¡Hola de nuevo! Sé que dejé varado este fanfic, pero debo decir que supuse que no tenía ningún interés en los lectores, y eso me desanimó bastante para seguir escribiendo y publicando. Sin embargo, puede que estuviera equivocada, así que decidí hacer un esfuerzo. Además, este capítulo es mi favorito hasta ahora, aunque sea algo corto.

Les dejo seguir leyendo 3


Capítulo 7. De promesas y sospechas


La noche estaba más cerrada que nunca, observó Nightwing con un mal presentimiento; no había luna y las estrellas se hallaban ocultas bajo algunas nubes de tormenta, de modo que una ligera bruma impregnaba las calles y dificultaba enfocar siluetas lejanas. Aun así pudo reconocer a Jason Tood, alias Red Hood, cuando llegaba a su encuentro en una Harley-Davidson.

— ¿Qué pasó con la vieja costumbre de ser discretos? —Le reprochó cuando lo tuvo a su lado sobre el tejado del edificio desde el cual solían vigilar la zona.

— Me gusta innovar. —Aunque el casco rojo cubría todo el rostro de Jason, Dick detectó en su voz una sonrisa. — ¿Cómo se encuentra Steph?

— Bien.

Ambos se pusieron en marcha, siguiendo el camino que les indicaba la información que, en esos momentos, Red Robin les transfería a su base de datos.

— No suenas muy contento por ella. —Observó Red Hood mientras tomaba impulso y saltaba hacia la escalera de incendios de una vieja casa de huéspedes abandonada. Nightwing, que iba a sus espaldas, gruñó al hacer lo mismo.

— Estoy feliz de que no la mataran. —Levantó la vista hacia la parte norte de la ciudad, donde las luces daban un aspecto macabro a las calles. Mientras una brisa agitaba su cabello negro, vislumbró cerca de la zona comercial un camión blindado, estacionado justo frente a la tienda esotérica de Madame Brush. — Pero tengo la sensación de que algo no encaja en todo esto. —Le hizo un gesto a Jason y ambos tomaron el rumbo hacia la tienda, saltando de tejado en tejado. — El veneno no letal, la reaparición de Red Robin, los talismanes…

— Creí que Red Robin habría descubierto el objetivo de estos fanáticos.

— Algo me dice que lo hizo. —Murmuró Nightwing, achicando los ojos.

— ¿Sospechas de Tim? —Preguntó Red Hood, mirándolo con seriedad.

Se detuvieron cuando llegaron al final del camino; el camión, que en un principio parecía abandonado, fue abierto desde la parte trasera, y antes de que cualquiera pudiera salir de él, los dos vigilantes nocturnos ya se hallaban encima. Lo que vio Jason lo dejó anonadado, pero Dick no parecía ni siquiera sorprendido.

— Sospecho de la persona que lo está controlando.

— No tenemos nada de qué hablar. —Repitió por enésima vez. Empezaba a molestarle la insistencia de Damian, y es que si a los diez años el enano habría sido fastidioso, ahora resultaba de verdad intimidante. Era tan alto como ella y empezaba a parecerse tanto a Bruce que daba miedo.

De todas formas, no estaba dispuesta a discutir lo que, a todas luces, había sido un desliz sin importancia, y así se lo hizo saber.

— ¿Un desliz sin importancia? —Siseó él. — ¡Me besaste, Brown!

— Eso entra en la categoría de deslices. —Replicó ella, aunque no podía negar que de todos los hombres a los que se le hubiera ocurrido besar por mera casualidad, Damian no habría encabezado la lista. Tratando de ganar tiempo, sonrió con ironía.— Si lo que te molesta es que fuera tu primer beso, lamento decirte que no hay devoluciones, enano.

Aunque el chico maravilla estaba más interesado en los motivos fisiológicos que habían llevado a la rubia a cometer semejante locura, aquello había herido su orgullo.

— ¿A quién le dices enano? —Delante de ella, a pocos centímetros, era todo menos un enano. Él sonrió cuando la vio sonrojarse. — Quizás te preocupa hablar del tema porque temes que se repita.

— Ni hablar. —Atajó ella de inmediato, retrocediendo el paso que él avanzó.

— Admítelo, Brown. No hay forma de que te resistas a estos genes perfectos.

— Me sorprende que a estas alturas tu cabeza no haya explotado por el gigantesco ego que tienes.

Damian se dio cuenta que ella sólo estaba tratando de evadirse, y para su sorpresa, eso le produjo más satisfacción que los torpes toqueteos que se había dado a sí mismo en el baño.

— Brown. —Repitió en voz baja, en un tono íntimo y tentador. Ella no pudo evitar quedarse quieta en su lugar, dejando que él la alcanzara.

Recordaba el momento en el que los temblores de su cuerpo y la sensación de sofoco habían dado paso a que lo besara. Se había tratado sólo de un roce, pero aunque Damian no le correspondió en su momento, tampoco había saltado hacia atrás, amenazándola de muerte por la invasión a su espacio personal.

Ahora no sólo parecía haber perdido la aversión al contacto, sino que lo iba buscando con una lenta indagación.

Stephanie se sorprendió a sí misma al tocar los antebrazos del menor, cuando éste tentaba la curvatura de su espalda con los dedos. No podía apartar la vista de esos ojos verdes, que la miraban de una manera que hacía que le temblaran las rodillas. Sintió su rostro tan cerca del suyo que supo que iba a besarla, pero en esa ocasión, no hubo locura ni frenesí tras el cual excusar sus acciones.

El contacto de labios fue sutil y cálido, dándose su tiempo para encontrar el ángulo perfecto. Una vez Damian pudo hallarlo, descendió todavía más y profundizó el beso, saboreando el interior de la boca femenina, recreándose en su olor a sándalo y frutas. Ella creía que se estaba derritiendo lentamente entre sus brazos, pero cuando se hubo apoyado en su pecho y sus manos ascendieron por sus hombros, supo que él no la dejaría caer.

De hecho, Damian no estaba dispuesto a soltarla. No hasta que se hubiera saciado de aquellos labios; hasta que el olor que desprendía su melena rubia dejara de ruborizarlo; hasta que el sutil sonido ahogado que brotaba de su garganta dejara de marearlo. Tenía que descubrir qué se sentía pasar la mano por entre sus omoplatos, o sus labios por la base de su garganta; deseaba mirarla, y hallar en sus ojos la misma desesperación que exhibía cuando miraba al idiota de Tim Drake.

Decidido, Damian interrumpió el beso, sintiendo que una parte de él se moría.

— Debes… respirar. —jadeó Stephanie, aunque lucía muchísimo más aturdida que él.

— Brown…

— No, suéltame. —Desconcertada por sus propias sensaciones, la rubia se apartó y lo miró sin dar crédito a lo que habían hecho. "Aunque", le recordó una vocecita malvada, "esta vez lo hiciste con toda la premeditación".

Como leyéndole el pensamiento, Damian la observó con una astucia casi espeluznante, con una sombra bajo el ceño fruncido.

— La sustancia en las balas era algo muy parecido a un afrodisiaco. —Dijo, arrastrando las palabras. — Pero creo que tú misma habías llegado a esa conclusión. La cuestión es, ¿por qué no decírselo a los demás?

— Es demasiado vergonzoso. —Admitió ella, con una mano sobre el pecho agitado. Él no pasó por alto ese detalle. — Además, los efectos han ido disminuyendo… Tenía pensado decírselos cuando me hallara completamente limpia.

— Quitando del lado que eso fue estúpido y descuidado… —empezó él con su altanería de siempre—, debes saber que un afrodisíaco no puede obligarte a nada.

— Estás diciéndome que te besé porque quise. —Rió ella, nerviosa. — Seguramente porque he estado loquita por ti desde siempre, aunque antes sólo fueras un niño odioso.

— Eso, Brown, es todo un misterio. —Sonrió Damian con malicia.— Pero te garantizo una cosa: Después de hacerle saber a Grayson la verdadera función del menjurje, tú y yo tenemos que dejar algunas cosas en claro.

Stephanie no podía creer que Robin, alias Damian Wayne, alias Mocoso insoportable hijo de papi rico que todo lo sabe, estuviera hablando (y muy seriamente) de mantener una relación con ella. De hecho, la miraba como si no tuviera dudas, igual que miraba a sus enemigos cuando estaba determinado a derrotarlos. No era una seguridad vacía… sino una promesa.