Hola, estoy de regreso. Queria disculparme por la ausencia y por lo tanto no haber actualizado.

También queria agradecer a quienes continuan leyendo la historia y que la agregan a sus seguimientos y favoritos, muchas gracias; es muy grato para mi saber que les gusta este fic.

Este capítulo esta dedicado a: Chelsea08, saori165, lliendoam, Fiorella Rodriguez, Cinthya5 y Ronialdi.

No siendo mas las dejo con el nuevo capítulo, no sin antes recordarles que ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo Seis

Se había apresurado al decir que no le gustaba ponerse él solo la soga al cuello. Las palabras de Aro Vulturi crearon el primer momento de tensión que había sentido en aquella casa, ¿qué debía decir? Había invitado a Bella y a Alice a tomar un helado y a cenar, y a pesar de que él lo había hecho con la idea de que la presencia de la más joven hiciese respetable el encuentro entre Bella y él, era posible que los demás considerasen que estaba utilizando a Bella como carabina. La idea le molestó, pero enseguida fue consciente de que Aro no menospreciaba a su sobrina; simplemente no estaba seguro de cuáles eran sus intenciones y su pregunta había sido sincera.

Por primera vez, consideró los sentimientos de Alice y se sintió fatal. Y Bella no le había contado nada, podía estar pensando que era ella quien despertaba su interés.

Aro seguía en la puerta, apoyado en el marco, esperando.

Edward miró a Bella y vio pánico en sus ojos.

Luego miró a Alice y vio sonrosadas sus mejillas y enarcadas sus cejas. No. Bella no le había contado nada. ¿Por qué lo habría hecho?

No se le ocurrió otro modo de salir de aquel atolladero que con la verdad.

—Alice es una joven preciosa y encantadora, y estoy seguro de que dentro de bien poco los hombres vendrán a cortejarla en tropel, pero su hija es un poco joven para mí, señor Vulturi.

Aro asintió como si aquella simple declaración le bastara.

—Entonces, se trata de Bella.

Edward asintió. Desde luego que se trataba de Bella.

Ella lo vio asentir y sintió una alegría y un alivio inconmensurables. Había esperado con temor sus palabras porque no sabía si estaría dispuesto o no a hacer una declaración. Su admisión le puso un nudo en la garganta. Hubiera querido levantarse de un salto y abrazarlo, pero se volvió hacia su prima.

Alice tenía la mirada en la mesa y tardó casi un minuto en levantarla y en mirar a Bella a los ojos. Bella quería ahorrarle aquel bochorno, pero no supo qué decir. No había sabido qué decirle desde el primer momento, y precisamente por eso habían llegado a aquella situación. No había tenido el valor ni la confianza suficientes para creer que Edward estaba interesado por ella.

Ahora ya lo sabía, y Alice también.

—Pues lo va a tener complicado con la familia de Bella —dijo Aro—. Espero que sepa lo que hace.

—Creo que lo sé —contestó él—. No tuve un buen comienzo con su familia, pero Bella es ya una mujer adulta que debería poder decidir por sí sola.

Didyme se colocó tras la silla de Alice.

—Nada de lo que yo le he dicho a mi cuñado ha supuesto diferencia alguna en su opinión, pero cuente con nuestro apoyo. Bella merece ser feliz, y lo que a ella la haga feliz será lo que nosotros queramos.

Bella parpadeó varias veces, aunque no por la sorpresa, porque ya conocía su carácter, sino por su comprensión.

Su tío salió y Edward se levantó.

—Gracias, señora Vulturi. Gracias por todo.

—Es usted bienvenido siempre que quiera.

—Buenas noches, Alice —intentó.

Ella le contestó con algo casi ininteligible.

—Bella —se despidió.

Ojalá tuviesen unos minutos para hablar a solas, pero no era así.

—Buenas noches, Edward.

Él hizo ademán de decir algo más, pero al final cambió de opinión y salió por la puerta de la cocina.

Didyme salió también de la habitación y sus pisadas sonaron en la escalera.

Bella hubiera querido quedarse a solas y disfrutar de la certeza de que Edward estuviese interesado en ella, pero la preocupación por los sentimientos de su prima le impidió moverse de allí.

—¡Ay, Bella, eres la chica más afortunada de todo Colorado! —le dijo Alice, emocionada.

Bella contuvo las lágrimas.

—Eras tú quien le gustaba desde un principio —dijo con tristeza—. Eres tan inteligente, tan hermosa, con tanto encanto, mucho más sofisticada que yo.

—Todas esas cosas no tienen nada que ver —replicó ella—. Tú eres todo eso y mucho más. Es que Edward y yo tenemos… historia, digamos.

—Sí. Y qué romántica. ¡Te ha querido desde que eras una niña, Bella!

No podría decir si esa aseveración era cierta, pero desde luego siempre había sido amable con ella y la había tratado con respeto, como a una igual, algo que muy poca gente había hecho. Como siempre había hecho también Alice.

—Yo sólo podía albergar esperanzas —le dijo—. Pensé que eras tú. También te mereces un hombre como él.

—La verdad es que me he llevado una desilusión, no voy a negarlo, pero estoy encantada por ti. Dios mío, ¿qué dirá tu madre? —hubo un pausa—. ¿Y qué hará Emmet?

Bella se imaginaba bien la respuesta a aquellas preguntas y sin poder evitarlo, tras todas las emociones de los últimos días, se echó a los brazos de su prima y rompió a llorar.

—¡Bella! Hay un sheriff honrado ahora, y no permitirá que le ocurra nada malo a Edward.

Eso era cierto. La gente no podía ir por ahí pegando a los demás sin que interviniese la ley. ¿Pero y si Emmy hería a Edward e iba a parar a la cárcel? Tenía familia. Pero su preocupación por Edward no había sido el único motivo del torrente de lágrimas. Saber que Edward estaba interesado en ella, oír las palabras de apoyo de su tía, presenciar la alegría de Alice por ella, años y años de castigo, de inadaptación, de tristeza… todos aquellos sentimientos tan intensos confundieron su corazón y su cabeza.

—Lo sé. Es algo más que eso. Es todo.

Alice se levantó de la silla para arrodillarse ante Bella y abrazarla.

—No te había oído llorar desde que el tío Charlie te obligó a devolver el cachorro al chico de los Deets. Cualquiera diría que has perdido algo, en lugar de haber ganado a un atractivo y atento admirador.

Bella se limpió las lágrimas.

—Lo sé. Estoy siendo una desagradecida.

—No. Sólo estás demasiado sensible.

—Eres tan buena conmigo.

—Pues será mejor que no lo olvides —respondió su prima, sonriendo —, porque el próximo hombre que parezca demasiado bueno para ser de verdad, será mío.

—No lo olvidaré —contestó Bella, riendo.

Alice se levantó.

—Será mejor que me vaya a la cama, que tengo que madrugar para ir a la escuela. Tú puedes dormir hasta que te plazca, caradura.

—Alégrate de poder ir a la escuela y de no aburrirte como una ostra con tutores en casa. Yo soñaba con poder ir a la escuela, como todos los demás.

Bella se levantó y apagó de un soplido la lámpara que colgaba sobre la mesa y señaló a la de la pared.

Alice levantó el cristal y sopló.

—Está bien, me alegro. Buenas noches, Bella —dijo ya en la oscuridad.

—Buenas noches.

Bella empujó la silla hasta la habitación en la que su tía había encendido una lámpara, dejó la silla en un rincón, se puso el camisón y se sentó en la cama para cepillarse el pelo.

Se detuvo con los nudos que tenía en las puntas y vio su reflejo en el cristal de la ventana. Aquella imagen no podía ser la de una chica que soñaba con una vida normal estando obligada a permanecer en una silla de ruedas mientras los demás se divertían y hacían las cosas que ella deseaba hacer. La imagen que le devolvía el cristal era la de una joven como cualquier otra en Copper Creek, una joven normal haciendo cosas normales.

Era como si su vida acabase de empezar y todo lo que había ocurrido antes fuese tan sólo una sombra de lo que le tocaba vivir.

Todo sería perfecto si sus padres pudieran ver a Edward a la misma luz que lo veían los Vulturi. Pero no era así, y una nube negra ensombreció su felicidad. Había sido tan cobarde que ni siquiera se había atrevido a pronunciar su nombre delante de ellos. Pero las cosas podían seguir como estaban un poco más. La situación no era perfecta, pero sí excitante y nueva, y quería disfrutar de ella un poco más. Por el momento, no estaba preparada para enfrentarse a las posibilidades que contenía el futuro.

En aquel momento, sólo quería disfrutar de la declaración de Edward. El recuerdo de sus palabras, de los momentos que habían pasado juntos elevó su ánimo una vez más y se metió en la cama.

Tenía que ir poco a poco. Día a día.

—Tu hermano estará aquí dentro de un momento —le dijo a Bella su madre.

Bella, sobresaltada, guardó su vestido nuevo en el último rincón del armario donde su madre no pudiera verlo, no sin antes pasar la mano por su brocado verde primavera.

—¡Enseguida salgo!

Cerró el armario satisfecha. Su tía Didyme había hecho un trabajo magnífico con la tijera y la aguja. Lo habían terminado hacía una semana y se lo había llevado a casa metido en el baúl. Le sentaba de maravilla y no se parecía a ninguno de sus otros vestidos. No podía esperar a ponérselo, pero no tendría más remedio que esperar a ver la reacción de su madre.

Con su silla de ruedas entró en la cocina, donde Sue estaba preparando una salsa para la carne.

—¿Puedo ayudar?

—Puede, si quiere oír el sermón de su madre sobre por qué no debería estar en la cocina.

—Se me da de perlas volverme sorda temporalmente. Pero no quiero que se enfade contigo.

—¿Cómo iba yo a poder evitar que fuese a la encimera y se pusiera de pie para cortar ese jamón?

Bella dejó la silla y partió la primera loncha.

—¿Muy gordas? —preguntó, mostrándosela a Sue.

—Así está bien.

—¡Bella! —gritó su madre, y el cuchillo se le cayó al suelo.

Sue lo recogió y lo aclaró.

Renee se enfrentó a su hija con las manos en las caderas.

—Sabes que no debes estar aquí. Es demasiado peligroso.

—Lo es cuando me das estos sustos de muerte, teniendo un cuchillo en la mano.

—No seas insolente, niña. ¿Qué haces fuera de tu silla?

—Estoy ayudando a Sue.

—Sue ha hecho estas cosas muchas veces sin tu ayuda, y tampoco la necesita ahora. Sal al césped y ayuda a tu padre a preparar el criquet.

Lo mejor sería ahorrarse discusiones para las que iban a ser inevitables así que decidió bajar al jardín.

Su padre, al verla, se acercó a ella y empujó la silla sobre la hierba hasta el punto en el que había estado clavando los hierros en forma de U.

—Papá —preguntó.

Terminó de clavar uno de los alambres y se incorporó para mirarla.

—¿Qué habéis pensado mamá y tú que será de mí? ¿Pensáis que voy a vivir siempre con vosotros?

—Eres nuestra hija, y siempre cuidaremos de ti.

—Algún día os haréis mayores. ¿Qué será de mí entonces?

El dolor apareció en su rostro y Bella supo que era algo que debía haber meditado en muchas ocasiones.

—Tienes a Emmet y a Rose. O a Alice.

—Emmy tiene su propia familia, y Alice también la tendrá, a no mucho tardar.

—Siempre habrá alguien que te quiera y que pueda hacerse cargo de ti.

—Yo puedo cuidarme sola —se arriesgó a decir.

—El dinero no será problema cuando nosotros no estemos. Podrías contratar una enfermera, o una acompañante.

—¿Una enfermera? ¿Es que nunca se te ha pasado por la cabeza la posibilidad de que llegue a conocer a alguien… un hombre, quiero decir, y que decida casarme con él?

Su padre la miró como si el pelo se le hubiese llenado de serpientes.

—Tú no eres como las demás chicas —le dijo con toda la amabilidad de que fue capaz—. Tienes que enfrentarte a la vida desde otra perspectiva.

¿Qué otra perspectiva? Ellos no le habían permitido tener ningún interés o ningún amigo fuera de aquella casa. No le habían permitido ser productiva en ningún sentido. ¿Qué creían que iba a ser de ella? La trataban como si fuese una muñeca de porcelana a la que podían vestir y exponer en una estantería, sin sentimientos, ni deseos, ni vida. Bella cerró los ojos. Había pasado una semana desde que vio a Edward. Sue le había llevado una nota en todo ese tiempo. Siete largos días habían pasado desde que volviera de casa de los Vulturi, donde se sentía al menos como una persona completa.

—¡Hola, tia Bella! —la llamó una vocecita.

Abrió los ojos y vio a Emmet con Henry sobre el hombro y a Rose. Sonrió y los saludó con la mano.

Una vez dentro del jardín, Emmet dejó a su hijo en el suelo, y el niño, un adorable querubín de ojos oscuros, echó a correr hacia Bella.

Lo tomó en brazos y él la abrazó con fuerza.

—¿Cómo está mi chico?

—¡Miau! —dijo él, imitando a algo que debía ser un gato y que debían haber visto de camino a casa.

—Vaya. Un gatito, ¿eh?

Él asintió y se señaló los zapatos de piel marrón.

—Zapatos.

—Qué bonitos. ¿Son nuevos?

El pequeño volvió a asentir.

—Henry, ven, no canses a la tía —dijo Emmet, acercándose con intención de llevarse al niño.

Bella lo acomodó mejor en su regazo y rodeándolo por la cintura con firmeza, miró desafiante a su hermano.

Tendría que arrancárselo de los brazos, así que debió decidir cambiar de opinión y retrocedió.

—Hola, Bella —la saludó Rose, y su sonrisa abierta y sincera le permitió bajar las defensas. Emmet se acercó a su padre.

—Llegáis justo a tiempo —dijo su madre desde la puerta de la casa—. La cena está lista.

Rose empujó a Bella y a Henry sobre el césped, por la rampa ya hasta la casa. Nunca había una silla para Bella en la mesa. La de ruedas encajaba perfectamente en su sitio.

Empezaron a cenar mientras se oía el ruido de cacharros en la cocina. Sue debía estar recogiendo, deseosa de llegar cuanto antes a su casa con su familia. Había accedido a ir y cocinar para los Swan dos domingos al mes, y Bella sabía que era porque su madre le pagaba muy bien y necesitaba el dinero para sus dos niños.

—¿Quieres patatas, Henry? —preguntó Rose a su hijo.

Él asintió y su madre le sirvió. Se sentaba en un montón de libros colocados sobre una silla frente a la de Bella, con un trapo en torno al cuello para que no se manchase la ropa.

Bella disfrutaba mucho viendo sus gestos cuando probaba comida en el plato. Todo lo que hacía era una aventura para él. No había modo de pinchar las patatas con el tenedor, así que su padre se las pinchaba y él solo se las llevaba a la boca.

—Eres un buen padre —le dijo a su hermano.

Él se encogió de hombros y tomó un bocado de su plato. También había sido un buen hermano, si bien se había excedido un poco en su celo protector.

—Es un padre excelente —corroboró Rose—. Todas las noches le lee a Henry un cuento cuando se va a dormir.

Todo parecía tan normal… Bella no podía alegrarse más por su sobrino, que tenía una madre dedicada y un padre atento, que disfrutaba de su niñez en plenas facultades.

Todo lo que ella había deseado. Todo lo que nunca había tenido. ¿Podía de verdad atreverse a soñar que alguna vez llegaría a tener su propia familia, un marido, incluso hijos?

Por primera vez había empezado a pensar que esas cosas eran posibles para ella, y la felicidad creció en su interior sin que pudiera expresarla.

Tras el café y el postre, que Renee sirvió ella misma, todos volvieron a salir menos Bella, que se quedó en la cocina ayudando a Sue a terminar de recoger.

—¿Querrías llevarme esta nota? —le pidió. La había escrito aquella mañana.

—Siempre es agradable ayudar a los enamorados —contestó Sue con una sonrisa, y se guardó el papel en el delantal.

—Vete ya. Yo secaré la sartén.

Sue le dio las gracias, colgó el delantal y le deseó una buena noche.

—Lo mismo digo, Sue —contestó Bella. Luego terminó de secar la sartén y salió con el resto de la familia.

Los adultos estaban echando una partida de criquet, y Henry estaba metiéndose en un buen lío al intentar perseguir las bolas de madera.

—¡Ven, Henry! —lo llamó—. Hay una pelota de goma en el porche. Vamos a jugar los dos.

El niño corrió a buscarla y empezaron a jugar. Por supuesto, los lanzamientos del niño casi nunca le llegaban, a no ser que le dieran en la cabeza o en el pecho. Habría sido tan fácil para ella levantarse de la silla y caminar a buscar la pelota… tenía los brazos cansados de empujar la silla sobre la hierba, y la frustración le estaba dejando un sabor amargo en la boca.

La bola fue a parar a un par de metros de la silla y la tentación fue tan grande ya, que, respirando hondo, se levantó y, cojeando, fue a buscarla para lanzársela.

Con los ojos muy abiertos, Henry sonrió y se la lanzó en la otra dirección. Bella fue a buscarla. Así era mucho más fácil… ¡y mucho más divertido! Henry estaba entusiasmado también. No dejaba de gritar:

—¡tia Bella!¡tia Bella!

—¡Bella!

El grito de su madre cortó el juego. Emmet estuvo a su lado inmediatamente, acercándole la silla.

—¿Qué estás haciendo, niña? —gritó horrorizada su madre—. ¡Menos mal que no había nadie aquí para presenciar esto!

Bella se sentó con un peso oprimiéndole el pecho.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que… ¡que podrías haberte hecho daño! ¡Podrías haberte caído! —se volvió a Charlie—. ¿Crees que deberíamos ir a buscar al médico?

—Estoy bien, madre —dijo Bella, disgustada.

—¿Estás segura? —preguntó su padre—. ¿Te duele algo?

No tenían ni idea.

—Sí, los brazos de empujar esta condenada silla sobre la hierba.

—¡Bella! —Renee se llevó la mano al pecho—. ¡Ese lenguaje no es propio de una señorita!

—Es culpa mía —dijo Emmet—. No estaba prestándole atención a Henry y la ha cansado.

—Henry no me ha cansado. Lo que me cansa es que me creáis una inválida.

Su madre palideció y se sostuvo en el brazo de su marido.

—Ese té que sugirió el hospital de Philadelphia. Eso la relajará. Voy a prepararlo inmediatamente.

—¡No necesito relajarme, madre! —replicó.

Su padre parecía atónito, su hermano preocupado y Rose los miraba a ambos con curiosidad.

Luego miró a Bella.

—Rose, ¿quieres llevarme a mi habitación, por favor?

—Por supuesto.

Empujó la silla y tuvo que pasar por detrás de su madre, que estaba atizando el fuego en la cocina.

—Estás bien, ¿verdad? —dijo Rose una vez llegaron a la habitación. No era una pregunta.

—Estoy perfectamente bien, pero con ganas de tirarme de los pelos y gritar.

—No lo hagas. Tienes un pelo demasiado bonito.

Bella no pudo reprimir la sonrisa.

—Es que estoy cansada de que me traten como si no valiera para nada —suspiró—. ¡Puedo hacer cosas! ¡Puedo caminar! Pero ellos no me lo permiten —se levantó de su silla y le hizo una demostración caminando primero hasta la ventana y luego hasta el armario. La habitación disponía de espacio suficiente para que pudiera moverse en círculo y eso fue lo que hizo, tal y como llevaba haciendo durante semanas—. ¿Tan horrible es? ¿Tan vergonzosa es mi cojera que tengo que esconderme? ¿Lo es? ¿Te avergüenzas de mí?

—¡En absoluto! Me alegro muchísimo de que puedas andar tan bien. No tenía ni idea.

—Porque ellos no me lo permiten —contestó, y fue a sentarse en la silla que había junto a la ventana, herida en su orgullo y en su confianza.

Su cuñada se sentó en el alféizar de la ventana, sobre el que había puesto un mullido cojín.

—Puede que necesiten algo más de tiempo.

—¿Cuánto más? ¿Es que diecinueve años no son suficientes?

Rose asintió levemente. Tenía razón. Diecinueve años no habían bastado para mostrarles que era capaz de mucho más de lo que le permitían.

—Hablaré con Emmet —le prometió—. Puede que sirva para algo.

Bella no albergaba demasiadas esperanzas, pero le agradeció su comprensión y preocupación.

—Gracias.

Renee llamó a la puerta y la abrió. Llevaba una bandeja en las manos.

—Te he preparado el té.

—No voy a tomármelo.

—Claro que vas a tomártelo. Ya nos advirtió el médico que de vez en cuando te sentirías muy agitada.

—Sí, estoy agitada. Cualquiera lo estaría en mi situación. Pero no quiero drogarme.

—No te pongas terca, querida…

—Madre, por favor. Ya no soy una niña. Deja de tratarme como si tuviera seis años.

Su madre dejó la bandeja sobre una mesa de madera de cerezo.

—No sé de dónde has sacado esta actitud. Rose, a ver si tú eres capaz de imbuirle algún sentido.

Rose la miró, sorprendida.

—En mi opinión, lo que dice tiene todo el sentido del mundo, de modo que no sé qué podría decirle. Si alguien se tomase la molestia de escucharla, lo comprendería.

Renee entrelazó las manos y le dirigió una mirada glacial.

—Debería haberme esperado algo así de ti.

Dio media vuelta y salió de la habitación.

Rose se encogió de hombros.

—Tengo algo que enseñarte.

Bella se levantó y abrió el armario, del que sacó el vestido verde.

—Es un vestido bonito.

—¿No te parece algo simplemente normal? —se lo puso por encima y lo acarició con cariño—. Mi tía Didyme me ha ayudado y me ha corregido los errores, pero prácticamente lo he hecho yo sola.

—Es impresionante. Yo no sabría hacerme un vestido.

—¿No? Entonces debo decir que yo también estoy impresionada —sonrió—. Pero tú sabes hacer tantas cosas. Eres una mujer independiente, inteligente y comprometida políticamente.

—Cualidades no demasiado apreciadas en el manual de tu madre, me temo.

—Y tienes un hijo precioso, listo y feliz.

—Sí que lo es, ¿verdad? —se enorgulleció.

—Y es evidente que haces muy feliz a mi hermano. Te adora.

—También te adora a ti, Bella, pero a mí me trata de un modo totalmente distinto.

—Porque te considera una mujer adulta. Un igual.

—Contigo es demasiado protector, pero porque te quiere.

—Lo sé, pero es agobiante.

—Te he prometido que hablaría con él y lo haré.

Bella asintió.

—Lo sé, y te doy las gracias.

Poco después, Rose salió de la habitación. Bella se quedó paseando a ratos, tumbándose de vez en cuando en la cama para rumiar sus pensamientos.

Abrió los ojos y descubrió que se había quedado dormida. La oscuridad llenaba la habitación.

Se incorporó. Los brazos y las piernas le dolían por el exceso de ejercicio del día, y en su silla fue a la cocina por agua para lavarse.

La casa estaba a oscuras y en silencio. Sus padres llevaban ya un buen rato en su habitación del piso superior. Cuando estuvo lista, miró la hora en el reloj de encima de la chimenea, abrió sin hacer ruido la puerta de atrás y avanzó por el camino hasta la verja. Cuando llegó al final de la calle, los brazos le temblaban por el esfuerzo realizado, pero el dolor se le olvidó en cuanto vio la silueta oscura del caballo y el hombre que lo montaba al resplandor plateado de la luna.