi padre. – Nick se encogió de hombros.
- Me siento mal con el comodoro, Nick… ¿Qué tal si él quiere relajarse un poco y ver televisión? No sé… ¿Por qué no vienes a mi casa?
- Bueno, la idea no es mala. – Nick lo consideró. – Además Enkei está ahí y así no dejamos solito al pobrecito.
- Eso también… no tengo pantalla gigante ni sistema de sonido de teatro en casa pero—
- ¡No te preocupes! – Nick le dio un empujón juguetón con el hombro. – Yo llevo las provisiones, ¿de acuerdo? Solo dime qué se te antoja… ¿dulce o salado? ¿Líquido o sólido? ¿Comida o botanas?
- ¿Qué tal todas las anteriores? – Kelly le guiñó el ojo. – Y en cuanto a la película… ya la elegiremos por votación.
- ¡Ajá! – Nick se rió. - ¿Y quien tendrá el voto del desempate?
- Enkei. – Kelly se encogió de hombros, pronunciando aquella palabra como si fuera lo más lógico y natural del mundo.
- ¡De acuerdo! – Nick se rió con más ganas. - ¡Eres todo un caso, Kelly Hickson! ¿Lo sabías?
- ¿Y eso debo de tomarlo como un cumplido o como un insulto?
- Un simple comentario, Kel… - Nick le sonrió. - ¿Sabes? Este viaje a Ciudad Macross resultó mejor de lo que yo esperaba. Tenía muchas ganas de ver a mi padre pero jamás pensé que fuera a toparme con una chiquilla como tú… que se convertiría en mi mejor amiga.
- ¡No soy chiquilla! – Kelly protestó. – Pero… ¿realmente me consideras tu mejor amiga?
- Sí. – Afirmó categóricamente el marino. – Bueno… quizás pienses que es precipitado decirlo, siendo que nos conocemos de hace apenas unos días pero… pero pienso que eres extraordinaria, Kelly. Me divierto mucho estando contigo, la paso muy bien… además a ti puedo contarte cosas que a nadie más le he contado… compartir mis aficiones, mis gustos… y comportarme como un demente. Y tú todavía no te has asustado ni has salido corriendo.
- Soy una mujer fuerte y estoy curada de espanto. – Kelly sonrió. – Pero en serio Nick, gracias… yo—yo también me siento así contigo. La he pasado muy bien estos días y sé que te voy a extrañar mucho cuando tengas que volver al Argos.
- No hablemos de eso ahora, Kel… - Nick replicó con un gesto indefinible que cruzo levemente por su rostro apuesto. – Todavía tenemos unos cuantos días y yo pienso aprovecharlos al máximo.
- Lo mismo digo.
Los dos se detuvieron en la puerta de la casa de la teniente Hickson y ella miró hacia la puerta. La luz de entrada estaba encendida gracias a las celdas fotosensibles con las que las cajitas de fósforos estaban equipadas. Pero el resto de la casa estaba en penumbras.
- Bien… entonces—nos vemos mañana.
- Ya es tarde. – Nick asintió. – Y el pobre Enkei debe estarse preguntando en dónde demonios se metió su ama y por qué no le ha dado de cenar.
- Cierto. – Kelly asintió con una sonrisa. – Entonces…
- ¿Mañana a las 1800 horas?
- A las 1830… en lo que llego de la base y todo.
- Perfecto, aquí estaré… - Nick se llevó la mano a la nuca. – Y Kelly… lo que dije es verdad… eres maravillosa y te agradezco el que me hayas brindado tu amistad de una manera tan honesta y sincera.
- Gracias Nick… - Ella lo miró a los ojos y sonrió. – Tú… tú también eres algo especial.
Una radiante sonrisa comenzó a aparecer en los labios de ambos jóvenes. Pero el aullido lastimero y el sonido de las patas de un perrito rascando el interior de la puerta de la casa de Kelly los trajeron de vuelta a la realidad.
- ¡No te entretengo más, Kel! – Nick le extendió la mano. – Descansa… te veo mañana.
- Hasta mañana, Nick… duerme bien.
Los dos se sostuvieron la mirada por unos segundos. Finalmente sus manos se soltaron y Nick dudó un momento. Era como si quisiera decirle algo más a Kelly… pero finalmente no se atrevió y simplemente dio un paso atrás. Los dos sonrieron y el marino se llevó la mano a la sien en un despreocupado saludo militar. Kelly levantó su mano para despedirse de él y sin más preámbulos Nick Azueta comenzó a caminar con rumbo a casa de su padre, mientras que Kelly lo seguía con la mirada antes de entrar a su pequeña vivienda en el 251 de la Calle del Parque del Barrio Militar.
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En el consultorio de la doctora Tanya Mikhailova, eternamente decorado con flores de girasol y con pinturas que evocaban las campiñas rusas, Rick y Lisa esperaban pacientemente. Aún era temprano, a pesar de que ese primer examen prenatal había durado un buen par de horas. Los dos habían desayunado muy ligeramente, por lo que tenían la idea todavía no expresada en palabras, pero aún así compartida, de ir a almorzar algo en cuanto salieran de ahí.
Rick estrechaba la mano de Lisa que, sentada a su lado, sonreía beatíficamente y sus ojos verdes iban de su esposo a la doctora Mikhailova que, desde había unos minutos, se entretenía en introducir algunos datos a su computadora.
- Bien… - Finalmente Tanya miró a sus pacientes y les sonrió. – Entonces todo está en orden… Lisa, no hay motivos para sospechar que tu embarazo sea de riesgo al menos en estos momentos de la gestación.
- ¡Gracias a Dios! – Lisa suspiró.
Rick le dedicó una sonrisa radiante y se llevó la mano de su esposa a los labios para besarla con cariño. La doctora seguía hablando:
- Eres una mujer sana y fuerte y los resultados de este primer examen son positivos. Aún así vamos a mantenerte continuamente monitoreada, Lisa. Quiero establecer un programa de cuidados prenatales para todo tu embarazo para que podamos darle seguimiento y proporcionar los mejores cuidados tanto para ti como para tu bebé. Te voy a dar un calendario de control prenatal que quiero que cumplamos con precisión, porque de ello dependerá que podamos ir paso a paso, evaluando los riesgos potenciales, tratar cualquier complicación y vigilar tu salud y el crecimiento y desarrollo del bebé.
- ¡Yo me encargaré de que esos controles sean cumplidos con precisión cronométrica! – Rick se apresuró a responder.
- No esperaba menos de ti, Rick. – Tanya le sonrió. – El padre debe de estar involucrado en cada aspecto del embarazo. Después de todo, aunque es la mujer quien está gestando al bebé, tanto el padre como la madre están esperando a ese hijo. Es un esfuerzo de colaboración… llamémosle un embarazo compartido.
- ¡Por supuesto! – Rick se acercó para besar a Lisa en la mejilla.
- Entonces… - Lisa le sonrió a su esposo, pero su atención regresó a la doctora. - ¿Cuál es ese calendario de cuidados prenatales, Tanya?
La doctora Mikhailova les entregó una hoja de papel que justo en ese momento terminaba de salir de la impresora. Lisa la tomó y tanto ella como Rick la leyeron con curiosidad, mientras Tanya comenzaba a decirles, en voz alta, lo que esa hoja contenía por escrito.
- Durante las primeras 28 semanas te estaré haciendo revisiones cada mes, Lisa… de la semana 29 a la semana 36 las revisiones serán cada dos semanas y posteriormente, de la semana 37 hasta el parto, tendremos revisiones semanales. Eso independientemente de las consultas que hagamos de manera extraordinaria.
- ¡Wow! – Rick miró a la doctora. - ¿Eso significa que la siguiente visita programada sería… dentro de un mes?
- Así es… no sé para cuando tengas que ir a Ciudad Monumento a presentar tu reporte anual, Lisa… pero me gustaría que nos viéramos antes de tu viaje, solo para revisar que todo marche bien.
- Bueno, todavía no hay fecha fijada. – Lisa respondió. – Pero es para finales de enero. Voy a pedirle a Kelly que se ponga en contacto contigo para que establezcan fechas, si te parece bien.
- Perfecto. – Tanya tomó nota de eso. – Puede ser que para esas fechas podamos hacer la primera ecografía.
Tanto Rick como Lisa levantaron sus ojos de la hoja que todavía estaban leyendo.
- ¿La primera ecografía? – Los dos murmuraron incrédulamente.
Tanya les sonrió comprensiva y asintió. Sabía que sus pacientes estaban profundamente emocionados, eso era obvio… ella misma había pasado por su propio embarazo ese año, por lo que sabía perfectamente la emoción y la expectación que Lisa y Rick estaban sintiendo en esos momentos.
- Es para hacer un estudio preliminar del embrión. Desafortunadamente todavía no podré mostrarles nada que les pueda ser de interés… será hasta la siguiente visita en la que podremos escuchar el corazón de su bebé.
Lisa y Rick sonrieron emocionados y sin siquiera pensarlo, el piloto pasó su brazo por encima de los hombros de Lisa para atraerla hacia él… al menos el espacio que les permitían las sillas individuales en las que estaban sentados. Rick le besó la frente a Lisa y ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
- Entonces… ¿escucharemos su corazoncito?
- Claro… en estos momentos su bebé aún es muy pequeñito. – Tanya les explicó, mostrándoles unas gráficas en un libro que tenía sobre su escritorio. – Dada la etapa de embarazo en la que actualmente te encuentras, Lisa tu bebé mide aproximadamente 4 milímetros y pesa apenas un gramo.
- ¡Es tan pequeñito! – Lisa se rió, tratando de imaginar lo que Tanya le decía.
- Pequeñito, es verdad… pero su corazón ya late. – La doctora complementó con una sonrisa. – Aunque sus latidos son imposibles de captar en estos momentos por nuestros instrumentos. Por eso es hasta la semana 12 aproximadamente que ya podremos escucharlo.
- Entonces… - Rick quiso saber. - ¿De cuanto tiempo de embarazo estamos hablando exactamente? Sé que hemos estado diciendo que un mes, pero veo que todo lo estás manejando con semanas. ¿Cuántas semanas tenemos?
- Bueno… - Tanya se acomodó sus anteojos y movió el monitor de su computadora para que los Hunter-Hayes pudieran observar las gráficas que les quería mostrar. – Un embarazo normal dura aproximadamente 266 días desde la fecundación. Puede haber un periodo de unos 14 días más… digamos que un embarazo normal tiene una duración promedio de 38 a 42 semanas. Ahora, para determinar la fecha probable del parto se utiliza una formula sencilla: a la fecha de la última menstruación de la mujer se le suman 7 días y a eso se le restan 3 meses. Lisa me informó que su último periodo fue a principios del mes de noviembre.
- Vino después del cumpleaños de Rick, eso lo recuerdo bien. – Lisa le sonrió a su piloto. – Pero no sabría precisar el día… el 5, el 7… no lo recuerdo con precisión. Pero sé que fue cuando volvimos del Lago Memorial.
- Y con esos datos un tanto imprecisos, - Tanya sonrió comprensiva. – Yo estoy determinando una fecha probable de parto entre el 13 o 15 de agosto. Aunque es una fecha aproximada.
Lisa y Rick sonrieron esplendorosamente y los dos se abrazaron. Tanya siguió hablando con fingida frialdad profesional, porque la verdad era que ella estaba muy emocionada con el embarazo de sus amigos.
- Con eso yo diría que en estos momentos se encuentran aproximadamente en la sexta semana de gestación. Aunque obtendremos datos más precisos cuando le hagamos los primeros exámenes al feto.
- ¡Aw! – Rick protestó. – No es feto, es mi bebé.
- Bueno, al bebé. – Tanya concedió. – Ahora solamente quiero establecer un programa de ejercicios con ustedes y una dieta. Lisa, estás comiendo por dos y necesitas seguir las indicaciones al pie de la letra. Sé que Rick se ocupará de ello.
- ¡Ni lo dudes! – El piloto sacó el pecho en un gesto de suficiencia. – Aunque… tuvimos una pequeña discusión anoche, precisamente hablando de la ingesta alimenticia y todo eso…
- ¡Rick! – Lisa suspiró resignada.
- Dijimos que íbamos a consultar a Tanya sobre esto y que respetaríamos sus indicaciones, bonita.
- ¿De qué se trata? – Tanya puso sus anteojos a un lado y miró a sus amigos.
- Del café. – Lisa y Rick respondieron al unísono.
Aquello provocó que Tanya soltara una involuntaria risita. Era bien conocida la afición que Lisa Hayes tenía por esa bebida maravillosa que era el café y Tanya comprendía la preocupación de Rick y la resignación que podía ver en el rostro de Lisa. Ella misma había pasado por ello durante su embarazo, aunque en su favor había que decir que había desarrollado un rechazo natural por alimentos de sabor fuerte durante esa etapa, el café incluido. Eso sin duda había sido de gran ayuda.
- ¿Qué pasa con el café? – Preguntó. - ¿Te produce nauseas, vómitos…?
- No, todo lo contrario. – Lisa respondió. – Incluso cuando tengo nauseas el café me las calma un poco… pero Rick insiste en que no debo de tomarlo.
- Yo recomiendo que reduzcas su consumo, Lisa… pero un consumo moderado no te hará daño, no te preocupes.
- ¿Y con consumo moderado estamos hablando de… cuantas tazas exactamente? – Rick preguntó interesado.
- Unos 300 mg. al día. Es decir, no más de tres tazas, almirante.
- Una con cada comida entonces. – Rick opinó. – Y nada de un café de media tarde o de media mañana, bonita.
- ¡Aw…! – Lisa se quejó. – Pero… ¿Tazas de qué tamaño? Lo que quiero decir es… ¿qué tal si me tomo una taza chiquita a la hora del desayuno y luego me tomo otra igual de chiquita a media mañana? Eso sí se puede…
- Tú puedes organizar tu consumo de la manera que más te convenga, Lisa. – Tanya le sonrió, un tanto divertida con aquello. – Pero que no pase de esos 300 miligramos. Puedes tomar café descafeinado, por ejemplo.
- ¡Eso es una afrenta al café! – Lisa opinó vehementemente. – Pero… bueno, cualquier cosa con tal de que nuestro bebé tenga un desarrollo sano.
- Puedes tomar té, por ejemplo. Siempre y cuando sean suaves y no dejes que la infusión sea de más de 3 minutos. Eso sí, nada de bebidas alcohólicas.
- No hay problema con eso. – Rick sonrió.
- Tu dieta va a estar balanceada… aquí te preparé una dieta elaborada por nuestros nutriólogos. Espero que la sigas al pie de la letra, Lisa.
Ella tomó el papel que Tanya le entregaba y asintió con una sonrisa. En realidad aquella dieta no era muy diferente a la que ella acostumbraba a seguir. No habría ninguna dificultad en ello.
- En cuanto al ejercicio, recomiendo que sea constante pero moderado. Nada de alto impacto… no quiero que corras ni que practiques karate ni nada por el estilo, ¿de acuerdo? Te recomiendo que camines al menos unos 3 kilómetros todos los días y que practiques la natación.
- ¡Yo me encargaré de eso! Voy a ser su instructor personal. – El piloto anunció gozoso.
- Y otra cosa, Rick… te recomiendo que le compres a Lisa un pulsómetro para que monitorees sus pulsaciones cardiacas durante el ejercicio y así cuides que no se esfuerce demasiado, ¿de acuerdo?
- ¡A sus órdenes, doctora!
Lisa sonrió, emocionada y enternecida al ser testigo de esas reacciones tan entusiastas por parte de su esposo y al percatarse de lo emocionado y feliz que él estaba y de lo mucho que deseaba involucrarse en su embarazo. Tanya tenía razón, aunque la nueva vida se estuviera desarrollando en el cuerpo de ella, ambos esperaban a ese bebé con amor y alegría… ambos estaban esperando bebé.
- Entonces eso sería todo por ahora. – Tanya puntualizó. – Sigue con la prescripción médica que te receté, Lisa… necesitas las vitaminas y minerales que te estoy dando como complemento alimenticio. Todos esos síntomas que tienes en estos momentos irán disminuyendo hasta desaparecer alrededor de la semana 12. Pero el medicamento que te di te ayudará con las nauseas.
- ¿Y que hay de ese cansancio que Lisa ha tenido últimamente, Tanya? – Rick preguntó preocupado.
- Es perfectamente normal, Rick. El cuerpo de Lisa está fabricando una nueva vida en su interior, su gasto energético es mayor… procura que descanse bien, que duerma todo lo que quiera, que no se estrese demasiado en el trabajo.
- Es una tarea titánica. – Rick le sonrió a su esposa. – Pero voy a asegurarme de que Lisa cumpla con todas tus indicaciones al pie de la letra, Tanya.
- ¡Te amo, piloto! – Lisa murmuró, perdiéndose en esos ojos azules que la hechizaban.
La sonrisa de Rick se hizo más esplendorosa y sus ojos brillaron no solo con la emoción que sentía en esos momentos, sino también por las lágrimas contenidas que trataba con todas sus fuerzas de mantener a raya. Lisa se acercó a él y suavemente rozó sus labios con los de ella, provocando un corto circuito en el corazón de aquel conmovido piloto de combate.
- Bien… - Tanya carraspeó. - ¿Alguna otra pregunta?
Rick y Lisa se miraron y fue el piloto el que se sonrojó profundamente. Miró a Tanya y asintió levemente, haciendo obvio el hecho de que le costaba formular la pregunta que quería hacer.
- Yo… bueno… Lisa me dijo que—pero… bueno…
- Es sobre la cuestión de nuestra… vida íntima. – Lisa salió en su auxilio, sabiendo perfectamente bien que aquello le preocupaba a Rick.
- Rick, tu bebé está perfectamente protegido por el colchón del líquido amniótico del útero y el abdomen de Lisa… ustedes pueden mantener su vida íntima con la frecuencia que lo deseen y no le provocarán ningún daño a su pequeño. Yo veo saludable el hecho de que en esta etapa tan hermosa y tan especial de su relación de pareja, sigan estrechando sus vínculos amorosos por medio de la expresión física de su amor.
- Entonces… ¿No hay problema? – Rick preguntó, profundamente sonrojado pero con una sonrisa incipiente en los labios.
- ¡Ninguno en lo absoluto! Yo incluso lo recomiendo… siempre y cuando ustedes se sientan cómodos con ello, tanto en lo físico como en lo espiritual. Al paso de los meses van a tener que ir adecuando su vida íntima a los cambios que el cuerpo de Lisa va a ir experimentando, pero ustedes son una pareja… una pareja enamorada. Jamás dejen de demostrárselo, ¿de acuerdo?
- Así será. – Rick sonrió y se puso de pie para colocarse detrás de Lisa y descansar sus manos en los hombros de su mujer.
- Y si no tienen ninguna otra pregunta… creo que solo me resta felicitarlos una vez más. Y Rick, para ti en particular… me encanta ver esa alegría y ese entusiasmo con el que has asumido este embarazo y tu rol de padre. Esto es algo que deben de experimentar juntos… de vivir juntos. Acompaña a Lisa a todas sus visitas prenatales, investiga, estudia, no temas venir a preguntar lo que quieras… yo les recomiendo que vayan pensando acudir a unas clases de preparación para el parto, juntos. Hagan ejercicio juntos, afronten juntos los cambios, tomen juntos las decisiones, comuníquense con su bebé y sobre todo ámense… ámense mucho.
- ¡Gracias Tanya! – Lisa respondió con los ojos llenos de lágrimas, al tiempo que colocaba sus manos sobre las de Rick. – Gracias por todo… y estamos en contacto.
- ¡Cuídate mucho, almirante Hayes! Y cualquier cosa, no dudes en llamarme.
- Tanya… - Rick se acercó para darle la mano a su amiga. - ¡Muchas gracias!
Después de las despedidas de rigor, Rick y Lisa salieron del consultorio de la doctora Mikhailova. Aunque los dos habían arreglado sus agendas – con la insustituible ayuda de Kelly – para tener el día libre, hacía falta acudir a una breve revista al personal médico del hospital. Aquello había sido orquestado por el comodoro Azueta y la teniente Hickson para cubrir las apariencias de la visita de los dos líderes de la UN Spacy y la UNSAF al centro médico militar.
Pero aquella revisión no demoró más de media hora. Poco más tarde la almirante Lisa Hayes y el general Rick Hunter salieron del hospital y se dirigieron hacia la oficina del almirantazgo. Una vez que estuvieron resguardados en aquel espacio tan íntimo y privado, los dos pudieron finalmente dar rienda suelta a las emociones que los venían embargando desde que habían puesto un pie en el consultorio de la doctora Tanya Mikhailova esa mañana.
- ¡Nuestro bebé va a nacer en agosto! – Rick tomó a Lisa por el talle y la levantó en vilo para luego girar con ella por la oficina.
- ¡Rick, Rick… amor! – Lisa suplicó.
- ¡Oh! – El piloto lo entendió de inmediato y puso a su esposa de vuelta en el suelo. – Lo siento, princesa… ¿No te mareaste?
- Estoy bien… - Lisa sonrió y fue a sentarse al sofá de la sala de recepción.
- Debo de aprender a controlar mis emociones. – Rick se rió, yéndose a sentar a su lado. – Lisa… ¡No sabes lo emocionado que estoy!
- Yo también, Rick… yo también. – Lisa se acurrucó contra el pecho de su piloto. - ¿Sabes? Esto es algo… algo grande. Algo que yo jamás podría haber hecho con nadie más… solo contigo, piloto.
- ¿En serio? – Rick sonrió conmovido. – Lisa… ¿tú crees que yo sea un buen papá?
- ¡Vas a ser el mejor, Rick! – Lisa lo besó en el cuello. - ¡El mejor! Solo hay que verte ahora… Dios, Rick Hunter… ¡Te amo tanto!
Lisa levantó su mano para posarla suavemente en la mejilla de su esposo y atraerlo hacia ella. Sus labios se encontraron y con ellos sus almas. Aquel beso que comenzó como algo tierno e inocente comenzó a adquirir la fuerza devastadora de un volcán en erupción. Rick encapsuló a Lisa en sus brazos y cuando sintió que los labios de ella se entreabrían, él no dudó en aceptar la invitación. Cuando, minutos después, los dos tuvieron que separarse para tomar aire, se percataron de que Rick estaba prácticamente tendido sobre el sofá y Lisa estaba sobre de él.
Aquello les causó gracia y mientras los dos volvían a sentarse y se arreglaban la ropa que había quedado un tanto arrugada y fuera de lugar, los dos reían suave, casi traviesamente.
- Al menos Tanya dice que no hay problema si seguimos con nuestras… actividades habituales en este campo. – Rick bromeó. – Pero tú Lisa… ¿Cómo te sientes?
- Me siento… me siento la mujer más feliz, más dichosa y más afortunada del universo, amor. Te tengo a ti que eres mi todo… y ahora estoy esperando un bebé… mi hijo… el hijo del hombre al que tanto amo… nuestro hijo, Rick… ¿Cómo crees que me siento?
- ¡Lisa! – Rick susurró enternecido y la besó en la frente. – Pues yo pienso estar contigo a cada paso de este camino… es un camino misterioso y quiero recorrerlo a tu lado, Lisa… a donde nos lleve. ¡Nunca me había sentido tan feliz y emocionado, amor! Estoy… estoy vuelto loco.
- Bueno, loco ya estabas…
- ¡Eres una malvada! – Rick le lanzó una mirada que era a la vez juguetona y asesina. – En todo caso, te culpo a ti de mi locura.
- ¡Ah, no! Ya estabas así cuando yo te encontré. Yo soy inocente.
- Tal vez ya estaba algo loco… pero tú eres culpable de que mi condición mental se haya agravado. ¡Tú me vuelves completamente loco, Lisa Hayes!
- Si hay que ser justos y honestos, entonces debo admitir que el sentimiento es mutuo, Rick Hunter. – Lisa susurró contra sus labios antes de darle un besito tierno.
- En ese caso…- Rick se puso de pie y la ayudó a hacer lo mismo. - ¿Qué te parece si huimos de aquí y vamos a enloquecernos mutuamente a algún otro sitio? Yo propongo que vayamos a comer algo y luego hay que ir a la librería a buscar libros sobre el embarazo y esas cosas.
- Es buena idea. – Lisa se abrazó a él en cuanto estuvo de pie. – De todas maneras los asuntos de la semana ya han quedado arreglados. Y creo que los dos nos merecemos un fin de semana extendido… por ahora.
- ¡Vámonos de aquí antes de que cambies de idea! – Rick se apresuró a conducirla a la puerta. - ¡Otra cosa más! Cuando volvamos a casa vamos a ir al parque a caminar, ¿de acuerdo? A partir de hoy vamos a hacernos un tiempo todos los días para salir a caminar juntos… la doctora lo ordenó.
Lisa lo miró y le sonrió, mientras asentía levemente con la cabeza y permitía que él le colocara encima su gabardina militar. ¡Amaba a ese hombre! Lo amaba con todas sus fuerzas, con toda su alma, con todo su corazón.
Y mientras Rick seguía hablando interminablemente de sus planes para la tarde, los cuales incluían ir a la tienda de discos para comprar algo de música para el bebé, pasar por el supermercado a comprar las provisiones necesarias para la dieta que la doctora Mikhailova le había prescrito a Lisa y visitar el gimnasio de la base para programar algunas visitas a la piscina de la misma – dado que el clima estaba demasiado frío como para que Lisa practicara natación en la helada piscina de su casa - , Lisa solo podía pensar en que su vida era perfecta…
Los viejos recuerdos de un tiempo en el que ella y Rick estaban separados… un tiempo en el que ella solo podía soñar con el amor de ese hombre al que su corazón había decidido amar a pesar de todos los inconvenientes… un tiempo de dolor, angustia y soledad… todos esos recuerdos parecían muy lejanos. Eran memorias que se diluían en las arenas del tiempo y eran reemplazadas por esos recuerdos fuertes, intensos y llenos de alegría de esa vida hermosa que compartía con el hombre al que ella amaba por sobre todas las cosas. Esa vida en la que cada día era un milagro y una sorpresa… una vida en la que ella era simplemente una mujer enamorada y feliz.
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Notas de Autor:
- Como es costumbre, quiero agradecer a todos los que me han regalado su tiempo al leer esta historia y a quienes me han enviado mensajes, reviews, e-mails o me han contactado vía msn. Siempre son motivantes sus palabras, sus opiniones y creo sinceramente que sin esa motivación historias como esta no serían posibles. ¡Gracias por sus palabras, por su apoyo y su entusiasmo!
- Un agradecimiento especial a mi equipo de colaboradores a quienes les debo tanto y de quienes he recibido tanta ayuda y asesoría: Mal Theisman (mi Beta y autor de "Renacimiento", la mejor historia de Robotech que he leído en mi vida) y Alex y Claudia, quienes me han asesorado con su propia experiencia en los terrenos de la paternidad. ¡Gracias a todos ustedes, chicos!
- Y sin más, solo me queda decirles que nos vemos en dos semanas. ¡Mucha suerte con todo y les mando un fuerte abrazo a todos!
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.: GTO – MX :.
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