Capítulo 7: La otra visita.

¿Podía ser tan cobarde de arrepentirse?

Sirius tenía miedo de escapar. No quería enfrentarse tan rápido con la realidad.

Tenía que prepararse. Pero estaba indeciso. ¿Y si realmente era cobarde?

¿Quién no se animaría a escapar sabiendo que tenía la solución en mente?

Sólo él... y tal vez Pettigrew.

No, no podía ser tan cobarde cómo él... Debía irse de allí.

Una noche tranquila, Sirius estaba tratando de abrir la caja que estaba en la estantería de la pared, cuando Cornelius Fudge volvió a entrar en la celda, seguido de dos dementores.

Sirius ya estaba harto de que el tan amable mago entre en su celda y no lo escuche.

Sin decir nada, se sentó al lado de Sirius, como quien no quiere la cosa, y se quedó mirándolo.

-Es inútil, no se podrá abrir tan fácil. Tienes las herramientas necesarias, solo necesitas pensar mejor. Aunque ningún mago que estuvo aquí, fue capaz de abrirla. –dijo Fudge, refiriéndose a la caja.

-No me extraña. Aquí dentro se pierden las fuerzas, el conocimiento, y las ganas de vivir...

-¿Y por qué no has muerto todavía?

-Porque soy inocente. No es un pensamiento agradable, así que los dementores no me lo pueden absorber, no me hacen ningún daño.

-Eres inteligente, Black, lo sé. Así que, te aseguro que si te concentras, la podrás abrir.

-No me interesa abrirla, es una forma de concentrarme en algo... ¿Qué hace usted aquí?

-Vine a inspeccionar Azkaban. Lo hago cada dos años, como ya te habrás dado cuenta.

Fudge tenía razón. Sirius hizo memoria, y siempre, cada dos años, Fudge entraba en su celda, y no emitía una sola palabra.

-Ah... sí, claro...

-Veo que está todo en orden, Black. Ya me puedo retirar. Toma el diario, no lo necesito.

Y le dio El Profeta, en cuya tapa había una foto de una familia, delante de tres pirámides.

Hubo algo en aquella foto que lo hizo pararse en seco.

Fudge ya había abandonado la celda.

Sirius se acomodó en la cama, y observó la foto.

Había nueve personas que saludaban alegres. Estaban en Egipto.

Un niño larguirucho, un poco torpe y tímido, tenía una rata en la mano. Una rata que tenía un dedo menos.

-Pettigrew... –susurró Sirius, se había quedado sin habla.

Leyó el artículo.

Ronald Weasley era el niño que tenía la rata en la mano. Iría a Hogwarts ese año, con Harry Potter...

-No puede ser... –dijo Sirius.

Ahora, más que nunca, tenía que salir de allí...