Pesadillas 7: primavera
No había nadie en aquel sitio. Estaba tan desértico como mar abierto, tan misterioso como el lado oscuro de la luna y tan silencioso como la caída de las hojas de los árboles. El vicecomandante del Shinsengumi, Hijikata
Toshizou, podía escuchar solo un ligero zumbido en sus oídos del viento circulando alrededor, como si el lugar lo estuviera ahuyentando. No había pacientes ni enfermeras, solo él y sus hombres en una misión sin éxito.
—Hijikata-san ¡hemos encontrado personas!
El aludido corrió hacia la voz de sus camaradas. Giró en el pasillo y al abrir la puerta deslizante nuevamente un olor fétido apareció. Sus hombres miraban al suelo con tristeza y arrepentimiento, guardando silencio en honor de los caídos.
La silueta macabra de Tánatos se ceñía a cada pequeño rincón de la habitación. Las paredes lloraban sangre seca que terminaba en un camino hacia una decena de cadáveres acomodados en una perfecta línea recta, gesto que el comandante demonio tomó como la más humillante de las burlas hacia su persona. Cada cuerpo acomodado como piezas de dominó recién derrumbadas le remitía a su fracaso en la misión. Al igual que el resto, dedicó un momento solemne a las personas frente a él: Una pareja de ancianos, dos enfermeras, un doctor, tres hombres, un niño y una mujer joven…
Su corazón se paralizó y contuvo el aliento hasta conocer la identidad de la mujer. Se inclinó frente a ella. Su largo cabello castaño cubría toda su espalda y era lo único que aún tenía un toque de vida. Parecía una mentira cruel que sus pies desnudos no pudieran caminar más y que su voz quedara silenciada por siempre.
Tomó a la joven de los hombros, juntó todo su valor y la giró con delicadeza. En el rostro de la castaña se formaba una expresión de horror y un rastro de lágrimas que llegaba hasta su cuello. Nunca deseó la muerte, se resistió a ella hasta el final y aun así la vida y juventud le fueron arrebatadas en un corte limpio, simplemente perfecto, en la yugular.
Merecía una muerte deshonrosa por sentir alivio con aquella imagen. No era Chizuru y eso le permitía seguir respirando. Sin embargo, la rabia explotó en su interior.
— ¡Maldición! —Gritó el vice comandante, estrellando sus puños sin contención en la pared. Estaba furioso y la calma parecía madera siendo roída por cientos de polillas hambrientas.
El Shinsengumi había hecho una búsqueda exhaustiva por toda la aldea sin resultado alguno. La moral ya fragmentada entonces decayó aún más. Habían pasado cuatro meses y la imagen pulcra de Chizuru parecía tomada de un cuento de hadas o prestada de una memoria de la infancia.
—Todo apunta a que se marchó hacia el norte. Tal vez si nos dirigimos hacia las colinas podríamos tomar un atajo y alcanzarlos en un día —Dijo Sanosuke con una sonrisa llena de esperanza.
Hijikata permaneció en silencio. Estaba perfectamente consciente de que había una misión por realizar y la búsqueda de Chizuru se retrasaría por lo menos dos días. Valioso tiempo en el que podría traerla de vuelta y, de paso, darle el más cruel de los castigos al malnacido que osó causar tanto infortunio en sus vidas. Sabía que no era sencillo solo hacerlo. Nada volvería a ser igual y eso lo estaba volviendo loco.
—Continuemos con la misión. Nos dividiremos en dos escuadrones, uno será dirigido por Kondo-san y otro por mí. Enlisten los caballos y prepárense para partir a la brevedad. No tenemos mucho tiempo antes de que se oculte el sol. —Dijo decidido. Una mano se posó en su hombro derecho.
Todos sabían de la relación estrecha que sostenían él y Chizuru. Todos entendieron que el mayor sufrimiento había sido cargado por comandante demonio y por eso aquella decisión debió dolerle más que clavarse una katana en el corazón.
—Toshi, no tomes decisiones precipitadas—Habló Kondo. El resto de los presentes ofrecieron una reverencia, saludándolo con el respeto debido. Durante todo el tiempo en que Chizuru había estado ausente, el único que conservaba intacto un auténtico espíritu de empatía y carisma era el líder del Shinsengumi. No había cambiado en las décadas que tenía de conocerlo ni siquiera un poco, hecho alentador que era buen presagio y fuerza para todos los hombres, incluyéndose —Encontraremos una solución pronto.
—Yo iré a buscarla.
Todas las miradas se situaron sobre el miembro más joven de los escuadrones. Heisuke Todou se ofrecía de forma audaz a una de las misiones más peligrosas de su vida sin un ápice de miedo en su voz ronca.
—Na Heisuke, no puedo permitir que vayas solo—Interrumpió Okita con una sonrisa traviesa —No eres el único que se quiere divertir un poco. He estado tan aburrido sin mi juguete favorito que ya necesito despejarme.
La palabra juguete no le agradó en absoluto al vicecomandante pero logró ignorarla por el bien de la paz.
— ¿Están seguros Souji, Heisuke? —Preguntó Kondo con tono preocupado.
Ambos asintieron al mismo tiempo. La mirada fiera y decidida de ambos alejaron todas las dudas de su cabeza.
—Tenemos cuentas que saldar de la última vez que los vimos ¡Pagarán por cada costilla rota! —dijo el menor entusiasmado.
—No te hubieran roto las costillas si no fueras tan idiota Heisuke-baka—Habló Sanosuke con burla amistosa.
— ¿Quieres probar mi puño Sano-san?
—Seguro no me haría ni cosquillas—Provocó.
—Nos reuniremos en los cuarteles en una semana. Si mueren prometo traerlos de vuelta a la vida solo para darles un buen castigo —Bromeó, tratando de evitar la inminente pelea que se anunciaba flotando en el aire.
—Hijikata-san, ¿no te parece que deberías de decir palabras de aliento en lugar de amenazarnos?
—Souji, cierra la maldita boca —Pausó para aclarar su garganta —Sean precavidos.
Heisuke sonrió para tranquilizar al vice comandante y, tal vez, a sí mismo. En ocasiones la actitud protectora de su superior le daba un aire de padre cuidando de sus hijos con recelo. La imagen del peli azabache a cargo una decena de niños hiperactivos en los cuarteles del Shinsengumi le hizo partirse de la risa.
— ¿Qué es lo que te parece tan gracioso?
—Nada. Solo recordé algo que me dijo Shinpatsu.
Tal vez si todo marchaba bien, en algunos años habría pequeños demonios de pelo castaño y ojos purpura alegrando su hogar. Le provocaba ternura imaginar a Chizuru con un abdomen abultado y a Hijikata-san correr como loco a las dos de la madrugada buscando algún antojo de la menor.
En ese mismo momento Heisuke se prometió que traería de vuelta a Chizuru.
Estaba recostada en una cama hecha de cientos de carminas. Un perfume embriagante se introdujo en sus sentidos y tardó en percatarse que el aroma a primavera provenía de ella misma. Todo alrededor estaba sereno mientras las copas de los arboles sucumbían ante la ternura de la brisa fresca. Chizuru estiró su cuerpo sobre el confortable lecho y cada pequeño pétalo la recibió con una ternura infinita. Al poco tiempo cayó presa de un sueño profundo.
Escuchó risas de niños viniendo por doquier. Buscó alrededor y vio correr colina abajo a unos pequeños gemelos tomados de la mano. La niña traía una corona de flores y el joven caballero cargaba la ropa de abrigo de ambos mientras cuidaba a su hermana de cualquier peligro, incluso si se trataba de una fuerte ráfaga de aire que amenazase con quitarle la corona de margaritas a la pequeña.
Ambos niños tenían una cabellera dorada que contrastaba con unos hermosos ojos color miel. Por alguna razón se sintió identificada con aquella imagen pulcra.
Notó como poco a poco la silueta de ambos infantes cortaba la distancia y se dirigían hacia ella con una energía propia de los primeros años de vida.
Entonces sus piernas fueron abrazadas por los pequeños quienes pronunciaron la palabra mamá al unísono. Conmovida por la alegría de ambos, los tomó entre sus brazos y dejó que el cariño incondicional de los pequeños la contagiara.
Sintió una presencia atrás de ella. Al girar la vista encontró una persona bajo un árbol de sakura, como si estuviese jugando a las escondidas con ella. La luz dio directo a sus ojos, dejándola ciega por un instante e impidiéndole ver quien era la persona que con tanta tristeza se mantenía alejada de ella. Sólo pudo distinguir una cabellera larga que danzaba con el viento y la maravilló con la danza coordinada con los pétalos de sakura. De repente unas nubes grisáceas transformaron el campo verdoso en un lugar hostil y detrás en el tronco del árbol surgió otra silueta que le trajo escalofríos. Un par de ojos carmesí aparecieron en lo más profundo de las sombras mientras que largas garras de felino
La castaña despertó de inmediato. Las sospechas de los cambios de su cuerpo y el apetito más fuerte de lo usual no estaban erradas. Entonces lo supo y no hubo necesidad de indagar más. Acarició su abdomen con delicadeza y sintió como sus ojos poco a poco se cerraban con una cortina cristalina.
—Shiranui-san, ¿podrías venir un momento?— Llamó con un hilo de voz, uno cuyas palabras podrían ser cortadas fácilmente por el viento.
El aludido se aproximó con precaución hacia la menor. Las lágrimas desbordantes de los iris de madera le partieron el corazón en miles de fragmentos. La abrazó para traer calma y poco después escuchó el milagro de sollozo que se convertía en una risa. Desconcertado, la empujó con delicadeza para enfocar su rostro. El rostro más inocente y puro le dedicaba una sonrisa perlada.
—Ahora seremos una familia.
Shiranui quedó atónito. Tras meses de violaciones crueles las consecuencias eran bastante predecibles incluso para el más inocente de los infantes. Sin embargo, casi había olvidado, o trataba de hacerlo, que el tiempo seguía un camino fijo y no se detenía. Meses de angustia y gritos de auxilio llegaron a su memoria y se expandieron por cada rincón de su alma. Su usual sonrisa presuntuosa se convirtió en labios temblorosos incapaces de formular una frase coherente.
La castaña lo miraba sin parpadear ni un instante con la esperanza de escuchar su respuesta. No podía enfrentar aquellos ojos inocentes pero tampoco podía evadirlos por el encanto de miel que lo llamaba como si fuera una abeja aún a la distancia. Finalmente, Shiranui tomó una decisión.
—Lo seremos Yoko —Contestó con la que probablemente fuera su primera sonrisa sincera en décadas.
La sonrisa de Chizuru se ensanchó. La euforia escapó de su interior y se manifestó en un abrazo entorno al cuello del morocho quien correspondió en silencio. Shiranui acarició lentamente el hombro de Chizuru. La suavidad de la piel que rodeaba sus hombros desnudos era adictiva. Masajeó toda la zona en círculos y depositó un beso posesivo sobre el cuello de la castaña, succionó el aire y dejó tatuada una marca rojiza bastante visible.
El rostro de la oni se cubrió de carmesí. Aquellos gestos tan pasionales siempre eran agradables y en ocasiones, un tanto vergonzosos.
Shiranui trató de convencerse que sus acciones eran culpa de una conciencia fiera, aunque en el fondo, sabía que no podía mentirse a sí mismo. El moreno borraría el pasado gris y lo transformaría en una pradera llena de flores. Sabía perfectamente que la culpa no desaparecería y lo perseguiría el resto de su existencia como una sombra en la acera. Aceptaba el pasado, y el presente era tiempo para comenzar a redimirse. Por fin, después de décadas de un invierno gélido y solitario, la primavera llegaba para Shiranui.
